Durante años, la música popular colombiana cargó con un prejuicio difícil de sacudirse. Mientras el reggaetón se convertía en la gran exportación latina y los corridos mexicanos dominaban el mercado regional, el despecho colombiano seguía asociado a cantinas, emisoras populares y públicos muy específicos. Sin embargo, artistas como Paola Jara y Jessi Uribe han ayudado a mover esa percepción hacia otro lugar.
Su nuevo álbum, Despecho a 2 voces, aparece justamente en medio de esa transformación. El proyecto reúne 11 canciones atravesadas por el desamor, la traición y la reconciliación, pero también funciona como una apuesta para posicionar lo que algunos ya llaman “regional colombiano” dentro de una conversación internacional que hasta hace poco parecía reservada para México.
La idea no es nueva. Desde hace varios años, el género empezó a ampliar sus fronteras gracias al crecimiento de artistas como el difunto Yeison Jiménez, Pipe Bueno, Arelys Henao o Luis Alfonso, quienes encontraron en plataformas digitales y redes sociales una posibilidad distinta a la radio tradicional. Sin embargo, el caso de Paola y Jessi tiene un componente diferencial al de sus colegas: la construcción de una narrativa conjunta que mezcla espectáculo, vida personal y una estética mucho más cercana al entretenimiento global.
En este último lanzamiento —y su primer LP en conjunto—, hay intentos claros por modernizar el sonido sin abandonar las raíces rancheras y carrileras. La producción de Simón Vauri y “El Burrito” apuesta por arreglos más limpios y contemporáneos, pensados para escenarios internacionales y para audiencias que no necesariamente crecieron escuchando música popular colombiana, algo que queda claro desde el primer momento con ‘Infidelidad’, el corazón musical del proyecto y que logra conservar el dramatismo clásico del género a pesar de estar envuelto en una producción más cercana al estándar actual del regional latino.
Esa búsqueda también se refleja en la gira europea que acompañó al disco, donde ambos artistas pasaron por ciudades como Madrid, Barcelona, París y Zaragoza, una ruta que confirma algo que la industria musical ya venía detectando. El concierto en La Cubierta de Leganés, en Madrid, con entradas agotadas y miles de asistentes, representó esa validación simbólica para un género que históricamente había tenido poca presencia fuera de América Latina.
El crecimiento del género también viene acompañado de tensiones. Aunque la música popular atraviesa uno de sus momentos comerciales más fuertes, sigue siendo un sonido profundamente polarizante en Colombia. En redes sociales conviven quienes ven el despecho como una expresión cultural genuina y quienes lo asocian con fórmulas repetitivas o narrativas excesivamente melodramáticas. Esa división incluso aparece constantemente en conversaciones digitales y foros donde el género suele despertar amores y rechazos extremos.
En parte, esa incomodidad tiene relación directa con el lugar social que históricamente ocupó esta música, que durante mucho tiempo fue considerada un género “popular” en el sentido más clasista del término, uno asociado a sectores trabajadores fuera de los círculos culturales legitimados. Lo interesante es que hoy ese mismo sonido está entrando a escenarios internacionales, premiaciones y circuitos globales de entretenimiento.
Ahí es donde Paola y Jessi resultan significativos. Más allá de la relación sentimental o del impacto mediático que generan como pareja, ambos se convirtieron en símbolos de un momento particular en el que el género busca dejar de ser visto únicamente como una música local para entrar definitivamente en la industria global del regional latino. Las nominaciones de ambos artistas a los Grammy estadounidenses en categorías tradicionalmente dominadas por músicos mexicanos también apuntan hacia ese cambio. Jessi Uribe fue uno de los primeros artistas colombianos del género en aparecer en esas categorías con De Lejitos, mientras que Paola Jara marcó un precedente como la primera mujer colombiana de música popular en lograr ese reconocimiento con Sin Rodeos. Más allá de la nominación, la señal parece clara: la industria empezó a reconocer que el regional latino ya no suena solamente desde México.
En ese contexto, Despecho a 2 voces funciona menos como un simple álbum colaborativo y más como una fotografía del momento que vive la música popular colombiana, un género que sigue hablando de dolor, despecho y amor roto, pero que ahora intenta hacerlo desde escenarios mucho más grandes.
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