Para quienes trabajan detrás de una película, el reconocimiento rara vez llega solo. Cada premio suele ser el resultado de años de desarrollo creativo, negociaciones, búsqueda de apoyos y una compleja red de decisiones que hacen posible que una historia llegue a la pantalla. Sin embargo, para un grupo de productores españoles, una de las ceremonias más prestigiosas de la industria continúa ignorando una pieza fundamental de ese proceso.
La Plataforma Audiovisual de Productores Independientes en España (PAP) envió una carta a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood para expresar su rechazo a las reglas aprobadas para la 99.ª edición de los Premios Oscar en la categoría de Mejor Película Internacional.
Según las organizaciones firmantes —entre ellas la Asociación Estatal de Cine (AECINE), la Federación Española de Asociaciones de Productoras de Animación y Efectos Visuales (DIBOOS), Productoras Independientes Audiovisuales Federadas/Mesa Territorial de Productores Audiovisuales (MAPA/PIAF), la Federación de Productoras Audiovisuales (PROA) y la Asociación de Productoras Españolas de Audiovisual Internacional (PROFILM)— la normativa mantiene un modelo que consideran desigual, ya que la estatuilla se entrega únicamente al director de la obra, quien recibe el reconocimiento “en nombre del equipo creativo”, mientras que la figura del productor queda excluida tanto del galardón como de la inscripción oficial que acompaña al premio.
“La nueva redacción no corrige la histórica ausencia de reconocimiento formal al productor en esta categoría, sino que la consolida y profundiza”, señalan las asociaciones en el documento remitido a la Academia.
La crítica apunta a una diferencia de criterio que consideran difícil de justificar. Mientras el Oscar a Mejor Película se concede oficialmente a los productores de la obra, en la categoría de Mejor Película Internacional el reconocimiento visible recae exclusivamente en el director, pese a que las responsabilidades de producción son esencialmente las mismas.
Para las organizaciones españolas, el productor desempeña un papel central desde las primeras etapas de una película. Entre sus funciones se encuentran la selección de proyectos, la estructuración financiera, la gestión de derechos, la coordinación legal y la supervisión de la viabilidad económica y artística de la obra.
Las asociaciones también recuerdan que, en la mayoría de los sistemas audiovisuales del mundo, los productores suelen ser titulares o responsables directos de los derechos de explotación de las películas, además de asumir buena parte de los riesgos financieros asociados a su desarrollo y distribución.
“Sin la figura del productor, ninguna película sería posible”
Desde su perspectiva, excluirlos del reconocimiento oficial de uno de los premios más importantes de la industria proyecta una visión incompleta de cómo se construye realmente una película.
La petición es concreta: que la Academia revise de forma inmediata la normativa de la categoría para reconocer formalmente a los productores como destinatarios del Oscar a Mejor Película Internacional y que sus nombres aparezcan en la placa de la estatuilla, replicando el modelo que ya existe en la categoría principal.
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Parece ser que la IA está creando un lazo estrecho con las mentes más brillantes del mundo cinematográfico. Martin Scorsese reveló que se ha unido a la empresa de inteligencia artificial Black Forest Labs como socio y asesor. Se trata de un laboratorio de investigación de vanguardia en IA aplicada a la inteligencia visual.
El objetivo principal del cineasta ha sido el proceso creativo y de creación de los guiones gráficos con FLUX, un pionero de la IA que está incluido en el modelo de trabajo de Black Forest Labs. Para iniciar la conversación sobre su incursión en la inteligencia artificial con respecto al séptimo arte, Scorsese abrió un debate: “Siempre ha existido este problema: ¿cómo le comunicas a tu elenco y equipo lo que ves en tu cabeza? Hay cosas que tienes que ver y sentir”.
“Durante 70 años, he creado mis propios guiones gráficos”, dijo. “Siempre ha existido el problema de cómo comunicar lo que uno visualiza a los actores y al equipo técnico. Hay cosas que uno tiene que ver y sentir. Ahora, con esta herramienta, puedo compartir mis ideas de forma más clara y eficiente con mi equipo creativo: el diseñador de producción, el diseñador artístico y el director de fotografía. Hace poco lo probé en una escena, y la posibilidad de visualizar y compartir el guión gráfico de inmediato fue muy liberadora creativamente. Durante la preproducción, el tiempo es dinero, y esto nos permitió avanzar más rápido sin sacrificar la calidad ni la técnica”.
Según Black Forest Labs, su trabajo se centra en expandir los límites de la inteligencia visual: modelos capaces de razonar tanto en el mundo físico como en el digital. Esta plataforma puede convertirse en una infraestructura común para profesionales de múltiples disciplinas, incluyendo escritores, arquitectos, diseñadores e ingenieros, facilitando el desarrollo de soluciones que van desde la animación hasta la robótica. Su alianza con Martin Scorsese se centra en la pasión que tiene por el cine, que se deriva al interés natural por el mismo. “Quiere usar FLUX para dar vida a sus ideas, manteniendo siempre presentes el gusto, los valores y el criterio humanos. Ahora, como asesor, nos ayuda a dar forma a la inteligencia visual”, aseguró la empresa.
La decisión del cineasta también se escuda en la evolución del cine, asegurando que “es un medio joven, con apenas 125 años”. “Me interesa la intersección entre la tecnología y la narrativa, y cómo esto puede expandir los límites de la creatividad para crear experiencias más profundas y enriquecedoras para el público”, dijo.
En declaraciones al New York Times, Robin Rombach, uno de los fundadores de Black Forest Labs y actual director de la compañía alemana establecida en Friburgo en 2024, señaló que trabajar junto a Scorsese constituye una demostración significativa del potencial y progreso de esta tecnología. De acuerdo con un representante del cineasta, el contacto entre ambas partes surgió a través de BroadLight Capital, fondo de inversión respaldado por Rick Yorn —agente de Scorsese— y también accionista de la empresa. El periódico añadió que Michael Ovitz, figura clave en la creación de CAA y otro de los inversores vinculados a Black Forest Labs, desempeñó un papel relevante en la materialización del acuerdo.
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La muerte de Marjane Satrapi a los 56 años marca el final de una de las trayectorias artísticas más singulares e influyentes de las últimas décadas. Novelista gráfica, directora de cine, ilustradora y activista, Satrapi logró algo que pocos creadores consiguen: Transformar una historia profundamente personal en una obra capaz de conectar con lectores y espectadores de todo el mundo.
Nacida en Rasht, Irán, en 1969 y criada en Teherán durante uno de los períodos más convulsos de la historia contemporánea iraní, Satrapi vivió en primera persona la Revolución Islámica de 1979, la represión política posterior y las profundas transformaciones sociales que redefinieron el país. Aquellas experiencias marcarían para siempre su obra. Durante su adolescencia fue enviada por sus padres a Viena para protegerla del creciente radicalismo del régimen, una experiencia de exilio, desarraigo y búsqueda de identidad que años después se convertiría en el corazón de su trabajo más importante.

Este trabajo fue Persépolis. Publicada originalmente entre 2000 y 2003, la novela gráfica revolucionó la percepción que gran parte de Occidente tenía sobre Irán. A través de un estilo visual aparentemente sencillo, construido en blanco y negro, Satrapi narró su infancia y juventud durante la revolución y la guerra entre Irán e Irak con una honestidad poco común. Pero Persépolis era mucho más que una autobiografía. Era una reflexión sobre la libertad, la identidad cultural, la religión, la política y el costo humano de los extremismos.
Lo extraordinario de la obra fue su capacidad para humanizar una realidad que durante años había sido reducida a titulares políticos y conflictos internacionales. Satrapi mostró que detrás de los discursos ideológicos existían familias, jóvenes, sueños, contradicciones y vidas cotidianas. Lo hizo además con humor, ironía y una sensibilidad que evitaba tanto el victimismo como la propaganda.
El éxito de Persépolis convirtió a Satrapi en una figura internacional y contribuyó a legitimar el cómic como una herramienta capaz de abordar temas históricos y políticos con la misma profundidad que la literatura o el cine. Aunque ella siempre rechazó la necesidad de utilizar términos como “novela gráfica” para otorgar prestigio al medio, defendiendo con firmeza la palabra “cómic”, su trabajo ayudó a cambiar para siempre la manera en que la industria cultural observaba este formato.
La adaptación cinematográfica de Persépolis, codirigida junto a Vincent Paronnaud, confirmó su enorme talento narrativo. Estrenada en el Festival de Cannes de 2007, la película se convirtió rápidamente en una de las obras animadas más importantes del siglo XXI. Lejos de suavizar el contenido del libro, la cinta conservó toda la fuerza política y emocional de la obra original, logrando además una extraordinaria traducción visual de su estilo gráfico. La película obtuvo el Premio del Jurado en Cannes, fue nominada al Óscar como Mejor Película Animada y consolidó a Satrapi como una creadora capaz de moverse con naturalidad entre distintos medios artísticos.

Sin embargo, reducir su legado únicamente a Persépolis sería injusto. A lo largo de su carrera continuó explorando nuevas formas de narración. Obras como Pollo con ciruelas (también convertida en una película protagonizada por Golshifteh Farahani), demostraron su capacidad para mezclar realismo, fantasía y melancolía, mientras que películas como The Voices, una fascinante obra de horror protagonizada por Ryan Reynolds, sorprendieron por su tono irreverente y oscuro. Más adelante dirigiría Radioactive, la biografía de Marie Curie protagonizada por Rosamund Pike, donde volvió a mostrar su interés por figuras que desafían las estructuras de poder y las expectativas sociales.
Lo que unía toda su filmografía y bibliografía era una profunda curiosidad por la condición humana. Satrapi nunca se limitó a hablar sobre Irán. Habló sobre la soledad, la memoria, el amor, la pérdida, la identidad y la necesidad de preservar la individualidad frente a cualquier forma de opresión.
Su compromiso político tampoco se limitó a sus obras. Durante años se convirtió en una de las voces más visibles de la diáspora iraní y utilizó su prestigio internacional para denunciar la represión ejercida por el régimen de Teherán. Fue una firme defensora de los derechos de las mujeres y respaldó públicamente el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, surgido tras la muerte de Mahsa Amini en 2022. Para Satrapi, la lucha por la libertad no era un concepto abstracto, sino una experiencia personal que había acompañado toda su vida.
Esa coherencia ética quedó reflejada incluso en sus últimos años. En 2025 rechazó la Legión de Honor, la máxima distinción otorgada por el Estado francés, argumentando su desacuerdo con determinadas políticas relacionadas con Irán. Fue una decisión que resumía perfectamente su personalidad: una creadora dispuesta a mantener sus principios incluso cuando ello implicaba rechazar reconocimientos prestigiosos.

La noticia de su muerte en París, apenas un año después del fallecimiento de su esposo, el cineasta, actor y productor sueco Matthias Ripa, ha provocado una profunda conmoción en el mundo cultural. Más allá de premios, reconocimientos y éxitos comerciales, Satrapi deja un legado que trasciende disciplinas y fronteras.
Pocas artistas lograron tender puentes tan sólidos entre Oriente y Occidente y supieron convertir experiencias personales en relatos universales con semejante honestidad. Y pocas utilizaron el arte con tanta inteligencia para combatir la ignorancia, los prejuicios y el autoritarismo.
Marjane Satrapi dedicó su vida a contar historias. Historias sobre quienes eran silenciados, marginados o mal interpretados, que ayudaron a millones de personas a comprender mejor una realidad compleja y que demostraron que el arte puede ser una herramienta tan poderosa como cualquier discurso político.
La familia de Satrapi informó que la autora “murió de tristeza”. Su voz se ha apagado, pero las páginas de Persépolis, las imágenes de sus películas y las ideas que defendió seguirán hablando por ella durante mucho tiempo.
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Durante décadas, investigadores, economistas y gobiernos han intentado explicar la pobreza a través de estadísticas, gráficos y modelos matemáticos. Sin embargo, pocas veces esas cifras consiguen mostrar cómo se siente realmente vivir dentro de ella. Esa es precisamente la apuesta de El juego de la vida, documental de Andrés Ruiz Zuluaga que acompañó durante catorce años a cinco familias colombianas surgidas de una investigación de la Universidad de los Andes sobre movilidad social y desigualdad.
Lo que comenzó como un proyecto académico terminó convirtiéndose en un retrato profundamente humano sobre las oportunidades, las pérdidas y las decisiones que moldean una vida. A medida que los protagonistas crecen, migran, estudian, fracasan o persiguen sus sueños, el documental desmonta la idea de que todos juegan con las mismas cartas.
En esta conversación, Ruiz Zuluaga reflexiona sobre el paso del tiempo, el costo emocional de ascender socialmente y la decisión de incluir su propia historia dentro de la película. También hablamos con Donny Leal, uno de los participantes del documental, sobre la pobreza, las aspiraciones y la importancia de seguir soñando incluso cuando el contexto parece jugar en contra.

Andrés, el documental sigue a varias familias durante catorce años. ¿Qué aprendiste sobre el tiempo que jamás habrías descubierto en una película más corta?
Aprendí que el tiempo cambia completamente la forma en que pensamos. El Andrés que empezó este proyecto en 2009 no tiene nada que ver con el que terminó editándolo quince años después. También entendí que las personas son mucho más complejas de lo que parecen y que los vínculos, las decisiones y las contradicciones solo se comprenden realmente cuando uno acompaña una vida durante años.
La película nació de una investigación académica. ¿En qué momento sentiste que las cifras ya no alcanzaban para explicar lo que estabas viendo?
Cuando empecé a escribir el guion decidí apartar por completo las estadísticas y concentrarme únicamente en las historias. Después intenté reincorporarlas y me di cuenta de que sobraban. Las historias hablaban por sí mismas. Las cifras explican tendencias, pero cuando convertimos a las personas en números se pierde algo fundamental de su humanidad.
Una idea muy presente en la película es que ascender socialmente también implica pérdidas. ¿Qué descubriste sobre ese costo emocional?
Descubrí que muchas veces salir de la pobreza económica implica asumir otras formas de pobreza. En mi caso, llegar a Bogotá significó cambiar comportamientos, formas de hablar y hasta partes de mi identidad para encajar. Eso tiene un costo emocional enorme. Lo mismo ocurre con varios personajes de la película. Algunos logran sus metas, pero en el camino dejan atrás lugares, afectos o versiones de sí mismos que extrañan profundamente.
En algún momento decidiste convertirte también en personaje del documental. ¿Qué cambió cuando entendiste que tu historia formaba parte de la película?
Cambió todo. El documental dejó de ser únicamente una investigación y se volvió más humano. Empecé a hablar desde mis propias experiencias y reflexiones, no solo desde los hallazgos académicos. Curiosamente, los investigadores que participaron en el proyecto recibieron muy bien esa decisión porque entendieron que también ayudaba a explicar los resultados de la investigación desde otro lugar.
Las mujeres del documental parecen cargar un peso particular dentro de las dinámicas familiares. ¿Cómo transformó eso tu mirada sobre el machismo?
Fue probablemente uno de los aprendizajes más fuertes del proceso. Entendí muchas desigualdades que antes no veía y también descubrí comportamientos propios que reproducían esas lógicas. Ver cómo las mujeres asumían simultáneamente trabajo, cuidado familiar y responsabilidades invisibles me hizo comprender que partir de la posición de una mujer en una sociedad machista implica enfrentar obstáculos distintos desde el comienzo.

Donny, en la película aparece una frase muy poderosa: “No hay nada más tramposo que la pobreza”. ¿Qué significa para ti?
Que muchas veces nos enseñan a pensar que la pobreza es un problema individual, cuando en realidad está profundamente relacionada con el contexto. Yo crecí rodeado de personas que tenían situaciones incluso más difíciles que la mía, así que ni siquiera era consciente de que era pobre. La película me ayudó a entender cómo las condiciones de origen influyen muchísimo más de lo que solemos admitir.
Hay quienes sostienen que la pobreza depende únicamente de las decisiones personales. Después de vivir esta experiencia, ¿cómo respondes a esa idea?
Las decisiones importan, claro, pero las opciones que uno alcanza a ver dependen mucho del entorno. No todos tienen acceso a la misma información, a los mismos ejemplos o a las mismas oportunidades. Cuando una persona crece viendo una sola salida posible, es muy difícil imaginar caminos diferentes. La realidad termina limitando la capacidad de soñar.

Tú y Andrés parecen compartir cierta terquedad para perseguir sus metas. ¿Crees que esa terquedad ha sido una forma de riqueza?
Sí, pero no la veo como una fórmula para el éxito. Para mí los sueños siempre fueron una forma de seguir avanzando. La música, por ejemplo, fue un motivo para no quedarme quieto. Cuando uno tiene un proyecto o una ilusión, encuentra razones para seguir moviéndose incluso cuando las cosas se ponen difíciles.
Mirando hoy la película terminada, ¿qué fue lo que más te sorprendió de tu propia historia?
Entender cuánto influyeron circunstancias que en su momento no veía. Cuando era niño y me preguntaban qué quería hacer de grande, ni siquiera sabía qué responder porque acababa de perder mi pueblo, mis amigos y mi entorno. La película me permitió ver cómo muchas decisiones estuvieron marcadas por cosas que yo no comprendía entonces.
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Hay una paradoja en la filmografía de Harold Trompetero. Aunque gran parte de su popularidad proviene de comedias como El paseo 1 y 2, Mi gente linda, mi gente bella, Muertos de susto, El man o Los Oriyinales, auténticos esperpentos que divagan torpemente entre el costumbrismo facilista, la caricatura y el exceso, sus mejores trabajos han surgido cuando se aleja de la búsqueda desesperada de la risa. Ya ocurrió con el notable drama carcelario Perros y ahora vuelve a suceder con Lactar, probablemente una de las obras más sinceras y emocionalmente maduras de toda su carrera.
Lactar parte de una premisa tan insólita como provocadora: Victoria, una mujer de 62 años descubre que está embarazada. Lo que podría haberse convertido en una comedia de situación o en una fábula moralizante se transforma aquí en un melodrama existencial sobre el vacío, el deseo, el envejecimiento y la necesidad de encontrar sentido cuando la vida parece haber agotado todas sus posibilidades.
María Elena Doering sostiene la película con una interpretación en su justa medida. Su personaje pertenece a una familia acomodada, vive atrapada en un matrimonio emocionalmente agotado y busca desesperadamente algo que rompa la monotonía de una existencia construida sobre las apariencias (de hecho, trabaja como empleada doméstica y alquilando celulares cuando no necesita del dinero). El embarazo funciona entonces como un detonante narrativo, pero también como la metáfora de una segunda oportunidad vital.
A su alrededor, Diego Trujillo (eterno colaborador del director) como Don Mauricio, el esposo machista y de doble moral; y Julián Díaz, como Camilo, el chofer depresivo de la familia, aportan el equilibrio necesario a una historia que constantemente se mueve entre el melodrama, la introspección y el conflicto social.
Lo más interesante de Lactar es que, por momentos, parece una película llegada de otra época. Su estructura emocional y su manera de abordar los dilemas íntimos recuerdan a los grandes melodramas de Douglas Sirk, donde los conflictos personales terminaban revelando las hipocresías y limitaciones de toda una sociedad. Como ocurría en All That Heaven Allows, Written on the Wind o Imitation of Life, aquí los personajes luchan menos contra un antagonista concreto que contra las convenciones sociales que les dictan cómo deben vivir, amar o envejecer.
Eso no significa que Trompetero haya corregido todos sus defectos. Siguen apareciendo varios de los vicios que han acompañado buena parte de su filmografía. La reiteración narrativa vuelve a hacerse presente en escenas y frases que insisten demasiado en la misma idea emocional. La banda sonora continúa atropellando sentimientos que ya están suficientemente expresados por los actores y el ritmo resulta irregular, alternando momentos acelerados y de gran intensidad con pasajes que parecen estancarse.
Sin embargo, esta vez esos problemas pesan menos porque detrás de ellos existe algo que rara vez aparece en las películas más comerciales del director: verdad. Hay una honestidad evidente en la manera en que aborda los conflictos de su protagonista. Se percibe que la historia nace de una preocupación genuina y no de una fórmula industrial diseñada para satisfacer al público. No es casual que el origen del proyecto esté en una novela escrita por el propio Trompetero y basada, además, en una experiencia real que lo marcó profundamente.
Lactar no es una película perfecta. Está lejos de serlo. Pero sí representa una confirmación de algo que lleva años siendo evidente. El mejor Harold Trompetero no es el de las comedias estridentes ni el de los chistes televisivos llevados al cine. Es el cineasta que observa a personajes heridos, que explora las contradicciones de la vida adulta y que se atreve a hablar del dolor, la soledad y la esperanza sin esconderse detrás de la caricatura. Quizá sea hora de que él mismo termine de aceptarlo.
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Mucho antes de convertirse en uno de los personajes más reconocibles de la cultura popular de los años ochenta, He-Man fue simplemente un juguete. En 1982, Mattel buscaba crear una línea de figuras de acción destinada al público masculino, una especie de equivalente a Barbie para niños (¡No es una muñeca, es una figura de acción!). Sin embargo, los ejecutivos comprendieron rápidamente que para vender millones de figuras necesitaban algo más que músculos imposibles, espadas gigantes, villanos extravagantes y nombres redundantes. Necesitaban una historia.
Así nació He-Man and The Masters of the Universe, una serie animada concebida principalmente para dar contexto a aquellos juguetes. Lo que comenzó como una estrategia de mercadotecnia terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural. La premisa era tan absurda como irresistible para un niño de 6 años en adelante: Un príncipe rubio, aparentemente inseguro, se transformaba en el hombre más poderoso del universo para defender su mundo fantástico, Eternia, de un enemigo llamado Skeletor, una calavera viviente obsesionada con conquistar el mundo. Había tigres verdes gigantes, castillos mágicos, tecnología futurista y guerreros con nombres que parecían inventados por un niño ese niño de 6 años. Era una mezcla imposible entre fantasía heroica, ciencia ficción y dibujos animados de sábado por la mañana.
Quizá por eso la primera adaptación en acción real de 1987 sigue siendo recordada con tanto cariño. Nadie podría defender seriamente aquella película como una gran obra cinematográfica. El presupuesto era limitado, los efectos especiales eran modestos incluso para su época y Eternia apenas aparecía en pantalla porque gran parte de la historia transcurría en la Tierra. Sin embargo, poseía algo que muchas producciones actuales han perdido: sinceridad. Aquella película entendía perfectamente la naturaleza extravagante de su material de origen y nunca intentó convertirlo en algo que no era. Dolph Lundgren interpretaba a He-Man con absoluta convicción mientras luchaba contra Frank Langella, que ofrecía una versión deliciosamente exagerada de Skeletor. Era camp, excesiva y profundamente divertida.
Por eso resulta tan refrescante comprobar que Travis Knight ha tomado una decisión que, en los tiempos actuales, parece casi revolucionaria: No avergonzarse de la ridiculez de He-Man. Knight ya había demostrado anteriormente una sensibilidad especial para trabajar con relatos infantiles y con propiedades intelectuales nacidas fuera del cine. Primero nos entregó Kubo and the Two Strings, una auténtica obra maestra de la animación stop motion producida por Laika Studios, una película capaz de combinar aventura, emoción y una belleza visual extraordinaria. Después consiguió algo que parecía imposible: Dirigir la mejor película de la horrorosa franquicia cinematográfica de Transformers. Mientras las entregas de Michael Bay se perdían entre explosiones interminables y caos digital, Bumblebee recuperó el corazón que había desaparecido de la saga y recordó que incluso una historia basada en juguetes podía tener alma.
Con Masters of the Universe vuelve a demostrar que comprende mejor que muchos ejecutivos la esencia de estas franquicias. Durante años hemos asistido a una obsesión casi enfermiza por oscurecer y solemnizar cualquier propiedad popular. La “cultura geek” parece haber asumido erróneamente que la madurez consiste en eliminar el color, la diversión y el sentido del humor. Lo vimos en numerosas reinterpretaciones de superhéroes y también en la versión de He-Man impulsada por Kevin Smith para Netflix, mucho más interesada en el drama existencial que en la aventura jovial y desenfrenada. En paralelo, la influencia de Zack Snyder dejó una huella profunda en el cine de género, instaurando la idea de que los superhéroes, concebidos originalmente para entretener, debían comportarse como figuras trágicas de una epopeya religiosa.
Knight rechaza completamente ese camino. Su Masters of the Universe no intenta convencernos de que estamos viendo una reflexión filosófica sobre el destino de la humanidad. Tampoco pretende transformar a He-Man en una figura mesiánica. Lo que hace es mucho más inteligente. Acepta que Eternia es un lugar absurdo y maravilloso donde la fantasía heroica convive con pistolas láser, donde un esqueleto parlante puede obsesionarse con la espada larga, la piel bronceada y los muslos sudorosos de su archienemigo y donde ese hombre musculoso grita “¡Yo tengo el poder!” antes de lanzarse a la batalla, aceptando el patetismo de la situación.
La película abraza por completo el espíritu camp que siempre definió a la franquicia. Eternia parece una portada de álbum de rock progresivo llevada a la pantalla (Brian May colaboró en la banda sonora). Los diseños son exagerados, coloridos y orgullosamente artificiales. Skeletor (Jared Leto mucho mejor que el pésimo Joker que encarnó en Suicide Squad), vuelve a ser una figura histriónica y teatral que disfruta siendo malvada al igual que Rita Repulsa de los Power Rangers o Gargamel de Los Pitufos. Incluso los momentos más disparatados parecen concebidos con la intención de celebrar aquello que convirtió a He-Man en un icono generacional.
Lo más interesante es que la película también parece consciente de que He-Man ya no pertenece únicamente a quienes crecieron con la serie animada. Durante años, los memes y la cultura de internet han mantenido vivo al personaje, convirtiéndolo en una figura tan popular entre nuevas generaciones como entre los espectadores originales. Knight entiende esa dimensión contemporánea y la incorpora sin que el resultado se sienta forzado o cínico.
El resultado recuerda constantemente a Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves, otra película que triunfó (no en la taquilla, pero sí en el amor por la franquicia), precisamente porque comprendió que el secreto no estaba en esconder la extravagancia de su universo, sino en celebrarla. Ambas producciones comparten una filosofía parecida: Respetan profundamente el material original sin dejar de reconocer que, visto desde fuera, todo es un poco ridículo. Y precisamente ahí está la diversión. Que lo diga el vapuleado Taika Waititi con sus maravillosas entregas de Thor para Marvel.
Nicholas Galitzine, a quien hace poco vimos en la adorable The Sheep Detectives, encaja sorprendentemente bien en esta visión. Su Príncipe Adam no es el típico héroe invulnerable que domina cada escena. Hay una cierta vulnerabilidad en su interpretación que ayuda a conectar con el personaje más allá de sus músculos imposibles. Funciona especialmente porque nunca intenta interpretar a He-Man como una figura solemne. Entiende que el personaje debe inspirar, pero también divertir.
Jared Leto, por su parte, parece haber encontrado finalmente un personaje capaz de aprovechar sus tendencias más teatrales. Su Skeletor es exagerado, extravagante, queer y deliciosamente malvado. Cada aparición parece diseñada para recordarnos que, a veces, los mejores villanos son aquellos que disfrutan siendo villanos. En una época donde muchos antagonistas están obsesionados con justificar moralmente cada una de sus acciones, resulta casi refrescante encontrarse con alguien que simplemente quiere conquistar Eternia porque sí.
El reparto secundario también entiende perfectamente el tono que propone la película. Camila Mendes aporta carisma y determinación como Teela, funcionando como el ancla emocional de buena parte de la historia y demostrando que el personaje puede ser mucho más que la simple compañera de aventuras de He-Man (con todo y Friendzone). Idris Elba, con su presencia habitual, aporta autoridad y gravedad a Duncan (Man-At-Arms), cuando la narrativa lo requiere, aunque siempre sin romper el equilibrio entre aventura y comedia que define al filme (con todo y alcoholismo).
Morena Baccarin, como Sorceress, encaja naturalmente dentro de la dimensión fantástica de Eternia, mientras que Kristen Wiig se divierte prestando su voz a Roboto, uno de los personajes más extravagantes de la película. Y entre los héroes de Eternia resulta especialmente gratificante ver a personajes clásicos como Fisto (Jóhannes Haukur Jóhannesson), Mekaneck (James Wilkinson), Dian (Christiaan Bettridge) y Ram-Man (Jon Xue Zhang) trasladados al live action sin complejos ni intentos de hacerlos “realistas”. Knight entiende que estos personajes son parte fundamental de la identidad de la franquicia y conserva intacta buena parte de la exageración que los hizo populares.
Mención especial merece también Battle Cat, cuya adaptación al live action logra conservar su sello de la serie animada sin perder imponencia y ternura. Knight entiende que el enorme tigre verde no es un elemento ridículo que deba ocultarse, sino una de las piezas más queridas del universo de Eternia, y cada una de sus apariciones recuerda por qué generaciones enteras crecieron soñando con cabalgar a su lado rumbo al Castillo Grayskull.
En cuanto a los secuaces de Skeletor, Alison Brie se divierte enormemente como Evil-Lyn, abrazando la teatralidad del personaje y construyendo una villana astuta, manipuladora y más inteligente que su jefe, convirtiéndose en una de las presencias más entretenidas de toda la película. Ocurre algo similar con Sam C. Wilson, que aporta una energía salvaje y amenazante como Trap Jaw, Hafthor Bjornsson aprovecha su imponente físico para dar vida a un Goat Man intimidante y Kojo Attah convierte a Tri-Klops en un guerrero tan letal como visualmente llamativo. Ninguno de ellos pretende convertirse en una versión oscura y torturada de sí mismo; son secuaces extravagantes, peligrosos y memorables, exactamente como deben ser dentro de una historia de He-Man.
Por supuesto, esta aproximación no convencerá a todo el mundo. Algunos espectadores probablemente rechazarán la película por considerarla demasiado ligera (¡estoy hablándote a ti, fanático tóxico de Star Wars!), y se rasgarán las vestiduras por no haber conseguido una versión más oscura y solemne del personaje. Sin embargo, buena parte de esas críticas parecen olvidar algo fundamental: He-Man nunca fue Batman. Nunca fue Watchmen. Nunca fue Invincible. Nunca fue una tragedia griega disfrazada de aventura fantástica. Era una serie creada para vender juguetes. Y eso no es una crítica. Es precisamente lo que la hacía especial.
Masters of the Universe funciona porque Travis Knight comprende esta verdad elemental. No intenta deconstruir al personaje ni transformarlo en algo que jamás fue. Lo devuelve a sus raíces, recupera el tono despreocupado de la serie animada y demuestra que todavía existe espacio para aventuras fantásticas que no necesitan pedir disculpas por ser divertidas. Al final, la película logra algo que muchas superproducciones modernas han olvidado: Recordar que el entretenimiento simple y llano también puede ser una virtud.
P.D. No se pierda las tres escenas postcréditos. Una es una moraleja, y las otras son el anuncio de que la historia continúa, con la inclusión de un personaje que tuvo su propia serie.
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En esta era de la industria del entretenimiento, resulta necesario cuestionar el tipo de contenido que consumimos: qué historias se cuentan, dónde se desarrollan, quién las dirige y, sobre todo, quiénes las protagonizan. Aunque el cine está en constante transformación y busca ofrecer relatos innovadores y perspectivas renovadas, con frecuencia da la impresión de que seguimos atrapados en un ciclo repetitivo de narrativas y protagonistas similares. A partir de un reciente estudio, surge una pregunta fundamental: ¿qué ocurre con los actores y actrices que no encajan en los estándares de representación que tradicionalmente predominan en el séptimo arte?
En una encuesta realizada por Age Without Limits, se reveló que las cintas taquilleras tienen más probabilidad de ser protagonizadas por un animal parlante que por una mujer de edad mayor de 60 años. Se estudiaron las 100 películas más taquilleras estrenadas en el Reino Unido en los últimos tres años, y si bien cinco de ellas estaban protagonizadas por una mujer de edad mayor, el número seguía siendo muy bajo. En cambio, un aproximado de 20 películas nos presentan una historia de un animal que habla. Por otra parte, algunas de las cintas restantes son encabezadas por un actor masculino llamado Chris, en su mayoría por Chris Pratt. También Chris Hemsworth y Chris Pine forman parte de la lista de protagonistas que conforman las cintas más taquilleras de este estudio.

Este estudio por la campaña contra la discriminación por edad dio como resultado que es más probable que un hombre llamado Chris o un animal parlante sea protagonista en una película que una mujer de edad mayor. Aún así, el estudio también arrojó algunas cintas que fueron protagonizadas por actrices mayores: Allelujah (2023), My Big Fat Greek Wedding 3 (2023), Book Club: The Next Chapter (2023), The Substance (2024) y Freakier Friday (2025).
Las películas con mujeres mayores como protagonistas también pueden ser de éxito taquillero, pues el estudio sugiere que cintas como Hard Truths, I’m Still Here y Thelma, pueden entrar en la observación de la crítica. Este tema también puede ser objeto de un tema en común: la muerte o retiro de muchas actrices de época, como Maggie Smith y Glenda Jackson.
Este fenómeno plantea un cuestionamiento relevante: las mujeres mayores representan un porcentaje significativo de la población mundial y, sin embargo, continúan estando subrepresentadas en la gran pantalla. ¿Cuándo comenzará la industria cinematográfica a inspirarse en sus experiencias para contar nuevas historias? Sobre este tema se ha pronunciado Emma Thompson, actriz y guionista británica de 67 años, cuya trayectoria de más de cuatro décadas en el cine y el teatro la ha consolidado como una de las figuras más reconocidas de la industria. Entre sus numerosos reconocimientos destacan dos premios Óscar, tres BAFTA, dos Globos de Oro y un Emmy, además de dos nominaciones a los premios Grammy. Respecto a esta problemática, Thompson afirmó: “Las mujeres representamos la mitad de la población y cada vez somos mayores. ¿Dónde están las historias sobre nosotras? Cuanto mayores somos, más interesantes resultamos. Me gustaría ver más películas centradas en mujeres mayores; somos fascinantes, cercanas y merecemos ocupar un lugar central en la pantalla. Las mujeres mayores no necesitan permiso para aparecer en ella. Ya existen en el mundo, el cine solo necesita ponerse al día”.
Aun así, una de las narrativas que más persiste en torno a las mujeres mayores es la obsesión por borrar o combatir los signos de la edad. Esta premisa quedó reflejada en una de las películas más comentadas y exitosas de los últimos años, que también se mencionó en el estudio: The Substance (2024), protagonizada por Demi Moore. A sus 63 años, la actriz encabeza una historia que explora el miedo al envejecimiento y la presión por aferrarse a la juventud, planteando la idea de que el paso del tiempo convierte los llamados “mejores años” de una mujer en un recuerdo cada vez más distante.

Age Without Limits también realizó una encuesta a 4,000 personas a través de su organización benéfica Centre for Ageing Better. Los resultados del estudio sugieren que existe una demanda real por narrativas protagonizadas por mujeres mayores. De hecho, cerca del 17% de los participantes señaló que tendría más interés en ver una película si el personaje principal fuera una mujer de edad avanzada. Además, una tercera parte de los encuestados consideró que la presencia de mujeres mayores de 60 años en papeles protagónicos sigue siendo insuficiente dentro de la industria cinematográfica. En contraste, solo una minoría, equivalente al 3%, afirmó que este tipo de representación ya es excesiva.
“Es absolutamente absurdo pensar que en los últimos años se hayan realizado tan pocas películas con una mujer mayor como protagonista. Hasta uno de cada cinco espectadores de cine en el Reino Unido tiene 55 años o más, y este grupo de edad gasta cientos de millones de libras esterlinas al año en cine. La representación de actores mayores en papeles principales es tan desproporcionada con respecto a la proporción de mujeres mayores en el público cinematográfico que, francamente, la falta de representación resulta insultante”, declaró la Dra. Carole Easton, directora ejecutiva del Centre for Ageing Better.
“Lamentablemente, esto no solo ocurre en el cine. En muchos medios de comunicación, en diversos sectores laborales y en distintos ámbitos de la vida pública, la perspectiva de las mujeres mayores se minimiza, se margina y se ignora. Debemos oponernos a la discriminación por edad y a su intersección con el sexismo, diciéndoles a quienes controlan la cultura que queremos que todos los aspectos y etapas de la vida estén representados en lo que vemos, escuchamos y leemos”, agregó.
No solo se trata del protagonismo, sino de la misma representación de las personas de edad mayor en la pantalla grande, sin importar el rol que les sea otorgado. Para medir la representación etaria en la pantalla, la organización analizó cerca de 50 producciones populares estrenadas entre 2010 y 2022, que en conjunto incluían 1.200 personajes con diálogo. La investigación encontró que los personajes de 50 años o más constituían apenas una tercera parte del total.
Hay muchas observaciones que se hicieron en el estudio Age Without Limits: los pocos roles por mujeres mayores de edad hablan mucho menos que los hombres de la misma edad, sus personajes no suelen presentar una narrativa de poder, sino que suelen ser pasivos o irrelevantes para la historia principal. “Al no representar adecuadamente a las personas mayores, y a las mujeres mayores en particular, la industria cinematográfica está participando activamente en relegar a las personas mayores a los márgenes de la sociedad”, compartió Harriet Bailiss, colíder de la campaña Age Without Limits.
Hay excepciones que podemos ver en la actualidad: la secuela de El diablo viste de Prada, protagonizada por Meryl Streep, de 76 años, y ocupa el puesto número 4 en la lista de las películas más taquilleras. Aún así tenemos Project Hail Mary y The Super Mario Galaxy Movie, que cuenta con Chris Pratt y animales que hablan en el reparto.
¿Qué nos cuestiona este estudio y cómo actuará la industria cinematográfica al respecto?
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El 1 de junio de 2026 se cumplen cien años del nacimiento de Marilyn Monroe, la mujer que trascendió el estrellato para convertirse en mito. Pocas figuras en la historia del cine han alcanzado una dimensión tan universal. Su imagen sigue siendo reconocible en cualquier rincón del planeta, pero reducirla a la rubia del vestido blanco vaporoso sería ignorar la complejidad de una artista que luchó toda su vida por ser tomada en serio.
Nacida como Norma Jeane Mortenson en Los Ángeles, su infancia estuvo marcada por los orfanatos, las familias de acogida y una profunda sensación de abandono que terminaría definiendo buena parte de su personalidad. Aquella niña insegura se transformó en la estrella más importante de la posguerra, capaz de revolucionar los cánones de sensualidad de Hollywood y de conectar con el público como ninguna actriz lo había hecho desde Greta Garbo.
Antes de alcanzar el estrellato absoluto, Monroe dejó huellas imborrables en cuatro apariciones fundamentales. En Love Happy (1949), junto a los Hermanos Marx, demostró que bastaban unos segundos en pantalla para capturar la atención del público. En The Asphalt Jungle (1950), de John Huston, empezó a revelar una presencia cinematográfica imposible de ignorar. Ese mismo año, en All About Eve (1950), de Joseph L. Mankiewicz, compartió escena con Bette Davis y confirmó que poseía un magnetismo propio que trascendía cualquier papel secundario. Aquellas breves intervenciones anunciaban la llegada de una estrella destinada a cambiar para siempre la historia de Hollywood.
Marilyn Monroe sigue siendo mucho más que una estrella de cine. Fue un símbolo cultural, una revolucionaria involuntaria y una artista que, pese a las limitaciones de su tiempo, consiguió transformar sus fragilidades en una forma única de presencia cinematográfica. Hollywood ha producido cientos de estrellas. Marilyn solo hubo una.
A cien años de su nacimiento, estas son las diez películas que mejor resumen su talento, su evolución artística y la extraordinaria fuerza de una figura que sigue fascinando a generaciones enteras.
10. The Prince and the Showgirl (1957)
– Dir. Laurence Olivier
La única película producida por la propia actriz a través de su compañía Marilyn Monroe Productions representa uno de los momentos más importantes de su independencia artística. Compartiendo pantalla con Laurence Olivier, la actriz interpreta a una corista estadounidense que conquista a un aristócrata europeo. Más allá de las tensiones legendarias entre ambos durante el rodaje, la película demuestra la determinación de Monroe por escapar de los papeles de rubia ingenua que los estudios le imponían. Su actuación posee una delicadeza y una inteligencia emocional que durante años fueron injustamente subestimadas.
9. Niagara (1953)
– Dir. Henry Hathaway
La película que convirtió a Marilyn en una estrella internacional. Hathaway comprendió mejor que nadie el potencial visual de la actriz y construyó un thriller donde su sensualidad se convierte en un arma narrativa. Monroe interpreta a una mujer atrapada en un matrimonio destructivo que planea asesinar a su esposo. Por primera vez no era la chica simpática o la vecina encantadora, sino una auténtica femme fatale. El filme marcó el nacimiento definitivo del mito Marilyn y confirmó que podía sostener una producción importante prácticamente por sí sola.
8. There’s No Business Like Show Business (1954)
– Dir. Walter Lang
Esta superproducción musical permite apreciar una de las facetas menos valoradas de Monroe: su talento como cantante y bailarina. Rodeada por figuras como Ethel Merman y Donald O’Connor, Marilyn aporta una energía moderna y una presencia escénica que termina robándose buena parte de la atención. Es una película que muestra cómo su carisma trascendía cualquier limitación narrativa.
7. Bus Stop (1956)
– Dir. Joshua Logan
Con esta película, la crítica finalmente reconoció algo que Monroe llevaba años intentando demostrar: era una actriz de verdad. Su interpretación de Cherie, una cantante de bar vulnerable y llena de contradicciones se aleja completamente de la caricatura sexy que Hollywood había construido para ella. Influenciada por su formación en el Actor’s Studio, Monroe ofrece aquí una actuación compleja, dolorosa y profundamente humana. Muchos consideran que fue el momento en que dejó de ser simplemente una estrella para convertirse en una intérprete respetada.
6. How to Marry a Millionaire (1953)
– Dir. Jean Negulesco
Junto a Lauren Bacall y Betty Grable, Monroe compone una de las comedias más encantadoras de los años cincuenta. Interpretando a Pola Debevoise, una modelo extremadamente miope que se niega a usar gafas por vanidad, la actriz demuestra una capacidad extraordinaria para la comedia física. Lo fascinante es cómo consigue convertir un personaje potencialmente superficial en alguien entrañable, mezclando inocencia, torpeza y una enorme dosis de humanidad.
5. Gentlemen Prefer Blondes (1953)
– Dir. Howard Hawks
Si existe una película que consolidó la imagen pública de Marilyn Monroe, es esta. Su interpretación de Lorelei Lee y, especialmente, el número musical “Diamonds Are a Girl’s Best Friend“, se han convertido en iconos absolutos de la cultura popular. Sin embargo, bajo la superficie glamorosa existe una actuación cómica de enorme sofisticación. Monroe entendía perfectamente el personaje y jugaba con la percepción que el público tenía de ella, construyendo una sátira brillante sobre la ambición, el deseo y las apariencias.
4. River of No Return (1954)
– Dir. Otto Preminger
El único western protagonizado por Marilyn es también una de sus interpretaciones más maduras. Frente a Robert Mitchum, la actriz encarna a una cantante de saloon que debe sobrevivir en un entorno hostil mientras intenta encontrar su lugar en el mundo. Preminger y Monroe mantuvieron una relación complicada durante el rodaje, pero esa tensión parece alimentar la intensidad emocional de la película. Su personaje posee una vulnerabilidad y una fortaleza que anticipan sus trabajos más dramáticos.
3. The Seven Year Itch (1955)
– Dir. Billy Wilder
La imagen más famosa de Marilyn Monroe pertenece a esta película: El vestido blanco elevándose sobre una rejilla del metro. Sin embargo, reducir la película a ese instante sería una injusticia. Billy Wilder comprendió que el verdadero talento de Monroe estaba en su capacidad para combinar sensualidad, inocencia y humor. Su vecina anónima es al mismo tiempo una fantasía masculina y una persona completamente ajena a las proyecciones que los hombres hacen sobre ella. La película convirtió a Marilyn en leyenda.
2. The Misfits (1961)
– Dir. John Huston
Su última película terminada (dejó inconclusa a Something’s Got to Give) es también su trabajo más desgarrador. Escrita por Arthur Miller y protagonizada junto a Clark Gable (su último filme también) y Montgomery Clift, parece un retrato anticipado de la tragedia que rodeaba a todos sus participantes. Monroe ofrece aquí la actuación más vulnerable de su carrera. Ya no hay artificios ni personajes construidos alrededor de su atractivo físico. Solo queda una mujer rota, buscando amor y comprensión en un mundo incapaz de ofrecérselos. Es la película que demuestra definitivamente cuánto talento dramático poseía.
1. Some Like It Hot (1959)
– Dir. Billy Wilder
La obra maestra absoluta de Marilyn Monroe y una de las mejores comedias jamás realizadas. Interpretando a Sugar Kane, una cantante ingenua y soñadora, Monroe alcanza un equilibrio perfecto entre comicidad, melancolía y encanto. Billy Wilder aprovecha cada una de sus virtudes y la convierte en el corazón emocional de una película que sigue siendo tan moderna y divertida como el día de su estreno. Aunque el rodaje fue caótico y estuvo marcado por las dificultades personales de la actriz, el resultado es puro milagro cinematográfico. Nunca fue más divertida, más conmovedora ni más magnética. Si una sola película pudiera explicar por qué Marilyn Monroe sigue siendo inmortal, sería esta.
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Desde el primer episodio de James, queda claro que el director colombiano Simón Brand no estaba interesado en hacer un documental de fútbol convencional. Lejos de apoyarse únicamente en testimonios a cámara, repetición de goles, estadísticas o hazañas deportivas, su apuesta fue construir un retrato mucho más íntimo y humano de uno de los futbolistas más influyentes de su generación.
“Todo el mundo cree que conoce a alguien como James porque lo ha visto durante años”, explica el director, cinco veces nominado al Grammy por su trabajo en videos musicales, en conversación con ROLLING STONE en Español. “Pero en realidad no sabes quién es hasta que entiendes el peso de todo lo que carga sobre los hombros”.
Estrenada recientemente en Netflix, la docuserie de tres episodios sobre la vida de James Rodríguez llega en un momento especialmente significativo para Colombia. Con la próxima Copa del Mundo en el horizonte y el futbolista nuevamente en el centro de la conversación pública, la serie funciona casi como una oportunidad para revisitar no solo al ídolo deportivo, sino también al hombre detrás de una de las figuras más observadas, admiradas y cuestionadas del fútbol latinoamericano.
La producción no solo repasa los momentos más determinantes de su carrera, desde sus primeros años en Envigado hasta su paso por algunos de los clubes más importantes de Europa y la Selección Colombia. También se adentra en aquello que rara vez aparece en pantalla: su entorno familiar, la presión mediática que lo ha acompañado durante años, las heridas personales que marcaron su camino y la necesidad constante de demostrar su valía ante millones de personas.
“La gente que no es fanática del fútbol me escribe diciendo que ahora lo ve distinto”, cuenta Brand. “Y eso era muy importante para mí. Más allá del jugador, queríamos contar una historia humana”.
Y con justa razón. Simón Brand lleva más de dos décadas construyendo una carrera atravesada por la música, el cine y la cultura pop latinoamericana. Ha dirigido videos musicales para artistas como Shakira, Juanes o Ricky Martin. Pero antes de forjar esa trayectoria como director, dice, fue hincha. Muy hincha. Y quizá por eso entendía desde el inicio la magnitud de la responsabilidad que implicaba retratar a una figura como James Rodríguez en Colombia.
“Él es nuestro Messi”, afirma. “La presión que tiene encima es brutal. En este país amas a un jugador un día y al siguiente lo destruyes, entonces todo el tiempo están bajo juicio”.
Durante tres años, Brand y un equipo de alrededor de quince personas siguieron a James por distintas ciudades del mundo. Alemania, Portugal, España, Argentina, Estados Unidos y Colombia se convirtieron en escenarios de una producción que fue creciendo al mismo ritmo que la propia historia de resurgimiento del futbolista.
El resultado es una serie que no solo documenta una carrera deportiva excepcional, sino también un proceso de reconstrucción personal. Pero, ¿cómo nació la idea de convertir la trayectoria de James Rodríguez en una docuserie?
‘Tú deberías hacer la película de mi vida’
La idea de la docuserie surgió de manera inesperada. Brand y James se conocieron años atrás, cuando el director trabajaba en un videoclip relacionado con el Mundial de Brasil 2014. Con el tiempo volvieron a coincidir y, durante uno de esos encuentros, fue el propio futbolista quien puso la idea sobre la mesa: contar su historia desde una perspectiva distinta a la que el público había visto hasta entonces.
“Me dijo: ‘Tú deberías hacer la película de mi vida’”, recuerda Brand. “Pero yo le respondí que solo tendría sentido si estaba dispuesto a abrirse de verdad. No quería hacer algo que simplemente confirmara lo que la gente ya sabía sobre él”.
A medida que avanza la serie, James se muestra cada vez más vulnerable. Habla de sus inseguridades, de la ausencia de su padre, de las decisiones que marcaron su carrera y de heridas que, en muchos sentidos, siguen abiertas. Para Brand, ahí residía el verdadero corazón de la historia.
“Antes de entrevistarlo, antes de editar, yo quería conocerlo. Quería saber quién era él, qué le gustaba, a qué le tenía miedo, cuáles eran sus traumas y cuáles eran las motivaciones detrás de decisiones que en el país mucha gente nunca entendió”,
“Creo que, en el fondo, es la historia de alguien que sigue buscando sanar”, dice. “Un niño que tuvo muchísimo éxito, pero que todavía está intentando cerrar ciertas heridas”.
Esa intimidad también transformó la relación entre director y protagonista. Con el paso del tiempo, Brand dejó de acercarse a James desde un lugar estrictamente profesional y comenzó a hacerlo desde la sensibilidad de alguien que creció viendo fútbol y comprendiendo el peso simbólico que figuras como él tienen en América Latina.
“Yo no le hablaba como periodista”, explica. “Le hablaba como hincha. Y creo que por eso él terminó confiando tanto”.
Visualmente, James también encuentra formas poco convencionales de reconstruir la memoria. Ante la ausencia de material de archivo para algunos momentos clave de la historia, Brand recurrió a secuencias animadas inspiradas en el manga y en Supercampeones, un guiño directo a la infancia del futbolista y al imaginario que acompañó a toda una generación de aficionados.
“Sabíamos que necesitábamos otra manera de contar ciertos recuerdos”, explica. “Y como él era fanático de Supercampeones, sentimos que esa estética tenía sentido emocionalmente”.
La postproducción representó uno de los mayores desafíos del proyecto. Para esa etapa, Brand tomó una decisión poco habitual dentro de una producción que, en prácticamente todos sus frentes, fue colombiana. La excepción fue el editor, Santiago Parizot.
“Hasta la música es colombiana, todo es 100% colombiano, excepto el editor”, explica entre risas. La elección, sin embargo, respondió a una decisión editorial muy concreta. Consciente de la polarización que suele rodear la figura de James en Colombia, Brand buscó una mirada externa que permitiera tomar distancia del debate local. “Quería una visión un poco más neutra, que no fuera colombiana desde el punto de vista editorial”, señala.

Melómano declarado, Brand quería alejarse de los soundtracks deportivos tradicionales, generalmente cargados de épica orquestal y lugares comunes emocionales. “No quería el típico documental solemne de talking heads”, explica.
Por eso invitó a la banda colombiana Diamante Eléctrico a encargarse de la música original de la serie. Aunque el grupo nunca había compuesto para un soundtrack, la colaboración terminó convirtiéndose en una de las piezas fundamentales del proyecto.
“Podíamos haber ido por lo obvio y usar canciones que todo el mundo relaciona con el fútbol”, dice. “Pero queríamos descubrir otros sonidos y darle espacio a artistas increíbles”.
Aunque James representa una de las incursiones documentales más ambiciosas de su carrera, Brand no planea quedarse mucho tiempo lejos de la ficción. Después de más de dos décadas alternando entre videoclips, cine y televisión, el director asegura que sigue encontrando su mayor comodidad en las historias protagonizadas por actores y personajes imaginados.
“Me encanta dirigir actores, me encanta la ficción”, admite. “Pero volvería a hacer documentales si la historia realmente vale la pena. Al final, independientemente del género, lo que quiero es mover la aguja de las personas. Conmoverlas”.
Por ahora, el realizador ya desarrolla nuevos proyectos cinematográficos. Lo único que parece mantenerse intacto es aquello que, según él, impulsa cualquier buena historia: el amor y el miedo. Dos fuerzas que también atraviesan James. Y que, a juzgar por los próximos pasos de Brand, seguirán guiando las historias que decida contar.
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En apenas unos años, el británico Leo Woodall se ha convertido en uno de los actores jóvenes más prometedores de su generación. Después de llamar la atención del público internacional con The White Lotus, consolidó su ascenso con proyectos como la serie Prime Target y las cintas Nuremberg y Bridget Jones: Mad About the Boy, donde confirmó que detrás de su carisma natural existe un intérprete capaz de asumir personajes mucho más complejos de lo que su imagen de galán podría sugerir.
Ahora llega Tuner, la primera película de ficción del director Daniel Roher tras ganar el Óscar por el documental Navalny. En ella, Woodall interpreta a Niki White, un afinador de pianos que vive con hiperacusia, una condición que amplifica de manera extrema los sonidos que lo rodean. Lo que comienza como una historia íntima sobre la soledad, la amistad y la música termina derivando hacia territorios inesperados donde también tienen cabida el thriller criminal y el suspenso psicológico.
A propósito del estreno de la película, conversamos con Woodall sobre el desafío de interpretar a un personaje que experimenta el sonido de forma tan intensa, el privilegio de trabajar junto a Dustin Hoffman y las sorpresas que esperan al público.

Niki experimenta el mundo a través del sonido de una manera muy intensa. ¿Cómo te preparaste para interpretar a alguien que vive con hiperacusia?
Lo primero que hice fue hablar con una persona que vive con esta condición. Daniel me puso en contacto con una persona que el director conocía y quien ha padecido hiperacusia durante casi una década. Conversamos extensamente sobre cómo es convivir con ella, cómo se sienten los ataques, cómo afecta la vida social y emocional.
Fue una ayuda invaluable para construir a Niki. También intenté prestar más atención al mundo que me rodeaba. Empecé a observar lo ruidosa que puede ser la vida cotidiana, algo que normalmente damos por sentado.
La película utiliza el sonido casi como si fuera otro personaje. ¿Cómo fue actuar en escenas donde pequeños ruidos generaban tanta tensión?
Hubo muchísimo trabajo de detalle por parte de todos los departamentos. Daniel estaba muy pendiente de ello y yo también.
Pero cuando vi la película terminada entendí realmente lo que había conseguido Johnnie Burn, el diseñador de sonido. Nunca había visto una historia contada de esa manera a través del sonido. Lo que hizo para meternos dentro de la cabeza de Niki fue excepcional.
Tienes razón cuando dices que la hiperacusia funciona casi como un personaje más dentro de la película. Gran parte del mérito pertenece a Johnny.
Niki es al mismo tiempo una persona vulnerable y alguien con un talento extraordinario. ¿Qué fue lo que más te atrajo del personaje?
Sentí una enorme empatía por su dolor, por su sufrimiento y por su soledad. Cuando leí el guion simplemente quise hacer la película. De hecho, lo primero que pensé fue que quería verla. Me emocionó muchísimo desde la primera lectura.
Niki era un personaje por el que sentía una especie de responsabilidad emocional. Quería protegerlo. Sentía que podía entenderlo y acompañarlo. Estoy muy agradecido por haber tenido la oportunidad de interpretarlo.

Compartes algunas de las escenas más importantes de la película con Dustin Hoffman. ¿Cómo fue trabajar con una leyenda del cine?
Fue una experiencia increíble y bastante surrealista. Poder actuar junto a él y observar de cerca cómo construye sus interpretaciones fue fascinante. Dustin está dispuesto a probar cualquier cosa. No tiene inhibiciones. Explora constantemente distintas posibilidades y le ofrece muchísimo material al director y al montajista.
Además, está completamente presente en cada escena. Eso hace que uno se sienta totalmente inmerso dentro del mundo de la película. Trabajar con él fue un privilegio enorme.

Tuner mezcla crimen, suspenso psicológico y música de una manera muy particular. ¿Qué crees que sorprenderá más al público?
Creo que cada espectador se sorprenderá por motivos distintos. La película combina varios géneros y muchas personas pensarán que están viendo una determinada clase de historia para luego descubrir que en realidad es otra cosa.
Espero que también les sorprenda la forma en que está narrada. El guion te lleva de un punto A a un punto B a través de muchos acontecimientos y situaciones muy satisfactorias como espectador. Para mí es una película hecha para quienes aman el cine. Tiene sorpresas, emoción y personajes con los que realmente quieres pasar tiempo.
(Antes de despedirse, Woodall agradece los elogios hacia Tuner y sonríe cuando mencionamos su trabajo en Bridget Jones. Es un gesto sencillo, pero refleja una de las cualidades que también posee el actor: Una cercanía natural que invita a acompañarlo en el viaje).
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