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Las historias sobre el descubrimiento de la identidad suelen apoyarse en el conflicto permanente, la tragedia o el trauma. El fin de las primeras veces decide recorrer un camino distinto. La película acompaña a Eduardo (Alejandro Quintana), un joven que abandona su pueblo para llegar a Guadalajara, donde el deseo, la amistad y el amor aparecen como experiencias tan confusas como transformadoras. Más que construir un gran drama, Rafael Espejo apuesta por observar cómo la vida sucede frente a la cámara, permitiendo que los silencios, los pequeños gestos y el paso del tiempo revelen aquello que los personajes nunca expresan con palabras.

El director nos habló sobre la representación de la comunidad LGBTQ+, la importancia de la felicidad como forma de resistencia, la construcción visual de la intimidad y el derecho que todos tenemos a equivocarnos mientras descubrimos quiénes somos.

Rafael Espejo: “Nuestra mayor resistencia consiste en ser visiblemente felices”
Cortesía de Piano

El fin de las primeras veces evita muchos de los clichés habituales tanto del coming of age como del cine queer, especialmente aquellos relacionados con la tragedia y el trauma. ¿Por qué decidiste contar el despertar emocional y sexual de Eduardo desde un lugar mucho más cotidiano y silencioso?

Sin duda era algo que tenía muy presente. No quería hacer una historia desde la victimización porque no considero que seamos víctimas. Claro que todavía hay mucho por hacer y seguimos siendo una población vulnerable en muchos sentidos, pero también ha habido avances muy importantes.

Hoy vivimos un momento extraño, donde parece haber ciertos retrocesos y debemos resistir para no perder derechos que ya habíamos conquistado. Pero esa resistencia, para mí, nace desde el gozo. Desde ser visibles y felizmente visibles. Creo que no hay mayor revolución que ser felices. Frente a quienes odian a la comunidad LGBTQ+, nuestra respuesta puede ser precisamente esa: vivir en libertad, con alegría, y convertirnos en un ejemplo para quienes vienen detrás.

Eduardo llega de un pequeño pueblo a Guadalajara, una ciudad que también parece convertirse en un personaje. ¿Qué querías mostrar sobre la experiencia de ser joven, foráneo y queer dentro de un espacio que al mismo tiempo ofrece libertad y miedo?

Creo que Guadalajara es como cualquier otra ciudad: tiene burbujas de protección y también espacios hostiles. Al final, esas burbujas no las construye la ciudad sino las personas que la habitan.

Cuando te rodeas de personas queer encuentras lugares donde puedes sentirte más seguro. Eso no significa que seamos perfectos; somos tan diversos y complejos como cualquier otra comunidad. Pero existe una posibilidad de cuidado mutuo que termina siendo muy importante.

Yo llevo más de veinte años viviendo en Guadalajara y ya forma parte de mí. Muchas cosas que aparecen en la película son completamente cotidianas para mí, pero quienes no conocen la ciudad las perciben como algo muy característico. Más que intentar construir un retrato específico de Guadalajara, creo que terminé filmando la ciudad que llevo conmigo.

Cortesía de Piano

La película transmite una enorme sensación de intimidad. ¿Cómo trabajaste visualmente esa cercanía con el protagonista?

Creo que la clave está en el tiempo. Para que exista verdadera intimidad es necesario permitir que el tiempo transcurra. Ese fue uno de los grandes riesgos de la película. Vivimos en una época donde los espectadores tienen cada vez menos paciencia, pero yo necesitaba que las escenas respiraran.

Las secuencias de intimidad, por ejemplo, ocurren casi en tiempo real porque lo importante no son únicamente las acciones, sino todo lo que sucede emocionalmente detrás de ellas: el miedo, la anticipación, el descubrimiento, incluso el conflicto interno que vive Eduardo mientras desafía la educación con la que creció.

También fue muy importante mantener la cámara extremadamente cerca del protagonista. La película está construida prácticamente desde su rostro. Quería que el espectador sintiera que habitaba su punto de vista y descubriera el mundo junto a él.

Y, por supuesto, hubo mucho espacio para la improvisación. Existía un guion muy trabajado, pero también queríamos que las escenas conservaran una sensación auténtica. No es lo mismo pedirle a un actor que se ría porque así lo dice el libreto, que provocar genuinamente esa risa en el momento. Mi trabajo consistía en crear un ambiente donde los actores pudieran sentirse protegidos para jugar, equivocarse y descubrir cosas nuevas frente a la cámara.

Además de periodista soy psicólogo y hubo algo que me llamó mucho la atención. Los personajes parecen estar improvisando la vida más que interpretando una estructura dramática tradicional. ¿Qué tan importante era eso para ti?

Todo. Me da muchísima alegría que lo hayas percibido así porque justamente era lo que buscábamos. Hay muchas maneras de hacer cine, pero a mí me interesaba sentir que la vida estaba ocurriendo frente a la cámara. Eso no es sencillo. Requiere mucha disposición de quienes están actuando, mucha paciencia de quienes están detrás de la cámara y también un enorme acto de fe.

Además, era la primera película prácticamente para todo el equipo. Creo que hubo una suma de voluntades muy especial. Todos queríamos que ocurriera esa magia y, afortunadamente, ocurrió.

¿Qué películas o cineastas estuvieron presentes mientras escribías y dirigías esta historia?

Me interesa muchísimo el cine latinoamericano contemporáneo. Tenía muy presentes Joven y alocada, que me encanta; también Dólares de arena, Te prometo anarquía, Gloria y, por supuesto, el trabajo de los hermanos Dardenne, especialmente por la relación entre la cámara y los personajes. Son películas que, de distintas maneras, dialogaban con lo que yo estaba intentando construir.

Cortesía de Piano

La película deja la sensación de que las primeras veces rara vez son épicas; suelen ser experiencias confusas que terminan definiéndonos con el paso del tiempo. Después de terminar este proyecto, ¿qué descubriste sobre la identidad, la memoria y el pasado?

Creo que lo más importante fue comprender que necesitamos darnos permiso para equivocarnos. Ese momento en el que empezamos a convertirnos en adultos está lleno de decisiones y muchas de ellas inevitablemente serán errores. Pero hay una enorme belleza en equivocarse. La belleza del ser humano está precisamente en su imperfección.

A veces dañamos a otros o a nosotros mismos intentando descubrir quiénes somos, y eso no nos convierte automáticamente en malas personas. Es parte del aprendizaje.

En las personas queer ocurre algo muy particular. Muchas veces sentimos que ya hemos decepcionado al mundo simplemente por existir, como si cargáramos con una responsabilidad adicional de tener que ser mejores que los demás para compensar nuestra identidad. Eso me parece profundamente cruel.

No quisiera que las nuevas generaciones crecieran sintiendo que ya le fallaron a alguien. Al contrario. Ojalá puedan descubrir que tienen derecho a equivocarse, a aprender, a ser imperfectos y, sobre todo, a ser felices. Esa es, en el fondo, la película que intenté hacer.

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Bluey, el show animado que capturó la atención y los corazones de millones de familias alrededor del mundo rinde homenaje a los clanes Yolŋu (se pronuncia Yolngu) del norte de Australia. ABC involucró a miembros de la comunidad para adaptar cinco episodios a la lengua Yolŋu Matha en honor a la semana NAIDOC (sucede cada primera semana de julio; celebra la historia, la cultura y los logros de los pueblos aborígenes e isleños del Estrecho de Torres).

La serie ha sido doblada a más de 20 idiomas, incluyendo islandés, chino y lituano. Por lo tanto, cuando se acercó la celebración de la cultura e historia de los nativos australianos, era lógico que se involucraran en una iniciativa como esta. Según ABC News, Will Porter (codirector del proyecto junto con la Sylvia Nulpinditj) afirmó que el doblaje era “una ofrenda para la preservación del idioma”.

La producción se realizó en colaboración de Ludo Studio y Yolŋu Radio en las instalaciones de la estación de radio comunitaria. El elenco del doblaje incluyó a Dimathaya Burarrwanga, miembro fundador de la banda de surf rock Yolŋu King Stingray como Bandit Heeler, el papá; El respetado mayor Andrew Gurruwiwi hizo la voz del abuelo, Mort Cattle; Rosie Mununggurr interpretó a Chilli Heeler, la mamá, y, con la ayuda de los niños de la comunidad, se dio vida a los perritos titulares, Bluey y Bingo.

Se reporta que la experiencia, desde la preproducción hasta la muestra final de los cinco episodios en vivo (T1E9 El Arroyo, T1E26 La Playa, T2E26 A dormir, T2E27 Abuelo y T2E10 Isla Alfombra) fue mágico para todos los involucrados; significó una celebración de la niñez, la cocreación comunitaria y, sobre todo, la lengua Yolŋu Matha, término que designa a las lenguas estrechamente relacionadas que hablan los diferentes clanes del noreste de la Tierra de Arnhem, Territorio Norte, Australia

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De acuerdo con Will Porter, “Intentamos que sonara lo más parecido posible a lo que se oye en un hogar Yolŋu actual, que es una mezcla (de idiomas)”

El legado perdido, la sangre derramada y el genocidio australiano

La catástrofe que significó la llegada de europeos a la tierra australiana deja a muchos sin palabras. La consiguiente masacre y discriminación sistemática por parte de las autoridades australianas y británicas, con el objetivo de erradicar la cultura aborigen, deja claro que detrás de las playas cristalinas, música y entretenimiento yace crímenes de lesa humanidad.

Desde su fundación como colonia penal en 1788 y la posterior creación del Commonwealth of Australia en 1901, el país siempre ha rechazado y reprimido las culturas aborígenes que habitaron la isla durante más de 50.000 años antes de la intervención europea. El conflicto entre el gobierno, los colonos y los aborígenes fue, como señalan muchos historiadores, uno de los más sangrientos, vergonzosos e inhumanos de la historia.

Sin entrar en detalles sobre otras formas en que las autoridades reprimieron, asesinaron, torturaron y criminalizaron la cultura aborigen, una de las metas más relevantes para la exterminación total fue el idioma.

Desmond Crump, profesor de lenguas indígenas de la Universidad de Queensland, afirmó que la pérdida de mayores, cabezas de las tribus, significa “perder una biblioteca por la cantidad de conocimiento que poseen. (Conservar el idioma) resulta muy difícil cuando no hay hablantes fluidos”. La lenta desaparición de los líderes comunitarios fue una parte de la estrategia colonial; sin embargo, la asimilación (una táctica implementada en primera instancia por los británicos en la conquista) hizo que las generaciones más jóvenes fueran “reformadas” por la crueldad australiana. Anny Chau, reportera de The Young Reporter, explica que “Entre 1910 y la década de 1970, niños aborígenes fueron separados de sus hogares, adoptados por familias blancas y obligados a rechazar su cultura en lo que se denominó ‘políticas de asimilación’”. Dicha técnica se repitió en colonias como Canadá, Sudáfrica y Estados Unidos.

Tras décadas de lucha y protesta, los pueblos indígenas de Australia y el gobierno han destinado presupuestos nacionales a la creación de programas para la restauración, preservación y celebración de la cultura aborigen. En corto, uno de los hitos significativos de este proceso de reunificación y resignificado de la identidad australiana ha sido la formación del Comité Nacional para la Observancia del Día de los Aborígenes (NADOC) en los años 70; en 1991 cambiaron el nombre a NAIDOC para reconocer a los isleños del Estrecho de Torres y describir toda una semana de reconocimiento, en lugar de un solo día.

Bluey ayuda a curar heridas

Ludo Studios, la productora de Bluey afirmó que “Bluey es un programa pensado para que lo disfrute todo el mundo, así que poder compartirlo en una lengua indígena durante la Semana NAIDOC es algo realmente especial.” Si bien las atrocidades cometidas contra los pueblos aborígenes representan una deuda monstruosa que todos los australianos deberán cargar para siempre, pequeños pasos como estos ayudan a sanar a un pueblo que estaba dividido y se sentía excluido de la sociedad australiana.

Me atrevo a decir que muchos de los que leen este artículo han visto y se han sentido identificados con Bluey, la serie animada sobre una familia que vive su vida enfrentando desafíos como las dificultades para hacer amigos, la pérdida, el amor y, sobre todo, compartir en comunidad. Esta serie ha enseñado al mundo que, para enmendar los errores, las acciones valen más que las palabras y ahora, gracias a los esfuerzos de los equipos detrás de este proyecto, se logró compartir la alegría con aquellos que han estado privados de ella durante generaciones.

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Algunas carreras cinematográficas parecen avanzar como una conversación consigo mismas. Olivia Wilde debutó con Booksmart, una de las comedias sobre adolescentes más inteligentes y divertidas de la última década, donde reveló una sensibilidad extraordinaria para dirigir actores y encontrar humor en los pequeños gestos cotidianos. Después llegó Don’t Worry Darling, una película mucho más ambiciosa, imperfecta, pero igualmente interesada en explorar las relaciones de pareja, las estructuras de poder y las fantasías que sostienen muchos matrimonios contemporáneos. The Invite reúne esas dos facetas. Conserva el ritmo, la ligereza y la precisión cómica de su debut, mientras recupera las inquietudes emocionales de su segunda película para construir una obra mucho más madura de lo que su premisa parece prometer.

El punto de partida pertenece al español Cesc Gay, uno de esos cineastas que, al igual que Woody Allen en sus mejores años, ha encontrado en los apartamentos, las cenas y las conversaciones domésticas un escenario inagotable para explorar las contradicciones del amor. Sus películas rara vez necesitan grandes acontecimientos. Basta una reunión entre amigos o una pareja encerrada en un comedor para que aparezcan los reproches, las inseguridades, los deseos reprimidos y los silencios acumulados durante años. Sentimental ya contenía todo ese universo, pero Wilde comprende que una adaptación solo tiene sentido cuando encuentra una voz propia.

Ahí resulta decisivo el trabajo de Rashida Jones y Will McCormack. Ambos toman la estructura de la película original y la adaptan con enorme inteligencia a la clase media estadounidense. Los personajes dejan de sentirse como simples equivalentes de sus versiones españolas y adquieren conflictos específicos, nuevas motivaciones y un humor mucho más cercano al desencanto norteamericano. Lo admirable es que la película nunca transmite la sensación de estar copiando otra obra. Respeta el original sin convertirse en su sombra.

La historia gira alrededor de una propuesta indecente. Joe (Seth Rogen) y Angela (Olivia Wilde) invitan a cenar a sus sofisticados vecinos, Hawk (Edward Norton) y Piña (Penélope Cruz), supuestamente con la intención inicial de limar algunas asperezas provocadas por la convivencia. La conversación avanza entre vino, charcutería y pequeños momentos incómodos hasta que los invitados revelan que practican el intercambio de parejas y quisieran compartir esa experiencia con sus anfitriones. Sobre el papel podría parecer una comedia construida alrededor de una situación escandalosa. En realidad, esa invitación apenas constituye el detonante de algo mucho más interesante.

La película nunca habla realmente de sexo. Habla del tiempo. Habla de esas parejas que un día descubren que siguen compartiendo la misma casa, la misma cama y las mismas rutinas, pero ya no recuerdan exactamente cuándo dejaron de mirarse con el mismo deseo. La propuesta de Hawk y Piña no pone en crisis la fidelidad de Joe y Angela. Obliga a ambos a preguntarse si todavía conocen a la persona con quien llevan tantos años viviendo.

Joe es probablemente uno de los mejores personajes de la carrera de Seth Rogen. Muy lejos del eterno adolescente marihuanero y despreocupado que marcó buena parte de su filmografía, aquí interpreta a un músico (todavía marihuanero) que conoció el éxito demasiado pronto y que ahora enseña en una universidad mientras sobrevive entre dolores de espalda, frustraciones profesionales y una sensación permanente de haber desperdiciado parte de su talento. Rogen encuentra un equilibrio magnífico entre el humor, la amargura y la vulnerabilidad. Sus bromas funcionan porque esconden una profunda tristeza que nunca necesita verbalizarse.

Olivia Wilde también sorprende delante de la cámara. Angela podría haberse reducido a la esposa insatisfecha de tantas comedias matrimoniales. Sin embargo, Wilde construye una mujer que lleva años intentando mantener viva una relación cuya erosión comenzó mucho antes de aquella cena. Sus silencios, sus miradas y sus pequeños actos resultan tan elocuentes como los estallidos de Joe, y la directora demuestra una notable capacidad para interpretar aquello mismo que luego filma.

Penélope Cruz disfruta enormemente interpretando a Piña. Como sexóloga, comprende que el deseo no desaparece con los años; simplemente cambia de forma. Su personaje jamás intenta provocar ni escandalizar. Habla del sexo con la misma naturalidad con la que otros hablan de gastronomía o literatura. Cruz convierte a Piña en la persona más libre de la habitación, precisamente porque nunca necesita demostrar que lo es.

Edward Norton juega otra partida mucho más ambigua. Hawk es un bombero que posee el encanto suficiente para desarmar cualquier tensión, pero también una seguridad que termina resultando ligeramente inquietante. Nunca sabemos si realmente intenta ayudar a sus vecinos o si disfruta observando cómo el matrimonio comienza a resquebrajarse delante de él. Norton entiende perfectamente ese doble juego y convierte cada sonrisa en una posible amenaza. Al final, nos ofrece un monólogo que permite ver al humano detrás del nombre de ave de rapiña.

Wilde logra transformar un único apartamento en un espacio cinematográficamente vivo. La decisión de rodar en 35 milímetros no responde a una simple búsqueda estética. El celuloide aporta una calidez y una textura que recuerdan al cine estadounidense hecho por y para adultos, precisamente el de películas como Hannah and Her Sisters, Who’s Afraid of Virginia Woolf? o Scenes from a Marriage, referencias que la directora ha reconocido abiertamente. La fotografía de Adam Newport-Berra (Euphoria, The Studio) encuentra profundidad, movimiento y variaciones constantes dentro de un espacio reducido, demostrando que el verdadero espectáculo nunca depende del tamaño de la locación, sino de la inteligencia con la que se filma.

También sorprende el extraordinario sentido del ritmo. La película transcurre casi por completo entre cuatro personas conversando alrededor de una mesa, pero jamás pierde energía. Cada revelación modifica la relación entre los personajes, cada broma esconde un reproche y cada confesión obliga a reinterpretar lo que se dijo unos minutos antes. Wilde dirige como si estuviera montando una pieza musical donde las pausas, las interrupciones y las réplicas importaran tanto como los grandes momentos dramáticos.

The Invite comprende que las relaciones rara vez terminan por culpa de un acontecimiento extraordinario. Lo hacen por la acumulación de decisiones aparentemente insignificantes: dedicar demasiado tiempo al trabajo, dejar de escuchar, convertir la rutina en costumbre o asumir que el amor sobrevivirá sin necesidad de alimentarlo. La propuesta sexual que desencadena la historia termina siendo apenas un espejo donde cada personaje observa aquello que llevaba demasiado tiempo evitando mirar.

Olivia Wilde demuestra aquí que posee un talento particular para observar las relaciones humanas desde la comedia sin renunciar nunca a la melancolía. Gracias al brillante trabajo de Rashida Jones y Will McCormack, a cuatro intérpretes en estado de gracia y a una puesta en escena de enorme precisión, The Invite recupera un tipo de cine adulto que parecía haber desaparecido de las salas, películas donde las palabras importan tanto como las acciones, donde el humor nace de reconocer nuestras propias contradicciones y donde una simple cena puede terminar revelando toda una vida.

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Christopher Nolan no solo adaptó uno de los grandes pilares de la literatura occidental sino que también abrió una puerta para redescubrir la inmensa influencia que La Odisea ha ejercido sobre el cine, la televisión, los cómics, la animación y hasta el rap. Detrás de su superproducción se esconden homenajes, coincidencias históricas, hallazgos arqueológicos, guiños cinéfilos y sorprendentes conexiones con Batman, los Minions, John Wick y Wonder Woman. Estos quince datos curiosos demuestran que el largo viaje de Odiseo continúa mucho más vivo de lo que imaginábamos. 

Cortesía de Cine Colombia

15. John Wick le debe mucho más a Homero de lo que parece

Mucho antes de que John Wick emprendiera una implacable cruzada de venganza tras la muerte de su perro, Homero ya había convertido a un can en uno de los símbolos más conmovedores de La Odisea. Argos, el viejo perro de Ulises, permanece esperando durante veinte años el regreso de su amo mientras el palacio de Ítaca es tomado por los pretendientes de Penélope, quienes lo maltratan y lo relegan al abandono. 

Cuando Ulises finalmente vuelve disfrazado de mendigo, Argos es el único que lo reconoce de inmediato. Tras mover la cola por última vez y ver cumplida su espera, muere en paz. Aunque las motivaciones de ambos relatos son distintas, resulta fascinante comprobar cómo uno de los primeros textos de la literatura occidental ya entendía el inmenso poder emocional que puede tener un perro dentro de una historia de pérdida, fidelidad y venganza. Hay algo profundamente homérico en la forma en que John Wick convirtió a un animal en el detonante de una epopeya sangrienta.

Cortesía de UIP

14. No, Nolan no copió a los Minions

Habrá quien, con el humor propio de las redes sociales, diga que Christopher Nolan “copió” a los Minions por incluir a un cíclope en The Odyssey. La realidad es exactamente la contraria. En Minions and Monsters, los simpáticos personajes amarillos emprenden un viaje para encontrar al villano perfecto al que puedan servir y, entre sus candidatos, aparece nada menos que Polifemo, el cíclope derrotado por Ulises.

Lejos de ser una ocurrencia aislada, el guiño funciona como un homenaje a uno de los primeros grandes antagonistas de la literatura occidental. Creado por Homero hace casi tres mil años, Polifemo representa la fuerza bruta enfrentada a la inteligencia, un arquetipo que ha sobrevivido en incontables historias hasta nuestros días.

La aparición del cíclope en una película de los Minions demuestra precisamente lo contrario de lo que algunos podrían afirmar en redes sociales: no es Nolan quien toma prestadas ideas del cine de animación, sino que las propias películas contemporáneas continúan regresando a Homero porque allí se encuentran muchas de las raíces de la narrativa universal. Cuando un monstruo creado hace casi treinta siglos sigue apareciendo en superproducciones, dibujos animados y epopeyas modernas, queda claro que algunos personajes nunca dejan de pertenecer al presente.

Cortesía de Warner

13. Cuando Circe convirtió a la Mujer Maravilla en una cerdita

Los fanáticos de los superhéroes encontrarán un inesperado puente entre La Odisea y el universo de DC Comics. En la serie animada Justice League Unlimited, la hechicera Circe, una de las mayores enemigas de Wonder Woman y de su madre Hipólita, lanza un hechizo que transforma a Diana en una cerdita, dando origen a la inolvidable Wonder Pig, la cerdita maravilla.

La ocurrencia parece un chiste, pero en realidad nace directamente de Homero. En La Odisea, la maga Circe recibe a los compañeros de Ulises con un banquete y, utilizando sus poderes, los convierte en cerdos, uno de los episodios más famosos y perturbadores del poema. Christopher Nolan recupera ese pasaje en The Odyssey, recordándonos que la magia de Circe siempre ha representado la pérdida de la identidad y la degradación del ser humano.

El episodio de Justice League Unlimited rinde homenaje a ese momento clásico con mucho humor, pero sin perder la referencia mitológica. De hecho, Wonder Pig terminó convirtiéndose en un personaje tan querido que regresó años después como PB en la película animada DC League of Super-Pets (2022), consolidando uno de los guiños más inesperados y divertidos que los cómics han hecho a la obra de Homero. Es una prueba más de que, incluso en el cine y la televisión de superhéroes, los grandes mitos de la Antigüedad siguen vivos.

Cortesía de Bleecker Street

12. De Batman a Antínoo… y los superhéroes que persiguen a Christopher Nolan

Uno de los guiños más curiosos de The Odyssey está en su reparto. Robert Pattinson, quien actualmente interpreta a Batman en la nueva saga del Caballero Oscuro, se convierte aquí en Antínoo, el más despiadado de los pretendientes de Penélope (Anne Hathaway) y el principal antagonista de Odiseo (Matt Damon) durante su ausencia.

La elección resulta especialmente llamativa porque Christopher Nolan fue el director que redefinió a Batman para toda una generación con la trilogía protagonizada por Christian Bale y en la que Anne Hathaway interpretó a Catwoman en Dark Knight Rises. Por eso, para muchos cinéfilos será inevitable imaginar lo divertido que habría sido ver a Bale formando parte de esta epopeya homérica, cerrando un curioso círculo entre las dos generaciones del héroe de Gotham. vale la pena mencionar que Damon es gran amigo de Ben Affleck, quien también hizo de Batman.

No sería la primera vez que una película de Nolan reúne a personajes que el público identifica con superhéroes. En The Prestige (2006), Christian Bale y Hugh Jackman interpretaban a dos magos enfrentados, una rivalidad que hoy puede verse con otros ojos: Batman contra Wolverine muchos años antes de que el cine de superhéroes dominara Hollywood.

Y los guiños continúan en The Odyssey. En varios momentos de la película, Antínoo se enfrenta directamente a Telémaco, interpretado por Tom Holland. Para los fanáticos del género, esas escenas tienen un atractivo adicional: Es inevitable sonreír al pensar que, por unos instantes, Batman termina enfrentándose a Spider-Man, aunque esta vez el combate ocurra en la Grecia de Homero y no entre los rascacielos de Nueva York o Ciudad Gótica. A propósito, Holland y Pattinson ya habían colaborado juntos en la estupenda The Lost City Of Z.

Cortesía de Zendaya

11. Zendaya viajó de Homero a Frank Herbert… y compartió set con Tom Holland

Pocas actrices han tenido una agenda tan exigente como Zendaya durante el rodaje de The Odyssey. Mientras interpretaba a Atenea para Christopher Nolan, también terminaba la temporada final de Euphoria y participaba en el rodaje de Dune, la tercera entrega de la saga dirigida por Denis Villeneuve.

La coincidencia resulta fascinante porque, casi sin proponérselo, Zendaya terminó trabajando simultáneamente en dos de las obras más influyentes de la historia de la ficción. Por un lado, La Odisea, uno de los pilares de la literatura universal y uno de los textos fundacionales de la narrativa occidental. Por el otro, Dune, la novela de Frank Herbert considerada por muchos como la gran obra maestra de la ciencia ficción moderna. En apenas unos meses, la actriz pasó de habitar el universo de Homero al de Herbert, invitando indirectamente a una nueva generación de espectadores a volver a las librerías para descubrir ambos clásicos.

Además, The Odyssey le permitió reunirse de nuevo con Robert Pattinson (ellos estuvieron juntos en The Drama) y también con su pareja, Tom Holland, quien interpreta a Telémaco. Sin embargo, quienes esperen verlos actuar juntos se llevarán una sorpresa: Atenea y Telémaco nunca comparten una escena. Así, una de las parejas más populares de Hollywood coincide en la misma película sin cruzarse realmente frente a la cámara. Tendremos que esperar a la nueva entrega de Spider-Man para ver a Peter y a Mary Jane juntos.

Cortesía de UIP

10. El primer gran protagonista de Matt Damon para Christopher Nolan

Aunque Matt Damon ya era un viejo conocido dentro del universo de Christopher Nolan, The Odyssey marca un hito en su relación creativa. Se trata de la tercera colaboración entre ambos, después de su breve pero decisiva aparición como el doctor Mann en Interstellar (2014) y de interpretar al general Leslie Groves en Oppenheimer (2023). Sin embargo, esta es la primera ocasión en la que Nolan le confía el peso absoluto de una de sus películas.

El director encuentra en Damon al intérprete ideal para un Odiseo muy distinto al héroe clásico e invulnerable. Su Odiseo es un estratega brillante, pero también un hombre desgastado por la guerra, perseguido por la culpa y dispuesto a sacrificarlo todo para regresar a Ítaca. Después de años orbitando el universo de Nolan en papeles secundarios de enorme importancia, The Odyssey convierte finalmente a Matt Damon en el rostro principal de una de las epopeyas más ambiciosas de la carrera del cineasta británico.

Cortesía de Universal

9. El curioso fetiche de Nolan por los rostros ocultos

Si Quentin Tarantino tiene una conocida fascinación por los pies, Christopher Nolan parece haber desarrollado la suya por los personajes que permanecen ocultos detrás de una máscara. A lo largo de su filmografía ha demostrado una extraña confianza en actores capaces de transmitir emociones aun cuando el espectador apenas puede ver su rostro.

El mejor ejemplo es Tom Hardy, quien interpretó a Bane en The Dark Knight Rises (2012) con el rostro prácticamente cubierto durante toda la película. Nolan repetiría el recurso en Dunkirk (2017), donde el mismo Hardy pasa casi todo el metraje escondido tras la máscara de oxígeno de un piloto de la RAF.

En The Odyssey, aunque Hardy no forma parte del reparto, el director parece repetir el mismo patrón. Benny Safdie, reconocido también por su trabajo como director, interpreta a Agamenón, quien aparece constantemente protegido por un enorme casco que apenas deja distinguir sus facciones. El resultado vuelve a demostrar que, para Nolan, un gran actor no necesita mostrar completamente el rostro para imponer presencia en la pantalla. En su cine, la voz, la postura y el lenguaje corporal suelen decir mucho más que una expresión facial.

Cortesía de UIP

8. De la lira griega al rap de Travis Scott

Uno de los aspectos más sorprendentes de The Odyssey es su banda sonora. Lejos de limitarse a construir una partitura épica al estilo del Hollywood clásico, Ludwig Göransson trabajó junto a historiadores y especialistas en música antigua para estudiar instrumentos como el aulos y la lira, buscando recrear sonoridades que evocaran el mundo de la Grecia arcaica. El resultado es una música extraña, sombría y casi ritual, que parece surgir de un tiempo remoto y dota a la película de una identidad sonora muy distinta a la de otras epopeyas cinematográficas.

La mayor sorpresa llega, sin embargo, en los créditos finales. Allí aparece el tema When I’m Home de Travis Scott, quien a su vez interpreta un bardo dentro de la película y también firma el tema de cierre. La elección no es un simple capricho musical: Nolan establece un sugestivo paralelismo entre los bardos de la Antigüedad, encargados de transmitir las gestas heroicas de forma oral, y los raperos contemporáneos, que hoy narran historias, construyen mitologías y preservan la memoria de sus comunidades a través de la palabra rimada. No es la primera colaboración entre ambos. Travis Scott ya había participado en Tenet con el tema The Plan, utilizado también durante los créditos finales. En el universo de Nolan, el viejo aedo griego y el rapero del siglo XXI terminan siendo, en el fondo, dos versiones del mismo narrador.

Cortesía de IMDB

7. La Odisea convertida en una casa embrujada

Si existe una adaptación que demuestra hasta dónde puede estirarse el legado de Homero, esa es Keyhole (2011), del director canadiense Guy Maddin. En lugar de mares, islas y monstruos mitológicos, Maddin traslada el viaje de Odiseo al interior de una vieja casa que funciona como un laberinto psicológico, donde cada habitación parece conducir a un recuerdo, un fantasma o una culpa del pasado.

El protagonista es Ulysses Pick, interpretado por Jason Patric, un gánster que regresa a su hogar acompañado por un grupo de delincuentes tras un violento robo. Allí lo espera Hyacinth, interpretada por Isabella Rossellini, una figura que evoca claramente a Penélope, aunque convertida en una presencia espectral marcada por la ausencia y el resentimiento. Los habitantes de la casa funcionan como versiones deformadas de los personajes homéricos, mientras el recorrido deja de ser físico para convertirse en un descenso al inconsciente.

Con influencias del surrealismo, el cine noir y el expresionismo alemán, Keyhole transforma La Odisea en una experiencia onírica donde el verdadero monstruo ya no es Polifemo ni las Sirenas, sino la memoria. Es, probablemente, la reinterpretación más radical y desconcertante que ha inspirado el poema de Homero.

Cortesía de IMDB

6. Muchos descubrieron a Homero gracias a un anime

Aunque para millones de personas La Odisea fue una lectura obligatoria en el colegio, muchos otros llegaron al poema de Homero por un camino mucho más inesperado: Ulises 31 (1981-1982). Esta inolvidable coproducción franco-japonesa trasladó el mito al siglo XXXI y convirtió a Ulises en el comandante de la gigantesca nave Odiseus, condenado por Zeus a vagar por el espacio después de destruir al cíclope para rescatar a un grupo de niños, entre ellos su hijo Telémaco.

Acompañado por Temis, la pequeña extraterrestre de piel azul, el entrañable robot Nono y la computadora Shirka, Ulises emprende un viaje por el Laberinto Galáctico en busca del reino de Hades para despertar a su tripulación, congelada por el castigo de los dioses. En el camino aparecen versiones futuristas de Circe, las Sirenas, Escila, Caribdis, el Minotauro, Calipso y otros personajes del poema, demostrando que la ciencia ficción podía convivir con la mitología clásica sin perder su esencia.

Con una inolvidable banda sonora de sintetizadores, que hoy incluso puede recordar a la electrónica de grupos como Daft Punk, y una estética que marcó a toda una generación, Ulises 31 sigue siendo una de las reinterpretaciones más extrañas, audaces y entrañables que ha inspirado el universo homérico. Incluso Guy Maddin tendría que reconocer que no fue el único capaz de llevar a Odiseo hasta territorios absolutamente insospechados.

Cortesía de Touchstone

5. Los hermanos Coen adaptaron La Odisea… sin haberla leído

Pocas anécdotas son tan curiosas como la que dio origen a O Brother, Where Art Thou? (2000). Joel e Ethan Coen han confesado en varias ocasiones que aceptaron el desafío de hacer una versión de La Odisea sin haber leído realmente el poema de Homero. Sabían de qué trataba porque se lo habían asignado en el colegio, pero admitieron que nunca terminaron la lectura. Aun así, decidieron convertir esa especie de apuesta personal en una película.

El resultado fue una de las reinterpretaciones más ingeniosas del clásico. Ambientada en el Mississippi de la Gran Depresión, la historia sigue a Ulysses Everett McGill (George Clooney), un preso que escapa junto a dos compañeros para regresar con su esposa Penny (Holly Hunter), una evidente versión de Penélope. En el camino aparecen equivalentes del cíclope Polifemo, las sirenas, Tiresias y otros personajes del poema, trasladados al folclore y la cultura popular estadounidense.

Incluso el título es un homenaje cinéfilo. O Brother, Where Art Thou? toma su nombre de la película Sullivan’s Travels (1941), de Preston Sturges, una de las grandes influencias de los hermanos Coen. Paradójicamente, sin haber leído a Homero de principio a fin, terminaron realizando una de las adaptaciones más brillantes, libres y divertidas que ha inspirado La Odisea.

Cortesía de janus

4. De Irene Papas a Anne Hathaway: un legado que atraviesa la tragedia griega

Al elegir a Anne Hathaway para interpretar a Penélope, Christopher Nolan no solo volvió a trabajar con una actriz con la que ya había colaborado en Interstellar (2014) y en The Dark Knight Rises (2012), donde dio vida a Catwoman. También, de manera inevitable, evocó a una de las grandes intérpretes del teatro y el cine griegos: Irene Papas. En la extraordinaria miniserie italiana Odissea (1968), Papas construyó una Penélope inolvidable, inteligente, firme y emocionalmente compleja, considerada aún hoy una de las mejores encarnaciones del personaje.

Pero la relación de Irene Papas con el universo homérico va mucho más allá. En Electra (1962), de Michael Cacoyannis, interpretó a la hija de Agamenón; en Las mujeres troyanas (1971) dio vida a Helena, cuya huida con Paris desencadena la Guerra de Troya; y en Ifigenia (1977) encarnó a Clitemnestra, esposa de Agamenón y una de las figuras más complejas de la tragedia griega. Pocas actrices han recorrido con tanta profundidad el imaginario clásico, convirtiéndose en el rostro cinematográfico de las grandes heroínas creadas por Homero, Eurípides y Esquilo. Más que una intérprete, Irene Papas terminó siendo una auténtica heredera de la tragedia griega en la pantalla.

Cortesía de CNN

3. Un fragmento perdido de La Odisea apareció hace apenas unos años

Aunque La Odisea fue compuesta hace casi tres milenios, su historia sigue revelando sorpresas. En julio de 2018, durante unas excavaciones en Olimpia, Grecia, arqueólogos descubrieron una tablilla de arcilla de época romana fechada aproximadamente en el siglo III d. C. que conservaba trece versos inéditos del poema de Homero. El hallazgo fue especialmente relevante porque se trataba de uno de los testimonios materiales más antiguos encontrados del texto fuera de los manuscritos medievales.

Los versos corresponden al encuentro entre Odiseo y Eumeo, el viejo porquero que permanece fiel a su rey durante los veinte años de ausencia y que se convierte en uno de los primeros aliados del héroe cuando regresa a Ítaca disfrazado de mendigo. En The Odyssey, Christopher Nolan confía este personaje al colombiano John Leguizamo, quien aporta una enorme calidez a una figura aparentemente secundaria, pero fundamental para el desenlace de la historia. Es fascinante pensar que un personaje interpretado hoy por un actor latinoamericano siga siendo objeto de descubrimientos arqueológicos casi tres mil años después de haber sido creado por Homero.

Cortesía de Warner

2. De Ray Harryhausen a La Ilíada que Nolan todavía nos debe

Christopher Nolan ha reconocido que The Odyssey funciona, en cierta medida, como un homenaje a Ray Harryhausen, el gran maestro de los efectos especiales en stop motion que dio vida a criaturas fantásticas en películas como Jason and the Argonauts y Clash of the Titans. La paradoja es deliciosa: Con sus criaturas fantásticas, Harryhausen ayudó a definir el imaginario cinematográfico de la mitología griega, pero nunca participó en una adaptación directa de La Ilíada o La Odisea.

La relación de Nolan con Homero, además, pudo haber comenzado mucho antes. El director estuvo vinculado inicialmente a Troy, la superproducción basada en La Ilíada y protagonizada por Brad Pitt que finalmente dirigió Wolfgang Petersen. Nolan prefirió entonces embarcarse en Batman Begins, pero más de veinte años después regresó al universo homérico con The Odyssey (curiosamente, entre la escritura de La Ilíada y La Odisea transcurrieron un par de décadas).

De Inception y Batman Begins a Memento: la filmografía de Christopher Nolan ordenada de menor a mayor – Rolling Stone en Español

Ahora queda una fantasía irresistible para los cinéfilos: que Nolan complete el viaje y se atreva con La Ilíada. Sería casi una especie de Memento épica, una precuela contada después de su desenlace. Y si Christian Bale y Tom Hardy, dos de sus actores más emblemáticos y grandes ausentes de The Odyssey, interpretaran a Aquiles y Héctor, su duelo frente a las murallas de Troya haría estremecer a cualquier amante del cine (¿tendremos que esperar otros veinte años?).

Cortesía de Universal

1. Todos los caminos narrativos parecen conducir a Homero

Pocas obras han ejercido una influencia tan profunda sobre la imaginación occidental como La Ilíada y La Odisea. Más que dos poemas épicos, constituyen el punto de partida de buena parte de la literatura de Occidente. Si aceptamos la idea de los arquetipos narrativos desarrollada por el psicoanalista Carl Gustav Jung, resulta difícil encontrar una gran aventura que no dialogue, de una u otra forma, con el viaje de Odiseo.

Sir Christopher Nolan parece ser plenamente consciente de ello. Su película deja entrever que el largo regreso del rey de Ítaca guarda sorprendentes afinidades con otra de las grandes leyendas europeas: El ciclo artúrico. Así como Odiseo abandona su reino para emprender un viaje que lo transforma para siempre, el rey Arturo se aleja de Camelot en busca del Santo Grial, una travesía que también pone a prueba su identidad y el destino de su reino. 

Incluso existe un paralelismo estructural muy llamativo entre ambos relatos. En la leyenda artúrica, solo quien logra extraer Excalibur de la piedra demuestra que posee el derecho legítimo a gobernar. En La Odisea, el desafío es diferente, pero cumple exactamente la misma función narrativa: solo quien consiga tensar el inmenso arco de Odiseo y atravesar con una flecha el ojo de doce hachas podrá reclamar la mano de Penélope y el trono de Ítaca. En ambos casos, el héroe legítimo es reconocido por una prueba imposible que ningún impostor puede superar. Más que una coincidencia, parece la supervivencia de un mismo arquetipo narrativo a través de los siglos.

Hay, además, un detalle que despierta una pregunta inevitable. En varios momentos, The Odyssey parece dialogar visualmente con Monty Python and the Holy Grail. La combinación entre música solemne, criaturas fantásticas capaces de inspirar auténtico terror y héroes huyendo desesperadamente recuerda por momentos la célebre parodia de los Monty Python. Del mismo modo que los caballeros de la Mesa Redonda escapan de criaturas absurdas como la bestia de los mil ojos de Argh, los hombres de Ulises corren aterrorizados frente al cíclope Polifemo. ¿Es una coincidencia o un guiño deliberado? Sería una magnífica pregunta para Nolan, porque demuestra que los grandes mitos no solo alimentan las epopeyas, sino también las parodias. Después de todo, ambas son formas distintas de mantenerlos vivos.

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Así como The Pitt bebe más de lo que quizá estaría dispuesta a admitir de ER (hasta parecer en ocasiones su heredera directa, su reformulación y casi su spin-off espiritual), The Bear mantiene una deuda evidente con Boiling Point, la película de Philip Barantini filmada en plano secuencia y protagonizada por Stephen Graham que posteriormente se prolongó en una serie de la BBC. Ambas convierten el servicio de un restaurante en una crisis sostenida, siguen cuerpos que se desplazan al borde del agotamiento y entienden que una cocina profesional puede ser simultáneamente fábrica, familia, ejército, refugio y cámara de tortura. 

Boiling Point apareció primero, en 2021, y su continuación televisiva llegó en 2023, cuando The Bear ya se había convertido en todo un fenómeno. La semejanza existe, es profunda y no vale la pena disimularla. Tampoco importa demasiado. El arte no se mide únicamente por la novedad de sus ingredientes, sino por lo que consigue cocinar con ellos. Y durante cinco temporadas The Bear llevó la televisión hasta su máximo nivel de ejecución.

Carmen “Carmy” Berzatto, interpretado por un extraordinario Jeremy Allen White, abandona el mundo de la alta cocina y regresa a Chicago después del suicidio de su hermano Michael (Jon Bernthal). Allí hereda a The Original Beef of Chicagoland, una sandwichería familiar deteriorada, endeudada y gobernada por un sistema que solo puede llamarse sistema porque ha sobrevivido al caos que lo produjo. Carmy llega con técnicas, disciplina, lenguaje de brigada, estrellas Michelin en el pasado y una incapacidad casi absoluta para permanecer emocionalmente presente. Sabe organizar una cocina, pero no sabe qué hacer con el dolor. Puede convertir ingredientes en experiencias sublimes, aunque no consigue hablar con su hermana Natalie (Abby Elliott) ni aceptar que la muerte de Mikey ha dejado algo podrido dentro de todos ellos.

La cocina se transforma entonces en el escenario visible de una tragedia invisible. Cada cuchillo, cada pedido retrasado, cada deuda y cada plato que regresa a la mesa expresan conflictos que los personajes no saben verbalizar. El restaurante no es únicamente un negocio: es el cadáver de Mikey, el hogar de Richie (Ebon Moss-Bachrach), la oportunidad de Sydney (Ayo Edebiri), el despertar creativo de Marcus (Lionel Boyce), la segunda vida profesional de Tina (Liza Colón-Zayas), el proyecto administrativo de Natalie y la prisión voluntaria de Carmy. Todos creen estar trabajando en el mismo lugar, pero cada uno habita un restaurante diferente.

Ahí comienza la grandeza de The Bear. Muchas series laborales utilizan el oficio como decorado. Al igual que Mad Men lo hizo con el mundo de la publicidad, esta serie convierte el trabajo en psicología, dramaturgia y lenguaje cinematográfico. La cocina no sirve para llenar el fondo mientras los personajes conversan sobre sus vidas. La cocina es su vida. Determina cómo hablan, cuánto duermen, qué relaciones pierden, qué cuerpos sacrifican y qué versión de sí mismos pueden llegar a imaginar. Como ocurre en The Pitt, la competencia profesional se vuelve un espectáculo en el que personas altamente capacitadas resuelven problemas concretos mientras el tiempo, la presión y la fragilidad humana intentan derrotarlas. Sin embargo, The Bear añade algo todavía más doloroso y es la posibilidad de que el talento no sea una salida, sino otra forma de condena.

La primera temporada es una máquina de ansiedad. Christopher Storer y Joanna Calo filman The Original Beef como un organismo que funciona gracias a los gritos, la costumbre y una milagrosa resistencia al desastre. Los pedidos se acumulan, las máquinas se dañan, el dinero desaparece y los personajes ocupan un espacio demasiado pequeño para todo lo que callan. La sensación de autenticidad nace tanto de los procedimientos culinarios como del ruido, la proximidad física y la imposibilidad de retirarse cuando el servicio comienza.

Carmy intenta imponer la brigada francesa en un lugar donde Tina se resiste a cualquier cambio, Richie entiende la transformación como una traición a Mikey, Marcus descubre que cocinar puede ser una forma de creación y Sydney comprueba que la ambición no siempre está acompañada por la experiencia necesaria para sostenerla. La serie encuentra su corazón no solo en Carmy, sino en la tensión entre tradición y renovación. El Beef es disfuncional, pero también es una comunidad. Carmy quiere salvarlo sin comprender todavía que, para hacerlo, debe aceptar aquello que el lugar significa para los demás.

Jeremy Allen White construye a Carmy desde la introspección. Su genialidad no se manifiesta mediante los desplantes narcisistas habituales del chef cinematográfico y del reality show, sino a través de su precisión, su silencio y su dificultad para habitar cualquier espacio que no esté gobernado por una emergencia. Cuando finalmente explota, la violencia resulta devastadora porque la serie ha mostrado previamente cuánto se esfuerza por no convertirse en los hombres que lo destruyeron. El personaje no está atormentado por ser talentoso. Está herido por el duelo, la culpa, el abuso laboral y la certeza de que nunca logró rescatar a su hermano.

Review, el séptimo episodio, lleva esa presión a un extremo formal mediante un plano secuencia que convierte un error en el sistema de pedidos digitales en una reacción en cadena. La cámara se mueve entre insultos, cuchillos, fuego, órdenes y cuerpos al límite. No es solo una proeza técnica. Es la traducción audiovisual de una crisis nerviosa colectiva. Para entonces, la serie ya ha conseguido que el espectador no observe el desastre desde afuera, sino que sienta que trabaja allí.

La primera temporada habla del duelo, pero también del emprendimiento en su fase más brutal. Carmy no recibe un negocio, recibe deudas, infraestructura defectuosa, empleados que desconfían de él y una herencia afectiva imposible de contabilizar. El dinero escondido en las latas de tomate puede ser una solución argumental demasiado conveniente, pero permite cerrar la temporada con una imagen necesaria: la posibilidad de extender The Beef en The Bear. La promesa de que del dolor puede surgir algo nuevo.

La segunda temporada evita la repetición mediante una decisión brillante que tiene que ver con cerrar temporalmente la cocina. En lugar de intentar superar el estrés de la primera temporada con un volumen todavía mayor, la serie convierte la remodelación del restaurante en una exploración de lo que cada personaje necesita para transformarse.

Carmy y Sydney diseñan el menú mientras enfrentan el costo económico y emocional de sus aspiraciones. Natalie se convierte en administradora de un proyecto que parece descubrir un problema estructural cada vez que resuelve otro. Marcus viaja a Copenhague y aprende que la excelencia no tiene por qué estar construida sobre la humillación. Tina asiste a la escuela culinaria y descubre que todavía puede crecer. Richie, perdido ante un mundo que siente que ya no lo necesita, encuentra una nueva identidad en el servicio.

Forks es uno de los grandes episodios de la televisión contemporánea porque transforma un tenedor mal pulido en una revelación existencial. Richie comprende que servir no significa someterse, sino prestar atención; que recordar un detalle puede convertir una cena en un acontecimiento; que la hospitalidad también es una forma de amor. Ebon Moss-Bachrach realiza aquí el giro más difícil de toda la serie. No vuelve amable a Richie ni borra su agresividad, sino que le concede un propósito. De pronto, el hombre que parecía una reliquia del viejo Beef se convierte en quien mejor entiende lo que The Bear puede llegar a ser.

En el extremo contrario está Fishes, la cena navideña donde el pasado de los Berzatto explota alrededor de una mesa. Jamie Lee Curtis interpreta a Donna como una madre capaz de convertir el amor en amenaza y el cuidado en chantaje emocional. Jon Bernthal dota a Mikey de un carisma que permite comprender por qué todos siguen orbitando alrededor de su ausencia. El episodio explica que la cocina de The Bear no inventó su violencia, sino que la heredó de una familia donde amar significa vigilar constantemente el momento de la próxima explosión.

La segunda temporada pregunta qué hace valiosa una vida. Carmy, que ha llegado a la cima de su oficio sin experimentar alegría, intenta iniciar una relación con Claire, pero interpreta el bienestar como una distracción. Sydney quiere una estrella Michelin sin saber si el reconocimiento compensará el sacrificio. Marcus descubre el placer del aprendizaje mientras se enfrenta al deterioro de su madre. Richie encuentra dignidad en un trabajo que antes despreciaba. La temporada entiende que el propósito no llega como una revelación grandiosa: aparece al limpiar un tenedor, aprender una técnica o descubrir que uno todavía puede ser útil.

La apertura de The Bear reúne todos esos procesos y también revela la incapacidad de Carmy para disfrutar lo construido. Encerrado dentro de un refrigerador, destruye su relación con Claire y descarga su rabia sobre Richie. La imagen es perfecta. El chef que consiguió abrir su restaurante no puede participar en su propia noche inaugural. Ha creado el lugar de sus sueños y se encuentra atrapado detrás de una puerta.

La tercera temporada es la más polémica, frustrante y formalmente arriesgada. Después del impulso narrativo de las dos primeras, la serie decide detenerse. Carmy sale del refrigerador, pero convierte todo el restaurante en uno. Impone una lista de principios innegociables, cambia el menú diariamente y persigue una perfección que no puede definirse porque en realidad no busca excelencia: intenta controlar el dolor.

Tomorrow, el episodio inicial, reconstruye su formación culinaria como un poema audiovisual. Los recuerdos de chefs generosos conviven con la violencia psicológica ejercida por el personaje de Joel McHale. Trent Reznor y Atticus Ross acompañan un montaje donde el aprendizaje y el trauma terminan siendo difíciles de separar. Carmy aprendió a cocinar en cocinas extraordinarias, pero también aprendió que la excelencia exige miedo. Su gran tragedia consiste en intentar construir un espacio diferente mientras reproduce las condiciones que lo destruyeron.

La temporada avanza deliberadamente en círculos. Sydney no consigue firmar el acuerdo que la convertiría en socia. Richie no responde a la invitación de boda de Tiffany (Gillian Jacobs). Carmy no llama a Claire (Molly Gordon), el amor de su vida. Natalie espera el nacimiento de su hija. La crítica del Chicago Tribune tarda en llegar. Todos se encuentran suspendidos frente a una decisión que podría modificar sus vidas y ninguno consigue atravesarla.

Esa inmovilidad produce algunos de los mejores episodios de la serie y también sus mayores excesos. Napkins, dirigido por Ayo Edebiri, reconstruye la llegada de Tina al Beef y convierte un almuerzo compartido con Mikey en un acto de rescate. Liza Colón-Zayas demuestra que detrás de la hostilidad inicial de Tina existía una mujer expulsada del mercado laboral, humillada por la indiferencia y necesitada de un lugar donde su experiencia todavía tuviera valor. Ice Chips, centrado en Natalie y Donna durante el parto, transforma una habitación hospitalaria en un espacio donde madre e hija intentan interrumpir la transmisión del trauma.

Sin embargo, la temporada también se entrega demasiado a sus propios manierismos. Las apariciones de chefs reales interrumpen el pulso dramático; los Fak pasan de válvula cómica a invasión; Sydney queda relegada cuando debería ocupar el centro del conflicto; y la fragmentación empieza a parecer menos una apuesta que una postergación. La serie demuestra que puede convertir una arveja, una cicatriz o un plato en metáfora, pero por momentos se enamora tanto de su sensibilidad que se olvida de avanzar.

Pero no se equivoquen. No es una mala temporada. Es una temporada incompleta, una larga inhalación antes de que la historia continúe. Su problema consiste en que The Bear había enseñado al espectador a esperar una combinación casi perfecta entre forma, emoción y movimiento. Cuando uno de esos elementos desaparece, la excelencia de los otros no alcanza a ocultar la ausencia.

La cuarta temporada comienza con la crítica negativa del Chicago Tribune. El restaurante es acusado de inconsistencia, precisamente el defecto que muchos encontraron en la temporada anterior. Carmy debe aceptar que su obsesión por cambiar el menú diariamente, sorprender y perseguir una grandeza abstracta ha debilitado tanto la experiencia de los comensales como el funcionamiento del equipo.

La serie responde a sus propios excesos recuperando la claridad narrativa. El tío Jimmy (Oliver Platt) instala una cuenta regresiva que marca el tiempo restante antes de retirar su apoyo económico. The Bear necesita alcanzar estabilidad, controlar sus costos y demostrar que puede sobrevivir. La excelencia ya no es una fantasía artística, debe coexistir con nóminas, proveedores, reservas, tiempos y balances. El emprendimiento deja de presentarse como un discurso inspirador y revela su verdadera naturaleza de una maquinaria que puede triturar incluso a quienes hacen bien su trabajo.

Carmy intenta “hacerlo mejor”. Habla, escucha y pide disculpas. No se transforma de repente en un hombre saludable (la serie jamás traiciona al personaje con una curación milagrosa), pero empieza a comprender que la responsabilidad no consiste en sentirse culpable, sino en modificar la conducta que hiere a los demás. Jeremy Allen White encuentra nuevas capas en un personaje que preferiría quemarse las manos antes que permanecer dentro de una conversación emocional.

La temporada también devuelve al elenco la posibilidad de interactuar. Sydney sigue debatiéndose entre aceptar otra oportunidad profesional o comprometerse definitivamente con The Bear. Richie construye una relación con Jessica (Sarah Ramos) basada en el respeto y en una versión menos defensiva de sí mismo. El matrimonio de Tiffany reúne a la familia biológica y a la familia elegida en un episodio extenso que funciona como reverso luminoso de Fishes. Allí donde la cena navideña mostraba cómo una familia puede intoxicar cada gesto de afecto, la boda permite contemplar cómo personas igualmente heridas pueden comenzar a repararse mediante dos palabras difíciles: perdón y gracias.

La cuarta temporada no alcanza la perfección de la segunda. Reduce demasiado a Tina después de haberle entregado su episodio definitivo, insiste más de la cuenta con la santificación de Claire y resuelve algunas tensiones con menos fuerza de la prometida. Aun así, recupera el impulso, la química del elenco y la certeza de que The Bear solo funciona cuando la comida, la familia y el trabajo ocupan simultáneamente el centro. La serie regresó a una forma más firme y satisfactoria después del estancamiento parcial anterior.

Cabe mencionar que las apariciones especiales también enriquecieron el universo de The Bear sin reducirse al simple desfile de celebridades. Will Poulter convirtió a Luca, el chef que guía a Marcus en Copenhague, en la prueba de que la excelencia puede transmitirse sin crueldad; Olivia Colman dotó a la chef Terry de una serenidad capaz de redefinir el servicio como cuidado; y Bob Odenkirk, como el corrosivo tío Lee, participó en Fishes la violencia verbal y los resentimientos que intoxican a los Berzatto. Más adelante, Josh Hartnett aportó calidez y una vulnerabilidad inesperada como Frank, la nueva pareja de Tiffany, mientras Alison Brie, como Francie Fak, amplió esa constelación de relaciones, agravios y afectos que convierte a la familia extendida de la serie en un organismo tan caótico como entrañable. Ninguno llega para robarse el plato: todos añaden un ingrediente preciso a una serie que entiende el cameo como desarrollo emocional y no como truco publicitario. 

La quinta y última temporada comprende que el cierre no necesita una nueva expansión. Necesita regresar al origen con un grupo de personas intentando superar un servicio que amenaza con destruirlas. Carmy ha anunciado su salida y Sydney debe asumir el liderazgo de una cocina que enfrenta el retiro del apoyo financiero de Jimmy. Una inspección Michelin puede conceder al restaurante la legitimidad que persiguieron durante años, pero el reconocimiento corre el riesgo de convertirse en una victoria inútil si el negocio no puede sostenerse.

La temporada final concentra buena parte de su acción en un servicio atravesado por una tormenta, problemas de plomería, una colisión, reservas duplicadas, platos perdidos, clientes retrasados y trabajadores emocionalmente agotados. Todo aquello que puede fallar falla. La cocina vuelve a ser un campo de batalla, pero ya no está habitada por las mismas personas que conocimos en 2022. La quinta temporada fue presentada oficialmente como el cierre de la serie y como el último gran desafío conjunto del equipo.

La diferencia fundamental está en la naturaleza del caos. En la primera temporada, cada problema aislaba a los personajes y revelaba la fragilidad de una estructura sostenida por el miedo. En la quinta, las dificultades también producen cooperación. La serie mantiene su fascinación por la competencia profesional (ese placer de observar a personas extraordinarias resolver problemas bajo presión), pero demuestra que la pericia individual solo adquiere sentido dentro de una comunidad.

Richie intenta manejar reservas imposibles; los empleados responden al desastre con humor de patíbulo; Natalie intenta entregar a su hija al cuidado de Donna sin imaginar que el trauma familiar pueda filtrarse por contacto. La risa no elimina el dolor: permite respirar dentro de él.

El desenlace de The Bear no depende realmente de obtener una estrella Michelin. Esa meta, como el restaurante, siempre fue una superficie sobre la cual los personajes proyectaban necesidades más profundas. Sydney quería demostrar que podía construir algo duradero. Richie necesitaba sentirse necesario. Natalie buscaba una familia que no reprodujera la violencia de su infancia. Marcus quería convertir la curiosidad en oficio. Tina necesitaba comprobar que su vida profesional no había terminado. Carmy perseguía una perfección capaz de justificar todo lo perdido.

La serie termina comprendiendo que ningún reconocimiento puede cumplir esas funciones. Una estrella no devuelve a Mikey, no repara la infancia, no garantiza solvencia y no convierte automáticamente a un jefe herido en un buen mentor. El verdadero triunfo está en haber construido un lugar donde personas solitarias pueden trabajar, discutir, cocinar, fracasar y aun así permanecer juntas. La quinta temporada cierra así una serie que comenzó con una familia destruida y termina con la posibilidad de una familia elegida.

Decir que The Bear es la serie sobre chefs más importante de todos los tiempos no significa únicamente reconocer la autenticidad de sus cocinas, la belleza de sus platos o la precisión de su vocabulario. Significa entender que ninguna otra serie ha utilizado la gastronomía con semejante riqueza para hablar del trabajo contemporáneo.

The Bear es una serie sobre la frustración porque sus personajes descubren constantemente que el talento no garantiza resultados. Es una serie sobre presión porque cada aspiración trae consigo nuevas responsabilidades, gastos y posibilidades de fracaso. Es una serie sobre estrés porque observa cuerpos obligados a funcionar cuando la mente ya no puede sostenerlos. Es una serie sobre ambición porque nunca romantiza completamente el deseo de ser el mejor, sino que muestra su capacidad para producir belleza y también para devorar todo lo que existe alrededor.

Y es, de manera especialmente lúcida, una serie sobre emprendimiento. En el discurso empresarial, abrir un restaurante suele presentarse como la realización de un sueño. The Bear muestra permisos, moho, préstamos, equipos defectuosos, proveedores, nóminas, plazos, críticas, reservas, márgenes mínimos y jornadas que convierten la vocación en agotamiento. El restaurante no fracasa porque sus responsables carezcan de pasión. Puede fracasar precisamente porque la pasión los empuja a gastar, exigir y trabajar más allá de lo sostenible.

La serie tampoco confunde liderazgo con autoridad. Carmy posee mayor conocimiento técnico que casi todos los demás, pero eso no lo convierte automáticamente en el mejor jefe. Sydney posee visión, pero debe aprender a comunicarla y sostener sus consecuencias. Richie descubre que servir es anticiparse a las necesidades ajenas. Tina comprende que enseñar y aprender pueden ocurrir a cualquier edad. El liderazgo se distribuye porque ningún restaurante (y ninguna familia) puede sobrevivir dependiendo del genio de una sola persona.

La cocina es también una metáfora perfecta del trauma. Todo debe prepararse antes del servicio. Lo que no se procesa a tiempo aparece en el peor momento. Un error pequeño puede contaminar una estación completa. Las heridas se esconden bajo vendas azules para que puedan encontrarse si caen dentro de la comida. En The Bear, los personajes intentan hacer lo mismo con sus daños (cubrirlos, continuar y confiar en que nadie los encuentre). Pero el dolor siempre termina en el plato.

Christopher Storer asumió la serie con una versatilidad extraordinaria. Podía convertir un episodio en una estampida de cortes y sonido, filmar otro como un plano secuencia, construir una memoria casi sin diálogos o detenerse durante una hora frente a una conversación familiar. La música, la fotografía, el montaje y el diseño sonoro nunca funcionaron como simples adornos. Cada recurso intentaba reproducir una experiencia mental: la ansiedad de Carmy, la atención de Richie, la creatividad de Marcus, la duda de Sydney o la soledad de Tina.

El elenco hizo posible que ese virtuosismo no se convirtiera en una exhibición vacía. Jeremy Allen White creó a un hombre que parece estar permanentemente a segundos de desaparecer dentro de sí mismo. Ayo Edebiri dotó a Sydney de inteligencia, ambición, torpeza y una ansiedad que nunca reduce su autoridad. Ebon Moss-Bachrach realizó una de las transformaciones más conmovedoras de la televisión reciente. Abby Elliott convirtió a Natalie en el centro administrativo y afectivo que todos necesitaban. Lionel Boyce hizo de la curiosidad una forma de bondad. Liza Colón-Zayas encontró dentro de Tina el orgullo de quien vuelve a sentirse visible. Jon Bernthal construyó con apariciones breves un fantasma cuya gravedad organiza toda la serie.

The Bear tuvo una tercera temporada indulgente, historias que se prolongaron demasiado y una relación con la comedia tan problemática como su categorización en los Emmy. Pero incluso sus fallas nacieron de una ambición enorme. En una época llena de series fabricadas para acompañar distracciones, esta exigía atención completa. No quería ser consumida mientras revisaba el teléfono. Quería alterar la respiración.

Durante cinco temporadas, The Bear mostró lo que la televisión puede alcanzar cuando escritura, actuación, montaje, sonido, música y dirección trabajan con la precisión de una gran brigada. Fue una serie sobre cocinar, pero también sobre servir. Sobre heredar. Sobre fracasar. Sobre pedir perdón. Sobre intentar crear belleza en un sistema que apenas concede tiempo para sobrevivir.

Como The Pitt dentro del drama médico, The Bear no es importante solo porque represente un oficio con autenticidad. Lo es porque utiliza ese oficio para hablar de la condición humana. Ambas entienden que el verdadero drama laboral no consiste en ejecutar una tarea, sino en descubrir qué parte de uno mismo debe sacrificarse para ejecutarla bien.

The Bear nunca fue únicamente el nombre de un restaurante. Era Mikey. Era Carmy. Era el miedo que perseguía a toda la familia y la criatura interior que cada personaje intentaba domesticar. La serie no logró curarlos por completo, porque las grandes historias saben que la curación absoluta es otra fantasía. Les concedió algo más modesto y verdadero: la posibilidad de continuar juntos. “Cada segundo cuenta”, repetía el letrero de la cocina. The Bear hizo que cada uno contara.

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¿Puede una mala actuación arruinar una película?

La historia del cine demuestra que sí. Pocas veces un solo personaje tiene el poder de alterar por completo el equilibrio dramático de una obra, pero cuando ocurre el efecto suele ser devastador. 

El argentino Mauro Mauad se ha convertido silenciosamente en uno de esos cineastas latinoamericanos que insisten en hacer películas personales en una industria donde levantar un largometraje independiente ya es una victoria. Desde No quiero estar sin ti, pasando por Una llave hacia el pasado y Sin clemencia, ha construido un cine pequeño en escala, pero ambicioso en emociones. Sus películas privilegian los personajes sobre el espectáculo, las conversaciones sobre la acción y las heridas íntimas sobre los grandes conflictos externos. 

Un amor inevitable continúa esa búsqueda y, durante buena parte de su recorrido, deja ver que detrás existe otra vez un director interesado en observar a los seres humanos antes que fabricar héroes o villanos.

Nano Blanco, un cantante veterano que ha construido una carrera modesta pero estable, ve cómo su vida cambia cuando la joven Luna aparece embarazada en su puerta y existe la posibilidad de que él sea el padre. 

El problema aparece cuando la película necesita que el espectador crea en Luna. Todo el edificio dramático depende de ese personaje. No basta con comprender racionalmente que Nano la ama; necesitamos sentir por qué la ama. Necesitamos descubrir el magnetismo de una mujer capaz de alterar la vida de un hombre que parece haber encontrado cierta estabilidad. Pero la interpretación de Laura Ángel nunca consigue construir esa presencia.

Luna está escrita como un personaje contradictorio. Es una mujer libre, impulsiva, marcada por una historia de violencia, delincuencia y relaciones abusivas. Sobre el papel posee los elementos necesarios para convertirse en una figura compleja. Sin embargo, la actuación reduce todas esas capas a una sucesión de diálogos recitados. En su interpretación no hay misterio, vulnerabilidad, rabia contenida ni contradicciones visibles. Tampoco existe esa mezcla de fuerza y fragilidad que permitiría comprender por qué Nano sigue orbitando alrededor de ella después de tantos años.

Paradójicamente, Cecilia, la representante interpretada por Eliana Diosa, termina apropiándose de la empatía del espectador. En apariencia ella ocupa el lugar del obstáculo. Cecila es una mujer controladora, posesiva, interesada en proteger la carrera de su cliente y quizá enamorada de él. Mientras Luna permanece emocionalmente inaccesible, Cecilia adquiere espesor, humanidad y sentido dramático, pese a que tampoco estamos hablando de una actuación destacada. El espectador deja de preguntarse por qué Nano no está con Cecilia y comienza a preguntarse por qué sigue insistiendo con Luna. Esa no parece ser la película que Mauad quería contar.

Resulta una lástima, porque alrededor de ese problema existe un trabajo autoral sólido. Mauro Mauad vuelve a demostrar sensibilidad detrás de la cámara. La fotografía privilegia la cercanía de los rostros y los espacios cotidianos; el montaje evita el exceso melodramático; la música acompaña la dimensión íntima del relato sin manipular la emoción. Incluso como actor encuentra un tono contenido y creíble para Nano, un hombre que entiende el éxito como algo secundario frente al afecto y cuya relación con la música expresa aquello que las palabras no alcanzan a decir.

Quizá por eso la frustración es mayor. No estamos frente a una película sin ideas. Tampoco frente a un director sin personalidad. Lo que se percibe es una obra cuyo centro dramático nunca logra sostener el peso que el guion le exige.

Un amor inevitable confirma, quizás sin proponérselo, que una sola actuación puede modificar el destino de una película. Mauro Mauad vuelve a demostrar que posee una mirada honesta sobre las relaciones humanas y que su cine sigue apostando por las emociones antes que por el artificio. Precisamente por eso resulta inevitable pensar que esta pudo haber sido una de sus mejores películas.

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Existe una razón por la que las grandes comedias románticas sobreviven al paso del tiempo. No es porque reinventen el amor, sino porque reinventan la manera de contarlo. When Harry Met Sally, Sleepless in Seattle, Forget Paris, Notting Hill o Bridget Jones’s Diary parten de estructuras conocidas, pero encuentran personajes, diálogos y conflictos capaces de hacernos olvidar que ya conocemos el destino de la historia. La sorpresa nunca está en el qué, sino en el cómo. Office Romance parece no haber entendido esa lección.

Sobre el papel, la idea resulta atractiva. Jackie Cruz (Jennifer Lopez) dirige una poderosa aerolínea con una política de tolerancia cero frente a las relaciones sentimentales entre empleados. Todo cambia cuando llega Daniel Blanchflower (Brett Goldstein), el nuevo abogado de la compañía, cuya presencia convierte esa norma en el primer obstáculo para un romance inevitable. El conflicto está servido. El problema es que la película jamás encuentra una sola manera interesante de desarrollarlo.

El primer síntoma aparece apenas los protagonistas se conocen. Entre ellos no existe absolutamente ninguna química. Jennifer Lopez hace exactamente la misma interpretación elegante, inaccesible y controladora que lleva ofreciendo desde hace años en buena parte de sus comedias románticas, mientras Brett Goldstein parece caminar durante toda la película intentando decidir si sigue interpretando a Roy Kent o si realmente quiere convertirse en un galán clásico. Nunca termina de escoger ninguno de los dos caminos. El resultado es una pareja que jamás convence. Y una comedia romántica sin una pareja creíble es como una película de tiburones sin tiburón.

El mayor problema, sin embargo, no son ellos. Es el guion. Goldstein, junto a Joe Kelly, construye una historia que parece escrita siguiendo un manual de lugares comunes. No existe una sola sorpresa narrativa. Cada conflicto aparece exactamente cuando el espectador espera que aparezca y se resuelve exactamente como cualquiera podría anticiparlo veinte minutos antes.

La película intenta compensar esa falta de imaginación recurriendo constantemente a un humor adulto basado en palabrotas, chistes sexuales y situaciones deliberadamente incómodas, confundiendo irreverencia con comicidad. Hablar constantemente de masturbación, erecciones, penes o utilizar insultos cada pocos minutos no convierte automáticamente una escena en divertida. Solo evidencia la desesperación del libreto por provocar una risa que nunca llega. Y cuando no apuesta por el humor, apuesta por el humor grotesco.

Hay una secuencia de un parto mostrada con un nivel de detalle completamente fuera de tono para el tipo de película que pretende ser. No resulta transgresora ni especialmente audaz. Solo genera la incómoda sensación de estar viendo dos películas distintas chocando entre sí. Algo parecido ocurre con Lizzy, el extravagante personaje interpretado por Jodie Whittaker (la hermana de Daniel que se encuentra en prisión), cuya aparición parece pertenecer a otra historia completamente diferente. Lo más frustrante es comprobar la enorme cantidad de talento desperdiciado.

Jennifer Lopez ha demostrado en películas como Out of Sight, Hustlers, El cantante o Selena que posee mucho más registro del que normalmente le permiten explotar estas producciones. Brett Goldstein es uno de los grandes descubrimientos recientes de la televisión gracias a Ted Lasso y Shrinking, y Betty Gilpin (Glow, Nurse Jackie)  lleva años confirmándose como una de las actrices más inteligentes de su generación y aquí, curiosamente, termina robándose cada escena en la que aparece gracias a un sarcasmo que la película nunca desarrolla del todo. Edward James Olmos y Bradley Whitford apenas sobreviven convertidos en funciones narrativas, mientras que Tony Hale de Arrested Development entra y sale del relato como si hubiera aterrizado desde otra comedia, al igual que los respetados Tony Plana y Roger Bart.

Ol Parker tampoco consigue aportar personalidad detrás de la cámara. Ya había demostrado en la divertida Ticket to Paradise cierta tendencia a convertir paisajes paradisíacos en escenarios románticos, pero aquí la cosa no funciona. La República Dominicana luce hermosa. Jennifer Lopez luce impecable. Los aviones privados, las oficinas de lujo y los hoteles cinco estrellas parecen salidos de un catálogo turístico. Pero todo eso resulta completamente irrelevante cuando los personajes nunca parecen personas reales.

Quizá el mayor pecado de Office Romance sea precisamente ese: la indiferencia. Ni emociona, ni divierte, ni escandaliza. Simplemente transcurre. Incluso cuando intenta introducir conflictos corporativos, secretos familiares o dilemas laborales, todo termina reducido a una sucesión de escenas intercambiables que podrían pertenecer a cualquier otra comedia romántica producida por Netflix durante los últimos cinco años.

Existe además una paradoja bastante reveladora. La película insiste una y otra vez en que una relación sentimental dentro de una empresa representa un enorme riesgo profesional, pero jamás consigue que el espectador crea que la carrera de ninguno de los personajes corre verdadero peligro. El conflicto principal nunca tiene peso dramático y, por tanto, tampoco tiene consecuencias emocionales. Las buenas comedias románticas hacen que deseemos desesperadamente que dos personas terminen juntas.

Office Romance consigue exactamente lo contrario: uno termina deseando que ambos vuelvan cuanto antes a sus respectivas oficinas… y que la película también lo haga. Porque el mayor romance aquí no es entre Jackie y Daniel. Es entre Netflix y la peligrosa idea de que cualquier algoritmo puede fabricar una historia de amor. 

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Antes de Steven Spielberg, los tiburones ya aparecían en documentales, relatos de aventuras y producciones donde funcionaban como un peligro más dentro de océanos llenos de amenazas. Después de él, dejaron de ser simples animales y se convirtieron en un género.

La película de Spielberg estableció en 1975 una gramática que el cine nunca ha abandonado: Una superficie aparentemente tranquila, una presencia invisible desplazándose bajo el agua, un grupo de personas que se niega a reconocer el peligro y una comunidad obligada a enfrentarse con aquello que no puede controlar. También consolidó una imagen del tiburón como asesino metódico que trascendió la ficción y contribuyó a una percepción pública profundamente negativa de estos animales. Con el tiempo, el propio Peter Benchley, autor de la novela original, dedicó parte de su vida a la conservación marina.

La paradoja resulta especialmente pertinente cada 14 de julio, fecha en la que se celebra el Día Mundial o Día de Concienciación sobre los Tiburones. La jornada busca combatir esos mitos, recordar la función esencial que cumplen los tiburones dentro de los ecosistemas marinos y llamar la atención sobre las amenazas derivadas de la pesca dirigida, la captura incidental y el comercio internacional.

Esta lista no pretende medir el rigor científico de las películas. Si lo hiciera, buena parte de ellas terminaría flotando boca arriba. Reúne, en cambio, diez obras que han dejado una marca dentro del cine de tiburones, algunas por su capacidad para producir terror; otras por transformar la supervivencia en una experiencia física; unas cuantas por abrazar sin pudor el absurdo, y una porque cambió para siempre la historia del cine.

10. Sharknado (2013)

Director: Anthony C. Ferrante

Hay películas sobre tiburones y luego está Sharknado, una criatura mutante nacida de la televisión por cable, el cine de catástrofes, los efectos digitales baratos y una premisa que parece concebida durante una apuesta: ¿Es posible mezclar Twister con Jaws? La respuesta es sí, mediante un huracán que absorbe tiburones del océano y comienza a arrojarlos sobre Los Ángeles.

Ian Ziering de Beverly Hills, 90210 interpreta a Fin Shepard, un antiguo surfista que atraviesa una ciudad inundada para proteger a su familia, mientras los escualos aparecen en autopistas, casas, piscinas y, por supuesto, dentro de tornados. Tara Reid de American Pie encarna a April, su exesposa, y la cantante Cassie Scerbo es Nova, una camarera con una historia personal marcada por los tiburones.

La película de Anthony C. Ferrante no posee tensión, verosimilitud ni efectos especiales convincentes, pero entiende perfectamente la naturaleza del espectáculo contemporáneo. Su ridiculez se convirtió en un fenómeno viral y la conversación en redes sociales terminó siendo más importante que sus niveles iniciales de audiencia. El resultado produjo cinco secuelas, innumerables cameos y una marca cultural que transformó la incompetencia deliberada en una estética.

Sharknado entra en este listado sencillamente porque representa el momento en que el cine de tiburones dejó de temer al fondo del océano y decidió saltar directamente sobre el espectador con una motosierra en la mano. Recomendamos verla en dupla con Piraña 2: Pirañas voladoras, dirigida nada menos que por James Cameron. 

9. The Meg (2018)

Director: Jon Turteltaub

Si un tiburón blanco ya no parecía suficiente para sostener una superproducción, Hollywood encontró una solución sencilla: resucitar un megalodón de veintitrés metros y poner a Jason Statham a combatirlo.

Basada libremente en la novela de Steve Alten, The Meg sigue a Jonas Taylor (Jason Statham), un buzo de rescate atormentado por una antigua misión submarina. Cuando una expedición queda atrapada en el fondo del Pacífico, Taylor descubre que la criatura que arruinó su carrera no era una alucinación, sino un depredador prehistórico que ha permanecido oculto bajo una barrera térmica. Li Bingbing interpreta a Suyin Zhang, oceanógrafa y madre que se convierte en su compañera de aventura, mientras Rainn Wilson aporta el inevitable empresario convencido de que toda catástrofe puede convertirse en contenido.

Jon Turteltaub dirige la película como una combinación de ciencia ficción marina, comedia de acción y espectáculo internacional diseñado para no inquietar demasiado a nadie. El resultado carece del terror visceral de las mejores películas del género, pero compensa esa ausencia con escala, humor y una comprensión elemental del placer cinematográfico: ver a Statham enfrentarse a un monstruo imposible.

Con más de 500 millones de dólares recaudados mundialmente y una secuela a cuestas, The Meg demostró que el tiburón seguía siendo una propiedad comercial formidable, siempre que se le alimentara con presupuesto, nostalgia jurásica y músculos británicos. Tuvo una secuela igual de irregular.

8. Shark! (1969)

Director: Samuel Fuller

Antes de que Spielberg estableciera las reglas del género, Samuel Fuller, el gran director de cintas serie B, filmó una aventura áspera sobre delincuentes, cazadores de tesoros y tiburones en las aguas del mar Rojo. Burt Reynolds interpreta a Caine, un traficante de armas que pierde su cargamento cerca de un puerto sudanés y acepta participar en la búsqueda de un tesoro hundido. El problema no reside únicamente en las aguas infestadas de tiburones, sino en que todos los integrantes de la expedición están dispuestos a traicionar a los demás.

Basada en la novela His Bones Are Coral de Victor Canning, la película reúne a Reynolds con Silvia Pinal, quien interpreta a Anna, una mujer tan seductora como peligrosa, y Arthur Kennedy como un científico cuya aparente respetabilidad encubre intereses menos nobles. Fuller concebía la historia como un enfrentamiento entre personajes amorales donde la verdadera amenaza no siempre estaba debajo del agua.

La producción fue accidentada y Fuller terminó distanciándose del montaje final. Aun así, sobreviven su gusto por los ambientes hostiles, los personajes endurecidos y una violencia sin romanticismo. La cinta fue reestrenada en 1975 bajo el título Man-Eater para aprovechar el éxito de Jaws, una maniobra que confirma hasta qué punto la película de Spielberg modificó incluso la identidad comercial de sus predecesoras.

7. Jaws 2 (1978)

Director: Jeannot Szwarc

Ninguna continuación podía igualar la precisión de Jaws, pero su secuela inmediata (hay tres secuelas directas cada una peor que la anterior), comprendió que el jefe Martin Brody era tan importante como el tiburón. Roy Scheider regresa a Amity Island convertido en un hombre traumatizado, incapaz de convencer a las autoridades de que otro escualo ha comenzado a atacar las costas. Para los habitantes del pueblo, Brody es un paranoico. Para el espectador, es Casandra con placa de policía.

La película recupera a Lorraine Gary como Ellen Brody y a Murray Hamilton como el alcalde Larry Vaughn, todavía dispuesto a sacrificar la evidencia en nombre del turismo. Cuando un grupo de adolescentes (entre ellos los hijos de Brody) queda aislado en el mar, la historia abandona gradualmente el misterio y se convierte en una película de rescate.

El fallecido Jeannot Szwarc asumió la dirección después de una producción conflictiva y optó por mostrar más al tiburón, una decisión inevitable pero menos eficaz que las restricciones mecánicas que habían favorecido a Spielberg. A pesar de repetir numerosos elementos de la original, Jaws 2 conserva tensión, un excelente trabajo de Scheider y una partitura de John Williams que vuelve a convertir el océano en una extensión del miedo. No fue una secuela necesaria, pero sí una continuación digna: la mejor de una franquicia que después demostraría que siempre se puede nadar hacia aguas más turbias.

6. Deep Blue Sea (1999)

Director: Renny Harlin

En una instalación submarina, un grupo de científicos modifica genéticamente tiburones mako para aumentar su masa cerebral y extraer una proteína capaz de combatir el alzhéimer. Como suele ocurrir cuando la ciencia cinematográfica decide jugar a ser Dios, los animales se vuelven más grandes, más veloces, más inteligentes y mucho menos dispuestos a permanecer en sus tanques.

Saffron Burrows interpreta a la doctora Susan McAlester, responsable de los experimentos; Thomas Jane es Carter Blake, especialista en el manejo de tiburones; Samuel L. Jackson encarna al ejecutivo Russell Franklin; y LL Cool J se roba buena parte de la película como Preacher, un cocinero religioso cuya relación con su loro produce algunas de las escenas más divertidas.

Harlin transforma el complejo Aquatica en una casa embrujada bajo el mar. A medida que las instalaciones se inundan, los pasillos se convierten en canales de caza y los tiburones utilizan su inteligencia para manipular a los humanos. La película combina ciencia ficción, desastre, terror y humor con una energía orgullosamente excesiva.

Su importancia dentro del subgénero reside en haber recuperado el espectáculo de estudio para una criatura que llevaba años relegada a imitaciones baratas de Jaws. Además, contiene una de las muertes más sorpresivas del cine de los noventa, ejecutada con un sentido del ritmo tan brutal como cómico.

5. 47 Meters Down (2017)

Director: Johannes Roberts

Lisa y Kate son dos hermanas de vacaciones en México. La primera intenta superar una ruptura; la segunda quiere convencerla de abandonar la prudencia. La oportunidad aparece cuando dos jóvenes las invitan a descender dentro de una jaula para observar tiburones blancos. El cable se rompe, la jaula cae hasta el fondo del océano y ambas quedan atrapadas a 47 metros de profundidad, con poco oxígeno, mala comunicación con la superficie y varios tiburones alrededor.

Johannes Roberts convierte una jaula de metal en un espacio de terror claustrofóbico. El océano exterior es inmenso, pero la oscuridad reduce el mundo a unos cuantos metros iluminados por linternas. Mandy Moore y Claire Holt sostienen la película desde la respiración, el pánico y el deterioro progresivo de su capacidad para tomar decisiones.

La amenaza no proviene únicamente de los tiburones. También están la falta de oxígeno, la narcosis por nitrógeno, la presión y el riesgo de ascender demasiado rápido. Roberts comprende que cada posible solución debe abrir un nuevo peligro.

La película no posee el realismo de The Reef ni la pureza dramática de Open Water, pero utiliza con enorme eficacia la geografía vertical. Aquí, la superficie no está lejos: está arriba, visible e inalcanzable, como una promesa cruel. Tuvo una secuela digna pero inferior a esta.

4. The Reef (2010)

Director: Andrew Traucki

Un grupo de amigos viaja en velero hacia Indonesia, pero la embarcación golpea un arrecife y queda volcada en medio del océano. Con el casco hundiéndose y la corriente alejándolos de tierra firme, deben elegir entre permanecer sobre los restos del barco o intentar nadar hasta una isla situada a varios kilómetros. Uno de ellos sabe que esas aguas pueden estar infestadas de tiburones. Los demás descubren muy pronto que tiene razón.

Andrew Traucki construye The Reef a partir de una premisa mínima y una crueldad elemental: en el mar abierto no existe un lugar donde esconderse. Luke, interpretado por Damian Walshe-Howling, intenta guiar a Kate, Suzie y Matt hacia tierra mientras un gran tiburón blanco comienza a seguirlos. La historia se inspiró en el caso de Ray Boundy, único sobreviviente de un incidente ocurrido en aguas australianas en 1983.

La gran diferencia respecto a muchas películas del género es el uso de imágenes de tiburones reales, integradas cuidadosamente con los actores. Traucki evita convertir al animal en una máquina sobrenatural: aparece, desaparece, observa y espera. Esa conducta vuelve mucho más perturbadora su presencia.

The Reef demuestra que el terror no necesita laboratorios secretos ni depredadores gigantescos. Basta un horizonte vacío, varios cuerpos agotados y una sombra moviéndose bajo el agua.

3. The Shallows (2016)

Director: Jaume Collet-Serra

Nancy Adams, una estudiante de medicina que atraviesa el duelo por la muerte de su madre, viaja a una playa mexicana donde ella había surfeado durante su embarazo. La búsqueda de conexión emocional se transforma en una lucha física cuando un tiburón blanco la ataca y la obliga a refugiarse sobre una pequeña formación rocosa situada a menos de doscientos metros de la costa.

Blake Lively sostiene prácticamente sola la película. Herida, aislada y con la marea subiendo, Nancy debe utilizar sus conocimientos médicos, estudiar el comportamiento del animal y convertir los pocos objetos a su alcance en herramientas de supervivencia. Su principal compañero es una gaviota herida, bautizada cariñosamente por el público como Steven Seagull, que aporta sensibilidad sin romper la tensión.

El español Jaume Collet-Serra convierte la playa paradisíaca en una prisión de colores luminosos. El contraste es fundamental: no hay oscuridad, tormenta ni niebla que esconda la amenaza. Todo ocurre a plena luz, ante una costa suficientemente cercana para alimentar la esperanza.

Aunque su acto final abandona parte del realismo construido anteriormente, The Shallows revitalizó el cine de tiburones mediante una protagonista inteligente, un espacio narrativo reducido y una dirección que entiende la supervivencia como una sucesión de problemas concretos.

2. Open Water (2003)

Director: Chris Kentis

Susan y Daniel (Blanchard Ryan y Daniel Travis) son una pareja cuya relación comienza a erosionarse bajo el peso del trabajo, la rutina y una comunicación cada vez más difícil. Durante unas vacaciones deciden participar en una excursión de buceo. Un error en el conteo hace que la embarcación regrese a tierra sin ellos. Cuando emergen, solo encuentran agua en todas las direcciones.

Chris Kentis parte de una situación inspirada libremente en la desaparición de los buzos Tom y Eileen Lonergan, ocurrida en Australia en 1998. Filmada con un presupuesto reducido y protagonizada por Blanchard Ryan y Daniel Travis, Open Water reemplaza el espectáculo por una forma casi documental de ansiedad.

Los tiburones que rodean a los actores son reales. No atacan como monstruos programados para generar sobresaltos, sino como animales curiosos que se acercan, se alejan y vuelven a aparecer. La incertidumbre resulta más aterradora que cualquier mandíbula digital.

La película observa cómo la desesperación despoja a la pareja de sus resentimientos cotidianos. Primero discuten, luego se culpan, después se consuelan y finalmente comprenden la dimensión absoluta de su abandono.

Open Water ocupa este lugar porque reduce el cine de tiburones a su miedo más elemental: descubrir que el océano es demasiado grande, nosotros demasiado pequeños y nadie sabe que seguimos allí.

1. Jaws (1975)

Director: Steven Spielberg

Una joven es atacada mientras nada de noche frente a Amity Island. El jefe de policía Martin Brody quiere cerrar las playas, pero el alcalde Larry Vaughn se niega a poner en peligro la temporada turística. Cuando las muertes continúan, Brody se une al oceanógrafo Matt Hooper y al cazador Quint para perseguir al tiburón blanco responsable.

La premisa parece sencilla. La ejecución cambió la historia del cine. Steven Spielberg convirtió la novela de Peter Benchley en una obra sobre el miedo, la política, la masculinidad y la necesidad humana de creer que todo peligro puede administrarse. Roy Scheider dota a Brody de una vulnerabilidad extraordinaria: es un policía que teme al agua y debe internarse en ella para proteger a su familia. Richard Dreyfuss transforma a Hooper en la voz de la ciencia, mientras Robert Shaw crea en Quint a uno de los grandes personajes del cine estadounidense, marcado por el recuerdo del hundimiento del USS Indianapolis.

Las constantes averías del tiburón mecánico obligaron a Spielberg a mantenerlo fuera de cuadro durante buena parte de la película. Esa limitación produjo una de las decisiones más fecundas del suspenso moderno: el animal se anuncia mediante la cámara subjetiva, los barriles amarillos y las dos notas de John Williams antes de adquirir una presencia física.

Además de convertirse en un fenómeno mundial, Jaws ayudó a establecer el modelo contemporáneo del blockbuster veraniego mediante una campaña televisiva masiva y un estreno amplio cuidadosamente coordinado. Sin embargo, su grandeza no depende de la taquilla ni de su influencia industrial. Jaws sigue ocupando el primer lugar porque continúa funcionando como aventura, drama humano, sátira política y película de terror. El tiburón puede haber dado origen al género, pero Spielberg entendió algo que casi todos sus imitadores olvidarían: Para temer a una criatura primero debemos preocuparnos por las personas que se encuentran en el agua.

Mención especial: Shark Whisperer (2025)

Directores: J. P. Stiles y Harrison Macks

Mientras buena parte del cine ha convertido al tiburón en un monstruo, Shark Whisperer propone exactamente lo contrario: comprenderlo. El documental sigue a la conservacionista y activista marina Ocean Ramsey, conocida por sus inmersiones sin jaula junto a grandes tiburones blancos, tigre y otras especies, con el propósito de desmontar décadas de miedo y desinformación.

Lejos de presentar a los tiburones como máquinas de matar, la película explora su comportamiento, su papel fundamental dentro de los ecosistemas marinos y las amenazas que enfrentan por la sobrepesca, el comercio de aletas y la degradación de los océanos. Al mismo tiempo, también aborda el intenso debate que rodea los métodos de Ramsey, admirados por unos y cuestionados por otros especialistas por el riesgo de humanizar a animales salvajes.

Más que un documental sobre encuentros espectaculares bajo el agua, Shark Whisperer invita a replantear la relación entre el ser humano y uno de los depredadores más incomprendidos del planeta. Es el complemento perfecto para este listado porque recuerda que, detrás del gran villano que el cine nos ha enseñado a temer durante medio siglo, existe una especie cuya supervivencia depende, paradójicamente, de que aprendamos a conocerla y protegerla.

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Pocas especies han mantenido una relación tan estrecha con el ser humano como los chimpancés. Compartimos cerca del 98 % de nuestro ADN con ellos, pero el cine ha demostrado que la verdadera cercanía no se mide en genética, sino en la capacidad de reconocernos en sus gestos, sus miradas y sus contradicciones.

Durante décadas, Hollywood los presentó como animales cómicos, traviesos o simples compañeros de aventuras. Sin embargo, con el paso del tiempo, comenzaron a ocupar un lugar mucho más complejo dentro del lenguaje cinematográfico. Se transformaron en víctimas de la experimentación científica, en metáforas del colonialismo, en cuestionamientos éticos sobre el trato hacia los animales e incluso en espejos donde el ser humano contempla sus propios impulsos de violencia, ternura o dominación.

Esta lista no reúne únicamente películas cuyo protagonista es un chimpancé. También incluye obras donde su presencia resulta decisiva desde el punto de vista simbólico, narrativo o cinematográfico. Algunas pertenecen al cine de autor europeo; otras al blockbuster contemporáneo; otras recuperan la tradición familiar de Disney o exploran la ciencia ficción más ambiciosa. Pero todas, sin excepción, utilizan al chimpancé para decir algo sobre nosotros mismos.

10. Primate (2026)

Director: Johannes Roberts

El cine de terror ha convertido prácticamente cualquier especie animal en una amenaza, desde tiburones y cocodrilos hasta ratas, abejas o conejos. Primate traslada esa tradición al chimpancé y lo hace recuperando el espíritu del terror naturalista inaugurado por The Birds de Alfred Hitchcock y consolidado por Jaws de Steven Spielberg. Aquí, Ben, un chimpancé criado en cautiverio por una reconocida primatóloga, se transforma en una máquina de matar después de contraer la rabia tras el ataque de una mangosta. Johannes Roberts, director de 47 Meters Down, construye un thriller eficaz donde el aislamiento de una casa familiar y la irrupción de un grupo de adolescentes sirven como escenario para una sucesión de ataques tan violentos como espectaculares. 

Más allá de su historia brutalmente sencilla, la película encuentra buena parte de su fuerza en el impresionante trabajo físico del especialista en captura de movimiento Miguel Torres Umba, que dota al chimpancé de una presencia inquietante y creíble. Aunque apenas insinúa reflexiones sobre la domesticación o la relación entre humanos y animales, Primate merece un lugar en este listado por ser una de las escasas ocasiones en que un chimpancé ocupa el centro absoluto de una película de terror.

9. Bedtime for Bonzo (1951)

Director: Frederick de Cordova

Mucho antes de que Ronald Reagan llegara a la Casa Blanca, protagonizó una de las comedias más insólitas de la década de los cincuenta. En Bedtime for Bonzo, interpreta a un profesor universitario decidido a demostrar que el entorno pesa más que la herencia genética en la formación del comportamiento humano. Para probar su teoría decide criar a un chimpancé llamado Bonzo como si fuera un niño. Lo que comienza como una sátira académica termina convirtiéndose en una divertida comedia de enredos donde Bonzo demuestra mucha más inteligencia que buena parte de los humanos que lo rodean.

Vista hoy, la película refleja la visión paternalista con la que Hollywood representaba a los primates durante aquella época. Sin embargo, también constituye un documento fascinante sobre el debate científico de mediados del siglo XX en torno a la naturaleza y la educación. Más allá de su valor histórico (acrecentado por la posterior carrera política de Reagan), Bedtime for Bonzo sigue siendo una pieza fundamental para entender cómo el chimpancé pasó de simple mascota cinematográfica a protagonista con identidad propia.

8. Ciao Mashio (Bye Bye Monkey) (1978)

Director: Marco Ferreri

Dentro de la filmografía del director de La gran comilona, esta cinta ocupa un lugar tan desconcertante como fascinante. Ambientada en una versión surreal y decadente de Nueva York, la historia sigue al escultor Luigi (Marcello Mastroianni) y a Lafayette (Gérard Depardieu), un electricista francés quienes encuentran un chimpancé bebé abandonado dentro de una gigantesca maqueta de King Kong y el electricista decide criarlo como si fuera su propio hijo.

A partir de esa premisa, Ferreri construye una película que desafía cualquier clasificación. En esta cinta conviven la sátira política, el absurdo, la crítica social y el humor negro en una ciudad poblada por personajes extravagantes, museos de cera, feministas y una constante sensación de distopía y decadencia. El pequeño chimpancé se convierte en el centro emocional del relato y en el único vínculo de ternura dentro de un universo profundamente hostil. Lejos de utilizar al animal como un simple recurso cómico, Ferreri lo transforma en el eje de una fábula extraña e incómoda sobre la soledad, la fragilidad de los afectos y el colapso moral de la sociedad contemporánea. Es una de las aproximaciones más originales que el cine europeo ha hecho a la figura del chimpancé.

7. Project X (1987)

Director: Jonathan Kaplan

Mucho antes de que el debate sobre la experimentación animal ocupara un lugar central en la conversación pública, Project X convirtió ese conflicto en el corazón de un thriller profundamente humanista. Matthew Broderick interpreta a Jimmy Garrett, un joven recluta de la Fuerza Aérea estadounidense asignado a un programa secreto donde chimpancés son utilizados para estudiar los efectos de la radiación durante posibles escenarios de guerra nuclear.

Entre todos ellos destaca Virgil, un chimpancé extraordinariamente inteligente con quien Jimmy establece un vínculo afectivo que termina transformando por completo su manera de entender el proyecto. Lo que comienza como una investigación científica deriva en un dilema moral sobre el valor de la vida animal, la obediencia institucional y los límites de la investigación militar. Jonathan Kaplan evita convertir la película en un melodrama fácil. La tensión surge precisamente porque el espectador comprende que Virgil no es un simple sujeto experimental, sino un individuo capaz de aprender, confiar, jugar y sufrir. Esa mirada resulta todavía más poderosa gracias al trabajo del entrenador Karl Miller y al impresionante desempeño del chimpancé que interpreta a Virgil.

Aunque pasó relativamente desapercibida en su estreno, Project X ha sido reivindicada con el paso de los años como una de las películas más importantes sobre los derechos de los primates y una obra adelantada a muchos debates éticos que siguen plenamente vigentes.

6. The Misadventures of Merlin Jones (1964)

Director: Robert Stevenson

A comienzos de los sesenta, los estudios Disney  produjeron una serie de comedias familiares protagonizadas por jóvenes inventores, profesores despistados y animales extraordinariamente inteligentes. The Misadventures of Merlin Jones es una de las mejores representantes de esa etapa. Tommy Kirk interpreta a Merlin, un brillante estudiante que desarrolla inventos tan ingeniosos como problemáticos, entre ellos un dispositivo capaz de traducir el lenguaje de los chimpancés.

Lo que comienza como un experimento universitario pronto deriva en una cadena de malentendidos, persecuciones y situaciones absurdas donde los primates dejan de ser simples mascotas para convertirse en participantes activos de la historia. El humor físico, el optimismo científico y la curiosidad juvenil convierten la película en una encantadora cápsula del cine familiar de los años sesenta. The Misadventures of Merlin Jones resulta reveladora porque refleja una época en la que Hollywood imaginaba a los chimpancés como compañeros de aventuras antes que como sujetos de reflexión ética o científica. Su mezcla de comedia, ciencia ficción ligera y espíritu Disney la convierte en una pieza fundamental para entender la evolución de estos animales dentro de la historia del cine. Tuvo una secuela igual de divertida llamada The Monkey’s Uncle

5. The 5th Monkey (1990)

Director: Éric Rochat

Más que una película de aventuras, The 5th Monkey utiliza el viaje como una reflexión sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza. Ben Kingsley interpreta a Cunda, un humilde cazador de serpientes que, tras sobrevivir a la mordedura de una víbora en la selva amazónica, encuentra cuatro chimpancés (animales ajenos a ese ecosistema) y los interpreta como una señal del destino. Convencido de que representan una oportunidad para cambiar su vida, emprende un recorrido lleno de traficantes, mercenarios y buscadores de oro que pondrá a prueba sus convicciones. 

Dirigida por el cineasta suizo Éric Rochat y basada en la novela Le Cinquième Singe de Jacques Zibi, la película convierte a los chimpancés en el eje moral de la historia. Más que simples acompañantes, funcionan como un recordatorio de la fragilidad de la naturaleza frente a la ambición humana. Poco conocida fuera del circuito cinéfilo, sigue siendo una curiosidad valiosa por su aproximación filosófica y por ofrecer una mirada distinta a la habitual representación de los primates en el cine.

4. NOPE (2022)

Director: Jordan Peele

El chimpancé Gordy apenas aparece durante unos minutos. Sin embargo, basta esa secuencia para convertirlo en uno de los personajes más perturbadores del cine reciente. El director de Get Out! utiliza el estallido de violencia protagonizado por Gordy durante la grabación de una comedia televisiva para hablar de algo mucho más profundo: la arrogancia humana frente a los animales salvajes y la industria del entretenimiento. El problema nunca fue el chimpancé, fue creer que podía domesticarse un instinto que jamás dejó de existir. 

La escena funciona además como un espejo de la historia principal de la película. Tanto Gordy como la criatura del cielo representan fuerzas de la naturaleza que el ser humano insiste en convertir en espectáculo hasta que ese espectáculo termina devorándolo. En apenas unos minutos, Peele construye una de las representaciones más inteligentes, violentas y devastadoras de un chimpancé en la historia del cine. No porque Gordy sea el protagonista, sino porque simboliza el fracaso absoluto de nuestra ilusión de control.

3. Max mon amour (1986)

Director: Nagisa Ōshima

Pocas películas han sido tan desconcertantes y controversiales como esta. Después de revolucionar el cine con El imperio de los sentidos, Nagisa Ōshima volvió a desafiar todas las convenciones con una historia que, sobre el papel, parece una provocación: una mujer de la alta sociedad mantiene una relación amorosa con un chimpancé.

Sin embargo, reducir la película a esa premisa sería ignorar su verdadera naturaleza. El chimpancé Max nunca funciona como un simple elemento extravagante ni como una broma surrealista. Ōshima lo convierte en el centro de una reflexión sobre el deseo, la monogamia, la burguesía y las reglas invisibles que gobiernan las relaciones humanas. Charlotte Rampling ofrece una de las interpretaciones más fascinantes de su carrera, defendiendo con absoluta seriedad un personaje que jamás intenta justificar racionalmente aquello que siente. Su marido, interpretado por Anthony Higgins, tampoco responde con violencia ni histeria; intenta comprender lo incomprensible, convirtiendo el absurdo en un ejercicio filosófico.

2. Better Man (2024)

Director: Michael Gracey

La decisión de representar a Robbie Williams como un chimpancé generado por computadora parecía, en un principio, un simple golpe publicitario. Terminó convirtiéndose en una de las ideas más brillantes del cine biográfico reciente. Michael Gracey comprendió que el verdadero conflicto del cantante británico nunca fue únicamente la fama. Fue la sensación permanente de sentirse diferente, observado, juzgado y reducido a un espectáculo. Convertirlo en un chimpancé no pretendía ridiculizarlo, sino materializar visualmente la imagen que él mismo confesó tener de sí: la de alguien que nunca terminó de sentirse plenamente humano dentro de la maquinaria del entretenimiento.

Gracias a la captura de movimiento realizada por Jonno Davies y al extraordinario trabajo de efectos visuales de Wētā FX, el personaje posee una expresividad sorprendente. El espectador deja de ver un chimpancé y comienza a percibir cada matiz emocional del artista. La película utiliza esa metáfora para explorar la ansiedad, la adicción, el síndrome del impostor y el precio psicológico de la celebridad. Paradójicamente, cuanto menos humano parece Robbie Williams en pantalla, más profundamente humana resulta su historia. Pocas veces un chimpancé ha servido para expresar con tanta precisión las fracturas interiores de una persona real.

1. La trilogía de Caesar: 

Rise of the Planet of the Apes (2011)

Dawn of the Planet of the Apes (2014)

War for the Planet of the Apes (2017)

Directores: Rupert Wyatt (Rise); Matt Reeves (Dawn y War).

Si existe una saga que transformó para siempre la representación de los primates en el cine, esa es la de Planet of the Apes. Y si hablamos específicamente sobre chimpancés, esa es la trilogía derivada de esta serie y protagonizada por Caesar.

Lejos de ser simples remakes (o precuelas) de El planeta de los simios, estas tres películas construyen una auténtica tragedia shakespeariana sobre el poder, la libertad, la familia y la violencia. Caesar no nace como un líder. Es un hijo adoptivo, un sujeto de laboratorio, un exiliado y, finalmente, un revolucionario obligado a cargar con el destino de toda una especie.

El enorme logro de la trilogía reside en que el espectador nunca contempla a Caesar como un efecto digital. Gracias al trabajo monumental de Andy Serkis y al perfeccionamiento de la captura de movimiento, cada gesto, cada mirada y cada silencio poseen una humanidad extraordinaria. La tecnología desaparece para dejar únicamente al personaje.

Rise of the Planet of the Apes plantea la emancipación; Dawn analiza la fragilidad de la convivencia entre especies y la facilidad con la que el miedo conduce a la guerra; War convierte a Caesar en una figura casi bíblica, obligada a sacrificarlo todo para garantizar el futuro de los suyos.

La trilogía dialoga con la esclavitud, el colonialismo, los derechos civiles, la destrucción ambiental y la naturaleza del liderazgo sin perder jamás su condición de espectáculo cinematográfico. Muy pocas franquicias contemporáneas han conseguido combinar con semejante equilibrio la emoción íntima, la reflexión política y la innovación tecnológica. Por eso Caesar no solo es el chimpancé más importante de la historia del cine. Es uno de los grandes personajes cinematográficos del siglo XXI. Su viaje demuestra que el cine puede utilizar a un primate para hablar, con una profundidad extraordinaria, de aquello que nos hace verdaderamente humanos.

Mención especial: Chimpanzee (2012)

Directores: Alastair Fothergill y Mark Linfield

Si alguna película ha permitido al gran público descubrir cómo viven realmente los chimpancés en libertad, esa es Chimpanzee. Producido por DisneyNature, el documental sigue la vida de Oscar, una joven cría que, tras perder a su madre en los bosques tropicales de Costa de Marfil, encuentra una inesperada oportunidad de supervivencia cuando el macho dominante del grupo decide adoptarlo, un comportamiento excepcionalmente raro entre chimpancés salvajes.

Sin recurrir a la ficción, Chimpanzee construye un relato emocionante a partir de conductas reales: la cooperación, el aprendizaje, las disputas territoriales y los complejos vínculos familiares que caracterizan a una de las especies más cercanas al ser humano. Su extraordinaria fotografía y su capacidad para acercar al espectador al comportamiento natural de estos primates lo convierten en una magnífica puerta de entrada a su mundo.

Más que un simple documental de naturaleza, Chimpanzee recuerda que, detrás de muchos de los personajes que el cine ha imaginado durante décadas, existe un animal extraordinariamente inteligente, social y vulnerable cuya conservación sigue siendo uno de los grandes desafíos ambientales del presente.

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Después de más de tres décadas de carrera, María Helena Döering ha interpretado mujeres de todas las clases sociales, heroínas, villanas, aristócratas, madres y personajes que dejaron una huella en la televisión colombiana. Con títulos como La viuda de blanco, Hasta que la plata nos separe, La saga: negocio de familia, Bella Calamidades y Rojo Carmesí, su trayectoria ha estado marcada por una notable versatilidad. Sin embargo, pocas veces había encontrado un personaje tan complejo como Victoria, la protagonista de Lactar, el más reciente largometraje de Harold Trompetero.

La película, basada en una historia real que el propio director convirtió primero en novela y luego llevó al cine, acaba de consolidar su recorrido internacional al obtener los premios a Mejor Película y Mejor Actriz en el Eurasia Kinofest de Sochi, uno de los festivales cinematográficos más importantes de esa región. El reconocimiento a Döering llegó después de una ovación de diez minutos para la película, confirmando el impacto que ha tenido un relato que se atreve a hablar del deseo, la maternidad, la vejez, la libertad y las decisiones que pueden transformar una vida cuando parecía que ya todo estaba escrito.

En Lactar, Doering interpreta a una mujer de 62 años atrapada en un matrimonio emocionalmente devastado que encuentra, de la manera más inesperada, la posibilidad de empezar de nuevo. Lejos de convertir esa premisa en una extravagancia o en una simple provocación, la actriz construye un personaje lleno de humanidad, contradicciones y valentía. Conversamos con ella sobre el proceso de crear a Victoria, la riqueza psicológica del guion de Harold Trompetero, la controversia surgida a partir del final de la película y el momento que vive actualmente el cine colombiano.

Cortesía de Cine Colombia

Para ti, ¿cuál es el significado del título Lactar?

Aunque solemos asociar la palabra con la maternidad, para mí lactar significa, sobre todo, nutrir. Alimentar a otro ser humano. Incluso un hombre puede lactar si es quien alimenta a un bebé con un tetero. En esta historia, naturalmente, el concepto está ligado al embarazo de una mujer mayor, pero también habla de la necesidad de alimentar la vida y darle sentido.

Harold Trompetero me contó que Victoria está inspirada en una mujer real que, aunque no tenía necesidades económicas, trabajaba como empleada doméstica y vendiendo minutos de celular. La película comienza con una frase muy poderosa: “¿Qué hacer con la vida?”. ¿Qué lleva a esta mujer a tomar las decisiones que toma?

Esa pregunta es el corazón de la película. Más que explicar las consecuencias de sus actos, habla de una mujer que decide vivir una vida distinta. Victoria está profundamente sola. Vive un matrimonio infeliz, es madre de ocho hijos y, aun así, se siente completamente ignorada. Sufre un maltrato psicológico constante y creo que muchas veces olvidamos que ese tipo de violencia puede ser incluso más devastadora que la física.

Me llamó muchísimo la atención la historia real que Harold me contó. Era una mujer que no necesitaba trabajar para sobrevivir económicamente y, sin embargo, prefería vender minutos de celular en una plaza, limpiar casas o cuidar niños antes que pasar el tiempo en un club observando a otras mujeres que, probablemente, atravesaban situaciones muy parecidas a la suya sin darles la importancia que ella sí les daba.

Todo lo que ocurre después, todos los giros que tiene la película y ese final tan inesperado, nacen precisamente de esa soledad extrema y de una profunda insatisfacción con la vida que llevaba. Lo que más admiro de Victoria es que nunca se presenta como una víctima. Es una mujer valiente. Nunca vive quejándose de sus dolores, aunque el espectador los percibe permanentemente. Para cualquier actriz con una trayectoria larga, un personaje así representa un desafío enorme porque exige poner a prueba todo lo que uno ha aprendido como actriz y también como ser humano.

Cortesía de Cine Colombia

Hay un punto de quiebre muy importante en la película que tiene que ver con la pérdida de su amante. Sentí que allí Victoria empieza a dejarse ir.

Yo creo que la película tiene varios momentos decisivos. El primero ocurre cuando el marido se va de viaje. Victoria ni siquiera sabía que él viajaba con su amante. Inicialmente les propone a todos que lo acompañen, pero en realidad sabía que nadie aceptaría y así podría hacer lo que quería.

Durante esa ausencia sucede algo muy importante cuando el conductor de la familia le dice que nunca ha entendido a la gente rica, que le parece muy extraña su manera de divertirse. Esa conversación cambia algo dentro de Victoria. Mientras su marido está de vacaciones con otra mujer, ella termina jugando tejo y tomando una gaseosa con el conductor. Ahí comprende que hay otra forma de vivir.

Esa noche termina acostándose con él, un hombre que llevaba toda la vida trabajando para la familia, pero con quien nunca había existido ningún tipo de intimidad. Probablemente, si Victoria no hubiera quedado embarazada, todo habría terminado ahí. Pero ese embarazo la obliga a tomar decisiones muy profundas. Nunca piensa en abortar. Creo que empieza a ver en ese noveno hijo un sentido para los años que todavía le quedan de vida.

Lo más fuerte viene después. No recibe apoyo de su familia, es expulsada de su propia casa y termina viviendo con un hombre con el que realmente no tenía una historia de amor. Lo extraordinario es el cambio tan radical que decide asumir. Pasa de vivir rodeada de todas las comodidades a instalarse prácticamente en una habitación junto a una cancha de tejo. Cuando sus hijos le ofrecen un apartamento y una enfermera para cuidarla, ella rechaza todo eso porque finalmente había tomado una decisión sobre su propia vida y quería llevarla hasta las últimas consecuencias. Me parece un acto de una valentía impresionante.

Con Harold hablábamos de que, de alguna manera, Victoria es una especie de Quijote. Su valentía parece estar sustentada en una cierta locura, en la decisión de ir en contra de todas las convenciones sociales. ¿Qué piensas de esa idea?

Es muy posible. Yo misma he tomado decisiones en mi vida que me han sorprendido, pero no sé si habría llegado tan lejos como Victoria. Creo que sí hay una cierta dosis de locura en lo que hace.

Yo, por ejemplo, no habría soportado treinta y cinco años de infelicidad de la manera en que ella lo hizo. Vivió todo ese dolor con una serenidad impresionante. La tormenta estaba por dentro, pero nunca recurrió al conflicto permanente, ni a los gritos, ni a la agresión. Probablemente yo habría reaccionado de otra forma.

Y tampoco estoy segura de que hubiera tenido la valentía de abandonar todas las comodidades, arriesgar mi salud y mi estabilidad para empezar de nuevo desde cero. Me parece una mujer extraordinariamente valiente y, sí, también un poco loca. Pero el mundo es muy grande. Somos miles de millones de personas. Estoy segura de que han existido otras mujeres capaces de tomar decisiones parecidas.

Cortesía de Cine Colombia

Con Harold también hablábamos de que vivimos tiempos muy polarizados. He escuchado a personas que interpretan el final de Lactar como una reivindicación del hombre machista, sobre todo por la decisión que toma el esposo al final y porque quienes terminan acogiendo a Victoria son sus hijos hombres y no sus hijas. ¿Qué piensas de esa lectura?

Es una reflexión muy interesante y sí la he pensado. Entiendo que haya espectadores que sientan que el final reivindica a un hombre que, aparentemente, no merecía esa oportunidad. Pero yo lo veo de otra manera.

Lo que hace ese hombre al final puede entenderse como una reivindicación, pero también como un castigo. Criar un hijo nunca es sencillo, mucho menos a esa edad, y más aún cuando se trata de un hijo que ni siquiera es biológicamente suyo. Tener que levantarse todos los días y convivir con ese niño puede ser, al mismo tiempo, una forma de redención y una carga enorme.

Yo creo que esa era la única posibilidad que tenía para no hundirse todavía más en la vida vacía que llevaba. Porque tampoco era un hombre feliz. Ni cuando estaba con su amante, ni cuando aparentaba tenerlo todo. Era una persona profundamente insatisfecha.

Sin revelar demasiado de la película, diría que muchos acontecimientos lo conducen hasta esa decisión. A mí el guion me enamoró precisamente porque nunca sentí que estuviera forzando las situaciones. Es una historia de ficción, claro, pero no me parece imposible. A veces la realidad termina siendo mucho más sorprendente que cualquier película.

Podríamos decir, entonces, que ese noveno hijo termina devolviéndole un propósito a este hombre.

Exactamente. Mientras una vida se apaga, otra comienza. Ese niño termina cuestionándolo todo: a los hijos, al padre, a la familia completa. Creo que él encuentra finalmente algo que hacer con su vida. Durante toda la película busca sentido en otros lugares: en la amante, en los viajes, en las apariencias. Al final encuentra un propósito criando al hijo por el que Victoria entregó la vida.

Y creo que ahí está una de las grandes preguntas de la película. ¿Qué pasa con todos los que quedaron? ¿Cómo cambia la vida de cada uno después de haber sido incapaces de comprender a la mujer que siempre estuvo ahí para ellos? Mientras todos seguían pensando en sí mismos, Victoria, por primera vez, decidió vivir su propia vida.

También me llamó la atención que Lactar parece llegar en un momento importante para el cine colombiano. Con Harold hablábamos de cómo durante años parecía existir una división muy marcada entre las comedias comerciales y un cine mucho más pequeño y de festivales. Películas como Lactar o Un poeta parecen demostrar que el público colombiano está buscando otro tipo de historias.

Qué palabras tan lindas. Yo misma he sido de las personas que muchas veces piensa dos veces antes de ir a ver una película colombiana. Durante mucho tiempo predominó ese tipo de comedia que no necesariamente era el humor con el que yo conectaba, o las historias relacionadas con el narcotráfico, que fueron ocupando un espacio muy importante en nuestra producción audiovisual.

Yo nunca he querido participar en una narcoserie. He tenido algunas propuestas y siempre las he rechazado porque siento que Colombia es muchísimo más que eso y no quería contribuir a seguir reforzando esa imagen de nuestro país.

Por eso fue tan emocionante llegar a Rusia con una película profundamente colombiana, aunque al mismo tiempo universal. Está escrita y dirigida por un colombiano, protagonizada por una actriz colombiana y cuenta una historia que nace aquí, pero que logra emocionar a espectadores de cualquier lugar del mundo. Para ellos fue algo completamente distinto a la imagen que tenían de Colombia y eso fue muy gratificante.

Recibir los premios a Mejor Película y Mejor Actriz fue una felicidad enorme, pero también lo ha sido la respuesta del público aquí. El hecho de que la película permanezca tantas semanas en cartelera ya es un premio muy importante. Naturalmente habrá personas que estén de acuerdo con ella y otras que no. Eso es completamente válido. Yo, de hecho, desconfío un poco de las obras que le gustan absolutamente a todo el mundo. Me parece sano que existan distintas lecturas y que la película genere discusión.

Creo que Lactar logró hacer algo diferente y eso es lo verdaderamente valioso. 

Creo que esta película demuestra una sensibilidad distinta a la que muchas personas asocian con él.

Totalmente. Yo ya conocía a Harold, pero nunca había trabajado tan cerca de él como ahora. Hicimos la película a comienzos de este año y todo ha pasado muy rápido. Terminamos el rodaje en febrero, la película se estrenó en mayo y desde entonces no hemos parado de viajar y conversar sobre ella.

En todo ese proceso descubrí a un hombre con un conocimiento muy profundo de la psicología femenina. Uno no necesariamente espera encontrar esa sensibilidad detrás de alguien que suele mostrarse tan espontáneo y tan descomplicado. Pero realmente es una persona con una enorme capacidad para comprender las emociones y los conflictos de las mujeres.

Ese fue uno de los grandes regalos que me dejó esta película. No solamente el éxito que ha tenido o la oportunidad de interpretar a Victoria, sino haber conocido a Harold desde ese lugar.

Incluso ya leí otro guion suyo y ojalá me permita interpretar también a esa mujer. Es un personaje completamente distinto a Victoria, pero con una psicología igual de compleja y sería un reto actoral maravilloso.

Al final, eso es lo que buscamos las actrices de mi generación: buenas historias y personajes que nos permitan seguir jugando a ser otras personas, aunque sea durante el tiempo que dura una película.

María Helena, ha sido un verdadero placer conversar contigo. Gracias por esta entrevista y, sobre todo, por una interpretación tan conmovedora.

Gracias a ti por tus palabras, por la generosidad con la que has visto la película y por esta conversación. Ha sido un verdadero gusto. Muchas gracias.

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