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Crítica: El gran viaje (Planètes)

Crítica: El gran viaje (Planètes)

adminkush

LA KW

julio 22, 2026 • 5 min lectura

El cine de animación suele enseñarnos a mirar el mundo desde perspectivas imposibles. Animales que atraviesan territorios devastados, juguetes que temen ser abandonados, insectos que convierten un jardín en un campo de batalla. Planètes, conocida internacionalmente como Dandelion’s Odyssey y estrenada en español como El gran viaje, lleva esa tradición hasta una escala todavía más diminuta. Sus protagonistas son cuatro semillas de diente de león desprendidas de la misma planta, arrojadas al espacio y obligadas a buscar un territorio donde puedan germinar.

La premisa podría haber servido para un cortometraje experimental, un documental tipo Microcosmos o una sencilla fábula ecológica. Momoko Seto la convierte, en cambio, en una aventura de una hora y dieciséis minutos capaz de producir asombro, tensión y ternura sin recurrir a diálogos, rostros humanos ni explicaciones. Sus cuatro semillas no hablan, pero poseen personalidades reconocibles. Una es más robusta, otra ha perdido buena parte de sus filamentos y las restantes parecen formar una pareja inseparable. Se abrazan, tiemblan, saltan de alegría y reaccionan ante cada amenaza con una expresividad sorprendente.

La película comienza en un mundo parecido al nuestro, aunque pronto una catástrofe obliga a las semillas a abandonar su lugar de origen. El viento, que normalmente garantiza la reproducción del diente de león, se convierte aquí en una fuerza cósmica. Las protagonistas cruzan el espacio, atraviesan fenómenos imposibles y terminan en un planeta desconocido donde la vida crece, muta y se transforma a una velocidad extraordinaria.

Desde ese momento, El gran viaje adopta la estructura elemental de toda gran odisea: sobrevivir al trayecto, permanecer juntas y encontrar un sitio donde comenzar nuevamente. La diferencia está en la escala. Para una semilla, una corriente de aire puede ser un huracán; una gota de líquido tóxico, un océano; una babosa, una criatura gigantesca; y una pequeña extensión de tierra fértil, la promesa de una vida entera.

Seto entiende que la aventura depende menos del tamaño de los personajes que de la magnitud que el mundo adquiere frente a ellos. Al colocar la cámara a la altura de las semillas, transforma a los organismos cotidianos en paisajes, monstruos y medios de transporte. Unos hongos que brotan repentinamente modifican el terreno. Una rana recién descongelada parece un animal prehistórico. Los caracoles pueden resultar amenazantes en un primer encuentro y convertirse después en aliados capaces de transportar a los protagonistas por una zona árida.

La animación combina un gran cuidado por las texturas naturales con una imaginación que nunca se limita a imitar la realidad. Algunos animales poseen una apariencia casi fotográfica: la humedad sobre la piel, el brillo de las babosas y caracoles o el movimiento de los organismos acuáticos producen la sensación de estar contemplando un documental sobre una naturaleza extraterrestre. En otros momentos, los colores, los cielos rodeados de anillos y la evolución acelerada de las criaturas construyen un universo abiertamente fantástico.

No todas las imágenes alcanzan el mismo nivel. En ciertos planos generales, la integración entre los personajes y los escenarios pierde parte de la precisión que poseen los acercamientos. Algunos paisajes tienen una iluminación demasiado uniforme y ciertas secuencias revelan con mayor claridad la composición digital. Son fallas pequeñas dentro de una película cuya inventiva supera ampliamente sus irregularidades técnicas.

La comparación con Flow resulta inevitable. Ambas son producciones europeas sin diálogos, protagonizadas por criaturas que atraviesan un mundo transformado y deben aprender a sobrevivir con la ayuda de otros. Pero mientras Flow observa la cooperación entre animales que conservan comportamientos reconocibles, El gran viaje enfrenta un desafío aún más extraño: lograr que el público se identifique con organismos que ni siquiera poseen ojos, extremidades o expresiones faciales.

Seto resuelve el problema mediante el movimiento. Los filamentos blancos funcionan como cabellos, brazos, alas y rostros. Cuando las semillas sienten miedo, se encogen; cuando encuentran alimento o tierra fértil, vibran de entusiasmo; cuando una queda rezagada, las demás regresan por ella. No necesitan hablar porque su vínculo se comprende a través de la manera en que se agrupan, se esperan y se sostienen.

Esa relación convierte la película en algo más que una demostración técnica. Las cuatro semillas son parte de una misma planta, pero durante el viaje forman también una pequeña comunidad. Cada una depende de las otras para sobrevivir. En un universo donde pueden ser arrastradas por el viento, devoradas, intoxicadas o separadas en cuestión de segundos, permanecer juntas es una forma de resistencia contra el azar.

La migración ocupa entonces el centro emocional del relato. Las protagonistas no emprenden el viaje por curiosidad ni por deseo de conquista. Han perdido su hogar y necesitan encontrar otro. No buscan dominar el planeta al que llegan, sino descubrir si existe un espacio donde puedan sembrarse sin ser destruidas. Su objetivo no es regresar, porque el lugar del que provienen ya no puede recibirlas.

La película evita convertir esta idea en un discurso explícito, pero resulta difícil no relacionar el trayecto de las semillas con el éxodo de quienes deben abandonar su territorio por la guerra, la crisis ambiental o la destrucción de sus condiciones de vida. Llegar a un nuevo lugar no significa haber terminado el viaje. Todavía es necesario atravesar fronteras, reconocer peligros, aprender a convivir con especies desconocidas y encontrar una comunidad que permita echar raíces.

En ese sentido, el título original, Planètes, amplía la mirada. No se trata únicamente de cuatro semillas flotando entre mundos, sino de la fragilidad de la vida frente a planetas que pueden nacer, transformarse o morir. La película contempla la naturaleza como un sistema en movimiento constante. Nada permanece igual: los huevos se convierten rápidamente en renacuajos, los organismos se adaptan, los paisajes cambian y las condiciones favorables pueden desaparecer de un instante a otro.

A pesar de ese trasfondo, Seto no realiza una película solemne. Hay humor en las reacciones de las semillas, en sus intentos por desplazarse y en la extrañeza de los animales con los que se encuentran. Un caracol observado de cerca puede parecer una criatura salida de una pesadilla cósmica, pero también terminar convertida en una especie de camello del desierto. La película sabe que la naturaleza puede ser aterradora y cómica dentro de la misma secuencia.

También existe una crueldad real. Estas semillas son frágiles y el mundo no se adapta a ellas. Algunas de las pruebas que enfrentan recuerdan que la supervivencia vegetal depende de una combinación de resistencia, suerte y cooperación. La película no necesita introducir un villano porque cada elemento del entorno puede convertirse en amenaza: el viento, la sequía, una sustancia tóxica o un animal que simplemente sigue su instinto.

La música de Quentin Sirjacq y el diseño sonoro de Nicolas Becker ocupan el espacio que normalmente correspondería a las palabras. Los pequeños ruidos de las semillas comunican alegría, alarma y cansancio, mientras la partitura acompaña la aventura sin decirnos constantemente qué debemos sentir. El sonido del agua, el roce de los filamentos y los movimientos de las criaturas construyen un universo donde escuchar resulta tan importante como mirar.

Que la película prescinda de diálogos no es un capricho ni una estrategia para facilitar su circulación internacional. Su relato pertenece a una forma de vida anterior al lenguaje humano. Las semillas no necesitan nuestras palabras porque su misión es más antigua y elemental: desplazarse, sobrevivir y reproducirse. Al eliminar la voz, Seto permite que el espectador se acerque a ellas sin convertirlas por completo en personas disfrazadas de plantas.

La resolución alcanza una emoción inesperada porque la película ha comprendido que sembrarse significa algo más que completar un proceso biológico. Después de atravesar el espacio y sobrevivir a un planeta desconocido, encontrar tierra fértil equivale a encontrar pertenencia. Las semillas no solo buscan dónde crecer; buscan un lugar donde su existencia tenga continuidad.

El gran viaje es una cinta hermosa, imaginativa y accesible para todas las edades, aunque nunca trata a los niños como espectadores incapaces de comprender el peligro, la pérdida o la muerte. Su sencillez argumental es engañosa. Bajo la historia de cuatro semillas se encuentra una reflexión sobre el desplazamiento, la adaptación y la necesidad de construir hogar junto a otros.

Momoko Seto consigue que un diente de león deje de ser una planta que encontramos al borde del camino y se convierta en el protagonista de una epopeya. Después de verla, resulta difícil observar una semilla flotando en el aire sin pensar que quizá está comenzando su propio viaje hacia un lugar donde, por fin, pueda echar raíces.

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