Hace cinco meses, Ariana Grande bromeó sobre necesitar ‘un cerebro extra y cuatro brazos más’ para volver a entrar en modo álbum. Su disco más reciente, Eternal Sunshine, llegó hace dos años y posteriormente tuvo una edición deluxe lanzada el año pasado. Probablemente eso habría sido suficiente para mantener satisfechos a los fans por un tiempo más, pero Grande no pudo evitar regresar al estudio: su octavo álbum, Petal, llegará el próximo 31 de julio.
Grande se encontrará en plena gira de Eternal Sunshine cuando el disco vea la luz. El año pasado, la cantante habló sobre cómo su relación con la música ha cambiado mientras dedica más tiempo a proyectos cinematográficos, como Wicked y la próxima comedia Focker-in-Law.
‘Es muy ingenuo de su parte asumir que, solo porque tengo las manos llenas con muchas cosas, planeo abandonar el canto y la música’, escribió la artista en Instagram. ‘Es y siempre ha sido mi salvavidas. Tendrá que haber espacio para todo eso’.
Petal nació precisamente de ese espacio que Ariana creó entre todos esos proyectos. Esto es todo lo que sabemos sobre el álbum.
Petal surgió del lado más audaz de Ariana Grande
‘¡Sorpresa!’, dijo Ariana Grande al presentar Petal ante Republic Records. La cantante reunió a su equipo del sello para escuchar un adelanto del disco, momento que capturó y compartió en un video teaser en Instagram.
Al explicar el concepto detrás del álbum, Grande describió el proyecto como ‘un poco salvaje’, y añadió: ‘Definitivamente viene de un lugar al que quizá antes me daba demasiada pena o donde era demasiado educada para profundizar. Esto simplemente se siente como un “a la mierda”’.
Ariana Grande comenzó Petal como un ‘experimento de escritura’
En el video donde explica el álbum a su sello discográfico, Ariana Grande contó que el proceso creativo del disco implicó ‘romper con distintos tipos de vínculos negativos, ya fueran mis propios monstruos en mi cabeza, voces externas o cosas que ya no me sirven’.
Desde la perspectiva compositiva, el proyecto también representó un nuevo reto para la artista. ‘Fue un experimento de escritura para mí usar eso como plantilla, de manera que pudiera hablar de algo y compartirlo’, explicó, ‘y que las personas pudieran interpretarlo como quisieran y aplicarlo a sus propias vidas’.
El primer sencillo del álbum es una de las canciones favoritas de Ariana Grande
El viernes 8 de mayo, Ariana Grande reveló el título del primer sencillo de Petal. ‘Hate That I Made You Love Me’ será lanzada el próximo 29 de mayo.
En una publicación de Instagram, la cantante elogió el tema y aseguró que se trata de ‘una de mis canciones favoritas que escribiré en toda mi vida’.
Petal reúne nuevamente a Ariana Grande con Max Martin e Ilya
En su publicación anunciando ‘Hate That I Made You Love Me’, Ariana Grande señaló que coprodujo la canción junto a dos de sus colaboradores de larga trayectoria y ‘seres humanos más queridos del mundo’, Max Martin e Ilya Salmanzadeh.
Los productores y compositores trabajan con Grande desde My Everything de 2014, aunque la alianza creativa entre ellos se consolidó plenamente durante Eternal Sunshine. ‘No puedo esperar a que sea suyo’, escribió la artista.
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Los gritos comienzan apenas pasando la zona de reclamo de equipaje, cuando el primer destello de cabello gris violáceo asoma por encima del muro de seguridad que separa a la banda de pop coreano más grande del mundo —y de la historia— de sus fans. En medio de una histeria ensordecedora, los siete jóvenes de rostro afable que integran BTS atraviesan el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles escoltados por largas filas de corpulentos empleados con camisetas amarillas de ‘Event Staff’. Los chicos sonríen, saludan y, con la eficiencia de la realeza británica, logran abrirse paso entre cientos de adolescentes y jóvenes para subir a unas camionetas Escalade negras, el vehículo que los conduce directo al corazón del mainstream estadounidense.
Es mediados de noviembre y BTS acaba de llegar desde Corea del Sur, impulsado por la devoción de sus admiradores, una comunidad diversa que se hace llamar ARMY —acrónimo de ‘Adorable Representative M.C. for Youth’. El grupo está en la ciudad para una serie de apariciones televisivas de alto perfil: del aeropuerto parten al programa de James Corden; al día siguiente estarán con Jimmy Kimmel; después visitarán a Ellen DeGeneres, quien comparará su llegada a Estados Unidos con la de los Beatles en 1964. Sin embargo, la principal razón de su visita es interpretar su éxito ‘DNA’ en los American Music Awards, una presentación que los convertiría en la tendencia número uno de Google y rompería un récord Guinness de interacciones en Twitter.
El líder del grupo, RM —abreviatura de ‘Rap Monster’—, de 23 años y con una ambición evidente, compara el vertiginoso viaje con ‘surfear una ola gigante’. Pero a las nueve de la mañana del día siguiente a su llegada, el ambiente se parece más a ‘fichar para entrar al trabajo’. Estamos en un estudio de ensayo cuando representantes de los AMA llegan para tomar fotografías promocionales en el estacionamiento. El extrovertido J-Hope, también de 23 años, MC y ex campeón de street dance, sale con los brazos en alto gritando: ‘¡Hola! ¡AMA! ¡Whoa!’. Los demás aparecen poco a poco, con menos dramatismo, y esperan su turno para ser arreglados sobre el asfalto por un equipo de estilistas que también viajó desde Seúl.
Ahí está Jimin, de 22 años, el más atractivo y a la vez más travieso del grupo, ex alumno destacado de danza contemporánea, afeitándose el mentón mientras una mujer le sostiene un espejo. V, cantante de mirada permanentemente sorprendida y de 21 años, otro ex estudiante de arte que debutó en televisión el año pasado con un drama histórico coreano, deja que le cepillen y acomoden su característico cabello gris violáceo. Un hombre utiliza un palillo dental para retirar algo de los dientes de Suga, quien, al igual que RM, comenzó su carrera como rapero underground. Jungkook, vocalista principal de 20 años y ferviente admirador de Justin Bieber, quien se unió a BTS a los 15, recibe una línea de delineador en los ojos.
Mientras tanto, Jin, cantante de 25 años y aspirante a actor, tan atractivo que fue reclutado por un cazatalentos mientras caminaba por la calle, avanza en silencio entre el caos. Su séquito es enorme; dejo de contar después de las treinta personas. Hay managers, publicistas, un coreógrafo, un masajista, el intérprete, estilistas, personas con cámaras, guardias de semblante serio y varios choferes con auriculares.
En casa, BTS prácticamente ya solo compite contra sus propios récords: vistas de videos, preventas de álbumes y posiciones en las listas de popularidad. Y ese fenómeno ya comenzó a expandirse a otros países. Su más reciente EP, Love Yourself: Her, que incluye una canción escrita junto a Andrew Taggart de The Chainsmokers, encabezó la lista de álbumes de iTunes en 73 países. Además, BTS se convirtió en el primer grupo de pop coreano en irrumpir de lleno en el mainstream estadounidense, gracias a un remix de ‘MIC Drop’ realizado por Steve Aoki, que recientemente logró entrar al Top 40.

‘Somos muy afortunados de vivir en esta época, en 2017’, dice RM, el único integrante capaz de mantener una conversación fluida en inglés. ‘Cuando publicamos un tuit, se traduce a más de 30 idiomas’. Las letras del grupo —casi completamente en coreano, pero subtituladas en YouTube y traducidas en sitios como Genius— son una parte fundamental de su éxito internacional. Las canciones de BTS abordan temas como la depresión y la ansiedad. Promueven ideales sociales progresistas, como el empoderamiento femenino y la aceptación de personas de distintos orígenes. Incluso hablan de la inquietud interna que implica abandonar caminos profesionales menos comerciales para convertirse en ‘idols’, como se conoce a las estrellas del K-pop.
Los fans de BTS valoran la empatía, honestidad e independencia de la banda, temas especialmente demandados por las audiencias pop occidentales actuales. Además, BTS lleva ese mensaje sobre producciones hiper modernas e inteligentes —muchas veces realizadas por los propios integrantes— que absorben influencias del EDM, el rap y el R&B contemporáneo. Piensa en artistas como Major Lazer, Justin Bieber, DNCE, Logic, The Chainsmokers o Nick Jonas, y conviértelo en un collage ligeramente extraño pero profundamente adictivo.
Después de la sesión de fotos, los chicos entran a ensayar su presentación para los AMA. Desde el silbido inicial de ‘DNA’, funcionan como un organismo único, de múltiples extremidades y absoluta concentración. Jin, quien normalmente parece melancólico, despliega miradas coquetas y movimientos de manos perfectamente sincronizados. Bromean un poco —Jimin le agarra el trasero a Jungkook después de que este ejecuta un giro casi de ballet—, pero permanecen completamente enfocados.
Una hora después, a las 10:40 de la mañana, toman agua apresuradamente mientras varias mujeres intentan refrescarlos agitando enormes abanicos de papel decorados con los rostros de los propios integrantes. Jin se queda dormido por unos minutos en una silla con ruedas, aunque pronto lo despierta el masajista, decidido a clavarle el codo en el hombro; Jin hace una mueca de dolor mientras sucede. Minutos más tarde, V grita con la boca abierta mientras un asistente trata una llaga dentro de su mejilla. Más adelante, RM terminará bailando con un pañuelo ensangrentado en la nariz: el jet lag y el ritmo constante de trabajo terminan pasando factura. Un almuerzo temprano de hamburguesas frías y papas fritas parece una recompensa mínima, pero ellos comen sin contenerse.
BTS, acrónimo de Bangtan Boys —‘Boy Scouts a prueba de balas’, en coreano—, fue construido alrededor de RM y terminó de consolidarse a través de audiciones. El grupo fue armado por una compañía pequeña, Big Hit, dirigida por el compositor Bang Si Hyuk, conocido como ‘Hitman’, quien cofundó una de las llamadas Big Three de la industria, JYP Entertainment, antes de dejarla atrás. Esa historia le da a BTS un atractivo de underdog. Y aunque la banda surgió dentro del famoso y riguroso sistema del K-pop —viviendo juntos en dormitorios y entrenando de manera constante—, RM asegura que Big Hit les ofrece una libertad artística relativa.
Prueba de ello es que, en una reinterpretación singular del tradicional fan service del K-pop, BTS construye mitologías alrededor de sus álbumes, como ocurrió con Wings, lanzado el año anterior, cuyo concepto parte de Demian, la novela de formación publicada en 1919 por Hermann Hesse. La temática atraviesa las letras, el arte visual y los videos. No queda del todo claro cómo toman forma esas subtramas, aunque resulta fácil imaginar la participación de RM, quien suele leer autores como Haruki Murakami y Albert Camus.
‘Intentamos construir nuestro propio universo BTS’, explica. ‘Tal vez era arriesgado inspirarnos en novelas tan antiguas, pero creo que terminó funcionando aún mejor. Para nuestros fans, se siente como una caja de regalo. Es algo que no encuentras fácilmente en artistas estadounidenses’. Después, compara esa construcción narrativa con Star Wars.
‘Lo más importante de crear nuestro universo es su capacidad de expansión’, añade Suga, el integrante más contemplativo del grupo, a través del intérprete. ‘Como nace de nuestras propias vidas e intereses, podemos expandirlo tanto como queramos y nunca se siente ajeno a nosotros. Eso nos permite tener más diversidad en las historias que contamos y en la música que hacemos’.
¿Se sienten lo suficientemente libres como para escribir sobre la política coreana? RM responde que están trabajando en una canción que aborda el tema de manera sutil, aunque Suga advierte que el asunto ‘está lleno de riesgos, no de forma literal, sino por la posibilidad de ser malinterpretados por jóvenes que quizá aún no han desarrollado completamente su sensibilidad’. Él prefiere enfocarse en generar entendimiento antes que ‘incitar conflictos’. Durante la entrevista del mediodía, el resto del grupo permanece en silencio, salvo para enviar saludos a ARMY y admitir que desean más oportunidades de crossover internacional. Como resume J-Hope: ‘Sería un honor trabajar con cualquiera’.

RM asegura que, más allá de romper nuevos récords, la misión de la banda es promover la individualidad, algo que no siempre se fomenta en Corea del Sur. ‘Especialmente en Corea, existen todos estos estándares: casarte, entrar a una buena universidad’. ¿Y cómo planean transmitir ese mensaje? Sonríe antes de responder: ‘Con mejor música y presentaciones más increíbles’.
Después de agotar entradas en arenas de California, Chicago y Nueva Jersey, BTS ya planea una gira aún más grande por Estados Unidos en 2018. El grupo se mueve en un territorio sin precedentes. A diferencia de PSY, su éxito en el mercado estadounidense no nació de un fenómeno viral aislado; su ascenso en las listas fue gradual y no muestra señales de desaceleración. Aunque en el pasado descartaron la idea de lanzar un álbum completamente en inglés, este año RM ya interpretó versos en inglés en un remix junto a Fall Out Boy y en una colaboración con Wale.
A la 1:30 de la tarde llega el momento de prepararse para su aparición con Jimmy Kimmel. Sigo a BTS desde el estudio de danza hasta el pasillo cercano a su camerino. Hay una mesa plegable cubierta de anillos plateados, collares llamativos y aretes colgantes listos para elegir. En el suelo descansa una enorme bolsa tipo ziplock llena de sandalias Puma idénticas. Después de retocar peinados y ajustar vestuarios, los integrantes suben a las cuatro camionetas Escalade sin el menor alboroto.
Mientras nuestra caravana avanza por Hollywood Boulevard y gira hacia la pequeña calle que conduce al backlot y al escenario al aire libre de Jimmy Kimmel, los vemos: más de mil fanáticos de BTS que estallan en gritos apenas nos detectan. Llevaban horas esperando. Más tarde, Mac Burrus, productor musical del programa, me cuenta que un grupo de cinco adolescentes pasó dos noches completas ahí, en la calle y dentro de bolsas de dormir.
En el green room, por fin llega un momento de calma. Suga y RM comen plátanos. Jin juega en su Nintendo Switch. Jungkook y J-Hope se recargan somnolientos uno sobre el otro en el sofá. V se acuesta en el suelo para que el masajista le ajuste el cuello con una brutal torsión digna de un asesino profesional, antes de acomodarse en otro sillón para ver Carpool Karaoke. Cerca de las cuatro de la tarde, los productores llevan a un par de madres ARMY para un sketch donde molestan a sus hijas —todavía formadas afuera— mediante FaceTime desde el ‘santuario’ de BTS. Más tarde, las chicas regresan y aprovecho para hablar con ellas. Ambas descubrieron a BTS a través de YouTube. Adriana, de 24 años, está aprendiendo coreano ‘despacio pero con seguridad’ para escuchar a los integrantes en su propio idioma. Rosa, de 18, insiste: ‘El idioma no es una barrera cuando se trata de música’.
A las 6:20 de la tarde, BTS se dirige al escenario. Desde atrás, el sonido se parece al de una montaña rusa llena de pasajeros gritando al mismo tiempo. Un trabajador veterano del staff pasa junto a mí con una sonrisa incrédula y murmura: ‘Esto es una locura’.
Desde bambalinas observo cómo la banda arrasa con un set de seis canciones que provoca lágrimas, manos cubriendo rostros y gritos constantes. Durante ‘Save Me’, una canción con ecos de Where Are Ü Now, el público ejecuta un ‘fanchant’ perfectamente coordinado al estilo K-pop, coreando en sucesión rítmica el nombre real de cada integrante. Apenas logro escuchar la música, así que no caigo en cuenta hasta el final de que BTS parece no utilizar pistas vocales de apoyo, como suelen hacerlo grupos estadounidenses o británicos: rapean y cantan cada parte completamente en vivo mientras ejecutan coreografías ininterrumpidas.
Cuando todo termina, poco después de las siete de la noche, un agotado J-Hope se deja caer sobre el asfalto, fuera de la vista del público y de su propio equipo. Respira con dificultad, el pecho agitado y los ojos completamente abiertos. Treinta segundos después se reincorpora y corre para alcanzar al resto de los integrantes de BTS, que ya desaparecen por el pasillo rumbo al green room. Justo antes de doblar la última esquina, una voz chillona estalla detrás de mí: ‘¡Dios mío! ¡J-Hope volteó a verme!’.
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De alguna manera, el Tiny Desk de NPR logró acomodar a los seis integrantes de Foo Fighters en una reciente visita a sus oficinas, donde el grupo interpretó un repertorio de cinco canciones que incluyó sus grandes éxitos y “Spit Shine”, el sencillo de su álbum Your Favorite Toy con el que abrieron la sesión. El entorno abarrotado no pareció afectar a la banda, acostumbrada a los amplios escenarios de estadios; el líder Dave Grohl se inclinó hacia el micrófono para rugir: “Saben que realmente me importa un bledo”, antes de que el resto del grupo tomara el relevo con coros melódicos. Al terminar, simplemente sonrieron y Grohl bromeó diciendo que el micrófono es “el instrumento más difícil de tocar de todos”.
Luego, antes de arrancar con “Learn to Fly”, Grohl le dijo a los presentes lo especial que era este concierto para él. “Es un honor estar aquí”, comentó. “He visto muchísimos de estos programas de Tiny Desk y tengo varios favoritos. Debo decir que cuando vi a Trouble Funk apretujarse en este pequeño espacio de oficina, pensé: ‘No es tan pequeño’… Pero es genial estar aquí”.
El resto del repertorio incluyó “Child Actor” (también de Your Favorite Toy) y dos de los éxitos más emblemáticos de la banda, “My Hero” y “Everlong”, de su álbum de 1997 The Colour and the Shape. Al finalizar, Grohl se acercó nuevamente al micro y dijo: “Gracias, fue muy divertido”, mientras las decenas de empleados de NPR vitoreaban y aplaudían.
Aparte de una presentación en el festival BottleRock Napa Valley, la próxima oportunidad que tendrán los fans norteamericanos de ver a Foo Fighters será cuando regresen para una gira de casi dos meses en agosto, comenzando en el Rogers Stadium de Toronto.
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Durante los últimos años, el afrobeat llegó a la gran industria de la música, y no de manera fugaz —como en muchas ocasiones ocurre con algunos géneros—, sino con la fuerza, el sabor y el baile necesarios para permanecer.
Juan David Loaiza Sepúlveda, más conocido como Kapo, se presentó por segunda vez en el corazón de Bogotá el pasado 10 de mayo, en una noche que seguramente quedará en los libros de historia del afrobeat, gira en la que presenta Por si alguien nos escucha, su segundo álbum.
Las luces completamente apagadas fueron el preludio de la salida de Kapo al escenario, mientras en pantalla se apreciaba lo que será el próximo disco del artista: Afrorosa, una producción basada en la conversación entre la fuerza del afro y la suavidad de la rosa. Así dio inicio el concierto, con una nueva canción que hará parte del álbum, seguida de ‘Imagínate’, el éxito junto a Danny Ocean. Acto seguido, la emoción, los gritos y los aplausos de un Movistar Arena completamente lleno le dieron la bienvenida nuevamente a Kapo en Bogotá, quien, entre lágrimas, agradeció el apoyo de su público más allá del concierto.
El concierto se convirtió —al igual que la primera fecha el pasado 7 de marzo — en una verdadera fiesta crossover. Al igual que en la primera fecha, Nanpa Básico subió al escenario y junto a Kapo demostraron el por que son dos de las voces más versátiles dentro de la gran industria en Colombia; otros dos momentos de suma emoción en donde el corazón de Bogotá se aceleró, fue con la aparición de Manuel Turizo y Greecy, que hicieron que más de un fanático se quedara sin voz; Reykon también hizo saltó al esenario e interpretó ‘Mochilera’, un momento emocionante y al mismo tiempo emotivo; Criss & Ronny, Lion Fiah y Mau y Ricky cerrarón la lista de invitados, habiendo interpretado con estos últimos, su más reciente éxito: ‘Te quiero’ en un escenario alterno al principal.

‘Dónde’ y ‘La villa’, fueron nuevamente -como en el primer concierto- el momento en donde el baile se apoderó del concierto. La emoción de los fans era prácticamente palpable, y el reconocido baile de TikTok se hizo presente, demostrando cómo este nuevo formato de coreografías cortas para redes sociales se ha vuelto fundamental para convertir una canción en la más escuchada.
“Somos artistas, no somos productos. Sí, somos productos, pero del amor”, fue sin lugar a dudas el mensaje más importante de la noche, y el que precedió a una nueva canción de Afrorosa, cargada de una energía contagiosa que seguramente se convertirá en un nuevo baile para redes sociales en el momento de su lanzamiento.
Después de más de dos horas y media de concierto llegó la hora del cierre, un final que rindió homenaje a las dos primeras canciones que convirtieron a Kapo en uno de los artistas más escuchados en Colombia: ‘Ohnana’ y ‘Uwaie’. Un cierre que dejó a su público con ganas de más, con ganas de repetir: “Yo soy tu Kapo, baby”.
Estas dos primeras fechas en uno de los escenarios más importantes de Colombia, son el abrebocas perfecto para lo que será su gira por México, una que sin lugar a dudas seguirá dejando el legado de Kapo y el afrobeat, en lo más alto de la industria musical en español.
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Lo mejor de la música colombiana será galardonado una vez más en una nueva edición de los Premios Nuestra Tierra. Artistas, canciones y álbumes nacionales serán reconocidos por su impacto y aporte a la industria musical, llevando el nombre de Colombia a lo más alto. Desde 2007, estos premios destacan lo mejor de géneros como el urbano, pop, vallenato, tropical, salsa, música popular, rock y alternativa.
En su edición de 2026, Premios Nuestra Tierra será celebrado este 14 de mayo en el Teatro Colsubsidio Bogotá. La gala de la ceremonia contará con presentaciones de primera categoría, con grandes muestras musicales en tarima a cargo de Jhon Alex Castaño, Ela Taubert, Willy García, Manú, Monsieur Periné, Aria Vega, Luis Alfonso y Rafa Pérez.
Premios Nuestra Tierra reconoce a los artistas que trascienden generaciones y persisten en conectar con almas a través de un arte tan único como es la música. Por esto, y más acciones que atribuyen ampliamente a la industria musical, Premios Nuestra Tierra anuncia con orgullo el reconocimiento como Artista Leyenda de Nuestra Tierra a Juanes.
El artista colombiano se ha consagrado como una de las voces más emblemáticas, ganando más de una decena de reconocimientos en Premios Nuestra Tierra a lo largo de su carrera. También hemos sido testigo de su presencia en categorías como Mejor Artista Rock/Alternativo, Álbum del Año y Canción del Año, lo que no solo refleja un papel simbólico en la industria musical colombiana, sino también su habilidad de transformación y conexión con el público. Este tributo destaca no solo el impacto de su obra musical, sino también la huella que ha dejado como símbolo de la cultura colombiana ante el mundo, inspirando cercanía, esperanza y armonía a través de cada una de sus canciones.
En esta edición de Premios Nuestra Tierra, la lista de nominados está encabezada por Beéle, con 18 nominaciones; seguido de Ryan Castro, con 17; Kapo, con 13; y Duplat, con 7. También están nominados artistas y agrupaciones como Morat, Karol G, Kris R, Aria Vega, Shakira y Carlos Vives, entre muchos otros protagonistas de la escena musical colombiana.
El público podrá ser parte de esta celebración musical al emitir su voto por sus figuras musicales favoritas. Algunas de las categorías son: Mejor Artista Global, Mejor Canción Global, Mejor Artista, Mejor Canción, Mejor Artista Revelación, Mejor Productor del Año, Mejor Álbum del Año, entre algunas otras más. Con casi un millón de votos en total, los colombianos escogieron a sus artistas favoritos en las diferentes categorías, consolidando a los premios como una plataforma que impulsa y proyecta el talento colombiano a nivel nacional e internacional.
Violeta Bergonzi, Danny Galvis, Sandra Bohórquez y David Quintero serán los presentadores de Premios Nuestra Tierra 2026, una velada cargada de emoción, música y nacionalismo. La noche podrá verse el 14 de mayo desde las 4:00 p. m. hasta las 10:00 p.m. en la página de los Premios Nuestra Tierra, la App de Canal RCN y la App de RCN Radio.
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¿Son las expresiones artísticas realmente genuinas, o un simple producto que puede comercializarse en épocas de capitalismo tardío? Esta pregunta, aunque parece profunda y ha sido abordada por varios filósofos y estudiosos contemporáneos, tiene una respuesta simple y a la vez desesperanzadora: el arte siempre ha sido un producto de consumo dentro de la sociedad.
Esto no quiere decir que todas las expresiones artísticas —ya sean pinturas, esculturas, fotografías o canciones— hayan sido concebidas desde una mirada netamente comercial. En cambio, implica que el capitalismo y las llamadas industrias culturales siempre encontrarán la manera de hacer dinero a partir de ellas, incluso si eso significa arrancarles su esencia o, en algunos casos, apropiarse de la de otras culturas para convertirla en productos de consumo masivo.
Este enfoque toma particular fuerza cuando se observa la industria musical, especialmente en su comportamiento reciente. No es un secreto que una de las tendencias más visibles hoy es el regreso a las llamadas “raíces”, entendidas, en términos simples, como aquellos ritmos tradicionales y populares con los que crecieron los artistas. Estas corrientes van desde géneros ya asentados en el mainstream —como la salsa, la cumbia o el bolero— hasta otros mucho más autóctonos y menos conocidos por el público general, pero profundamente ligados a tradiciones culturales específicas. No hace falta ahondar demasiado en playlists globales o redes sociales para identificar ese patrón: artistas que antes construían su identidad desde una estética más ostentosa y desvinculada de estos sonidos, hoy parecen atravesar procesos de reconexión e introspección en busca de sus orígenes.
Lejos de ser un fenómeno espontáneo, esta tendencia responde a transformaciones más profundas en la manera en que la industria produce, distribuye y posiciona sus contenidos. En un ecosistema dominado por plataformas como Spotify, donde la diferenciación es clave, lo local —lo identitario, lo “auténtico”— se ha convertido en un valor especialmente atractivo y, sobre todo, altamente explotable, y aunque pueda parecer una tendencia reciente, este tipo de dinámicas no es nuevo.
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De Adorno a C. Tangana: cómo la industria convirtió las raíces en tendencia
Theodor Adorno, Max Horkheimer y la Escuela de Frankfurt son nombres indispensables en cualquier facultad de comunicación alrededor del mundo. Su relevancia radica en que, a pesar de haber sido formuladas hace casi un siglo, sus ideas siguen vigentes y permiten entender cómo opera la sociedad, la cultura y, en este caso particular, la música en la actualidad.
La Escuela de Frankfurt fue una escuela compuesta por un grupo de pensadores alemanes del siglo XX que se dedicó a analizar críticamente la sociedad, la cultura y los efectos del consumismo en la vida cotidiana. Entre sus figuras más influyentes se encuentran Adorno y Horkheimer, quienes plantearon un término que revolucionaría los estudios culturales y sociales: la industria cultural. Introducido en su obra Dialéctica de la Ilustración (1944), este concepto describe un sistema en el que la producción de obras culturales queda subordinada a las lógicas del mercado y a las estructuras del capitalismo tardío.
A diferencia de formas culturales anteriores, que respondían principalmente a impulsos creativos o expresivos, la cultura producida bajo esta lógica comienza a diseñarse para satisfacer demandas de consumo y generar beneficios económicos. En ese proceso, el arte pierde parte de su capacidad crítica y emancipadora, y se convierte en un vehículo de entretenimiento estandarizado que, más que desafiar al espectador, tiende a reafirmar normas y valores dominantes.
En esta línea, Adorno insistía en la necesidad de distinguir entre un “arte auténtico”, capaz de incomodar y transformar al espectador, y un “arte de masas” pensado para el consumo pasivo. Este último, al operar bajo principios de simplificación y repetición, no solo homogeniza las obras, sino también las formas en que el público las percibe y las interpreta.
Sin embargo, esta aparente homogeneización no implica la desaparición de la diferencia cultural. Por el contrario, en el panorama contemporáneo, la industria no solo produce contenidos estandarizados, sino que también incorpora elementos de diversidad —estéticos, geográficos o identitarios— como parte de su propia lógica. Lo que en otro momento pudo haber sido marginal o local, hoy se integra en circuitos globales de producción y consumo, muchas veces adaptado para responder a las dinámicas del mercado. Es en este punto donde las llamadas “raíces culturales” adquieren un nuevo significado: ya no solo como expresión identitaria, sino también como un recurso capaz de generar valor dentro de la industria.
Hay que ser claros en algo: este interés por explorar las raíces no es nuevo ni mucho menos novedoso. Desde inicios del siglo XXI, varios artistas bien posicionados como Shakira, Calle 13 o Tego Calderón ya habían incursionado en este terreno, algunos incluso con gran impacto dentro del medio. Sin embargo, el punto de inflexión llegó con la pandemia de 2020. Durante ese periodo, el consumo de series, películas y música se incrementó de forma significativa, al punto de que la propia industria comenzó a replantearse qué se escucha, cómo se escucha, pero especialmente, cómo se crea. En otras palabras: estaba buscando un diferencial.
Antes de ese momento, ya comenzaba a gestarse en España una corriente que buscaba fusionar sonidos contemporáneos con tradiciones musicales clásicas y autóctonas. Un ejemplo claro es Rosalía con El mal querer, un proyecto que supuso una verdadera revolución dentro de la música en español. Sin embargo, tras la pandemia, otro artista terminó de demostrar el potencial comercial de esta propuesta: C. Tangana con El Madrileño.
El álbum fue un éxito en múltiples niveles: construyó un archivo sonoro que conectó a nuevas generaciones con la música de sus padres y abuelos, conquistó tanto a la crítica como al público y, además, obtuvo resultados comerciales contundentes. Así, esta corriente dejó de ser una exploración aislada para consolidarse como una tendencia con valor dentro del mercado.
En este punto, y al igual que en la época en la que Adorno y Horkheimer desarrollaron sus ideas, las vanguardias vuelven a ocupar un lugar central. Entonces, como ahora, estas formas de “arte auténtico” no permanecen al margen del sistema, sino que terminan siendo absorbidas por las industrias culturales, que las reinterpretan y las integran dentro de sus propias lógicas de producción y consumo.
Desde ahí, la industria se volcó hacia este movimiento, capitalizando discursos de introspección y conexión cultural incluso en artistas que, hasta entonces, no estaban vinculados a esos entornos. El resultado ha sido diverso: por un lado, han surgido proyectos con una intención estética y cultural profunda, capaces de articular tradición y contemporaneidad de forma convincente y de conectar tanto con la crítica como con el público. Por otro, también han proliferado propuestas que se quedan en la superficie, con narrativas de “autenticidad” prefabricadas y apropiaciones de ritmos y tradiciones que, aunque se presentan como propias, responden más a una lógica de mercado que a un vínculo real con esas culturas.
Lo hemos escuchado antes
Desde éxitos masivos como ‘Waka Waka (Esto es Africa)’ de Shakira, hasta ejercicios más recientes de reconexión cultural como DeBÍ TiRAR MáS FOToS de Bad Bunny, la industria musical ha encontrado en las raíces un lenguaje capaz de circular con fluidez entre mercados globales. En el primer caso, la canción oficial del Copa Mundial de la FIFA 2010 retoma elementos de ‘Zangalewa’ del grupo camerunés Golden Sounds, un tema originalmente asociado al contexto militar que, a través de su estribillo evoca dinámicas colectivas y de resistencia.
Este “remake” derivó en debates ampliamente mediatizados en torno a apropiación, visibilidad y compensación cultural. Aunque el tema funcionó como vitrina global para sonoridades africanas, también puso en evidencia cómo estas pueden ser reconfiguradas bajo lógicas comerciales que privilegian su exportación por encima de su contexto original, incluso por artistas que no comparten necesariamente una nacionalidad o cultura enraizada.
Algo similar ocurre con la producción más reciente de BTS, que incorpora ‘Arirang’, una canción tradicional coreana reconocida por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial, dentro del concepto y el storytelling de su obra. A través de presentaciones y arreglos contemporáneos, el grupo reintroduce este símbolo identitario a audiencias globales, resignificándolo en clave pop. Sin embargo, lo sigue haciendo dentro de la industria del K-pop, un sistema que, como ha analizado The New York Times, convierte lo local en un producto cuidadosamente empaquetado para el consumo internacional. Este proceso se inscribe en la lógica del Hallyu.
Sin embargo, en América Latina este fenómeno se siente distinto. Va más allá del hit o la viralidad y se asoma en proyectos construidos con el tiempo, donde muchos artistas han hecho de sus raíces el centro de su obra y su discografía, ya sea desde el lenguaje o desde los ritmos. Artistas como la mexicana Natalia Lafourcade, por ejemplo, han desarrollado proyectos como Musas, donde colabora con Los Macorinos (un dúo musical famoso por su tradición folklorista) para reinterpretar el cancionero latinoamericano.
El propio Bad Bunny, especialmente a partir de Un verano sin ti, ha integrado ritmos caribeños y/o puertorriqueños tradicionales como la bomba o la plena dentro de una paleta sonora más amplia, en un gesto que la crítica ha leído como una reivindicación de la identidad cultural de la región, pero también leído como una estrategia de diferenciación dentro del mercado global del streaming.
Estos ejemplos permiten observar un patrón en el que la identidad cultural no desaparece dentro de la industria contemporánea, sino que se reconfigura.
La pregunta, entonces, no es si estas expresiones son genuinas o no, sino bajo qué condiciones se producen y cómo circulan. En ese punto, la discusión se desplaza hacia identificar en qué momento dejan de operar como homenaje cultural y pasan a convertirse en capitalización.
¿Homenaje cultural o producto lucrativo?
Este desplazamiento responde a una serie de condiciones estructurales que han sido ampliamente discutidas en la teoría cultural, tanto contemporánea como clásica. Diversos estudios de etnomusicología coinciden en que esta ruptura entre homenaje y producto comienza cuando los elementos culturales son extraídos de su contexto original y reconfigurados bajo una lógica distinta a las que les dio sentido. Esto, en términos musicales, se refiere a la manera en que diversos ritmos, lenguajes o símbolos, dejan de operar como portadores de memoria y pasan a funcionar como meros recursos estéticos. Un estribillo más. Un sonido de background.
A esto se le suma además, otro factor: la asimetría de poder. Se convierte en apropiación cuando quienes incorporan estos elementos no sólo están desvinculados a la cultura de origen, sino que además encuentran forma de lucrar con ellos (sea económica, simbólica o mediáticamente).
Recordemos el siguiente caso. En 2015, ‘Lean On’, la colaboración entre Major Lazer, MØ y DJ Snake, se convirtió en un fenómeno viral a escala global. Aunque la letra no remite de forma explícita a un contexto cultural específico, el video oficial adopta una estética inspirada en elementos de diversas culturas del sur de Asia, lo que en su momento no generó un debate significativo frente a su éxito.
Sin embargo, una revisión posterior del proyecto, junto con declaraciones de los propios involucrados, abrió la discusión en torno a la apropiación cultural. En una entrevista, la propia MØ reconoció que el videoclip (en el que aparece junto a Major Lazer, DJ Snake y un grupo de bailarines asiáticos interpretando coreografías de estilo Bollywood) puede entenderse, en retrospectiva, como un caso de apropiación cultural.
En este caso y en ese momento, el gesto dejó de responder a una relación con la cultura que lo originó y pasa a responder a las lógicas del mercado que lo redistribuye. Frente a este escenario, la pregunta no es si es posible evitar por completo esa ambigüedad, sino bajo qué prácticas puede gestionarse de manera más ética.
Hablemos de inmersión
La investigación y el vínculo real con la cultura de origen se vuelven fundamentales. No basta con tomar elementos superficiales o estéticos; los proyectos más sólidos parten de procesos de inmersión, diálogo o colaboración que permiten entender el contexto del que emergen esas expresiones.
La colaboración directa con portadores de la tradición aparece como uno de los mecanismos más claros para evitar dinámicas extractivas. La integración de músicos, productores o comunidades vinculadas a esas prácticas no solo enriquece el resultado artístico, sino que también redistribuye el crédito, la visibilidad y sobre todo, el recibimiento. Esto no elimina por completo las tensiones, pero sí modifica la estructura bajo la cual se produce la obra, reduciendo la brecha entre quien representa y quien es representado.
Cuando las raíces se integran desde una experiencia situada, la relación con esa cultura se vuelve menos ambigua y más cercana. Más genuina. Más real. Ahí tenemos artistas como WordsofAzia y su álbum debut Modern Wihegou, o Milo J y La vida era más corta, que además de ser escogido por ROLLING STONE en Español como el mejor disco de 2025, destacó por su profunda inmersión dentro del folclore y la cultura argentina.
Entonces, más que los elementos técnicos como el sonido, los ritmos o las letras, que sin duda inciden en la dimensión identitaria y el valor cultural de una obra, lo que realmente define la diferencia entre homenaje y capitalización son las condiciones que la rodean. Sobre todo en una industria donde, cada vez más, lo local, lo distinto y lo identitario se han convertido en un nuevo tipo de plusvalía.
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El código Omerta ha llegado, y con él, la ratificación de la hermandad que J Balvin y Ryan Castro han forjado con los años. El nuevo álbum de las estrellas colombianas está conformado por 10 canciones, donde, a través de versos feroces y de alto calibre, se deja en claro que la lealtad es innegociable y cada decisión responde a una convicción compartida.
El génesis de Omerta parte de una reinterpretación del concepto homónimo italiano, pero con una perspectiva paisa que se convierte en una filosofía viva, moldeada por los códigos de barrio de Medellín. En esencia, el álbum nos presenta una historia de honor, lealtad y respeto.
Con ritmos sonoros que atraviesan el reggaetón, dancehall, trap y hip-hop, Omerta nos presenta la evolución sonora de Medellín. El focus track, ‘Una a la vez’, se desenvuelve en una base de dancehall con percusión de aire costero y ritmos contundentes, mientras que temas como ‘Dalmation’, construyen una narrativa con sintetizadores futuristas y melodías de marimba.
J Balvin y Ryan Castro estuvieron acompañados de grandes nombres dentro de la industria para este primer álbum colaborativo. ‘GWA’ marca el momento más crudo del disco: una descarga de trap pesado atravesada por la presencia magnética de Eladio Carrión. Luego, ‘Tonto’ lleva la propuesta hacia un terreno más amplio y ambicioso, donde DJ Snake aporta una nueva textura sin romper la cohesión del universo de Omerta. El desenlace llega con el tema que da título a este nuevo material, una producción de SOG que termina convirtiéndose en el corazón introspectivo del proyecto.
J Balvin se ha consolidado como una de las figuras más influyentes en la historia de la música urbana. Su trayectoria representa la expansión global de un movimiento que llevó el sonido latino, el idioma y su identidad cultural a escenarios internacionales. Gracias a su impacto, numerosos artistas de la música latina han encontrado un camino mucho más accesible dentro de la industria global, algo difícil de imaginar antes de la irrupción de Balvin. Por otra parte, Ryan Castro ya no es una promesa musical de Colombia, sino una voz que actualmente se encuentra en una cima artística innegable. Omerta hace una reflexión sobre el traspaso de responsabilidades entre los caminos artísticos en los que se encuentran los cantantes.
La producción encuentra uno de sus puntos más profundos cuando J Balvin pronuncia “Ryan no te dañes”, una frase breve que funciona como una especie de advertencia silenciosa sobre todo lo que implica sobrevivir dentro de la industria. No suena paternalista; se percibe como la voz de alguien que ya atravesó el peso de la exposición, la fama y las expectativas. Lejos de esquivar ese mensaje, Ryan Castro responde desde la seguridad de quien entiende que mantenerse firme también es parte del éxito. Su intervención gira alrededor de la disciplina y la lealtad personal, incluso cuando el entorno empuja hacia otras direcciones. En paralelo, Balvin utiliza el coro —“All eyez on me, Aprendan todos de mí, Follow me rookie”— para replantear lo que significa convertirse en referente. La idea no apunta a crear imitadores, sino a demostrar que es posible ocupar un lugar central sin desconectarse de la propia identidad. Más que enseñar, se trata de proponer una manera de permanecer.
Tracklist Omerta:
1. ‘Una a La Vez’
2. ‘Dalmation’
3. ‘Melo’
4. ‘GWA’ ft. Eladio Carrión
5. ‘Medetown’
6. ‘Bengali’
7. ‘Pal Agua’
8. ‘Viernes’
9. ‘Tonto’ ft, DJ Snake
10. ‘Omerta’ ft. SOG
Escucha aquí Omerta:
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