El fenómeno de BTS vuelve a ocupar el centro de la escena global con un nuevo especial de Rolling Stone que reúne a todas sus ediciones internacionales en una cobertura sin precedentes.
En esta ocasión, la banda surcoreana protagoniza una producción que no solo incluye una entrevista exclusiva en profundidad, sino también una serie de contenidos que exploran su presente artístico, su impacto cultural y el vínculo único que mantienen con su audiencia alrededor del mundo.
El especial, producido por Rolling Stone US, propone un retrato coral del grupo integrado por RM, Jin, Suga, J-Hope, Jimin, V y Jungkook. A través de conversaciones individuales y colectivas, el artículo profundiza en el momento actual de cada integrante —marcado por proyectos solistas, servicio militar y redefiniciones personales—, al mismo tiempo que traza una mirada sobre el futuro del grupo como unidad. La cobertura se completa con una producción fotográfica exclusiva, material detrás de escena y piezas audiovisuales pensadas para plataformas digitales.
En Argentina, parte de este contenido formará parte de la edición impresa de mayo de Rolling Stone Argentina, que llegará a los kioscos de revistas y luego a la web de Colecciones La Nación con una propuesta especial: una tapa doble, en la que una de sus portadas estará dedicada a BTS.
Créditos de la foto de apertura de esta nota:
Fotografía: Pak Bae
V: Chamarra Simone Rocha, camisa Ami, pantalones Maison Margiela, joyería Celine y Cartier.
SUGA: Chamarra Enfants Riches Déprimés, camisa SSSTEIN, joyería Werkstatt München.
JIN: Camisa Rick Owens, joyería Fred.
JUNG KOOK: Todo el outfit Calvin Klein Collection, brazalete Werkstatt München, reloj Hublot.
RM (OUTFIT BLANCO): Outfit Taekh, camisa Ann Demeulemeester.
RM (OUTFIT NEGRO): Outfit Rick Owens, zapatos Guidi, collar Werkstatt München.
JIMIN: Chamarra John Lawrence Sullivan, suéter Our Legacy, pantalones y joyería Dior.
J-HOPE: Chamarra Juun.J, camisa Post Archive Faction, reloj Audemars Piguet, anillos Louis Vuitton, collar SCHO.
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“Con profunda tristeza despedimos al querido Felipe Staiti, un talento inmenso de nuestra tierra y pieza fundamental de la historia del rock mendocino. La cultura de Mendoza pierde a uno de sus guitarristas más brillantes e irreemplazables. Recordaremos para siempre tu música. ¡Hasta siempre, Felipe!“, escribió Diego Gareca, secretario de Cultura mendocino, en sus redes sociales.
Así anunció la muerte de Felipe Staiti, guitarrista y fundador de los Enanitos Verdes, a los 64 años. El músico estaba internado en el Hospital Italiano de la provincia de Mendoza y falleció el lunes por la tarde, tras sufrir complicaciones de salud.
A finales de 2024, tras concluir la gira latinoamericana por el 40° aniversario del álbum debut de la banda, Felipe Staiti enfrentó un grave cuadro de salud. Según detalló el diario Los Andes, una infección bacteriana contraída en México, agravada por su celiaquía, le provocó una deshidratación severa. Debido a esto, el músico permaneció internado durante un mes en el Hospital Italiano de Mendoza.
En aquel entonces, el guitarrista describió su crisis como un “reseteo” físico total: perdió 15 kilos y sufrió secuelas en su musculatura vocal, lo que obligó a la banda a cancelar presentaciones en festivales como Santiago Rocks en Chile y diversas fechas en Colombia y Perú. Este duro proceso coincidió con un rol histórico para Staiti, quien tras la muerte de Marciano Cantero en septiembre de 2022, quedó como el único integrante fundador de Enanitos Verdes. Así, además de atravesar el duelo por su compañero, debió asumir el desafío de liderar el grupo y convertirse en su voz principal.
Enanitos Verdes alcanzó recientemente un récord sin precedentes para el rock nacional. A fines de marzo, su hit “Lamento Boliviano” superó las mil millones de reproducciones en Spotify, marcando un hito para la música argentina en las plataformas de streaming.
“Todo arrancó en mi casa. Con Marciano nos empezamos a juntar en mi habitación, él con su bajo y yo con mi guitarra”, le contó Felipe Staiti al periodista de Rolling Stone Oscar Jalil sobre los inicios de los Enanitos Verdes y el comienzo de una alianza compositiva con Marciano Cantero para la nota Nuestra vida en 20 canciones. “En ese momento, el único elemento era la ilusión, porque no había ninguna realidad, solamente las ganas de tocar”. Escribía Jalil: “La casa familiar de los Staiti aún espera por una placa que indique el punto cero de una de las historias más relevantes del rock latinoamericano: ubicada en el número 213 de la calle Gutenberg, en la zona oeste de Mendoza Capital, el lugar parece otro eslabón secreto de una larga lista de logros poco reconocidos fronteras adentro para la banda que junto a Soda Stereo, Virus y Zas lideró la conquista del continente en la década del 80. Pero a diferencia de sus pares, los Enanitos Verdes nunca detuvieron su motor: giras interminables, plena actividad discográfica y ventas que superan los cuatro millones de discos vendidos son solo algunas de las razones para trazar una merecida reparación histórica o, al menos, recuperar un glosario de perfecta caligrafía pop”.
Sobre el hit, decía Marciano Cantero: “La historia del rock mendocino tiene muchas bandas que hicieron que todo sucediera, y Alcohol Etílico es una de ellas. Los Enanitos Verdes fuimos muy fans, y en un momento Sergio Embrioni, que fue parte de nuestra banda, también fue miembro de Alcohol Etílico. Nos relacionamos de varias maneras, y de hecho tocamos juntos muchas veces. De todas sus canciones, siempre nos encantó “Lamento boliviano”. La tocábamos en las pruebas de sonido y, por lo general, alguien que estaba escuchando, ajeno a la banda, nos decía: “Qué buena que está esa canción”. Con ese espíritu, decidimos grabarla y darle una oportunidad. Me acuerdo de que Los Chaskis se hicieron cargo de la parte de sikus y flautas andinas. Habíamos grabado un demo en el que Felipe tocó un solo muy bonito. Le sugerí que volviera a tocar lo mismo para el registro definitivo. Estábamos en Los Ángeles, entonces alquiló una Fender Stratocaster de los 60: la guitarra y el equipo venían directamente de la casa de Jeff Beck, que había sido el último en utilizar esa viola. Felipe grabó el solo en lo que demoró en tocarlo y quedó una pieza de música maravillosa… La canción dice mucho más de lo que uno se imagina. Intenta sintetizar el sentir de los latinoamericanos”.
Por su parte, Staiti completaba: “Este es un verdadero emblema del rock mendocino. Alcohol Etílico era una banda que no tuvo popularidad, pero sí grandes canciones. El ‘Lamento’ es el fiel reflejo de esas composiciones que, una vez descubiertas, trascienden a su autor para transformarse en himnos que le pertenecen a la gente. Hice algunas actuaciones con esta banda de amigos de la adolescencia y cada vez que tocábamos el ‘Lamento’ sentía que merecía otra oportunidad. Ya había sido grabada por Alcohol Etílico sin pena ni gloria. Llegó el momento de grabar Big bang y la hicimos. Los resultados aún son visibles. Es la canción más versionada de nuestro repertorio”.
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“Tiene el mejor lápiz que escuché en la vida, es una bestia de la música”, dijo Duki a fines de marzo de 2025, durante uno de sus conciertos en el Antel Arena de Montevideo. Se refería a Zeballos, el ascendente rapero uruguayo que acaba de lanzar “Malparido”, un auspicioso feat con el emblema del trap argentino. “Siempre es muy lindo recibir palabras así, sobre todo de alguien cuya trayectoria he seguido tanto y que conoce la suficiente música y raperos como para no decirlo a la ligera”, le dice Zeballos a Rolling Stone desde Montevideo. “Ya luego tuvimos tiempo de charlar y mostrarnos un tremendo respeto mutuo. Además no solo me nombró a mí sino también a otros raperos de la escena uruguaya muy importantes como Mili Milanss y eso habla de lo involucrado que sigue con todo lo que pasa en la movida”.
“Malparido” es una suerte de track oculto (o bonus track) de Amor fiado, el nuevo álbum de Zeballos, que se lanzó el 19 de marzo. “Es un proyecto distinto a todo lo que habíamos hecho antes. Le metimos muchísimo laburo para que llegue a ser lo que es hoy”dice el rapero charrúa. “El año pasado fuimos un tiempo a Los Ángeles, donde estuve trabajando con Christian Rich, que han laburado con gente como Drake, Mac Miller y A$AP Rocky, entre otros. Con ellos terminamos de encontrar el sonido que nació en España durante un viaje de unos meses que hice por allá. En el caso de ‘Malparido’, en Madrid había trabajado el beat con Andrés Yuma, un productor muy talentoso que ha hecho muchas canciones con gente muy grossa como Rels B. Con Duki nos veníamos hablando hacía tiempo y coincidimos en Buenos Aires este verano. El álbum ya estaba casi cerrado, con colaboraciones de personas que admiro hace mucho, pero esta junta le terminó de dar a Amor fiado el sonido de alto impacto y de alta calidad que buscábamos. Fue un tremendo broche para un álbum muy especial”.
La colaboración ocurrió en el mes de febrero, en Buenos Aires. “Desde hace mucho tiempo que veníamos hablando de juntarnos y finalmente coincidimos. Estuvimos en el estudio con Yesan que es un fenómeno también, escuchando un poco de lo que había hecho ya para Amor fiado y cuando escuchó ‘Malparido” él supo ver que era la canción para meterse. Creo que aprendemos algo de todas las personas que vemos en ese contexto de grabación, cada artista tiene sus mañas y su impronta a la hora de hacerlo”, expresa Zeballos sobre esa experiencia. “Algo que sin dudas compartimos y que quizás sea lo más importante, para mantener el hambre en esto, es un amor y un respeto tremendo por lo que hacemos”.
Duki ocupa un lugar destacado en la banda de sonido de la vida de Zeballos, pero él le otorga un vajor generacional. “Más que solo en la mía creo que a día de hoy es innegable que es alguien que hace muchos años, ininterrumpidamente, se hace presente en la vida de la gran mayoría de la gente que conozco”, afirma el artista uruguayo sobre su colega.

Zeballos sabe que está frente a un mojón en su carrera. “Es una colaboración importante y la vivo como parte de un proceso más grande. Siento que es un logro, sí, pero también que se conecta directamente con todo lo que venimos construyendo”, argumenta. “En el camino previo a Amor fiado hubo cruces muy distintos, como con Wesley Schultz o con Natos y Waor, y siento que cada uno de esos encuentros fue sumando desde un lugar diferente y también consolidando mi búsqueda que tiene mucho de experimentar y de concretar cosas que a veces parecen imposibles”.
Más allá de la colaboración con Duki, Zeballos participó en “La distancia”, un tema incluído en Esto tampoco soy yo, el primer disco como solista de su compatriota Juan Campodónico. “Juan es alguien a quien respeto mucho, no solo por su trayectoria y lo que representa para la música uruguaya sino por la forma en la que la entiende. Fue un cruce interesante porque logramos combinar nuestras formas de hacer arte, que es algo que siempre caracterizó su proceso creativo. Él tiene una manera muy particular de construir, más desde lo conceptual, y eso te lleva a pensar la canción desde otro lugar. Me encanta salirme de lo que esperan que haga y esta fue una oportunidad excepcional para hacerlo”, celebra.
Amor fiado es un escalón importante en su carrera, con presentaciones agendadas en el Microestadio de Ferro en Buenos Aires, el 13 de junio (entradas acá), y en el Antel Arena de Montevideo, el 20 del mismo mes (entradas acá). “La verdad es queme agarra en un momento donde tengo más claro quién soy y tengo la madurez para identificar qué quiero decir y cómo hacerlo. Con los shows, lo que más me interesa es poder llevar todo eso al vivo. Venimos laburando mucho en cómo traducir el álbum al escenario, en que sea una experiencia que vaya más allá de las canciones. Tanto Ferro como el Antel Arena son desafíos grandes. En el caso del Antel, tiene un valor especial porque lo siento como un logro colectivo, por lo que implica para el género y para la escena local. Y en Argentina también es un show muy importante para mí. Hace tiempo que no hago un show propio en Buenos Aires —el último fue en 2024 en el Estadio Obras, que estuvo explotado—, así que volver con este proyecto me genera mucha emoción… Lo vivo con mucha responsabilidad, pero también con muchas ganas.
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Al final del que sería el último concierto de los Sex Pistols, en San Francisco, enero de 1978, Johnny Rotten le preguntó al público: “¿Alguna vez tuvieron la sensación de que los habían estafado?”.
Casi medio siglo más tarde, este sábado, al final del concierto de Public Image Ltd. en Buenos Aires, el público de John Lydon puede que se haya retirado con otra sensación, más grata que la de autopercibirse engañado: la impresión de haber apostado por el equipo correcto.
Eso decían las caras, sonrisas, palmas y cantos, incluso las cariñosas puteadas (requeridas oportunamente por el propio cantante) de la compacta multitud de melómanos senior que colmó el Complejo C Art Media, no sólo para disfrutar de un concierto sino para reencontrarse (con una banda que ya “vino” otras veces, con pares, consigo mismos, con la historia viva del rock y con la historia personalísima).

Por las dudas: Rotten y Lydon son la misma persona. Al primero le bastó un par de años al frente de los Pistols para irrumpir en la cultura rock, romper todo y volver a salir rápidamente. El segundo se reinventó de manera radical después del terremoto Pistol, al frente de una “nueva” banda, Public Image Ltd., que como banda nueva ya viene durando unas veinticinco vidas más que los padres fundadores del punk (hoy, otra vez activos, aunque sin Rotten/Lydon ni material nuevo ni nada que se le parezca).
Y, sin embargo, lo interesante y gratificante y para nada decepcionante es que PiL sostiene en 2026 esa capacidad de sonar “novedoso”. Por varias razones, que se pudieron apreciar en su gran concierto porteño (antecedido por uno en Rosario y seguido de uno en Mar del Plata, curiosamente):
1. Porque su concepto de post-rock (no solo “post-punk”), es decir la operación de destripar y deconstruir la canción rock, preservando su potencia, pero desentendiéndose de sus clichés conservadores, complacientes y fatalmente autoindulgentes, no se podría decir que sea una fórmula excesivamente usada y escuchada (como sí ocurre con el manual de estilo punk-rock), a pesar de tener ya medio siglo (¡!).
2. Y, por otra parte, esa fórmula es de algún modo la anti-fórmula: como lo hicieron en Buenos Aires, Lydon y sus músicos toman en vivo las bases de canciones viejas o recientes de PiL y hacen con ellas lo que les place en extensas improvisaciones más deudoras del kraut rock, el dub, la no-wave, el free-jazz y George Clinton y The Pop Group, que del 1-2-3-¡vamos! a lo Ramones. Una libertad rara y estimulante, en tiempos de shows pautados, coreografiados, precocidos y controlados al detalle. Incluso cuando tocaron, en Chacarita, “Rise”, su número más pop y su manifiesto, lo que entregaron fueron partes iguales de “canción” y de base+noise+impro y una sucesión insistente e hipnótica y tribal del mantra-PIL que asegura que “la ira es energía” y que Lydon escupe con una voz llamativamente entera a sus 70 años, cumplidos el 31 de enero.
3. El paso del tiempo jugó a favor de PiL en un sentido: se podría inferir que las muy mejoradas condiciones audio-técnicas hoy permiten disfrutar de otra manera el dispositivo Public Image. Por ejemplo, ese sonido de guitarra ultracargado de efectos, legado del primer guitarrista de Public Image, Keith Levene, y en manos ahora, otra vez, del histórico Lu Edmonds (que supo pasar brevemente por The Damned). Lo mismo con la atronadora base de bajo y batería, en la misma línea que aquellos Jah Wobble y el enorme y exMinistry Martin Atkins (entre otros ilustres ex PiL), pero hoy con una claridad difícil de apreciar años atrás. El post-punk siempre fue un desafío para los sonidistas, pero hoy deslumbra, por ejemplo, en el bombástico “This is Not a Love Song”, quizás el mejor momento del sábado, junto con “Death Disco”, con un Lu Edmonds protagónico y dando una clínica de guitar anti-hero post-punk en cinco minutos, con todo y citas a El lago de los Cisnes.
Ah, sí, y está ese otro tema… Lo del John Lydon al que se le escapa el Rotten, bastante seguido, con sus declaraciones incorrectas, derechosas, incómodas, cuando no Trumpistas, brutales o simplemente brutas. Molestas, sobre todo, y leídas por muchos como alta traición al punk, por más que Lydon lleve ya cinco prolíficas décadas renegando del punk, sin atenuantes ni eufemismos.
Pero nada de eso aparece en el escenario de Chacarita ni desvía la atención de Lydon de la música, a la hora de la verdad. A pesar de la leyenda y de la lógica del hate bait, PiL en vivo es una banda de rock concentrada en la música. Apenas flashes e indicios de ese otro personaje; el viejo iconoclasta, que se suena la nariz (sin pañuelo ni elegancia; “me resfrié”, se disculpa), que invita al público a exclamar “fuck you” y “fuck off” o propone que le dediquen los mejores insultos que tengan a mano. Aunque a cada pequeño gesto de punkitud, Lydon lo completa con una sonrisa cálida y un agradecimiento que parece más sentido que sus desconcertantes diatribas anti-woke.
Sin polémicas, sin artificios, Lydon se enfoca puramente en la música, con una banda intencionalmente simple y compacta, pero a la vez dinámica e inventiva. Podría tener razón o no, pero ese es hoy su acto más auténticamente contracultural. Quienes, en el volantazo de Lydon desde el punk-rock hacia aguas menos previsibles, vieron riesgo y no traición, seguramente no se sentirán estafados.
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En una maniobra que combina la mística de sus años dorados con una campaña de marketing de guerrilla, los Rolling Stones lanzaron este sábado 11 de abril de 2026, un misterioso vinilo de 12 pulgadas firmado por The Cockroaches. Lo que comenzó como un rumor en los foros de coleccionistas se confirmó en se trata de “Rough and Twisted”, el nuevo single oficial de Sus Majestades Satánicas. La distribución fue selectiva y casi azarosas: algunas copias llegaron a disquerías independientes de Londres, pero también un coleccionista italiano reportó una única copia en una tienda de Milán.

El uso del alias no es casual. “The Cockroaches” (Las Cucarachas) es el nombre de guerra que la banda ha utilizado históricamente para anunciar shows secretos en clubes pequeños, una tradición que se remonta a su legendaria presentación en El Mocambo en 1977. En esta ocasión, la campaña incluyó carteles callejeros en el barrio de Camden con la provocadora frase “Who the fuck are The Cockroaches?”, un guiño directo a las icónicas remeras que los integrantes de la banda popularizaron en la década del 70.
“Rough and Twisted” tiene un sonido crudo,que remite a Exile on Main St., el clásico de 1972. Un riff poderoso con el sello de Keith Richards y un rol protagónico de Mick Jagger, que interpreta la armónica y le da un toque blusero y visceral a la canción.
El sábado, desde sus cuentas oficiales en redes sociales, los Stones anunciaron el lanzamiento de una serie de playlist. “Esta serie de listas de reproducción profundiza más allá de los grandes éxitos de The Rolling Stones para destacar qué canciones están escuchando los 30 países con más reproducciones: ¡debajo de los hits! Cada semana se lanzarán 5 nuevas playlists; ¡las primeras son las de Argentina, Francia, México, Reino Unido y Estados Unidos! Algunas canciones aparecen de manera constante en todo el mundo, ¡pero cada país tiene su propio sabor stone particular! Escuchalas en el Spotify de los Stones o tocá en las historias destacadas…”, decía la publicación.
El sucesor de Hackney Diamonds (2023) saldría en algún momento del mes de julio, y el título según trascendió es Foreign Tongues. La producción volvería estar a cargo deAndrew Watt, que a la vez colaboró con el inminente disco de Paul McCartney.
En el mundillo local, crecen las expectativas por lo que todavía es solo un rumor, la posible visita del grupo, en un formato de residencia, en cunco presentaciones en el estadio de River Plate, aunque los conciertos serían más espaciados a los que ofrecieron en su debut en la Argentina, entre el 9 y el 16 de febrero de 1995, en el marco de Voodoo Lounge Tour. La patria stone se ilusiona y prende velas.
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Los Rolling Stones estrenarán el sencillo “Rough and Twisted” para lanzar su nuevo disco, el cual será el número 25 de su discografía. Ahora, ojo, “Rough and Twisted” no estará disponible en plataformas de streaming, saldrá únicamente solo en vinilo, y en una edición especial sin sello discográfico, bajo el nombre de The Cockroaches, un […]
El cargo Los Rolling Stones anuncian su álbum de estudio número 25 apareció primero en WARP.la.
El debate sobre separar al artista de su obra rara vez ha sido tan evidente como en el caso de Kanye West. A estas alturas, pocos discuten su capacidad para crear canciones y proyectos que marcaron a más de una generación. Discos como Graduation (2007), My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010) o The Life of Pablo (2016) no solo lo demuestran, sino que consolidan una carrera impulsada por un talento desbordante, una personalidad irreverente y una ambición que, en su punto más alto, lo llevó a ser el artista más grande del planeta. Sin embargo, esa ambición desmedida—como sugiere C. Tangana en la canción del mismo nombre— también ha sido el motor de su propia caída.
A pesar de nunca haber sido una persona convencional, causando escándalos y polémicas por sus actitudes y sus letras, en los últimos años el cantante y productor ha cruzado un límite. Si bien episodios como la cancelación abrupta de su gira en 2016 y su posterior hospitalización ya anticipaban un desgaste personal y mediático, el verdadero punto de quiebre comenzó a consolidarse en 2018, cuando su apoyo abierto a Donald Trump —incluyendo su aparición con la gorra “Make America Great Again” y su visita a la Casa Blanca— lo distanció de buena parte de su audiencia.
A partir de ahí, sus intervenciones públicas dejaron de ser vistas como excentricidades y empezaron a percibirse como declaraciones problemáticas, una tendencia que se intensificó en 2020 con su fallida candidatura presidencial. Sin embargo, el punto más crítico llegó en 2022, cuando además de su divorcio de Kim Kardashian, una serie de comentarios antisemitas en entrevistas y redes sociales provocaron la suspensión de sus cuentas, la ruptura de contratos millonarios —incluida su alianza con Adidas— y un rechazo casi unánime por parte de la industria
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A pesar de todos estos episodios —que dejaron de ser simplemente “polémicos” para entrar en el terreno de los discursos de odio—, la relación entre Kanye West y su público nunca se rompió del todo. Cada nueva controversia, cada retraso en sus proyectos y cada lanzamiento que no cumplía las expectativas —Donda 2 o Vultures 2, por ejemplo— venían acompañados de una reacción casi predecible: sus fans salían a defenderlo en redes sociales, especialmente en X y TikTok. Las justificaciones variaban —sus problemas de salud mental, su entorno, su genio incomprendido—, pero el argumento de fondo era siempre el mismo, convertido ya en meme: “pero hizo Graduation”, dejando claro que, para muchos, su obra pesa más que sus actitudes.
Este comportamiento, aunque podía escandalizar a algunos, no es nuevo en lo absoluto. Los seguidores de West han tendido históricamente a validar —e incluso celebrar— casi todo lo que hace, independientemente de sus implicaciones. Un ejemplo claro son sus ya conocidas interacciones con Taylor Swift: desde interrumpirla en los MTV Video Music Awards de 2009 hasta afirmar años después, en una de sus canciones, que “él hizo a esa perra famosa”. Lejos de generar un rechazo sostenido entre su base de fans, estos episodios fueron recibidos con humor, complicidad e incluso admiración, al punto de convertirse en memes y merchandising.
Este patrón de reacción no es casual ni exclusivo del fandom de Kanye. Responde, más bien, a una forma bastante común en la que percibimos a las figuras públicas. En psicología, esto se conoce como el efecto halo: un sesgo que hace que una cualidad particularmente destacada termine influyendo —o incluso distorsionando— la manera en que evaluamos todo lo demás. En el caso de Kanye West, su talento —probado una y otra vez a lo largo de su carrera— no convierte necesariamente sus errores en algo aceptable, pero sí los vuelve secundarios. Cada polémica, por grave que sea, termina siendo absorbida por el peso de su obra, como si su capacidad artística funcionara como un filtro que reduce el impacto de todo lo demás. Así, más que separar al artista de su obra, el público parece hacer lo contrario: usar la obra para justificar, relativizar o simplemente dejar en segundo plano al artista. El canal de youtube Proyecto Escolar realizó una serie de pulsos a las afueras del concierto del artista en México, evidenciando este comportamiento.
A pesar de ese respaldo constante —casi automático— por parte de su público, West pareció reconocer que había cruzado un límite. En enero de 2026, el artista publicó una disculpa pública en forma de anuncio pagado en The Wall Street Journal, bajo el título “To Those I’ve Hurt” (“A quienes he lastimado”). Allí, no solo admitía haber causado daño, sino que se mostraba explícitamente arrepentido: “me avergüenzo profundamente de mis acciones”, escribió, reconociendo que durante años dijo e hizo cosas de las que hoy se arrepiente . Lejos de ser un mensaje superficial, la carta buscaba dar contexto a su comportamiento, señalando que había “perdido el contacto con la realidad” en distintos momentos de su vida reciente.
En ese mismo texto, West intentó explicar el origen de esa desconexión. Atribuyó su trastorno bipolar a una lesión cerebral provocada por el accidente de coche que sufrió en 2002, asegurando que durante años vivió episodios maníacos en los que sentía que tenía una claridad absoluta cuando, en realidad, estaba “perdiendo el control por completo” . También abordó directamente sus declaraciones más polémicas, incluyendo el uso de simbología nazi, afirmando: “no soy nazi ni antisemita. Amo al pueblo judío”. Aunque insistió en que su condición no justificaba sus acciones, sí pidió “paciencia y comprensión” mientras intentaba asumir responsabilidad y reconstruirse, en lo que podría interpretarse como el intento más claro de reconciliarse tanto con su audiencia como con la opinión pública.

Tras la disculpa, Ye publicó su duodécimo álbum de estudio, Bully, que, aunque dividió a la crítica, logró cautivar a su base de seguidores. No es casual: se trata de su proyecto más sólido en lo que va de la década, con colaboraciones de artistas como Travis Scott y Don Toliver o Peso Pluma que refuerzan su vigencia dentro del panorama actual. A esto se sumó una gira de conciertos que terminó de consolidar la narrativa de su regreso. En ese contexto, sus fans parecen haber dejado atrás —o simplemente relegado— todo lo ocurrido en los últimos cuatro años, reafirmando a Kanye en ese pedestal del que, en el fondo, sus seguidores nunca lo bajaron.
Si el título de esta nota es “¿El público ya perdonó a Kanye West?”, la respuesta no es del todo sencilla. Para una parte del público general, el perdón aún está lejos de concretarse. Sus declaraciones antisemitas no solo generaron rechazo inmediato, sino que se insertaron en un contexto global donde los discursos de odio han cobrado una nueva visibilidad, alimentados por tensiones geopolíticas y la proliferación de teorías conspirativas. En ese sentido, figuras como David Schwimmer —recordado por su papel de Ross en Friends— han sido tajantes al respecto: “no alcanza con pedir perdón cuando se trata de discursos que alimentan el odio”. A esto hay que añadir consecuencias concretas, su exclusión de eventos y restricciones para presentarse en ciertos países, evidenciando que, fuera de su núcleo duro de seguidores, la herida sigue abierta.
Por otro lado, hablar de perdón en el caso de sus fans resulta, incluso, impreciso. Para ellos, Kanye nunca fue realmente culpable. Desde el inicio, sus acciones fueron justificadas, diluyendo cualquier posibilidad de una condena real. En ese contexto, no hay lugar para el perdón porque nunca existió un reproche genuino. Más que redimirse ante su público, West simplemente continuó una relación que jamás se rompió.
Toda esta discusión nos lleva de nuevo al interminable debate sobre si es posible separar la obra del artista. Más allá de la postura individual frente a esta cuestión, el caso de Kanye West sugiere que esa separación no solo es posible, sino que, en la práctica, suele ir un paso más allá: no se trata de aislar la obra, sino de usarla como escudo. Su música no lo distancia de sus errores; los amortigua, los relativiza y, en muchos casos, los eclipsa por completo. En ese sentido, Ye no fue perdonado: fue protegido por el peso de su propio legado.
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