Mucho antes de convertirse en uno de los personajes más reconocibles de la cultura popular de los años ochenta, He-Man fue simplemente un juguete. En 1982, Mattel buscaba crear una línea de figuras de acción destinada al público masculino, una especie de equivalente a Barbie para niños (¡No es una muñeca, es una figura de acción!). Sin embargo, los ejecutivos comprendieron rápidamente que para vender millones de figuras necesitaban algo más que músculos imposibles, espadas gigantes, villanos extravagantes y nombres redundantes. Necesitaban una historia.
Así nació He-Man and The Masters of the Universe, una serie animada concebida principalmente para dar contexto a aquellos juguetes. Lo que comenzó como una estrategia de mercadotecnia terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural. La premisa era tan absurda como irresistible para un niño de 6 años en adelante: Un príncipe rubio, aparentemente inseguro, se transformaba en el hombre más poderoso del universo para defender su mundo fantástico, Eternia, de un enemigo llamado Skeletor, una calavera viviente obsesionada con conquistar el mundo. Había tigres verdes gigantes, castillos mágicos, tecnología futurista y guerreros con nombres que parecían inventados por un niño ese niño de 6 años. Era una mezcla imposible entre fantasía heroica, ciencia ficción y dibujos animados de sábado por la mañana.
Quizá por eso la primera adaptación en acción real de 1987 sigue siendo recordada con tanto cariño. Nadie podría defender seriamente aquella película como una gran obra cinematográfica. El presupuesto era limitado, los efectos especiales eran modestos incluso para su época y Eternia apenas aparecía en pantalla porque gran parte de la historia transcurría en la Tierra. Sin embargo, poseía algo que muchas producciones actuales han perdido: sinceridad. Aquella película entendía perfectamente la naturaleza extravagante de su material de origen y nunca intentó convertirlo en algo que no era. Dolph Lundgren interpretaba a He-Man con absoluta convicción mientras luchaba contra Frank Langella, que ofrecía una versión deliciosamente exagerada de Skeletor. Era camp, excesiva y profundamente divertida.
Por eso resulta tan refrescante comprobar que Travis Knight ha tomado una decisión que, en los tiempos actuales, parece casi revolucionaria: No avergonzarse de la ridiculez de He-Man. Knight ya había demostrado anteriormente una sensibilidad especial para trabajar con relatos infantiles y con propiedades intelectuales nacidas fuera del cine. Primero nos entregó Kubo and the Two Strings, una auténtica obra maestra de la animación stop motion producida por Laika Studios, una película capaz de combinar aventura, emoción y una belleza visual extraordinaria. Después consiguió algo que parecía imposible: Dirigir la mejor película de la horrorosa franquicia cinematográfica de Transformers. Mientras las entregas de Michael Bay se perdían entre explosiones interminables y caos digital, Bumblebee recuperó el corazón que había desaparecido de la saga y recordó que incluso una historia basada en juguetes podía tener alma.
Con Masters of the Universe vuelve a demostrar que comprende mejor que muchos ejecutivos la esencia de estas franquicias. Durante años hemos asistido a una obsesión casi enfermiza por oscurecer y solemnizar cualquier propiedad popular. La “cultura geek” parece haber asumido erróneamente que la madurez consiste en eliminar el color, la diversión y el sentido del humor. Lo vimos en numerosas reinterpretaciones de superhéroes y también en la versión de He-Man impulsada por Kevin Smith para Netflix, mucho más interesada en el drama existencial que en la aventura jovial y desenfrenada. En paralelo, la influencia de Zack Snyder dejó una huella profunda en el cine de género, instaurando la idea de que los superhéroes, concebidos originalmente para entretener, debían comportarse como figuras trágicas de una epopeya religiosa.
Knight rechaza completamente ese camino. Su Masters of the Universe no intenta convencernos de que estamos viendo una reflexión filosófica sobre el destino de la humanidad. Tampoco pretende transformar a He-Man en una figura mesiánica. Lo que hace es mucho más inteligente. Acepta que Eternia es un lugar absurdo y maravilloso donde la fantasía heroica convive con pistolas láser, donde un esqueleto parlante puede obsesionarse con la espada larga, la piel bronceada y los muslos sudorosos de su archienemigo y donde ese hombre musculoso grita “¡Yo tengo el poder!” antes de lanzarse a la batalla, aceptando el patetismo de la situación.
La película abraza por completo el espíritu camp que siempre definió a la franquicia. Eternia parece una portada de álbum de rock progresivo llevada a la pantalla (Brian May colaboró en la banda sonora). Los diseños son exagerados, coloridos y orgullosamente artificiales. Skeletor (Jared Leto mucho mejor que el pésimo Joker que encarnó en Suicide Squad), vuelve a ser una figura histriónica y teatral que disfruta siendo malvada al igual que Rita Repulsa de los Power Rangers o Gargamel de Los Pitufos. Incluso los momentos más disparatados parecen concebidos con la intención de celebrar aquello que convirtió a He-Man en un icono generacional.
Lo más interesante es que la película también parece consciente de que He-Man ya no pertenece únicamente a quienes crecieron con la serie animada. Durante años, los memes y la cultura de internet han mantenido vivo al personaje, convirtiéndolo en una figura tan popular entre nuevas generaciones como entre los espectadores originales. Knight entiende esa dimensión contemporánea y la incorpora sin que el resultado se sienta forzado o cínico.
El resultado recuerda constantemente a Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves, otra película que triunfó (no en la taquilla, pero sí en el amor por la franquicia), precisamente porque comprendió que el secreto no estaba en esconder la extravagancia de su universo, sino en celebrarla. Ambas producciones comparten una filosofía parecida: Respetan profundamente el material original sin dejar de reconocer que, visto desde fuera, todo es un poco ridículo. Y precisamente ahí está la diversión. Que lo diga el vapuleado Taika Waititi con sus maravillosas entregas de Thor para Marvel.
Nicholas Galitzine, a quien hace poco vimos en la adorable The Sheep Detectives, encaja sorprendentemente bien en esta visión. Su Príncipe Adam no es el típico héroe invulnerable que domina cada escena. Hay una cierta vulnerabilidad en su interpretación que ayuda a conectar con el personaje más allá de sus músculos imposibles. Funciona especialmente porque nunca intenta interpretar a He-Man como una figura solemne. Entiende que el personaje debe inspirar, pero también divertir.
Jared Leto, por su parte, parece haber encontrado finalmente un personaje capaz de aprovechar sus tendencias más teatrales. Su Skeletor es exagerado, extravagante, queer y deliciosamente malvado. Cada aparición parece diseñada para recordarnos que, a veces, los mejores villanos son aquellos que disfrutan siendo villanos. En una época donde muchos antagonistas están obsesionados con justificar moralmente cada una de sus acciones, resulta casi refrescante encontrarse con alguien que simplemente quiere conquistar Eternia porque sí.
El reparto secundario también entiende perfectamente el tono que propone la película. Camila Mendes aporta carisma y determinación como Teela, funcionando como el ancla emocional de buena parte de la historia y demostrando que el personaje puede ser mucho más que la simple compañera de aventuras de He-Man (con todo y Friendzone). Idris Elba, con su presencia habitual, aporta autoridad y gravedad a Duncan (Man-At-Arms), cuando la narrativa lo requiere, aunque siempre sin romper el equilibrio entre aventura y comedia que define al filme (con todo y alcoholismo).
Morena Baccarin, como Sorceress, encaja naturalmente dentro de la dimensión fantástica de Eternia, mientras que Kristen Wiig se divierte prestando su voz a Roboto, uno de los personajes más extravagantes de la película. Y entre los héroes de Eternia resulta especialmente gratificante ver a personajes clásicos como Fisto (Jóhannes Haukur Jóhannesson), Mekaneck (James Wilkinson), Dian (Christiaan Bettridge) y Ram-Man (Jon Xue Zhang) trasladados al live action sin complejos ni intentos de hacerlos “realistas”. Knight entiende que estos personajes son parte fundamental de la identidad de la franquicia y conserva intacta buena parte de la exageración que los hizo populares.
Mención especial merece también Battle Cat, cuya adaptación al live action logra conservar su sello de la serie animada sin perder imponencia y ternura. Knight entiende que el enorme tigre verde no es un elemento ridículo que deba ocultarse, sino una de las piezas más queridas del universo de Eternia, y cada una de sus apariciones recuerda por qué generaciones enteras crecieron soñando con cabalgar a su lado rumbo al Castillo Grayskull.
En cuanto a los secuaces de Skeletor, Alison Brie se divierte enormemente como Evil-Lyn, abrazando la teatralidad del personaje y construyendo una villana astuta, manipuladora y más inteligente que su jefe, convirtiéndose en una de las presencias más entretenidas de toda la película. Ocurre algo similar con Sam C. Wilson, que aporta una energía salvaje y amenazante como Trap Jaw, Hafthor Bjornsson aprovecha su imponente físico para dar vida a un Goat Man intimidante y Kojo Attah convierte a Tri-Klops en un guerrero tan letal como visualmente llamativo. Ninguno de ellos pretende convertirse en una versión oscura y torturada de sí mismo; son secuaces extravagantes, peligrosos y memorables, exactamente como deben ser dentro de una historia de He-Man.
Por supuesto, esta aproximación no convencerá a todo el mundo. Algunos espectadores probablemente rechazarán la película por considerarla demasiado ligera (¡estoy hablándote a ti, fanático tóxico de Star Wars!), y se rasgarán las vestiduras por no haber conseguido una versión más oscura y solemne del personaje. Sin embargo, buena parte de esas críticas parecen olvidar algo fundamental: He-Man nunca fue Batman. Nunca fue Watchmen. Nunca fue Invincible. Nunca fue una tragedia griega disfrazada de aventura fantástica. Era una serie creada para vender juguetes. Y eso no es una crítica. Es precisamente lo que la hacía especial.
Masters of the Universe funciona porque Travis Knight comprende esta verdad elemental. No intenta deconstruir al personaje ni transformarlo en algo que jamás fue. Lo devuelve a sus raíces, recupera el tono despreocupado de la serie animada y demuestra que todavía existe espacio para aventuras fantásticas que no necesitan pedir disculpas por ser divertidas. Al final, la película logra algo que muchas superproducciones modernas han olvidado: Recordar que el entretenimiento simple y llano también puede ser una virtud.
P.D. No se pierda las tres escenas postcréditos. Una es una moraleja, y las otras son el anuncio de que la historia continúa, con la inclusión de un personaje que tuvo su propia serie.
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