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Desde su primera temporada, The Mandalorian dejó claro que no quería ser simplemente otra expansión corporativa de Star Wars, sino un regreso a las raíces cinematográficas que inspiraron originalmente a George Lucas. La serie toma muchísimo del género de samuráis, especialmente de Lone Wolf and Cub con su guerrero errante y lacónico que atraviesa territorios hostiles mientras protege a un pequeño indefenso que termina convirtiéndose en su razón de existir. Din Djarin y Grogu son, esencialmente, una variación galáctica de ese vínculo entre padre e hijo atravesado por la violencia, la lealtad y el aprendizaje emocional.

También hay ADN puro del western clásico. La figura del pistolero solitario recuerda tanto al héroe cansado de Shane que protege a ese niño ilusionado y optimista, como a los mercenarios ambiguos del spaghetti western de Sergio Leone y Sergio Corbucci, especialmente A Fistful of Dollars y Django. El Mandaloriano entra a pueblos polvorientos, acepta trabajos peligrosos y se mueve por un universo donde la ley siempre parece insuficiente. Favreau y Filoni entienden algo que muchos olvidaron. Star Wars nació menos como ciencia ficción dura (2001: A Space Odyssey, Solaris) y más como una mezcla romántica de western, aventuras pulp y funciones baratas de matiné.

Por eso la película también recupera el espíritu de aquellos seriales de ciencia ficción y aventuras que marcaron a Lucas como Flash Gordon, Buck Rogers, Spy Smasher o Don Daredevil, con sus episodios llenos de persecuciones, explosiones, héroes imposibles y cliffhangers permanentes. Y eso es exactamente The Mandalorian and Grogu: Una aventura que jamás se detiene.

Lo más hermoso es que Jon Favreau y Dave Filoni aman profundamente este universo y ese cariño se siente en cada plano. No hay cinismo aquí. No hay distancia irónica. Hay entusiasmo genuino por contar una historia de aventuras espaciales donde un cazarrecompensas debe rescatar a Rotta The Hutt, el hijo del infame y difunto Jabba de The Return of the Jedi, mientras se enfrenta a criminales, gladiadores monstruosos y remanentes imperiales. La película entiende que Star Wars siempre funcionó mejor cuando avanzaba como un relato de movimiento constante, donde cada planeta ofrece una nueva amenaza, una criatura extraña o un personaje inolvidable.

Y hablando de personajes inolvidables, Rotta The Hutt resulta una sorpresa maravillosa. Lejos de ser solamente un guiño nostálgico al legado de Jabba, la película lo convierte en una figura trágica y carismática, atrapada bajo el peso del apellido familiar. Jeremy Allen White, el gran actor de esa magnífica serie conocida como The Bear, le da una personalidad vulnerable y fuerte al mismo tiempo, mientras el guion lo usa para hablar sobre identidad y herencia sin caer en solemnidades exageradas.

El reparto también aporta muchísimo. Pedro Pascal reafirma por qué su Din Djarin funciona tan bien. Debajo de la armadura hay cansancio, nobleza y melancolía. Sigourney Weaver, la emblemática Ripley de Alien, entra al universo Star Wars con total autoridad, mientras la aparición de Martin Scorsese como un neurótico mono alienígena de múltiples brazos atendiendo un camión de comida es simplemente deliciosa. Después del histórico desencuentro por Marvel, resulta fascinante ver a Scorsese compartir juego con Favreau, el director de dos poderosas entregas de Iron Man, y unirse así a Werner Herzog como otro gran autor seducido por esta galaxia.

También hay ecos permanentes del cine bélico clásico y del peplum. Las batallas aéreas recuerdan a Flying Tigers con John Wayne y a series como Baa Baa Black Sheep (conocida en español como Los tigres voladores), mientras la arena de combate evoca películas como Demetrius and the Gladiators o Spartacus. Incluso se siente la influencia de Apocalypse Now, especialmente en un momento con Grogu que constituye un guiño precioso, considerando la amistad histórica entre Coppola y Lucas. Después de Game of Thrones y Gladiator II, Pascal parece haber encontrado un gusto por las arenas y los héroes exhaustos.

Otro gran acierto es el uso de efectos prácticos y criaturas físicas. Hay textura, peso y calor humano en este universo. Las marionetas, disfraces y animatrónicos hacen que todo se sienta vívido y tangible. Después de años de megaproducciones digitales frías y sobreprocesadas (estoy hablando de ti, trilogía de precuelas), esta película recuerda por qué las criaturas espaciales con espíritu de Muppets siempre fueron el corazón de Star Wars

Grogu (también conocido como Baby Yoda), sigue siendo adorable, pero además la película entiende cómo usar su ternura sin convertirlo en un simple producto de mercadeo. Hay momentos pequeños entre él y Din Djarin que tienen más humanidad que películas enteras de franquicias modernas.

Aquí vale la pena decir algo que puede alterar a quienes lleguen a leer hasta aquí. Muchos de los fanáticos tóxicos de Star Wars jamás estarán satisfechos. Estoy hablando de los mismos que hoy defienden ciegamente las precuelas de George Lucas, unas películas visualmente sintéticas, rígidas y emocionalmente frías, mientras atacan injustamente la trilogía secuela por recuperar precisamente aquello que hizo grande a la saga con su sentido de la aventura, la emoción, la imprevisibilidad, el humor, el dinamismo y los personajes vulnerables y mortales. Star Wars: The Force Awakens, Star Wars: The Last Jedi y Star Wars: The Rise of Skywalker entendían que Star Wars debía sentirse viva, no como un museo digital de lo obsoleto lleno de pantallas verdes.

En ese sentido, The Mandalorian and Grogu, la primera película de Star Wars luego de casi una década, está mucho más cerca de Rogue One que de las producciones más acartonadas de la franquicia reciente (eso incluye a la desabrida cinta sobre Han Solo y a las series insulsas sobre Boba Fett y Obi-Wan Kenobi). Sin embargo, a diferencia de Rogue One (de dónde surgió esa maravillosa alegoría a la Alemania Nazi y a la resistencia conocida como Andor), The Mandalorian and Grogu posee una sensibilidad diferente: más juguetona, serializada y cercana a la acción vertiginosa de los extraordinarios dibujos animados de Genndy Tartakovsky en Star Wars: Clone Wars. Las peleas son veloces, físicas y energéticas. Hay secuencias que parecen directamente sacadas de un cómic, un pulp, un serial o una serie animada.

Por supuesto, ya aparecieron las críticas diciendo que la película es “simple”, “plana”, “liviana” o “poco trascendente”. A esos críticos con sus adjetivos insufribles y a ciertos fanáticos furiosos solo queda responderles algo muy simple. Hagan como François Truffaut y Jean-Luc Godard. Dejen de destruir películas desde una silla y hagan las suyas. Favreau demuestra aquí un amor enorme por Star Wars, un cuidado artesanal por este universo y una comprensión absoluta de lo que significa el cine de aventuras popular. Resulta agotador ver cómo parte del debate moderno está secuestrado por adultos (no niños) incapaces de disfrutar algo sin convertirlo en una guerra cultural permanente.

Todo lo que un verdadero amante (no fanático) de Star Wars puede pedir está aquí: Criaturas extrañas, acción desatada, humor, aventura, emoción, traiciones, robots, un grupo de mecánicos, persecuciones, mercenarios, loros, ratas y perros alienígenas, melodrama espacial y una galaxia que vuelve a sentirse enorme y cercana al mismo tiempo. Así que no queda mucho más por decir. Compren sus palomitas, apaguen el cinismo y disfruten este viaje fantástico. This is the way.

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El último álbum de Foo Fighters, But Here We Are (2023), fue un profundo acto de duelo en público; la primera música de la banda tras la trágica muerte del querido baterista Taylor Hawkins apenas un año antes. “Alguien dijo que no volveré a ver tu cara/ Una parte de mí simplemente no puede creer que sea verdad”, cantaba Dave Grohl en el decidido himno del LP, “Under You”. Para una banda cuya trayectoria de tres décadas siempre se caracterizó por lo extrañamente equilibrados que parecen estar, verlos sobreponerse a una pérdida tan grande en tiempo real dio lugar al que fue, posiblemente, el álbum más emocionalmente intenso de su discografía.

Eso es, hasta ahora. El 12° álbum de la banda, Your Favorite Toy, es el siguiente capítulo en esa historia de lucha contra el duelo y mirada hacia adelante. Sin embargo, donde su predecesor solía tener un tono reflexivo, lo nuevo trata sobre una catarsis de garage-rock de alta energía: meterse en una sala, tocar a todo volumen y dejar que el ruido sea tu guía.

Crítica: Foo Fighters – ‘Your Favorite Toy’
Ilustración de Sebastián Domenech

“¿Lo hago? ¿Lo hago? ¿Lo hago?”, repite Grohl al comienzo del tema que abre el álbum, “Caught in the Echo”, con la voz distorsionada en un desenfoque vengativo. Hace una pregunta, pero suena como una orden; la indecisión como un honesto llamado a las armas. La canción explota: los tres guitarristas de la banda se acoplan en un riff de “torpedo punk” que podría haber salido de un disco de Fugazi, impulsado por el nuevo baterista Ilan Rubin. La canción acumula tensión hasta que los “¿Lo hago?” de Grohl (con tono de sargento instructor) se resuelven en una pregunta más directa: “¿Quién puede salvarnos ahora?”.

Eso es algo que él va a intentar descifrar en muchas de las canciones. “Soy un charco en el suelo”, admite en la ominosa y rítmica “Window”, antes de que las guitarras dejen entrar algo de sol y él se ilumine al ver el rostro de alguien a quien ama. En “Your Favorite Toy”, Grohl aúlla contra las distracciones superficiales a través de un torbellino de glam-grunge, ofreciendo un poco de sabiduría cautelosa de estrella de rock: “Tratá de no asfixiarte con la purpurina”, una frase al pasar con una resonancia profunda en su propia historia. Sin embargo, cuando canta “¿No es una lástima? ¿No es una pena?” en el golpe de nocaut digno de Black Sabbath que es “If You Only Knew”, lo hace con burla, como si la idea de dejarse frenar por el pasado no fuera una opción, al menos no para él.

Eso no significa que los fantasmas aquí no asusten. La canción más conmovedora del álbum es “Of All People”, en la que Grohl se cruza con un traficante de drogas que solía venderle a la elite del rock & roll hace muchísimos años. El riff de punk de Los Ángeles de los ochenta es punzante, evocando esa ética de “menos que cero” de la escena, y su sensación de horror al ver a esta persona todavía acechando las calles pega fuerte. “Sabés que deberías estar muerto/ Pero en cambio estás vivo”, canta. La canción aborda un acertijo moral universal: ¿Por qué no le pasan cosas malas a la gente mala, cuando los buenos a menudo nos dejan mucho antes de tiempo? Es material bastante profundo para un temazo de power-pop de dos minutos y medio.

La respuesta a ese problema aparentemente ineludible llega en una canción como “Spit Shine”, una explosión de guitarras furiosas y un bombardeo de batería frenético donde Grohl surge entre la bruma para recordarnos: “No lo olvides, tenemos suerte si salimos vivos”. Your Favorite Toy puede ser tajante y escabroso; a veces es directamente sombrío (como en “Child Actor” o en la pesimista “Amen, Caveman”). Pero, con diez canciones rápidas y extremadamente pegadizas, se pasa volando y exige escucharlo una y otra vez.

Temas que empiezan de forma sorprendentemente brusca terminan resolviéndose en estribillos grandes y pulidos, obra de firmes creyentes en el poder del rock alternativo comercial, contundente y heroico, como un bálsamo contra la oscuridad que acecha. El álbum termina con su pieza central emocional, “Asking for a Friend”, una declaración de principios que comienza a velocidad de power-ballad y termina corriendo hacia un horizonte esperanzador. “Buscando algo a lo que rezar/ Palabras que pueda usar/ Para calmar tu preocupación”, canta Grohl y acaba de encontrar esas palabras justo acá.

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La clave de Ayer dijiste mañana, el flamante álbum de Balta, está en una charla que tuvo con Jorge Drexler en 2022. “Vengo con este proyecto en la cabeza hace tiempo”, le cuenta el artista uruguayo de 25 años a Rolling Stone. “Esa conversación con Jorge despertó un poco el bichito creativo. En ese momento, me mandó a hacer un ejercicio de reducción del sonido candombero, de la clave. Es decir, como una especie de funky carioca pero con nuestro sonido. Y a través de eso, me puse a pensar: ‘¿Cuál es el sonido nuevo afrouruguayo?’ Porque grandes íconos culturales, desde [Rubén] Rada, Jorginho Gularte, Eduardo Da Luz, Chabela Ramirez, nos inspiran y le dan identidad al Uruguay Afro, pero también hay nuevas generaciones que llegan con una impronta distinta. Creo que el intento de Ayer dijiste mañana es traer a la mesa una conversación de ese tipo, de redefinición cultural. Somos Rada, y Jorginho, pero sonamos un poco más así. O, bueno, por lo menos yo confío en este sonido, luego de tanto tiempo de convivir con amigos, colegas, artistas de la nueva generación. Escuchamos a Cheché Santos, pero también escuchamos a Kendrick Lamar, a Bruno Mars, a Bad Bunny. Confío siempre en lo que el mañana trae, pero, hay que empezar por el hoy, por hacer. El título del disco tiene que ver con eso, con honrar y transformar, creo que invoca una manera llamativa de decir hoy, sin decirlo. El ayer siempre está diciendo el mañana, el movimiento hace a la vida”.

Drexler no sólo lo convocó para producir su álbum. “Desde Hugo Fattoruso no hay un instrumentista de esa magnitud dentro del área de la composición y de la canción”, declaró en una reciente entrevista con Rolling Stone.

Conocé a Balta, la revelación uruguaya: “Escuchamos a Rubén Rada, pero también a Kendrick Lamar”
Facundo Balta, desde Montevideo, un artista para apreciar en vivo (Gentileza Pure Class Music).

Este jueves, a las 21, Balta presenta Ayer dijiste mañana en La Tangente, la coqueta sala del barrio porteño de Palermo (entradas acá).Tocar en Buenos Aires debe ser de las cosas que más respeto me dan: son un público increíble, y una ciudad muy grande. Estoy desacostumbrado a esas velocidades; soy muy montevideano, salgo a caminar por la paz de barrio Sur y Palermo, los tambores y el mate, me gusta el silencio. Ir a tocar a Buenos Aires es un poco una trompada, en el mejor de los sentidos: me renueva, me enfoca, me pone un espejo adelante y me hace verme más, prestarme más atención, juzgar mi rendimiento. Estoy enfocado, estudiando, metiendo lo máximo de mi con el proyecto, las canciones y la musicalidad, voy por primera vez con banda, mis músicos, que vienen conmigo hace un tiempo creando este nuevo sonido acá en Montevideo, o intentando entender entre todos hacia dónde vamos. Estoy muy entusiasmado, siento que tenemos muchas cosas para decir, y bueno, ojalá Buenos Aires nos quiera escuchar por el rato que me quede de cantar en este plano. Estoy muy emocionado de ir, y creo que me pasará asi toda la vida”.

El disco arranca con “Carne y hueso”, un arrebato jazzístico que recuerda al saxofonista Kamasi Washington y la West Coast Get Down, ¿Fue una referencia ese sonido? 

Kamasi es una referencia en mi vida, tanto musical como espiritual. The Epic es un disco que escuché muchísimo cuando descubría ese sonido, lo conocí más o menos al mismo tiempo que a [John] Coltrane y Miles [Davis]. También hay un guiño melódico a “The Eye of the hurricane” de Herbie Hancock, que es mi pianista favorito. Una de las temáticas más grandes del disco es la libertad, espiritual y económica, y cómo es una contradicción muchísimas veces para el artista ambas cosas, o por lo menos para los artistas de este país, que la mayoría nunca vivieron de hacer arte honesta y de elevar su espíritu. “Carne y Hueso” es mi intento de búsqueda más magra del sonido de Barrio Sur actual, más libre. Jazz, rap, candombe, Chabela, y la primera palabra del disco que es “¿Libertad?”, una pregunta, luego Chabela da su impronta sobre lo que para ella significa eso mismo. Fue una búsqueda, generar ese portal real de identidad en este nuevo camino musical que tomo, dónde sea que vaya, lo primero que pasa es mi crianza, mi gente, mi casa.

En esa canción, tu flow no es el de  un rapero (o trapero) convencional: tiene un swing jazzístico, como si fuera una especie de scat, pero rapeado, ¿De dónde viene eso? 

En el rapeo me inspiré muchísimo en dos raperos, en Kase.O, su disco Jazz Magnetism tiene canciones como “En 2 minutos” o cualquiera de ese disco, que me fascinan, y luego en Kendrick Lamar, es de mis artistas favoritos, te diría top 3 indiscutible. Creo que la métrica, el ritmo, el acento, asi como al tambor, el acento cambia la historia, las mayúsculas rítmicas, es una discriminación necesaria para contar una historia. Intenté eso, que no sea plano, creo que el disco entero lucha un poco en contra de lo plano, creo que hay bastantes dinámicas.

A lo largo del disco, aparece la legendaria cantora y activista Chabela Ramírez en plan spoken word, ¿Cómo definirás tu vínculo con ella? 

Chabe es mi vecina, por suerte. Pero además es una de las caras más importantes de la cultura, una activista que es un símbolo de lucha y de gestión cultural. La admiro como hacedora, como observadora, aprendo mucho de ella, veo sus entrevistas e intento convidar a mi grupo de amigos con temas como los que ella habla, que en Uruguay son muy poco comunes, un poco mala palabra en general. Hablar sobre libertad, dignidad, plata, sobre cómo se disolvió la esclavitud en Uruguay, sobre identidad y razón. Chabela es nuestra tía, nos marca el camino, siempre hay que escucharla. Los tambores se tocan por algo.

Sos un enlazador de mundos: entre el swing candombero, el groove funkero y el flow trapero, ¿De dónde viene esa búsqueda?

Creo que no es una búsqueda, creo que es la música con la que me crié, me gusta mucho escuchar música, mis papás son cantores, músicos, escritores, mi madre actriz, ambos escribían espectáculos carnavaleros y los vendían a comparsas, mamá teatro independiente. Y yo siempre crecí estudiando, piano, trompeta, armonía, pero a su vez haciendo carnaval, tocando y cantando candombe. A su vez freestyleando con mis amigos, rapeando, haciendo beats, mi primera época de producción era de samplear, lo único que hacía era samplear, tocaba en la Orquesta Juvenil Del Sodre, escuchaba algún pasaje de cuerdas de algún movimiento sinfónico y corría a mi casa a samplear, ponerle unos drums traperos o de boombap, desde muy chico escuchaba reggaeton y rap anglo, Eminem, DRE, 50 Cent. Luego fui conociendo más raperos, pero escucho muchísima música de ese estilo. Intento serle fiel a la música que me gusta. Mi papá me educó con mucha música brasilera, y con Stevie Wonder, Michael Jackson, Ruben Blades. Y mi vieja educó mucho mi primera época compositiva, escuchaba mucho a Mercedes Sosa, León Gieco, zamba y tango. Creo que la decisión de “trapearla” más tiene que ver con que fue una música con la que me enamoré de mi generación, la que escucho con mis amigos y amigas. No sabría decirte, todo lo que hago lo hago por amor. 

Jorge Drexler te convocó para producir Taracá, y fuiste muy importante, incluso en darle un sentido del nombre del álbum. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Qué aprendiste de Jorge? 

Jorge es un artista superlativo, un compositor de oro, además de una persona generosa con su trabajo y con los espacios. Que me haya invitado a trabajar con él, es un cuento surrealista que le cuento a mis amistades. Aprendí y aprendo mucho de ese proceso, todos estamos aprendiendo cómo hacer el disco que toca en el momento, pero Jorge dispone de herramientas que su experiencia e inteligencia le ponen a mano, y sabe utilizarlas a su favor. Y lo más importante, en mi opinión, es que sabe decir que no, sabe decir que no puede tal cosa, o que no quiere gastar energía intentando tal otra. Es humilde, eso lo hace un grande, y es lo que más aprendí de trabajar con él. A veces pareciera que tiene un campo infinito de herramientas, supongo que eso es porque sabe contar con la gente, sabe traer luz y abrir ventanas, fue un proceso que me hizo respetarlo y agarrarle mucho cariño a él como persona, es realmente un maestro en su arte. El peso que agrega la percepción de “éxito” en la balanza de lo que hace el, y que muchos queremos hacer para nuestras vidas, es tan gigantesco que muchas veces te paraliza. Supongo que venció ese parálisis entendiendo que lo mejor que puede hacer es aprender, y bueno, eso nos enseña a nosotros, que hay que seguir aprendiendo. Siempre le agradezco por lo que hizo, le cambió la vida a mucha gente.

Jorge también participa en Ayer dijiste mañana. La canción se llama “Con Quién??”, ¿Sentís que dialoga con Taracá? 

“Con Quién??” es una canción que salió de Tadu Vazquez, Jorge y yo, es decir, los tres que trabajamos en la primera instancia de Taracá, a través de un ejercicio con una idea musical de To Brandileone. Tadu propuso el Beat para el disco de Jorge, pero terminó quedando afuera. Como no se usó, yo le pedí a Tadu ese beat para hacerle algunas modificaciones y terminar usándolo. Hasta ese momento iba a ir así, pero Jorge me escribió porque quería participar del disco y como andaba en Uruguay por un trabajo visual para Taracá, terminó pasando. Creo que es un diálogo directo con el trabajo que venimos haciendo, y creo que también dialoga con obras anteriores que yo hice para otros discos, que también fueron inspiradas a través de este bichito creador que trajo a la mesa Jorge, sobre la reducción de la clave candombera. Un círculo cerrado, ¿se dice así?

La escena musical montevideana siempre es estimulante, ¿a quiénes reconocés como referentes y con qué contemporáneos sentís más afinidad? 

Montevideo es interminable, está cada vez más afilada, aparecen nuevas áreas a pesar del límite poblacional con el que va a la guerra. Nuestros próceres que siguen vigentes, Rada, Fatto, Jaime, No Te Va Gustar, pero pasan cosas nuevas hermosas, desde un Knak y Zeballos representando una escena local del hip-hop, hasta nuevos exponentes de la canción como Isabel Lenoir y Sofia Alvez. Gente que se anima al pop uruguayo como Rodrigo Alvez, y proyectos como Nair Mirabrat que te dejan sorprendido semanas si los ves en vivo. Ni que hablar con el nacimiento de La Rueda de Candombe que trajo una correntada de pasión candombera necesaria, celebro eso como un gol de Uruguay en la hora. Mi artista favorito de la historia uruguaya es Rubén Rada, creo que para mi con cierta diferencia, le gana al Fatto [Hugo Fattoruso] en mi top más por lo emocional, pero ambos son íconos irrepetibles de nuestra historia. Faros eternos.

Bueno, Rubén Rada también participa del álbum en “Desde el corazón”, el candombe que cierra el disco.¿Qué representa Rada para vos? ¿Cómo tomás que muchos te señalen como tu sucesor? 

Rubén Rada es un punto de la historia irrepetible, un punto álgido de expresión artística. Nunca en la vida, nadie, va a poder darle a Uruguay lo que él le dio, lo que le da a los jóvenes afro como yo y mis amigas y amigos. Un sentido de identidad, de relevancia cultural, de llevar el tambor a dónde sea con él. Lo admiro muchísimo, por su obra y su historia personal. Escucho la canción y lloro, cada vez que la escucho, es como si me hubiera pasado “Vida 1” y empezara a jugar “Vida 2”, ¿viste? Esa sensación de misión cumplida. Varias personas me toman como su sucesor, o me dicen que me ven así. Yo no veo eso, veo que su obra plantó una semilla de la que germina toda la cultura afrouruguaya, inventó cosas que muchos de nosotros y nosotras continuamos, Funk, candombe, rock, jazz, el gupo Totem, canciones indiscutibles del real book uruguayo que canta todo el país. Rada es mucho más que una proyección artística o una línea, es el embajador de la música uruguaya, es y será siempre el mejor de todos nosotros.

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