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Crítica: La cronología del agua (The Chronology of Water)

Crítica: La cronología del agua (The Chronology of Water)

adminkush

LA KW

mayo 5, 2026 • 5 min lectura

The Chronology of Water no intenta ordenar una vida ni convertirla en ejemplo. Desde el primer plano deja claro que la experiencia que propone es fragmentaria, física y dominada por asociaciones libres. Kristen Stewart dirige como Terrence Malick, alguien que desconfía de la explicación y prefiere la sensación. Su película no avanza por hitos biográficos, sino por impulsos. Imágenes que regresan, cuerpos que recuerdan antes que la mente y episodios que no se cierran porque en la memoria real nunca lo hacen.

El guion, escrito por Stewart a partir del libro de Lidia Yuknavitch, rechaza la progresión tradicional del trauma hacia la superación. El abuso paterno, la relación con la madre, la autodestrucción temprana y la maternidad truncada aparecen como capas superpuestas, no como etapas. La película entiende que el daño no organiza la vida en capítulos, sino que reaparece en momentos inesperados, deformando el presente.

Imogen Poots sostiene esa lógica con una actuación de entrega absoluta. Su Lidia no busca simpatía ni compasión. Se mueve entre la furia, la huida y una voluntad casi animal de seguir viva. Poots trabaja desde el cuerpo: la respiración en el agua, el peso del cansancio, la relación con el alcohol y el sexo como formas de anestesia. No hay psicologismo verbal; hay presencia constante. Es una interpretación que acepta el desorden como estado natural.

Thora Birch, como la hermana Claudia, aporta una línea paralela marcada por la distancia y la culpa compartida. Su aparición recuerda que el trauma no se vive en aislamiento, sino que altera vínculos de forma irreversible. Susannah Flood, como la madre, representa una forma de abandono pasivo que la película observa sin una condena explícita. El daño, aquí, no proviene solo del agresor directo, sino también de quienes miran hacia otro lado.

La figura del padre es uno de los núcleos más perturbadores de la cinta y Stewart toma una decisión precisa al respecto al no convertirlo en presencia constante ni en villano explicativo. El abuso aparece en fragmentos, gestos incompletos e irrupciones breves que alteran el cuerpo y la memoria de Lidia sin necesidad de mostrarse de frente. Michael Epp interpreta al padre desde esa lógica, ya que no construye un personaje desarrollado, sino una amenaza intermitente, casi abstracta, que existe más como huella que como figura narrativa. Su actuación se apoya en la economía y en la sugerencia; basta su aparición parcial para que el clima se enrarezca y el pasado vuelva a imponerse sobre el presente. El resultado es más devastador que cualquier representación explícita, porque entiende que el trauma no se manifiesta como recuerdo completo, sino como algo que regresa sin avisar y nunca termina de irse.

Dentro del recorrido vital de Lidia, dos presencias laterales adquieren un peso particular. Earl Cave (hijo del cantante Nick Cave), interpreta a Phillip, una figura asociada a la ternura y a la posibilidad de un vínculo estable que Lidia no termina de aceptar. Su personaje no ofrece salvación ni promesas grandilocuentes; representa una forma de afecto sencillo, casi doméstico, que choca con la autopercepción dañada de la protagonista. Cave actúa con una naturalidad desarmante, dando a Phillip una calidez frágil que hace más visibles las dificultades de Lidia para habitar una relación sin sabotearla. 

En otro registro aparece Kim Gordon, integrante de Sonic Youth, cuya presencia funciona como gesto cultural más que como giro dramático. Gordon encarna una energía creativa y alternativa que dialoga con el mundo intelectual y artístico al que Lidia aspira entrar. Su aparición conecta la película con una tradición contracultural donde el cuerpo, la escritura y la rebeldía personal se piensan como actos inseparables, reforzando la idea de que la identidad de Lidia se construye tanto desde el dolor como desde las comunidades creativas que la rodean.

Uno de los momentos más reveladores llega con la aparición de Ken Kesey (el autor de One Flew Over The Cuckoo’s Nest), interpretado por Jim Belushi. La escritura entra en la vida de Lidia no como redención inmediata, sino como una posibilidad de forma. Aprender a narrar no borra el pasado, pero le da estructura. Stewart entiende la literatura como un acto físico. Para ella escribir es exponer, arriesgar y ordenar el caos sin domesticarlo.

El agua funciona como eje simbólico y material. No es refugio idealizado ni metáfora limpia. Es un espacio donde el cuerpo puede suspenderse, desaparecer por momentos, dejar de pensar. Stewart filma el agua como una extensión del estado mental de la protagonista: densa, envolvente, a veces peligrosa. La natación no es un deporte ni una aspiración olímpica; es una forma de supervivencia momentánea.

Visualmente, el trabajo de Corey C. Waters en 16 mm refuerza esa lógica fragmentada. El grano, los cortes abruptos y la cercanía extrema con los cuerpos construyen una textura que se siente vivida, no diseñada. La película no busca belleza pulida, sino registro. Hay planos que parecen recuerdos incompletos más que escenas cerradas.

The Chronology of Water evita convertir el dolor en espectáculo. No hay recreaciones explícitas del abuso ni manipulación emocional evidente. El impacto proviene de la acumulación y del regreso insistente de ciertas imágenes. El nacimiento del bebé muerto, mostrado sin concesiones, marca un punto de quiebre que no se resuelve ni se justifica narrativamente. Simplemente queda ahí, como quedan las pérdidas reales.

Esta no es una película pensada para la comodidad del espectador. Exige atención, paciencia y una disposición a aceptar que no todo encaja. Su mayor riesgo es también su mayor valor: confiar en que el cine puede funcionar como experiencia sensorial antes que como relato ordenado.

Esta cinta biográfica puede leerse como un pariente lejano de The Basketball Diaries, no por su argumento literal, sino por la forma en que ambas películas entienden la autodestrucción como etapa formativa. Al igual que en aquella historia basada en la vida del poeta Jim Carroll y protagonizada por Leonardo Di Caprio, aquí el abuso, la adicción y la pérdida no aparecen como desvíos puntuales, sino como parte del proceso mediante el cual la protagonista intenta definirse frente a un mundo hostil. Las dos películas rechazan la idea de caída y redención ordenadas; prefieren mostrar vidas jóvenes atravesadas por excesos, culpa y una búsqueda desesperada de sentido, donde el arte (la escritura en un caso, la voz interior en el otro), surge no como cura inmediata, sino como una forma de mantenerse a flote.

Como debut, la película deja claro que Kristen Stewart no está interesada en una carrera segura como directora. Su mirada es personal, irregular y comprometida con el material que adapta. Puede no convencer a todos, pero tiene una identidad clara. The Chronology of Water no organiza una vida; la atraviesa a golpes. Y en ese gesto encuentra su fuerza.

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