La premisa de Exit 8 es engañosamente simple. Un hombre queda atrapado en un pasillo de metro que se repite. Si detecta una anomalía, debe retroceder; si no, avanzar. Ocho decisiones correctas lo llevan a la salida. Ese esquema, heredado del videojuego original, funciona como regla narrativa y, al mismo tiempo, como metáfora existencial.
En primer lugar, el protagonista, un oficinista cualquiera con problemas de asma, conocido aquí como “El hombre perdido”, entra en ese bucle justo después de recibir una noticia que altera su vida: su ex novia (Nana Komatsu) está embarazada. A partir de ahí, el espacio deja de ser físico y pasa a ser mental. El pasillo no cambia, pero su percepción sí. Además, la rutina, que antes era su refugio, se convierte en una trampa.
Kazunari Ninomiya construye al personaje sin estallidos, pero dejando evidenciar pequeñas grietas. Su rostro, cada vez más cansado, sostiene la progresión del relato. En cambio, el entorno se encarga del resto con figuras que se repiten, gestos mecánicos y silencios que pesan más que cualquier ruido.
Junto él encontramos a “El caminante” (Yamato Kochi), con su sonrisa perturbadora que nos recuerda a los vídeos musicales de Aphex Twin de Chris Cunningham, así como a “El niño” (Naru Asanuma) y “La colegiala” (Kotone Hanase). Estos personajes corresponden tanto a estereotipos deconstruidos del anime y el manga, como a unos peculiares PNJ (personajes no jugables) de los videojuegos, aquí con sus historias propias.
La película trabaja con una lógica muy precisa. Cada anomalía introduce una variación mínima (una sonrisa fuera de lugar, una mancha que no estaba, un detalle que obliga a dudar). Por lo tanto, el terror no viene del sobresalto, sino de la incertidumbre. ¿Qué cambió? ¿Cuándo? ¿Por qué no estoy seguro?
Ahí aparecen sus influencias. La estructura del recorrido remite directamente al purgatorio de La divina comedia de Dante, en donde avanzar implica atravesar capas, reconocer errores y enfrentarse a versiones distorsionadas de uno mismo. No hay guía como Virgilio, tan solo hay ensayo y error y cada vuelta es un círculo del infierno más.
Además, el peso psicológico y visual conecta con El resplandor de Stanley Kubrick. Los pasillos, la repetición, la avalancha, los personajes misteriosos y fantasmales y la sensación de que el espacio observa al personaje. Incluso cuando la película cita de forma directa, lo hace con intención. El homenaje aquí es una forma de ubicar el deterioro mental dentro de un linaje claro.
En cambio, hay algo más silencioso que la acerca a Ugetsu de Kenji Mizoguchi. La idea de un mundo donde lo real y lo espectral conviven sin explicación. Las figuras que aparecen no necesitan justificarse. Están ahí, como si siempre hubieran estado.
Sin embargo, la película también enfrenta su mayor límite. La repetición, que al inicio genera tensión, pierde fuerza con el tiempo. Lo que debería hipnotizar termina por desgastar. El ritmo se resiente, y la experiencia se vuelve más estéril en su tramo final.
Aun así, hay una idea que sostiene todo y tiene que ver con la rutina como anestesia y como peligro. El protagonista no se pierde porque el espacio sea extraño; se pierde porque estaba demasiado acostumbrado a no mirar. Esa lectura le da peso a cada decisión, incluso cuando la película se queda girando sobre sí misma.
Exit 8 funciona mejor como experiencia que como relato cerrado. Más que explicar, busca situar al espectador en ese pasillo. Y en ese espacio, avanzar nunca es del todo seguro, como tampoco salir.
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