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Tras semanas de pistas, easter eggs  y una transición estética milimétricamente calculada, Olivia Rodrigo confirmó el lanzamiento de You Seem Pretty Sad for a Girl So in Love, su tercer álbum de estudio, que verá la luz el 12 de junio.

El anuncio no solo marca su regreso tras el Guts World Tour, sino también el inicio de una nueva etapa: una que se aleja de la frontalidad emocional de sus primeros trabajos para adentrarse en un terreno más ambiguo, donde el amor aparece como una experiencia inestable.

Si SOUR (2021) y GUTS (2023) funcionaban como explosiones viscerales e inmediatas, este nuevo proyecto parece responder a otra lógica, al perfilarse como una exploración más madura, introspectiva y, en apariencia, más romántica.

El giro comienza desde lo visual. El púrpura, que durante años encapsuló su identidad, desaparece casi por completo. En su lugar, emerge una paleta rosada que, lejos de suavizar el discurso, lo vuelve más inquietante.

Cambios de color en el fondo de su sitio web y en su logo “OR”, un mural en Los Ángeles y un candado encontrado en Londres con la palabra “April” en su interior fueron interpretados como adelantos del lanzamiento.

Asimismo, aunque Rodrigo aún no ha revelado el significado detrás de la portada, sus fans más atentos han señalado notables similitudes entre la obra El columpio, de Jean-Honoré Fragonard y la estética del álbum.

Este desplazamiento cromático dialoga directamente con el contenido del álbum. En una entrevista con British Vogue en marzo de 2026, Rodrigo confirmó lo que sus fans ya intuían: se trata de canciones de amor, pero específicamente sobre la obsesión y la ansiedad que este provoca, así como la depresión que aparece cuando la persona amada ya no está.

Más adelante, en un intercambio por correo electrónico, las definió como “canciones de amor tristes”. “Me di cuenta de que mis canciones románticas favoritas eran hermosas precisamente porque contenían un matiz de miedo o de anhelo”, escribió.

El columpio de Jean-Honoré Fragonard (1767).

El reportaje también adelantó que la artista ha estado explorando sonidos más cercanos al dance y a lo orquestal, especialmente en la última pista del álbum. Rodrigo describió esa canción como una representación de “lo que se siente estar enamorada”.

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En las últimas semanas, varios nombres femeninos de la industria musical internacional han quedado en el centro de polémicas que los medios y las redes se han encargado de amplificar hasta el cansancio. Por un lado, en un caso que ya fue desmentido, la cantante estadounidense Chappell Roan fue señalada por el futbolista Jorginho de haber maltratado a su hija tras, presuntamente, enviar a un miembro de seguridad a intimidarla tanto a ella como a su esposa, Catherine Harding. Por otro lado, la escena argentina se ha visto sacudida por un conflicto creciente que involucra a Emilia Mernes, Tini Stoessel y María Becerra. Sin entrar en el detalle del chisme semanal, en pocas palabras, el asunto pasa por unfollows, acusaciones cruzadas y versiones no confirmadas: desde supuestos intentos de sabotaje de conciertos hasta señalamientos por apropiación de equipos creativos y conceptos artísticos. Más ruido que certezas, pero suficiente para alimentar la indignación de los fans.

En un plano quizás menos explosivo, pero igualmente significativo, también aparecieron Zara Larsson y Sabrina Carpenter. La primera perdió un contrato millonario tras una broma sobre el aborto; la segunda volvió al centro de la discusión —a raíz de su gira por Sudamérica— por algunas de sus letras en las que se refería a los hombres inmaduros como “inútiles”.

Si uno se detiene a mirar estas polémicas en conjunto, aparecen dos constantes. La primera es la tendencia de medios y redes a inflar cualquier episodio medianamente controversial hasta convertirlo en escándalo. La segunda, más reveladora, es que todas las protagonistas son mujeres. Eso, lejos de ser una coincidencia, dice bastante sobre cómo opera la industria musical y, en general, la cultura que la rodea.

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Lo interesante no es tanto la acumulación de casos, sino la lógica que los conecta. Como han señalado teóricas como Rosalind Gill y Angela McRobbie, la cultura contemporánea opera bajo una especie de contradicción permanente donde a pesar de que nunca antes las mujeres habían tenido tanta visibilidad ni tantas herramientas para construir su propia imagen pública, tampoco habían estado tan expuestas a una vigilancia constante sobre cómo se comportan.

Desde esta perspectiva, no se trata simplemente de que “se critique más” a las artistas mujeres, sino de que existe un marco previo que condiciona cómo se interpretan sus acciones. Gill lo plantea en términos de una sensibilidad postfeminista, donde la libertad y el empoderamiento son valores centrales, pero vienen acompañados de una exigencia implícita de autocontrol. Las artistas pueden ser auténticas, disruptivas o incluso provocadoras, siempre y cuando no crucen ciertos límites invisibles. Cuando lo hacen, la reacción no es proporcional al hecho, sino al quiebre de esa expectativa.

McRobbie, por su parte, sugiere que esta dinámica responde a una cultura que da por superadas las luchas feministas, pero que en realidad sigue operando bajo sus mismas jerarquías, solo que de forma más sofisticada. Se celebra a la mujer independiente, pero se la sigue juzgando con una vara distinta. Así, cualquier error deja de ser circunstancial y pasa a leerse como un problema de carácter o actitud.

En ese cruce entre exposición, expectativa y castigo es donde estas polémicas dejan de ser casos aislados y empiezan a revelar un patrón. Porque si algo tienen en común, más allá de sus diferencias, es que todas ocurren dentro de un sistema que no solo observa a las mujeres, sino que constantemente está evaluando si están siendo lo que se espera de ellas.

El incel de turno podría decir que esto ocurre con todos los artistas por igual, apelando a ejemplos aislados como el de Timothée Chalamet y unas declaraciones sacadas de contexto que, supuestamente, le habrían costado un Óscar. Pero incluso si ese caso fuera cierto, funciona más como excepción que como regla, especialmente dentro de la industria del entretenimiento, porque si algo demuestra el panorama reciente es que no todas las polémicas pesan lo mismo, ni todas las carreras se ven afectadas de la misma manera.

No hay que irse muy lejos para comprobarlo. Figuras como Kanye West han protagonizado en los últimos años una serie de episodios que van desde declaraciones abiertamente antisemitas y elogios a figuras históricas asociadas al nazismo, hasta una escalada de discursos erráticos que le costaron la ruptura con marcas, plataformas y parte de la industria. Aun así, su música sigue acumulando reproducciones, su figura continúa generando conversación y su base de fans —lejos de desaparecer— parece reacomodarse constantemente para sostenerlo.  El reciente lanzamiento de Bully, su último álbum, no hace más que confirmarlo: millones de escuchas en plataformas y una presencia destacada en rankings internacionales que evidencian hasta qué punto la controversia no ha erosionado su alcance.

Algo similar ocurre con Chris Brown, cuyo historial incluye uno de los casos más recordados de violencia de género en la industria pop reciente. En 2009, el artista agredió físicamente a su entonces pareja, Rihanna, en un episodio que derivó en cargos criminales y cuya gravedad quedó ampliamente documentada tanto en reportes judiciales como en la cobertura mediática de la época. Incluso en los años posteriores, cuando el discurso público del artista apuntaba al arrepentimiento, hubo gestos que reavivaron la controversia y pusieron en duda la profundidad de esa narrativa, como la polémica en torno a un tatuaje en su cuello que muchos interpretaron como una referencia a la imagen de Rihanna golpeada. 

Steve Granitz / GETTY IMAGES

Pese a ello, su carrera no solo no se detuvo, sino que con el paso de los años ha logrado reinsertarse con relativa facilidad en el circuito comercial: giras exitosas, colaboraciones de alto perfil e incluso un premio Grammy en 2025. En su caso, la gravedad de los hechos convive, casi sin fricción, con una industria y un público dispuestos a separar —o directamente ignorar— al artista de sus acciones.

Esto no implica minimizar las críticas que ambos han recibido, sino poner en evidencia una diferencia difícil de pasar por alto: mientras que en el caso de muchas artistas mujeres el error tiende a volverse definitorio y ser el centro de atención por semanas, en el de sus pares masculinos suele diluirse con el tiempo, reinterpretarse como parte del personaje o, directamente, quedar subordinado a su obra. La controversia, lejos de cancelar sus carreras, termina integrándose a ellas.

Al final, la discusión no pasa por defender o condenar a una artista en particular, sino por preguntarse por qué ciertas faltas se vuelven imperdonables mientras otras, incluso más graves, encuentran formas de ser pasadas por alto, dejando en evidencia que la industria no reacciona únicamente a los hechos, sino a quién los protagoniza.

Al jugar una parte clave dentro de la industria, los públicos también tienen una gran responsabilidad a la hora de someter a las artistas al escrutinio público. El escenario de Britney vs Christina de inicios de los 2000 no ha cambiado mucho si se observa la manera en la que los fandoms continúan comparando a cantantes que no son de su gusto personal con aquellas a las que sí les juran devoción. De este modo, cuando alguna intérprete es víctima de acoso en masa por alguna banalidad, este tipo de fanáticos ve una oportunidad para reforzar sus sesgos confirmatorios y echarle más leña al fuego. “Siempre supe que era una perra” y “nunca me dio buenas vibras” son frases que se lanzan por montones en redes cuando surgen polémicas como las recientes de Chappell Roan o Emilia Mernes pero, una vez más, esto no suele verse entre grupos de fans de cantantes pop masculinos.

En un contexto donde a las mujeres se les exige no solo talento, sino también coherencia, simpatía y una especie de impecabilidad moral, cualquier desliz se convierte en una falla estructural. Las artistas son vistas como unas muñecas que deben ser perfectas y deben ceñirse al papel idealizado que los públicos y los medios se han inventado para ellas, así que en el momento en que tropiezan no se les ofrece el beneficio de la duda ni alguna oportunidad de redención. En cambio, para muchos hombres, la controversia sigue funcionando como un elemento más de su narrativa: algo que incomoda, sí, pero que rara vez pone en riesgo real su lugar dentro del sistema. En su caso, sí se trata de “seres humanos que cometen errores” y sí se toma en cuenta su lado de la historia antes de saltar a alguna conclusión. Tal vez el problema no sea la existencia de polémicas —inevitables en cualquier espacio público—, sino la forma en que se distribuyen sus consecuencias. 

Mientras unas carreras se ponen en pausa por semanas de escrutinio, otras siguen avanzando casi intactas, incluso después de haber cruzado límites mucho más claros. Ahí es donde la doble vara deja de ser una percepción para convertirse en una realidad.

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Durante años, competir en videojuegos estuvo asociado a comunidades pequeñas y espacios digitales. En poco más de una década, sin embargo, el gaming competitivo se transformó en uno de los fenómenos de entretenimiento más grandes del planeta, con audiencias globales, arenas llenas y figuras que para millones de fanáticos tienen un peso comparable al de los atletas de los deportes tradicionales.

Uno de los títulos que mejor refleja esa evolución es VALORANT, el shooter táctico desarrollado por Riot Games, que en pocos años consolidó una escena competitiva internacional a través del VALORANT Champions Tour (VCT). Dentro de ese circuito, los torneos denominados Masters funcionan como los primeros grandes cruces globales de cada temporada.

En 2026, ese encuentro tuvo lugar en Santiago de Chile. Para finales de febrero y mediados de marzo, la ciudad recibió el VALORANT Masters Santiago, el primer evento internacional presencial del año y la primera vez que un Masters se disputa en Latinoamérica. Durante más de dos semanas, doce equipos de las cuatro ligas del circuito (América, EMEA, Pacífico y China) viajaron hasta Chile buscando dar el primer gran golpe competitivo de la temporada.

El torneo también llegó acompañado de una identidad clara. Bajo el lema “Grita con el alma”, el Masters Santiago buscó capturar algo que caracteriza al público latinoamericano desde hace décadas: la pasión con la que se vive el deporte. Esa energía también se trasladó al propio evento, que puso un fuerte foco en la comunidad. A lo largo del venue, los asistentes pudieron recorrer espacios pensados para vivir el torneo más allá de las partidas: áreas para jugar VALORANT con amigos, exhibiciones del gran trofeo, encuentros con creadores, cosplayers y distintos puntos para apoyar a sus equipos favoritos o simplemente compartir el evento con otros fanáticos.

Así es como el torneo comenzó con una Fase Suiza, donde ocho equipos, los segundos y terceros clasificados de cada liga regional, se enfrentaron por los cuatro lugares disponibles en los playoffs y protagonizaron los primeros cruces internacionales del año.

Desde el inicio, el torneo dejó ver la diversidad competitiva del circuito global. Gentle Mates abrió la fase con una victoria frente a EDward Gaming, mientras que NRG se impuso ante Xi Lai Gaming. En otros cruces destacados, Paper Rex derrotó a G2 Esports y Team Liquid superó a T1 en una serie ajustada.

Más de 5.000 personas colmaron el Espacio Riesco para el VALORANT Masters Santiago (Foto: Shannon Cottrell/Riot Games)


Con el avance de las jornadas, el panorama comenzó a definirse. Paper Rex y NRG protagonizaron uno de los enfrentamientos más intensos de la etapa inicial, mientras que Gentle Mates mantuvo un rendimiento sólido. Para el cierre de la Fase Suiza, NRG aseguró su clasificación tras vencer nuevamente a Liquid, y G2 Esports selló su lugar en los playoffs después de derrotar a T1.

Con el cuadro completo, el Masters Santiago pasó a su fase decisiva. En los playoffs, disputados bajo un formato de doble eliminación, equipos como Paper Rex, NRG, G2 Esports y Nongshim RedForce comenzaron a perfilarse entre los principales protagonistas del torneo, mientras otros intentaban mantenerse con vida en el bracket inferior. Con el avance de las jornadas, el campeonato empezó a acercarse a su tramo decisivo, donde las últimas series acabarían definiendo qué equipos lograrían llegar a las instancias.

El camino del bracket terminó dejando una final entre Nongshim RedForce y Paper Rex, dos representantes de la región Pacific que llegaron al último día del torneo tras superar a equipos de América, EMEA y China a lo largo de las distintas fases del campeonato. La jornada final se disputó ante más de 5.000 personas en Espacio Riesco y fue seguida además por millones de fans alrededor del mundo a través de la transmisión oficial del torneo. El encuentro comenzó con varias actividades para el público.

Riot Games presentó al nuevo agente que llegaría al juego el 18 de marzo, el controlador croata Miks, y luego se disputó un showmatch entre creadores de contenido en el que participó Megan de KATSEYE, una de las apariciones más comentadas del evento. Tras esa previa, llegó el momento de la gran final. En el primer mapa, Corrode, ambos equipos protagonizaron un inicio muy parejo que llegó a igualarse, pero Nongshim RedForce logró imponerse en las rondas decisivas para quedarse con el punto inicial de la serie.

La historia se mantuvo en una línea similar en el segundo mapa, Split, donde el conjunto coreano volvió a tomar el control del partido y amplió la ventaja en el marcador. Finalmente en Abyss, el tercer mapa, Nongshim RedForce cerró la serie con autoridad y se impuso 3-0 sobre Paper Rex, consagrándose campeón del VALORANT Masters Santiago 2026 ante la euforia del público chileno.

Tras la final también se anunció al MVP del torneo, reconocimiento que quedó en manos de Dambi, jugador de Nongshim RedForce. Así, el Masters Santiago cerró su primera edición en Latinoamérica y consagró al primer campeón internacional del año en el circuito del VALORANT Champions Tour.

KATSEYE, en el VALORANT Masters Santiago (Foto: Colin Young-Wolff/Riot Games)

KATSEYE en la casa

“Estar en Masters Santiago juntas ha sido una experiencia completamente irreal para nosotras. La energía aquí es contagiosa, y vivirlo como grupo, mientras alentamos a Megan, fue aún más especial. Verla dar el paso hacia el gameplay, en un espacio que significa tanto para ella, ha sido increíble. Estamos muy agradecidas de seguir construyendo nuestra relación con la comunidad de VALORANT, que es tan acogedora, apasionada e inspiradora”, dijeron las chicas de KATSEYE sobre la participación de su compañera en la jornada del MASTERS Santiago.

“Poder ser parte del showmatch en Masters Santiago, honestamente, se siente muy surrealista para mí”, continuó Megan de KATSEYE. “He jugado VALORANT por años, así que vivirlo en este escenario, con mis compañeras alentándome, significa muchísimo. Es un momento muy especial para mí, y realmente estoy muy agradecida de ser parte de esto”.

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Países como Japón y Taiwán han sido testigos de la riqueza cultural colombo-venezolana que se comparte en las selvas y en las amplias llanuras cercanas al cauce del río Orinoco. Cimarrón, bajo la voz y dirección de Ana Veydó, ha sido una agrupación fiel a sus raíces, pero con una visión innovadora y respetuosa de su cultura, una propuesta que presentan con gran maestría y virtuosismo, sin caer en clichés y mostrando al mundo la riqueza artística que tiene por ofrecer esa inmensa región, conocida —o desconocida— llamada Llano.

Desde el baile hasta la estética visual de Cimarrón, pasando por la maestría sonora y la recia voz de Veydó, la puesta en escena de la agrupación les ha permitido presentarse en teatros míticos de distintos continentes y en festivales de renombre que promueven el intercambio cultural. Cimarrón va más allá: no se queda en el cliché llanero del vaquero con sombrero, sino que representa a su región desde una mirada más profunda de su idiosincrasia.

De esto y mucho más habló Ana Veydó para ROLLING STONE en Español a su llegada a Colombia después de dos años en gira alrededor del mundo. ““¿Qué sigue?”. Queremos mostrar algo nuevo y ‘Superba’ es la primera muestra de hacia dónde vamos: un proyecto siempre conectado a la raíz. Siempre estaremos nutriéndonos de esa tradición que proporciona cosas nuevas y conectándola con el mundo”, declara Ana Veydó sobre el nuevo capítulo que emprende Cimarrón.

¿Qué crees que le aportó a tu carácter el hecho de haber crecido en el campo?

Todo, diría yo. Vengo de una familia muy tradicional; mi padre era un hombre muy conservador. Somos siete mujeres y tres hombres. Para mí, haber crecido en una familia así fue determinante. Fue un hombre muy amado mi padre, pero también, hay que decirlo, muy machista. Me crié con una visión del hombre como la figura a seguir. Lo mismo ocurrió con mis hermanos mayores, y creo que eso fue fundamental.

El papel que nosotras teníamos como mujeres era el del hogar. Ahí empecé a escuchar joropo a través de las emisoras, un género que hablaba de las labores del día a día de los hombres, del ganado, del quehacer del hombre recio, del que monta a caballo, del que brega con la vida cotidiana y es nombrado en las canciones. Eso me resultaba muy llamativo, porque en esas canciones se exaltaba la valentía de los hombres, sus faenas y el canto recio. Creo que eso fue fundamental para mí, aprendí a emular esa voz recia masculina. Empecé a transitar por ese camino donde yo podía tener alguna relevancia. Para mí, el joropo significó la posibilidad de hacer.

Mi gran referente de la música llanera fue Ángel Custodio Loyola: una voz excepcional, recia y rica en contenido, que de verdad me conmovía. Lograba despertar un sinfín de emociones en mí. Me aprendí todo su repertorio; quería imitarlo. Infortunadamente, no tuve referentes femeninos, no había mujeres que cantaran con ese estilo recio.


“Esa fue la imagen que tuve de niña, ver la sangre correr, sin entender del todo por qué, pero sabiendo que era algo tristemente normal”.


Has contado que tu familia tuvo que salir del campo por la violencia, por el tema de los esmeralderos. ¿Qué lecciones te dejó esa situación? ¿Qué aprendiste del país en ese contexto?

Creo que esa región es uno de los ejemplos más claros del abandono del Estado, o al menos de lo permisivo que puede ser frente a fuerzas que adquieren poder en el territorio sin que nadie las regule.

¿Te refieres a la región de Otanche, Boyacá?

Sí. Recuerdo esa época, uno sentía que quienes lideraban no eran las instituciones, sino los esmeralderos. Quien tenía el poder y el dinero era quien mandaba. Uno veía a cinco militares, pero eran figuras casi simbólicas, sin capacidad real de control; lo mismo ocurría con el alcalde. Venirse a la capital parecía el único camino, además de caer en manos de un esmeraldero.

Mi papá siempre intentó alejarnos de ese mundo. Creo que por eso decidió salir de Otanche, era una región muy violenta. Vivimos de cerca esa realidad, en medio de la llamada guerra de las esmeraldas. Esa fue la imagen que tuve de niña, ver la sangre correr, sin entender del todo por qué, pero sabiendo que era algo tristemente normal.

¿Cómo definirías, en espíritu, la música llanera, la música de la Orinoquía?

El joropo, como única expresión de toda esa amplia región, se queda corto, aunque fue la primera música que se asumió como representativa de esa diversidad. Se convirtió en el símbolo sonoro y estético de la región, pero la Orinoquía va mucho más allá del cliché del hombre a caballo y la mujer a caballo. Desde Cimarrón, nuestro propósito ha sido mostrar esa diversidad desde lo artístico, lo sonoro y lo estético. Creemos que eso permite entender que el sonido de la Orinoquía no se limita al joropo.

La Orinoquía es diversa: integra múltiples expresiones y sonidos. Nos acostumbramos a pensar que el Llano suena a arpa, pero el verdadero secreto está en escuchar toda su riqueza. En Cimarrón buscamos que el público tenga una idea más amplia y completa de lo que suena en la región.

La Orinoquía suena a un viaje desde San Martín, Meta, hasta la desembocadura del Orinoco; suena a naturaleza y ancestralidad. Suena a agua, a grandes caudales, pero también a sequía. Nos interesa que el público perciba esos contrastes, mundos opuestos que conviven en una misma región, como ese blanco y negro que también tiene la vida.


“Yo no he tenido que “blanquear” mi voz para poder ser. Muchas mujeres en la región han tenido que renunciar a eso para poder ser aceptadas. El poder ser “blancas”, en el sentido de todo lo que representa, o por lo menos acercarse a esos cánones de lo que se espera de una cantante”.


Muchos nuevos artistas han dejado de cantarle a esa esencia de la música llanera. ¿Qué les dirías para que no se pierdan en los laberintos de la industria?

Es difícil, porque primero debe existir un interés genuino por conectarse con la región. Uno de los aspectos que más enriquece a un artista es conocer a profundidad qué constituye el sonido que hace. Debe haber esa inquietud.

También es fundamental la honestidad, entender quién es uno y qué hay de valioso en su propia historia. No necesariamente para narrarla, sino para expresarse desde ahí. En estos dos aspectos puede haber un gran vacío en algunos artistas. Yo estoy atravesada por una historia campesina, recia —no solo por mi tono de voz—, visceral. Busco conectar con el mundo desde lo que soy.

Desde un lugar como Bogotá tenemos una perspectiva muy limitada, con una serie de estereotipos y clichés de la cultura de la Orinoquía. Por eso, para mucha gente, la música llanera puede llegar a ser monótona, pero ustedes en Cimarrón se han encargado de mostrar la riqueza de la región.

Claro que sí. Yo creo que esos clichés han sido fundamentales en la construcción de esa identidad regional, pero también han sido una construcción desde lo institucional, ¿no? Es la imagen que se vende: esa única figura con sombrero alrededor de la ganadería, junto a la imagen de ese paisaje ideal, verde y maravilloso. Eso es un cliché y, en realidad, lo que ha hecho es, de alguna manera, excluir. Es una forma de exclusión de otras poblaciones, de otras economías, de otras maneras de vivir y de ver la vida. Entonces creo que, en cierta medida, es a través de la música como se ha llevado también esa exclusión.

Esa imagen del llanero ganadero con sombrero es efectiva estéticamente para el espectáculo y el comercio, y pienso que eso es un peligro, porque se excluyen otras expresiones artísticas y, como dices, para la gente foránea puede volverse monótona. Nosotros, por convicción, desde nuestro concepto estético y con conocimiento de nuestra materia prima, buscamos dar una imagen mucho más profunda y que abarque más aspectos de nuestra región.

Al inicio mencionabas esa voz recia, ¿qué significa para ti?

Es un término que ha estado más asociado a lo masculino. Ser recio es ser hombre. Pero el término “recio”, en el joropo, se fue dando a ese canto despellejado, o de grito.

Cuando empecé a cantar y a concursar, fui una de las primeras voces de joropo recio femenino, porque a mí me gustaba ese tipo de canto. Lo que sucedió es que, en esos concursos, me di cuenta de que no había mujeres cantando de esa manera. Me explico: Había voces femeninas, pero eran más asociadas con un canto cercano al bolero, voces más “blancas”, si se quiere. Pero en ese canto recio, de campesina, no había. Entonces, para mí eso fue como, “¿Cómo así? ¿Dónde están las voces recias?”. Y no existía esa modalidad en el concurso para mujeres. Cuando yo empiezo a cantar, empiezan a abrir esa modalidad de canto recio para mujeres —estoy hablando del caso colombiano—.

La voz recia para mí tiene esa connotación. Sin embargo, creo que lo recio en mí también es una búsqueda, desde mi visión, desde mi propia voz, desde la manera como quiero expresar mi forma de ser. ¿Cómo busco yo mi propia realidad? ¿Con qué me identifico? ¿Qué es lo que me hace a mí recia? ¿Es ese mismo término, que es acotado, o sencillamente aplicado a la visión masculina? Son preguntas que también me hago.


“El joropo tiene una técnica muy especial que nadie enseña. No hay escuelas para cantar joropo, no existen. Sencillamente uno adapta un estilo, va reconociendo su cuerpo, su voz, y sabe hasta dónde puede llegar”.


Esa voz recia para ti, como mujer, implica una forma de abrirte un espacio.

Yo creo que la voz recia ha sido encontrar mi propia voz. Creo que poder figurar como voz recia en Colombia, o ser una cantadora en este mundo tan masculino —que definitivamente sigue siendo un espacio hecho para hombres, apoyado desde la misma institución—, ha sido para mí un reto. La voz recia es lo que soy y lo que me ha ayudado a abrirme camino.

Por ejemplo, yo no he tenido que “blanquear” mi voz para poder ser. Muchas mujeres en la región han tenido que renunciar a eso para poder ser aceptadas. El poder ser “blancas”, en el sentido de todo lo que representa, o por lo menos acercarse a esos cánones de lo que se espera de una cantante.

Poder enfrentarme y buscar mi propio camino a través de lo que concibo como el papel de una mujer frente a un canto recio implica, sobre todo, desligarse de la manera en que se ve el joropo tradicionalmente. Eso es entrar en un conflicto, en el sentido de que uno tendría que revalorar o repensar sobre qué se ha construido esa identidad. Yo creo que tener esa capacidad implica tomar distancia y renunciar a esa construcción en la que no hemos sido incluidas. Y eso es difícil para una mujer, poder tener un espacio en la región.

Ahora usabas el verbo “blanquear”. ¿Ese “blanquear” lo puedo interpretar como convertir la voz en algo mucho más comercial?

Cuando empecé a escuchar joropo en la radio, lo que llegaba también eran los cantos de mujeres de Caracas, pero sus interpretaciones venían desde el bolero, cantaban otros géneros y, de pronto, en sus álbumes incluían dos o tres temas de joropo, y ya. Para mí, eso sería un blanqueamiento: una manera de estar en la región desde lo comercial.

¿La internacionalización de la cosa?

Sí, o incluso en la misma región. El joropo tiene un circuito muy grande, es muy comercial, pero para estar ahí hay que cantarles a determinadas cosas, ser de determinada manera. Siempre digo, “Para ser mujer en el Llano hay que reunir ciertas condiciones como artista”. Primero, si no se tiene una figura que sea aprobada para el gusto masculino… pero también poder moverse con facilidad como mujer, si no está acompañada del papá o del marido, tiene sus dificultades. Entonces, cuando digo “blanquear”, me refiero a que sí se ha necesitado, digamos, cantar con determinada voz para poder tener preponderancia en esos espacios.

Aceptación.

Sí. Una voz recia, una voz que suene, si se quiere, campesina en una mujer, ocupa un nicho muy pequeño. Los espacios que tienen ganados los hombres, las grandes figuras de la región, no se logran cantando joropo recio.

Esa voz recia, aparentemente, puede verse como algo muy silvestre, algo muy “campesino”, como tú lo dices. Pero evidentemente hay todo un trabajo y una exigencia técnica.

Sí y no. Los cantadores recios de verdad tenemos una técnica muy especial que se desarrolla de manera genuina, muy empírica, pero para eso se necesita trabajo y una forma de incomodar la voz para que pueda durar y ser efectiva. Es una voz que se busca, que casi siempre es aguda, tanto en el canto masculino como en el femenino.

Yo recuerdo que hace muchos años me encontré con una de las voces más importantes de Venezuela, y me dijo, “¿Usted qué hace?”. Yo le respondí, “Canto joropo”. Y me dijo, “Ah, para cantar joropo no se necesita técnica”. Eso para mí fue durísimo. Hoy lo veo más como una mirada soberbia o displicente hacia estos cantos.

Yo creo que el joropo tiene una técnica muy especial que nadie enseña. No hay escuelas para cantar joropo, no existen. Sencillamente uno adapta un estilo, va reconociendo su cuerpo, su voz, y sabe hasta dónde puede llegar. Es un trabajo que se va dando. Yo empecé imitando voces masculinas, y poco a poco fui desarrollando esa técnica para poder cantar esos joropos.

Llevas ya varios años estando al frente de Cimarrón. ¿Has encontrado todavía alguna resistencia machista, ya sea en el Llano o dentro de la industria?

Cuando murió Carlos, parecía el entierro de Cimarrón, porque decían, “¿Cómo Ana va a estar al frente de una banda, si es cantante? ¿Cómo va a poder liderar una banda, primero de llaneros, y segundo de músicos?”. Para muchos es difícil tener una mujer al frente liderando.

La música llanera se ha consolidado alrededor de la imagen masculina, de ese hombre a caballo con sombrero. A las mujeres nos ven junto a ese hombre; así nos han construido. Desligarse de esa imagen implica muchas cosas: primero, alejarse de ese estereotipo; segundo, mirarnos a nosotras mismas para entender de dónde viene esa fuerza que nos hace distintas de esa mirada masculina.

Ha sido un trabajo difícil, porque es una ruptura con toda una idiosincrasia, pero también es una gran oportunidad de encontrar nuestra propia fuerza, nuestro poder y nuestra expresividad de lo que significa ser llanero. Esa mirada es Cimarrón.

La agrupación es un espacio para crear desde lo visual y lo sonoro de una manera más liberada; un espacio donde la mujer se desliga de esa aprobación constante por parte de la figura masculina. Estamos en constante choque por no seguir esos estándares y mandatos. Siempre ha sido un gran reto superar esas resistencias, pero también nos han ayudado a crecer.

¿Qué tan difícil fue que Cimarrón empezara a tener cierta aceptación?

Creo que nunca la tuvimos [Risas]. Tal vez cuando participé en festivales, en la modalidad de voz recia, pero tampoco fue de mi total agrado, porque esos concursos se convertían en “darse espuela” entre mujeres. Y yo no quiero pararme en un escenario a decirle a otra mujer que es menos que yo, y menos bajo códigos que, al final, son masculinos.

Además, los concursos te llevan a sentirte siempre calificado, te estandarizan desde lo estético y la expresividad, y te quitan autonomía. Después eso pasaba a la grabación y a la discografía, uno seguía concursando, era un concurso interminable que desmotivaba.

No obstante, eso me permitió conectarme mucho más con esa población verdaderamente campesina. De ahí nace Mataguayabo, un disco que le habla a ese pueblo autóctono que está llano adentro, al lado de los ríos.

Cortesía.

¿Cómo definirías el legado del maestro Carlos “Cuco” Rojas?

Cuando nos encontramos, los dos estábamos en una crisis con la música. Cuando busqué a Carlos, más o menos en 1998, yo estaba pensando en un álbum. Estudiaba Historia en la Universidad Nacional, y quería retomar la música, pero no volver a los espacios donde solo se movía el joropo en Bogotá o en la región. Pensaba, “Quiero volver a la música, al joropo, pero quiero jugármela con una propuesta para otro lugar”.

Busqué a Carlos, que ya tenía un reconocimiento, y Cimarrón existía como nombre, o como ese grupo que acompañaba a artistas, no era una banda con una propuesta propia, por así decirlo. Me encontré con Carlos en el año 2000 con la intención de que me produjera un álbum, y ahí fue cuando terminamos los dos hablando de sueños.

Él también quería retomar la música, y yo quería seguir, volver al joropo y cantar de una manera mucho más decidida y profesional. Ahí empezamos los dos con ese sueño. Con el nombre de Cimarrón —que ya existía— comenzamos ese camino de ir más allá de lo local. Ninguno de los dos quería volver a la música en los mismos términos ni a los lugares en los que ya habíamos estado.

Creo que con Carlos armamos un buen equipo. Eso significó, desde luego, tomar distancia de lo que era la música en el formato tradicional de la región. A medida que buscábamos espacios y conocíamos el mundo, veíamos la necesidad de configurar un grupo que comunicara más allá, por lo menos, de la letra. Al inicio fuimos casi una muestra folclórica, pero después entendimos que ese no era el camino, que no llegaríamos a ser más que una muestra cultural, tal vez en alguna embajada, pero nada más.

Carlos, por supuesto, fue fundamental porque tenía en su cabeza otra idea de lo que se podía hacer con la música, con el joropo, lo conocía profundamente. Creo que eso ayudó a consolidar un sonido que se distanciara de lo que había en la región y a enriquecerlo de muchas maneras.

Me parece que lo más importante del trabajo fue pensar que la música de Cimarrón debía nutrirse de su propia raíz. Es decir, más que abandonar el sonido primario u original, se trataba de aferrarse a él, de ir hacia allá, y desde ahí buscar esa fuerza y esa particularidad que tiene esta música y que muchas veces no se alcanza a comprender.

El camino que recorrimos con Carlos fue muy importante. Ese es, en gran parte, su legado: creer en los ritmos propios del joropo y convertir estas piezas tradicionales en composiciones muy sofisticadas, muy elaboradas, poniéndolas al nivel de cualquier otro sonido del mundo.

Nuestra música, por ejemplo, ha estado en playlists de música clásica en el Reino Unido; hemos tocado en festivales de jazz y en festivales de flamenco, porque en nuestra propuesta ven una música de gran nivel.


“Ese es, en gran parte, su legado: creer en los ritmos propios del joropo y lograr convertir estas piezas tradicionales en composiciones muy sofisticadas, muy elaboradas, poniéndolas al nivel de cualquier otro sonido del mundo”. Dice Veydó sobre el legado del maestro Carlos “Cuco” Rojas


¿Llegaste a sentirte en algún momento opacada al ser “la mujer que canta en el grupo de Carlos Rojas”?

A medida que pasa el tiempo, una debe reconocerse como mujer. Muchas veces una ha tenido que esconderse para poder ser, y ahora, al mirar atrás, sé que fue así en muchas ocasiones. Tuve que hacerlo porque no había otra manera, dadas las circunstancias. Por ejemplo, creo que muchas ideas —lo escénico, la indumentaria, el trabajo con los músicos— fueron aspectos que desarrollé de manera casi clandestina, únicamente con Carlos, porque era inconcebible —sobre todo en la región e incluso para él mismo— que eso viniera de una mujer. Eso hacía que perdiera validez o credibilidad.

Ahora lo reconozco, muchas veces, cuando proponía algo, decía, “Carlos lo dijo”, para que los demás lo aceptaran. Ese fue uno de los aspectos que tuve que soportar, o al menos asumir, para que mis ideas fueran tenidas en cuenta.

También recuerdo que, al comienzo, íbamos un hombre y una mujer cantando. Un día el cantante masculino no pudo asistir a un show, y para Carlos eso fue terrible, no concebía la banda con una mujer sola al frente. Con el tiempo uno entiende que eso obedecía más a otras ideas, no a la necesidad de una voz masculina, sino a la imposibilidad de imaginar a una mujer liderando la banda.

Entonces sí, en muchos aspectos me he sentido así. Y, después de la muerte de Carlos, ese rechazo se hizo aún más evidente en algunas ocasiones.


“Decían: “¿Cómo Ana va a estar al frente de una banda, si es cantante? ¿Cómo va a poder liderar una banda, primero de llaneros, y segundo de músicos?”. Para muchos es difícil tener una mujer al frente liderando”.


Ahora hablabas de las músicas del mundo y de ese circuito. Dos preguntas en ese sentido: ¿qué perspectiva tienes de ese circuito y de ese concepto de “músicas del mundo”? Y, además, ¿qué opinas de los debates sobre la apropiación cultural? Creo que ambas cosas están muy relacionadas.

Es un término que ha sido muy criticado por todo lo que representa. Éramos “músicas del mundo” en la medida en que otros nos denominaron así, siguiendo una tradición. Pero también fue la única manera de encontrar un espacio por fuera del país. De no haber sido así, habríamos quedado como un grupo folclórico inamovible, casi como una pieza de museo.

Quienes a veces se rasgan las vestiduras con estos temas son, muchas veces, los mismos que realmente se apropian de los sonidos tradicionales. Si hablamos del caso colombiano o latinoamericano, sucede que nos dicen, “Ustedes hacen tradición, quédense allá, quietos, conservando la música para que no se dañe. Pero nosotros, los comerciales, los que tenemos el respaldo, sí podemos intervenirla, transformarla un poco”. Entonces cantan una tonada y luego le dicen al mundo que están salvando la música, que la están visibilizando. Y ahí es donde yo me pregunto, si realmente hay un interés por visibilizar esa música, ¿por qué no hacerlo con quienes la están creando? Si en verdad es “un favor”, ¿por qué no incluirnos?

Ese discurso también se ha repetido en otros lugares. En México, por ejemplo, se habla de “salvar” la música tradicional desde ciertas disqueras; en Colombia también hay grandes empresas que dicen estar visibilizándola.

Yo creo que el camino de las músicas del mundo, de alguna manera, nos permitió a quienes hacemos música tradicional transitar un espacio en el que pudiéramos mostrar lo que hacemos tal como lo concebimos y lo sentimos. Para nosotros, ese camino ha sido fundamental.


“La música llanera suena a agua, a grandes caudales, pero también a sequía. Nos interesa que el público perciba esos contrastes, mundos opuestos que conviven en una misma región, como ese blanco y negro que también tiene la vida”.


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Tool singer Maynard James Keenan made the political personal over the weekend when he posted a lengthy Instagram message in support of his one-time West Point Academy classmate General Randy George after the four-star general was forced to take immediate retirement by Defense Sec. Pete Hegseth for reasons so far not revealed.

The decorated Army Chief of Staff was ousted in the middle of Donald Trump’s grinding air war in Iran, shocking many military observers, including one who told Axios that such an action in the midst of a potentially historic conflict was “insane.”

Keenan posted images from his time at West Point of himself with George — who had just one year left in his term — and wrote of their time together at the distinguished military academy that has turned out Army officers for more than 224 years. “A few thoughts on my old friend, General Randy George,” wrote Keenan, who explained that as long as he could remember, he’d wanted to be some kind of artist, but after high school the “reality of tuition” set in so he had to figure out another path to his dream.

“My family were living on a teachers salary. Not much left over after bills. Grants and student loans weren’t going to cover it. So I joined the Army to take advantage of the Army College Fund. And as it turns out, I excelled in the military. Not what I was expecting,” Keenan wrote of the time in the early 1980s when he was figuring out his path. “I was awarded Distinguished Graduate from both basic and advanced training. Then after many many rounds of testing I was chosen to attend U.S.M.A.P.S. and to apply to the U.S. Military Academy, West Point. As you can imagine most of my classmate at West Point Prep were there with a singular mission. To be a West Point graduate and serve in our military. Focus, drive, a plan, and zero compromise. I, on the other hand, was one of the few with doubts and inner conflict.”

But when the time came to make a decision, he declined an appointment, which, he said, many around him at West Point at the time, saw as a “huge mistake. But a handful were very supportive. They knew me well enough to respect that decision. One of those supportive classmates was my Cross Country teammate, Randy George.”

Keenan noted that George went on to a distinguished military career, rising to the rank of four-star general and U.S. Army Chief of Staff. “He was approaching his 40th year of service. I can’t even imagine how disappointed and upset he must feel for having been ‘asked’ to retire early,” Keenan said. “So I’m just here to return that favor of support. We’re here for you, Randy. Might be time for a beer or three. See you soon.”

According to Reuters, the Pentagon confirmed George’s early retirement, but gave no reason for his ouster at a time when thousands of soldiers from the Army’s elite 82nd Airborne Division are making their way to the Middle East for possible ground operations in Iran. Though there were reportedly no outward signs of friction between Hegseth and George, the move was the latest in a string of more than a dozen firings of senior military officers carried out by the former Fox & Friends Weekend host over the past year.

In an outgoing email following his shock ouster, George told Pentagon officials that U.S. soldiers deserve “courageous leaders of character,” according to CBS News. “I know you’ll all continue to stay laser-focused on the mission, continue innovating, and relentlessly cut through the bureaucracy to get our warfighters what they need to win on the modern battlefield,” George wrote. “Our soldiers are truly the best in the world – they deserve tough training and courageous leaders of character. I have no doubt you will all continue to lead with courage, character, and grit.”


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“Time,” the new single from pop singer-songwriter Sofia D’Angelo, tops this week’s fan-voted music poll.

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Listeners voted in a poll published Friday (April 3) on Billboard, choosing the artist’s latest song — a solo release outside of her group MICHELLE — as their favorite new release of the week.

“Time” ticked ahead other new releases in a week that also saw new music streaming in from actress Anne Hathaway, Jack White (who appeared as musical guest on SNL Saturday night), Arlo Park, floweroflove and more. At the poll’s closing time on Sunday, D’Angelo clocked out with more than 69% of the vote.

A New York native and longtime performer, D’Angelo released “Time” alongside a nostalgia-driven music video this week. The visual, filmed at a Bushwick bar, is a flash forward to an aged version of the singer-songwriter — who still has the spirit of her early 20s heyday within.

“Every seven years or so, even Grandma needs a good time,” she quips in the clip, directed by Steph Rinzler. D’Angelo is credited as executive producer, with Anahita von Andrian-Werburg as producer and Natalie Williams as associate producer.

“Just gotta work with what you got,” she sings on the track. “At the end of everything/ Will I remember 23?/ If I survive I’ll know/ If time was on my side.”

Among the new releases trailing behind “Time” are Anne Hathaway’s “My Mouth Is Lonely for You” from her upcoming film Mother Mary, with 16% of the vote, and Jack White’s pre-SNL surprise “G.O.D. and the Broken Ribs,” with 4% of the vote.

See the final results of this week’s poll below.


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Guns N’ Roses unearthed a deep cut during their recent South American tour stop.

While headlining Monsters of Rock Brazil at São Paulo’s Allianz Parque on Saturday (April 5), the rock icons performed the Use Your Illusion I track “Bad Apples” live for the first time in 35 years.

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This marks only the second live performance of the song, which they debuted at Brazil’s Rock in Rio in 1991, according to Rolling Stone. Slash has also revisited the gritty track with his side band Myles Kennedy and the Conspirators.

Saturday’s show also featured the rarely heard “Dead Horse,” from Use Your Illusion I, as well as Appetite for Destruction’s “Rocket Queen.”

During an interview earlier this year with Las Vegas radio station KOMP 92.3, Slash promised that Guns N’ Roses would play both new and old songs on their 2026 world tour, which launched March 28 at the Tecate Pa’l Norte festival in Monterrey, Mexico. That opening show featured the live debuts of last December’s “Atlas” and “Nothin’,” the first new songs from GNR since their 2023 one-off singles “The General” and “Perhaps.”

During the interview, the famed guitarist also teased that GNR may be releasing new material in the near future: a possible collection of older tracks the band has been slowly releasing over the past few years, as well as the long-awaited follow-up to 2008’s Chinese Democracy.

“I think in this instance it’s what we’re doing, because we only re-recorded those songs — like a couple of songs here, a couple of songs there. These were the last two that are left to do, and we actually did them not even back to back,” Slash said of “Nothin’” and “Atlas.”

“And then there’s really no more of that sort of old rehash stuff to release,” the musician added of the vault-clearing. “But I think what we’re gonna do, we’re gonna take all those songs and put them on something and release that as a package. And then the next record that we’re gonna do is gonna be all new original stuff, and that’ll be an actual album.”

Guns N’ Roses’ next performance is scheduled for April 7 in São José do Rio Preto, Brazil, followed by several more Brazilian stops before heading to Florida in late April.


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If you’re hitting up any music festivals this year, a great bag is an absolute necessity, and few brands make a better festival carry-all than Lululemon.

The brand’s All Night Festival Bag has been a bestseller since it arrived a few years ago, with reviewers praising its roomy (but still compact) size, its weather-resistant material and a zipper around the top that keeps everything safe and secure.

Now, Lululemon has released the latest version of its Festival Bag, in a sleek and minimalist black colorway with gold zipper detailing.

Lululemon All Night Festival Bag 5L

BESTSELLER

Lululemon All Night Festival Bag 5L

While the bag was available last year in a viral pink colorway, we much prefer the wearability and fashionable aesthetic of this black color, which works with almost any festival outfit or personal style. The streetwear-inspired silhouette is also firmly unisex, with a fold-over design that’s part-messenger bag and part-trendy crescent bag. More proof of its fashion cred: Even if we weren’t heading to Lollapalooza or Stagecoach, we would still wear this bag to brunch or for a night out.


Another quality that makes this bag ideal for any outdoor events is that it’s made of durable, water-repellent fabric. It has an adjustable strap that makes it easy to wear over the shoulder or as a crossbody bag, which is great if you want to switch up the way you wear it throughout the day. It also has an easily accessible front pocket that has a covered zipper.

The fold-over design keeps things chic and compact but you can also expand the bag say, if you’re hoping to carry a water bottle, sunscreen or any larger items for the long days of shows. The 5L capacity offers plenty of space and the material will stretch a little bit to cram everything in. If you decide to fold the bag in half, the bag features magnets to hold the folded-over flap firmly in place.

If you are looking for a great summer music festival option, make sure you go ahead and add this to your cart as Lululemon’s bags are popular and known to sell out. At only $78 — and available now in this classic black color — this Festival Bag is sure to sell quickly too. See more details here.

One thing to note: this is great for outdoor festivals where bag rules are a little more relaxed. For outdoor concerts or sporting events, you’ll still want to check the venue’s website for a list of stadium-approved bags.

Everywhere Belt Bag 1L
Clear

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Lululemon Everywhere Belt Bag 1L (Clear)

Most stadiums and concert venues are still requiring you to carry everything in a clear bag in order to enter. Luckily for us, Lululemon makes one of those too.


This bag is a see-through take on the brand’s bestselling Everywhere Belt Bag, and an easy way to get your phone, keys and accessories through concert security with ease.

BTS’ new album ARIRANG has put K-pop back in a familiar spot — No. 1 on the all-genre Billboard 200 chart. ARIRANG, which holds at No. 1 on the chart dated April 11, is the 23rd album or EP by a K-pop act to reach No. 1 on Billboard‘s flagship albums chart in less than eight years. The first was BTS’ Love Yourself: Tear in June 2018.

ARIRANG is the first K-pop album or EP to spend two consecutive weeks at No. 1. The KPop Demon Hunters soundtrack also had two weeks on top, but those weeks weren’t consecutive.

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Stray Kids has amassed eight No. 1 titles on the Billboard 200, which puts them out front among K-pop acts. BTS is a close second, with seven No. 1 titles. ATEEZ is next in line with two No. 1s on the Billboard 200. SuperMBLACKPINKTOMORROW X TOGETHERNewJeans and TWICE have all notched one No. 1 to date.

BLACKPINK was the first female K-pop act to land a No. 1 album on the Billboard 200. They scored with Born Pink in 2022.

K-pop groups tend to be large ensembles. TWICE has nine members, one more than Stray Kids and ATEEZ. BTS and SuperM each have seven members. TOMORROW X TOGETHER and NewJeans each have five members. BLACKPINK has four members. To date, no K-pop solo artists, duos or trios have topped the Billboard 200.

There have been multiple No. 1 albums on the Billboard 200 by K-pop acts in every year since 2018 except for 2021, when there were none. The peak year (to date) for most No. 1 K-pop albums on the Billboard 200 was 2023, when there were five. Here’s a list of all K-pop albums to top the Billboard 200. They are listed in chronological order.

Jack White may shred like a pro, but he hilariously forgets his solo mid-performance in a sketch on Saturday Night Live.

During the Jack Black–hosted episode on April 4, the Detroit rocker appeared in the pre-recorded sketch “Words to Live By (Country Song),” where a group of men sing about wise advice they’ve been given — only to suddenly forget it.

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The nearly five-minute clip opens with a mullet-sporting James Austin Johnson trying to recollect the words his father imparted on his deathbed, then shifts to Black, wearing a cowboy hat and wielding an acoustic guitar, attempting to recall wisdom from a sage in a Tibetan cave.

Toward the end of the sketch, Black says, “Jack White, hit ’em with a guitar solo,” as the scene cuts to White — dressed in all black with a cowboy hat — appearing on a majestic snow-capped mountain with an eagle soaring past him, as he rips into a country-tinged lick.

“Wait, wait,” White says as he stumbles through the rest of the solo. “I forgot it. I forgot the f—king solo.”

Elsewhere in the episode, White performed new songs “Derecho Demonico” and “G.O.D. And The Broken Ribs” as the musical guest. He also joined a surprise rendition of the White Stripes’ “Seven Nation Army” during the opening monologue, alongside Black and several returning members of the show’s Five-Timers Club, including Tina Fey, Jonah Hill, Candice Bergen and Melissa McCarthy.

The episode marked Black’s fifth time hosting and White’s sixth appearance as musical guest, including his SNL debut with the White Stripes in 2002.

Check out Jack White’s cameo in SNL‘s “Words to Live By (Country Song)” below.


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