En el campo de la animación japonesa hay películas animadas tradicionalistas y preciosistas que intentan construir mundos perfectos y otras que prefieren la innovación formal, la anarquía y el caos. ChaO: La sirena pertenece claramente al segundo grupo. La ópera prima de Yasuhiro Aoki parece dibujada por alguien incapaz de quedarse quieto, con sus personajes deformes, fondos saturados de detalles, movimientos frenéticos y una sensación permanente de que todo está a punto de desbordarse, que nos recuerda a la maravillosa Tekkonkinkrteet de Michael Arias.
Precisamente ahí está su encanto. La película imagina una Shanghái futurista donde humanos y sirenas intentan coexistir después de años de tensión política. Stephan, un joven ingeniero obsesionado con desarrollar un sistema marítimo menos agresivo para las criaturas marinas, termina comprometido con ChaO, una princesa sirena que asegura haber estado enamorada de él desde siempre. Lo que arranca como una alianza diplomática pronto se convierte en una convivencia caótica entre dos seres incapaces de entender completamente el mundo del otro.
La premisa recuerda inevitablemente a La Sirenita de Hans Christian Andersen y a sus derivadas como la cinta animada de Disney, la serie Mako la sirena enamorada y Splash, la comedia romántica protagonizada por Tom Hanks y Daryl Hannah, así como a los animes Ponyo y Lu Over the Wall o incluso a ciertas comedias románticas clásicas donde el matrimonio funciona primero como contrato y después como descubrimiento emocional. Sin embargo, ChaO tiene una energía muy distinta, más nerviosa, absurda y mucho menos interesada en la perfección sentimental.
La relación entre Stephan y ChaO funciona precisamente porque nunca parece estable. Él está atrapado entre ambición profesional, presión corporativa y responsabilidades políticas. Ella, mientras tanto, opera bajo otra lógica: impulsiva, emocional, físicamente torpe y completamente fascinada por el mundo humano. Además, la película entiende algo muy contemporáneo donde convivir implica negociar ritmos distintos de existencia.
Ahí aparece uno de los temas más interesantes del anime. Aunque todo está presentado desde el humor y la fantasía, ChaO habla constantemente sobre el equilibrio entre la vida personal y el trabajo, sobre los sistemas económicos incapaces de detenerse y sobre las personas intentando encontrar afecto dentro de estructuras obsesionadas con la productividad. Stephan cree que necesita revolucionar el transporte marítimo para tener valor. ChaO, en cambio, parece existir desde otra necesidad mucho más simple y es la de conectar emocionalmente.
Visualmente, la película es fascinante. El diseño supervisado por Hirokazu Kojima evita casi todos los códigos habituales del anime contemporáneo. Los rostros son minimalistas, las proporciones cambian constantemente y la animación combina trazos manuales con movimientos digitales que convierten cada escena en algo cercano a un cuaderno de bocetos vivo.
Hay secuencias realmente extraordinarias con ChaO manipulando el agua dentro de una fuente como si estuviera bailando, unas persecuciones aéreas imposibles y calles abarrotadas donde cada personaje secundario parece existir dentro de su propia película. Todo transmite una sensación de movimiento permanente. Sin embargo, ese frenetismo hace que por momentos, especialmente en el tramo final, la película resulte agotadora.
Y es que Aoki dirige con una velocidad tan frenética que por momentos parece incapaz de detenerse a respirar. Las escenas se enciman unas sobre otras, los personajes entran y salen constantemente y algunas emociones importantes pasan demasiado rápido. La película tiene tantas ideas visuales y narrativas que a veces parece estar compitiendo consigo misma.
Pero incluso en ese exceso hay algo profundamente humano. Porque ChaO: La sirena no busca perfección narrativa; busca transmitir la sensación de vivir dentro de un mundo saturado de estímulos, ansiedad y cambios constantes. Y en medio de ese ruido, intenta encontrar algo parecido a la ternura.
ChaO, además, termina convirtiéndose en una protagonista difícil de olvidar. Su forma redonda, su torpeza física y su entusiasmo infantil podrían volverla simplemente adorable, pero la película le añade algo más: vulnerabilidad. Ella también teme ser rechazada y oculta partes de sí misma hasta sentir la confianza suficiente para mostrarse completamente. Eso vuelve mucho más interesante la metáfora central de la película en la que amar a alguien implica aceptar formas distintas de habitar el mundo. Y la cinta, debajo de toda su hiperactividad visual, termina siendo exactamente eso. Una historia sobre aprender a convivir con aquello que no entendemos del todo.
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