La mirada se pierde en el lente negro. Es adusta, con los músculos tensos. Pero el brillo de las pupilas deja ver cosas: cansancio, angustia, pensamientos dando vueltas. Mientras Nazareno Casero mira la cámara de Rolling Stone, detrás suyo la ciudad de Buenos Aires entra en modo oscuro: la noche se instala. Las torres de Puerto Madero se reflejan entre sí, se iluminan y se pierden en el horizonte con el río. Es un jueves de comienzos de abril y Nazareno Casero –pelo corto al ras, barba gris y áspera, postura de lucha– viene de ensayar cinco horas el unipersonal que está preparando hace más de dos meses y que estrenará un par de semanas después de este encuentro: Bebé reno.
Juan Ignacio Sánchez, el encargado de retratar este encuentro, dispara cerca de su cara, muy cerca de su cara, cada vez más cerca de su cara. Le dice que mire para un costado, que luego se enfoque en el lento oscuro. Le muestra las fotos. Nazareno dice que sí, que están buenas. No dice más. Hace semanas que está haciendo esto: ensayar cinco horas por día, seis veces a la semana, dar entrevistas y posar para fotos.
“¿Y si hacemos algo en la bañera?”, dice después, buscando más fotos. “Me puedo sentar adentro, apoyarme como si fuera una barra”. Entonces nos movemos del hall de la habitación que está en el piso 9 del Hotel Hilton y damos la vuelta por un pasillo, pasamos por el sector de la cama y llegamos al baño que tiene ducha e hidromasajes. Nazareno mira el espacio y se mete en el hidro. “Mirá que no me voy a sacar fotos en bolas”, dice mientras se acomoda y larga la carcajada.
“El humor está en todos lados”, dirá un rato más tarde. “Porque el humor es algo correcto en un lugar incorrecto. Y la obra –Bebé reno– tiene mucho de eso, algo que es muy inglés y me gusta”.
Después del jacuzzi, Nazareno ve colgadas unas batas de un blanco de hotel internacional. Se enfunda en una –siempre vestido– y se mete en un pequeño espacio del guardarropa. Nazareno es ancho –después de pelear en la edición 2024 de Parense de manos, hace boxeo y tiene un entrenamiento acorde al deporte– y apenas entra en ese hueco. Está apretado y oscuro metido ahí adentro. O dentro de sí mismo.

Nazareno Casero, que es actor desde los 7 años y que cumple 40 en junio que viene, está ante uno de los desafíos profesionales más importantes de su carrera. Y se le nota. Cuando habla de la obra, la voz se acelera, parece temblar y repite oraciones que hablan de la magnitud del proyecto. Después de este encuentro, se va a ir a su casa a leer el libro que tiene 75 páginas, va a tener un encuentro vía Meet para repasar y mañana a las 8 a.m. va a estar en el LUZU TV para seguir su rueda de prensa.
“Esto es pura adrenalina. El hecho de decir cuántos días faltan para un estreno en el cual voy a estar solo ahí arriba, diciendo más de una hora de texto, acordándome de todo”, dice. “Y también es salir de ese lugar de confort”.
Todo esto, que empezó hace dos meses y que hora a hora se pone más intenso, lo está viviendo en medio de la separación de la relación más larga de su vida –algo más de seis años–. “Este duelo, esta vulnerabilidad, trato de usarla para el personaje”, dice mezclando vida y obra. “Y también tengo la gran excusa de estar ocupado. Aunque cada tanto el duelo viene y golpea”.
No es la primera vez que Nazareno se va a plantar en un unipersonal. Hace más o menos una década hizo Al palo. Hora y pico hablando de sí mismo. Riéndose de sí mismo. Un monólogo de humor extremo. Una obra que escribió junto a Sebastián Irigo y que hoy, según el propio Nazareno, sería “entre cancelable y cuestionable”.
“Hacíamos chistes y hablábamos de cosas de mí, exponiéndome a mí y a mis cosas y cargándome, pero con momentos fuertes”, recuerda. “O, por lo menos, incómodos”.
A mediados del año pasado, mientras estaba en España haciendo el Camino de Santiago de Compostela junto a su perro Rulo, el productor Maxi Córdoba le propuso volver a hacer aquel show. A la par que tenían esa conversación sobre cómo adaptarlo a los tiempos de hoy, Córdoba le contó que estaba gestionando el libro de Bebé reno y quería que él fuera el protagonista. “Le digo ´bueno; si vos querés que la haga, la hago´. Y acá estamos”.
Entonces, Nazareno está cada vez más metido en la piel de Richard Gadd, el dramaturgo, actor y escritor que, luego de canalizar una experiencia oscura sobre acoso en una obra de teatro y una serie de Netflix saltó a la fama mundial.
“Es muy fuerte, porque nosotros estamos readaptando la obra original, esa que el mismo chabón hizo dos o tres veces en algunos festivales de teatro”, explica Nazareno. “Porque después escribió el libro y en base a eso se hicieron la obra de teatro conocida y la serie”.
No es, tampoco, la primera vez que se pone en las tripas de personajes complejos. Ya fue Maradona en la serie de Amazon Prime, Maradona, sueño bendito, en 2021. El del 82 al 86, el de la fama, el mejor jugador del mundo, el que se volvió millonario, se hizo amigo de la mafia italiana, conoció la cocaína. Cuando eso pasó fue un clic para él. “El papel de Diego era una responsabilidad. Es un ícono”, dice. “No es solo el personaje, sino lo que significa en cada persona que lo ve”.
La gente lo paraba por la calle, le pedía abrazos, fotos. Como si fuera Maradona. O su avatar.
“Con un personaje así no es solo Maradona, sino el momento en el que alguien vio el partido con el padre y hoy el padre no está y te lo cuentan y es esa responsabilidad”, reflexiona. “Y de golpe podés hacerlo mejor o peor, pero no podés guardarte nada para hacerlo. Y lo dije desde un primer momento: si me llega a salir mal, tengo que ir y poner mi cabeza en una guillotina”.
De nuevo: Maradona no fue la primera vez de un rol fuerte. En 2006, cuando tenía 20 años, fue parte de Crónica de una fuga, el film de Adrián Caetano que narra el escape de 4 secuestrados por la dictadura de Jorge Rafael Videla del centro de detención clandestino Mansión Seré. Y una década más tarde fue Maguila Puccio en Historia de un clan, la serie dirigida por Luis Ortega sobre Arquimedes Puccio y los secuestros, torturas y asesinatos que llevaba adelante en su casa. Ahí, además de tener un rol protagónico, compartió elenco con Alejandro Awada, Chino Darín, Cecilia Roth, Gustavo Garzón y Tristán.
¿Por qué creés que te eligen para esos papeles intensos?
No sé por qué me llaman a mí. Debe ser porque digo “dale, vamos”. Y aunque me dicen “pero mirá que tiene…”, digo que sí igual. Medio de inconsciente tal vez.
¿Qué te generan esas propuestas?
Debe ser esto de que me gusta la aventura. En un momento necesitás emociones más fuertes para decir “che, me siento vivo”.
¿Y cómo llevás el después de eso?
Soy medio abandónico en el sentido de que lo hago y listo, ya está hecho. Te gustó a vos que sos el productor, al director: listo, me voy a mi casa. No me quedo regodeando en “che, mirá lo que doy y mirá lo que puedo hacer”.
¿Creés que hubo un momento en el que empezaste a buscar tu voz como actor?
Creo que no. Tengo la suerte de hacer siempre cosas muy distintas. En algún momento me di cuenta que por ahí prefiero hacer drama porque la comedia es muy seria, hacer comedia es algo serio también. Y es insufrible alguien que se quiere hacer el gracioso. Entendiendo eso, sumado a que mi viejo es comediante y me ha disparado la pregunta sobre qué quiero hacer yo y desde dónde.
¿Hay algo de querer despegarse de él ahí?
No, no directamente. Pero me parece divertidísimo hacer un drama que estás llorando, que se te caen los mocos y de golpe estás así y decís: “Ya estamos, ¿no?”. Tal vez sea algo de desequilibrio mental, emocional, no lo sé, pero digamos esta cosa de entrar y salir de algo que puede darte llanto y de golpe estar riéndote me parece que es divertido.
Alos 7 años Nazareno Casero apareció por primera vez en la televisión. Fue en un sketch donde hacía de un pequeño Diego Capusotto, vestido de estudiante, y rendía una lección oral frente a un panel de profesores que eran Alfredo Casero, Fabio Alberti y el verdadero Capusotto. Sus respuestas ante las preguntas eran hilarantes, de un humor absurdo a tono de Cha cha cha, el programa que se volvería una cuestión de culto.
Así empezó todo, mientras iba a segundo grado de la escuela primaria. “Esa exposición tan temprana te hace ser un poco más cauteloso, tal vez”, dice, viendo todo en perspectiva. “Saber que cualquier cosa que puedas llegar a hacer o cualquier cosa que pueda llamar la atención que hagas fuera del medio, justamente, va a llamar la atención el doble”.
Hoy Nazareno dice que le gusta vivir tranquilo. Que ya la vida de por sí es caótica y estresante: los trabajos, el contexto, el tránsito. “Encima sumarte cosas, no está bueno estar nervioso porque dijiste algo en una nota y decís: ¡oh, qué boludo que soy, quién me mandó a no explicar bien esto!”.
Entre otras cosas que aprendió del pasado fue el impulso de seguir y superar. En su casa, dice, no lo dejaban tener ataques de pánico: si llegaba llorando de la escuela porque le habían pegado su mamá le decía que devolviera el golpe y después de eso lo cagaban a pedos por haberse peleado.
“Mis viejos, los dos, han tenido una vida bastante poco feliz, digamos, hasta que ellos pudieron hacer sus cosas”, dice. “Han sido muy generosos, me han dado mucha libertad, me han dejado hacer lo que quise. Al punto que a veces les digo: ¿cómo me mandaron a tocar el bombo, la concha de su madre? A los 8 años me tenías que mandar a inglés”.
Esos padres criaron un Nazareno libre pero con las cosas claras. En la casa no se miraban “pelotudeces”. La música que se escuchaba era Miles Davis, Serrat, Elton John y Charly García. Si quería algo material –un Sega y el Mortal Kombat, por ejemplo– se la tenía que comprar con el dinero de su trabajo. Si quería ir a un colegio que por proge excedía los gastos de la familia, se lo pagaba él.

“Tuve una infancia feliz, inclusive con los momentos de tristeza y de dolor que han servido para edificar algo y poder entenderlo”, dice. “Viste esta palabra que empezó a aparecer ahora, la resiliencia, que un poco es: dale, aguantátela.”
Cuando habla del pasado, de esa felicidad que pone en historias mínimas, la cara se le transforma: sonríe, se le pierde en la mirada, el tono de la voz es más suave. “Hice lo que quise de chico”, concluye. “Obvio que tuve mis quilombos, ¿no? Pero digo, si encima me quejo. Daaaale, soy un hijo de puta”.
Cuando esa infancia se volvió adolescencia y el trabajo ya tenía 8 años de pasado, Nazareno se preguntó si quería seguir actuando. Si eso que hacía lo hacía porque era lo que hacía su papá. Tenía 15 años.
“Había hecho varias cosas ya y de golpe empecé a tener otras inquietudes además de actuar”. Eso lo habló con Sebastian, su amigo –su todavía amigo–, que le dijo: “Mirá que está bueno lo que hacés”. Sebastián le aportó la mirada ajena y lejana. Esa que él, metido en sí mismo y en su mundo, no podía ver. “Es clave hablar con esas personas que pueden ver cosas que por ahí vos no estás pudiendo”.
Y así siguió. Incluso en momentos donde se lo señaló por ser el hijo de un famoso. “Bueno, eso técnicamente es cierto: soy un nepo baby”, dice y ríe. “Pero, ¿te tengo que explicar a vos que no sos del medio, que nadie te va a regalar plata porque sos el hijo de?”, sigue. “Si no tienen algún interés en que mi viejo venga a verme a la función o venga a participar en algo, ¿por qué me vas a llamar? Entonces, ya no siento que tenga que explicarlo”.
De ser hijo de famosos aprendió a ser cuidadoso. A valorar las opiniones que considera. Aprendió a buscar la perfección, dice, aunque sabiendo que es una utopía. Y al igual que cree que su carrera se construyó más allá de la oportunidad inicial que le dio su padre cuando tenía 7 años, también cree que su presente es más que el resultado de su infancia: “Después de los 30 años, ya si no sonreís es cosa tuya, ya no sos más el producto que hicieron en tu casa. Llega un momento en el que no podés seguir culpando a tu viejo ni a tu vieja”.
La primera vez que Nazareno Casero salió en estas páginas fue en el anuario 2011. En ese entonces estaba en un momento álgido porque la película Aballay –donde fue uno de los protagonistas– había sido elegida para competir por una nominación al Óscar. Ese año, había empezado del otro lado del mundo: en China. Había ido a buscar a su novia en ese momento; cuando llegó, las cosas ya no eran iguales y se separaron vía Skype. Entonces emprendió un viaje de un mes por el gigante asiático. Tomó trenes con recorridos de veinte horas, vio la llanura china como el infinito asomando por una ventanilla.
Esa historia de hace más de 15 años podría sintetizar dos pasiones de Nazareno: los viajes y el amor. Dos formas de entender la aventura.
“Me gusta eso de estar perdido. Al menos en lugares que no conozco y no tengo idea”, dice sobre los viajes. Y sobre el amor: “No saber qué hay para adelante, más o menos sé lo que hay para atrás, pero para adelante no tengo idea”.
Un breve recuento de datos mixeando lugares podría decir que Nazareno cruzó el río Amazonas en un barco, que fue a China, que pasó un verano en Ibiza, que estuvo en México y en Yakarta.
“Llegar a un lugar y buscar lo que sea para mí es toda una aventura. Un día descubrí que hay algo que se llama dromómano, que son como los que no pueden parar de moverse. De ir y buscar. Hay algo de eso que me gusta. Y me parece que la novedad constante es algo diferente”.
También, el raconto, además de viajes, puede hablar de la búsqueda del amor: en los últimos 20 años estuvo de novio al menos 14.
“Hay algo de esta cosa del lugar de confort de estar en pareja, de si estoy bien con ella, no hay nada que explicarnos. Nos vemos, nos entendemos y ya. Y creo que por ahí estar solo y conocer a alguien se asemeja a esta cosa de viajar sin saber hacia dónde”.
Ya son más de las 9 de la noche. Cuando terminamos de charlar, Nazareno corre por la habitación. Revisa que todo esté bien. La cama estirada, las toallas ordenadas. La bata bien doblada en su percha. Es como un niño en busca de cubrir los rastros de sus juegos.
Después nos subimos a su auto y vamos camino al centro. Cerca del Obelisco va a pasar a buscar un ceviche por su lugar favorito. “Un local de mala muerte”, aclara. Dice que ceviche porque pescado, fósforo, cabeza. Desde que empezó este encuentro Nazareno habla de lo que va a hacer esta noche. Lo repite: llegar a casa, comer, leer unas tres horas el guion, repasar letra, tener un ensayo más por Meet.
“Nunca fui a clases de teatro”, dice. “No me jacto de eso, me parece que me faltaron un montón de cosas que podría haber exprimido más”.
Dice esto mientras cuenta sobre sus ensayos con Indio Romero, el director de la obra, que está todos los martes en el Paseo La Plaza.
“Indio se da cuenta y me dice ´te tengo que explicar conceptos´. Y es: dale, explicamelos rápido porque estrenamos”, sigue. “Es fuerte todo esto. Pero te juro, tengo la suerte de haber aprendido haciendo durante toda mi carrera, incluso hoy”.
De trabajar con Indio aprendió, por ejemplo, que para decir la letra con más naturalidad, para incorporarla de forma orgánica, puede repetirla frente al espejo. Copiarse a sí mismo. “Porque hay neuronas que son neuronas a espejo, que laburan copiando”. Aunque no es tan fácil como suena. Porque después cuenta que mira la extensión del libro y su cabeza dispara: “No tengo esa cantidad de tiempo de atención”. Entonces tiene que parar. Tomarse un respiro y respirar. “Porque me empiezo a frustrar”.
Cuando estamos llegando a 9 de Julio, y mientras dice que Argentina es un país fantástico, que no tiene nada que envidiarle a ninguna parte del mundo, vuelve sobre la obra y su presente. No puede salir de ese mood. “Ya empezó la cuenta regresiva real”, dice. “Empieza doble y triple turno. Y se vuelve medio enloquecedor”.
El ritmo de hoy es de vértigo e incertidumbre para Nazareno. “Más cerca de la fecha empezás a disfrutar menos. Se te empiezan a cerrar las manos que te están ahorcando”, ejemplifica. “Pero en un momento, cuando podés vomitar esa letra y todo sale es placentero”.
Ahora lo dice calmo. Sintiendo ese momento. Lo está viviendo. Y lo desea. Aunque sabe, porque lo dijo hace unos minutos antes de empezar a manejar, con la noche abrazándolo: “Si no tenés este miedo ante algo nuevo: preocupate, porque tenés que tener ese miedo que te hace sentir vivo”.
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Se acabaron las lágrimas: el nuevo álbum de Olivia Rodrigo, You Seem Pretty Sad For a Girl So in Love, ya es oficial. El disco llegará el próximo 12 de junio a través de Geffen Records.
Rodrigo hizo el anuncio el 2 de abril, luego de varios meses de expectativa. En realidad, todo puede rastrearse desde agosto de 2025, cuando concluyó la gira mundial de Guts. “I’m sooooo excited for all that’s y3t to come!!!! [¡Estoy emocionada por todo lo que está por llegar!]”, escribió entonces en un correo dirigido a sus fans, conocidos como Livies. Y sabíamos que no se trataba de un error tipográfico: “y3t” era una clara pista hacia “OR3”.
Durante el cierre del año, la cantante siguió dejando señales sobre el proyecto que sucederá a Guts de 2023. En octubre, insinuó constantemente esta nueva etapa en distintas entrevistas, donde aseguró que 2026 sería un “año ocupado” para ella y confirmó que ya estaba trabajando en el álbum. También comentó que estaba disfrutando explorar “nuevas canciones y nuevos sonidos”, mientras que una de sus publicaciones en Instagram la mostraba dentro del estudio de grabación.
Mientras esperamos You Seem Pretty Sad For a Girl So in Love, reunimos todo lo que sabemos hasta ahora para que tú no tengas que hacerlo.
Rompe con su tradición de títulos de cuatro letras
A Olivia Rodrigo le encantan los títulos de cuatro letras, algo que dejó claro con Sour y Guts. Por eso, muchos fans estaban convencidos de que el nuevo disco llevaría un nombre como Luck, Love o incluso Golf, especialmente después de una publicación en Instagram de enero de 2026 en la que aparecía una misteriosa fotografía de un carrito de golf con las palabras “the album” escritas sobre él. Pero si algo ha demostrado Rodrigo, es que disfruta mantener a todos en suspenso. Nadie vio venir You Seem Pretty Sad For a Girl So in Love, y, sinceramente, nos encanta.
En una entrevista con Zane Lowe, la cantante habló sobre este cambio de rumbo. “Supe desde muy temprano que quería romper un poco con ese molde. Ya soy mayor ahora. Este es un álbum que hice a los 22 años. Los otros los hice cuando era adolescente, así que se sintió como una progresión natural cambiar las cosas”, explicó.
La era púrpura terminó
Para Sour y Guts, Olivia Rodrigo construyó toda una identidad visual alrededor del color púrpura. Pero con You Seem Pretty Sad For a Girl So in Love, la paleta cambia oficialmente al rosa. Y sí, podría escribirse un libro entero sobre las teorías cromáticas de Rodrigo.
Los fans no tardaron en notar que, en agosto de 2025, durante el último concierto del Guts World Tour —en el Osheaga Festival de Montreal— la cantante apareció usando una camiseta roja con un brillante número “3” al frente. Poco después, también cambió el color de su página web y del icónico logo de mariposa al mismo tono. Pero en marzo de 2026, el sitio volvió a transformarse: esta vez adoptó un rosa pastel vibrante acompañado de una tipografía curva que simplemente decía “Love”. Ese mismo diseño comenzó a aparecer pintado en muros de distintas ciudades, en un tono entre rosa y lavanda. Y cuando Rodrigo asistió a la fiesta de los Oscar de Vanity Fair en 2026, lo hizo con un vestido rosa de Saint Laurent. La era púrpura quedó oficialmente atrás.
Como Nick Drake, Liv también ama la Pink Moon
En marzo de 2026, Rodrigo actualizó su línea telefónica con un mensaje automatizado dedicado al último día de la temporada Piscis, su signo zodiacal. “Si estás escuchando esto en el último día de la temporada Piscis, el 20 de marzo, entonces este mensaje era para ti”, decía la grabación. “Toma lo que resuene contigo y deja atrás lo que no. Esperar tu destino puede sentirse como ver secarse la pintura, pero tu paciencia será recompensada pronto. Tal vez creas tener todas las respuestas, pero el universo todavía tiene más por revelar. El mensaje está escrito en la pared, aunque la primera señal quizá no muestre el panorama completo”.
La cantante cerró el mensaje con otra pista, esta vez haciendo referencia a la “pink moon”, la luna rosa que ocurriría el 2 de abril. “Confía en tu intuición. Espera claridad verdadera y renovación justo después de la luna rosa. Hasta entonces, sigue las estrellas, a tus guías y a tu corazón, sabiendo que lo mejor todavía está por venir”.
Rodrigo pudo haber mencionado la luna rosa simplemente porque es conocida por su fascinación con la astrología. O quizá porque conoce muy bien la historia de la música y es admiradora de Nick Drake. El cantautor británico lanzó Pink Moon, su tercer y último álbum, en 1972, apenas dos años antes de morir en el anonimato. Décadas después, su obra encontró una audiencia de culto, especialmente entre generaciones más jóvenes, gracias a canciones íntimas y delicadas que encajan perfectamente con la sensibilidad artística de Rodrigo. “La luna rosa está en camino”, cantaba Drake. Esperemos que tuviera razón.
Dice que el álbum incluye “canciones tristes de amor”
En una entrevista con British Vogue realizada en marzo de 2026, Olivia Rodrigo reveló que el nuevo álbum incluirá “canciones tristes de amor” y dejó entrever que el material estará atravesado por una fuerte sensación de anhelo y vulnerabilidad emocional. “Me di cuenta de que todas mis canciones románticas favoritas eran hermosas porque tenían un matiz de miedo o de deseo imposible”, explicó.
Rodrigo siempre ha destacado precisamente por esa sensibilidad en su propia música. Basta pensar en canciones como ‘Happier’, de Sour, o ‘Pretty Isn’t Pretty’, de Guts, donde el amor, la inseguridad y la melancolía conviven en el mismo espacio emocional. Y considerando el título You Seem Pretty Sad For a Girl So in Love, todo apunta a que OR3 profundizará aún más en esa línea confesional.
‘Drop Dead’ es el primer vistazo a esa faceta
El 17 de abril, Rodrigo lanzó ‘Drop Dead’, el sencillo principal del álbum, ofreciendo la primera muestra sonora de You Seem Pretty Sad For a Girl So in Love. La canción está cargada de sintetizadores inspirados en el pop de los años ochenta e incluso incluye referencias líricas a ‘Just Like Heaven’, de The Cure, mientras la compositora nacida bajo el signo Piscis intenta encapsular el vértigo emocional de un nuevo enamoramiento.
“Luces como un ángel en las paredes de Versalles/Es lo más viva que he estado/Pero bésame y puede que desfallezca”, canta con una mezcla de euforia y desesperación.
Junto al tema, Rodrigo también estrenó un video musical filmado en el Palacio de Versalles, donde aparece recorriendo los pasillos y jardines del emblema francés.
Vuelve a trabajar con el productor Dan Nigro
El mes pasado, Dan Nigro publicó en Instagram una fotografía junto a Rodrigo sentados en un sofá, acompañada del mensaje, “Terminando discos”. La cantante respondió en tono de broma: “El estrés se puede sentir en esta foto ja, ja”, confirmando indirectamente que ambos trabajaron juntos en el nuevo álbum.
Nigro, quien también ha colaborado con Chappell Roan, fue una pieza clave detrás de Sour y Guts, así que su regreso para OR3 parecía inevitable.
“Dan es simplemente un genio”, dijo Rodrigo en conversación con Zane Lowe al hablar sobre su relación creativa con el productor. “Me conoce muy bien y entiende mi forma de escribir canciones y mis inclinaciones artísticas. Puedo llevarle una canción y él tiene esta habilidad innata para decir: ‘Esta canción funciona por esto. Vamos a potenciar esa parte’”, añadió.
Se entrega por completo al modo sad-girl en ‘Begged’
Mientras asumía el doble papel de conductora e invitada musical en Saturday Night Live el pasado 2 de mayo, Olivia Rodrigo estrenó la devastadora balada ‘Begged’.
En la canción, Rodrigo suplica por reafirmación emocional y canta desde un lugar de vulnerabilidad absoluta: “Dicen que es una virtud no dejar ir un buen amor/Así que lo dejo pasar y perdono, acepto lo que me das/Pero nada es suficiente cuando sé que para obtenerlo, he tenido que rogar”.
Por lo general, la compositora suele reservar un golpe emocional o un giro dramático para el puente final de sus canciones. Sin embargo, ‘Begged’ destaca precisamente por su sencillez estructural: apenas dos versos seguidos por un coro, sin explosiones ni catarsis grandilocuentes. Esa contención la vuelve todavía más dolorosa.
Rodrigo interpretó el tema junto a Weyes Blood —el proyecto de la cantante y compositora Natalie Mering— después de presentar también su sencillo ‘Drop Dead’.
Sigue profundizando en la melancolía con ‘The Cure’
A solo un mes del lanzamiento del álbum, Rodrigo compartió otro adelanto del proyecto, ‘The Cure’, una canción cargada de ansiedad emocional y guitarras acústicas que evocan el sonido de Foo Fighters y The Smashing Pumpkins.
En el tema, la cantante se pregunta por qué el amor no logra salvarla de sus propias inseguridades. Junto al sencillo, también estrenó un video musical en el que interpreta a una enfermera que literalmente comienza a deshacerse tras una ruptura amorosa.
“Esa canción es la tesis central del álbum”, explicó Rodrigo durante una conversación con el podcast Popcast de The New York Times.
La lista de sus penas
A finales de mayo, apenas unas semanas antes del lanzamiento del álbum, Rodrigo reveló el tracklist, dividido en siete canciones de un lado y seis del otro. Llamó especialmente la atención que la primera mitad —el Lado A— lleve por título ‘Girl So in Love’, mientras que el reverso se presenta como ‘You Seem Pretty Sad’. La publicación en Instagram donde compartió los títulos también incluía una contraparte de la portada frontal: si en la carátula aparece balanceándose en un columpio bajo la luz del día, en la imagen del tracklist se le ve de pie, sosteniendo el columpio en medio de la noche.
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Pixar ha lanzado el tráiler final de Toy Story 5. En esta quinta entrega de la franquicia, los avances nos permiten echar un vistazo a la nueva aventura de los entrañables personajes que han acompañado a varias generaciones durante años: Woody, Buzz, Jessie, Rex y muchos más. Sin embargo, una nueva amenaza pone en riesgo el cariño de su querida niña: una tableta electrónica llamada Lilypad.
Este nuevo tráiler conecta directamente con una realidad cada vez más presente en la actualidad: muchos niños están reemplazando los momentos de juego y convivencia por el uso constante de la tecnología. Todo apunta a que esta nueva historia buscará reflejar cómo la era digital amenaza el lugar de los juguetes tradicionales en la infancia, mostrando una sociedad que aún no logra encontrar un equilibrio saludable entre el entretenimiento tecnológico y el juego clásico.
La cinta, que llegará este 19 de junio a los cines, cuenta con la participación y regreso de voces conocidas de las entregas pasadas. Tom Hanks vuelve como Woody, mientras que Tim Allen retorna como Buzz Lightyear. Joan Cusack regresa como Jessie, junto con Tony Hale como Forky, Annie Potts como Bo Peep, Wallace Shawn como Rex, John Ratzenberger como Hamm, Blake Clark como Slinky Dog y Kristen Schaal como Trixie. Keanu Reeves también regresa como Duke Caboom.
Además, una de las grandes participaciones que se suman al reparto, y que han causado un gran revuelo, es la estrella puertorriqueña Bad Bunny. El cantante tendrá el personaje de Pizza con gafas de sol, quien parece ser uno de los juguetes que sumarán energía y vibra positiva a la historia de la pandilla.
También tenemos nuevas incorporaciones al reparto de Toy Story 5, como Greta Lee, quien presta su voz a Lilypad, el juguete con forma de tableta electrónica que se convierte en el enemigo principal de Woody y sus amigos. Conan O’Brien se une a la película como Smarty Pants, mientras que Craig Robinson da voz a Atlas. Otros nombres nuevos en la franquicia son Mykal-Michelle Harris, Matty Matheson, Ernie Hudson, Alan Cumming y Wyatt Russell.
Andrew Stanton está dirigiendo esta nueva historia de la franquicia. El guión fue escrito por Stanton y Kenna Harris. Randy Newman, conocido en Pixar, también regresa para la composición de la música en la cinta.
Por ahora, puedes mirar aquí el tráiler final de Toy Story 5:
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Para Kei Linch no ha existido ni existirá otro camino distinto a la música. La rapera colombiana lo ha tenido claro desde que era conocida bajo otro nombre y desde que pisó sus primeros escenarios rapeando, y a día de hoy continúa avanzando sin dar señas de querer detenerse. Con una mente que desborda versos, desde 2023 lleva una tradición de publicar un disco —ya sea de corta o larga duración— anualmente, costumbre que este año desembocó en La nena tiene una estrella. El trabajo está compuesto por ocho canciones a través de las cuales explora los duelos y las despedidas, pero, principalmente, en las que reconoce que el poder dedicarse a ser artista también pesa.
El EP le permitió hacer una evaluación de esa “estrella” que los demás a su alrededor siempre le dijeron que tenía y que, con el tiempo, aprendió a reconocer, valorar y manejar con cuidado. “Estoy en un momento de claridad mental que me permite agradecer ese tipo de momentos y situaciones que antes daba más por sentado”, dice. “Ahorita estoy haciendo mucha música, estoy muy conectada conmigo y viviendo muy en el presente”.
Kei Linch continúa expandiendo su visión y explorando otras dimensiones de su música —por ejemplo, recientemente colaboró con Gera MX en el bolero ‘Tu foto’ —, más en esta conversación desglosa lo que hay detrás de La nena tiene una estrella.
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La nena tiene una estrella tiene un contraste directo con Dulcinea, pero también con Amor y plata. ¿Por qué era importante para ti abordar ahora este lado azul, este lado de la melancolía y estas cosas no tan alegres?
Siento que hay cosas que hay que soltar para seguir, y siento yo que traía mucho atrapado y quedó ahí en La nena tiene una estrella. También amo el azul, y ya había usado el rojo, entonces lo vi muy correcto para ahorita, para cómo me estaba sintiendo también. La tiene una estrella es, desde el nombre, un trabajo muy honesto para mí. Es un trabajo donde cada vez intento que no me importe mucho lo que puedan esperar de mí afuera, sino me enfoco en cómo me hace sentir mi música. Siento que eso es lo que ha terminado de darle una identidad a la música y al proyecto últimamente.

Cortesía Sony Music Colombia
Tus letras siempre han sido muy sinceras, pero siento que en este disco te abres un poco más. ¿Qué te llevó a abrirte más en estas canciones?
Es que me puse sentimental [risas]. Siento yo que siempre ha sido difícil para mí escribirle al amor o más bien tomarme el tiempo de hacerlo porque es un sentimiento muy bonito que cuido mucho, y siento que en esta oportunidad todas las canciones hablan de eso pero está bien escucharlo así, está bien cantarlo así, está bien escribirlo así porque hay momentos en la tarima que necesito conectar con ese lado mío, y como te decía ahorita, estoy intentando ser muy fiel a lo que quiero, entonces eso también involucra lo que siento en una tarima y para mí es una bendición completa poder hablar de lo que me duele y de lo que me hace feliz y absolutamente todo ahí. Lo chimba es que la gente recibe la música también. Saber que hablo por mí, pero también hablo por varias personas.
El título del disco remonta a algo positivo, pero una vez uno se adentra en las letras se da cuenta de que trata más de duelos, de despedidas, de esos dolores que normalmente no se muestran. ¿Por qué quisiste mostrar ese lado no tan positivo de la estrella?
Porque tenemos muy romantizada la estrella. Siempre que uno piensa en la estrella piensa en luz, piensa en éxito, en un montón de cosas que también vienen con una estrella, pero la parte real y pesada es que por lo mismo que brilla hace que uno destaque y se vuelva blanco más fácil para muchas personas. Por lo mismo que es grande pesa y a veces espicha, entonces es una responsabilidad también con uno mismo muy grande cargar su propia estrella.
El nombre quería mostrar eso. Quería mostrar la estrella como todo lo que para mí es tener una luz que no es solo cosas bonitas y chimbas, sino todo lo que arrastra un compromiso con uno mismo. De hecho, el nombre es positivo, es muy bonito; viene de un trabajo interno. Ahorita estoy en un punto de mi vida en donde luché mucho contra mi cabeza para poder respetar lo que hago porque uno sale al mundo, parce, uno viene virgen y limpio de absolutamente todo y el mundo lo ensucia. El mundo es jodido, pero cuando uno es consciente de su estrella y empieza a tomarla con ese valor y a respetarla como se merece, las cosas se ven distintas. Siento yo que más allá de ser un EP es un recordatorio para mí desde el mismo nombre, de decirme, “Parce, lo que usted ha hecho no ha sido en vano. Está construyendo algo, unas bases muy sólidas para sostener algo en un futuro”, y sí es un trabajo de protesta y cuidado. De protesta contra la gente que a veces no lo quiere ver a uno bien porque entonces si uno viene del barrio tiene que quedarse hundido, viviendo pobre y vistiéndose mal porque si no usted no hace parte de una cultura. Un montón de estupideces que realmente no me representan y que todo el tiempo estoy intentando exhibir, visibilizar y también mostrar en dónde está el lado negativo de todo esto. No puede ser que viniendo de un género que hable de injusticias sociales tenga tantas y una esté ahí en el fuego cruzado recibiendo bala por el simple hecho de perseguir una idea, de perseguir un sueño.
Este nombre también es un recordatorio de entenderme como una persona que por la misma estrella ha hecho todo lo que ha podido, la ha cuidado, la ha protegido y la ha respetado, pero también a veces le ha costado cargarla. Ahorita tengo la oportunidad de estar en paz conmigo misma y de cargarla con muchísimo orgullo. Esta luz es mía, la he armado yo, y es un recordatorio para mí y para los demás de que esta estrella sigue siendo grande, poderosa y positiva.

En ‘Calibre 22’ mencionas esto de que a veces te espicha el peso de esta bendición. ¿Cómo has logrado que esto no te aplaste?
Realmente me ha aplastado muchas veces, y lo que sí he tenido que hacer es respirar, coger fuerza y volver a levantarme porque es gonorrea a veces, y más cuando uno viene de un ambiente y de una crianza en donde todos somos iguales, en donde todos somos válidos. A mí me criaron con unos valores muy lindos para amar, respetar y creer desde el lado más puro, y entonces cuando uno se enfrenta a la industria, al mismo género, las redes, que todos tengan una opinión y para todos sea “válida” aunque sea cruel, aunque lastime, es difícil enfrentarse a eso actualmente, pero siento yo que la misma música es la que me levanta.
Yo realmente hago esto por mí, por los míos, por estar bien, por decir un día, “Estoy viviendo la vida que quiero, como quiero, gracias a mi música”, entonces siento yo que, para no dejarse espichar por completo esa estrella, lo que hay que hacer es recordar de dónde vienes y para dónde vas. No zafarse nunca de la raíz y recordar todo el tiempo el objetivo de esta vuelta, por qué iniciamos, por qué estamos aquí, el papel que tenemos y el costo de ese lugar. Abrazarlo y mirar hacia el frente porque esto va más allá de ser un capricho personal. Esto se volvió un reto personal de cambiarle el rumbo a un apellido. Siento que esa es mi manera de mantenerme cuerda y fuerte manteniendo esa estrella.
¿Qué es eso que te reafirma que escogiste el camino correcto?
Cuando tengo un show y llegan chicas con tatuajes de las frases, cuando las veo llorando mientras canto, mientras cantamos. Eso para mí ya es todo porque estoy acompañando a alguien, y puede que suene muy romántico y lo que sea, pero realmente para mí esa es la fuerza de esta vuelta de la música. El poder darles voz a otras personas, y ni siquiera solo eso, sino que es liberador de la manera más hermosa cuando uno está en una tarima y hay personas que están sintiendo de la misma manera o incluso más fuerte lo que uno escribió y lo que uno vivió. Eso me mantiene firme y me mantiene recordándome que este es el camino.
Primero, no sé hacer otra cosa en mi vida y no quiero [risas]. No tengo un plan B, nunca he tenido un plan B. Simplemente desde la primera vez que a mí me pidieron una foto, yo dije, “Esta foto tiene que valerle a esa persona, parce. No puede ser que me pida una foto y no vaya funcionarme esta mierda. Hay que hacer valerla”, y ese fue el primer compromiso serio que yo tuve con esto, cuando entendí que no era solo un desahogo mío, sino un desahogo de más personas.

No es la primera vez que lo haces en tus letras, pero en ellas reafirmas tu valía como artista, y hablando específicamente de este disco, no lo haces desde la presunción de “yo soy más” sino desde el auto reconocimiento del esfuerzo propio. Eso me puso a pensar en la idea de que a la sociedad no le gusta que las mujeres reconozcan que son inteligentes, que son talentosas, incluso que son bonitas. ¿Qué opinas sobre la importancia de que una mujer en las artes, que es tu campo, sea capaz de echarse flores a sí misma?
De total importancia. Históricamente hemos estado super menospreciadas por todo, como para que en este punto de la historia no nos creamos nosotras mismas nuestro cuento y no reconozcamos nuestras luchas personales y como género. En este momento para mí es importante hasta el hecho de presumir porque una se guarda muchas cosas por lo mismo, por el miedo a “si salgo y digo esto de tal manera entonces soy una creída. Si no salgo y digo esto, entonces soy una aburrida”. Hay una etiqueta para absolutamente cada acción, cada pensamiento que una como mujer tiene, y eso es súper jarto como para que nosotras también lo estemos perpetuando así.
En este momento de mi vida estoy con la mentalidad puesta en que, si uno no se hace valer a uno mismo, nadie más le va a dar ese valor. En mi caso personal, es con esta carrera rara que yo he traído porque no ha sido un proceso normal tampoco, han pasado cosas muy extrañas, han pasado cosas muy locas. Mi carrera ha sido distinta y no se compara a la de nadie más, y desde ahí ya uno tiene que agarrar ese valor y decir, “Solo yo sé lo que he pasado, lo que ha costado y lo que me lo he disfrutado”, entonces, por ejemplo, yo soy una persona que le cuesta muchísimo presumir sus logros porque en cierto punto me hicieron creer que esos logros no eran válidos o no eran los que se necesitan dentro de un género que es machista. A mí me hicieron creer que cada cosita que yo hacía era irrelevante y que no tenía peso alguno dentro de dentro de este juego, y ya me di cuenta de que no es así. Realmente estamos cambiando algo, estamos haciendo algo y en algún momento en los libros de historia la vuelta va a quedar así, se le va a dar el valor y el reconocimiento a cada pasito.
Igualmente siento que estamos nosotras en el momento de salir y frentear, de no escondernos, de no esconder ni siquiera el proceso. Estamos en un punto clave. Yo estoy en un punto clave de mi música en donde necesito testigos, y estoy cansada de esconderlo, de esconderme, de esconder cada logro, solo porque sé que si salgo y digo, “Hice tal cosa”, me van a decir, “Pero es que usted no es, usted no representa, usted no pertenece”. ¡Gonorrea, sí pertenecemos y sí estamos haciendo las vueltas!
Hace falta salir del cuarto de uno y conocer un poquito más el mundo para entender que de este lado se están haciendo muy bien las cosas. Lo que está mal son las bases de un género que nunca lograron traducir bien y no lograron entender nunca. Entonces el trabajo de nosotras como nenas –porque siento que ahorita en Colombia hay muchas– es seguir saliendo y seguir haciendo las vueltas públicas y para que cada vez se normalice más. Las mujeres, cuando nos enfocamos en hacer algo y nos comprometemos, lo llevamos a otro nivel y lo hacemos mucho mejor de lo que los demás puedan esperar o puedan decirnos que podemos hacerlo.
En este punto de tu carrera, ¿qué metas te estás trazando?
Ahorita estoy yo creo que es la misma. Yo estoy esperando el momento de una canción. Estoy haciendo mucha música, estoy realmente encerrada haciendo música. Afortunadamente siempre sueño en grande y, no sé, me da visaje de contar mis sueños públicamente porque a veces siento que hablarlo antes de tiempo es peligroso. Creo mucho en las energías [risas], y me ha pasado que cuento algo y se cae. Entonces yo me guardo todo, pero realmente mi sueño más grande es vivir tranquila haciendo la música que quiero, pero vivir tranquila de la forma que quiero. Vivir bien de esta mierda. De lo que te decía de no tener preocupaciones. Que dentro de dos o tres generaciones esta vuelta no tenga que ser sufrida. Cambiar el rumbo a esta vuelta. Ese es el sueño mayor.
Ya obviamente desde ahí empieza a bajar todo y es estar en escenarios grandes o compartir con gente que admiro, aprender y seguir aprendiendo de gente que admiro, colaboraciones, de todo, absolutamente todo, pero todo muy ligado a ese sueño mayor.
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El gran problema de mucho cine de terror contemporáneo hecho por directores jóvenes (o extremadamente jóvenes) es que a veces uno siente que no están filmando una película, sino todas las películas que aman al mismo tiempo. El resultado suele convertirse en una especie de collage hiperreferencial o buffet cinéfilo donde cada escena recuerda a otra mejor. Y eso es exactamente lo que ocurre con Backrooms.
Kane Parsons tiene apenas 20 años y eso inevitablemente despierta cierta simpatía inicial. Además, hay talento visual real. Nadie puede negar que sabe construir atmósferas, trabajar espacios vacíos y manejar el diseño sonoro con inteligencia. Pero una cosa es tener talento técnico y otra muy distinta tener una voz propia.
Para entender por qué Backrooms existe como fenómeno hay que remontarse al creepypasta original publicado anónimamente en 4chan en 2019. Una fotografía de una oficina amarilla vacía acompañada por una descripción sobre “salirse de la realidad” y terminar atrapado en un sistema infinito de habitaciones fluorescentes llenas de alfombra húmeda y zumbidos eléctricos interminables. La imagen se volvió viral porque conectaba con algo muy específico de la ansiedad contemporánea y es el miedo a los espacios impersonales, vacíos y artificiales donde el ser humano parece haber desaparecido.
De ahí nació todo el fenómeno de los llamados “espacios liminales”, imágenes de escuelas vacías, centros comerciales abandonados o corredores silenciosos que producen nostalgia, extrañeza y una sensación rarísima de haber estado allí antes. Los Backrooms terminaron expandiéndose a videojuegos, foros y videos de YouTube donde distintos usuarios inventaban niveles, criaturas y teorías alrededor de ese universo infinito. Kane Parsons, cuando tenía apenas 16 años, convirtió esa idea en una serie viral de cortos hechos con estética VHS y horror analógico que llamaron la atención de A24. Y honestamente, ahí quizá estaba la mejor versión posible del concepto.
Porque al funcionar como fragmentos cortos de internet, los Backrooms tenían algo genuinamente fascinante con sus corredores infinitos, luces fluorescentes y la sensación permanente de que algo podía aparecer detrás de cualquier esquina. Había misterio, vacío y la imaginación del espectador llenaba los silencios. Pero al convertir eso en un largometraje de casi dos horas, la película empieza a sobrecargar un concepto que funcionaba muchísimo mejor desde la ambigüedad y no desde una burda imitación de los pabellones rojo y negro de Twin Peaks con el “mundo al revés” de Stranger Things.
La historia sigue a Clark (Chiwetel Ejiofor), un arquitecto fracasado y alcohólico que administra una gigantesca tienda de muebles baratos llamada Cap’n Clark’s Ottoman Empire a comienzos de los noventa (esto incluye un score de sintetizador ochentero). Vive prácticamente encerrado dentro del negocio mientras intenta sobrevivir al fracaso de su matrimonio y a una vida que considera desperdiciada. Un día descubre una pared porosa que conduce hacia un sistema infinito de habitaciones ocultas con oficinas vacías, pasillos amarillentos y espacios que parecen versiones deformadas de la realidad. Mary Kline (Renate Reinsve, la actriz noruega de las excelentes La peor persona del mundo y Valor sentimental), su terapeuta, termina entrando también a ese laberinto imposible.
Ahí la película intenta construir una mezcla de horror psicológico, conspiración gubernamental y viaje metafísico. Todo parece surgir de otras películas, series o incluso videojuegos. Hay ecos clarísimos de Twin Peaks en la lógica onírica, los espacios deformados, invertidos y los diferentes planos de realidad. Tenemos a The Texas Chain Saw Massacre en un momento donde Clark se sienta en una mesa de comedor frente a Mary para practicar un acto de canibalismo surrealista. Está la estética corporativa y alienante y los espacios mentales de Severance, bebe de Psycho en la idea del espacio arquitectónico como mapa de la estructura psíquica del psicoanálisis (Osgood Perkins, el director e hijo del actor que encarnó a Norman Bates es uno de los productores).
Hay muchísimo de Alicia en el país de las maravillas en el descenso hacia mundos tan absurdos como peligrosos. También aparecen rastros de Being John Malkovich en esa obsesión por los portales misteriosos donde se ingresa a la mente de otros; The Blair Witch Project, V/HS/ y sus derivados están presentes, al recurrir a la estrategia del Found Footage; está Exit 8 con los laberintos alegóricos que llevan a ninguna parte y los monstruos deformes y la electricidad como elemento cósmico, obviamente extraídos de Stranger Things.
El problema no es inspirarse. Todo cineasta lo hace. Si no, pregúntenle a Quentin Tarantino. El problema aparece cuando la película parece diseñada para convencer al espectador de que está viendo algo revolucionario simplemente porque gran parte del público joven no conoce bien las referencias anteriores. Y eso termina generando cierta frustración y rabia en los espectadores verdaderamente cinéfilos, porque la película constantemente se presenta como una experiencia nueva mientras recicla muchísimos elementos ya explorados con mayor profundidad por otros autores.
Eso sí, formalmente la película está muy bien hecha. La fotografía de Jeremy Cox y el diseño de producción de Danny Vermette (ambos colaboradores de Perkins en la estupenda Longlegs) crean espacios realmente opresivos. Esa iluminación amarillenta de centro comercial abandonado funciona muy bien y transmite una sensación constante de artificialidad enfermiza. Kane Parsons claramente entiende cómo generar ansiedad espacial. Hay planos donde simplemente observar un pasillo vacío produce más inquietud que muchos sobresaltos del cine de terror contemporáneo.
Chiwetel Ejiofor hace un buen trabajo intentando darle humanidad al caos conceptual que lo rodea. Su Clark transmite rabia, frustración, inmadurez y un resentimiento emocional real, lo cual nos permite sospechar, sin que nunca se diga, que algo terrible le hizo a su esposa. Lo mismo ocurre con Renate Reinsve, una psicoterapeuta con un pasado traumático y vocera de un discurso de autosuperación en el que ella no cree, así tampoco se mencione explícitamente. Ambos actores consiguen mantener cierta gravedad dramática incluso cuando la película parece más interesada en exhibir estética liminal que en desarrollar a sus personajes.
Llega un punto donde todo empieza a sentirse mecánico. Los pasillos interminables, los sonidos industriales, los monstruos deformes, las luces fluorescentes, la cámara de VHS, la joven pareja que sabemos no va a terminar bien (Finn Bennett y Lukita Maxwell desperdiciados), las figuras apareciendo y desapareciendo al fondo del cuadro. Todo está muy bien ejecutado técnicamente, pero también demasiado calculado para producir una sensación de “esto es arte raro”. Y es que la película termina atrapada dentro de su propia estética.
Ahí es donde aparece quizá el problema central de muchísimo horror contemporáneo y es el de la atmósfera reemplazando a la imaginación narrativa real. Porque uno sale de Backrooms pensando menos en la historia (la cual se deja abierta para innumerables secuelas) y más en todas las películas que la película le recordó constantemente. Eso jamás debería pasarle a una obra que pretende sentirse original.
Y es una lástima, porque existen directores surgidos de la internet que sí lograron transformar sus influencias en algo personal. Ahí están los hermanos australianos Danny y Michael Philippou de las sólidas cintas de terror Talk to Me y Bring Her Back, o incluso la magistral historia de supervivencia Arctic de Joe Penna, nacido también del ecosistema digital. En esos casos todavía existe una voz reconocible detrás de las referencias. Aquí no tanto.
Backrooms nos sugiere que Kane Parsons tiene habilidad visual y muchísimo potencial. Pero también deja clarísimo que dominar atmósferas y referencias cinéfilas no basta para construir una gran película de terror. Porque al final, detrás de tanto corredor infinito y tanta atmósfera retro, queda una sensación bastante simple: Ya vimos todo esto antes.
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Existe un momento en el que uno piensa que Las ovejas detectives va a convertirse en una tortura de chistes ovinos y sentimentalismo barato y calculado para vender peluches. Y sin embargo ocurre algo inesperado: la película empieza a funcionar. No por ironía ni por cinismo posmoderno, sino porque realmente cree en sus personajes y en la historia absurda que está contando.
La premisa, basada en la novela Three Bags Full de Leonie Swann, parece salida de una fiebre infantil provocada por demasiadas lecturas de Agatha Christie antes de dormir. George Hardy (Hugh Jackman) es un pastor viudo que vive en la campiña inglesa acompañado por un rebaño de ovejas a las que cada noche les lee novelas policiales. Lo que él no sabe es que las ovejas entienden absolutamente todo y han desarrollado una obsesión colectiva por resolver crímenes. Cuando George aparece asesinado, el rebaño decide investigar al culpable antes de que los humanos destruyan su hogar y las separen para siempre.
Sí, es ridículo. Pero también funciona muchísimo mejor de lo que debería. El director Kyle Balda (la persona detrás de varias películas protagonizadas por los Minions), encuentra un equilibrio muy difícil entre el absurdo, la ternura y el misterio criminal, sin convertir la película en una cinta acaramelada insoportable. Además ayuda muchísimo el guion de Craig Mazin, quien después de las series Chernobyl y The Last of Us demuestra otra vez que entiende cómo trabajar el dolor emocional incluso dentro de contextos aparentemente infantiles y extravagantes. Porque debajo de las ovejas digitales y los chistes rurales hay una película sobre duelo y comunidad.
George Hardy (Hugh Jackman) aparece desde el comienzo como un hombre profundamente solo. Vive rodeado de cartas, recuerdos y rutinas repetidas mientras intenta llenar el vacío dejado por su esposa fallecida. Jackman está excelente precisamente porque interpreta todo con absoluta sinceridad. Nunca actúa como si estuviera en una simple comedia infantil. Su George transmite bondad y una tristeza silenciosa que termina dándole muchísimo peso emocional a la historia.
Y luego están las ovejas. El trabajo de voces resulta extraordinariamente divertido. Lily (Julia Louis-Dreyfus) funciona como la verdadera detective cerebral del grupo, maternal, sarcástica y obsesivamente analítica. Mopple (Chris O’Dowd) tiene la energía caótica del historiador inútil que recuerda detalles irrelevantes en los peores momentos. Sebastian (Bryan Cranston) es el líder que vive aislado emocionalmente del resto del rebaño, mientras Sir Ritchfield (Patrick Stewart) se comporta como un aristócrata británico algo racista, atrapado accidentalmente dentro de un cuerpo lanudo.
Pero quien realmente se roba la película es Winter Lamb (Tommy Birchall), la pequeña oveja marginada por haber nacido fuera de temporada. Cada escena suya está diseñada prácticamente para destruir emocionalmente al espectador. Y sí, funciona.
La película nos recuerda inevitablemente a Babe el puerquito valiente. Está ese mismo intento de construir animales digitalizados que no se sientan simples animaciones tan artificiales como hiperactivas. Sorprendentemente, los efectos de IA funcionan bastante bien. Las expresiones faciales y los movimientos de las ovejas poseen personalidad sin caer completamente en el “síndrome de la mirada vacía” que arruina tantas producciones recientes.
También ayuda mucho el reparto humano secundario. Lydia Harbottle (Emma Thompson) aparece como una abogada venenosa y deliciosamente sarcástica que entra a escena prácticamente para humillar verbalmente a todos los presentes. Tim (Nicholas Braun de Succession), el policía local absolutamente incompetente, parece una versión rural y británica de Jacques Tati con el inspector Clouseau. Rebecca Hampstead (Molly Gordon), Caleb (Tosin Cole), Beth (Hong Chau) y Elliot Matthews (Nicholas Galitzine) completan ese pequeño ecosistema inglés lleno de sospechosos excéntricos típico del whodunit británico.
Y lo mejor es que la película entiende perfectamente el tono que necesita. Nunca intenta convertir el asesinato en un trauma insoportable ni tampoco trivializa completamente la muerte de George. Simplemente acepta que los niños pueden procesar tristeza dentro de los relatos fantásticos si la historia posee suficiente calor humano (o animal). Ahí está probablemente la gran inteligencia emocional de la película.
No todo funciona igual de bien. Algunos chistes son demasiado obvios, ciertas secuencias se alargan más de lo necesario y ocasionalmente el humor ovino se acerca peligrosamente al desastre absoluto. Pero incluso en esos momentos la película conserva una ternura muy difícil de odiar.
Además, hay algo refrescante en ver una producción familiar contemporánea que no depende completamente de las referencias pop, el frenetismo constante, el sarcasmo permanente o el derroche de efectos digitales diseñados para destruir la capacidad de la atención infantil. Aquí simplemente hay un misterio, unos encantadores animales parlantes, una hermosa campiña inglesa, algo de tristeza y algo de humor.
Los productores Phil Lord y Christopher Miller, los directores de la maravillosa Project Hail Mary, han vuelto a dar en el clavo con estas ovejas intentando resolver un asesinato porque amaban a su pastor, sorpresivamente terminan siendo mucho más conmovedoras de lo esperado.
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El movimiento parece ser el motor natural de La Renga, una banda que se desplaza de gira como un familión. Gustavo “Chizzo” Nápoli, los hermanos Gabriel (“Tete”) y Jorge (“Tanque”) Iglesias, y Manuel Varela aterrizaron el viernes 22, a las 18:30, en el aeropuerto de Copenhague, junto a un equipo de treinta personas. Sin perder un minuto, pasaron por el hotel y salieron a cenar a un lugar que tuviera espacio para todos y desafiara el horario danés, donde muchas cocinas cierran temprano.
El primer deseo fue claro: moverse a pie, hasta alquilar motos. “En Copenhague no conseguimos, nos dijeron que tenemos que ir hasta Roskilde”, comentó Martín López, histórico productor audiovisual del grupo, mientras señalaba las luces del Parque Tivoli y el vértigo de los juegos más altos.

Un ave más al vuelo es la gira con la que La Renga volvió este año a las rutas europeas: comenzó en Barcelona, siguió por Berlín, hizo escala en Copenhague, Tenerife y cerrará el 31 de mayo en el mismo punto de partida: el Poble Espanyol barcelonés.
La capital danesa, tercera parada del recorrido, los recibió con una tarde de viento fresco y un sol de primavera, que por esta época extiende el día más de lo habitual. El clima ideal para caminarla, o mejor aún, pedalearla, y captar el ritmo pausado de la ciudad nórdica.
La noche del sábado tuvo su previa, que reunió a fanáticos residentes en Dinamarca y otros tantos que viajaron detrás de la gira. La cita fue en el Jazz Club de la Ciudad Libre de Christiania (enclave de larga historia contracultural en esta ciudad), con músicos argentinos que tocaron covers de rock nacional. Entre el público estaban, entre tantos, Santiago y Santia, de La Plata, con el Tano, de Isidro Casanova (“barrio Atalaya” aclaró), para compartir su locura por la banda.
“Para nosotros, se arma la fecha, ensamblamos y vamos”, decía Santiago, mientras contaba que con el Tano se conocieron recién en Berlín. “Te vas haciendo amigos viajeros, argentinos radicados en el lugar. La Renga es esto: viajar, conocer gente, las previas” agregó el Tano.

El caso de Santiago representa una de las tantas historias en ruta. “En octubre del año pasado yo me quedo sin laburo después de 33 años, pude cobrar una plata y le digo a ella: ‘¿Qué hacemos?, ¡Vamos a esta locura!’. Otro puede decir: “Che, la guardo’. Pero no, yo voy a vivirla”. Atrás de él apareció el Tete, como premio a esta aventura. “Él es uno más, le encanta compartir, siempre viene a estas juntadas, en más de una entrevista contó que es el más fan de la banda, que si no tocara estaría en el público” apuntaba el Tano.
El viaje de Santiago tuvo recompensa en experiencias. “Hoy a la tarde, en la Estación Central, veníamos caminando y nos cruzamos con el Chizzo. Nos preguntó de dónde veníamos, nos sacamos la foto. Y después cruzamos a Manu”, comentó Santiago, y Santia aportaba: “Estar con ellos, compartiendo anécdotas en la calle, es una locura. Ya fuimos a verlos a Brasil, a Uruguay, y ahora es la primera vez que cruzamos el océano”.
Hasta el sábado, nunca se habían visto en Christiania tantos trapos y banderas argentinas. Comodoro Rivadavia, San Luis, Chaco, Olavarría, González Catán, junto a La Matanza tapizaron las calles y paredes del barrio ante la mirada de daneses que giraban a ver la entrada del Jazz Club. Mientras tanto, Tete no solo apareció por la Ciudad Libre, también subió al escenario a tocar unos temas. Y a la mañana siguiente, durante la prueba de sonido antes del recital, compartió sus impresiones con Rolling Stone.
¿Qué sensaciones les genera estar en Copenhague?
La primera es de incertidumbre. Ya conocer esto es un flash para nosotros. Tocar acá es algo que jamás en la vida, ni cuando empezamos, imaginamos.
¿Cómo entró Copenhague en el mapa de ruta?
No sé. Cuando lo propusieron, respondimos: “¿Copenhague?, ¿estás seguro?”. Nos dijeron que parecía que podía ir bien, entonces dijimos: “bueno, vamos”. Si a nosotros lo que nos encanta es tocar y si es en un lugar nuevo, doblemente. Lo vivimos con una sensación de alegría total.
Escuché que estaban buscando motos para salir por la ciudad y no consiguieron alquilar más que bicicletas. Si en Nápoles anduvieron en Vespa, ¿acá se animaron a la bici?
¡Sí! La idea original era, como siempre cuando vamos a un lugar, hacer un recorrido en moto, porque nuestra visión pasa por la altura de la moto, pero no las conseguimos. Entonces surgió esto de las bicicletas y dijimos: “vamos”, porque acá la velocidad de la ciudad se nota con la bici, es una cosa increíble.
Y al final les dio casi la misma perspectiva…
Nos dio perspectiva y una realidad local, porque todos andan en bici. Aparte hay unos modelos bárbaros: yo hacía como diez años que no subía a una y encima alquilamos las eléctricas. Toda una sensación nueva.
¿Qué pudieron percibir durante el recorrido?
Que es una cultura muy distinta a la nuestra. Están a años luz de nosotros. Fue la sensación de un día, es para tomarlo como una primera impresión. Notamos cierto silencio, que hay una sensación de bienestar. Igual llegamos con buen tiempo, ya me avisaron que esto no es siempre así. Justo ayer hicimos un free tour y la chica nos explicaba que no es común este sol y esta temperatura, así que nos consideramos afortunados. Pero hasta ahora la impresión que nos llevamos es increíble. Y lo que te decía antes, que para nosotros tocar en Copenhague es una locura total. Jamás pensamos en la puta vida poder tocar acá. Va a ser una linda noche.
Los trapos que el sábado cubrieron Christiania, el domingo se mudaron al enrejado de Poolen, una sala de concierto cubierta, entre el mercado de comidas Reffen y una planta incineradora, Copenhill. Una zona un poco alejada del centro histórico de Copenhague.
En el puesto de empanadas, frente a la entrada, la gente pagaba con tarjeta de crédito argentina, española o alemana. La argentinidad al palo. Por allí desfilaban parejas que viajaron desde Don Torcuato, Laferrere, Solano y Mataderos hasta grupos de amigos radicados en ciudades europeas.

Sofia, por ejemplo, viajó desde Madrid y contó que La Renga representa su adolescencia en Argentina y desde que emigró a Europa, hace seis años, intentó seguirlos siempre que pudo. “Se arma esa comunidad de gente que no está muy bien de la cabeza, me incluyo, que los sigue a todos lados”, decía. “En mi caso, como migrante, me despierta mi argentinidad, es la música con la que me crié, y por volver a esa esencia es que trato de verlos cada vez que puedo”. Ya los vio en Barcelona, en Berlín y llegó hasta Copenhague: “Lo que me gusta de ellos es que pueden tocar en Huracán, en un estadio para miles de personas, o una sala para trescientas personas a miles de kilómetros de Argentina, y le ponen la misma energía”.
En este caso, Poolen tiene una capacidad para dos mil quinientas personas. Según Claudio Casais, de la productora española CHNSW, que organizó esta gira, en Copenhague se vendieron más de mil entradas y extrañamente el lugar se veía casi completo.
La música suele ser una de las mejores maneras de mostrarle a un extranjero cómo es un país y su gente. Así, lo hizo un argentino que invitó a sus amigos de Dinamarca y Portugal. Caroline, la amiga danesa, escuchó a La Renga y aunque no habla ni entiende español, quiso verlos en vivo. “No puedo creer esta sensación de comunidad alrededor de una banda de rock”, dijo en inglés, y sin perder un segundo la sonrisa de asombro, confesó: “Me gustó cuando los escuché y ahora que conocí a su público me gustan más todavía”.
A medida que la gente llegaba en bicicleta, adentro sonaban los Redonditos de Ricota. El concierto estaba anunciado a las 20. Recién a las 20.20, Chizzo subió al escenario con un casco vikingo de dos cuernos y gritó: “Buenas noches, Copenhague. ¿Quién iba a decir que íbamos a estar acá, loco?”. Y arrancó el concierto con “Tripa y corazón”, mientras los brazos del público se agitaban entre los trapos y afuera al cielo le faltaba más de una hora para atardecer.

La música tiene ese poder de acercar y disolver las distancias. Para quienes viven lejos, escuchar esas canciones que acompañaron otras etapas de sus vidas puede hacer olvidar, por un instante en dónde están. Algo así le sucedió a Milena que vive en Copenhague, ya fue a verlos a Berlín y si puede los seguirá unas paradas más en la ruta. “Hoy, me explotaba la cabeza, estaba en el trabajo pensando que a la salida me esperaba esto”, contó un poco disociada de la realidad y con la emoción de ver a la banda que sigue desde sus 12 años.
Es que ver a La Renga en Copenhague tiene algo de irreal: ese folklore tan cercano, tan conocido, sonando a 12.000 kilómetros de casa, en un escenario rodeado de indicaciones en otro idioma, cuesta imaginarlo hasta que finalmente sucede. En medio de los treinta temas que formaron el repertorio (“Buena pipa”, “Canibalismo galáctico”, “En bicicleta” y “La balada del diablo y la muerte”, Chizzo lo confesó: “Yo me encontraba por el camino con varios argentinos que viven acá y me preguntaban cuándo vendríamos”.
El concierto fue una fiesta de reencuentros y nostalgia, hasta que en el bis sonó “Panic show” y las palabras de Chizzo sonaron atravesadas por una mezcla de sorpresa y emoción, como si a él también le costara creerlo: “Quién iba a decirlo, encontrarnos tan lejos de casa con toda esta gente hermosa que nos sigue”. Así tocaron “El final es en donde partí” y, previo al último tema, se escuchó la despedida: “Una alegría enorme, un gustazo y ojalá podamos volver pronto, acá a Copenhague, que nos recibió con los brazos abiertos y un poco de argentinidad al encontrarnos con todos estos compatriotas. Fue un honor y un placer estar acá compartiendo con ustedes. Nos vamos como siempre ‘Hablando de la libertad’”. Y entre gritos y aplausos, que hicieron sentir como si un pedazo de Argentina emergiera en medio de Dinamarca, llegó la noche.
Afuera, la gran mayoría encendió las luces de sus bicicletas y, a lo lejos, se oyó un adiós.
La familia renga no conoce fronteras, se mueve con una fidelidad que parece no tener geografía. Y esta vez, en Copenhague, volvió a quedar demostrado.
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La banda británica Jungle regresará a la Argentina para presentarse el 1 de abril de 2027 en el Movistar Arena, en un show que marcará la llegada en vivo de Sunshine, su próximo disco de estudio, previsto para agosto de este año.
A través de su fusión de soul, funk y electrónica, el proyecto liderado por Josh Lloyd-Watson y Tom McFarland recorre el mundo hace más de una década. Se formaron en Londres en 2013. Unos 10 años más tarde incorporaron oficialmente a la cantante Lydia Kitto (Loaded Honey). Su canción más reconocida es, por lejos, “Back on 74”.
El próximo show de Jungle en Buenos Aires, su sexta visita a la capital argentina, contará además con la participación de Sports como invitados. El grupo estadounidense viene de presentar su álbum homónimo, con influencias del pop psicodélico, el indie y la música electrónica.
Cuándo salen a la venta las entradas para Jungle en Argentina
Las entradas estarán disponibles a través de Movistar Arena en las siguientes fechas:
- Preventa exclusiva para clientes de Banco Galicia: viernes 29 de mayo a las 10 hs, con 6 cuotas sin interés.
- Venta general: lunes 1 de junio a las 10 hs, con todos los medios de pago. También habrá 6 cuotas sin interés con tarjetas de crédito Galicia.
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La edición 2026 de los Premios Gardel dejó una noche marcada por el dominio de Milo J, que se quedó con el Gardel de Oro gracias a La Vida Era Más Corta y se llevó 12 estatuillas en total (13, si tenemos en cuenta que fue la cabeza junto a Mex Urtizberea de FAlklore Vol. 1 y 2, ganador de la terna Mejor Álbum Grupo de Folklore), incluyendo las categorías más importantes de la noche.
También hubo galardones para Lali, Trueno, CA7RIEL & Paco Amoroso, Miranda! y Divididos, entre otros. Lo de Milo, sin embargo, quedará en los libros: se convirtió en el artista ganador del Gardel de Oro más joven de la historia y, además, en el que más premios ganó en una sola edición.
Todos los ganadores de los Premios Gardel 2026
Álbum del año
- La Vida Era Más Corta — Milo J
Canción del año
- “Niño” — Milo J
Grabación del Año
- “Niño” — Milo J
Ingeniería de Grabación
- La Vida Era Más Corta — Milo J
Mejor Álbum Artista de Folklore
- Décimas — Maggie Cullen
Mejor Álbum Artista de Rock
- PARA QUIEN TRABAJAS Vol. I — Marilina Bertoldi
Mejor Álbum Artista de Tango
- Pratanguero: 4º Esquina Final — Ariel Prat
Mejor Álbum Artista Pop
- NO VAYAS A ATENDER CUANDO EL DEMONIO LLAMA — Lali
Mejor Álbum Artista Tropical / Cumbia
- MALPORTADA — Nathy Peluso
Mejor Álbum Banda de Sonido de Cine/Televisión/Producción Audiovisual
- The Last of Us: Season 2 (Soundtrack from the HBO Original Series) — Gustavo Santaolalla & David Fleming
Mejor Álbum Canción de Autor
- Querida Yo — Yami Safdie
Mejor Álbum Conceptual
- La Vida Era Más Corta — Milo J
Mejor Álbum de Cuarteto
- QUE SED — Luck Ra
Mejor Álbum de Hip Hop / Rap
- EUB DELUXE — Trueno
Mejor Álbum de Jazz
- Apocalipsis — Pipi Piazzolla Trio
Mejor Álbum de Música Clásica
- Compositores Argentinos — Grupo Vocal de Difusión & Mariano Moruja
Mejor Álbum de Música Global
- Latinaje — Cazzu
Mejor Álbum de Música Romántica Contemporánea
- Gracias a la Vida — Abel Pintos
Mejor Álbum de Pop Rock
- POLVO DE ESTRELLAS — Turf
Mejor Álbum de Reggae/Ska
- La Respuesta — Leonchalon
Mejor Álbum en Vivo
- Trueno – Red Bull Symphonic — Trueno
Mejor Álbum Folklore Alternativo
- 89 — Flor Paz
Mejor Álbum Grupo de Folklore
- FAlklore Vol. 1 y 2 — Esto es ¡FA! & Mex Urtizberea
Mejor Álbum Grupo de Rock
- Divididos — Divididos
Mejor Álbum Grupo Pop
- Nuevo Hotel Miranda! — Miranda!
Mejor Álbum Grupo Tropical / Cumbia
- El Desvelo — La Delio Valdez
Mejor Álbum Infantil
- Mardearena – Nanas y Arrullos — Magdalena Fleitas
Mejor Álbum Instrumental
- Solo — Pipi Piazzolla
Mejor Álbum Música Electrónica
- Peces Raros – Spotify Session — Peces Raros
Mejor Álbum Orquesta y/o Grupo de Tango y/o Instrumental
- EMPA (Escuela de Música Popular de Avellaneda) Orquesta de Tango — EMPA Orquesta de Tango
Mejor Álbum Pop Alternativo
- PAPOTA — CA7RIEL & Paco Amoroso
Mejor Álbum Rock Alternativo
- Exultante — Carca
Mejor Álbum Rock Pesado
- VIVE — Claudio Marciello
Mejor Álbum Urbano
- 166 (DELUXE) retirada — Milo J
Mejor Arte
- DOGA — Juana Molina
Diseño: Alejandro Ros
Mejor Canción de Autor
- “Luciérnagas” — Milo J & Silvio Rodríguez
Mejor Canción de Cuarteto
- “TU MISTERIOSO ALGUIEN (CUARTETO)” — Luck Ra feat. Miranda!
Mejor Canción de Folklore
- “Niño” — Milo J
Mejor Canción de Hip Hop / Rap
- “Gil” — Milo J & Trueno
Mejor Canción de Pop
- “MEJOR QUE VOS” — Lali & Miranda!
Mejor Canción de Rock
- “In the City” — Charly García & Sting
Mejor Canción de Tango
- “La Marcha de la Bronca” — Quinteto Negro La Boca con León Gieco, Miguel Cantilo, Ivonne Guzmán, Miss Bolivia, Willy Bronca y Julieta Laso
Mejor Canción en Vivo
- “LA QUE PUEDE, PUEDE – Live at NPR MUSIC’s Tiny Desk” — CA7RIEL & Paco Amoroso
Mejor Canción Pop Rock
- “#TETAS” — CA7RIEL & Paco Amoroso
Mejor Canción Tropical / Cumbia
- “Si No Es Muy Tarde – Versión Cumbia” — Luciano Pereyra, Ezequiel y La Clave, Un Poco de Ruido y Pinky SD
Mejor Canción Urbana
- “OLIMPO” — Milo J
Mejor Colaboración
- “In the City” — Charly García & Sting
Mejor Colaboración Urbana
- “Gil” — Milo J & Trueno
Mejor Colección de Catálogo
- Suiza 1980 (Remastering 2025) — Mercedes Sosa
Mejor Nuevo Artista
- BLAIR
Mejor Videoclip Corto
- “Bajo De La Piel” — Milo J
Dirección: Teresa Carril
Mejor Videoclip Largo
- PAPOTA — CA7RIEL & Paco Amoroso
Dirección: Martín Piroyansky
Productor del año
- Evlay
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La figura del presidente de Estados Unidos ha sido una de las más exploradas por el cine, no desde la solemnidad, sino desde las grietas. Más que líderes firmes, estas películas nos muestran a unos hombres rodeados de presión, errores y contradicciones, donde cada decisión tiene un costo político, personal o histórico. Aquí no hay mitos intactos. Hay poder en crisis, narrado desde distintos ángulos, entre la sátira, el drama y la reconstrucción histórica.
15. Jefferson in Paris (1995) Dir. James Ivory
Nick Nolte interpreta a Thomas Jefferson durante su etapa como embajador en Francia, antes de convertirse en presidente, en un momento donde su vida personal y sus ideas políticas empiezan a tensionarse. La película se centra en su relación con Sally Hemings (Thandiwe Newton) y en el contexto de la Revolución Francesa, mostrando a un hombre que defiende ideales de libertad mientras su propia vida revela contradicciones profundas. Más que un retrato político directo, funciona como una mirada al origen de esas tensiones que marcarían su figura pública. La cinta de Ivory expone cómo los principios sobre los que se construye el poder estadounidense nacen atravesados por conflictos éticos difíciles de resolver.
14. Southside With You (2016) Dir. Richard Tanne
La película sigue la primera cita entre Barack Obama y Michelle Robinson en el Chicago de los años 80, cuando él aún no es más que un joven con ambición y discurso, y ella alguien mucho más estructurada y escéptica. Parker Sawyers construye a un Obama carismático, insistente, todavía definiéndose, mientras Tika Sumpter da a Michelle una presencia firme, inteligente y poco dispuesta a dejarse impresionar. A lo largo del día, entre conversaciones sobre política, identidad y futuro, se empieza a dibujar no solo una relación, sino una forma de entender el mundo. Southside With You nos muestra al presidente antes de asumir el poder, cuando todo todavía es posibilidad, carácter y construcción personal.
13. Dick (1999) Dir. Andrew Fleming/Elvis & Nixon (2016) Dir. Liza Johnson
La película reimagina el escándalo Watergate desde un ángulo absurdo. Dos adolescentes, interpretadas por Kirsten Dunst y Michelle Williams, terminan involucradas por accidente en el entramado político que derriba a Richard Nixon. Dan Hedaya compone a un presidente paranoico, desbordado por sus propios secretos, incapaz de contener el caos que lo rodea. A través del humor, la historia convierte uno de los episodios más graves de la política estadounidense en una cadena de errores casi ridículos. Funciona porque, detrás de la comedia, deja ver algo claro: el poder puede venirse abajo no solo por grandes conspiraciones, sino por fallas humanas imposibles de controlar.
Como pieza de compañía, Elvis & Nixon recrea el insólito encuentro entre Elvis Presley y Richard Nixon en la Casa Blanca en 1970. Michael Shannon interpreta a Elvis como una figura excéntrica, obsesiva y desconectada, mientras Kevin Spacey construye a un Nixon rígido, incómodo y atrapado en su propio rol institucional. El contraste entre ambos genera una dinámica extraña, casi absurda, donde dos símbolos de poder (uno político, otro cultural) no terminan de entenderse. Más allá de la anécdota, la película funciona como un retrato del aislamiento en la cima, con dos hombres rodeados de influencia, pero completamente desconectados de la realidad que los rodea.
12. Michael Moore in TrumpLand (2016) Dir. Michael Moore
Filmado como un monólogo en vivo, la película muestra a Michael Moore frente a un público diverso, analizando la figura de Donald Trump en plena campaña presidencial. Moore mezcla humor, crítica política y observación directa para construir un retrato donde Trump aparece tanto como candidato como síntoma de un malestar más amplio. No hay recreación ni actores interpretando al poder. El escenario es el presente inmediato, con un público que reacciona en tiempo real. Es relevante porque captura el momento previo al quiebre, cuando la política tradicional ya no logra contener el clima social que está a punto de transformarlo todo.
11. W. (2008) Dir. Oliver Stone
Oliver Stone construye un retrato de George W. Bush centrado en sus contradicciones personales más que en la figura institucional. Josh Brolin lo interpreta como un hombre que oscila entre la seguridad que proyecta y las dudas que arrastra, especialmente frente a la figura de su padre, interpretado por James Cromwell. La película recorre su camino hasta la presidencia y se detiene en decisiones clave como la invasión a Irak, mostrando reuniones, tensiones internas y un entorno político donde figuras como Dick Cheney (Richard Dreyfuss) influyen de forma decisiva. Funciona porque no presenta a Bush como un estratega claro, sino como alguien que ocupa el poder sin dominar completamente sus implicaciones.
10. John Adams (2008) Dir. Tom Hooper
Paul Giamatti interpreta al segundo presidente de los Estados Unidos como un hombre brillante pero difícil, impulsivo y muchas veces incapaz de suavizar sus posiciones en un entorno que exige diplomacia constante. La miniserie de 7 episodios sigue su paso por la fundación de Estados Unidos y su llegada a la presidencia, mostrando negociaciones tensas, conflictos internacionales y decisiones sin margen claro. Laura Linney, como Abigail Adams, aporta equilibrio y una mirada política aguda, convirtiéndose en una figura clave en lo personal y lo estratégico. John Adams muestra el nacimiento del poder presidencial no como símbolo sólido, sino como un experimento lleno de fricción, donde cada decisión ayuda a definir qué significa realmente gobernar.
9. Nixon (1995) Dir. Oliver Stone
Anthony Hopkins construye a Richard Nixon como una figura compleja, marcada por una mezcla de ambición, resentimiento y necesidad constante de reconocimiento. La película no se limita al escándalo Watergate, sino que recorre su vida para entender cómo llega a ese punto, conectando su historia personal con sus decisiones políticas. Joan Allen, como Pat Nixon, aporta una dimensión íntima que revela el desgaste dentro del entorno familiar. Stone presenta a un presidente brillante en lo estratégico, pero incapaz de manejar sus propios impulsos, mostrando cómo el poder termina amplificando sus debilidades en lugar de contenerlas.
8. Frost/Nixon (2008) Dir. Ron Howard
La película se centra en la serie de entrevistas televisivas entre el periodista David Frost y Richard Nixon, años después de su renuncia. Frank Langella interpreta a un Nixon que intenta recuperar control sobre su imagen pública, combinando seguridad calculada con momentos donde se filtra el desgaste. Michael Sheen, como Frost, arranca como una figura mediática ligera, pero poco a poco se transforma en un entrevistador decidido a obtener respuestas reales. El enfrentamiento se construye desde la palabra con pausas, evasivas y golpes directos. Una cinta clave porque muestra al poder cuando ya no puede imponer su versión, obligado a enfrentarse a sus propios actos frente a una audiencia.
7. JFK (1991) Dir. Oliver Stone
Kevin Costner interpreta al fiscal Jim Garrison, quien decide investigar el asesinato de John F. Kennedy convencido de que la versión oficial no es suficiente. La película sigue su obsesión a medida que conecta piezas sueltas: testigos contradictorios, documentos, intereses políticos. El elenco, con Gary Oldman como Lee Harvey Oswald, así como Joe Pesci y Donald Sutherland en roles clave, construye un entramado donde cada personaje parece esconder algo. Stone mezcla material real con reconstrucción dramática, generando una sensación constante de incertidumbre. Stone desplaza el foco del presidente al sistema, sugiriendo que el poder puede operar en capas maquiavélicas que nunca llegan a verse del todo.
6. Vice (2018) Dir. Adam McKay
Christian Bale interpreta a Dick Cheney como una figura opaca y metódica, alguien que entiende el poder no como exposición, sino como control silencioso desde dentro del sistema. La cinta sigue su ascenso político hasta convertirse en vicepresidente durante la administración de George W. Bush, mostrando cómo logra acumular influencia real en decisiones clave, especialmente en política exterior. Amy Adams, como Lynne Cheney, aporta una presencia firme que refuerza esa ambición compartida, mientras Steve Carell construye a Donald Rumsfeld como mentor cínico. Vice plantea una idea clara: El poder presidencial no siempre está en quien ocupa el cargo, sino en quienes saben cómo manejarlo desde las sombras.
5. Lincoln (2012) Dir. Steven Spielberg
Daniel Day-Lewis interpreta a Abraham Lincoln desde un lugar racional y estratégico, lejos del héroe solemne. La película se centra en el tramo final de la Guerra Civil y en su esfuerzo por aprobar la 13ª Enmienda que aboliría la esclavitud. Sally Field, como Mary Todd Lincoln, aporta tensión emocional desde lo doméstico, mientras Tommy Lee Jones encarna a Thaddeus Stevens con una mezcla de firmeza ideológica y cálculo político. El conflicto no está en el campo de batalla, sino en los pasillos del Congreso, en negociaciones, presiones y acuerdos. La cinta de Spielberg muestra al presidente como un operador político, alguien que entiende que cambiar la historia exige maniobrar, convencer y, a veces, ceder.
4. Fahrenheit 9/11 (2004) Dir. Michael Moore
Michael Moore construye un retrato frontal e incendiario de la presidencia de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre, combinando imágenes de archivo, entrevistas y un montaje diseñado para confrontar directamente al espectador. La película sigue las decisiones de la administración, especialmente en relación con la guerra en Irak, y plantea conexiones entre poder político, intereses económicos y manejo mediático. Bush aparece más como una figura distante que como un líder activo, lo que refuerza la sensación de desconexión frente a las consecuencias de sus acciones. El documental convierte el cine en herramienta de intervención política directa, sin matices ni distancia, apuntando a cuestionar el ejercicio del poder en tiempo real.
3. The Apprentice (2024) Dir. Ali Abbasi
La cinta se centra en los años formativos de Donald Trump en el mundo inmobiliario de Nueva York, mucho antes de su llegada a la presidencia. Sebastian Stan construye a un Trump en proceso, todavía moldeable, mientras Jeremy Strong interpreta a Roy Cohn, el abogado que lo introduce en una lógica de poder basada en la agresividad, la manipulación y la ausencia de límites éticos. La relación entre ambos es el núcleo del relato de mentor y aprendiz en un entorno donde la imagen vale más que la verdad. Más que un retrato biográfico, funciona como un origen del método, mostrando cómo se construye una forma de ejercer el poder que luego escalará al terreno político.
2. All The President’s Men (1976) Dir. Alan J. Pakula
Robert Redford y Dustin Hoffman interpretan a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, quienes comienzan a investigar lo que parecía un robo menor en el complejo Watergate y terminan destapando uno de los mayores escándalos políticos en la historia de Estados Unidos. La película sigue de cerca su proceso con las llamadas telefónicas, las fuentes anónimas (“garganta profunda”), la verificación constante y la presión editorial encarnada por Jason Robards como Ben Bradlee. Nixon nunca aparece como protagonista directo, pero su presencia se siente en cada descubrimiento. Es fundamental porque muestra cómo el poder puede ser expuesto desde fuera, no por grandes gestos, sino por insistencia, método y la acumulación paciente de evidencia.
1. Thirteen Days (2000) Dir. Roger Donaldson
Una reconstrucción de la crisis de los misiles en Cuba desde el interior de la Casa Blanca, siguiendo trece días en los que Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron al borde de una guerra nuclear. Kevin Costner interpreta a Kenny O’Donnell, asesor cercano de John F. Kennedy, funcionando como puente entre el presidente y el aparato político-militar. Bruce Greenwood compone a un Kennedy reflexivo, analítico, obligado a procesar información incompleta mientras enfrenta la presión de sus propios generales, muchos de ellos inclinados hacia una respuesta militar inmediata. Steven Culp, como Robert Kennedy, aporta una voz estratégica que empuja hacia la negociación.
La película se sostiene en discusiones, decisiones y tensiones internas más que en acción directa. Cada reunión es un campo de batalla donde se enfrentan posturas, egos y lecturas del riesgo. No hay certeza, solo escenarios posibles con consecuencias devastadoras. Es fundamental dentro del género político porque muestra el poder en su punto más crítico, cuando gobernar significa elegir entre opciones que pueden cambiar el destino del mundo en cuestión de horas. La Casa Blanca debería reprogramar con urgencia la proyección de esta cinta.
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