Hay una paradoja en la filmografía de Harold Trompetero. Aunque gran parte de su popularidad proviene de comedias como El paseo 1 y 2, Mi gente linda, mi gente bella, Muertos de susto, El man o Los Oriyinales, auténticos esperpentos que divagan torpemente entre el costumbrismo facilista, la caricatura y el exceso, sus mejores trabajos han surgido cuando se aleja de la búsqueda desesperada de la risa. Ya ocurrió con el notable drama carcelario Perros y ahora vuelve a suceder con Lactar, probablemente una de las obras más sinceras y emocionalmente maduras de toda su carrera.
Lactar parte de una premisa tan insólita como provocadora: Victoria, una mujer de 62 años descubre que está embarazada. Lo que podría haberse convertido en una comedia de situación o en una fábula moralizante se transforma aquí en un melodrama existencial sobre el vacío, el deseo, el envejecimiento y la necesidad de encontrar sentido cuando la vida parece haber agotado todas sus posibilidades.
María Elena Doering sostiene la película con una interpretación en su justa medida. Su personaje pertenece a una familia acomodada, vive atrapada en un matrimonio emocionalmente agotado y busca desesperadamente algo que rompa la monotonía de una existencia construida sobre las apariencias (de hecho, trabaja como empleada doméstica y alquilando celulares cuando no necesita del dinero). El embarazo funciona entonces como un detonante narrativo, pero también como la metáfora de una segunda oportunidad vital.
A su alrededor, Diego Trujillo (eterno colaborador del director) como Don Mauricio, el esposo machista y de doble moral; y Julián Díaz, como Camilo, el chofer depresivo de la familia, aportan el equilibrio necesario a una historia que constantemente se mueve entre el melodrama, la introspección y el conflicto social.
Lo más interesante de Lactar es que, por momentos, parece una película llegada de otra época. Su estructura emocional y su manera de abordar los dilemas íntimos recuerdan a los grandes melodramas de Douglas Sirk, donde los conflictos personales terminaban revelando las hipocresías y limitaciones de toda una sociedad. Como ocurría en All That Heaven Allows, Written on the Wind o Imitation of Life, aquí los personajes luchan menos contra un antagonista concreto que contra las convenciones sociales que les dictan cómo deben vivir, amar o envejecer.
Eso no significa que Trompetero haya corregido todos sus defectos. Siguen apareciendo varios de los vicios que han acompañado buena parte de su filmografía. La reiteración narrativa vuelve a hacerse presente en escenas y frases que insisten demasiado en la misma idea emocional. La banda sonora continúa atropellando sentimientos que ya están suficientemente expresados por los actores y el ritmo resulta irregular, alternando momentos acelerados y de gran intensidad con pasajes que parecen estancarse.
Sin embargo, esta vez esos problemas pesan menos porque detrás de ellos existe algo que rara vez aparece en las películas más comerciales del director: verdad. Hay una honestidad evidente en la manera en que aborda los conflictos de su protagonista. Se percibe que la historia nace de una preocupación genuina y no de una fórmula industrial diseñada para satisfacer al público. No es casual que el origen del proyecto esté en una novela escrita por el propio Trompetero y basada, además, en una experiencia real que lo marcó profundamente.
Lactar no es una película perfecta. Está lejos de serlo. Pero sí representa una confirmación de algo que lleva años siendo evidente. El mejor Harold Trompetero no es el de las comedias estridentes ni el de los chistes televisivos llevados al cine. Es el cineasta que observa a personajes heridos, que explora las contradicciones de la vida adulta y que se atreve a hablar del dolor, la soledad y la esperanza sin esconderse detrás de la caricatura. Quizá sea hora de que él mismo termine de aceptarlo.
The post Crítica: <i>Lactar</i> appeared first on Rolling Stone en Español.
Mucho antes de convertirse en uno de los personajes más reconocibles de la cultura popular de los años ochenta, He-Man fue simplemente un juguete. En 1982, Mattel buscaba crear una línea de figuras de acción destinada al público masculino, una especie de equivalente a Barbie para niños (¡No es una muñeca, es una figura de acción!). Sin embargo, los ejecutivos comprendieron rápidamente que para vender millones de figuras necesitaban algo más que músculos imposibles, espadas gigantes, villanos extravagantes y nombres redundantes. Necesitaban una historia.
Así nació He-Man and The Masters of the Universe, una serie animada concebida principalmente para dar contexto a aquellos juguetes. Lo que comenzó como una estrategia de mercadotecnia terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural. La premisa era tan absurda como irresistible para un niño de 6 años en adelante: Un príncipe rubio, aparentemente inseguro, se transformaba en el hombre más poderoso del universo para defender su mundo fantástico, Eternia, de un enemigo llamado Skeletor, una calavera viviente obsesionada con conquistar el mundo. Había tigres verdes gigantes, castillos mágicos, tecnología futurista y guerreros con nombres que parecían inventados por un niño ese niño de 6 años. Era una mezcla imposible entre fantasía heroica, ciencia ficción y dibujos animados de sábado por la mañana.
Quizá por eso la primera adaptación en acción real de 1987 sigue siendo recordada con tanto cariño. Nadie podría defender seriamente aquella película como una gran obra cinematográfica. El presupuesto era limitado, los efectos especiales eran modestos incluso para su época y Eternia apenas aparecía en pantalla porque gran parte de la historia transcurría en la Tierra. Sin embargo, poseía algo que muchas producciones actuales han perdido: sinceridad. Aquella película entendía perfectamente la naturaleza extravagante de su material de origen y nunca intentó convertirlo en algo que no era. Dolph Lundgren interpretaba a He-Man con absoluta convicción mientras luchaba contra Frank Langella, que ofrecía una versión deliciosamente exagerada de Skeletor. Era camp, excesiva y profundamente divertida.
Por eso resulta tan refrescante comprobar que Travis Knight ha tomado una decisión que, en los tiempos actuales, parece casi revolucionaria: No avergonzarse de la ridiculez de He-Man. Knight ya había demostrado anteriormente una sensibilidad especial para trabajar con relatos infantiles y con propiedades intelectuales nacidas fuera del cine. Primero nos entregó Kubo and the Two Strings, una auténtica obra maestra de la animación stop motion producida por Laika Studios, una película capaz de combinar aventura, emoción y una belleza visual extraordinaria. Después consiguió algo que parecía imposible: Dirigir la mejor película de la horrorosa franquicia cinematográfica de Transformers. Mientras las entregas de Michael Bay se perdían entre explosiones interminables y caos digital, Bumblebee recuperó el corazón que había desaparecido de la saga y recordó que incluso una historia basada en juguetes podía tener alma.
Con Masters of the Universe vuelve a demostrar que comprende mejor que muchos ejecutivos la esencia de estas franquicias. Durante años hemos asistido a una obsesión casi enfermiza por oscurecer y solemnizar cualquier propiedad popular. La “cultura geek” parece haber asumido erróneamente que la madurez consiste en eliminar el color, la diversión y el sentido del humor. Lo vimos en numerosas reinterpretaciones de superhéroes y también en la versión de He-Man impulsada por Kevin Smith para Netflix, mucho más interesada en el drama existencial que en la aventura jovial y desenfrenada. En paralelo, la influencia de Zack Snyder dejó una huella profunda en el cine de género, instaurando la idea de que los superhéroes, concebidos originalmente para entretener, debían comportarse como figuras trágicas de una epopeya religiosa.
Knight rechaza completamente ese camino. Su Masters of the Universe no intenta convencernos de que estamos viendo una reflexión filosófica sobre el destino de la humanidad. Tampoco pretende transformar a He-Man en una figura mesiánica. Lo que hace es mucho más inteligente. Acepta que Eternia es un lugar absurdo y maravilloso donde la fantasía heroica convive con pistolas láser, donde un esqueleto parlante puede obsesionarse con la espada larga, la piel bronceada y los muslos sudorosos de su archienemigo y donde ese hombre musculoso grita “¡Yo tengo el poder!” antes de lanzarse a la batalla, aceptando el patetismo de la situación.
La película abraza por completo el espíritu camp que siempre definió a la franquicia. Eternia parece una portada de álbum de rock progresivo llevada a la pantalla (Brian May colaboró en la banda sonora). Los diseños son exagerados, coloridos y orgullosamente artificiales. Skeletor (Jared Leto mucho mejor que el pésimo Joker que encarnó en Suicide Squad), vuelve a ser una figura histriónica y teatral que disfruta siendo malvada al igual que Rita Repulsa de los Power Rangers o Gargamel de Los Pitufos. Incluso los momentos más disparatados parecen concebidos con la intención de celebrar aquello que convirtió a He-Man en un icono generacional.
Lo más interesante es que la película también parece consciente de que He-Man ya no pertenece únicamente a quienes crecieron con la serie animada. Durante años, los memes y la cultura de internet han mantenido vivo al personaje, convirtiéndolo en una figura tan popular entre nuevas generaciones como entre los espectadores originales. Knight entiende esa dimensión contemporánea y la incorpora sin que el resultado se sienta forzado o cínico.
El resultado recuerda constantemente a Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves, otra película que triunfó (no en la taquilla, pero sí en el amor por la franquicia), precisamente porque comprendió que el secreto no estaba en esconder la extravagancia de su universo, sino en celebrarla. Ambas producciones comparten una filosofía parecida: Respetan profundamente el material original sin dejar de reconocer que, visto desde fuera, todo es un poco ridículo. Y precisamente ahí está la diversión. Que lo diga el vapuleado Taika Waititi con sus maravillosas entregas de Thor para Marvel.
Nicholas Galitzine, a quien hace poco vimos en la adorable The Sheep Detectives, encaja sorprendentemente bien en esta visión. Su Príncipe Adam no es el típico héroe invulnerable que domina cada escena. Hay una cierta vulnerabilidad en su interpretación que ayuda a conectar con el personaje más allá de sus músculos imposibles. Funciona especialmente porque nunca intenta interpretar a He-Man como una figura solemne. Entiende que el personaje debe inspirar, pero también divertir.
Jared Leto, por su parte, parece haber encontrado finalmente un personaje capaz de aprovechar sus tendencias más teatrales. Su Skeletor es exagerado, extravagante, queer y deliciosamente malvado. Cada aparición parece diseñada para recordarnos que, a veces, los mejores villanos son aquellos que disfrutan siendo villanos. En una época donde muchos antagonistas están obsesionados con justificar moralmente cada una de sus acciones, resulta casi refrescante encontrarse con alguien que simplemente quiere conquistar Eternia porque sí.
El reparto secundario también entiende perfectamente el tono que propone la película. Camila Mendes aporta carisma y determinación como Teela, funcionando como el ancla emocional de buena parte de la historia y demostrando que el personaje puede ser mucho más que la simple compañera de aventuras de He-Man (con todo y Friendzone). Idris Elba, con su presencia habitual, aporta autoridad y gravedad a Duncan (Man-At-Arms), cuando la narrativa lo requiere, aunque siempre sin romper el equilibrio entre aventura y comedia que define al filme (con todo y alcoholismo).
Morena Baccarin, como Sorceress, encaja naturalmente dentro de la dimensión fantástica de Eternia, mientras que Kristen Wiig se divierte prestando su voz a Roboto, uno de los personajes más extravagantes de la película. Y entre los héroes de Eternia resulta especialmente gratificante ver a personajes clásicos como Fisto (Jóhannes Haukur Jóhannesson), Mekaneck (James Wilkinson), Dian (Christiaan Bettridge) y Ram-Man (Jon Xue Zhang) trasladados al live action sin complejos ni intentos de hacerlos “realistas”. Knight entiende que estos personajes son parte fundamental de la identidad de la franquicia y conserva intacta buena parte de la exageración que los hizo populares.
Mención especial merece también Battle Cat, cuya adaptación al live action logra conservar su sello de la serie animada sin perder imponencia y ternura. Knight entiende que el enorme tigre verde no es un elemento ridículo que deba ocultarse, sino una de las piezas más queridas del universo de Eternia, y cada una de sus apariciones recuerda por qué generaciones enteras crecieron soñando con cabalgar a su lado rumbo al Castillo Grayskull.
En cuanto a los secuaces de Skeletor, Alison Brie se divierte enormemente como Evil-Lyn, abrazando la teatralidad del personaje y construyendo una villana astuta, manipuladora y más inteligente que su jefe, convirtiéndose en una de las presencias más entretenidas de toda la película. Ocurre algo similar con Sam C. Wilson, que aporta una energía salvaje y amenazante como Trap Jaw, Hafthor Bjornsson aprovecha su imponente físico para dar vida a un Goat Man intimidante y Kojo Attah convierte a Tri-Klops en un guerrero tan letal como visualmente llamativo. Ninguno de ellos pretende convertirse en una versión oscura y torturada de sí mismo; son secuaces extravagantes, peligrosos y memorables, exactamente como deben ser dentro de una historia de He-Man.
Por supuesto, esta aproximación no convencerá a todo el mundo. Algunos espectadores probablemente rechazarán la película por considerarla demasiado ligera (¡estoy hablándote a ti, fanático tóxico de Star Wars!), y se rasgarán las vestiduras por no haber conseguido una versión más oscura y solemne del personaje. Sin embargo, buena parte de esas críticas parecen olvidar algo fundamental: He-Man nunca fue Batman. Nunca fue Watchmen. Nunca fue Invincible. Nunca fue una tragedia griega disfrazada de aventura fantástica. Era una serie creada para vender juguetes. Y eso no es una crítica. Es precisamente lo que la hacía especial.
Masters of the Universe funciona porque Travis Knight comprende esta verdad elemental. No intenta deconstruir al personaje ni transformarlo en algo que jamás fue. Lo devuelve a sus raíces, recupera el tono despreocupado de la serie animada y demuestra que todavía existe espacio para aventuras fantásticas que no necesitan pedir disculpas por ser divertidas. Al final, la película logra algo que muchas superproducciones modernas han olvidado: Recordar que el entretenimiento simple y llano también puede ser una virtud.
P.D. No se pierda las tres escenas postcréditos. Una es una moraleja, y las otras son el anuncio de que la historia continúa, con la inclusión de un personaje que tuvo su propia serie.
The post Crítica: <i>He-Man y los amos del universo (Masters Of The Universe)</i> appeared first on Rolling Stone en Español.
El pasado viernes 29 de mayo en Los Ángeles, la cantante Sabrina Carpenter obtuvo una orden de alejamiento firmada por un juez contra William Applegate, de 31 años, quien presuntamente rondó su residencia durante un mes antes de intentar irrumpir en la propiedad. La medida estará vigente hasta el próximo 17 de junio, fecha en la que se llevará a cabo una audiencia para determinar si la resolución —que obliga al individuo a mantenerse al menos a 100 yardas (91,4 metros) de Carpenter, su hogar y su entorno cercano— pasará a ser permanente.
Te puede interesar:
Según los documentos judiciales presentados por la artista, el presunto acoso habría comenzado en abril de 2026 y se intensificó progresivamente durante las semanas siguientes. Carpenter aseguró que Applegate comenzó a vigilar su residencia y a aparecer sin previo aviso en la propiedad, comportamiento que terminó “culminando en un allanamiento violento y agresivo” el pasado 23 de mayo.
Ese día, de acuerdo con la denuncia, el hombre habría eludido la valla de seguridad de la vivienda e intentado abrir la puerta principal mientras tocaba el timbre de manera insistente. El incidente, registrado por una cámara Ring instalada en la casa, también muestra a Applegate negándose a abandonar el lugar cuando fue confrontado por el equipo de seguridad privada de la cantante.
Durante el altercado, el sujeto aseguró conocer personalmente a Carpenter, pese a que la artista afirmó no haber tenido ningún tipo de relación o contacto previo con él. Finalmente, agentes del Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) acudieron al lugar y arrestaron al hombre por allanamiento de morada. Sin embargo, el episodio no terminó con la detención.
Según la declaración presentada ante el tribunal, Applegate regresó a la propiedad en los dos días posteriores. El 24 de mayo permaneció durante varias horas merodeando la entrada de la residencia y solo se retiró después de que la seguridad privada le exigiera abandonar el lugar. Un día después volvió a aparecer, provocando una nueva intervención policial.
Ante la reiteración de los hechos, Sabrina solicitó la orden de alejamiento temporal argumentando que la situación le había provocado un “miedo significativo y continuo” por su seguridad y la de las personas que viven con ella. “Su acto de intentar físicamente abrir y entrar por la puerta de mi casa, sin invitación, consentimiento ni base legal, es una de las violaciones más perturbadoras de la seguridad y privacidad personal que he experimentado”, escribió la intérprete de ‘Manchild’ en los documentos judiciales.
La cantante también aseguró que el comportamiento del hombre evidenciaba una “fijación peligrosa, delirante e irracional” hacia ella. “Su patrón de acoso, allanamiento y vigilancia me ha causado un estrés emocional severo y continuo, y temo lo que pueda hacer si este tribunal no lo restringe”, agregó.
La solicitud presentada por Carpenter fue respaldada por grabaciones de las cámaras de seguridad de la vivienda, declaraciones de guardias privados y el testimonio del detective Peter Doomanis, del LAPD, quien afirmó que el acusado habría desarrollado una “fijación perturbadora e irracional” hacia la Sabrina. Mientras tanto, las autoridades continúan evaluando posibles cargos penales contra William Applegate, a la espera de la audiencia del próximo 17 de junio, fecha en la que un juez determinará si la orden de alejamiento temporal se convierte en una medida permanente.
The post Sabrina Carpenter obtiene una orden de alejamiento contra un presunto acosador appeared first on Rolling Stone en Español.
Para muchos álbumes, la experiencia termina al reproducir la última canción. OMAKASE no parece ser uno de ellos. Después de debutar en el número uno del Top Albums Debut Global de Spotify y ha alcanzado el primer puesto en más de 16 países en Apple Music, el puertorriqueño Álvaro Díaz continúa expandiendo el universo de su más reciente álbum con el estreno de ‘Mi Droga Favorita’, un cortometraje que traslada la propuesta conceptual del proyecto al terreno cinematográfico.
Grabada en Ciudad de México y dirigida por PAMPAxKATO, la producción cuenta con dirección creativa del propio “Alvarito” junto a Valentina Luppino y Furio.
Por cerca de 12 minutos, el cortometraje sigue a Álvaro Díaz tras concretar una venta que toma un giro inesperado cuando le roban un maletín. A partir de ese momento, el relato se transforma en una persecución nocturna poblada por mafiosos, bailarinas y personajes que parecen habitar un espacio entre lo real y lo onírico. La narrativa avanza como una película en la que la tensión, el deseo y la paranoia aumentan con cada escena.
Asimismo, el audiovisual retoma y refuerza varios de los conceptos centrales de OMAKASE. Inspirado en la tradición gastronómica japonesa en la que el chef diseña una experiencia personalizada para cada comensal, el álbum fue concebido como una colección de piezas cuidadosamente ensambladas. Esa misma lógica se traslada al cortometraje mediante referencias constantes a la cocina, los ingredientes, o los secretos.
El cortometraje ya se encuentra disponible en YouTube.
The post Álvaro Díaz no ha terminado de servir OMAKASE: estrena cortometraje de ‘Mi Droga Favorita’ appeared first on Rolling Stone en Español.
“Oh, whole lotta love / Wanna whole lotta love / Wanna whole lotta love / Wanna whole lotta love”. Este coro de la canción ‘Whole Lotta Love’ —vaya sorpresa— de Led Zeppelin fue lo último que salió de la boca de Jeff Buckley aquel trágico 29 de mayo de 1997, día en que una de las voces más importantes de la historia moderna de la música se apagó para siempre tras entrar, aún con la ropa puesta, al río Wolf, en Tennessee, y nunca volver a salir.
Para entender cómo la vida de Buckley terminó así, en silencio, sin pedir ayuda y casi como si se hubiera entregado al momento, tenemos que remontarnos casi 31 años atrás, al 17 de noviembre de 1966 en Anaheim, California, cuando el mundo vio por primera vez al hijo de Tim Buckley y Mary Guibert, quienes sin saberlo aún, sostenían en sus brazos a un niño que estaba destinado a marcar la vida de millones de personas.

Jeffrey Scott Buckley nació a mediados de noviembre del 66 en medio de lo que probablemente habría sido un día bastante templado para estándares otoñales, con un cielo claro o ligeramente nublado, aire seco, algo del smog típico del sur del estado en los sesenta y temperaturas suaves, quizá entre 18 y 24 grados durante el día. En las calles seguramente sonaban The Beach Boys o The Byrds, quienes todavía dominaban parte del sonido californiano, mientras Revolver, el más reciente álbum de The Beatles, comenzaba a cambiar la música para siempre.
Lo típico sería decir que Jeff creció en un hogar conformado por su madre, Mary, y su padrastro, Ron Moorhead, ya que su padre biológico, Tim Buckley, lo abandonó apenas seis meses después de su nacimiento para perseguir su sueño de convertirse en un gran cantante. Esa decisión lo llevó a alejarse de la vida de su hijo y a conocerlo apenas cuando Jeff tenía ocho años.
Mientras llegaba el momento de encontrarse con su padre, Scottie —como le gustaba que lo llamaran, además de llevar el apellido de su padrastro— encontró en sus figuras paternas un amor profundo por la música desde muy temprana edad. Su madre, pianista, maestra e intérprete, y Ron, el típico melómano enamorado del folk y el rock, lo introdujeron a grandes nombres de la época como Jimi Hendrix, Pink Floyd y, especialmente, Led Zeppelin y su disco Physical Graffiti. Bajo esas influencias y un aprecio especial por la banda fundada en Londres por Jimmy Page, llegó en 1975 uno de los momentos más importantes de la vida de Buckley: el reencuentro con su padre.
Fue durante una semana de verano cuando Jeff, quizás sin demasiadas expectativas, conoció a Tim. Pero antes, ¿cómo había vivido este último los ocho años anteriores? Nada mal, para ser honestos. Su carrera como cantautor había comenzado de gran manera con proyectos como Goodbye and Hello (1967), pero poco a poco ese impulso inicial empezó a desdibujarse. La constante experimentación entre el jazz, el rock e incluso algunos ritmos latinos le impidió conservar gran parte del público folk que lo había acompañado en sus primeros años. En ese contexto llegó Look at the Fool (1974), un disco con el que esperaba reconectar con sus primeros seguidores. Fue justamente en medio de ese momento incierto que padre e hijo finalmente se conocieron.
La reunión no fue particularmente especial en lo afectivo. Tim seguía distante y enfocado en su carrera, mientras Jeff apenas intentaba acercarse a esa figura casi desconocida. Aun así, en un acto tan simple como poderoso, el pequeño encontró en la música una profunda conexión con su padre.
Todo se dio casi por casualidad. Quizás sin saber muy bien qué hacer con su hijo, Tim decidió llevarlo a uno de sus conciertos, sin imaginar que verlo tocar en vivo encendería en Jeff una llama musical que nunca volvería a apagarse. Fue también entonces cuando decidió dejar atrás el nombre de Scottie Moorhead y adoptar Jeff Buckley como el nombre con el que quería ser recordado.
A pesar de ese momento trascendental, la relación entre ambos no tendría mucho más tiempo para desarrollarse. Ese mismo año, Tim murió por una sobredosis accidental, dejando a Jeff sin la posibilidad de despedirse apropiadamente de su padre. Ni siquiera fue invitado a su funeral, generando un trauma que lo acompañaría durante buena parte de su adultez.
Con el peso de no haber tenido ese último adiós con su padre a la par que una especie de carga silenciosa por igualar su legado musical, Jeff continuó su vida con relativa normalidad. Pasó por el colegio y el bachillerato mientras se sumergía cada vez más en el mundo de la música, aprendiendo a interpretar la guitarra —una Les Paul, para ser precisos— guiado por los artistas que escuchaba en los vinilos de su casa. A los 18 años, tras finalizar sus estudios, decidió irse a Los Ángeles, donde se graduó del programa de dos años del Musician’s Institute. Sin embargo, no sería hasta comienzos de los noventa cuando empezaría a dar sus primeros pasos firmes dentro de la industria.
En 1990 se mudó a Nueva York y comenzó a tocar en pequeños bares y cafés de la ciudad, llamando poco a poco la atención de personas importantes dentro del medio. Pero fue en 1991 cuando realmente explotó frente a los ojos del público gracias a su debut como cantante en un concierto tributo a su padre realizado en la iglesia St. Ann, evento en el que no cobró por participar; simplemente quiso presentar sus respetos a Tim.
“Se enteraron de que cantaba y me pidieron que fuera. Me di cuenta de que probablemente nunca volvería a tener otra oportunidad de presentarle mis respetos, independientemente de los sentimientos contradictorios que tenga hacia Tim, independientemente del dolor o la ira que sienta hacia él —cualquier cosa con la que aún no haya hecho las paces—. El hecho de no haber podido ir a su funeral siempre me ha pesado y pensé: puedo hundirme en esto o puedo superarlo”, compartiría el propio Buckley años después.
Aquella noche interpretó ‘I Never Asked To Be Your Mountain’ junto a Gary Lucas y también cantó una versión a capela de ‘Once I Was’, dejando al auditorio completamente impactado y cautivado por una voz que parecía capaz de romperse y elevarse al mismo tiempo.
A partir de entonces, y tras pasar por múltiples bandas de distintos géneros, Buckley se convirtió rápidamente en un habitual del café Sin-é, en Greenwich Village donde alcanzó un nivel de popularidad inesperado. El pequeño recinto ya no daba abasto y las filas para verlo interpretar covers de Nina Simone, Edith Piaf, Van Morrison o composiciones propias comenzaban a rodear la calle. Entre los asistentes frecuentes ya no solo había fanáticos curiosos, sino también ejecutivos de distintas disqueras que veían en él un potencial enorme. Finalmente, Jeff terminó inclinándose por Columbia Records, sello con el que comenzaría a trabajar oficialmente entre 1992 y 1993.
Fue justamente en medio de esa nueva etapa que lanzó Live at Sin-é (1993), un pequeño EP grabado en vivo que capturaba a la perfección la esencia de sus presentaciones íntimas: una guitarra, una voz imposible de ignorar y un músico capaz de transformar cualquier canción en algo completamente suyo. Más que un debut formal, el proyecto funcionó como una especie de ventana al universo emocional y sonoro que Buckley terminaría explorando por completo un año después con su primer —y lamentablemente único— lanzamiento en vida.
Tras llamar la atención con su reciente EP, Buckley finalmente tenía algo que nunca había tenido del todo: libertad para construir un proyecto propio. Lejos de intentar convertirse en una copia de su padre o en otro cantante alternativo de los noventa, el cantante comenzó a trabajar en un disco que mezclaba folk, rock, jazz, blues e incluso pequeñas influencias de música clásica y oriental, todo atravesado por una sensibilidad emocional poco común para la época. Así nació Grace, su álbum debut y para muchos, una de las obras más importantes de toda la década y uno de los discos más influyentes de la música contemporánea.

El proceso de creación del disco estuvo marcado por el perfeccionismo casi obsesivo de Buckley y por la química que logró construir junto a músicos como Mick Grøndahl, Matt Johnson y Michael Tighe, este último pieza fundamental en canciones como ‘So Real’. A ellos se sumó el productor Andy Wallace, reconocido por su trabajo con Nirvana y Slayer, quien ayudó a darle forma a un sonido capaz de pasar de la delicadeza absoluta al caos emocional en cuestión de segundos.
Publicado en agosto de 1994, Grace apareció en pleno auge del grunge y el rock alternativo, aunque Buckley parecía estar interesado en otra cosa. Mientras gran parte de la música de la época apostaba por la rabia y la distorsión, él construyó un disco profundamente vulnerable, teatral y espiritual, donde las guitarras convivían con silencios incómodos, cambios de ritmo repentinos y una voz que parecía romperse y reconstruirse constantemente.
Más allá de lo musical, una de las grandes fortalezas del álbum estaba en sus letras. Buckley escribía sobre el amor, el deseo, la religión, la soledad y el miedo desde un lugar extremadamente íntimo, casi doloroso por momentos. Canciones como ‘Last Goodbye’ hablaban del final de una relación con una mezcla extraña entre resignación y ternura, mientras que ‘Lover, You Should’ve Come Over’ convertía el arrepentimiento y el anhelo en algo casi desesperado. Por otro lado, temas como ‘Grace’ o ‘Dream Brother’ mostraban una faceta mucho más espiritual y existencial, marcada también por la sombra permanente de la figura paterna.
Dentro de ese universo emocional también apareció ‘Hallelujah’, canción escrita originalmente por Leonard Cohen que Buckley reinterpretó desde un lugar mucho más frágil y etéreo. Con apenas una guitarra y su voz, logró transformar el tema en algo completamente suyo, al punto de que, con los años, su versión terminaría convirtiéndose en una de las interpretaciones más reconocidas y celebradas de la historia reciente de la música.
Aunque Grace no fue un éxito comercial inmediato, sí dejó la sensación de estar frente a algo distinto. Más que un simple álbum debut, el disco parecía el retrato de un artista que había encontrado una manera única de convertir la vulnerabilidad, el exceso emocional y la sensibilidad en arte.
Con su disco, la vida de Jeff Buckley comenzó a moverse a una velocidad completamente distinta. Lo que durante años había sido una carrera construida entre pequeños bares y conciertos cercanos pasó a convertirse en giras internacionales, entrevistas, sesiones de estudio y una creciente atención mediática alrededor de su figura. Aunque el álbum no explotó comercialmente de inmediato en Estados Unidos, sí empezó a encontrar un público extremadamente fiel en Europa y Australia, donde Buckley rápidamente se convirtió en una especie de artista de culto.
Sus conciertos comenzaron a ganar una reputación casi mítica gracias a la intensidad con la que interpretaba cada canción y a su costumbre de transformar completamente los temas en vivo. Ninguna presentación sonaba igual a la anterior, y podía pasar de improvisaciones largas y caóticas a momentos totalmente íntimos donde solo quedaban él, una guitarra y el silencio del público.
A pesar del reconocimiento creciente, Buckley nunca pareció sentirse del todo cómodo con la industria musical ni con la idea de convertirse en una celebridad. Quienes lo rodeaban hablaban constantemente de su perfeccionismo, de su dificultad para terminar canciones y de una personalidad que oscilaba entre el entusiasmo absoluto y el agotamiento. Mientras Grace se convertía poco a poco en un disco cada vez más importante para la crítica y el público, Jeff ya comenzaba a sentir la presión de tener que superar una obra que muchos consideraban irrepetible.
Fue en medio de ese contexto que empezó a trabajar en lo que sería su segundo álbum de estudio, My Sweetheart the Drunk. Desde 1996, Buckley venía grabando nuevas canciones junto a Tom Verlaine, guitarrista y líder de Television, buscando un sonido mucho más crudo, eléctrico y experimental que el de su debut. Sin embargo, Jeff nunca terminó de sentirse completamente satisfecho con las sesiones.
En 1997 decidió instalarse temporalmente en Memphis, Tennessee, buscando escapar del caos de Nueva York y encontrar un espacio más tranquilo para escribir. Allí pasó semanas enteras grabando demos en una pequeña casa alquilada, reescribiendo letras, descartando canciones y tocando regularmente en el bar Barrister’s, donde probaba nuevo material frente a públicos pequeños.
Mientras el resto de la banda regresaba momentáneamente a Nueva York, Buckley permaneció solo en Memphis trabajando obsesivamente en el álbum. Poco a poco comenzó a sentir que finalmente estaba encontrando el sonido que había estado buscando durante meses. La idea era que los músicos volvieran el 29 de mayo de 1997 para retomar los ensayos y comenzar nuevas sesiones de grabación.

Es así que regresamos a ese fatídico 29 de mayo, la última vez que Jeff Buckley fue visto con vida. Ese día, la idea era esperar en el aeropuerto la llegada del resto de músicos de la banda para posteriormente ir a cenar y discutir detalles del nuevo disco.
El vuelo no aterrizaría hasta varias horas después y, ya entrada la noche, Buckley decidió salir junto a Keith Foti, amigo cercano y roadie de la banda, hacia la zona del Wolf River Harbor, un pequeño canal conectado al río Mississippi donde Jeff solía pasar el tiempo. Aunque lo recomendado era no meterse al agua debido a las fuertes corrientes y al constante paso de embarcaciones, Buckley ya había perdido el miedo a las advertencias de seguridad; no era la primera vez que iba allí simplemente a relajarse.
Mientras conversaban, sonaba música desde una radio portátil. En algún momento, entre bromas y la tranquilidad húmeda de aquella noche de primavera, Jeff comenzó a cantar el coro de ‘Whole Lotta Love’ de Led Zeppelin. Entonces hizo algo que pareció completamente espontáneo.
Sin quitarse las botas, la camisa ni los pantalones, entró vestido al agua. No era raro en él actuar de manera impulsiva o casi infantil por momentos y, según recordaría después Foti, Buckley parecía tranquilo, relajado, simplemente disfrutando del momento mientras seguía cantando dentro del río oscuro.
La corriente, sin embargo, comenzaba a cambiar. Cerca del lugar pasaban remolcadores y pequeñas embarcaciones que alteraban constantemente el agua del canal. En un momento, Keith se alejó apenas unos segundos para mover la radio y una guitarra que habían dejado sobre la orilla, preocupado porque las olas generadas por una de las lanchas pudieran llevárselas. Cuando volvió a mirar hacia el agua, Jeff ya no estaba.
Al principio pensó que quizás se había sumergido o que estaba jugando. Pero pasaron los segundos, luego los minutos, y Buckley nunca volvió a salir a la superficie. La búsqueda comenzó esa misma noche, aunque la oscuridad y las fuertes corrientes hicieron casi imposible encontrarlo.
Su cuerpo apareció varios días después, el 4 de junio, atrapado entre ramas y escombros cerca de la ribera del río Wolf. La autopsia descartó la presencia de drogas o alcohol y las autoridades concluyeron que se había tratado de un ahogamiento accidental. Tenía apenas 30 años.
La banda que debía reencontrarse con él en Memphis llegó demasiado tarde. El disco en el que Buckley había trabajado obsesivamente durante meses quedó inconcluso, convertido apenas en un conjunto de demos y grabaciones dispersas de lo que pudo haber sido el siguiente capítulo de una de las carreras más prometedoras de toda su generación.
Tras su muerte, muchos recordaron uno de los temas más famosos de Buckley: el ya mencionado ‘Dream Brother’. En él, Jeff retrata una escena en la que el ángel de la muerte observa al narrador mientras este se ahoga, algo que estremeció a más de uno y alimentó toda clase de interpretaciones alrededor de su fallecimiento. Entre ellas, una especialmente inquietante: la posibilidad —más cercana a la especulación mística que a cualquier hecho comprobable— de que el cantante hubiese presentido, de alguna manera, la forma en que iba a morir. Quizás por eso no hubo gritos ni pedidos de ayuda, y al menos según quienes reconstruyeron aquella noche, tampoco pareció haber una verdadera intención de escapar de su destino.
La muerte de Jeff Buckley dejó mucho más que millones de personas impactadas y una carrera inconclusa. También dejó decenas de grabaciones, letras y sesiones de lo que iba a convertirse en su próximo álbum de estudio. Durante meses, el material permaneció prácticamente intacto, hasta que Mary Guibert, su madre, decidió involucrarse directamente en la organización y finalización del proyecto con el objetivo de preservar la visión artística de su hijo lo mejor posible.
Fue así como en 1998 vio la luz Sketches for My Sweetheart the Drunk, un corte póstumo compuesto por las sesiones que Buckley había alcanzado a grabar junto a Tom Verlaine y por múltiples demos registrados durante su estadía en Memphis. Lejos de intentar construir una versión “perfecta” y artificial del disco, el proyecto conservó gran parte de la crudeza, el caos y la sensación de búsqueda permanente que atravesaban a Jeff en ese momento de su vida, dándole al público y a la crítica un retrato incompleto pero profundamente humano de hacia dónde parecía dirigirse artística y emocionalmente.
Con el paso de los años, la figura de Buckley dejó de pertenecer únicamente al círculo del rock alternativo para convertirse en una referencia prácticamente universal dentro de la música contemporánea. Su forma de cantar, componer e interpretar terminó marcando a toda una generación de artistas que encontraron en él una nueva manera de entender la vulnerabilidad dentro de la música.
Thom Yorke, líder de Radiohead, ha mencionado en múltiples ocasiones la influencia que tuvo Grace durante la creación de The Bends y OK Computer. Matt Bellamy, vocalista de Muse, llegó incluso a decir que escuchar a Buckley le cambió la vida y la manera de entender la voz humana. Lo mismo ocurrió con artistas como Chris Cornell, Phoebe Bridgers, Lana Del Rey, Damien Rice o Adele, quienes en distintos momentos han reconocido públicamente la huella emocional y artística que Jeff dejó sobre sus propias carreras.
Aún así, su legado no se limita únicamente a estos grandes nombres de la música moderna, sino que definitivamente va mucho más allá. Con menos de diez años de carrera formal dentro de la industria, Jeff logró construir una obra prácticamente inmortal, marcada por la melancolía, el romance, la espiritualidad y las contradicciones de la vida misma. Su música, tan frágil como intensa, terminó conectando con millones de personas de distintas generaciones y épocas, convirtiéndolo en una de esas pocas voces que parecen no desaparecer nunca del todo.
“Solo por la música. Porque cuando esté muerto, eso será lo único que quede”, dijo alguna vez el propio Buckley cuando le preguntaron cómo quería ser recordado. Hoy, casi tres décadas después de su muerte, el universo parece haber cumplido su petición.
The post Jeff Buckley: vivir sin prisa, morir en silencio y convertirse en un recuerdo eterno appeared first on Rolling Stone en Español.
Estos son tiempos de ecos con gran intensidad, aunque corta duración. Si la conversación pública fuera un pedal de delay para guitarra, las perillas estarían seteadas en repeticiones rápidas con lapsos muy breves, que hacen ruido y se apagan pronto.
Lo que en otro momento se hubiera perfilado, por ejemplo, como el lanzamiento discográfico del año, la apuesta fuerte de la industria o la revelación impulsada espontáneamente por la audiencia, hoy no es tendencia durante más que unas horas (si bien el esfuerzo y el dispositivo detrás pueden ser similares a los de días con resultados más suculentos).
Los shows de Soda Stereo Ecos (con la familia Cerati en la producción), sin embargo, rompieron esa lógica de consumo y descarte inmediato. En cierta medida. Vaya si había material con qué: el anuncio (a veces solo sugerido, otras subrayado) de una “vuelta” de Soda al escenario, con un Gustavo Cerati virtual junto a los muy reales Zeta Bosio y Charly Alberti, en el Movistar Arena, invocaba a cualquier cosa menos la indiferencia.
¿Cómo sería eso? ¿Un holograma al estilo de aquellos espectáculos con la música y la imagen de Abba, por remitir al antecedente más a mano? Era algo complejo de anticipar: si nos guiamos por un oráculo serio, como el de las películas de Star Wars, estaríamos a milenios de que la ciencia consiga un holoproyector de fidelidad y estabilidad de señal convincente.
Para aquellos que habían recibido con desconfianza y desdén la gira Gracias Totales, en 2022, cuando Bosio y Alberti tocaron con cantantes invitados, la noticia del Cerati digital estresaría al máximos posible el circuito de la indignación. Pero frente a la ligereza de la acción y reacción en redes sociales, hay que contrastar la contundencia de los números reales: doce funciones en el Movistar Arena (que comenzaron en marzo y se extenderán hasta agosto), es decir más de 150 mil entradas, y muchas de ellas facturadas antes de que trascendieran precisiones acerca de qué depararía el destino, más allá del reencuentro en sí con el repertorio de Soda y la curiosidad por la innovación tecnológica que canalizaría el legado del trío y, en particular, de su incomparable cantautor (“¿Dice Soda? ¡Voy!”).

A partir de condiciones objetivas tan peculiares, es difícil pensar en un show reciente, en Argentina, que pueda haber desplegado tantas opiniones y juicios, desde el punto de vista y el costado crítico que se prefieran. ¿Estamos ante un anticipo del futuro del entretenimiento musical? ¿Se avecina toda una nueva categoría de mercado basada en “conciertos” holográmicos? ¿Es un recurso que, de tan disruptivo, se podría ver rápidamente superado y retro? ¿Es legítimo sustituir a Cerati de esta forma? ¿O de cualquier forma? ¿Es siquiera algo deseable? ¿Hubiera aprobado el mismo Cerati algo así? Las respuestas (o las especulaciones) son menos importantes que el hecho de que un espectáculo las haya estimulado en tal medida, desestabilizando un poco el orden dado. Punto a favor de Soda Stereo Ecos.
Entonces llegó el día. El sábado 21 de marzo se despejó la incógnita. O, al menos, se esclareció uno de los enigmas: cómo se “vería” la figura de Cerati, qué tan “convincente” podría ser la tecnología, más allá de que ningún desarrollo bastaría para salvar esa ausencia tan resonante. Con los acordes iniciales de “Estoy moviéndome”, los testigos del primer Ecos constataron (y registraron con sus celulares para el resto del mundo) que el dispositivo para este show era técnicamente notable.
Es poco probable que quien lea esto no sepa ya los detalles, pero recapitulemos: Soda Stereo Ecos es un grandes éxitos de la banda, con un avatar en la posición de Cerati y un despliegue de visuales, entre luces, gráficas y animaciones, superior a casi cualquier otra producción local que hayamos visto. Con una “figura” digital muy lograda (sí, claro que la proyección no se comporta como un ser humano que transpira y hasta pifia) y Zeta Bosio y Charly Alberti en un llamativo segundo plano, de meros acompañantes (algo que podría derivar de los nervios de un estreno, pero soltarse en otras noches). Nadie más sobre el escenario.
Mientras algunos decían, afuera, que esta era la peor idea posible, quienes habían pagado su entrada disfrutaban felices. La supuesta bronca de unos fans de Soda fue la alegría explícita de otros, dispuestos a festejar sus canciones favoritas con ese grado de suspensión de la incredulidad que exige toda ficción.
Que cada quien elija el filtro de su preferencia para mirar Soda Stereo Ecos, pero hay algo insoslayable: la música “en vivo” (alerta de comillas) está en un proceso de transformación pronunciado. Un show con el avatar de un artista fallecido puede ser un caso paradigmático de ese movimiento. Pero los cambios afectan a un área mucho más amplia de esta industria (y el término no es inocente). El Cerati-holograma, o como técnicamente haya que nombrarlo, no está más programado que las bases precocidas en las que se apoyan tantas bandas hoy, en particular, aunque no únicamente, aquellas que pisan escenarios de dimensiones apreciables.
Mucho de lo que suena hoy en un concierto pop no se toca en directo ni es responsabilidad de los músicos visibles en escena. Esto vale para un show de Tyler the Creator, y es obvio en tanto Tyler es el único ser humano que vemos en la tarima y no parece ejecutar ningún instrumento. Pero también vale para bandas de guitarras y pulso rockero, que se aseguran consistencia y contundencia con suculentas capas sonoras a prueba de flaquezas, errores, ocasionales déficits en vivo. Cómo olvidar esos mágicos instantes de la gira Music of the Spheres, en los que los músicos de Coldplay (con máscaras de aliens) empuñaban guitarra, bajo y batería mientras en River explotaba “∞” (“Infinity Sign”), un tema que suena a cualquier cosa menos a lo que emiten en conjunto o por separado una guitarra, un bajo y una batería. A nadie se le hubiera ocurrido denunciar: “Un momento, ¡están haciendo playback!”, como tampoco lo hubiera hecho ningún espectador de Bad Bunny, en cuyo show pasa de acompañarse por una orquesta de veinte virtuosos a… ninguno, sin escalas, pero al mismo volumen.
Dua Lipa o Roxette suelen sorprender a las audiencias en cada país con versiones de hits locales. Son sorpresas bienvenidas, pero también cuidadosamente previstas y programadas; aderezos tan espontáneos como cuando Green Day, Adele o, de nuevo, Coldplay, invitan a subir al escenario a un “elegido”, que tendrá la noche de su vida (y ojalá lo transmita de manera acorde en las pantallas), para acompañarlos en algún clásico. Es decir, nada espontáneos.
Por eso, entre lo mucho que se escribió en las horas siguientes al estreno de Soda Stereo Ecos, la mirada de Mauro Apicella, en La Nación, dio en la tecla. Habló justamente de esa nueva normalidad en el showbiz: “(…) por más que haya un campo de gente de pie dispuesta a saltar y corear el nombre de la banda en cada pausa musical, Ecos no es un recital. Es un show, calculado en milímetros, con un guion, sin posibilidades de espontaneidad ni improvisación. Es cierto que la mayoría de los shows a gran escala que hoy vemos son así. Cada artista tiene marcada desde la entrada hasta el momento de un tema donde levantará una mano o las palabras exactas que deberá pronunciar para saludar al público. En ese sentido, la culpa no es de Soda sino del modo como en esta tercera década del siglo XXI se producen eventos musicales para arenas y grandes estadios”. (En tanto, desde otro de los portales de noticias más leídos de la Argentina, se publicó una observación que podría haber desconcertado hasta a Alberti y Bosio: “Y sucedió nomás. Y fue ante nuestros ojos, que en estos tiempos de inteligencia artificial desenfrenada, a veces no pueden descifrar si lo que ven es cierto o no. Pero era real: regresó Soda Stereo. El trío volvió a sonar a pleno”. De antología).
Lo artesanal se va olvidando. Pero esto no es una denuncia. ¿Qué margen para la espontaneidad puede haber en un tour por treinta ciudades en tres continentes frente a decenas de miles de espectadores en busca de inyecciones precisas e imperecederas de euforia, drama, baile y espíritu de cuerpo filotribal? Nada puede fallar, nadie lo toleraría. No queda mucho resto de tolerancia. Mucho menos en quienes, previsiblemente, sentirían una afrenta moral en un plan como el de Soda Stereo Ecos. Porque, tal como se da con tantos otros asuntos, importantísimos o triviales, desde la posible tercera guerra mundial hasta la separación de una pareja famosa, parece agudizarse ese viejo reflejo que tenemos de aprobar o desautorizar cosas, ya no a partir del admisible gusto personal sino con la severidad del imperativo moral y universal (aunque con la mecánica del like, sin esfuerzo ni costo).
Como sea, hasta el mayor defensor de Soda Stereo Ecos debe haber notado un detalle en el transcurso de ese show. Al final (alerta de spoiler), Bosio y Alberti aparecen tocando sus instrumentos en sendas plataformas entre el público para hacer “De música ligera”. La “banda” suena como nunca en toda la noche; quizás menos ajustada, pero mucho más viva, fresca, “orgánica”. La respuesta es inmediata: los fans enloquecen. No había sido hasta entonces un show frío, ni mucho menos, pero en cuanto el bajista y el batero de Soda se asoman a otro nivel de humanidad y proximidad, dejando al avatar allá lejos, en el escenario grande, todos parecen percibirlo en el cuerpo, quizás hasta en el alma. Después de sucesivos cuadros con recursos visuales y audios bombásticos, Soda Stereo Ecos encuentra su mayor impacto en lo esencial: dos viejos amigos dándole a sus instrumentos con alegría, ahí, cerca y sin tanta red.
The post Ecos del futuro: la música en vivo se transforma appeared first on Rolling Stone en Español.
El pasado 31 de mayo en la noche, con casi el 99,5 % de las mesas informadas, gran parte de los colombianos se llevó una sorpresa al ver que Iván Cepeda, candidato del partido de gobierno, el Pacto Histórico, quedó segundo con cerca del 41 % de los votos (9.688.245), detrás del candidato de extrema derecha Abelardo de la Espriella, quien rozó el 44 % (10.361.413). Todo esto después de una campaña que, para algunos simpatizantes, resultó algo insípida y estuvo basada casi exclusivamente en la idea de “ganar en primera vuelta”.
Ante este panorama, Cepeda está obligado a buscar al menos tres millones de votos más, esperando que a los más de diez millones obtenidos por de la Espriella se sumen también el más de millón y medio de electores que escogieron a la candidata uribista Paloma Valencia. Fue así como desde el lunes comenzó una campaña completamente distinta, tanto desde la calle como desde las redes sociales.
Entre el 1 y 2 de junio, en Instagram y especialmente en X (antes Twitter), comenzaron a circular publicaciones en las que, para sorpresa de muchos, la comunidad del K-pop —las famosas kpopers— hizo público su apoyo a la candidatura de Cepeda. Esto ocurrió a través de múltiples perfiles que hasta entonces se limitaban a compartir rumores y noticias sobre grupos como BTS o NewJeans, pero que ahora parecen haberse convertido en cuentas de militancia digital, ensalzando las propuestas del Pacto Histórico, pero especialmente atacando a de la Espriella.
Algo cierto es que muchas cuentas y personas pertenecientes a la comunidad, aunque todavía sin tanta fuerza, ya venían mostrando su rechazo hacia Abelardo. Muchas de ellas citaban el famoso momento en el que el candidato habló sobre maltrato animal y matar gatos, declaraciones que desde hace meses circulan ampliamente en redes. Sin embargo, el inesperado segundo lugar de Cepeda en las votaciones hizo que muchas de estas cuentas tomaran un papel mucho más activo, compartiendo consignas como “Tenemos 21 días para ganar” o “No queremos que un asesino de gatitos nos gobierne”.
Aunque para muchos este apoyo puede parecer extraño o incluso anecdótico, la relación entre comunidades del K-pop y el activismo político no es nueva. Durante las protestas de 2021 en Colombia, varias cuentas de fans ya habían participado activamente en redes sociales, difundiendo información sobre movilizaciones y haciendo denuncias públicas sobre abusos de poder contra manifestantes.
La diferencia ahora es que el apoyo ya no se limita únicamente a causas sociales o coyunturales, sino que parece haberse convertido en una toma de posición electoral mucho más clara. En cuestión de horas, hashtags, imágenes editadas, videos y publicaciones comparando a ambos candidatos comenzaron a multiplicarse en X, replicando dinámicas que estas comunidades llevan años perfeccionando dentro de internet.
Te puede interesar:¿Qué viene para Colombia en esta segunda vuelta?
Este movimiento también llega en un momento en el que el petrismo parece haber entendido que buena parte de la campaña presidencial se jugará en redes sociales. Durante los últimos días, figuras cercanas al gobierno y sectores afines al Pacto Histórico han intensificado su presencia digital, acercándose a streamers, creadores de contenido e influencers para intentar conectar con votantes jóvenes de cara a la segunda vuelta. Incluso el propio presidente Gustavo Petro se ha prestado para entrevistas, transmisiones y videos junto a distintos creadores de contenido en medio de las semanas más decisivas de la campaña.
Por ahora, el fenómeno de las kpopers apoyando a Iván Cepeda sigue creciendo entre publicaciones virales y discusiones políticas. Lo que comenzó como algo que muchos tomaron como una broma en redes sociales parece haberse convertido en otra muestra de cómo los fandoms digitales pueden transformarse rápidamente en maquinaria de movilización política.
The post La comunidad kpoper colombiana toma partido y se suma a la campaña de Iván Cepeda appeared first on Rolling Stone en Español.
La primera vuelta presidencial dejó una fotografía clara del momento político que atraviesa Colombia que se disputa dos modelos muy distintos de país. Con una participación alta, con el 57,9% del censo electoral y equivalente a 23.978.053 votantes, la gente acudió masivamente a las urnas en una jornada que transcurrió en relativa tranquilidad y que confirmó los pronósticos de las últimas semanas. Como ya se sabe, la segunda vuelta presidencial del próximo 21 de junio será entre el candidato de ultraderecha, Abelardo de la Espriella, y el aspirante del progresismo de izquierda alineado con el partido que actualmente gobierna, Iván Cepeda.
De la Espriella obtuvo el primer lugar con más de 10.3 millones de votos, equivalentes al 43% de la votación total. Su victoria fue inicialmente sorpresiva, frente a lo que las últimas encuestas mostraban. Cepeda lo siguió de cerca con más de 9,6 millones de votos y un 40% de respaldo electoral. La diferencia entre ambos fue menor a la esperada por algunos sectores políticos y marcó una disputa que se definirá en menos de un mes.
A pocos días de la elección final, las campañas se están reacomodando, reforzando su estrategia en Internet y buscando nuevos apoyos sea directa o indirectamente. Por ejemplo, la gran derrotada de la jornada, Paloma Valencia, ahora hace parte de la campaña de Abelardo, como también lo está el expresidente Álvaro Uribe. Valencia que no solo quedó por fuera de la segunda vuelta, sino que obtuvo menos votos de los que había conseguido durante la consulta interpartidista de marzo (3,2 millones de votos y en esta ocasión apenas superó los 1,6 millones), ahora está buscando acercamientos que ayuden a la campaña de su previo contendor. El resultado del 7% obtenido por la que era la candidata del uribismo refleja el traslado de buena parte del electorado de derecha hacia la candidatura de De la Espriella durante las últimas semanas de campaña, algo que se esperaba en segunda vuelta, pero que fue evidente desde esta primera jornada y que se acerca al techo electoral de ese espectro político.
Como reveló el preconteo de la Registraduría, en cuarto lugar apareció Sergio Fajardo. Aunque logró superar la votación obtenida en 2022 y alcanzó cerca de 1,1 millones de votos, el resultado confirmó las dificultades del autodenominado “centro político” para consolidarse como una alternativa competitiva. Su porcentaje apenas superó el umbral electoral y más abajo quedó Claudia López, cuya candidatura terminó con apenas 223 mil votos, menos del 1% de la votación total. Juntos, sin embargo, ya son buscados directamente por los sectores que apoyan a Cepeda, e incluso Paloma Valencia volvió a intentar un acercamiento con Sergio Fajardo.
El resultado histórico para la izquierda
Aunque terminó en segundo lugar, Iván Cepeda alcanzó un resultado sin precedentes para la izquierda colombiana. Sus más de 9,5 millones de votos lo convierten en el candidato presidencial de izquierda más votado en la historia del país, superando incluso la votación obtenida por Gustavo Petro en la primera vuelta de 2022.
Más allá de la cifra absoluta, la elección confirma una transformación política de largo alcance en el país, pues por primera vez una fuerza de izquierda tiene una bancada robusta en el Congreso y además logra consolidar una identidad política reconocida abiertamente por millones de ciudadanos que durante décadas no podían asumir públicamente. En términos porcentuales, Cepeda obtuvo el 40,9% de los votos, un poco más del resultado alcanzado por Petro en la primera vuelta presidencial de hace cuatro años.
Sin embargo, los retos de Cepeda se hicieron evidentes al analizar que Bogotá, por ejemplo, aunque le dio la victoria, se esperaba que fuera más contundente en la diferencia con de La Espriella. Algo similar pasó con la costa Caribe, donde ganó el líder de izquierda, pero donde obtuvo menos votos que Petro en la elección anterior.
Las críticas a su estrategia comunicativa y de alianzas en la campaña han mostrado que el remezón de la primera vuelta, donde el mensaje se concentraba en ganar directamente en esa fecha, necesita una transformación para acercarse a los votantes dudosos. Las bases de su movimiento social también se han pronunciado en los días posteriores a la votación, organizadas en un intento de apoyo reforzado.
El alcance impulsado por la derecha
El crecimiento electoral de Abelardo fue significativo. El aumento de votantes se concentró especialmente en la Costa Caribe, Santanderes y en Antioquia, regiones donde De la Espriella construyó buena parte de su ventaja. Este comportamiento sugiere que el candidato de ultraderecha logró movilizar nuevos sectores del electorado y capitalizar el voto de rechazo al gobierno de Gustavo Petro. Además, los votos de colombianos en Estados Unidos fueron contundentes. De hecho, el presidente Donald Trump y representantes del partido Republicano ya formalizaron su respaldo a ese candidato, quien recibió con beneplácito la noticia, mientras el presidente Gustavo Petro rechazó la interferencia en política por parte de naciones extranjeras.
En todo caso, la baja votación de Paloma Valencia parece confirmar que una parte significativa del electorado uribista ya había migrado hacia la candidatura de De la Espriella antes de la elección. Además, sus ataques permanentes contra la candidata del Centro Democrático e intensificados durante la recta final de la campaña coincidieron con un proceso de concentración del voto de derecha alrededor de su figura que le dieron resultados esperados para más adelante, pero que consolidan el voto de derecha del país. Ahora la derecha unificada en torno a Abelardo espera mantener el ritmo de subida.
Denuncias de la izquierda por irregularidades en los E-14
Tras conocerse los resultados preliminares, sectores cercanos al gobierno como el mismo presidente Petro y a la campaña de Iván Cepeda expresaron dudas sobre el preconteo electoral. Tanto el candidato como dirigentes aliados señalaron inicialmente que esperarían los resultados definitivos del escrutinio antes de hacer una valoración final, algo que fue cuestionado por algunos analistas y periodistas como Daniel Coronell, quien presentó que las denuncias de fraude no han sido respaldadas con pruebas concluyentes más allá de una investigación poco clara de la Secretaría de Transparencia de la Presidencia de la República. Algunas versiones apuntan, según Coronell, a presuntas irregularidades detectadas en 251 mesas de votación ubicadas en Bogotá, Medellín y Orlando, Florida. Sin embargo, la información disponible no ha sido presentada de manera detallada ni ha permitido establecer el alcance real de las inconsistencias. Iván Cepeda posteriormente matizó sus declaraciones y dijo que sus equipos no han encontrado pruebas del posible fraude.
Los reportes de la Misión de Observación Electoral indicaron que el proceso transcurrió de manera general conforme a los procedimientos establecidos. Según los informes conocidos, más del 80% de los formularios E-14 fueron diligenciados sin tachaduras ni correcciones. Aunque persisten desafíos relacionados con la supervisión y el control de algunas etapas del proceso, los hallazgos disponibles apuntan a un funcionamiento adecuado de la jornada electoral.
El martes 2 de junio, la Registraduría Nacional informó que el escrutinio de las elecciones presidenciales alcanzó un avance del 99,98%, con apenas 33 mesas pendientes de revisar de las más de 122.000 instaladas en todo el país. Según la entidad, los retrasos obedecen a dificultades climáticas que han impedido el traslado de material electoral en algunas zonas. Además, destacó que el preconteo divulgado la noche de la elección registró una coincidencia del 99,94% con los resultados del escrutinio, lo que mostraría que las variaciones fueron mínimas.
Lo que viene para segunda vuelta
Concluida la primera vuelta, la atención se concentra ahora en los movimientos políticos de lado y lado. La campaña de Iván Cepeda y los sectores sociales que la respaldan ya extendieron invitaciones hacia los sectores de centro buscando a Sergio Fajardo, Claudia López y hasta a Juan Daniel Oviedo, que era fórmula de Paloma Valencia.
Desde el entorno de Cepeda buscan construir un “Gran Acuerdo Nacional” que incorpore sectores ajenos a la izquierda tradicional y amplíe la base de apoyos para enfrentar la segunda vuelta, así que se espera que al menos esas conversaciones tengan lugar. Tanto López como Fajardo y Oviedo han criticado abiertamente el opaco perfil y la ética del candidato de ultraderecha.
Por otro lado, Abelardo de la Espriella desde su discurso del domingo optó por profundizar el tono de confrontación. Tras conocerse los resultados lanzó duras críticas tanto contra Gustavo Petro como contra Iván Cepeda y mantuvo una narrativa centrada en la lucha contra los que llama “los de siempre”, que serían los partidos políticos tradicionales, versus “los de nunca” a los que se adscribe. Es esta narrativa la que le ha permitido consolidar una identidad política propia como “outsider”, un aparente ajeno a los cargos de poder. Aun así, es sabido que desde antes de conocerse los resultados, partidos como Cambio Radical y varios políticos desobedientes de su partido han dado su apoyo a la campaña.
Varios sectores políticos de derecha que habían acompañado a Paloma Valencia ya están con De la Espriella. Aunque el candidato ha tratado de posicionar la idea de ser un ajeno a la política, en sus filas ya estaban sectores tradicionales como los de Cambio Radical y varios políticos de otros partidos afines que ahora liberados tras la derrota de Valencia hacen campaña con tranquilidad con el objetivo declarado de combatir lo que la excandidata califica como “neocomunismo”. Lo que parece aglutinar a la base de esta campaña no es otra cosa que el rechazo al petrismo. Aunque la figura de Abelardo inevitablemente genera cuestionamientos éticos y hasta legales, apela a que esto sea más fuerte que los temores que genera él mismo.
Cepeda, por su parte, necesita convencer a un sector al que no le ha hablado lo suficiente. Centrado hasta ahora en las bases “naturales” de la izquierda, Iván Cepeda necesita alianzas y estrategias que lo acerquen a otros votantes. Desde esta orilla seguramente buscará posicionar los riesgos de un gobierno de ultraderecha al que ha llamado fascista por sus posturas radicales y militaristas. La apuesta entonces sigue la línea de un pensamiento protector de derechos de las poblaciones y territorios históricamente discriminados. Durante las próximas semanas, Colombia decidirá cuál de esas dos ideas de país se impondrá en las urnas.
The post ¿Qué viene para Colombia en esta segunda vuelta? appeared first on Rolling Stone en Español.
She’s topped the Billboard Hot 100 four times and scored 15 top 10 hits on the chart; placed three albums atop the Billboard 200 and nine in the top 10; won three Grammy Awards; been named a Billboard Legend of Live, and is known for her astounding aerial feats. But this Sunday, June 7, longtime pop star P!nk will add a more unexpected achievement to her resume: hosting Broadway’s biggest night, the Tony Awards.
For P!nk, a love of Broadway hits very close to home. She grew up loving classic musicals (and sometimes acted in them); now, her daughter Willow Sage Hart is not only a devoted musical theater fan but an aspiring performer herself, now attending performing arts school in New York.
But despite the fact that her own music certainly has a Broadway presence — Moulin Rouge! features “Lady Marmalade,” the blockbuster hit she sang on with Mya, Lil’ Kim and Christina Aguilera in 2001; and & Juliet features “Perfect” — P!nk has yet to appear on a Broadway stage herself. That’ll change this weekend, not only with her hosting gig, but with a much-anticipated special performance celebrating the 30th anniversary of Broadway mainstay Chicago, in which P!nk will perform alongside Queen Latifah and Jesse Tyler Ferguson.
“The first thing I had to do was see if my hips worked, and they do… sort of,” P!nk tells Billboard with a laugh. The pop superstar sat for a chat as she prepares for the Chicago performance high up New York’s Rockefeller Center, around the corner from Radio City Music Hall, where the Tonys will be presented. “It’s not something I ever thought I’d do, and now that I’m doing it it’s really fun.” As for what to expect: “It’s gonna be a medley. I’m doing… something! And it’s gonna be amazing! I’m like, living out my childhood dreams right now.”
P!nk caught up with Billboard days ahead of the Tonys to discuss her own musical theater past, the shows she’s constantly listening to with her daughter, and whether she’d ever consider letting her catalog become the basis for a musical.
Billboard: Broadway cast recordings can be formative just like pop albums; was there a gateway theater album that really got you into musical theater?
P!nk: Annie. [Sings from “Maybe”] “Maybe now it’s time, and maybe when I wake…” That was my singing lessons song. It was Whitney Houston that made me want to take voice lessons [in the first place], because I was like, well, how come she can sing like that? But I did train classically, so I would sing Phantom and then I got into Les Misérables and I just loved it all.
Singing Phantom will definitely get your range going!
Oh yeah, I mean, I used to sing it seriously. And then I smoked it all away [laughs].
And you participated in theater yourself growing up too, right?
Oh yeah. I was Rumpleteazer in Cats! I had to make my own costume. I was also Annie as a child at musical theater camp, this tiny little YMCA camp in Doylestown [PA].
Which cast albums are in rotation in your house today, that you listen to with your family?
What is [Willow] not listening to? Newsies was a big one for a while. The Notebook was a favorite of Willow’s, to be honest. Huge Outsiders fan. Sara Bareilles is amazing and Waitress was amazing — that’s another one we have in constant rotation. Hamilton was kind of an entry point for Willow — it was The Greatest Showman and Hamilton, around that time where she was like, “What is happening?”
If you had to choose your personal Mount Rushmore of musicals, what would be on it?
I mean, Les Mis every time. That’s some of my favorite music. You see that girl playing Cosette singing “Castle On A Cloud”… just great songs and really fun.
There is increasingly so much overlap between the pop and theater worlds. Do you have friends who’ve come to the theater world who have helped bring you into it?
I don’t know many pop musicians. It’s Willow all the way that brought us here.
There’s a lot of interest today in mining pop artists’ catalogs for Broadway musicals. Have you ever been approached?
Many times. I don’t know if I have an opinion just yet. I think & Juliet was the coolest. It’s a really good show, I really liked it, and I was skeptical, even though I love Max Martin. I think anything is possible if it’s done right.
Speaking of & Juliet, I have heard rumors that you might go into it at some point….?
They asked me to play Shakespeare, and I thought that was hilarious and awesome and would certainly be the role for me. But I’m not doing anything right now.
Would you ever be interested in writing an original musical?
Yeah, I like to write. Absolutely.
Among the performers you’ve seen on Broadway, do you have particular favorite voices?
Joshua Henry — he’s so good. Caissie Levy I love, Jessica Vosk I love. Shoshana [Bean] is incredible. I mean, even the guy that plays the dad in Lost Boys [Ben Crawford], he opens his mouth and I’m like, how are you that good with this small of a part?! Like, Jesus, do you have the best voice in the play? You’re here for four seconds! And [Crystal Lucas-Perry] who played the mom in Bigfoot! [off-Broadway], her voice is sick. I love Maria [Wirries] in Lost Boys, Emma Pittman [and] Sky Lakota Lynch from Outsiders…
You have an innate sense of theatricality. Has a sense of theater affected how you put together your live show?
I think very much that we always come from a theatrical place. I mean for me, I’m a carney, right? So it’s sort of like a circus, without the animals of course, other than the humans [laughs]. It’s a combination of circus, theater, rock opera… I guess pop show, but the pop show has the least amount to do with it. I would say more of a rock show than anything. We rock harder than a lot of rock bands. But definitely with staging and what’s possible, it is theater — it’s just a movable stage.
Can you share anything that’s happening with your own music right now?
Absolutely nothing. No, I’ve been writing some songs just because my heart needs it. But no, I don’t have any plans right now. I’m just mom-ing and seeing where the day takes us.
The Tony Awards are produced in collaboration with Tony Award Productions, a joint venture of the American Theatre Wing and The Broadway League. In addition to executive producing the show with Sussman, Kapoor and Levine Hall will also serve as co-showrunners. Patrick Menton and Rob Paine will co-executive produce, with Menton also serving as head of talent.
It’s been 15 long years since R.E.M. called it a day. Michael Stipe isn’t looking back.
The Rock Hall-inducted singer stopped by Jimmy Kimmel Live on Tuesday night (June 2) for a performance of “I Played the Fool,” the theme song for the new Steve Carrell HBO comedy Rooster.
For the late-night spot, Stipe, bathed in green static light and wearing a beard that would make Santa envious, was joined by a full band featuring Grammy Award-winning producer, songwriter, and musician Andrew Watt, who co-produced Paul McCartney’s new solo album The Boys of Dungeon Lane and composed and produced the original score for Rooster.
Since R.E.M. officially disbanded in 2011, Stipe has released several solo songs including “Your Capricious Soul” (2019), “Drive to the Ocean” (2020) and “No Time For Love Like Now” with Aaron Dessner’s Big Red Machine side project (2020).
There’s still no word on when his long-awaited debut solo album will be released into the world. Stipe did touch on it in April during an interview with Stephen Colbert on the late-night talk show’s now-defunct Late Show. “One of the songs is the sound of a tree hearing itself for the first time,” he said at the time, cryptically, explaining that a friend had recorded the sound of a tree in his backyard in Georgia and then played it back to said tree for a song he described as Daft Punk-like. He added that he would be including his version of the standard sea chanty “Drunken Sailor” on the unnamed LP.
R.E.M. did reunite, briefly, in 2024 when the Athens, GA natives — Stipe, Mike Mills, Bill Berry and Peter Buck — got the old band back together to sing “Losing My Religion” at the Songwriters Hall of Fame gala in New York, on the night of their induction. Prior to that, the band’s last full public concert was in November 2008 in Mexico City, although the foursome did play a private party in 2016.
Watch Stipe and Watt’s performance on ABC’s Kimmel below.





