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“Me habían invitado y me copé mucho por mi hija. Yo los conozco por mi hija. Sabía que iba a tener que estar en el escenario, pero no tenía muchas precisiones más”, le cuenta Joaquín Furriel a Rolling Stone. El actor, que se prepara para salir de gira por distintos puntos de la Argentina (antes de partir a Europa) con La verdadera historia de Ricardo III, la rutilante relectura del clásico de William Shakespeare dirigida por Calixto Bieito, fue una de las figuras convocadas a participar, en esa especie de estrado que montaron en el escenario, del estreno del Free Spirits World Tour en el Movistar Arena de Buenos Aires.

Como si fuera la casita que Bud Bunny instauró en su residencia en Puerto Rico, Ca7riel y Paco lookearon a un variopinto aquelarre de celebridades y amigos: una lista que incluyó a Martín Piroyanski, Wallas, Chita (cantante y novia de Ca7riel), Juliana Gattas, Jota Morelli, Esmeralda Mitre la DJ Anita B Queen (colaboradora del grupo en el célebre Tiny Desk), Maia Reficco, Coti, Chowi Fernández (compañero de Ca7riel en Barro, su proyecto de heavy metal) entre otros.
Lo que no imaginaba, Furriel, era el atuendo: los batines blancos que los uniformaban como si fueran integrantes de un coro gospel (o internos de una clínica de rehabilitación). “Ahí más o menos lo pesqué. Pero te confieso que no pensé que íbamos a estar tan adentro del show”, confiesa Furriel.
Furriel fue al show con su hija de 18 años. “Yo lo conocí a Ca7riel por ella, cuando tenía 11 o 12 años, que lo iba a escuchar a él en su plan solista. Ahí empecé a conocerlo bastante, lo vi en varios shows porque la llevaba a ella. Vi todo el recorrido que hicieron con Paco”, dice el actor.
Impactado por la energía sobre el escenario, dice que no es comparable con la dinámica teatral. “Por más que estuve frente a 2000 personas en salas grandes, no se puede ni comparar, porque la música es otra experiencia. La energía que ellos tienen, que transmiten, y lo que pasa con su gente que lo va a ver es algo realmente impactante que cuando estás arriba del escenario, se te viene arriba. Me quedé realmente impactado porque si bien he visto varios shows de músicos amigos que me han invitado al escenario, siempre habia sido en un costado, nunca detrás de los músicos. Me impactó mucho tener el mismo punto de vista que tienen ellos”, celebra. Y hace una analogía vinculada a las artes plásticas: “Fue una experiencia única ver la propuesta desde ahí; se sentía como ‘La lección de anatomía’, de Rembrandt. Estábamos mirando el show anatómicamente. No estás viendo un show: estás en la entraña, en la parte más íntima”.
Incluso el sonido debe ser distinto ahí arriba…
Totalmente. Se vive diferente porque escuchás el retorno, no la salida directa que tiene el espectador. Como actor me interesa mucho la puesta y la dirección, y observaba cómo armaron los climas. La base sigue siendo la banda, que suena increíble, pero hay algo muy meticuloso en el manejo de escena. Es una experiencia súper teatral.
Desde abajo se percibía algo entre un coro griego y un reality show.
A mí la primera imagen que se me vino fue una iglesia: nosotros éramos un coro gospel que no canta. Después pensé que también podía ser una clínica de rehabilitación. Pero hay algo en lo que ellos hacen que me resulta muy interesante: con mucha felicidad y virtuosismo, pero también con mucha ironía, deslizan temas que, si te agarran desprevenido, parece que hablan de una cosa pero se están riendo de eso. Tienen un humor sutil. Todo este periplo, desde el Tiny Desk hasta ahora, lo reforzaron manejando su propia narrativa. Juegan con la ficción y la realidad de una manera muy original.
¿Recibieron instrucciones precisas de dirección o hubo libertad para circular?
Hubo muy pocas limitaciones. Nos ubicaron en los espacios, pero después todo se puso más orgánico y menos disciplinado. En un momento empezó a haber movimiento natural de los “pacientes” del coro. Cada uno iba para donde le pintaba. En un momento Paco vino a mi zona a cantar y de repente éramos veinte personas donde antes había cuatro. Estar todos con el mismo uniforme, con gente que quizás conocés de otros ámbitos pero no personalmente, fue muy estimulante. Al final nos dijeron que podíamos bajar a bailar y bajamos todos, no hubo ninguno que se lo perdiera.
Siendo vos baterista, tenerlo ahí a Edu Giardina a un metro y medio debe haber sido especial.
¡Es una bestia! El anteaño pasado los vi en Madrid en un lugar chico y me pasé toda la noche hablando con Edu porque soy fan de los bateros. Verlo tocar ahí… me vuela la cabeza. Me pasé un buen rato mirándolo solo a él, no podía creer lo que toca y el lugar que tiene en la banda. Tenerlo a un metro y medio, y que esté convalidado que vos estés ahí como parte del show, me pareció genial.
¿Cómo ves este momento de la carrera de ellos?
Se nota que hay un equipo y que están en permanente estado de creación. Crean su propia realidad y su propio contenido audiovisual. Esto es mucho más que un concierto, hay una narrativa. Tienen esa libertad creativa y un desparpajo que sale de saber que están haciendo exactamente lo que quieren hacer. No están forzando nada.
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Yami Safdie vuelve con ‘La Mala’, un sencillo que profundiza en las secuelas emocionales de una relación marcada por la manipulación y la invalidación. La canción, lanzada el 14 de mayo a través de Warner Music Latina, se presenta como una confesión pop íntima sobre ese momento en el que la culpa empieza a perder fuerza y aparece una lectura más clara de lo vivido.
El tema parte de una sensación común en muchas relaciones desgastadas: la idea de haber sido “demasiado”, “difícil de amar” o responsable de todo lo que salió mal. Desde ahí, Safdie construye una narración sobre cómo ciertas dinámicas afectivas pueden modificar la percepción que una persona tiene de sí misma, hasta convertir el juicio ajeno en una verdad interiorizada.
Pero ‘La Mala’ no se queda en la herida. A medida que avanza, la canción encuentra su centro en el reconocimiento. Lo que parecía una condena empieza a revelarse como una construcción impuesta, y el personaje de la canción deja de aceptar ese lugar para resignificarlo. La etiqueta de “la mala” se convierte entonces en un punto de partida para hablar de límites, autoestima y autocompasión.
Con una producción pop moderna y pulida, el sencillo equilibra vulnerabilidad y liberación emocional. Más que una canción de ruptura, ‘La Mala’ funciona como un ajuste de cuentas interno: no desde la rabia, sino desde la claridad de entender que el problema no siempre está en quien siente demasiado, sino en quien hizo de esa sensibilidad una culpa.
La canción llega después del lanzamiento de Querida Yo, el álbum debut con el que Yami Safdie consolidó su lugar dentro de una nueva generación del pop latino, marcada por letras confesionales, sensibilidad emocional y una forma directa de convertir experiencias personales en relatos compartidos.
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“El álbum se llama Lucy miró al mundo y notó que está girando”, dice AKRIILA.
Después de haber lanzado Epistolares en 2024 y en 2025 (hace un año exactamente) la versión deluxe, materiales que la posicionaron como una de las grandes artistas de la escena hispanohablante actual, AKRIILA está de vuelta con el anuncio del título de su próximo álbum que llegará este año.
“Me fui a Japón un mes con el equipo a pensar y terminar ciertas cosas, a hacer música, un video…”, relata en conversación con ROLLING STONE en Español. “Un día pensé ‘mierda, no tengo el nombre todavía’. Antes se llamaba de otra forma, pero no queríamos que se llamara así porque tenía referencia a una artista, es una obra muy moderna, entonces no quería sentir que la estábamos robando, a pesar de que yo estaba uniendo piezas en base a ese nombre. Y un día dije: ‘la idea no me va a venir a la cabeza genuinamente’, así que pensé que sería lindo sentarme a escribir”.
En medio de esa búsqueda, AKRIILA empezó a conectar distintas referencias personales y musicales, entre ellas una banda de Liverpool que ha estado presente en su vida desde pequeña. “Una de mis referencias más grandes para este álbum son los Beatles. Últimamente he hablado mucho con el mundo, y con mi pareja en especial, de George Harrison. La canción ‘While My Guitar Gently Weeps’ tiene la frase ‘miro al mundo y noto que está girando’. Pensé ‘qué linda esta frase’. Me gustó y lo anoté. Después empecé a pensar en mi relación con Los Beatles, mi papá es fanático, y cuando yo empecé a tocar piano la primera canción que me aprendí fue ‘Lucy in the Sky with Diamonds’, así que uní eso y así nació el título: Lucy miró al mundo y notó que está girando”.
“Si a mi me preguntaran cómo suena el álbum, yo diría que a esperanza”
“Pasa por un proceso líricamente de estar muy vacío y después entender que el mundo no es tan crudo, y termina siendo esperanzador”, explica la artista.
Aunque comenzó el imaginario del álbum desde un lugar personal e introspectivo, con el tiempo la idea empezó a expandirse hacia otros temas y perspectivas. “El proceso del álbum lo empecé pensando desde mis problemas, mis cosas, muy encerrada en mí misma, pero con el pasó del tiempo empecé a tener otro sentimiento y me fui alejando de esta perspectiva tan interna, y se convirtió en algo sobre el mundo y como yo veo ciertas cosas. Eso lo encontré muy lindo. La conclusión de empezar a darse cuenta de que el mundo está girando, y darse cuenta que los días pasan allá afuera, da esperanza”.
En lo sonoro, la artista también buscó explorar nuevas direcciones sin desconectarse por completo de la esencia del proyecto. “En términos del sonido, si escuchas Epistolares se siente como muy electrónico, y el deluxe se vuelve un poco más popero, le agrega otra faceta al material. Y siento que el nuevo disco sigue un poco eso, se vuelve otra cosa, pero agregando elementos del inicio”.
Parte de ese proceso creativo también estuvo relacionado con su interés constante por experimentar y evolucionar. “Lo que más me gusta de la música, que fue un problema al inicio, es que a mí me encantan los sonidos ambient, el sonido de las plantas, la distorsión, las baterías super rápidas. Epistolares es un álbum que me soluciona eso, pero en este disco no podía hacer lo mismo. Mis artistas favoritos experimentan mucho en sus álbumes. Es lindo que la música dura para siempre y si te gusta una faceta de un artista ahí estará para siempre”.
Por eso, este nuevo álbum comenzó a acercarse más a instrumentos reales y sonidos más orgánicos. “Tal vez no son sonidos ambient. Son sonidos más de banda, más análogos. Es muy lindo porque tiene arpas, flautas, instrumentos reales. Eso combinado con la destrucción, la saturación”.
“Este álbum es un equilibrio entre algo nuevo y algo que sigue sintiéndose parte del proyecto”, explica la artista. “Con Epistolares yo pensaba: ‘si la gente lo descubre, le va a encantar’. Y con este me pasa algo distinto: a mí me encanta, y sí creo que a la gente le gustará, pero es mucho más jugado”.
Es común que el proceso creativo posterior a un álbum exitoso y con un concepto muy marcado, como lo fue Epistolares, sea complicado. La artista afirma que sí implicó un reto para ella. “Por eso hice el deluxe. Siempre digo que a mí no me gustan los deluxe porque siento que casi nunca suman mucho, pero en este caso me pasó que estaba haciendo música nueva y no podía soltar el universo de Epistolares. Sentí que necesitaba cerrarlo espiritualmente. Pensé en hacer un show o algo así, pero nada me llenaba realmente. Y el deluxe me permitió cerrar todas esas ideas que todavía seguían vivas”.
Después de cerrar esa etapa, la artista pasó por un periodo en el que le costó volver a hacer música, algo que eventualmente la llevó a buscar nuevas referencias musicales. “Después me costó volver a hacer música. Entonces empecé a escuchar muchísimos discos para encontrar otro camino”.
Entre esos descubrimientos apareció The Sundays y particularmente su álbum Reading, Writing and Arithmetic. “Escuché un disco de The Sundays y me cambió. Siempre que terminaba un show ponía ‘Here’s Where the Story Ends’. Ahí se me prendió una ampolleta. Ese tipo de música me produce demasiado sentimiento. Al principio estaba haciendo música súper electrónica y distorsionada, pero sentía raro decir ‘esto es lo nuevo’. Con el tiempo se fue moldeando mucho mejor”.
Aunque el proceso de Epistolares tomó cerca de dos años, ya con el concepto aterrizado, esta vez las ideas comenzaron a fluir mucho más rápido. “La primera canción de este álbum la hice en junio del año pasado. Y aunque Epistolares me tomó dos años, este proceso ha sido mucho más rápido porque siento que ahora se me prenden más ampolletas”.
“Siento fascinante volver a conectar con música y que sea distinta a todo lo demás”.
La evolución del proyecto también se trasladó a la parte visual. “Estéticamente también he evolucionado. Voy cambiando de estilo, de ropa, con este tipo de música he madurado en la parte estética. Viene mucho con la edad. Me siento más cómoda con este nuevo estilo. Creo que la parte visual va a estar entretenida. Me llegó el corte de un video que hicimos en Japón, hecho con Luca y un director japonés, y es muy lindo”.
El periodo en Japón ayudó mucho a AKRIILA y su equipo creativo a aterrizar y comprender este concepto. “Estar allá nos sirvió para entender qué era el álbum. Yo sentía que estaba trabajando sola, faltaba sentarse y hablar del significado, los símbolos. Es una conversación constante para que todos en el equipo entendamos la idea. Estéticamente siento que cobrará sentido con el tiempo. La idea que tengo hasta ahora de este proyecto es que quiero que perdure, que tenga sentido con el tiempo”.
Aunque el álbum todavía no está terminado por completo, la artista asegura que ya se encuentra en la recta final. “Está a punto de terminarse musicalmente. Falta cerrarlo, que cobre sentido el tracklist. Y después hacer que suene como tiene que sonar. Hay que escucharlo de principio a fin. Falta alguno que otro track, y darle sentido sonoramente. Y obviamente el mix. Está casi, pero también es importante cerrarlo de manera correcta”.
Lucy miró al mundo y notó que está girando llegará en algún momento de este año. Por ahora, AKRIILA anunció también su primera gira por Estados Unidos y una colaboración en OMAKASE, el próximo material de Álvaro Díaz.
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En medio de un debate cada vez más presente sobre la experiencia de los conciertos y la omnipresencia de las pantallas, Billie Eilish tomó posición. La artista defendió el uso de teléfonos celulares durante los shows y rechazó la idea de que grabar una presentación implique necesariamente una desconexión con el momento.
Las declaraciones llegaron durante una entrevista con NME, realizada en el contexto de la promoción de Hit Me Hard And Soft: The Tour Live In 3D, su nueva película concierto. Allí, Eilish sostuvo que registrar experiencias en vivo forma parte de una práctica natural para las generaciones más jóvenes.
‘Mi generación y las que vienen debajo adoran filmar cosas’, explicó la cantante. ‘Todo lo que hago es filmar cosas y sacarle fotos a todo, todo el tiempo’.
La artista también reconoció que algunas personas utilizan las grabaciones para ganar visibilidad en redes sociales, aunque relativizó esa motivación y la ubicó dentro de una necesidad más amplia de compartir experiencias personales. Para Eilish, el gesto de levantar un teléfono durante un concierto puede responder menos a la búsqueda de aprobación y más al deseo de conservar recuerdos y revivirlos después.
Asimismo, la cantante recordó su propia etapa como fan y asistente a festivales, donde documentaba casi cada instante de los shows que veía. Según contó, volvía repetidamente a esos videos hasta memorizar incluso el sonido del público.
Sus declaraciones aparecen mientras la discusión sobre el uso de teléfonos en espectáculos en vivo continúa intensificándose a nivel global. En las últimas semanas, el tema volvió a instalarse después de una presentación de Sabrina Carpenter junto a Madonna durante Coachella, donde imágenes del público observando el escenario a través de las pantallas de sus celulares reactivaron el debate.
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The Strokes continúa revelando adelantos de su próximo álbum de estudio, el primero en seis años. Con su nuevo sencillo, ‘Falling out of Love’, la banda estadounidense perfila el rumbo sonoro que definirá Reality Awaits.
Su próximo disco saldrá este verano, después de haberlo trabajado con Rick Rubin en Costa Rica. Con ‘Going Shopping’, The Strokes dejó claro que su regreso no apuesta por la nostalgia fácil. El tema se mueve entre riffs precisos, melodías adictivas y una elegancia despreocupada que transforma su indie rock en algo tan directo como sofisticado.
Ahora, con el lanzamiento de ‘Falling out of Love’, Casablancas y compañía siguen su esencia sonora que los ha caracterizado con el pasar de los años. Sin embargo, en este nuevo tema, la agrupación plasma un ritmo más lento y hace un guiño al icónico tema de Elvis Presley ‘Can’t Help Falling In Love With You’.
Para dar una digna presentación del nuevo sencillo, The Strokes dio un breve recital en The Late Show con Stephen Colbert. La programación está en la recta final debido a problemas que se han clasificado como decisiones “puramente financieros”. En estos últimos momentos, Colbert está siendo acompañado por grandes celebridades como Foo Fighters, Chris Stapleton, el presidente Barack Obama, Tom Hanks y, claramente, The Strokes. También hay un grupo especial de presentadores de programas nocturnos que han estado presentes: Jimmy Kimmel, Jimmy Fallon, Seth Meyers y John Oliver.
Mira aquí la presentación de The Strokes:
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Hay películas malas y hay películas ridículas. Y luego están esas cintas que van más allá de lo malo y lo ridículo, al desperdiciar inexplicablemente una premisa de alto potencial. Obsession es una película que se apropia del título del clásico de Luchino Visconti que inauguró al Neorrealismo italiano, del clásico de culto del maestro Brian De Palma, de un himno pop ochentero y otro noventero, que cree desesperadamente que está diciendo algo profundo sobre el deseo masculino, la obsesión romántica y la misoginia contemporánea, cuando en realidad funciona como una mezcla extraña entre sketch de YouTube, horror de TikTok y comedia camp.
Bear, un joven tímido y retraído (Michael Johnston en modo “ultra cringe”), pide un deseo sobrenatural para que Nikki (Inde Navarrete), la chica que le gusta, se enamore obsesivamente de él. La idea permitía explorar el consentimiento en las relaciones, el amor tóxico, la paradoja del deseo (apenas se satisface ya no hay deseo) y las relaciones posesivas desde un lugar escabroso e interesante. Incluso el arranque sugiere que la película podría ir por ahí. Pero no.
La exasperante cinta se demora en arrancar y cuando lo hace, abandona cualquier posibilidad de construir un estudio psicológico coherente y se transforma en una sucesión de escenas exageradas donde Nikki pasa de mujer enamorada a demonio caricaturesco, como si se tratara de un Gizmo mojado.
No hay lógica emocional. No hay progresión psicológica. No hay comportamiento humano reconocible. Eso sí hay sobresaltos, gatos muertos y cocinados, miradas desquiciadas, sonrisas retorcidas, música tétrica y muertes altamente predecibles. En otras palabras, gente actuando como si estuviera atrapada en una parodia de Fatal Attraction dirigida por un algoritmo. Y ese es precisamente el problema más grande de la película: nunca entiende el tono que quiere manejar.
Por momentos intenta hablar sobre consentimiento y control masculino. En otros parece una sátira absurda sobre relaciones tóxicas. Después quiere ser una cinta de horror sobrenatural. Y al final termina siendo una comedia camp grotesca. El resultado no es una mezcla inteligente de géneros, sino una película emocionalmente incoherente que cambia de personalidad escena tras escena sin darle posibilidad alguna a la lógica.
Las críticas exageradamente entusiastas intentan venderla como una reinvención moderna del horror romántico y como la mejor película de terror del año. Honestamente, eso es darle demasiado crédito, como si se tratara de un porcentaje de Rotten Tomatoes arreglado. Obsession hace que The Crush parezca un tratado psicológico sofisticado, que Boxing Helena luzca discreta y que Together, se sienta seria y solemne.
La película está mucho más cerca de The Cable Guy o, mejor todavía, de Ace Ventura, cuando Nikki empieza a moverse, reír, gritar y reaccionar como un personaje salido de un dibujo animado hiperactivo. Existe un capítulo de Los padrinos mágicos tremendamente parecido a la premisa de esta cinta y, la verdad sea dicha, es mucho más serio, realista y profundo.
Lo frustrante es que la actuación de Inde Navarrete es lo bastante buena como para soportar el desastre que tiene que sostener. Al igual que Jim Carrey, la actriz de Superman & Lois se entrega físicamente al papel con una intensidad total. Hay escenas donde realmente intenta construir algo perturbador debajo del exceso histérico que le exige el guion. Michael Johnston de la serie Teen Wolf también funciona mejor de lo esperado como este protagonista inseguro y emocionalmente inmaduro que lentamente entiende el horror que provocó. Pero ni siquiera ellos pueden salvar una película que constantemente destruye su propia lógica interna.
El supuesto comentario sobre la “manosphere” y las fantasías masculinas contemporáneas también termina siendo superficial. La película esboza ideas sobre control, dependencia emocional y celotipia, pero nunca las desarrolla. Todo queda reducido a una cadena de escenas extremas diseñadas para provocar reacciones inmediatas en el público. Y ni siquiera como cinta de horror funciona tan bien.
Los momentos violentos aparecen porque sí, muchas veces sin construcción real de tensión. Hay escenas pensadas claramente para viralizarse con gore, explosiones de sangre, comportamientos erráticos y humor negro subrayado hasta el cansancio. Barker claramente viene del internet y eso se nota en cada decisión narrativa. La película parece diseñada para generar clips, memes y reacciones de TikTok más que para construir terror psicológico genuino.
Incluso la duración juega en contra. Con casi dos horas, Obsession repite la misma dinámica una y otra vez hasta el agotamiento. Nikki hace algo absurdo. Bear se horroriza. Después vuelve a aprovecharse de la situación. Luego ocurre otra escena grotesca. Y así sucesivamente. No hay policías, no hay psiquiatras, no hay adultos. La película cree que está descendiendo lentamente hacia la locura, cuando en realidad gira en círculos.
Lo más curioso es que el verdadero terror de la historia podría haber sido potente y contundente si Barker hubiese apostado por algo más contenido y humano. La idea de una mujer atrapada dentro de una versión artificial de sí misma y obligada a amar a alguien contra su voluntad, tenía posibilidades.
Curry Barker, que está confirmado para dirigir una nueva entrega de The Texas Chain Saw Massacre (Dios tenga misericordia de nosotros), posee energía visual y sabe dirigir actores. Pero Obsession confirma algo importante: tener ideas provocadoras no alcanza para construir una gran película. También hace falta control tonal, coherencia emocional, investigación en psicología y personajes que parezcan seres humanos reales. Aquí no hay nada de eso. Solo una película convencida de ser mucho más inteligente de lo que realmente es.
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De Osho a Mark Zuckerberg, de Alejandro Jodorowsky a Buddha (sic), de Kim Kardashian a Andrew Huberman: las pantallas que se ubican a los constados del escenario lanzan frases motivacionales. Unidades condensadas de optimismo y resiliencia que se proyectan a la audiencia y que forman parte de la narrativa (una de las palabras clave de la industria en esta década) de Free Spirits, el álbum que Ca7riel y Paco Amoroso lanzaron en marzo y que le da nombre también a la gira mundial que empezó este jueves en el Movistar Arena.
Cuando (literalmente) cayó el telón, en el centro del escenario estaban Ca7riel y Paco, en plan destroyed, en dos camillas reclinables, en una ambientación que recreaba la habitación de un hospital. En verdad, se trata de uno de los cuartos del Free Spirits Wellness Center, eje central del disco (y el espectáculo). Una enfermera hace las veces de anfitriona del show, que más que un show parece planteado como una experiencia. Buena parte de la audiencia cumple con el dress code sugerido de atuendos blancos, beige, la paleta de colores que predomina en la propuesta.
Pero detrás de ellos hay unas tarimas de tres niveles, que recuerda a un coro (griego o gospel) o también a una escenografía televisiva de programas como Tribuna Caliente, que es una ubicación vip. Los que tienen el privilegio de ver el concierto desde adentro son colegas, amigos, celebridades. Un curioso aquelarre variopinto en el que convivían, todos con una especie de camisola blanca, Martín Piroyanski con Wallas , Chita (cantante y novia de Ca7riel) con Joaquín Furriel, Juliana Gattas con el baterista Jota Morelli, Esmeralda Mitre con la DJ Anita B Queen (colaboradora del grupo en el célebre Tiny Desk), Maia Reficco y Coti, entre otros. Una ubicación privilegiada para experimentar desde adentro una propuesta artística que tiene la intensidad como uno de los ejes, y que los transforma, también, en parte del show.
La voz de Sting, que colaboró en la narrativa de Free Spirits desde el primer momento, como guía de una sanación en doce pasos es otro de los hilos conductores del show, que tiene como columna vertebral las canciones del último disco. “No me sirve más”, fue el puntapié inicial de un derrotero sostenido en su increíble performance pero también en la solidez acostumbrada de una backing band que es mucho más que una backing band: Javier Burin en las teclas, Felipe Brandy ( también conocido como el “Tío La Bomba”) en el bajo, Maxi Sayes en la percusión y Edu Giardina en la batería logran una poderosa amalgama de sonido hi-fi, con una versatilidad que va del funk y el jazz al trap, el pop y los ritmos latinos. Una versatilidad que acompaña los delirios del dúo de enfants terribles que, aunque pasaron los 30, mantienen el olor a espíritu adolescente.
Las nuevas canciones (“Nada nuevo”, “Ay, Ay, Ay”) tienen una doble virtud. Por un lado, suenan a hits. Por el otro, conviven con otros hits que forman parte del repertorio del grupo como “Impostor”, “Día del Amigo”, “Dumbai”, “Baby gangsta”, “El Único” y “La que puede”, entre otros.
Hacia el final, esa especie de coro gospel disruptivo bajó de sus tarimas para sumarse a Ca7riel y Paco en la pasarela que se extendía entre parte del campo. En una rave desaforada, una selección de clásicos, como “Pirlo”, “Cono hielo”, “Culo con caca”, son la antesala para el cierre, con “Beto’s Horns”. La elección del tema final, el “Himno del Mediocre” (y ese sonido que remite a los hits setentosos de Julio Iglesias) ostenta una continuidad con “Spanish Flea”, el tema de Herb Alpert y sus Tijuana Brass con el que cerraban el espectáculo anterior. algo completamente lógico para una banda que entiende al cantito de “¡Hijos de puta!” como la más maravillosa música, como corriente de afecto entre artistas y fans.
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Tras dos años, los fans de Drake finalmente pueden celebrar: el rapero, rodeado de controversia, lanzó por fin su nuevo álbum Iceman, con apariciones de Shane Gillis y DJ Akademiks.
Al final del livestream de Iceman, Drake sacó tres discos duros, mientras un texto en pantalla revelaba: ‘Hice esto para poder hacer esto’. Otra gráfica mostró los títulos de otros dos álbumes sorpresa: Habibti y Maid Of Honour. Los tres LP fueron lanzados simultáneamente este viernes.
La seguidilla de discos llega en medio de una enorme expectativa, al tratarse del primer álbum solista de Drake tras su enfrentamiento en 2024 con Kendrick Lamar, cuyo diss track Not Like Us ganó múltiples premios Grammy y reformuló para peor la imagen pública del rapero superventas.
Tras años de especulación, el álbum ofrece a los fans una ventana a cómo vivió Drake la mediática batalla. El LP cuenta con producción de su colaborador de larga data Noah ‘40’ Shebib, además de nombres como Overkst, OK y otros más. También aparecen Future y la estrella emergente Molly Santana. Episodios anteriores del livestream de Drake ya habían adelantado canciones como What Did I Miss? y National Treasure, ambas incluidas finalmente en el álbum.
Drake no se guarda nada respecto a sus sentimientos hacia Kendrick Lamar y el devastador diss track Not Like Us, que retrató al canadiense como un ‘pedófilo certificado’. Visiblemente molesto, Drake aprovecha múltiples momentos para lanzar dardos contra la imagen pública de Kendrick con líneas como ‘Los chicos blancos te escuchan porque sienten culpa’, además de versos que parecen afirmar que 100 millones de reproducciones de Lamar desaparecieron del conteo, alimentando así sus reiteradas acusaciones de que Universal Music Group habría recurrido a bots fraudulentos para inflar la popularidad de la canción.
Otras líneas, como ‘La madre de tu hijo ni siquiera publicó el sencillo, maldita sea, ¿dónde está?’, retoman las acusaciones que Drake lanzó en su cadena de diss tracks de 2024. El rapero también parece asegurar que miembros del equipo de Kendrick Lamar intentaron hacer las paces. ‘Viste a mi hermano, estabas tratando de arreglarlo, ahora lanzas tu álbum y vuelves a tirar indirectas’, rapea Drake.
Iceman llega bajo la larga sombra del conflicto que sacudió a toda la industria y que comenzó con We Don’t Trust You de Metro Boomin y Future, además del sencillo Like That, con participación de Kendrick Lamar.
El mes pasado, Drake reveló la fecha de lanzamiento del álbum instalándola dentro de una gigantesca escultura de hielo en el centro de Toronto, la cual fue recuperada y presentada por la streamer de Twitch Kishka. En los últimos meses, el rapero ha integrado cada vez más el mundo de los streamers y creadores de contenido a su estrategia pública, realizando sus únicas apariciones posteriores al conflicto en plataformas de figuras como XQC y Adin Ross. Drake también es inversionista de Stake, empresa propietaria del popular sitio de streaming Kick, donde transmiten tanto Adin como XQC.
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