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Un viaje al pasado de la mano del último lanzamiento de Ozuna, un tema más movido a cargo de Pitbull o una nueva versión de ‘Lluvias de mayo’ de Carlos Rivera, son algunos de los estrenos de música latina más destacados que dejó la semana.

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Mucho antes de que artistas como Bad Bunny, Karol G o Rauw Alejandro dominaran las listas internacionales, un álbum ayudó a abrir las puertas del mundo para el reguetón.

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Madonna anunció que ‘Confessions II – The Film’ llegará a la plataforma de YouTube el 8 de junio a las 11:00 am ET (15:00 hora GMT).

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Este fin de semana en España hay dos nombres indiscutibles: el papa León XIV y Bad Bunny. Y aunque las letras explícitas del ‘Conejo Malo’ choquen con los preceptos de la fe católica, jóvenes creyentes ven completamente compatible rezar y disfrutar del concierto del puertorriqueño y, de hecho, algunos acudirán a ambos eventos.

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El autor de esta columna fue editor del suplemento Sí! de Clarín de 2000 a 2004 y dirigió Rolling Stone hasta 2010, período en el que entrevistó a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y a Indio en reiteradas ocasiones.

El Indio Solari se quiebra y empieza a llorar. Se presiona el tabique tratando de contener las lágrimas, se escuda detrás de sus manos. No puede. Venía repitiendo que ya es un padre añoso, que va a cumplir 60 pirulos, que cuando él se muera su hijo todavía va a ser demasiado joven y que ése es su gran temor. Se había declarado claustrofóbico y había dicho que “la muerte es la nada; algo espantoso para un claustrofóbico”. Que eso, al mismo tiempo, suponía él, significaba además “la liberación de esta especie de nostalgia del alma que uno tiene cuando no termina de ser feliz”.

No fue la única vez que hablamos del tema pero en esa mañana, ya pasado el mediodía en realidad, en la sala del primer piso de su casona en Leloir que funcionaba como estudio, Carlos Solari habló del asunto más que nunca. Una charla pactada para la portada de Rolling Stone en la que anunciaba nuevos conciertos masivos. Ese día, sorprendió. Se quebró. Había muerto su madre poco tiempo atrás y estaba emocional además de verborrágico. En un non-sequitur existencial, su pensamiento interrumpía la lógica gramatical y las frases inconclusas desplazaban al hábil declarante. Y siguió: “Bueno, también es un descanso la muerte, ¿no?”. Para luego profundizar con una mezcla de sabiduría nihilista, ironía defensiva, omnipotencia sapiens-sapiens: “¿Qué? ¿Dura para siempre? No por mí (porque, insisto, uno ya es testigo de sus propias miserias) sino por la gente que amás. A la gente que amás la limpiás de miserias, la ves buena, y verla te hace bien. Entonces, ¿nunca más los voy a ver?”.

“El miedo es la decrepitud”: una excursión al Indio existencialista

Las entrevistas con Solari siempre eran largas, sea en tiempos de los Redondos (me tocó conversar con él junto a Skay y la querida Negra Poli, anfitriones en Palermo, ya en la último tramo de la extensa experiencia ricotera: los años del rocanrol del país, del pogo más grande del mundo en River, el final), sea en tiempos de Indio. Esas sesiones grabadas con Solari siempre eran generosas, excepcionales, justificadas, y contenían algún peak emotivo de dudosa premeditación. Pero esa mañana fue distinta: ver llorar al poeta de los slogans mas reproducidos del rock (las remeras, banderas y grafitis fueron los memes de la cultura ricotera) no dejaba de parecer un quiebre argumental inesperado en la escena de conversar con el líder y referente del fenómeno musical más masivo y enigmático de la historia de nuestra música popular. Solari, el argentino mas famoso en el país y menos famoso en el resto del mundo, el “mito viviente”, como titulamos esa nota, ya miraba el final, “el reloj apura”, y ese día como ninguno, expuso ese aspecto íntimo. Una fragilidad o una finitud en contraste con el vitalismo desbordante y colectivo que siempre representaron sus shows en vivo.

Era curiosa esa tensión entre la banda y el artista enigmáticos y no-mediáticos que salían a hablar esporádicamente (“salir a cacarear”, decía Indio) y las intenciones periodísticas de escucharlos pero también de buscar algo más, correr algún velo. Fue en una de esas sesiones que nos enteramos de su encierro suburbano con perros y escopeta, preocupado por la inseguridad del cercano Oeste, en los 90. Recuerdo el momento en que, hacia el final de otra nota -muchas de estas revelaciones suceden hacia el final de la conversa- deslizó, conmovido, que iba a ser padre. ¡El Indio iba a ser padre! Un tema que para él era relevante y del que hablaba a cuentagotas, como con culpa y pudor, pero con orgullo.

También, en otro encuentro, ahondó en otro aspecto algo oculto por la promoción de su compromiso militante y político: la fe psicodélica o las aventuras de la vida anarco libertaria en la Costa y su contraste con los intentos hippies de crear comunidades. “Yo soy de la psicodelia… a mí no me falta ninguna figurita en ese álbum… Yo, realmente, no encuentro cosas más importantes afuera que adentro”. Una declaración de principios ante las obsesiones de sus exégetas por convertirlo en figurita y mártir del materialismo progresista.

Es que Carlos Solari sabia lo que decía: usaba las entrevistas para componer retazos de una biografía (mucho antes de Recuerdos que mienten un poco, el libro de la canonización autorizada), para dejar ver su lado humano en fragmentos confesionales. Por eso invitaba sin más a su casa (algo absolutamente infrecuente entre las top stars como lo era él), dejaba entrar y se dejaba escuchar en un pacto en el que, a cambio, parecía pedir que, más allá de la promoción, mostráramos algo más de Carlos Solari.

Indio Solari

Así descubrimos al Indio claustrofobico y tambien al que viajaba a Nueva York con frecuencia; al Indio padre; al Indio psicodélico o al Indio existencialista jocoso…

Ya en la enfermedad, cuando dudaba de sus próximos shows y los límites de su capacidad performática lo hacían sufrir, cuando Mr Parkinson le pisaba los talones, después de aquel anuncio público en Tandil, ante más de 200.000 personas en las que reconoció el padecimiento, hace diez años ya, en la que fuera su última entrevista con RS, Solari fue más lejos en su mirada sobre la muerte, primero, en broma, apenas subió la escalera de su estudio y se sentó en una silla frente a su equipo de musica: “Creo que voy a morir de esta manera, cuando se caiga una de estas bibliotecas. La voy a cagar a la enfermedad”.

Después habló de Boca, de Román, de su instructora de yoga, y se puso serio para hablar de David Bowie y su último acto antes de morir. Dejó frases valiosas en su legado (“Yo bauticé la puta banda y la verdad es un nombre pelotudísimo”) y más reflexiones sobre la enfermedad: “El miedo es la decrepitud. Esta enfermedad de mierda: si no fuera porque tenes familia te pegas un corchazo”. Y sobre la muerte: “Cuando uno se muere devuelve el carbón, el azufre. Pero la personalidad, esa unidad que sos vos, no va a estar más. Y lo que me importaría de la eternidad sería ser yo… Entonces me pasa eso con la vida. La tomo relativamente en serio, relativamente en broma”.

Describió su infancia (“Yo fui un niño dañino, después un joven alocado y al final un señor de la psicodelia”) y evocó el linaje de un Carlos Solari tanito y de un Carlos solari vasco, y proyectó la imagen del final: “Cuando yo muera, mueren todos ustedes, desgraciadamente”. No había tremendismo, pero sí tono jocoso ante la fatalidad de la existencia. Como había anticipado en aquel encuentro imprevisible en que se quebró, se alejó al rincón y pidió “minuto” con el gesto del dedo índice. Junto a Juan Ortelli, con quien fuimos a esta entrevista, bajamos la mirada, por respeto; no daba para ver llorar al Indio Solari. Sacó un par de pañuelos de una caja de Kleenex. Se sonó la nariz. Y terminó con un “Bueno, disculpen. Otro tema…”.

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Luego de varias horas de entendible silencio desde que se conoció la noticia de la muerte del Indio Solari, el viernes por la noche Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado publicaron un emotivo comunicado en sus redes sociales, donde expresaron su dolor por la pérdida de su compañero y confirmaron que mantendrán el concierto que tenían previsto para este sábado, con transmisión en vivo para todo el público.

Estamos en shock. Como todos. No sabemos bien qué hacer. El durísimo golpe nos da en el cuerpo, pero abatidos como estamos, el corazón nos pide juntarnos“, comienza el texto compartido por el grupo.

En el comunicado, Los Fundamentalistas señalaron que resolvieron mantener el concierto y transmitirlo en vivo, una alternativa que originalmente no estaba contemplada. “Decidimos mantener el concierto de mañana y aunque no estaba en los planes, transmitirlo en vivo para todos“, informaron.

La banda también anticipó que la presentación estará inevitablemente atravesada por la ausencia de Solari. “No va a ser fácil, tampoco va a ser el concierto que habíamos pensado, pero juntarnos y estar cerca nos parece lo único medianamente reparador“, agregaron.

El mensaje concluye con una despedida breve: “Te amamos, Indio…”.

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De esta manera, la presentación de esta noche se convertirá en uno de los primeros homenajes masivos a la obra de Solari, cuya muerte, anunciada el viernes por la mañana, desató una despedida popular que desbordó las redes sociales y se trasladó a las calles.

Durante toda la jornada del viernes hasta las primeras horas del sábado, miles de seguidores se congregaron espontáneamente en Plaza de Mayo para una última misa ricotera, mientras que homenajes similares se replicaron en plazas y espacios públicos de distintas ciudades del país. Entre canciones, pogos, banderas y abrazos, los fanáticos transformaron esos encuentros en una despedida colectiva para una de las figuras más influyentes del rock argentino.

El velatorio abierto al público, tal como anunciaron en las redes sociales del Indio Solari, se llevará a cabo este domingo 7 de junio, a partir de las 11 de la mañana, en el Polideportivo Gatica de Avellaneda.

Cómo ver la transmisión en vivo

Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado transmitirán en vivo su show de este sábado 6 de junio en el Predio Ferial de Comodoro Rivadavia a través de su canal de YouTube. El horario pactado para el comienzo de la emisión es las 21 hs.

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Fueron horas de incertidumbre y versiones cruzadas, pero finalmente llegó la confirmación. El entorno de Carlos “Indio” Solari anunció oficialmente que la despedida pública del músico se llevará a cabo este domingo 7 de junio en el Polideportivo Gatica de Avellaneda.

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El velatorio abierto al público comenzará a las 11 de la mañana en el predio ubicado sobre avenida Mitre al 5000, en Villa Domínico, y se extenderá “hasta que haga falta, para que nadie pierda su oportunidad de decirle adiós”, dice el comunicado.

El ingreso se realizará únicamente por. Av. Bartolomé Mitre y General Otero. La organización informó que habrá baños químicos, postas de salud y puestos de hidratación. “No será el momento de sacar afuera la rabia, ni de caer en provocaciones, sino de honrarlo”, aclaran desde el entorno de Solari. Y convocan a “redondos, fundamentalistas y marsupiales” a despedirlo en paz y con paciencia.

Su cuerpo estará allí. Por esa razón, serán jornadas en las que primará el respeto: por él, por sus afectos y por todos nosotros”, agrega el mensaje.

La confirmación llega después de una jornada marcada por las expresiones de duelo en distintos puntos del país. Desde que se conoció la muerte del líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, cientos de seguidores comenzaron a reunirse espontáneamente en plazas, calles y espacios públicos para homenajearlo, mientras crecían las expectativas por una despedida abierta a la comunidad ricotera.

Este sábado por la noche, además, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, la banda que acompañó a Solari en su etapa solista, tomó la decisión de llevar a cabo el show que tenían pactado (y ya sold out desde hace tiempo) en Comodoro Rivadavia. Y se podrá seguir en vivo en streaming a través de los canales oficiales de la banda.

El Indio ya no estará para crear nuevas canciones, pero la belleza que destiló sobre nuestras vidas no dejará de producirnos felicidad. Nuestra responsabilidad es continuar esa obra”, cierra el comunicado.

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El autor de esta columna escribió en 1978 la primera nota sobre Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota para la revista Expreso Imaginario y entrevistó numerosas veces al Indio Solari para distintos medios, incluida la revista Rolling Stone.

La vida no te prepara para estas cosas. Uno no sabe cómo asumirlas, qué hacer, de qué manera reaccionar, con quién hablar. Especialmente en un mundo que, además de ser cada vez más ancho y –especialmente- más ajeno, tiene cada vez menos señales de aquel que conocimos. Y más aún, cuando vamos perdiendo la poca gente que nos ayudaba a transitarlo.  

Esa fue la sensación al enterarme de la desaparición física de Carlos Indio Solari. Soledad, desprotección, orfandad. Primero, en lo personal, al perder a un amigo tan querido como admirado. Pero, también, por el hecho de que con él se va una de las personas más lúcidas y extraordinarias (en todos los sentidos de la palabra), de aquello que llamamos cultura rock. Ya había sido lo suficientemente difícil, en su momento, concebir un mundo sin los Redondos, cuya separación significó un antes y un después en lo personal. Pero, ahora, este adiós es definitivo. Y arreglate.  

Justamente, la cultura rock fue lo que nos unió desde un principio, desde aquellos lejanos días de 1978 cuando nos conocimos. El historial ricotero me adjudica la autoría de las primeras notas sobre los Redondos, y en la primera de todas, reseñando para Expreso Imaginario el ahora histórico “Lozanazo” de La Plata, el primer recital “oficial” bajo ese nombre (si bien el debut había sido en Salta), fue eso precisamente lo que me llamó la atención. La combinación de música de rock and roll con un montaje que evidenciaba, tanto en la puesta en escena como en los condimentos extramusicales y en el tenor de sus letras (que “despliegan un delirante surrealismo a la criolla”, para autocitarme), que esta gente conocía mucho de cultura rock. 

Adiós, Indio: “Ojalá nos encontremos en un planeta más amable”

Estaba claro que estos tipos, y particularmente los que se convertirían en la dupla compositiva, el Indio y Skay, se habían sumergido en la psicodelia, la beat generation, el surrealismo, el teatro callejero, el humor satírico de Frank Zappa, y otra delicias de esa cultura que, tanto desde las páginas del Expreso como desde las canciones de los Redondos, propiciábamos como una forma de ver el mundo, de abrirnos paso en medio de “esta vieja cultura frita”, para utilizar sus palabras.  

Por eso, para lo que fue la primera nota propiamente dicha a los Redondos (las dos anteriores habían sido reseñas de recitales, la citada del Lozano y su debut en capital, en el Centro de Artes y Música), pensé que por fin íbamos a poder dejar plasmado en el papel todo el bagaje en común, los conocimientos y experiencias que habíamos compartido durante todas las charlas, que ya a esa altura eran unas cuantas, que habíamos tenido previamente con el Indio, Skay y Poli, y convertirla en una master class de cultura rock.  

Sin embargo, me sorprendieron con un gesto más rupturista, radical y de vanguardia que cualquier charla que pudiéramos haber tenido. Darme un escrito (obviamente redactado por el Indio) con tintes novelescos donde un supuesto periodista rastreaba al misterioso Patricio Rey, quien finalmente le concedía una entrevista. Era un gesto más radical y pertinente a la cultura rock que cualquier entrevista que yo me imaginara (de esas ya tendríamos muchas con el correr de los años) y pasó a la historia como la única oportunidad en que “habló” Patricio Rey. Ya desde el comienzo, ellos demostraban estar un paso adelante. 

Esa conciencia visionaria, esa capacidad para interpretar su tiempo con las herramientas del arte, para imaginar caminos que nos elevaran más allá de la mediocridad cotidiana, para identificar la belleza en los lugares más insospechados y amplificarla en tiempo de rock, continuó a lo largo de toda la carrera de los Redondos, y luego de la separación, en su trayectoria como solista.  

Desde aquel encuentro inicial hasta la separación de la banda a fines de 2001 tuve el privilegio de seguir cada uno de sus pasos, de conocer a los Redondos desde adentro y presenciar recitales, composición, grabación, camarines, viajes, proyectos, y compartir con admiración el talento y el compromiso que implicaba llevar adelante esa visión. El arte y la vida eran uno solo, una ocupación de 24 horas al día. Creciendo disco a disco, con una obsesión de hacer de cada canción y cada álbum una obra de arte, y que fuera diferente, significativa, trascendente.  

En el caso de los Redondos, hacer diez álbumes de estudio que fueron ejemplares (más otros cinco del Indio como solista), sin concesiones, siguiendo los dictados de su creatividad y su propio nivel de exigencia, independientemente de las expectativas del público y la industria. Y siempre con esa visión para estar un paso adelante, para producir obras que latieran con el pulso de su tiempo y fueran a la vez atemporales.  

Una constante a lo largo de todos esos años, diría que casi un rito de nuestra relación, es que cada vez que salía un nuevo disco, yo lo llamaba, riguroso teléfono de línea mediante, para felicitarlo y decirle qué me había parecido, lo cual por supuesto era siempre altamente elogioso (no era para menos, con semejantes discazos). Su respuesta siempre era algo así como “si le gusta a los amigos ya me quedo tranquilo, para eso lo hacemos”. Era una manera entrañable de hacerme saber su cercanía afectiva, y a la vez, que valoraba mi opinión al punto de que era una de las motivaciones para su trabajo. Por eso mismo, nunca dejaba de llamarlo.  

Lo más notable es que hayan desarrollado esa obra en medio de una realidad cada vez más encrespada y adversa, aprendiendo a fuerza de prueba y error las maneras de eludir las trampas que les tendían enemigos cada vez más poderosos, al ser su convocatoria constantemente creciente, y por lo tanto, mayor la amenaza que representaban. Increíble que un grupo de músicos, artistas e intelectuales platenses sin estructura y sin ninguna relación con las instituciones del sistema ni los poderes del estado, se hayan convertido en una fuerza capaz de desafiar al establishment solo con su propia existencia.  

Por eso decía que su separación fue para mí un antes y un después, luego de 23 años de compartir esa loca aventura creativa y existencial. La brújula que marcaba el norte ya no existía, y era un sueño más del que despertábamos cada vez más aislados, tratando de navegar entre la niebla.  

En el siglo XXI, el Indio siguió aunando su talento y extraordinaria capacidad de trabajo, produciendo un nuevo catálogo de canciones igualmente esenciales, con poesías que se resignifican una y otra vez, a la luz de hechos que revelan nuevos significados cuando la canción los alcanza, y cuando el público -eterno protagonista de esta historia- las recorta y las destaca.  

Me ha pasado más de una vez caer en la cuenta del significado de un verso -o mejor dicho, uno de los tantos posibles- al verlo escrito en una pancarta, un titular, una remera, una pintada, un mural, o convertido en un cántico. Indio poseía ese poder único, un dominio magistral y absolutamente atípico de la palabra, que contradice la idea de que el todo es mayor que la suma de sus partes. En el caso de Solari, de sus letras se desprenden múltiples fragmentos que brillan por sí mismos como meteoritos incandescentes.  

Además, formó otra gran banda, Los Fundamentalistas Del Aire Acondicionado, que seguirá adelante difundiendo su legado, dejó montones de canciones que se seguirán escuchando -y cantando- a través de los años y las generaciones, mostró a los artistas que la posibilidad de producirse independientemente no sólo era factible sino, en muchos casos, necesaria; tuvo montones de gestos solidarios que el público desconoce, estuvo siempre del lado de los más desprotegidos, no vaciló en apoyar públicamente las causas en las que creía, y dejó una marca profunda en la cultura argentina.  

Pero todo ese análisis es para otro momento. Estos fueron solo algunos recuerdos y reflexiones sobre una de las personas más brillantes, singulares y talentosas que tuve la suerte de conocer. Lo más gracioso de mi amistad con Solari es que él, un ser absolutamente fuera de lo común, me decía que el raro era yo. Tal es así que me llamaba, en el intercambio de mails que cruzábamos cada tanto, “mi marciano favorito”. Ahora, a este marciano le cabe la extremadamente odiosa y nunca imaginada tarea de despedirlo. Entonces, ojalá nos encontremos en un planeta más amable. En lo que se refiere a éste, lo hiciste un poco mejor con tu vida.

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Y de repente, en el subte, en el vagón de atrás un par arrancan con el “Teque teque, toca toca”, y en tu vagón se contagian y de repente está claro que, camino a la plaza, somos todos redonditos, redonditos de ricota.

El adiós al Indio Solari en Plaza de Mayo: Todos los pogos, el pogo

Y en la parada Carlos Gardel, la estación del Abasto que inmortalizó Luca Prodan, otro saca la guitarra y apenas lanza los primeros acordes de “Jijiji”, todo el vagón canta en un grito de rabia y dolor. 

Son las siete de la tarde del viernes más triste del mundo y el camino a Plaza de Mayo, desde Diagonal Norte a la altura del Obelisco, está allanado. Un par de motos de la Policía de la Ciudad interrumpen el tránsito. La procesión, en esas primeras cuadras, es calma.

GUS CORREA

Llegando a la Plaza, la imagen es conmovedora. Podría ser un happening, una intervención urbana. Los zócalos de los canales de noticias dicen que es una “misa”. Pero acá no hay, ni habrá misa. Es pura liturgia. Hay chori y bondiola, hay birra y fernet, hay banderas, porro y abrazos por doquier. 

Parece una marcha del 24 de marzo. Pero acá no hay discurso, no hay escenario, no hay orquesta. Estamos acá porque acá es donde hay que estar. Y no, no es un velorio. Estamos pendientes de dónde, cuándo y cómo. Que si es Racing o Tecnópolis, el Congreso o el Estadio Diego Armando Maradona. Que si es el sábado, el domingo o cuándo, cuándo, cuando… 

GUS CORREA

Esa familiaridad que encontrás en las calles, esa sensación de que podrías abrazarte con todos, hace que conceptos como el de “Memoria, verdad y justicia” resuenan tanto como “Todo preso es político”, como “Violencia es mentir”, como “Fijate de qué lado de la mecha te encontrás”, como “El futuro llegó hace rato”, como “Vivir solo cuesta vida”…

Como el primero de julio de 1974, cuando murió Juan Domingo Perón. Como el 25 de noviembre de 2020, que se murió el Diego. El 5 de junio de 2026 será, desde ahora mismo y para siempre, un parteaguas en la historia argentina. 

El Indio, que viene llenando estadios desde su casa, con apariciones esporádicas en las pantallas de los conciertos de Los Fundamentalistas, ahora llena la plaza. Ya no respira. Y no parece cierto. Se escapan algunas lágrimas, sí. Otros lloran desconsolados, también. Pero el clima, acá, no es de velorio: el mood general es celebratorio. (“La dicha no es una cosa alegre”, dijo el poeta).

GUS CORREA

Las rejas que rodean la Pirámide de Mayo están llenas de banderas. Un par tienen el rostro del Indio con el del Diego. Una, de San Miguel, reproduce la cita del cuadro de Goya que Rocambole utilizó para la portada de Bang Bang estás liquidado! (1989). Otra, de Argentina, tiene el logo de Patricio Rey en lugar del Sol. Hay algún cartel escrito a mano  que grita “¡Gracias, Indio!” y en una esquina improvisan un altar con fotos y velas.  

Lo que sobran son los abrazos. Porque la sensación es de orfandad. Y de hermandad. Un ricotero del Bicho brinda y se abraza con otro que tiene la camperita de Platense. Hay ricoteras y ricoteros de la vieja guardia, estamos los que crecimos en los 90, y hay un puñado de adolescentes, esos pibes y pibas que son como bombas pequeñitas y que tienen el gen ricotero en la sangre. 

Todos los pogos, el pogo. Como aquel happening de Marta Minujín, Simultaneidad en simultaneidad (1966), hay una escena que parece reproducirse en distintas partes de la plaza y sus alrededores. Alguien tiene un parlante y suena “Todo preso es político”, y se arma un micropogo. A unos metros, desde otro parlante, suena “Un ángel para tu soledad” (la última canción que sonó en el último concierto de los Redondos), y otro pogo en miniatura. Allá, al lado de la Palmera, otros bailan “Nadie es perfecto”. Y hay birra, y hay historias, y hay recuerdos, y hay banderas: de Boca, de Lanús, de Nueva Chicago, de Tigre. Y una que cuelga de un árbol al costado de la pirámide que dice “Peronismo ricotero”.  

GUS CORREA

Hay guitarras, también. Guitarras que lloran canciones de los Redondos, y que provocan lo mismo que los parlantes: un pogo que es un abrazo. Por allá, cerquita de la fuente, uno arranca con “Un poco de amor francés” y un poco más allá otros bailan “Ya nadie va a escuchar tu remera”. 

Y si te distraés un poco pensás, “¿Cuándo entramos?”. Pero acá no hay recital. No hay concierto. No hay misa. Es la previa más grande del mundo. Y corre la birra. Y están los que se hacen el día vendiendo latitas heladas. Y los vasos XL de fernet que se comparten.

GUS CORREA

La policía está a un costado de la plaza, al acecho. No es tanta la tropa, y parece lo más sensato que han hecho las fuerzas de seguridad en mucho tiempo. Desde el asesinato de Walter Bulacio, las tensiones entre las bandas ricoteras y las “fuerzas del orden” crecieron y se volvieron irreversibles. Pero acá nadie está de ánimo para combatir.

GUS CORREA

Mirando desde la Plaza hacia el Congreso, el movimiento en Avenida de Mayo es total. No son columnas las que avanzan, son grupos de ricoteras y ricoteros autoconvocados. Hay tristeza, incredulidad y sensación de orfandad. Pero también hay una convicción, que nos trajo hasta acá por inercia. En la inercia de encontrarnos, de abrazarnos, de darle las gracias por las canciones y los viajes, por los pogos y esas letras que resonaron en tantos corazones, por los tics de la revolución y por hacernos sentir familia. Eso que está en la plaza, la patria ricotera, que llora y celebra.

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Carlos Alberto Solari, el cantautor argentino conocido como “el Indio” que lideró Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, uno de los grupos de rock más populares e influyentes del país, falleció el viernes a los 77 años.

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