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5 grandes canciones que nacieron por accidente

No todas las grandes canciones son producto de un proceso sumamente meditado. Algunos de los mayores éxitos de la historia surgieron de manera fortuita, como parte de un momento inesperado y no necesariamente de una profunda inspiración. A continuación, cinco grandes hits que nacieron por accidente. Red Hot Chili Peppers – “Under The Bridge” Este […]

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Sentarse a escuchar cantar a Las Áñez es darse cuenta de que todavía existen voces capaces de capturar los sentidos sin necesidad de efectos especiales o de un sinnúmero de instrumentos que terminan confundiendo. Escucharlas es encontrarse con un juego de voces que revive el recuerdo de grandes cantadoras y transporta los sentidos a universos mágicamente cotidianos, como el que gira alrededor de ‘Cebolla’, o a otros más complejos, como el de ‘Alma vieja’.

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Como ellas mismas explican: “La ambientación sonora hace parte fundamental del concierto de Las Áñez. En vivo suenan intermedios sonoros que no solo nos dan la tonalidad, sino que introducen la atmósfera de cada canción. El encargado, en los últimos cinco años, de la reproducción exacta y ecualización de estos sonidos ha sido el DJ Camilo Manchego, también productor de la canción ‘Devenir’, de Dualismo mágico”.

En exclusiva con ROLLING STONE en Español, Las Áñez compartieron su visión sobre la música y explicaron de dónde nace Dualismo mágico, un disco en el que cada canción es una obra de arte.

Hay algo que me gusta muchísimo de su proyecto, y es que no necesitan de mil sonidos para crear excelentes canciones con gran maestría. ¿Cómo definirían su sonido y cómo lo encontraron?

Definir el sonido es una tarea difícil. Son canciones a dos voces, con influencias de la música latinoamericana y sonidos modernos. Mucha gente escucha jazz en nuestros arreglos, y eso puede tener relación con lo que dices sobre no saturar las canciones, porque nosotras estudiamos jazz y pensamos los arreglos como si siempre se estuvieran tocando en vivo, de menos a más, y no de más a menos.

El minimalismo hace parte de nuestra estética desde el inicio, gracias al jazz y a esa idea de pensar qué podemos hacer en vivo para luego ir agregando pequeños detalles. Por eso nuestras canciones funcionan como una subida en la que, en cada paso, aparecen nuevos elementos. Algo que nos gusta mucho del minimalismo es agregar solo lo esencial, estando únicamente dos personas en la tarima. Los discos más recientes tienen muchas más capas porque nos hemos podido dar el lujo de trabajar con un equipo más grande y probar más cosas en el estudio.

¿De dónde nace el concepto de este nuevo disco, Dualismo mágico?

Tiene mucho que ver con las canciones que hemos compuesto durante los últimos tres años y que hacen parte de este disco, inspiradas en el realismo mágico de Cien años de soledad. Una obra de teatro en Uruguay nos encargó una canción, ‘Las aguas de Macondo’. También nos pidieron piezas originales inspiradas en los hombres y las mujeres de Macondo para los videos promocionales de la serie de Netflix, y una amiga nos dejó como recuerdo un ejemplar de Cien años de soledad con una dedicatoria muy personal.

Hubo una gran cantidad de coincidencias alrededor del realismo mágico. Además, nuestra música tiene mucho de cotidianidad, pero con magia, como cuando le cantamos al tomate o a la cebolla. Dualismo viene de que el lado A del vinilo es más caribeño y tropical, mientras que el lado B se acerca más a los Andes y a la ciudad montañosa.

Me encanta ‘Cebolla’. ¿Cómo se les ocurrió hacer esta canción y cómo fue trabajarla?

En 2017, en el disco Al aire, salió la canción ‘Don tomate’ y ahora ‘Cebolla’, ambas escritas por Valentina, a quien le encanta la comida [risas]. Hay un gran respeto por estos dos alimentos y todo lo que pueden evocar. ‘Cebolla’, además de hablar profundamente sobre un alimento, también implicó un trabajo vocal importante y la exploración de varias capas sonoras. Quisimos volver a nuestra esencia de trabajar únicamente con voces, y ‘Cebolla’ fue la canción adecuada para hacerlo.

“No somos capaces de abordar una canción desde lo superficial; normalmente parten de búsquedas personales. Cada canción es una obra de arte, entonces poner un ritmo con cualquier cosa encima no va con nosotras”.

‘Libéralo’, junto a La Muchacha, también es excelente y además transmite un mensaje de empoderamiento. ¿Por qué creen que la música, además de entretener, debe tener mensajes como ese?

Debe existir música de las dos formas, así como en el cine hay películas muy profundas y otras hechas simplemente para relajarse y pasar el rato. Y eso está bien.

Lo que sí nos ocurre a nosotras es que no somos capaces de abordar una canción desde lo superficial; normalmente parten de búsquedas personales. Cada canción es una obra de arte, entonces poner un ritmo con cualquier cosa encima no va con nosotras. Cada concepto y cada cosa que hacemos representa un reto: primero construimos el universo de cada canción y luego encontramos los puntos en común.

Yo no puedo hacer algo superficial en una canción, pero admiro a la gente que sí lo hace y disfrutamos también de esas letras más ligeras.

Es un gran honor cuando las canciones que hacemos, además de significar mucho para nosotras, también lo hacen para alguien más. Si una de nuestras canciones le sirve a otra persona para entender algo o mejorar algún aspecto de su vida, es una gran suerte.

¿Cómo describirían lo que es un ‘Alma vieja’?

Muy calmada, un poquito aburrida y sin excesos de energía [risas]. Es alguien que acepta las situaciones y que además tiene sentido del humor, porque en realidad no sabe si es vieja o joven. Es un alma con cierta certeza sobre la vida misma y sobre vidas pasadas; una persona que no es del común. Todo el mundo tiene un poco de ‘Alma vieja’.

“Cada canción es una obra de arte”: Las Áñez 
Cortesía

Una colaboración que llama mucho la atención en este disco es la de Alexis Play en ‘Fin’. Siento que es una mezcla bastante diferente. ¿Cómo llegaron a trabajar con él y por qué decidieron entrelazar el estilo de ustedes con el suyo?

Cada cierto tiempo nos gusta invitar voces opuestas a las nuestras, que tengan tonos más graves, que canten rápido o con mucha energía. Nos atraen mucho esos contrastes, como ocurre en esta canción o en colaboraciones con Edson Velandia, La Muchacha —que hace un rap que nosotras jamás podríamos hacer— o el mismo Cholo Valderrama.

Conocimos a Alexis Play en un Festival Cordillera y nos gusta mucho su manera de rapear. Creemos que es muy distinta a la forma más gringa de hacerlo, que es la que suele percibirse en la mayoría de canciones. Llevábamos más de cinco años queriendo trabajar juntos, pero no encontrábamos la canción adecuada. Entonces llegó ‘Fin’, que era una canción muy corta y sentíamos que necesitaba algo más. Ahí pensamos en Alexis Play, quien le dio un contraste que nos encantó porque abordó la canción desde otra perspectiva.

La canción está pensada como una bachata, un género que nos gusta mucho, aunque nosotras nunca hacemos los géneros de manera estricta. Aun así, sentimos que sí se percibe ese aire de bachata. Además, es una canción extraña porque está hecha con samples e inspirada en esos sonidos con los que normalmente terminan las canciones; eso la convierte en un experimento que disfrutamos muchísimo.

Hablando de colaboraciones, me encanta ‘Señal del viento’ junto al Cholo Valderrama, sobre todo por el juego de voces que hay en la canción. ¿Por qué decidieron incluirlo en ese tema de Paralelas?

Siempre nos gustó la música del Cholo Valderrama, aunque no pensábamos en colaborar con él. Fue Andrés Leal, uno de nuestros productores y además oriundo de Yopal, Casanare, quien escuchó ‘Señal del viento’ y propuso invitarlo a participar. A nosotras nos encantó la idea.

Teníamos un poco de miedo porque el Cholo es muy exigente con las letras, pero al final sí le gustó. Y para que se sintiera cómodo, grabó sobre una base de música llanera. Después, la producción de la canción se fue acercando un poco más a un universo urbano —y ahí llegó el segundo susto: saber si le iba a gustar la versión final—, pero sí le gustó. Esa canción fue un gran acierto y nos sentimos muy orgullosas de contar con él en Paralelas.

¿Con cuáles otras voces colombianas les gustaría trabajar?

Aunque se aleja un poco de los géneros que hacemos, nos gustaría trabajar con Elsa y Elmar. Nos gustan mucho su sonido y sus canciones.

¿Cuáles fueron sus referentes cuando estaban iniciando en la música?

Nosotras tenemos un cuarteto de jazz con contrabajo, batería y nuestras voces, que empezó incluso antes de Las Áñez, cuando todavía estábamos en la universidad. Una de las cantantes que más nos inspiraba era Lucía Pulido, una colombiana que canta jazz, pero también músicas tradicionales. También Lila Downs. Siento que, incluso con el cuarteto de jazz, seguimos inspirándonos en cantadoras que se arriesgan a probar cosas nuevas. Siempre nos han encantado las cantadoras latinoamericanas.

La conexión que existe entre ustedes dos es prácticamente palpable, pero ¿cómo hacen cuando no están de acuerdo en algo?

Una de las cosas que más nos ha diferenciado últimamente es que yo soy mamá y Juanita no —Valentina es mamá—. Más que la forma de pensar, lo que cambia es el estilo de vida, entonces a Juanita le ha tocado adaptarse más.

Dualismo mágico lo sacó adelante Juanita, porque yo estuve atravesando el embarazo, el nacimiento y el posparto. Seguimos teniendo los mismos objetivos, pero cada una los enfoca de manera distinta. Musicalmente casi siempre estamos de acuerdo.

¿Y podrían imaginar una vida artística separadas la una de la otra?

No. Lo que más nos gusta es el sonido que hemos construido como dúo. Este es un trabajo que no es fácil y siempre pensamos: “¿Cómo harán los solistas?”, porque siempre hay muchísimo por hacer.

El manejo de la voz en ustedes es fenomenal, y cada día eso parece ser menos importante dentro de la música más consumida. ¿Cuál es su percepción de que, dentro de la música más escuchada, lo menos importante termine siendo la música misma?

Sentimos que eso ocurre mucho en las grabaciones y dentro de las plataformas digitales, pero la experiencia en vivo sigue dependiendo de la interpretación. En vivo seguimos necesitando escuchar esas voces y ver a quienes las interpretan; así tengan un poco de autotune, no cualquiera puede dar un concierto. Eso todavía no se ha reemplazado.

En los 15 años que llevamos creando música, nuestras voces son cada vez más cuidadas y no están tan enfocadas en lucirse. Aunque la voz sea nuestro instrumento principal y nos importe muchísimo, no queremos que sea lo que más destaque, sino que funcione como una herramienta fundamental para fortalecer nuestro sonido.

“Sería muy bonito seguir en la música sin tanta exigencia externa; continuar disfrutándola sin importar la fama o el dinero. Que siga siendo algo muy desde el corazón”.

Ya para terminar, ¿cómo se ven artísticamente en unos 20 años?

Dejar de hacer música es algo muy difícil para personas como nosotras. Siempre existirán las ganas de crear algo. Tal vez en el futuro sea más difícil que los medios nos muestren, porque hoy las canciones sí o sí deben pasar por muchos filtros y computadores, pero quién sabe cómo será más adelante.

Tendremos la edad de nuestro papá, y sería muy bonito seguir en la música sin tanta exigencia externa; continuar disfrutándola sin importar la fama o el dinero. Que siga siendo algo muy desde el corazón.

Ahora que lo mencionan, siento que el gran objetivo de su música no es la fama ni el dinero. Entonces, ¿cuál es el objetivo de su música?

¿Para qué hacemos esto? ¿Para que más gente nos escuche? No, porque ya tenemos a nuestro público. No sé si tengamos una respuesta concreta. Muchas veces es el mismo público quien la da: “Esta canción despertó en mí un feminismo que necesitaba”, y ahí una se da cuenta del propósito que había detrás de lo que estaba haciendo. Otra persona puede decir: “Tal canción me ayudó a atravesar una enfermedad”. Creo que ahí radica realmente el objetivo. Se siente que se está haciendo algo valioso, algo que trasciende la música.

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Aunque la conocida “crisis de los 20” no es exclusiva de la generación Z, sí ha adquirido una nueva relevancia gracias a las redes sociales, donde miles de usuarios —mayormente entre los 18 y 25 años— comparten constantemente sus inquietudes sobre la adultez, la vida laboral, las relaciones interpersonales y la soledad. En medio de estas incertidumbres existenciales, la música se ha convertido en uno de los refugios más recurrentes para los jóvenes actuales, especialmente a través de propuestas que exploran la melancolía, el amor, el vacío emocional y las secuelas que dejan las frenéticas noches de fiesta.

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Así, desde la pandemia, han surgido en la escena hispana propuestas profundamente íntimas y sensibles que conectan con una juventud aturdida por sus propios dilemas. En España, especialmente desde el underground, han nacido iniciativas interesantes que combinan distintas influencias y las transforman en un sonido propio capaz de destacar dentro de una industria a veces saturada. Desde Mallorca aparece uno de esos proyectos especiales y con algo más que decir: Cora Yako

Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza, dos amigos oriundos de la isla balear pero establecidos en Madrid, son las cabezas detrás de Cora Yako, un dúo que ha sabido encontrar su lugar dentro de la nueva ola del indie español. Tras comenzar como un cuarteto y evolucionar hacia un formato más reducido e íntimo, el proyecto terminó reforzando una identidad sonora que se mueve entre el rock alternativo y la sensibilidad emocional del bedroom pop, todo bajo una filosofía completamente autoproducida que hoy los tiene girando por toda España gracias a Mil pequeños cortes, su trabajo más ambicioso hasta la fecha. 

En ROLLING STONE en Español hablamos con ambos integrantes sobre sus inicios en la música, la dinámica del dúo a la hora de crear canciones, el éxito de su último álbum y la inesperada admiración del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez

Cora Yako: el dúo mallorquín que ya conquista toda España
Cortesía

La historia de Cora Yako comenzó mucho antes de sus primeros lanzamientos oficiales. Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza se conocen desde el colegio, en Mallorca, donde empezaron a compartir gustos musicales y la idea de formar una banda cuando apenas tenían 16 años. Años después, ya instalados en Madrid, el proyecto terminó tomando forma entre 2019 y 2020 con sus primeras canciones y una identidad influenciada por el revival rockero de los 2000. “La máxima [influencia] ha sido The Strokes”, cuenta Luis, quien también menciona nombres como Bloc Party, Franz Ferdinand, Weezer y The Smashing Pumpkins como parte fundamental del ADN sonoro del grupo.

Desde entonces, la banda ha atravesado una evolución evidente que alcanza uno de sus puntos más sólidos en Mil pequeños cortes. Sin embargo, para ellos, este crecimiento no responde necesariamente a una transformación planeada o conceptual, sino al paso natural del tiempo y la experiencia. “Simplemente hemos hecho lo mismo que hacíamos en el primer disco, pero mejor”, resume Luis.

Gran parte de esa identidad también se ha construido desde la autoproducción. Carlos explica que tanto él como Luis se encargan de grabar, producir y mezclar toda la música desde su propio estudio, un proceso que les ha permitido encontrar poco a poco el sonido que tenían en mente desde el inicio. “Ha sido un proceso muy largo llegar a ello y pensar ‘esto es lo que tenemos en la cabeza’”, comenta. Entre horas de experimentación, improvisación y ensayo-error, el dúo ha conseguido traducir sus referencias e inquietudes emocionales en una propuesta cada vez más definida dentro de la escena española.

Esta decisión también ha traído consigo múltiples retos. Más allá de escribir e interpretar canciones, Carlos y Luis han tenido que asumir el rol de productores, ingenieros y directores creativos de su propio proyecto, una dinámica que, aunque les ha permitido mantener un control absoluto sobre su sonido, también puede convertirse en un proceso agotador. “Tiene su parte buena y su parte mala”, revela Luis. “La mala es que te puedes volver loco y perder un poco la perspectiva sobre si lo que estás haciendo es bueno o malo. Puedes estar mucho tiempo dándole vueltas a algo que está perfectamente o puedes encapricharte con algo que es malo”.

Carlos añade que muchas veces los obstáculos aparecen desde lo técnico, especialmente al momento de intentar traducir exactamente lo que imaginan en sus cabezas. “Hay veces que nos encontramos en el estudio y no estamos siendo capaces de llegar a un sitio al que queremos llegar. O no conseguimos un tono de guitarra o de batería, o la voz no suena como queremos. Hay una parte muy técnica que puede convertirse en una piedra en el camino”, comenta. Sin embargo, para él, el mayor desafío termina siendo mental: “Estamos muy metidos en el proceso y no tenemos a nadie externo que lo vea desde fuera y pueda aconsejar o dar una visión más objetiva. A veces te encaprichas con algo y pierdes perspectiva”. Aun así, Luis asegura que precisamente ahí también reside una de las mayores satisfacciones del proyecto: “Al menos estás tranquilo sabiendo que si la has cagado has sido tú y no una opinión externa”.

Esa libertad creativa también se refleja directamente en la forma en que nacen las canciones del dúo. Lejos de seguir una metodología rígida, el proceso de composición cambia constantemente dependiendo de lo que cada tema necesite. Algunas canciones empiezan desde una guitarra acústica en casa, otras nacen en el estudio y unas pocas aparecen durante los ensayos. “No existe un modus operandi fijo”, explica Luis. “Las canciones más barrocas o más lentas son difíciles de hacer en un local de ensayo porque el directo favorece cosas más intensas y energéticas. También pasa al revés: una canción muy energética es difícil que te salga en casa, en la cama, mientras te comes unas palomitas”.

Carlos asegura que esa flexibilidad ha sido clave para el crecimiento creativo del grupo a lo largo de los años. “A veces Luis hace una canción prácticamente entera, otras veces al revés, algunas letras las escribimos juntos y otras no. Se dan todas las posibilidades”, comenta. Al final, el proceso termina guiándose más por la intuición que por cualquier regla establecida. “Si vemos que se puede pulir parte de lo que ha hecho el otro, se intenta”, añade Luis. “Pero el que trae la canción de primeras es el que tiene la última palabra”. Una dinámica que terminó consolidándose especialmente en Mil pequeños cortes, el álbum donde todas esas ideas, influencias y formas de trabajo parecen encontrar su versión más sólida hasta el momento.

Desde su portada, este disco deja claro que existe una intención estética mucho más amplia que únicamente la música. Para construir el universo visual del álbum, Cora Yako trabajó junto a Alberto de Santos y el fotógrafo Edu Montes incluso antes de terminar las canciones. Carlos recuerda que desde el principio tenían claro que querían involucrar a Alberto como director creativo del proyecto. “Empezamos a hablar con él muchísimo antes de acabar el disco porque queríamos que formara parte de todo el proceso visual”, explica. “Enseguida apareció la idea de los muñecos y nos enamoramos completamente de eso. A partir de ahí desarrollamos todo el universo del álbum alrededor de esa imagen”.

Aunque muchos oyentes han interpretado el álbum como un retrato generacional sobre la crisis emocional de los veinteañeros, la banda insiste en que nunca existió una intención explícita de convertirse en “la voz” de nadie. Para Luis, las canciones simplemente nacen de experiencias personales y emociones cotidianas que pueden repetirse en cualquier época. “No creo que sea algo generacional realmente”, comparte. “Estamos hablando del día a día bueno y malo de una persona de veintitantos años en una ciudad, y eso podía pasar en los 70, en los 90 o en el 2050. Nunca empezamos el disco pensando ‘vamos a hacer un álbum conceptual’. Simplemente, cuando ya estaba terminado, nos dimos cuenta de que había un hilo conductor”.

Carlos coincide con esa idea y asegura que muchas de las lecturas alrededor del disco han surgido más desde el público que desde la propia banda. “Nosotros escribimos sobre las cosas que nos pasan a nosotros. Si luego hay gente que se siente identificada, pues genial, pero no nace con esa pretensión”, afirma. De hecho, explica que el título del disco fue una de las últimas decisiones que tomaron durante el proceso creativo. “Teníamos las canciones, la portada y prácticamente todo cerrado, menos el nombre. Nos gustó porque ‘Mil pequeños cortes’ podía funcionar como una metáfora de muchas cosas que aparecen dentro del álbum sin señalar algo concreto”.

Uno de los temas más representativos de esa idea termina siendo justamente ‘Pesadillas’, la canción encargada de abrir el proyecto y que recientemente ganó notoriedad después de que el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, alabara públicamente el tema. Luis recuerda que la noticia los tomó completamente por sorpresa. “De repente vimos el móvil lleno de mensajes y no entendíamos qué estaba pasando”, cuenta entre risas. “Nos alegra muchísimo que nueva gente llegue al proyecto por cosas así”.

Más allá de la anécdota política, ‘Pesadillas’ representa perfectamente para la banda la esencia sonora del trabajo. Carlos explica que eligieron abrir el disco con esa canción porque sentían que resumía muchas de las búsquedas musicales y emocionales del álbum. “Queríamos que desde el segundo uno se notara el cambio respecto al disco anterior”, comenta. Parte de esa identidad también está ligada a una vieja idea musical que llevaban años arrastrando. “Esa intro instrumental es antiquísima”, añade Luis. “Debe tener ocho o nueve años”. Para Carlos, precisamente ahí reside parte del significado del tema: “Ese riff nos representa muchísimo y sentimos que la canción funciona como una especie de pintura de todo lo que viene después a nivel de producción y sonido”.

Aunque Cora Yako insiste constantemente en que Mil pequeños cortes no fue concebido como un álbum conceptual, el orden de las canciones sí responde a una intención muy concreta. Para la banda, el tracklist debía sentirse como un recorrido natural capaz de sostenerse de principio a fin. Carlos explica que, más allá de construir una narrativa cerrada, buscaban que el disco tuviera un flujo orgánico y dinámico. “Nos parecía la forma natural de escuchar el álbum”, comenta. “Queríamos que, si alguien se sentaba a escucharlo entero, el viaje tuviera sentido, que fuese pasando por distintos momentos y que fluyera de una manera muy guay”. Aunque probaron varias posibilidades antes de decidirse, el proceso fue mucho más intuitivo de lo que podría parecer. “No nos tiramos días pensándolo”, añade entre risas. “Lo hablamos, hicimos varias opciones y esa fue la que más nos gustó”. “Literal”, remata Luis.

Esa idea de recorrido termina alcanzando su punto final —y también su cierre simbólico— en ‘Mil pequeños cortes’, la canción que da nombre al álbum y que funciona como despedida del proyecto. Para Luis, gran parte de la decisión tuvo que ver con la sensación que deja el outro instrumental del tema. “Nos apetecía cerrar con esa porque el final va como sangrando poco a poco”, explica. “No termina con el típico acorde enorme que te puedes esperar de cualquiera, sino que se va apagando lentamente y eso nos parecía un final mucho más bonito y más original”. Además, asegura que la canción dialoga emocionalmente con el inicio del disco: “Habla un poco de lo mismo que ‘Pesadillas’: amor, desamor y todas esas cosas”.

Carlos, por su parte, reconoce que también existía algo casi circular en cerrar el álbum con la canción que le da nombre al proyecto completo. “Molaba que para llegar a ‘Mil pequeños cortes’ tuvieses que escuchar todo el disco”, comenta. “El título es lo primero que ves cuando entras al álbum, pero la canción aparece hasta el final. Era como cerrar el círculo. Quedaba redondito”.

Tras varios meses desde su lanzamiento, la mayor recompensa para la banda ha llegado lejos del estudio y mucho más cerca del escenario. Tanto Carlos como Luis coinciden en que los conciertos terminaron convirtiéndose en la verdadera confirmación del impacto que ha tenido el disco. “Ahí es donde ves realmente el fruto de haber hecho un buen trabajo”, asegura Luis. “Hasta ahora la gente no cantaba tanto las canciones en los conciertos. Hay temas de este disco que directamente sobrepasan a los altavoces”.

Para Carlos, esa conexión con el público termina justificando todo el largo proceso creativo detrás del álbum. “No hacemos música para que se quede en el ordenador”, revela. “Hacemos la música que queremos hacer, claro, pero también queremos compartirla y que la gente la escuche”. Aunque reconoce que terminar el disco ya había sido una satisfacción enorme después de tantos meses de trabajo, asegura que nada se compara con tocar las canciones en vivo y escuchar al público cantar cada palabra. “Ver a la gente coreando las canciones de principio a fin es una pasada”, concluye.

En medio del Mil pequeños cortes tour, el dúo asegura que la respuesta del público ha superado completamente sus expectativas, especialmente en ciudades como Valencia, Alicante, Barcelona y Madrid, donde varias fechas agotaron entradas con semanas de anticipación. “Está yendo mucho mejor de lo que pensábamos”, cuenta Luis. “Acabamos de volver de Valencia y Alicante y había salas llenas desde hacía dos semanas. Incluso nos arrepentimos de no haber cogido sitios más grandes”.

Más allá de los números, lo que más les ha impactado ha sido la intensidad con la que el público se ha apropiado de las canciones del nuevo álbum. Para ellos, esa energía termina confirmando que el disco logró conectar emocionalmente con la gente mucho más de lo que imaginaban durante el proceso de grabación. “Barcelona y Madrid fueron tremendos”, recuerda Luis. “Ahora quedan varios festivales y todo está yendo fantástico. Solo falta cruzar el charco e ir a Latinoamérica”.

Precisamente, la posibilidad de llevar el proyecto fuera de España aparece como uno de los grandes objetivos inmediatos. Aunque todavía no existe una fecha concreta, Luis asegura que tanto él como Carlos tienen enormes ganas de visitar la región lo antes posible. “Cuanto menos lejano esté, mejor”, comenta entre risas. “Espero que sea el año que viene. Depende mucho del agujero económico que pueda suponer porque mover todo hasta allá es tremendo, pero es de las cosas que más ilusión me haría en el mundo”. Como ocurre con muchas bandas de la nueva escena española, Ciudad de México aparece como una de las primeras posibilidades dentro de esa eventual expansión internacional, aunque Luis deja claro que su deseo sería recorrer la región completa: “Por mí, iría a toda Latinoamérica”.

Mientras ese momento llega, Cora Yako ya tiene claro que su más reciente lanzamiento todavía tiene mucho camino por delante. La gira continuará durante el verano europeo, después de verano e incluso durante buena parte del próximo año, acompañada posiblemente por nueva música. “Pueden esperar alguna canción más”, adelanta Luis con cautela. Carlos complementa la idea dejando claro que la etapa del disco aún está lejos de terminar: “Vamos a seguir girando muchísimo y seguramente a la vuelta del verano llegue alguna canción nueva”.

Cortesía

Para una generación acostumbrada a convertir la incertidumbre en canciones, Cora Yako parece haber encontrado el equilibrio perfecto entre ruido, vulnerabilidad y honestidad. Sin necesidad de discursos grandilocuentes ni de intentar representar artificialmente a toda una generación, Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza han construido un proyecto profundamente humano que conecta precisamente porque nace desde lo cotidiano, de las noches interminables, la ansiedad de crecer, las relaciones rotas, la nostalgia y el vacío que aparece cuando todo termina.

Con Mil pequeños cortes, el dúo mallorquín no solo consolidó una identidad sonora cada vez más definida dentro del nuevo indie español, sino que también confirmó que la autoproducción y la intuición todavía pueden abrirse camino dentro de una escena saturada de fórmulas repetidas. Mientras continúan llenando salas en España y sueñan con llevar sus canciones a Latinoamérica, Cora Yako parece estar viviendo apenas el comienzo de una etapa mucho más grande, una donde sus pequeños cortes emocionales siguen encontrando eco en miles de personas al otro lado de los altavoces.

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Lo primero que hace bien Daredevil: Born Again es aceptar algo que Marvel llevaba años intentando evitar. El abogado ciego Matt Murdock (Charlie Cox), no pertenece a un universo luminoso lleno de chistes autorreferenciales y batallas digitales sin peso emocional. Pertenece a los callejones húmedos, a la corrupción institucional, a la culpa católica y a la violencia física que deja cicatrices. La serie entiende eso desde el comienzo y por eso se siente muchísimo más cercana al gran noir criminal de los setenta y noventa, así como al cómic que revitalizó Frank Miller, que al tono plastificado de buena parte del MCU reciente.

Se nota muchísimo la influencia de series criminales como The Sopranos o The Wire y del cine urbano tipo Serpico o King of New York. Wilson “Kingpin” Fisk (Vincent D’Onofrio) ya no es únicamente un mafioso gigantesco; es un animal político aprendiendo a convertir el miedo social en poder institucional. Su ascenso como alcalde de Nueva York funciona porque la serie comprende perfectamente cómo las sociedades cansadas terminan abrazando figuras autoritarias que prometen orden y mano dura. 

D’Onofrio está sencillamente monumental. Cada escena suya transmite peligro y amenaza. No necesita levantar la voz constantemente. Le basta caminar, respirar o quedarse quieto para generar tensión. Su Fisk posee algo muy raro en este tipo de producciones y es una humanidad real. El personaje ama genuinamente a su esposa Vanessa (Ayelet Zurer), una mujer tan corrupta como él, cree honestamente que puede salvar la ciudad y, al mismo tiempo, es capaz de destruir vidas enteras sin pestañear. Esa contradicción vuelve mucho más aterradora su presencia.

Charlie Cox sigue siendo el corazón absoluto de la serie. Nadie ha interpretado tan bien el agotamiento emocional del héroe urbano contemporáneo. Al igual que Bruce Wayne, su contraparte de DC, Matt Murdock parece vivir permanentemente dividido entre la fe, la rabia y la necesidad de castigo. Y la serie acierta al recordar constantemente que también es abogado. Los episodios judiciales son de lo mejor que ha producido Marvel televisión en años porque convierten la lucha moral del personaje en algo más complejo que simplemente golpear criminales.

Karen Page recupera además la importancia emocional que nunca debió perder. Deborah Ann Woll sigue siendo fundamental porque Karen representa la humanidad que Matt intenta conservar desesperadamente. Y la muerte de Foggy (Elden Henson) se convierte en el trauma que termina contaminando toda la serie.

Y luego aparecen los superhéroes Jessica Jones (Krysten Ritter), The Swordsman (Tony Dalton), White Tiger (Kamar de los Reyes), Punisher (Jon Bernthal) y otros sobrevivientes del universo Netflix, no como cameos vacíos para provocar aplausos automáticos, sino como piezas naturales de una ciudad que empieza lentamente a unificarse otra vez. La serie entiende que esos personajes compartían un mismo ecosistema urbano antes de que Marvel fragmentara todo en productos inconexos. De hecho, fueron un grupo conocido como The Defenders, que inclusive tuvo su propia serie y que probablemente regrese ya que se anunció la presencia de Luke Cage y Iron First para la tercera temporada.

Aun así, en medio de tantos personajes viejos y nuevos, se extraña muchísimo a Rosario Dawson. Claire Temple era una pieza fundamental del viejo universo Netflix porque representaba compasión, humanidad y cansancio real frente a tanta violencia. Su ausencia deja un vacío emocional que la serie nunca termina de llenar completamente (a propósito, ¿dónde está Elektra?).

Resultan muy efectivos los otros antagonistas que orbitan alrededor de Fisk. Matthew Lillard aporta una energía peligrosamente ambigua como Mr. Charles, una figura vinculada a operaciones políticas y de inteligencia que expande el conflicto más allá de Hell’s Kitchen y que conecta la serie con estructuras de poder todavía más turbias. Wilson Bethel continúa construyendo un Bullseye absolutamente desquiciado (más que el de Colin Farrell en la primera película sobre el superhéroe protagonizada por Ben Affleck, y eso ya es mucho decir). Probablemente este es el enemigo más impredecible de toda la serie, luego de Fisk. Estamos hablando de un hombre convertido literalmente en arma humana cuya violencia parece surgir de traumas imposibles de reparar y que reta a Matt Murdock, un católico empedernido, a encontrar el verdadero significado del concepto de perdón.

Margarita Levieva termina teniendo un arco muchísimo más oscuro e interesante de lo que parecía inicialmente; Heather Glenn pasa de ser un interés romántico relativamente convencional a una figura psicológicamente fracturada por la violencia (encarnada por el villano Muse) y la manipulación emocional del universo que la rodea. Por su parte, Arty Froushan compone a Buck Cashman como ese tipo de operador silencioso y elegante que recuerda mucho a los grandes ejecutores del cine mafioso clásico: hombres capaces de organizar atrocidades sin alterar jamás el tono de voz. Y Hamish Allan-Headley aporta una presencia inquietante dentro de la maquinaria policial y paramilitar que rodea al régimen de Fisk, reforzando esa sensación de ciudad lentamente tomada por estructuras autoritarias. 

También hay que hablar de Michael Gandolfini, excelente como Daniel Blake, el protegido político de Fisk. El personaje funciona casi como reflejo de cómo opera el poder corrupto, con jóvenes seducidos por figuras autoritarias que les ofrecen propósito, cercanía y sensación de importancia. Gandolfini tiene además esa misma capacidad heredada de su padre para transmitir inseguridad y amenaza al mismo tiempo.

La primera temporada de Born Again tardó un poco en encontrar equilibrio. Se sienten las cicatrices de la reestructuración creativa que sufrió la producción, la cual retoma la serie original de Netflix de tres temporadas y treinta y nueve episodios. En algunos momentos,  vuelve a caer en la trampa de su predecesora y de las series Jessica Jones, Luke Cage, The Punisher y especialmente Iron Fist, y es que algunos episodios avanzan con demasiada lentitud y ciertas subtramas dan muchos rodeos y terminan sintiéndose innecesarias. Pero cuando finalmente encuentra dirección, especialmente alrededor del conflicto entre Fisk y Murdock, la historia despega con muchísima fuerza.

La segunda temporada es donde todo explota realmente. La ciudad convertida prácticamente en un estado policial bajo la Task Force (léase ICE), le da a la serie una dimensión mucho más oscura y desesperada. Aquí ya no se trata solamente de héroes contra criminales. Se trata de resistencia civil, abuso institucional y paranoia política. Hay momentos donde la serie se acerca peligrosamente a comentarios demasiado evidentes sobre la realidad contemporánea (léase Trump), pero incluso ahí mantiene una rabia auténtica y una postura política que el MCU casi nunca posee.

Además, la violencia alcanza niveles que Disney parecía incapaz de permitir hace apenas unos años. Huesos rotos, sangre, cuchillos atravesando cuerpos, cabezas que explotan y peleas filmadas con una brutalidad física real. Los showrunners Justin Benson y Aaron Moorhead entienden que Daredevil funciona mejor cuando el espectador siente el cansancio y el dolor en cada combate.

No todo funciona. Algunas tramas siguen siendo débiles, ciertos diálogos políticos resultan demasiado grandilocuentes y ocasionalmente la serie quiere abarcar más de lo que puede manejar (¿dónde están los demás superhéroes del universo Marvel cuando Nueva York está bajo un Estado de sitio?). Pero incluso en sus momentos menos sólidos, Born Again posee algo que muchísimas producciones de superhéroes perdieron desde hace tiempo: Subtexto y personalidad.

Aquí hay miedo, deseo, culpa, xenofobia, manipulación política, corrupción gubernamental y personajes emocionalmente destruidos intentando sobrevivir en una ciudad igualmente rota. Y eso la convierte en una de las mejores cosas que Marvel ha producido en muchos años.

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El personaje de The Punisher nació en los años setenta, una época donde Estados Unidos estaba obsesionado con el crimen urbano, el desencanto post-Vietnam y figuras masculinas consumidas por la violencia. Por eso Frank Castle siempre tuvo mucho más de antihéroe paranoico del cine setentero que de superhéroe tradicional. La influencia de Dirty Harry, Death Wish y especialmente Taxi Driver, resulta clarísima con esos hombres emocionalmente destrozados que sienten que el sistema judicial fracasó y deciden imponer justicia por mano propia usando niveles extremos de violencia.

Hollywood intentó varias veces adaptarlo. Primero apareció Dolph Lundgren en una versión ochentera musculosa y sucia clase B que hoy posee cierto encanto de videoclub decadente. Luego llegó Thomas Jane con una adaptación mucho más melancólica y cercana al cómic clásico. Finalmente, el fallecido Ray Stevenson protagonizó la maravillosa locura hiperviolenta de Punisher: War Zone, probablemente la más cercana al exceso grotesco y sangriento de las historietas de Garth Ennis. 

Pero el Punisher definitivo es Jon Bernthal. No solamente porque entiende la violencia física del personaje, sino porque comprende algo muchísimo más importante: Frank Castle está completamente roto por dentro. 

Durante 2 temporadas y 26 episodios en Netflix, Bernthal construyó una versión brutal, triste y psicológicamente devastada del personaje que terminó convirtiéndose en una de las mejores interpretaciones de todo el universo Marvel. Luego regresó en Daredevil: Born Again, donde volvió a demostrar que Castle funciona mejor como una presencia amenazante y aterradora dentro de ese Nueva York corrupto y fascista dominado por Wilson Fisk. Y mientras se espera su aparición en la nueva película de Spider-Man, Marvel entrega aquí una especie de entremés sangriento y depresivo con esta presentación especial para Disney+.

Resulta fascinante cómo Marvel convirtió estas “Special Presentations” en pequeños laboratorios creativos. Primero estuvo la extraordinaria Werewolf by Night con Gael García Bernal, un homenaje maravilloso al horror clásico en blanco y negro. Luego llegó el especial navideño de los Guardianes de la galaxia, una comedia absurdamente encantadora llena de espíritu ochentero. Y ahora aparece este descenso brutal hacia el PTSD, la ideación suicida, la venganza, la inseguridad urbana y las masacres filmadas con furia criminal.

Lo mejor de The Punisher: One Last Kill es que entiende que Frank Castle ya completó su misión original. Los asesinos de su familia están muertos. Entonces surge la pregunta verdaderamente escalofriante: ¿Qué ocurre cuando un hombre que solo sabe vivir para la guerra se queda sin guerra? Y ahí aparece el verdadero corazón del especial.

Frank está completamente destruido psicológicamente. Vive aislado, rodeado de alucinaciones, recuerdos de Vietnam, fantasmas familiares y pensamientos suicidas. Bernthal interpreta el dolor emocional con una honestidad impresionante. Hay escenas frente a las tumbas de su esposa e hijos donde el personaje parece literalmente vacío por dentro. Y la serie jamás romantiza eso. Castle no aparece como un macho invencible, sino como un veterano consumido por el síndrome de estrés postraumático, la rabia y la culpa permanente.

Luego entra en escena Judith Light como Ma Gnucci y todo explota. Su presencia tiene algo maravilloso de cine mafioso, casi salida directamente de una mezcla entre Goodfellas, The Sopranos y el cómic más salvaje de Ennis. Ella entiende perfectamente algo fundamental y es que Frank Castle destruyó a su familia exactamente igual que otros destruyeron la de él. Ambos son monstruos alimentados por duelo y deseo de venganza. Ese espejo moral le da mucha más fuerza dramática al especial.

Y entonces llega la violencia. ¡Dios mío, la violencia!

Reinaldo Marcus Green (Bob Marley: One Love) coreografía la acción como si mezclara The Raid, John Wick, Hardcore Henry y The Protector con el cine de vengadores urbanos setentero lleno de mugre y desesperación. Hachas, escopetas, cuchillos, bates, fuego, ventanas explotando, disparos a quemarropa y cuerpos atravesando paredes. Cada pelea parece una catarsis emocional. Castle literalmente procesa el dolor asesinando personas. Y Bernthal vende cada golpe como si el personaje estuviera arrancándose pedazos del alma en medio del combate.

Además, la coreografía evita completamente la estética limpia y artificial de mucha acción reciente de Marvel. Aquí la cámara permanece cerca del cuerpo. Los impactos duelen. Hay agotamiento físico. Sangre. Respiración pesada. Sudor. Caos. La acción no existe para verse cool, sino para mostrar a un hombre autodestruyendose mientras intenta encontrar una razón para seguir vivo.

También ayuda muchísimo la fotografía mugrienta de Nueva York. Esta ciudad está llena de basura, fuego, pandilleros de extrema derecha y policías inútiles o corruptos. Marvel por fin recuerda que el universo callejero funciona muchísimo mejor cuando se siente peligroso y decadente.

No todo es perfecto. Algunos diálogos son torpes, ciertas transiciones narrativas resultan abruptas y se nota que el formato de especial limita ideas que merecían quizá una película completa. Pero aun así funciona extraordinariamente bien porque Bernthal ama profundamente este personaje y eso se siente a cada minuto.

Y cuando finalmente Frank vuelve a colocarse la calavera y salir otra vez a las calles, el especial deja algo clarísimo y es que este hombre jamás podrá escapar realmente de la violencia. Porque la guerra ya no es algo que Frank Castle hace. Es lo único que le queda.

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Ariana Grande jamás habría podido convertirse en la clase de estrella pop capaz de definir una era si hubiera sido tímida o excesivamente cuidadosa con sus emociones. Es la artista que cantó con absoluta honestidad “This situationship has to end” en Eternal Sunshine mientras abordaba la disolución de su matrimonio. La misma que lanzó casualmente la línea “Look at you, boy, I invented you” en Thank U, Next, grabado después de romper un compromiso con alguien cuyo nombre terminó convertido en el título de una canción dentro de Sweetener. La misma que publicó Positions.

Grande no habría podido hacer ninguno de esos discos sin crear primero Dangerous Woman. Diez años después de su lanzamiento, el tercer álbum de estudio de la cantante sigue siendo fundamental en su evolución como una de las voces más importantes del pop, tanto en sentido figurado como literal — “Greedy” probablemente sea la canción más estridente que ha grabado hasta ahora. Pero, más allá de eso, Dangerous Woman fue decisivo para establecer el tipo de historias que Grande podía contar con esa voz implacable y las emociones que podía transmitir a través de ella. Puso el futuro del pop directamente en sus manos.

“Young Ariana run pop”, rapeó Nicki Minaj en “Side to Side”, el sencillo mejor posicionado del álbum. Todavía faltaban dos años para que Grande consiguiera su primer número uno —con “Thank U, Next” en 2018— y aun así, la afirmación de Minaj tenía mucho de verdad. El pop atravesaba un momento de transición en 2016: Rihanna y Beyoncé consolidaban sus legados con Anti y Lemonade, respectivamente. Las listas estaban dominadas principalmente por Drake y Justin Bieber. Mientras tanto, The Chainsmokers y Meghan Trainor también acumulaban éxitos importantes. Pero no había nadie moviéndose exactamente en el mismo espacio que Ariana Grande. Una cosa es tener una voz poderosa; otra muy distinta es controlarla de la forma en que ella lo hace a lo largo de Dangerous Woman.

“Into You” es uno de los ejemplos más claros de lo que significa un clásico instantáneo dentro de la historia reciente del pop. “La primera frase, ese ‘I’m so into you / I can barely breathe’, es quizá lo más cercano a la perfección pop que he escuchado”, dijo Lorde pocos días después de que “Into You” fuera lanzada como el segundo sencillo de Dangerous Woman.  Grande canta esa línea en un tono bajo, no exactamente un susurro, pero sí algo igual de frágil y entrecortado. Conforme se acerca al explosivo primer coro, su voz gana intensidad hasta consumir por completo la canción con una exigencia desafiante: “Baby, come light me up”. Y luego llega ese puente hipnótico que eleva el tema de extraordinario a magistral.

“Touch It” resulta igual de vertiginosa de principio a fin. Cada vez que parece haber alcanzado su punto máximo, Ariana Grande va todavía más lejos, avanzando con notas agudas implacables y runs vocales demoledores. La percusión contundente de Thinking Bout You”, la canción que cierra el álbum, replica el ritmo acelerado de un corazón expectante. Apenas detrás del beat, armonías etéreas giran alrededor de Grande mientras intenta aferrarse a un abrazo fantasma y la canción escala hacia un puente explosivo. “I’ve been waiting patient, patiently/’Cause I don’t have you here with, here with, here with me”, canta. Entonces llega esa liberación eufórica y total: “But at least I have the memory”. El tema se siente como un precursor natural de Imagine de Thank U, Next o “Better Off” de Sweetener, canciones que necesitan escucharse con los ojos cerrados para realmente sentirlas.

Gran parte del álbum fue creada junto a Max Martin, Ilya Salmanzadeh y Savan Kotecha, además de Tommy Brown. Con créditos en 10 de las 15 canciones del disco, fue el proyecto en el que Grande estuvo más involucrada en el proceso de composición hasta ese momento de su carrera. Actualmente, la cantante trabaja como compositora y coproductora junto a Martin y Salmanzadeh, quienes se han convertido en sus colaboradores más cercanos. Su ya característica forma de producción vocal —superponiendo capas y capas de armonías etéreas en arreglos intrincados— comenzó a tomar forma precisamente en Dangerous Woman. Lo mismo ocurrió con su voz narrativa. Grande entiende con precisión cómo ha evolucionado el pop durante la última década, no solo como forma artística, sino también como una especie de archivo emocional de la vida de un artista.

Como título de álbum, Dangerous Woman es tan directo como otros discos pop que lo precedieron, como Good Girl Gone Bad de Rihanna o Stripped de Christina Aguilera. También es importante recordar que, hace una década, la conversación alrededor de prácticamente cualquier mujer dentro del pop estaba completamente ligada a la expectativa de representar una determinada idea de feminismo. Algo tan común como abrazar la propia sexualidad era presentado como un acto radical, en lugar de simplemente permitir que las mujeres existieran como son. Y aun así, Dangerous Woman casi nunca se siente como un álbum desesperado por convencer al público de ver a Ariana Grande bajo una nueva luz, incluso en los momentos que peor han envejecido. La declaración “We got that hood love/We got that good love/We got that hot love” en “Bad Decisions” se equilibra con una ironía consciente: “Ain’t you ever seen a princess be a bad bitch?”

Incluso con apenas 22 años, Grande ya construía una narrativa intrigante alrededor de su figura pop. En la segunda mitad de “Knew Better / Forever Boy”, una canción dividida en dos partes que rompe, supera y vuelve a enamorarse en menos de cinco minutos, canta: “Never been with a boy more than six months/I couldn’t do it, got too used to it”. No suena como una confesión, sino como un hecho. Ahí empieza el camino hacia canciones como “The Boy Is Mine” y “Twilight Zone” en Eternal Sunshine, donde canta: “Why do I still protect you?/Pretend these songs aren’t about you/Hope this might be the last one/’Cause I’m not fooling anyone”. Existe una intimidad muy particular en la forma en que Grande escribe sobre las relaciones: directa en su interpretación, pero plenamente consciente de la curiosidad de su audiencia. La primera línea que escuchamos en “Let Me Love You”, su colaboración con Lil Wayne, es: “I just broke up with my ex.”

El pop tampoco pareció entregarse completamente a Ariana Grande hasta que Sweetener y Thank U, Next la impulsaron hacia la cima absoluta del género. Fue entonces cuando resultó imposible separar la narrativa de su vida de su música. El atentado durante la fecha de Manchester del Dangerous Woman Tour en 2017 y la muerte de su expareja y colaborador Mac Miller en 2018 proyectaron una enorme sombra de duelo sobre su carrera. Con cada nuevo lanzamiento, parte del público comenzó a tratarla con una fragilidad exagerada que ignoraba la determinación que ya había demostrado en Dangerous Woman. La audacia presente en ese disco no surgía como respuesta al trauma o a la tragedia; recuperarse y seguir adelante siempre había sido parte de su forma de mantenerse en pie.

El blues contenido de “I Don’t Care” es uno de los momentos más subestimados de Dangerous Woman. La canción funciona como un antecedente evidente de “Shut Up” en Positions y “True Story” en Eternal Sunshine, no solo en sonido, sino también en contenido. “Now I laugh about the things that used to be important to me/Used to have a hold on me”, canta. “Like what do you think, and what he thinks, and what they think/But I love me.” En los años posteriores a Dangerous Woman, Grande necesitaría cada vez más ese tipo de reafirmaciones. Aprender a bloquear el ruido externo evitó que ese ruido terminara ahogando su voz. Esa claridad también le permitió perfeccionar sus habilidades como compositora y productora mientras la transformación artística que comenzó en Dangerous Woman terminaba de completarse.

Dangerous Woman llevó a Ariana Grande de ser una fabricante de hits a convertirse en una figura capaz de marcar el rumbo del pop. Durante un tiempo, parecía cómoda ocupando el primer lugar. De hecho, el álbum estuvo cerca de llamarse Moonlight, como la balada inspirada en el doo-wop que abre el disco. “Focus”, el sencillo cargado de metales lanzado en 2015, originalmente iba a ser el tema principal del proyecto. Pero ambas canciones retomaban terrenos que Grande ya había explorado antes. “Focus”, que finalmente quedó fuera del álbum, habría encajado mucho mejor en My Everything junto a canciones como “One Last Time”, “Problem” y “Break Free”. Por otro lado, “Moonlight” remitía directamente a Yours Truly, su debut de 2013. Dangerous Woman necesitaba ser distinto. El cambio de dirección permitió que la influencia R&B presente desde sus primeros lanzamientos pasara finalmente al frente, sin abandonar nunca su posición dentro del pop.

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Judeline continúa expandiendo el universo emocional de su música con ‘pequeñita!’, un sencillo atravesado por la vulnerabilidad y la introspección. La canción funciona como un diálogo entre Lara Fernández Castrelo y su niña interior, abordando temas como la memoria, el miedo, la identidad y la necesidad de reconciliación personal.

Con una producción minimalista desarrollada junto a Mateo Arias y Blanda, ‘pequeñita!’ apuesta por una instrumentación contenida donde los sintetizadores suaves y los espacios de silencio acompañan la fragilidad interpretativa de Judeline. Lejos de estructuras explosivas o momentos grandilocuentes, la canción construye una atmósfera íntima que sostiene el peso emocional de la letra.

Desde los primeros versos, la artista deja claro el tono confesional del tema: “Lara eres tan pequeñita, mira delante de ti”. A partir de ahí, la canción desarrolla una conversación entre dos versiones de la misma persona: la adulta que observa el pasado y la niña que carga con la soledad y las heridas emocionales de la infancia.

La línea “hoy te dejaron solita, no siempre va a ser así” resume uno de los ejes centrales de la canción: la necesidad de consuelo y protección frente a experiencias dolorosas que persisten en la memoria. Sin recurrir al dramatismo, Judeline construye un relato emocional sostenido desde la ternura y la contención.

Nacida en Jerez de la Frontera y criada en Los Caños de Meca, Lara Fernández Castrelo se ha consolidado como una de las voces más singulares de la nueva música española. Tras mudarse a Madrid a los diecisiete años, comenzó a desarrollar el proyecto artístico de Judeline, donde combina elementos de pop alternativo, electrónica y sensibilidad andaluza.

Uno de los momentos más significativos de ‘pequeñita!’ llega con el verso “Sé que hubo un momento dentro mía no hubo sitio para ti y cambié mi nombre”, donde la cantante conecta el crecimiento personal con la construcción de una nueva identidad. La referencia funciona tanto desde lo emocional como desde la creación del propio personaje artístico de Judeline.

La canción también incorpora imágenes espirituales y protectoras que refuerzan su dimensión emocional. Frases como “Hoy susurraste a una estrella pero te escuchaba Dios” o “Y si cuando duermas sientes miedo de lo que pueda venir, mataré a ese hombre” amplían el relato hacia una idea de cuidado y resguardo frente al miedo y la vulnerabilidad.

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Neil Young made his first live appearance of 2026 on Friday (May 22), delivering a surprise acoustic set at a benefit concert in Vancouver honouring the 90th birthday of his friend, Canadian environmentalist David Suzuki.

Young performed two solo acoustic songs at the Queen Elizabeth Theatre — strumming “Heart of Gold” before moving to the piano for a rendition of “After the Gold Rush” with added harmonica. It marked his first performance since the Painted Turtle benefit show on Oct. 25, 2025, and comes months after the 80-year-old Rock and Roll Hall of Famer cancelled all of his 2026 tour dates.

Also appearing at the Suzuki birthday event were Jane Fonda, Al Gore, Sarah McLachlan, Bruce Cockburn and Chantal Kreviazuk. The concert raised funds for the David Suzuki Foundation.

The surprise appearance came after Young abruptly cancelled a planned European tour in February, citing no specific reason. “I have decided to take a break and will not be touring Europe this time,” he wrote at the time. “Thanks to everyone who bought tickets. I’m sorry to let you down, but this is not the time.” He later reassured fans that “all is good” and that he was “listening to my body.”

Despite the absence from the stage, Young has remained active creatively. He recently completed a new studio album titled Second Song, recorded with the Chrome Hearts at producer Rick Rubin’s Shangri-La studios in Malibu, California, which he has said includes two unheard songs from 1964 that have never been released. A new live album with the Chrome Hearts, As Time Explodes, is due May 29.

Young’s only solo Billboard Hot 100 No. 1 remains “Heart of Gold,” which topped the chart on March 18, 1972, from his landmark album Harvest — the best-selling album of 1972 and one of the most celebrated records in rock history. “After the Gold Rush” is the title track from his acclaimed 1970 album of the same name, which peaked at No. 8 on the Billboard 200.

https://www.instagram.com/reels/DYrC82igop-

With his recent triple drop, Drake establishes a new record on Australia’s albums chart.

The Canadian hip-hop star dominates the ARIA Albums Chart as Iceman debuts at No. 1, Maid Of Honour bows at No. 5 and Habibti is new at No. 6 (all via Republic/Universal). And with that feat, he becomes the first artist to crack the top 10 with three new albums in the same frame since the ARIA Charts were first published in 1983.

That bests previous efforts by Guns N’ Roses and Bruce Springsteen, according to ARIA. GN’R landed a double in 1991 when Use Your Illusion I and Use Your Illusion II debuted at No. 1 and No. 2, respectively, in the same week, while The Boss did the same the following year, in 1992, with Human Touch (No. 3) and Lucky Town (No.6).

Drizzy now boasts 16 solo and collaborative top 10 albums including, including leaders Views (from 2016), Scorpion (2018), Dark Lane Demo Tapes (2020), Certified Lover Boy (2021) and For All The Dogs (2023).

Also making a strong start on the ARIA Albums Chart is Genesis Owusu, the beloved Aussie rock-star whose third album Redstar Wu & The Worldwide Scourge (Ourness), opens its account at No. 3. That’s a career-best effort for the Canberra-raised artist, after his multiple award-winning 2021 debut Smiling With Now Teeth peaked at No. 27, and 2023 followup Struggler went to No. 4.

Further down the ARIA Chart for Monday, May 25, the complete version of British emo artist Yungblud’s IDOLS (Interscope/Universal) pops at No. 27; rising L.A. pop-country singer Stella Lefty’s Is This Heaven? (Warner Music) is at No. 28; and homegrown rock outfit Rose Carleo Band bows at No. 34 with their debut LP 42 Days (Checked Label Services).

The Drake dump makes a major impact on the ARIA Singles Chart, too. All told, 15 Drake singles enter the ARIA Top 50 this week, including five in the top 10: “National Treasures” at No. 4, “Janice STFU” at No. 5, “Whisper My Name” at No. 6, “Make Them Cry” at No. 9 and “Dust” at No. 10.

Drake is closing in on 100 career top 50 hits in these parts. Including collaborations, he boasts 98 appearances on the chart, including No. 1s with “One Dance” featuring Wizkid and Kyla from 2016, and “God’s Plan,” “Nice For What” and “In My Feelings” in 2018.

At the top of the leaderboard is Ella Langley’s “Choosin’ Texas” (Sony Music), which enters a second week at No. 1.

Fuerza Regida opened its Sueños 2026 headlining set with “Marlboro Rojo,” and within seconds, the mood at Grant Park tipped from festival excitement into something sweatier, louder and a little less stable. By Sunday night (May 24), the San Bernardino group had turned the final stretch of one of the country’s biggest Latin music festivals into a full-blown corridos fever dream — the kind with girls screaming, bodies giving out near the barricade and songs hitting hard enough to feel almost physical.

That was always going to be part of the story. In a conversation with Billboard before the set, the group reflected on playing the inaugural Sueños in 2022 without top billing and coming back this year to headline — a move they said they had already “manifested.” After a run that included their groundbreaking album IIIXPANTIA (2025) and an even bigger grip on the corridos conversation, the upgrade felt earned.

JOP hit the stage in a black trench coat, beanie and sunglasses, serving regional Mexican menace with just enough rockstar vanity to send the front rows into overdrive. The screaming started instantly. So did the phones. At a certain point, the reaction around him stopped feeling like regular festival fandom and started reading more like mass devotion — primal, messy, borderline unwell. But Fuerza Regida’s pull is bigger than one frontman. As a band, they’ve figured out how to make corridos hit like adrenaline, and Sueños felt fully locked into that frequency.

The set moved with the loose, cocky energy of artists who knew they could afford to have fun. Chuyin — the masked Street Mob artist whose debut album recently landed on the Billboard charts — popped up for “Pues Ya Ni Pedo.” Chino Pacas returned to the stage for “Qué Onda.” Los Gemelos de Sinaloa and Clave Especial added to the sense that this was less a tightly controlled headline slot than a rolling onstage link-up between artists moving inside the same orbit. One of the most electric pivots came from Moises López, usually posted up with the tololoche, who assumed vocal duties for the first time live and ripped off his shirt mid-hype like the assignment was to keep pushing the temperature higher.

And then there were the pauses. More than once, the set had to stop while distressed fans fainted were attended to and pulled out, carts repeatedly cutting through the crowd. Call it the Michael Jackson effect, call it overstimulation, call it what happens when a band gets big enough to short-circuit the people trying to see it up close. Whatever the label, the point landed.

Sueños ended on Fuerza Regida’s terms: corridos at full volume, guests in rotation, fans hanging on by a thread. Next up, the group takes that same energy on the road with Esto No Es Un Tour, which kicks off its U.S. stadium run on June 18 at Petco Park in San Diego.