
Sara Bareilles (Photo Credit: Shervin Lainez)
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Hay algo que está pasando en Colombia y ya no se puede ignorar: la electrónica dejó de ser una escena para convertirse en lenguaje. Un pulso que atraviesa ciudades, conecta generaciones y redefine la forma en que habitamos la noche. No se trata solo de fiestas ni de carteles internacionales. Es una manera de entender el presente: colectiva, inmersiva y profundamente emocional.
En ese mapa en expansión, cada festival funciona como un portal distinto. Algunos empujan hacia la intensidad más cruda, otros construyen universos donde lo visual y lo sonoro se funden en una experiencia total. Y en medio de esa evolución, hay marcas que entienden el código y no interrumpen la experiencia, sino que la acompañan. Jägermeister, con su ADN nocturno y su herencia ligada a la cultura de club, se inserta en este circuito como un cómplice natural de la pista: un catalizador de momentos que solo existen cuando el beat está en su punto exacto.
Este es un recorrido por cinco festivales que definen el pulso electrónico del país hoy.

Medellín abre el calendario con una descarga que no pide permiso. Freedom es energía en estado puro: tres días donde la ciudad se transforma en un ecosistema de beats continuos, líneas de bajo que atraviesan el cuerpo y sets que empujan al límite la resistencia del público. Aquí no hay medias tintas. Es un festival que entiende la electrónica como liberación, como catarsis colectiva, como un espacio donde el tiempo se diluye y lo único que importa es el ahora.
Si Freedom es expansión, Doom es concentración. Bogotá se sumerge en un formato más oscuro, más denso, donde cada sonido parece tallado con precisión quirúrgica. Este es el territorio de la intensidad sin concesiones: techno que no busca agradar, sino confrontar. Luces mínimas, atmósferas cargadas y una pista que responde con entrega total. Doom no es para todos, y ahí está precisamente su fuerza.
Hay festivales que crecen con la escena y otros que la definen. Baum pertenece a la segunda categoría. Lo que comenzó como un club se convirtió en un referente continental, y su festival es hoy una síntesis de esa evolución: curaduría global, producción milimétrica y una identidad clara que equilibra lo underground con lo masivo sin perder credibilidad. Cada edición es una fotografía del momento que vive la electrónica en el mundo, aterrizada con precisión en Bogotá.

La llegada de EDC a Colombia no es solo una expansión de marca, es la confirmación de un lugar en el mapa global. Medellín recibe uno de los festivales más grandes del planeta con todo lo que eso implica: escenarios monumentales, narrativa visual y una experiencia que va más allá del line up. Aquí la electrónica se vive como espectáculo total, donde cada detalle —del diseño al sonido— está pensado para amplificar la sensación de asombro.
Hay festivales y hay experiencias. Ritvales juega en ese límite. En una fecha cargada de simbolismo, Medellín se convierte en un espacio donde lo místico y lo electrónico se cruzan sin fricción. No es solo música: es estética, es atmósfera, es una narrativa que envuelve al público desde que entra hasta que sale. Ritvales entiende que la pista también puede ser un lugar de introspección, de conexión con algo más allá del sonido.
Al final, lo que une a estos cinco encuentros no es solo la música, sino la forma en que redefinen la noche en Colombia. Un territorio donde cada beat construye comunidad, cada visual abre una dimensión y cada experiencia deja una marca difícil de replicar.
Ahí es donde Jägermeister encuentra su lugar: no como protagonista, sino como parte del ritual. Acompañando una escena que no deja de crecer y una generación que ya no distingue entre escuchar música y vivirla. Porque en estos espacios, la noche no se observa. Se habita.
Si quieres conocer más acerca de Jagermeister en colombia sigues en @jagermeister_co
El exceso de alcohol es perjudicial para la salud. Prohíbase el expendio de bebidas embriagantes a menores de edad.
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Si hubiera que describir a Joe Keery en una palabra, sería polifacético. En el fútbol, el término se usa para ese jugador capaz de rendir en distintas posiciones; en el entretenimiento no es muy distinto: define a quienes logran destacar en más de una disciplina artística. En el caso de Keery, para estas alturas ya es un actor consolidado, recordado por gran parte del público por su icónico papel de Steve Harrington en Stranger Things, pero que también ha participado en producciones independientes como Spree y en proyectos de tono más serio como Fargo, demostrando un rango actoral poco común estos días.
Con esa sólida carrera actoral a sus espaldas, en los últimos años ha desarrollado en paralelo un proyecto musical propio que ha crecido de forma progresiva y que, hasta hace poco, pasaba desapercibido para muchos. Su travesía musical comenzó como un simple hobby, pero con el paso del tiempo —y su evolución tanto como compositor como productor— han consolidado a Djo, su alias artístico, como una de las propuestas más refrescantes y propositivas del indie contemporáneo.

Joseph David Keery nació el 24 de abril de 1992 en Newburyport, Massachusetts (Estados Unidos). Es el segundo de cinco hermanos y, desde muy joven, mostró interés por las bellas artes. Tras concluir sus estudios básicos, ingresó a la Escuela de Teatro de la Universidad DePaul, donde pudo explorar a fondo su curiosidad por la actuación y la música, esta última de forma independiente.
“Fue probablemente en la universidad cuando comencé a sentir que la música podía ser algo más que un hobby, cuando empecé a hacer canciones y melodías por mi cuenta”, explica Joe. “Descargué una versión ilegal de Logic porque no tenía dinero para pagarlo, y simplemente comencé a anotar ideas y a experimentar, como cualquiera. Realmente me divertía creando canciones. Ahí fue cuando siento que empecé a tomármelo un poco más en serio, porque, en cuanto a tocar en bandas antes de eso, era algo que ya había hecho, pero por alguna razón la grabación tuvo ese efecto en mí”.
Antes de consolidar su proyecto en solitario, Keery pasó por una etapa clave tocando en Post Animal, una banda de rock psicodélico de la cual hizo parte entre 2014 y 2017, un proceso que describe como fundamental en su desarrollo creativo. “Fue un buen periodo de incubación: yo había estado en esa banda y aprendí muchísimo de mis amigos; ellos ampliaron mi gusto más allá de donde estaba y me enseñaron lo que se puede hacer con el grupo de personas correctas, incluso rompiendo las reglas”, recuerda.
Ese aprendizaje colectivo, marcado por la amistad y una constante apertura a nuevos sonidos, daría paso a una transición hacia un proceso más íntimo y personal. Mientras su carrera actoral comenzaba a despegar con Stranger Things, el cantautor empezó a trabajar por su cuenta, lejos del foco mediático. “Estaba trabajando en la serie, así que me enfocaba en eso, pero al mismo tiempo, en la sombra, seguía grabando y creando cosas. Con el tiempo, acumulé suficiente material como para trabajarlo y sacarlo”.
Esa etapa formativa no solo marcó el momento en el que comenzó a tomarse la música en serio, sino también la manera en la que la entiende hoy. Retomando la importancia de estar bien acompañado, Keery destaca el papel de las personas que lo rodearon durante ese proceso, especialmente aquellas con las que ha colaborado a lo largo de los años. “Junto a mi amigo Adam, con quien he trabajado durante mucho tiempo, siento que nos hemos moldeado mutuamente, especialmente en este proyecto, y nos hemos impulsado a ser mejores”, explica. Según cuenta, su influencia fue clave para elevar el nivel de su propuesta musical, particularmente desde su primer álbum, en el que ambos trabajaron de cerca en la mezcla.
Sin embargo, ese lanzamiento estuvo lejos de responder a una estrategia tradicional dentro de la industria. Keery asegura que, en ese momento, su relación con el circuito musical era prácticamente inexistente. “En cuanto a mi relación con la industria musical, realmente no tenía ninguna. Lo hacía todo por mi cuenta y, cuando finalmente publiqué este primer trabajo, fue a través de la distribuidora AWAL. No es que tuviera un plan claro de lanzar esto y empezar una carrera; simplemente sentía que no quería hacer la música y nunca sacarla. Así que pensé: ‘bueno, la publico y vemos qué pasa’”. Lo que siguió fue un crecimiento paulatino pero constante. “Poco a poco empezó a ganar algo de tracción. Ha sido un camino poco convencional y sorprendente, por el que me siento bastante agradecido”, concluye.
Pero su formación no se limita a ese círculo cercano. A lo largo del tiempo, Keery ha ido construyendo su identidad artística a partir de distintas obsesiones musicales que han marcado épocas específicas de su vida. Desde referentes como Bruce Springsteen, hasta periodos más introspectivos influenciados por Nick Drake, o incluso el redescubrimiento de Led Zeppelin, su sonido es el resultado de una exploración constante.
Esa exploración encontró su punto máximo en su disco más reciente, The Crux, que ha sido interpretado por muchos como un álbum conceptual que gira en torno a la idea de un hotel habitado por personajes que atraviesan distintos momentos de quiebre en sus vidas. Sin embargo, es el propio Keery quien matiza esa lectura: al menos desde su concepción, no se trata de un álbum conceptual en el sentido tradicional.
“Ese concepto surgió después de que toda la música ya estaba escrita, así que técnicamente no es un álbum conceptual. Pero sentí que esa imagen era una forma muy interesante de resumirlo todo, así que terminó convirtiéndose en la iconografía del álbum, sobre todo en la portada. Queríamos crear algo que diera una sensación de continuidad entre los visualizers, el arte y la carátula. Entonces ese fue el universo en el que decidimos situarlo”, explica.
Más allá de la estética visual, hay un eje que atraviesa todo el proyecto: la honestidad emocional. Para Keery, este aspecto no es accesorio, sino central en su forma de hacer música. “Ser honesto a nivel de lo que siento es súper importante. Lo es todo prácticamente. Siento que ese era un gran objetivo: tratar de expulsar tus emociones y usarlo como una herramienta para lograr cierta catarsis sobre lo que pueda estar pasando en tu propia vida”.
Esa búsqueda emocional también define lo que espera provocar en quienes escuchan su música. “Supongo que es la conexión: sentir de alguna forma que una parte de la música te ve o te entiende. Eso es lo que más me gusta de la música. Me encanta escuchar algo que, musicalmente, me sorprenda, que me retuerza un poco la mente y me deje impactado, como pensando ‘no sabía que se podía hacer eso’”.
En cuanto a las letras, comenta que “simplemente me gusta conectar con algo y tener esa sensación de ‘yo me siento así, esto me ha pasado’. He tenido grandes experiencias escuchando álbumes que parecen estar cantando sobre tu propia vida, y supongo que la idea es que, si como artista puedes ser realmente transparente, entonces quizá otras personas puedan verse reflejadas en eso, de la misma manera en que a mí me pasó con otra música”.
Ese universo se expande aún más con la edición deluxe del álbum, en la que Joe abre una ventana al proceso creativo detrás del trabajo original. Las canciones incluidas en esta versión corresponden, en su mayoría, a material que quedó por fuera del corte final del disco, pero que sigue formando parte de ese mismo momento creativo.
“Supongo que quería darle a la gente un poco más de contexto sobre lo que estaba pasando alrededor de la creación del álbum. Había muchas canciones que no llegaron a entrar en el disco. Entonces, para mí, como fan, pensé que era interesante mostrar un pequeño vistazo de todo lo que también estaba ocurriendo en ese periodo”, explica.
Más allá de complementar el proyecto, esta decisión también refleja un cambio en su forma de relacionarse con su propia música. “Siendo honesto, también es simplemente divertido sacarlo. Fue una buena lección, y además estoy intentando no ser tan perfeccionista con todo”.
Tras el lanzamiento de The Crux y su posterior edición deluxe, Joe Keery se embarcó en una de las etapas más exigentes —y a la vez más gratificantes— de su carrera musical: su gira por Sudamérica, un recorrido que no solo ha puesto a prueba su proyecto en vivo, sino que también le ha permitido conectar con nuevas audiencias en un contexto completamente distinto al que estaba acostumbrado.
“Los conciertos por acá están a otro nivel en cuanto a la participación de la gente. Siento una conexión emocional muy fuerte, y la gente parece estar realmente emocionada por la experiencia de estar en un show en vivo, de una forma que no creo que sea igual en Estados Unidos, por ejemplo. Así que ha sido muy divertido, y no había estado en muchos de estos lugares”, cuenta.
Para Keery, esta gira también representa una especie de primer encuentro real con el público latinoamericano desde su faceta musical. “No había tenido muchas oportunidades de tocar mi música aquí, así que ha sido una experiencia fantástica”. Sin embargo, más allá de la euforia del escenario, el proceso previo a cada presentación sigue siendo un reto constante. “Sigo aprendiendo cómo prepararme para los shows. Es bastante difícil. Me pongo muy nervioso. Siento bastante ansiedad y una sensación de angustia antes de salir a la tarima. No es por nada en particular, simplemente quieres hacer un buen trabajo, quieres que la gente conecte con lo que vas a hacer”.
Esa presión no recae únicamente sobre él, sino que forma parte de un engranaje más amplio que sostiene cada presentación. “La banda es solo una pequeña parte de todo esto. Tenemos un equipo increíble, así que creo que todos estamos muy enfocados en hacer un buen trabajo y, ojalá, ofrecer algo que realmente tenga valor para los fans. Tomo mucha agua” concluye entre risas.
Tras un inicio de año marcado por el reconocimiento del público y una intensa gira por Latinoamérica —que terminó en su paso por el Tecate Pa’l Norte—, el siguiente paso para Djo parece, en esencia, el mismo que lo trajo hasta aquí: seguir haciendo música. Sin grandes planes rígidos ni fórmulas prefijadas, pero con una inquietud creativa constante. “Definitivamente estoy trabajando en música, en cosas nuevas. No estoy seguro de qué será exactamente, pero sí, tengo muchas ganas de seguir con eso”, comenta.
En el corto plazo, ese camino también lo llevará de vuelta a los escenarios, esta vez en una serie de presentaciones que marcan nuevos hitos en su carrera. “Vamos a tocar en algunos shows en verano; seremos teloneros de Tame Impala, lo cual es una locura, algo así como tachar un sueño de la lista, un logro increíble en la vida”. A esto se suma una serie de fechas junto a Pond, una banda con la que, más allá de la admiración musical, mantiene un vínculo personal. “Conocí a varios de mis amigos en un concierto de Pond en Chicago, así que eso también es una locura”.

Sin duda, Joe Keery ha construido un proyecto genuino en el que, más que perseguir reconocimiento o fama, lo que prima es la necesidad de expresar algo a través de su música y sus letras, buscando que quien escuche pueda sentirlo también. Esa forma de avanzar sin certezas absolutas, pero con una dirección clara, dibuja a un artista que, lejos de encasillarse, ha encontrado en el arte un espacio de exploración, honestidad y conexión. Es precisamente ahí, en esa búsqueda constante y sin artificios, donde Djo termina por consolidarse como una de las propuestas más importantes de la actualidad, dejando siempre la sensación de que aún hay más por descubrir.
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Heredera de una de las dinastías más importantes del cine, Oona Chaplin ha construido una carrera propia lejos del peso evidente de su apellido. Nieta de Charlie Chaplin e hija de la actriz Geraldine Chaplin, su trabajo se ha caracterizado por elegir personajes complejos, atravesados por tensiones internas y zonas grises. En Avatar: Fuego y cenizas, bajo la dirección de James Cameron, Chaplin entra en uno de los universos más ambiciosos del cine contemporáneo. En esta conversación, la actriz habla en perfecto español sobre su proceso actoral, la tecnología como medio y la relación entre arte, identidad y herencia.
Antes de hablar de la película, quiero empezar por algo muy simple: tu nombre. Es muy bello. ¿De dónde viene?
Es el nombre de mi abuela. Es un nombre irlandés, bastante común en Irlanda, aunque suene peculiar en otros lugares.
Tus personajes suelen estar marcados por conflictos internos o por cierta marginalidad. ¿Qué te atrae de esos espacios emocionales?
Creo que cualquier buen personaje tiene conflicto interno, porque eso es la condición humana. Lo interesante es hasta qué punto puedes explorar eso, sacarle jugo. A mí me gusta trabajar desde ahí porque es donde ejercito la compasión, la imaginación. Es casi terapéutico, una forma de entender los límites de esos conflictos y, de alguna manera, también entenderme a mí misma.

Avatar opera en un espacio donde la actuación pasa por la tecnología. ¿Cómo preservas la autenticidad emocional cuando tu cuerpo se convierte en algo digital?
Esa es una pregunta para el equipo técnico. Yo solo me preocupo por traer lo mejor de mí a cada momento. En el set, el ambiente es muy puro, casi como un ensayo de teatro. Estamos en una situación de mucha confianza, concentración e imaginación. Ahí trabajamos la verdad en su forma más esencial. Luego, otros se encargan de traducir eso al mundo digital. Para mí, eso es magia.
Tus interpretaciones suelen apoyarse en gestos mínimos, miradas y silencios. ¿Es algo consciente?
No realmente. No soy muy técnica, soy más visceral. Muchas veces no recuerdo esos momentos de los que la gente habla. Simplemente ocurren.

Trabajar con James Cameron implica entrar en un sistema muy preciso. ¿Eso limita o potencia tu intuición como actriz?
Es curioso, porque aunque es una producción extremadamente técnica, el trabajo actoral es muy libre. Es como si desaparecieran las restricciones habituales del cine. No tienes que preocuparte por la cámara, porque hay miles de cámaras. Lo único importante es llenar cada momento con tu verdad.
Lo que Cameron exige no es control, sino rigor. No porque lo imponga, sino porque lo inspira. Él trabaja desde la excelencia y eso empuja a todos a dar lo mejor.
La saga Avatar también tiene un subtexto muy claro sobre desplazamiento y pérdida del territorio. ¿Cómo conecta eso contigo?
Mucho. Soy hija y nieta de exiliados, yo misma soy inmigrante. El desarraigo forma parte de mi historia, casi de mi memoria genética. Pero también creo en la responsabilidad de vincularnos con el lugar donde estamos, con el entorno, con la naturaleza.
Esa es una de las preguntas que plantea Avatar: cómo nos relacionamos con el territorio. Incluso cuando los personajes están en su propio mundo, ya no lo reconocen porque ha sido transformado o destruido. Y, sin embargo, los Na’vi mantienen una conexión auténtica con su entorno. Eso es muy inspirador.

Tu personaje Varang puede leerse como un antagonista, pero también genera empatía. ¿Cómo lo abordas?
Nada justifica la crueldad, pero sí podemos entenderla, tener compasión. Los personajes de Cameron son complejos, tienen luces y sombras. Eso permite que podamos identificarnos con ellos de alguna manera. Para mí, era importante tener siempre presente el sufrimiento del personaje, su trauma. Pero sin justificar sus actos.
Pensando en esa complejidad, ¿crees que tu personaje podría tener una redención, como ocurre en otras sagas?
No lo sé. Y no sé si esa es la pregunta correcta. Creo que lo interesante es esa tensión entre los dos lados: el que destruye y el que protege. Es una pregunta más grande: ¿hasta qué punto podemos resistir sin convertirnos en aquello que estamos combatiendo?
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Vienes de una familia profundamente ligada al cine. ¿Cómo ha influido eso en tu relación con la actuación?
Crecí en sets, viendo trabajar a mi madre, viendo el legado de mi abuelo. Contar historias forma parte de mi cultura. Pero también me enseñaron a no caer en la trampa del glamur. Lo más importante que heredé es la ética de trabajo. Para mí esto es un oficio, un trabajo serio.
Para cerrar: si tu abuelo estuviera hoy frente a esta tecnología, ¿crees que la abrazaría?
No lo sé. Era muy purista, pero también fue un pionero. Tanto él como James Cameron comparten eso: el interés por empujar los límites técnicos, pero siempre al servicio de la historia. La tecnología puede ser una herramienta increíble, pero sin el corazón humano no significa nada.
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En un festival del tamaño de Tecate Pa’l Norte, donde todo compite por atención: escenarios simultáneos, estímulos constantes, rutas infinitas por recorrer, destacar no es simplemente cuestión de visibilidad, sino de conexión. Durante tres días, ZYN no solo logró insertarse en esa dinámica, sino alterar su flujo. El espacio funcionó como un punto de atracción dentro del festival.
Desde que abrían las puertas, el movimiento hacia el stand era evidente. No había que descubrirlo por accidente: la gente llegaba con intención. Las filas comenzaban temprano y se mantenían vivas a lo largo del día, sin depender de horarios específicos o picos de programación en los escenarios principales.
La experiencia comenzaba desde lo básico, pero rápidamente adquiría otra dimensión. Más allá del primer acercamiento, el espacio estaba diseñado para activar. El juego de reflejos se convirtió en el núcleo de esa interacción: una dinámica sencilla en apariencia, pero profundamente efectiva en ejecución. Luces que se encendían en secuencia impredecible, botones que exigían precisión inmediata y un objetivo que parecía cercano, pero que requería concentración real: alcanzar los 75 puntos.

El sombrero clásico de estética regia no era solo un premio, era un símbolo. Pero lo que realmente lo elevó fue la posibilidad de intervenirlo en el momento. Grabados con nombres, combinaciones de plumas, decisiones estéticas tomadas en tiempo real. Cada pieza terminaba siendo única, y eso le dio una dimensión adicional dentro del festival. A medida que avanzaban los días, estos sombreros comenzaron a multiplicarse por todo el recinto, funcionando casi como una señal silenciosa entre asistentes: un código compartido que identificaba a quienes habían vivido la experiencia ZYN Live.
Ese tipo de apropiación es difícil de construir y aún más difícil de sostener. Pero ZYN lo logró porque entendió algo fundamental sobre la cultura actual de los festivales: la gente ya no quiere solo observar, quiere participar activamente en lo que está pasando. Quiere intervenir, decidir, llevarse algo que tenga una historia detrás. No se trata únicamente de presencia, sino de memoria.


Y ahí es donde la propuesta conecta de forma directa con el tipo de público que hoy define el presente musical.
ZYN Live se integró de forma natural a esa lógica. No interrumpía la experiencia, la acompañaba. No exigía salir del ritmo del festival, sino reinterpretarlo desde otro lugar. En ese contexto, ZYN se posiciona como una alternativa que dialoga con ese mismo espíritu: sin humo, sin pausas forzadas, sin romper la continuidad del momento. Una forma distinta de habitar el consumo dentro de una experiencia que ya no se detiene.

Al final, lo que dejó ZYN Live en Tecate Pa’l Norte 2026 no se mide únicamente en interacción o alcance, sino en relevancia cultural dentro del contexto del festival. En un entorno saturado de estímulos, logró convertirse en un punto de encuentro auténtico. Un espacio donde la experiencia no se consumía, sino que se construía.
Porque si algo quedó claro durante el fin de semana, es que hoy los festivales no se definen solo por lo que pasa en el escenario. También se construyen en esos lugares donde la gente decide quedarse un poco más. Donde algo, aunque sea por unos minutos, logra sentirse propio.
Y ahí es donde ZYN Live entendió el momento mejor que nadie.
Estos productos no están libres de riesgo y contienen nicotina, una sustancia que es adictiva. Su venta es exclusiva para mayores de edad.
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Today (April 8) Joan Sebastian, the Mexican music icon whose hits remain benchmarks not just for the genre but for Latin music in general, would have turned 75.
Born in 1951 in Juliantla, Guerrero, the “Poet of the People,” as he was also known, dedicated five decades of his life to music, blending his campirano-style love and heartbreak lyrics with Sinaloan banda, mariachi and even pop, leaving a remarkable legacy behind.
During his prolific career, Joan Sebastian — whose real name was José Manuel Figueroa — appeared 43 times on Billboard‘s Hot Latin Songs chart, with 11 songs reaching the top 10, including “Te Irá Mejor Sin Mí,” “Un Idiota” and “Más Allá del Sol.” On Top Latin Albums, he achieved 35 entries, 19 of which landed in the top 10, while three reached No. 1: En Vivo: Desde La Plaza El Progreso De Guadalajara (2001), Celebrando El 13 (2013) and Personalidad (2015) — the latter released shortly before his death on July 13, 2015, after a tough battle with cancer.
Over the years, artists from various musical genres have paid tribute to him in their performances and even recorded versions of his songs, each infusing their own style without altering the essence he brought to his work.
From the rock of Moderatto and the ska of Panteón Rococó to the regional Mexican sounds of Valentín Elizalde and Edén Muñoz, or the bolero stylings of Charlie Zaa — here are 10 of the best covers to celebrate the life and work of Joan Sebastian, presented in chronological order based on their original release.
Chinese-American alt-pop singer-songwriter Emei signed with Atlantic Records in partnership with Ricky Reed‘s Nice Life Recording Company. The first release under the deal is the single “Night at the Opera,” the first offering from her upcoming Night at the Opera EP set for release on June 12.
“After the first time I saw Emei perform to a sold out, sweaty club in San Francisco, I went to introduce myself and her first words were, ‘Do you have any notes on the show?’ Now, a year later, her ambition to execute at the highest level continues,” said Reed, founder and CEO of Nice Life, in a statement. “That, paired with a deep vulnerability in her art, a scrappy DIY ethos, and a limitless love for her army of outsiders, is why we’re so excited to welcome her into the family that is Nice Life and Atlantic Records.”
CAA signed singer, songwriter and actor Sara Bareilles. According to the agency, Bareilles has sold more than 3 million albums and 15 million singles in the U.S., while her songs have been streamed more than 3.5 billion times globally. The multi-hyphenate also composed the music and lyrics for the Broadway musical Waitress, along with starring in the lead role on Broadway and the West End. She was nominated for a Tony for her performance as “The Baker’s Wife” in Into the Woods.

Sara Bareilles (Photo Credit: Shervin Lainez)
On screen, Bareilles starred in the Emmy-nominated musical comedy series GIRLS5EVA for three seasons. She additionally executive-produced and wrote original music for the J.J. Abrams-produced Apple musical drama series Little Voice.
Bareilles is managed by Izvor Zivkovic at Split Second and John Meneilly, Will Hubbard and Marissa Lesch at Left / Right. Her legal reps are Michael Guido at Carroll Guido & Groffman and Nancy Rose at Schreck Rose Dapello Adams Berlin & Dunham.
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