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Spotify ha empuñado la inteligencia artificial para crear la lista de reproducción perfecta, personalizar tus recomendaciones musicales y funcionar como un DJ con IA que te habla sobre tus gustos musicales. Ahora, la plataforma de streaming quiere revelar el significado verdadero de tu canción favorita.

Esta última novedad no les agradó a todos. El jueves 16 de julio, la artista ganadora del Grammy, Lorde, acudió a las redes sociales para criticar a Spotify por la función “Acerca de esta canción” y acusar al gigante del streaming de compartir información inexacta, además de extralimitarse en sus derechos artísticos. Según Spotify, la nueva función está en fase beta y genera resúmenes a partir de “fuentes externas para revelar detalles interesantes y momentos detrás de escena.”

En sus historias de Instagram, Lorde compartió una captura de pantalla de la descripción de Spotify AI para su canción ‘Current Affairs’, que decía: “En su Ultrasound World Tour, Lorde convierte a Current Affairs en una performance completo, desnudándose hasta quedarse en ropa interior mientras un bailarín le vierte agua sobre el estómago para que la canción se desarrolle como una escena en la ducha de la que habla en el escenario”.

En la descripción de la publicación, Lorde etiquetó al servicio de streaming. “Hola @spotify, me atrevo a decir que no queremos esto”, escribió Lorde. “No solo es inexacto (no es la canción en la que hice eso), sino que reducir una canción a un significado generado por IA directamente en la fuente limita la libre interpretación en mi opinión. Por lo menos den la opción de que los artistas puedan optar por no participar, por favor.”

Spotify respondió a la publicación del cantautor en un comunicado. “Creamos la sección ‘Acerca de esta canción’ porque los fans quieren conocer las historias detrás de la música. Todavía está en fase beta”, declaró un portavoz de la compañía. “La información proviene de artículos de internet y cuando algo no cuadra actuamos con rapidez para corregirlo, como hicimos en este caso. Nos importa que todo salga bien.”

Las herramientas y la música echas o ajustadas por la inteligencia artificial están provocando cambios trascendentales en la industria. Muchos de los artistas más influyentes del mundo han estado utilizando IA en los estudios, aunque por ahora se hace a puerta cerrada en la mayoría de casos. En marzo, Rolling Stone publicó un informe sobre cómo los productores y compositores han incorporado la IA a sus procesos, denominándolo la “era de la IA en la música, donde no se pregunta ni se reconoce.”

A medida que la IA sigue impactando cada faceta de la industria, tanto artistas como oyentes se enfrentan a cómo está cambiando la forma en que se crea y se consume la música. Para muchos que disfrutan de los matices de una canción y sus infinitas posibilidades, que un bot de IA les quite el misterio a la experiencia resulta adormecedor, sobre todo si no puede proporcionar información precisa.

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Durante casi una década, los seguidores de Soy Luna se negaron a aceptar que la historia había terminado. Conservaron sus canciones, volvieron a recorrer sus episodios y siguieron escribiéndoles a sus protagonistas como si la serie estuviera descansando entre temporadas y no hubiera concluido. La cuarta entrega, según Carolina Kopelioff, existe gracias a esa fidelidad: Una insistencia afectiva capaz de convencer a la industria de que ciertos universos no desaparecen cuando se apagan las cámaras.

Kopelioff vuelve a interpretar a Nina Simonetti, la joven inteligente y tímida que encontró en la escritura una manera de expresar aquello que no se atrevía a decir abiertamente. El personaje fue una de las primeras grandes oportunidades de la actriz y terminó acompañando la infancia de millones de espectadores. Ese reconocimiento, sin embargo, también tuvo un reverso: después de abandonar Disney, Kopelioff debió demostrar que su trabajo podía existir más allá de Nina y que la identidad profesional de una actriz no tiene por qué quedar congelada dentro del papel que la hizo conocida.

La nueva temporada tendrá doce episodios, una estructura mucho más cercana a las series contemporáneas que a las extensas producciones juveniles de sus primeras entregas. Dentro de la ficción han transcurrido cuatro años. Nina conserva aquello que la definía, pero ahora trabaja, ha adquirido experiencia y debe ocupar un mundo que también cambió mientras ella crecía. El regreso no pretende reemplazar la esencia de los personajes por una madurez impostada: busca observar qué queda de ellos cuando la adolescencia ha terminado.

La trayectoria reciente de Kopelioff permite dimensionar esa transformación. Mientras se preparaba para regresar a la luminosidad de Soy Luna, la actriz protagonizó Cautiva, una historia sobre una joven sometida durante catorce años al encierro, la tortura y la privación. Durante el rodaje también interpretó a Nina en La gaviota, de Antón Chéjov, en el Teatro San Martín. Las jornadas la obligaban a pasar de la violencia física y psíquica de la serie a la exigencia de una función teatral, una experiencia que puso a prueba su cuerpo, su voz y su capacidad para sostener dos universos dramáticos cada día.

A ese recorrido se suman Catedrales, adaptación de la novela de Claudia Piñeiro, En el barro para Netflix y una nueva temporada de Máxima para HBO Max. Son trabajos que confirman que Kopelioff no intenta borrar a Nina, sino ampliar el territorio que comenzó a recorrer gracias a ella. 

En esta conversación, la actriz argentina reflexiona sobre la gratitud y el peso de un personaje generacional, los cambios del regreso de Soy Luna, la fortaleza que descubrió durante Cautiva y la madurez necesaria para interpretar aquello que una versión más joven de sí misma todavía no habría podido comprender.

Carolina Kopelioff: Crecer sin despedirse de Nina
Cortesía de Paloma Juanes

Durante años, miles de personas te identificaron como Nina Simonetti. ¿Hubo algún momento en el que esa asociación dejó de ser una ventaja y comenzó a convertirse en una carga?

Creo que hubo distintos momentos. Ahora puedo observar desde otro lugar, especialmente porque vuelve Soy Luna con una cuarta temporada. Siempre ha existido un agradecimiento enorme hacia Disney por haberme dado una de mis primeras oportunidades. Tuve la fortuna de comenzar dentro de una compañía que funciona como una verdadera escuela y de participar en un proyecto con un alcance mundial impresionante.

Trabajé durante cuatro años en la serie y entiendo que el público me asocie con Nina. También me sucede como espectadora: hay actores a quienes relaciono inmediatamente con los personajes que marcaron mi infancia. En ese sentido, lo comprendo y lo agradezco.

Cuando terminó aquella etapa, sí apareció el deseo de emprender otra búsqueda, interpretar otro tipo de personajes y participar en proyectos diferentes. La gente de la industria todavía me relacionaba mucho con Nina y con esa clase de papel. Entonces fue necesario volver a tomar clases, presentarme a audiciones y trabajar para que comenzaran a conocerme de otra manera.

Hubo un momento en el que pensaba: “¿Cuándo van a verme de otra forma?”. Ese proceso puede sentirse pesado, pero requiere mucho trabajo personal y tiempo. Ahora me encanta que las niñas me reconozcan en la calle y me llamen Nina. Significa que el personaje dejó algo en sus vidas. Ha sido una mezcla de ambas cosas: una enorme gratitud y, durante cierto periodo, el deseo de que pudieran verme más allá de ese personaje.

Cortesía de Paloma Juanes

Actualmente, Disney ha estado recuperando varias historias que marcaron a generaciones anteriores. ¿Qué transformaciones encontraremos en esta cuarta temporada de Soy Luna?

Las temporadas anteriores tenían muchísimos episodios. Las dos primeras 80 por entrega y la tercera 60. Esta vez serán 12, así que el tratamiento se acerca mucho más al de las series que vemos actualmente y se aleja de la estructura de una telenovela juvenil o de una tira diaria.

Dentro de la ficción han pasado cuatro años. En la realidad transcurrió más tiempo, por supuesto, pero la historia retoma a los personajes cuatro años después. Para mí, lo más hermoso es que esta temporada se hizo gracias a los seguidores. Llevan diez años apoyándonos. No hay un solo día en el que no reciba algún mensaje relacionado con Soy Luna en mis redes sociales. Creo sinceramente que ellos consiguieron que esto sucediera. Sin ese apoyo, el regreso no habría sido posible.

La serie conserva la esencia de sus personajes. Nina sigue siendo la misma Nina, aunque ahora es mayor, está trabajando, hace aquello que le gusta y ha evolucionado. Sin embargo, sigue siendo reconocible. Eso es lo que más me gusta: la historia no perdió aquello que la definía y creo que es precisamente lo que esperan los seguidores.

También hay personajes nuevos que aportan otro aire y permiten abrir diferentes espacios dentro del universo de Soy Luna. No puedo adelantar demasiado, pero existe una combinación entre aquello que el público recuerda y los nuevos caminos que puede tomar la historia.

Cortesía de TNT

Quisiera hablar de Cautiva. ¿Qué descubriste sobre ti durante ese trabajo que quizá no habrías descubierto interpretando otro personaje?

Descubrí una fortaleza física y psíquica muy grande. Cautiva cuenta una historia de tortura, sacrificio y horror. Como actriz, entrar en el cuerpo de un personaje y habitar ese mundo representa un desafío enorme.

Además, mientras filmaba la serie también estaba interpretando a Nina en La gaviota, de Chéjov, en el Teatro San Martín. Filmaba durante todo el día y luego me iba al teatro a hacer la función. Fueron meses muy exigentes; creo que nunca había estado tan cansada. Sin embargo, ese agotamiento también terminó ayudando al personaje.

Tenía miedo de que mi cuerpo y mi voz no pudieran resistir. En las escenas de tortura y horror utilizaba la voz de una manera muy intensa. En esos momentos no siempre puedes controlar los gritos o aquello que ocurre físicamente, y después debía llegar al teatro y sostener una función completa. Fue una prueba enorme, pero lo conseguí. De alguna manera, yo también sobreviví a esa experiencia.

El personaje atraviesa catorce años de vida. Tuve que estudiar cuidadosamente cómo transcurría el tiempo y cómo podía representar su crecimiento. Entre los 18 y los 32 años una persona cambia muchísimo: pasa de la adolescencia a la adultez. Pero crecer dentro de un encierro es muy diferente a hacerlo en una ciudad, acompañado por otras personas y participando de una vida cotidiana.

El desafío era mostrar cómo alguien se transforma después de tantos años de cautiverio y tortura, cómo cambia su cuerpo y qué sucede dentro de su mente. Realicé un trabajo de estudio muy grande, aunque también tuve el respaldo de un equipo extraordinario. Creo que el resultado es una gran serie.

Cortesía de Disney+

¿La Carolina Kopelioff de 2016 habría podido interpretar a la protagonista de Cautiva?

No, para nada. A veces el tiempo te permite comprender que determinados personajes que querías interpretar cuando eras más joven todavía necesitaban algo que no habías vivido o aprendido.

Ahora tengo 29 años, pero todavía interpreto personajes de 18. El año pasado, por ejemplo, filmé Catedrales, una serie que se estrenará en Amazon. Mi personaje tiene 18 años y atraviesa acontecimientos que transforman su vida hasta conducirla hacia una situación terrible. Puedo aparentar menos edad, pero ahora cuento con una madurez actoral y personal que me permite transitar todo lo que le sucede.

Para interpretar ciertos personajes necesitas haber atravesado experiencias en tu vida y en tu carrera. Debes continuar formándote y crecer como artista. Quizá habría podido intentar hacer Cautiva en 2016, pero creo que el resultado es mucho más interesante ahora.

El regreso de Soy Luna coincide con trabajos mucho más oscuros como Cautiva y Catedrales. ¿Fue una decisión consciente buscar personajes que te exigieran explorar otros territorios?

Creo que Cautiva y Catedrales tienen mucho que ver conmigo y con mi búsqueda personal. Por supuesto, también depende de los proyectos que llegan, pero existe una elección.

Cuando hice la audición para Soy Luna, no soñaba necesariamente con trabajar en Disney. Yo venía del teatro, había estudiado mucho y también tenía una formación cinematográfica. Recuerdo que afronté aquel casting como un juego: si quedaba, sería maravilloso, y si no, mi vida también tenía otras posibilidades. A veces uno llega más liviano a determinados lugares y las cosas suceden. Quedar en la serie fue una sorpresa enorme y terminó siendo lo mejor que podía haberme pasado.

Siempre me interesaron otras clases de producciones, especialmente el cine y determinadas series. Soy Luna fue un regalo gigantesco, llenó mi corazón, me formó como artista y también me ayudó a elegir aquello que ahora deseo hacer.

Cautiva y Catedrales están muy relacionadas con las historias que disfruto como espectadora, las películas y series que me interesan y las actuaciones que admiro. Cuando leí Cautiva, encontré uno de esos personajes que ofrecen una enorme cantidad de posibilidades. Podía investigar, jugar y entrar en un universo tan desconocido como el de un convento de monjas de clausura. Ese tipo de mundos también me atrae como espectadora. Por eso siento que estos proyectos representan aquello que quiero hacer.

Después de haber trabajado en teatro, televisión y cine, ¿encuentras diferencias fundamentales entre la actuación para cada medio?

No creo que sean tan diferentes, aunque existen registros y tratamientos distintos. El teatro exige una presencia particular: la función comienza y continúa sin que nadie pueda detenerla. Para mí representa el mayor desafío.

Creo que todo actor debería pasar por el teatro porque allí se encuentra el origen del oficio. Es un lugar de descubrimiento, crecimiento, ensayo y laboratorio. También permite trabajar profundamente con el cuerpo.

En el cine y las series, la experiencia depende mucho del director, de las posibilidades que ofrece el proyecto y de lo que puede suceder inesperadamente durante el rodaje. Algunas veces llegas y haces una escena de una manera más automatizada porque también es un trabajo y eso forma parte del oficio. Pero hay directores que prefieren investigar durante el rodaje. Entonces vuelves a casa pensando: “Creí que iba a hacer la escena de una forma y terminó saliendo de otra”. Esas sorpresas me encantan.

Yo intento entregarme por completo en todos los medios. Evidentemente, la cámara es una presencia más dentro de la escena, de la misma manera en que el público lo es en el teatro. En el cine se puede trabajar desde un lugar más pequeño y no necesitas proyectar la voz porque tienes un micrófono cerca. Existen esas diferencias técnicas, pero la presencia y el trabajo actoral nacen del mismo lugar.

Además del regreso de Soy Luna, Cautiva, Catedrales y tu trabajo en teatro. ¿Qué otros proyectos puedes adelantarnos?

Este año también se estrenó En el barro. Además, habrá otra temporada de Máxima. Por ahora, esos son los proyectos que puedo mencionar. Espero que lleguen muchas cosas más. Creo que así será.

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En la industria musical es usual que los y las artistas debuten con un álbum autotitulado ya que ese primer trabajo será su carta de presentación ante el mundo, una colección de canciones que explica quiénes son en diferentes dimensiones y que busca conectar con un público inicial a la espera de que este continúe creciendo. Pipiolas invirtió los pasos pues, luego de debutar en 2023 con No hay un Dios, firmó su segundo LP con nombre propio. Esta decisión tenía mucho más sentido para Paula Reyes y Adriana Ubani —las dos mitades que conforman al grupo— ya que su primer disco se fue construyendo sobre la marcha con cosas que “se necesitaron decir” y por esa misma razón terminó siendo una especie de recopilación de su música hasta ese momento. Por el contrario, y a pesar de su eclecticismo, Pipiolas se pensó desde el inicio como un todo.

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“Este es un disco en el que nos reafirmamos y por eso lo denominamos con nuestro nombre”, explica Paula. “No nos hace debutar, pero sí nos hace contestar a preguntas de qué queremos hacer y qué queremos decir y, también, un poco contestarnos a quiénes queremos ser a partir de ahora”. Ella, al ser la compositora del dúo, se enfrentó a un síndrome del impostor que le requirió darse espacio para encontrarse a sí misma y volver a sentirse conforme con una canción. El proceso se basó en la conversación y la comprensión entre ambas artistas, quienes entendieron que la música que hacen requiere de mimo y no prisa. “Estamos tan acostumbrados a que vivimos en el mundo de la inmediatez que, realmente, tres años para componer un disco no es tanto”, afirma Adriana, haciendo referencia al período que hay entre sus dos trabajos.

Volviendo al eclecticismo, esta es una cualidad que ha caracterizado a Pipiolas desde sus inicios, encontrándose en su catálogo piezas que exploran los distintos nombres y apellidos que puede llevar el pop: “synth-”, “electro-”, “indie-“, “-rock”, “balada-” y más. Este atributo continúa teniendo presencia en su segundo LP, reafirmándose como una constante más no una variable en su proyecto artístico: “Me calma que con este disco ya se ha asentado un poco la sensación de que somos eclécticas, pero no somos ni disonantes ni incongruentes. Esto es muy importante porque sí que es muy nuestra personalidad”, opina Paula. Pero sí hay una diferencia importante, y es que esta vez ambas se propusieron hacer un álbum desde cero, con un concepto bien estructurado que no dejara cabos sueltos.

Pipiolas es un disco que, de tener que describirlo en una sola palabra, esa sería “teatral” y esto corresponde a las bases que tienen Adriana y Paula. Las dos se conocieron cuando cursaban Interpretación en la RESAD, de modo que este lado actoral es intrínseco del grupo y en su nuevo disco se manifiesta en detalles como la intro ‘My Favorite Things’, el guiño a Pearl de Ti West en ‘soy una estrella!!!’ o el melodrama de ‘ay, querida’. Pero esto no se queda en la música, sino también en todo lo que constituye la parte estética. La portada del LP es un retrato de las versiones caricaturizadas de las artistas, solo que no es una ilustración sino una fotografía en la que posan con unas máscaras inspiradas en Los Guiñoles y elaboradas por el equipo de la escultora Sarai Nuñez Mellina. Y si hablamos de sus visuales, estas son una fantasía que une lo camp con lo kitsch; todo un deleite para quienes aún creen que el videoclip no es un arte en decadencia.

“Me gusta pensar que, sobre todo en directo, hacemos pop dramático en el sentido de pop teatral”, comenta Adriana al preguntarles qué es lo que más disfrutan de incluir este tipo de guiños en lo que hacen. Se les da natural, no tienen necesidad de forzarlo, y eso se nota. También existe en ellas una necesidad de tratar al oyente como quieren que este las trate y esto significa asumirle como alguien inteligente que practica la escucha activa de la música. “Se dejan mensajes, se dejan perlas, se dejan referencias”, profundiza Paula, y aunque aclara que tampoco es tan complicado y que no entenderles también es válido, reconoce que hay cierta intimidad en establecer una conversación con quienes ven más allá de la superficie.

Tanto Paula como Adriana han declarado en varias ocasiones que les agrada que la gente que escucha sus canciones les dé su propio significado, y por eso su invitación es a descubrir las capas que pueden conformar sus canciones. El énfasis va en el “pueden” porque, por ejemplo, un tema como ‘Mi amiga’ puede interpretarse como una promesa de incondicionalidad o una declaración de amor. O cualquier otra cosa, no importa. “Lo interesante de que haya tantas capas es que cada uno se puede quedar con la que le guste o con la que le resuene en ese momento”, apunta Adriana. “Lo maravilloso es poner algo fuera para el mundo y que luego ya cada uno haga con ello lo que quiera”.

Otra de las canciones a las que el público y los medios han dotado de nuevos significados es ‘No tocar’, un tema de pop rabioso en la que las Pipiolas cantan sobre los hombres aprovechados. “Varios hombres me siguen y piden que si pueden entrar en mi casa/Esos hombres, todos, compraban palabras/Las usaban y luego me dominaban”, canta Adriana en su verso. Paula la escribió pensando en quienes se te acercan sin buenas intenciones y buscando algo a cambio, pero, en últimas, sí termina tratando temas de violencia basada en género pues el engaño vicia el consentimiento.

Y así sucede con cada una de las canciones en Pipiolas: en un momento crees que la tonada upbeat que estás escuchando te subirá el ánimo hasta que caes en cuenta de que te están recitando una carta de suicidio (‘Hasta donde se pudo’), y en otro tu búsqueda de validación y autoindulgencia resulta en una cachetada en contra de la idealización (‘Ahora que…’).

En el álbum se percibe un aura generalizada de tristeza y melancolía, sin abandonar el sarcasmo y la ironía, pero hay algo distinto en ese final con ‘Feria Cañete’. Esa última canción es el agradecimiento que siente Paula por su círculo cercano y por el momento vital en el que se encuentra, uno donde se siente más en paz que feliz porque la felicidad, considera, es relativa. “Yo creo que siempre he tenido un alma triste, es así. Pero [he escrito las canciones] desde otro lado totalmente, desde una calma y una aceptación de cosas con las que estoy en paz. Como más el aquí y el ahora”, sostiene.

Déjate sorprender por el pop teatral de Pipiolas
JP Bonino

Pipiolas es introspectivo y entretenido, pero a su vez tiene un sentido feminista que el dúo ha llevado más allá del arte. Antes del cierre cálido con ‘Feria Cañete’ suena ‘Menores’, un tema que aborda cómo los hombres que agreden a las mujeres no reciben ningún tipo de castigo dentro de la industria musical. Adriana comenta que ellos continúan encabezando carteles de festivales o conservando posiciones de poder pues pareciera como si su música y shows pesaran más que las violencias que ejercen. Por eso, ellas decidieron ceder los derechos de la canción a la Asociación de Mujeres de la Industria de la Música que trabaja por impulsar un ecosistema más justo con las mujeres en el medio. “Hace un tiempo hablamos sobre una verdad y se nos amenazó por ello. Nos la sudó lo más grande. Hicimos una canción”, escribió la agrupación al momento de anunciar la alianza. “La música debe ser el lugar de libertad común, no el utensilio para el poder y el abuso. Mujeres del mundo… a pasos y a mordiscos se abrirá el hueco a la igualdad”.

El respeto por el arte, el ansia por no conformarse y el espíritu rebelde que no calla hacen de Pipiolas un faro que ilumina cuando todo parece oscuro.

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Hay una cosa que conviene tener clara antes de escuchar a Muñeca Rusa: la banda originaria de Gijón, Asturias, no parece interesada en escribir canciones para complacer a nadie. Y, curiosamente, ese termina siendo el punto final de nuestra conversación. En un momento en el que gran parte de la industria musical parece adorar las apariencias, agradar y cumplir para sobrevivir en el intenso mundo de las redes sociales, el grupo decidió hacer completamente lo opuesto: debutar con un álbum pensado para escucharse completo, en calma, de principio a fin.

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Año soviético no es un LP que busque dar respuestas. Más bien, es todo lo contrario. Es un retrato –y cuestionamiento– de una generación, y también sociedad, que convive con la ansiedad, la frustración, el desencanto y un toque de decadencia. Quizá sea por eso que sorprenda el hecho de que, después de un recorrido marcado por la crítica y el sarcasmo, el álbum termine con una de las canciones más íntimas que ha escrito la banda. ‘El día que vi llover’ cierra el disco desde un lugar completamente distinto. “Es probablemente nuestra forma más vulnerable de hacer canciones”, explica Andrey Fomchenko, vocalista y principal compositor del grupo. “Durante todo el disco hay mucha crítica social y una mirada muy generacional, muchas veces desde el humor, pero aquí dejamos que los sentimientos respiren”.

La elección no fue casual. Mientras la mayoría de las canciones retratan una sociedad acelerada, obsesionada con la productividad y las apariencias, el cierre invita justamente a detenerse. “Tiene algo muy del norte”, continúa. “Una sensación fría, lluviosa, de esas que parecen calarte hasta los huesos. Pero también termina con una coda muy esperanzadora. Después de la lluvia también sale el sol. Para nosotros era una forma de dejar una puerta abierta a todo lo que viene después”.

Verónica Gutiérrez coincide en que era el desenlace natural para un disco construido sobre contrastes. “Es una de las canciones con mayor carga emocional del álbum. Después de pasar por tantos momentos de rabia, ironía o crítica, nos parecía bonito terminar desde un lugar mucho más nostálgico”. Ese tipo de contrastes son los que se experimentan en Año soviético. Aunque el disco habla constantemente del desencanto, nunca pierde el sentido del humor. “Hay que reírse de las desgracias”, dice Andrey entre risas. “Es la mejor forma de afrontarlas”.

Lejos de construir un discurso pesimista, Muñeca Rusa parece más interesada en plantear preguntas que en ofrecer soluciones. Canciones como ‘El club de los hipócritas’, ‘SHOCK’ o ‘MASIVO’ cuestionan una generación atrapada entre la necesidad de pertenecer y el miedo permanente a no ser suficiente. Eso sí, evitando cualquier tono moralista. “No somos una banda panfletaria ni pretendemos escribir un programa electoral”, aclara Andrey. “Simplemente escribimos desde el lugar en el que vivimos”.

Ese compromiso con la honestidad terminó convirtiéndose, casi sin proponérselo, en el verdadero concepto del disco. A lo largo de la conversación surge una idea de manera recurrente: la vulnerabilidad. Porque escribir y abrir su universo también implica aceptar cierta incomodidad. “Si una canción te hace dudar antes de publicarla, probablemente significa que vas por el buen camino”, reflexiona Andrey. “Crear tiene que incomodar un poco. Si incluso a ti mismo te provoca esa sensación de pensar ‘igual nos estamos pasando’, seguramente también despertará algo en quien la escuche”. Hace una pausa antes de rematar la idea que, quizá, resume mejor la filosofía de Muñeca Rusa: “Una canción tiene que hacerte sentir algo, aunque sea rechazo”.

La decisión de publicar un álbum completo nunca estuvo en duda. Aunque durante meses fueron liberando sencillos, Muñeca Rusa siempre supo que esas canciones terminarían formando parte de una obra mucho más grande. “Somos bastante románticos”, reconoce Andrey. “Hoy todo parece girar alrededor de los proyectos en solitario y de las canciones pensadas para funcionar por separado. Nosotros seguimos creyendo en la banda y en el disco como una experiencia completa”.

Y, aunque Muñeca Rusa no suele escribir canciones sobre el amor, sí es el amor por la música el que guía su forma de crear y entender el oficio. Los integrantes defienden la idea de detenerse a escuchar un disco con calma, recorrerlo, comprenderlo y vivirlo de principio a fin, sin prisas. “Es verdad que publicamos muchos sencillos porque es la manera más realista de mantener vivo un proyecto y hacer que las canciones lleguen a la gente”, explica. “Pero el objetivo siempre fue hacer un LP. Nos gusta pensar en el recorrido completo, en cómo una canción conversa con la siguiente y en el universo que se construye entre todas”.

Artistas que debes conocer: Muñeca Rusa
Ana-María Constantin

Ese cuidado se percibe desde los primeros segundos del disco. La introducción funciona como una puerta de entrada al universo de Año soviético. Para la banda, era importante que el oyente entendiera desde el inicio el lugar desde el que estaban hablando. “Siempre vimos la introducción y ‘El club de los hipócritas’ como una misma pieza”, explica Andrey. “Es una carta de presentación. No resume todo el disco porque hay muchos temas distintos, pero sí sitúa al oyente dentro de la realidad que queríamos retratar”.

Sin embargo, y aunque el inicio del disco parece un tanto pesimista, Muñeca Rusa no cae en ese discurso. La ironía aparece una y otra vez como una herramienta para sobrevivir. “Las canciones más directas son precisamente las que abordamos con más humor”, dice el vocalista. “Al final hay que reírse de las desgracias. Es la mejor forma de enfrentarlas”.

La conversación deriva, casi de forma inevitable, hacia la manera en que hoy consumimos música. Todos coinciden en que el acceso ilimitado a millones de canciones ha cambiado nuestra relación con los discos. “Es una contradicción”, reflexiona Andrey. “Por un lado es maravilloso tener tanta música al alcance de la mano. Pero, precisamente por eso, muchas veces dejamos de dedicarle el tiempo y el cariño que merece una escucha de verdad”.

Recuerda cuando, siendo niño, compraba un CD y pasaba semanas enteras escuchándolo. No había prisa por pasar a la siguiente novedad. El disco se convertía en un pequeño universo que se iba revelando poco a poco. “Lo escuchabas una y otra vez hasta descubrir todos los detalles. Hoy esa forma de escuchar se está perdiendo, a no ser que hagas el esfuerzo consciente de parar”.

El batería Samuel Pocero coincide con su compañero. Para él, esa reivindicación también forma parte de la identidad de la banda: “Nos gusta pensar que todavía existe ese momento de llegar a casa, poner un disco y dedicarle una hora entera. Hoy recibimos tanta información que casi tenemos que pelear para que la gente vuelva a escuchar un álbum completo, de principio a fin”.

Esa defensa del formato físico nace del mismo lugar. Año soviético fue editado en CD y vinilo porque, para ellos, un disco no termina de existir hasta que puede sostenerse entre las manos. “Hay algo muy especial en eso”, dice Andrey. “Escuchamos muchísimos álbumes y seguimos creyendo que esa es nuestra forma favorita de consumir música”.

Paradójicamente, esa forma casi artesanal de concebir la música convive con letras que retratan un presente dominado por la inmediatez. Canciones como ‘El club de los hipócritas’, ‘Qué pasaría’ o ‘Vivir esperando’ cuestionan a una generación que vive pendiente del siguiente paso, como si la felicidad estuviera siempre un poco más adelante.

“‘Vivir esperando’ nace un poco de esa idea”, explica Andrey. “Muchas personas pasan la vida esperando a que ocurra algo que cambie todo. Nosotros preferimos pensar que eres tú quien tiene que dar los pasos. Las cosas pueden salir bien o mal, pero mientras tanto no puedes olvidarte de vivir el presente”.

Es una idea que aparece varias veces durante la conversación: el proceso importa tanto como el resultado. Quizá por eso la banda insiste en no obsesionarse con las cifras, las reproducciones o las expectativas. “Entendimos que es imposible gustarle a todo el mundo”, reconoce Andrey. “Siempre habrá quien conecte con lo que haces y quien no. Así que pensamos: si eso va a pasar de todas formas, ¿por qué no decir exactamente lo que queremos decir?”.

La reflexión desemboca, casi sin darse cuenta, en uno de los momentos más sinceros de la charla. Hablan de autocensura, de ese instante en el que una canción parece demasiado incómoda para publicarse. Y lejos de verlo como algo que se deba cambiar o que pueda ser preocupante, Muñeca Rusa lo interpreta como una buena señal. “Si una canción te hace dudar, probablemente significa que vas por el buen camino”, dice Andrey. “Crear tiene que ser un poco incómodo. Si incluso a ti mismo te provoca cierta inquietud, es muy probable que también provoque algo en quien la escuche”. Hace una pausa y sonríe. “Lo peor que le puede pasar a una canción es no generar absolutamente nada”.

Ana-María Constantin

Si Año soviético habla de una generación que vive entre el ruido y la incertidumbre, también está construido sobre referencias culturales que amplían ese universo. Algunas aparecen de forma evidente, como el fragmento de Trainspotting que abre paso a ‘Vivir esperando’. Para la banda, no se trata únicamente de un guiño cinéfilo, sino de un recurso narrativo que ayuda a situar emocionalmente al oyente. “Los personajes de Trainspotting viven marcados por el desencanto, la frustración y una cierta miseria social”, explica Andrey. “Ese universo conectaba muy bien con lo que queríamos contar. Al final, escribir canciones también consiste en construir imágenes, y ese fragmento ayudaba a crear ese ambiente un poco hostil que necesitaba la canción”. Aunque reconoce que las circunstancias son distintas a las de la novela de Irvine Welsh o la película de Danny Boyle, cree que muchas de aquellas emociones siguen siendo sorprendentemente actuales. “Ese sentimiento de desencanto continúa existiendo. Han pasado varias décadas, pero sigue siendo muy fácil reconocerse en él”.

La referencia también dialoga con el célebre monólogo de “Choose life, convertido en uno de los momentos más recordados del cine contemporáneo. Para Muñeca Rusa, esa idea funciona casi como el reverso de ‘Vivir esperando’. “No te pases la vida esperando a que las cosas ocurran. Elige una vida. Toma decisiones”, resume Andrey. “Tampoco somos una banda panfletaria ni pretendemos decirle a nadie cómo vivir, pero sí creo que nuestras canciones dejan bastante claro desde dónde miramos el mundo”.

Esa honestidad también explica por qué el grupo nunca ha tenido demasiado interés en suavizar sus letras para resultar más accesible. “Vivimos en una época en la que parece que todo tiene que gustarle a todo el mundo”, reflexiona. “Y cuando intentas agradar a todos, acabas haciendo canciones que no provocan absolutamente nada”. Hace una pausa antes de resumir, casi sin proponérselo, la filosofía de Muñeca Rusa: “Una canción tiene que hacerte sentir algo, aunque sea rechazo”.

Detrás de ese compromiso con las canciones también hay una educación musical ligada al formato que tanto defienden. Cuando les pregunto qué disco les hizo querer dedicarse a la música, la respuesta no llega de inmediato. Hablan entre ellos, dudan y se ríen antes de empezar a construir una lista que explica buena parte del ADN de Muñeca Rusa.

Andrey recuerda dos álbumes que marcaron su infancia. El primero fue el directo de Radio Futura, un disco que sonaba constantemente en el coche junto a su padre y que, años después, sigue considerando uno de los mejores álbumes en vivo grabados en España. “Lo tengo en vinilo completamente gastado de tanto escucharlo”, cuenta. “Recuerdo que de pequeño me impresionaba muchísimo esa energía. Era una sensación muy física, como si las guitarras te pasaran por encima.”

El otro llegó poco después: Nevermind, de Nirvana. “Fue de los primeros discos que compré con mi propio dinero. Lo escuché tantísimas veces que ya ni debe sonar. Ahí pensé por primera vez: ‘Yo quiero tener una banda’.”

La teclista Verónica Gutiérrez encuentra ese mismo punto de inflexión en OK Computer, de Radiohead, un álbum que despertó su interés por los sintetizadores y por otra forma de entender el rock. Samuel, en cambio, creció viendo a su padre sobre los escenarios, una experiencia que convirtió la música en algo cotidiano desde la infancia. Si tuviera que elegir dos discos, se queda con Meteora, de Linkin Park, y By the Way, de Red Hot Chili Peppers.

Las influencias, sin embargo, no terminan ahí. Los tres hablan con orgullo de la escena asturiana y de grupos como Australian Blonde, Manta Ray o Ilegales, nombres que consideran fundamentales para entender la identidad musical de Gijón. Del otro lado del Atlántico aparecen también Soda Stereo, Caifanes, Dillom o Ca7riel & Paco Amoroso, artistas que siguen formando parte de sus escuchas habituales y que demuestran que el mapa sonoro de la banda es mucho más amplio de lo que sugieren las etiquetas.

Ana-María Constantin

Esa mezcla de referencias termina encontrando sentido sobre el escenario, el lugar donde Muñeca Rusa siente que las canciones completan su recorrido. Después de meses organizando ensayos entre Asturias y Madrid, encajando calendarios imposibles y aprovechando cada fin de semana para seguir construyendo el proyecto, el directo aparece como la recompensa a todo ese esfuerzo.

“Queremos que la gente venga a vernos y salga con ganas de repetir”, explica Samuel. “Le damos muchísima importancia a los conciertos. Estamos preparando los próximos shows para que sean muy potentes y para que quien esté delante sienta que nosotros nos lo estamos pasando igual de bien.”

Para Andrey, esa experiencia también es una forma de reivindicar el significado de una banda en un momento en el que la tecnología ocupa cada vez más espacio sobre los escenarios. “Somos cinco personas haciendo música para otras personas”, dice con convicción. “Todo lo que suena lo estamos interpretando nosotros. No hay trampa ni cartón. Da igual que haya cinco personas delante o quinientas. Lo importante es que exista esa conexión”.

Quizá esa sea, también, la mejor forma de entender Año soviético. El álbum es la carta de presentación de cinco músicos que todavía creen en reunirse para tocar, discutir canciones, escuchar discos completos y construir algo que solo tiene sentido cuando ocurre entre varias personas.

Muñeca Rusa prefiere mostrarse sin tapujos: inquietos, desafiantes, pero, sobre todo, honestos. Sus canciones buscan incomodar, emocionar o incluso provocar rechazo, pero nunca dejar indiferente a quien las escucha. Y, quizá, esa sea la propuesta más revolucionaria de todas.

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Una nueva generación de Vengadores se reúne en el tráiler oficial de Avengers: Doomsday, el próximo filme de Marvel que llegará a los cines en diciembre.

El nuevo clip ofrece una mirada más profunda hacia la película, la cual enseñará cómo los distintos héroes del multiverso se unen para enfrentar al super villano Doctor Doom, quien será interpretado por Robert Downey Jr. El actor regresará al Universo Cinematográfico de Marvel (MCU) luego de haber encarnado a Tony Stark/Iron Man, aunque el avance no muestra mucho de su esperado regreso.

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Lo que sí se muestra es una charla motivacional del Thor de Chris Hemsworth mientras intenta juntar a los X-Men, a los wakandianos, a los Cuatro Fantásticos, a los miembros sobrevivientes de los Vengadores y a los novatos de los Thunderbolts. “Dejen de lado sus discusiones triviales y no den nada por sentado, excepto esto: Si ustedes regresan, lo harán como hermanas y hermanos. Pero recuerden que hará falta un milagro”, dice el superhéroe asgardiano.

A pesar de que el tráiler no comparte ni un poco de la gran batalla final entre Thor y Doctor Doom, el clip sí incluye un momento —quizás— más anhelado: la reunión entre Thor y Steve Rogers (Chris Evans), quien alguna vez fue el Capitán América y el líder de los Vengadores.

Como era de esperarse, Avengers: Doomsday contará con un reparto repleto de actores de las distintas películas y series televisivas de Marvel. Al lado de Downey Jr., Hemsworth y Evan estarán Pedro Pascal, Florence Pugh, Paul Rudd, Anthony Mackie, Channing Tatum, Simu Liu, Letitia Wright, Sebastian Stan, Vanessa Kirby y James Marsden. Patrick Stewart e Ian McKellen llegarán para encarnar sus papeles de la saga de X-Men, el Profesor X y Magneto, respectivamente.

Anthony y Joe Russo regresarán a la dirección luego de haber estado al frente de las últimas dos entregas de la saga, Infinity War (2018) y Endgame (2019). El dúo también estará a cargo de la secuela de Doomsday, Avengers: Secret Wars, que se estrenará en diciembre de 2027.

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Victor Internet ha optado por un camino distinto: construir una identidad propia sin atajos. Desde sus primeros lanzamientos, el músico, compositor y productor originario de Chicago ha desarrollado una propuesta profundamente personal, moldeada desde la intimidad de su habitación en el South Side de la ciudad, donde comenzó a escribir, grabar y producir sus canciones siendo apenas un adolescente. Esa filosofía de hacerlo todo por cuenta propia terminó convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas, permitiéndole desarrollar un sonido que escapa de las etiquetas y que ha encontrado eco tanto en la crítica especializada como en una audiencia internacional.

Su música se mueve con naturalidad entre el indie, el bedroom pop y la experimentación, pero más allá de cualquier clasificación, lo que distingue a Victor Internet es su capacidad para convertir emociones cotidianas en canciones de gran sensibilidad. La nostalgia, el deseo, la pérdida y la incertidumbre aparecen constantemente en sus composiciones, envueltas en producciones minimalistas y melodías que privilegian la honestidad sobre el artificio. No es casualidad que publicaciones como PAPER, Interview Magazine y Remezcla hayan seguido de cerca su evolución, destacando la intensidad emocional de un catálogo que no ha dejado de crecer con cada lanzamiento.

Ahora, Victor presenta ‘Sin Ti’, un sencillo que representa uno de los momentos más importantes de su carrera hasta la fecha. Se trata de la primera canción completamente interpretada en español que publica de manera oficial, una decisión que no responde únicamente a un cambio de idioma, sino a una necesidad de ampliar el universo creativo que ha construido durante los últimos años. El tema se convierte así en una forma de acercarse a sus raíces, explorar nuevas posibilidades narrativas y conectar con una audiencia cada vez más amplia sin abandonar la esencia que ha definido su proyecto desde el principio.

La canción también sirve como puerta de entrada a Glitter Pop, el próximo trabajo discográfico del artista, un proyecto concebido alrededor de la memoria, el crecimiento personal y las emociones que acompañan el paso del tiempo. En lugar de reinventarse por completo, Victor Internet parece haber encontrado una evolución natural de su propuesta, incorporando nuevas texturas y matices mientras conserva el carácter introspectivo que lo ha convertido en una de las voces más interesantes surgidas de la escena independiente estadounidense.

El lanzamiento llega pocos meses después de ‘Rest Of Your Life’, sencillo con el que comenzó a delinear esta nueva etapa artística. Si aquella canción funcionaba como una declaración de intenciones, ‘Sin Ti’ termina de consolidar un momento creativo marcado por la apertura y la búsqueda. El español aparece aquí como una herramienta expresiva más, no como una estrategia comercial, reforzando una identidad artística que siempre ha estado en constante movimiento.

En un panorama donde cada vez resulta más difícil encontrar artistas que prioricen la construcción de una obra antes que la inmediatez del algoritmo, Victor Internet destaca precisamente por esa paciencia. Su carrera ha crecido paso a paso, impulsada por una visión clara y una sensibilidad poco común para transformar experiencias personales en canciones capaces de conectar con cualquiera que alguna vez haya sentido nostalgia, incertidumbre o la necesidad de empezar de nuevo. ‘Sin Ti’ no solo inaugura una nueva etapa; también confirma que Victor Internet es un artista que vale la pena seguir de cerca.

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Liverpool’s Magical Mystery Tour has long been one of the city’s most in-demand tourist attractions, with fans of The Beatles taken on a city-wide excursion to key locations in the Fab Four’s story. Now it comes with added star power: Sir Paul McCartney himself.

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The band’s bassist made an unexpected cameo on a daily tour yesterday (July 20) when guests on the Magical Mystery bus spotted him at a set of traffic lights. After waving to fans in the serendipitous moment, they then received an added bonus when, after waving to fans, McCartney showed them that he was currently on a Facetime call with former bandmate Ringo Starr.

Speaking to the BBC, driver and tour guide Neal Morton said “it was surreal” to spot the musician while on the tour of the city.

“I had pulled up at the traffic lights on Hope Street when who should I see – Sir Paul with Ringo on Facetime”, he said. “He waved to us, and everybody took photos. The passengers could not believe it.”

McCartney was in town ahead of a presentation to actor Stephen Graham (Adolescence, The Irishman) with a companionship of the Liverpool Institute for Performing Arts (LIPA); McCartney is a co-founder of the school and often attends graduation ceremonies for students.

The unofficial tour, named after their 1967 LP, is a two-hour visit to the city’s locations that played a part in the band’s stories, visiting their childhood homes, Strawberry Fields, Penny Lane, and finishing at the Cavern Club, where the group played early shows.

It’s the latest team-up between McCartney and Starr after the pair duetted for the first time on the former’s latest album The Boys of Dungeon Lane, released in May.

Every man knows that the surest way to a woman’s heart is through … hyaluronic acid? Well, that’s the pitch A$AP Rocky uses in a new ad for his line of Fenty Beauty skin products in which he co-stars with company founder and his longtime partner, Rihanna.

The minute-long FentySkin spot posted on Rih’s Instagram on Monday (July 20), is titled “DON’T BE DUMB, USE @fentyskin,” borrowing its name from A$AP’s fourth studio album, Don’t Be Dumb, which dropped in January. In it, the rapper and sometime actor takes on the role of a subway-style hawker, busting into a beauty salon with his loud and proud pitch.

“Ladies, ladies, can I have your attention please,” he says as he opens up his overcoat to reveal rows and rows of high-end beauty products lining the inside of the jacket. “I ain’t sellin’ no gel, I ain’t sellin’ no grease,” he adds as Rihanna sits up at attention and dips her tinted shades down to get a look at the handsome huckster.

Smoothly dropping the product-laden garment to the group, A$AP announces that there’s a new sheriff in town, and he’s showing himself around. That confidence allows him to approach a clearly unimpressed RihRih, asking for two minutes of her time to sell her on his elixirs. “You got two seconds,” she says tersely.

A$AP, his hair pulled up on top with pink oversized curlers, tries to sell her on a daily moisturizer cream, mansplaining what SPF stands for along the way. “Don’t be dumb, you gotta use SPF,” he says smoothly, tipping some out to show off its qualities as Rihanna twists the curler-shaped bottle in her hands and coos, “I kinda like that,” after finding out its invisible on all skin tones.

The rapper tries to sell her on a lip balm as well, which comes with a keychain carrying case he personally designed. His pitch clearly lands, as Rihanna says “I’ll take all of it” at the end, adding in a cha-ching wink to close the deal. Check out other items in the A$AP Rocky x Fenty Skin line here.

Rocky will take his Don’t Be Dumb tour overseas next month, beginning with an Aug. 25 date at ING Arena in Brussels, Belgium.


An Unimpressed Rihanna Gives A$AP Rocky Two Seconds to Make His Subway Pitch on Skin Care