xaviersobased is heading to Australia for the first time, with the New York rapper-producer announcing a three-date run this June as part of his Riverside Tour.
The dates kick off at The Princess Theatre in Brisbane on June 3, followed by Melbourne’s Northcote Theatre on June 4, before wrapping at Sydney’s Metro Theatre on June 7 as part of Vivid LIVE. Tickets went on sale April 24.
The shows mark a milestone moment for the rapper, who has built a fast-growing audience online before translating that momentum into touring. Over the past few years, xaviersobased has emerged as part of a new wave of internet-led rap acts, with his music gaining traction across platforms like SoundCloud and TikTok.
That momentum accelerated with the release of his debut album Xavier earlier this year. The project earned Best New Music from Pitchfork, which described it as “a cult rap record with big ambition,” pointing to the artist’s evolving sound and approach.
Before that release, he had already built a steady catalog through a run of mixtapes, including Keep It Goin Xav and with 2, helping establish his presence within underground rap circles. His work blends elements of trap, rage and experimental hip-hop, often shifting styles from track to track.
Touring has also played a role in that rise. In 2025, xaviersobased completed a national run and appeared alongside artists including Yung Lean and Bladee, expanding his reach beyond the U.S. market.
The upcoming Australian dates will feature support from ksuuvi and Backend and arrive as part of the wider Riverside Tour 2.0. His inclusion on the Vivid LIVE lineup also places him alongside a broader mix of international and local acts appearing across the Sydney program.
xaviersobased Australia Tour Dates:
June 3 — Brisbane, The Princess Theatre
June 4 — Melbourne, Northcote Theatre
June 7 — Sydney, Metro Theatre (Vivid LIVE)
La momia en el cine no empezó con Brendan Fraser y Rachel Weisz. En manos de Universal Pictures y Hammer Film Productions, era una figura ligada a la muerte, al castigo y a una presencia física decadente y decrépita que se imponía desde el silencio y perseguía a jovencitas. Había una lógica interna clara con un cuerpo en descomposición que regresaba con algo pendiente, casi siempre lujuria.
Pero esa idea se fue diluyendo con el tiempo. Las películas con Brendan Fraser, también de los estudios Universal, cambiaron el eje hacia la aventura, con ecos de Indiana Jones pero sin su grandeza. El intento posterior con Tom Cruise terminó vaciando el sarcófago y acabando con la iniciativa de un universo interconectado de monstruos cinematográficos.
Ahora Warner se apropia de la momia y la lleva de nuevo al terreno del terror. La historia abre en Egipto con un ritual antiguo y luego se mueve a una familia marcada por la desaparición de una niña. Años después, esa niña regresa en condiciones imposibles y vuelve a casa con algo que no se puede explicar. El punto de partida funciona porque instala una ruptura clara. Lo que vuelve no es lo que se fue.
A partir de ahí, la película deja de lado casi todo lo que define a la momia como figura. Lo que domina es la lógica de la posesión. El comportamiento de la niña, las reacciones de la familia y las escenas clave remiten directamente a El exorcista, con ecos de La profecía, Terror en Amityville y hasta Evil Dead Rise (El director y guionista Lee Cronin fue el encargado de resucitar con fuerza la saga de Sam Raimi). El resultado es una desconexión constante entre el título y lo que ocurre en pantalla. La momia queda reducida a un elemento decorativo, casi ausente y sin peso real dentro del conflicto.
Jack Reynor (Midsommar) asume el papel de Charlie, el padre periodista, sin encontrar demasiado espacio para desarrollarlo. Laia Costa es Larissa, la madre, Verónica Falcón es Carmen, la abuela rezandera que sospecha algo, Seb es el hijo adolescente (Shylo Molina), Maud (Billie Roy) es la inocente hija menor y May Calamawy es Dalia, la detective al estilo del Dr. Loomis de Halloween, y todos se mueven dentro de un guion que no profundiza un ápice en sus personajes. La única presencia que se impone es la de Natalie Grace, que sostiene varias de las escenas más efectivas, las cuales a menudo se estropean con sobresaltos absurdos y situaciones traídas de los cabellos.
Lee Cronin ya había mostrado control del ritmo y la crueldad en Evil Dead Rise. Aquí recurre a una atmósfera sucia y escatológica, pero también a una fórmula repetitiva típica de los estudios Blumhouse, donde los momentos de impacto se acumulan sin construir algo más sólido alrededor. La película insiste en una dirección que no corresponde con su propio punto de partida. Mantiene el nombre, pero abandona lo que ese nombre implica. Y ahí es donde termina fallando.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿Por qué llamarla La maldición de la momia? No hay una respuesta clara. Puede ser una jugada de estudio para dejar el terreno libre a Universal para que retome su versión aventurera sin una competencia directa. Puede ser un simple desgaste creativo. O puede ser algo más básico. Usar un nombre conocido para vender una historia que bien podría llamarse de cualquier otra forma.
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Primate responde a la tradición del terror naturalista con animales que se salen de control fundada por Alfred Hitchcock con The Birds y llevada a su máxima expresión en Jaws de Steven Spielberg. Luego siguieron pirañas, orcas, cocodrilos, sapos, leones, ratas, abejas, babosas, conejos y hasta ovejas asesinas.
Los referentes más cercanos de Primate los encontramos en Monkey Shines de George A. Romero, que trabajaba la relación entre un humano cuadripléjico y Ella, una mona muy inteligente que se aprovecha de la dependencia de su dueño para generar un relación tóxica basada en los celos, la violencia y la manipulación. Por su parte Cujo, de Lewis Teague, convertía el relato de Stephen King sobre un San Bernardo con rabia en una cinta angustiante sobre una bestia imparable. Si a estas dos cintas se le suman otros chimpancés ilustres como Cheetah, el sidekick de Tarzán, el detective Lancelot Link, el carismático Bear de Las aventuras de B.J., el afamado Bubbles de Michael Jackson y a la mezcla se le añade hiel, sangre y vinagre, el resultado se parece bastante a lo que propone Primate.
La película parte de una premisa básica en el cine de terror naturalista. Ben, un chimpancé criado en cautiverio en Hawaii por una afamada primatóloga al interior de una familia, pierde el control debido al mordisco de una mangosta con rabia y convierte el entorno familiar en un verdadero infierno. El escenario aislado, la dinámica familiar (la primatóloga muere) y los típicos adolescentes que invaden la casa en busca de diversión cuando el padre no está, establecen la base funcional para los agrestes y cruentos asesinatos, sin necesidad de complicarlo demasiado.
Troy Kotsur, el actor sordo ganador del Óscar por CODA, encarna al padre escritor de novelas de suspenso y aporta una presencia que podría haber sostenido algo más complejo. Su relación con el animal tiene peso en el planteamiento, pero el guion no la desarrolla más allá de lo necesario para activar la historia. Johnny Sequoyah, Gia Hunter, Victoria Wyant y Benjamin Cheng ocupan lugares reconocibles dentro del grupo, sin que la película se detenga a explorar sus conflictos.
En términos de ejecución, el director Johannes Roberts entiende bien el tipo de película que está haciendo. Ya lo había demostrado en otra cinta de terror naturalista llamada 47 Meters Down, donde construye tensión a partir de un depredador y un espacio limitado. Aquí repite esa fórmula con eficacia. El suspenso está bien dosificado y el trabajo físico del chimpancé, reforzado por el actor especialista en captura de movimiento Miguel Torres Umba, le da credibilidad a cada ataque.
Como cinta de terror naturalista, la película funciona. El peligro es concreto, visible y constante, y la respuesta del espectador es inmediata. El problema aparece cuando la historia intenta sugerir algo más allá de la supervivencia. Hay elementos que apuntan a una reflexión sobre la domesticación, el control o la relación entre humanos y animales, pero nunca llegan a desarrollarse. La película no se detiene en esas ideas ni construye sobre ellas, manteniéndose en lo básico y en lo que ocurre frente a la cámara. Esa decisión la vuelve efectiva en el momento, pero limitada en su alcance. Funciona mientras dura la amenaza. Después de eso, no queda mucho más. Ni siquiera el chimpancé.
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Antes de El drama ya estaba Sleeping Dogs Lie. En esa olvidada película, Bobcat Goldthwait, el genio subvalorado de la comedia negra (Shakes The Clown, God Bless America, World’s Best Dad) armaba una relación que se deshacía a partir de una confesión sexual imposible de digerir que involucraba a un perro. Era una idea simple y llevada sin red. No había cálculo ni protección. Lo que se decía en voz alta lo cambiaba todo.
The Drama se roba esa premisa y la actualiza sin permiso. Cambia el origen del conflicto por algo más extremo: una fantasía de violencia juvenil que nunca ocurrió, pero que basta para romper la imagen que los demás tienen de Emma, el personaje interpretado por Zendaya. La escena está bien planteada. Cena entre amigos, vino y confianza. El juego aparece casi como broma y consiste en decir la peor cosa que han hecho. Cuando Emma habla, el ambiente se corta y ahí la película encuentra su punto.
El problema es lo que viene después. Robert Pattinson, como Charlie, vuelve a ese terreno que ya conoce del tipo abrumado por el desconcierto emocional y que no logra acomodar lo que siente dentro de la relación que tiene. Desordena su cabello, llora, ríe, se enoja y se queda girando sobre la misma idea. Lo hace bien, como siempre, pero ya empieza a sentirse repetido, sobre todo después de trabajos recientes como Die, My Love. Hay algo más vivo en su Batman que en estas versiones “lounge” de las comedias románticas tradicionales producidas por A24, el estudio que alguna vez fue la fuente de trabajos originales y que ahora es una máquina de “estereotipos alternativos”.
Y es que El drama entra de lleno en ese molde que A24 ha convertido en una marca hipster con sus relaciones tensas y melancólicas, el humor seco, los personajes excéntricos y un giro oscuro y violento que promete más de lo que entrega. Antes eso funcionaba. Ahora ya se reconoce demasiado rápido.
De hecho, Dream Scenario, el trabajo previo de su director, el noruego Kristoffer Borgli, es una copia descarada al surrealismo que Spike Joze y Charlie Kaufman llevaron a su máxima expresión en la obra maestra Being John Malkovich. Hubo un tiempo en el que los realizadores estadounidenses se copiaban descaradamente del cine europeo. Ahora parece que las cosas se invirtieron.
Zendaya sostiene varias escenas, sobre todo cuando el personaje deja de explicarse. Pero el guion no la acompaña hasta el final. Cada vez que la historia podría avanzar hacia algo más duro, prefiere rodearlo. Y ahí es donde la comparación con Sleeping Dogs Lie pesa. Aquella película era de presupuesto ínfimo y puesta en escena irregular, incluso torpe, pero iba de frente y rebosaba en ternura. El drama mide cada paso, introduce una idea fuerte y luego la suaviza. La tensión aparece, pero en realidad no se acumula y su ternura es tibia a lo sumo.
Todo está ahí. La confesión, la grieta en la pareja y los pensamientos reprimidos freudianos que ya no se pueden ignorar. Lo que falta es decisión. El drama es una de esas películas que se ve bien, suena bien y sus actores actúan bien. Pero nunca deja de sentirse como algo pretencioso, artificioso y armado.
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El 22 de abril de 2024, en simbólica sincronía con el Día de la Tierra, abrió en Bogotá un restaurante que no buscaba parecerse a nada conocido. Afluente surgió como una cocina orientada a visibilizar el cuidado de los páramos y los recursos hídricos, pero también como una interrogante conceptual: ¿es posible traducir un ecosistema en una experiencia gastronómica?
Al principio, la respuesta no era evidente. Algunos lo miraron con curiosidad; otros, con rareza. No era para menos. En un país donde abrir un restaurante suele ser más un acto de fe que un movimiento estratégico, la apuesta parecía, en el mejor de los casos, improbable.
“Todo el mundo debería hacer tres cosas en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Eso se decía en los años 80. Hoy, muchos le han sumado una más a esa ecuación vital: tener un café o un restaurante.”

Pero la realidad es menos romántica. En Colombia, de cada 10 restaurantes que se abren, cuatro cierran antes de cumplir tres años. Para muchos, son más un sueño que un negocio sostenible. Son más de 121.000 establecimientos en el país. De ellos, cerca del 38% pertenece a grandes cadenas —El Corral, Frisby, Crepes—, mientras que el resto, unos 75.000, son independientes.
En ese contexto, hace dos años un grupo de personas decidió sumarse a esa estadística. El proyecto se llamó Afluente Restaurante.
¿Pero, por qué hacerlo? El negocio gastronómico es tan riesgoso que BlackRock —uno de los mayores gestores de inversión del mundo— clasifica la restauración como de muy alto riesgo, debido a sus márgenes estrechos y su alta volatilidad. Incluso, la considera más inestable que invertir en una startup en un país en desarrollo.
Y eso, en el mejor de los casos: en Estados Unidos, donde el gasto promedio anual en comer fuera de casa supera los US$3.000. En Colombia, donde cerca del 70% de la población gana un salario mínimo o menos, ese gasto no alcanza los US$100.

Cortesía Afluente Restaurante
Entonces, nuevamente: ¿por qué Afluente?
Quizá porque alguien “enloqueció” primero y logró contagiar a otros. Un alguien de profesión chef y nombre Jeferson García. Durante años, el chef García probó a qué sabía el mundo desde cocinas de Sudamérica, Europa y Asia, hasta que decidió parar y volver al origen de esa decisión: la comida de su mamá. En ese regreso, tuvo una epifanía: entendió algo que lo mejor de la sazón criolla estaba en el agua.
A Jef, María Paula Giraldo le tradujo científicamente qué es un páramo. Y él comprendió que, por primera vez, ese ecosistema podía recibir un homenaje desde la cocina. Su destreza vino después. Ingredientes de los que nadie hablaba se convirtieron en bocados de asombro. No descubrió nada nuevo: los muiscas ya los usaban. Lo que sí hizo fue darles un lugar en la alta cocina contemporánea.
A Jef, Tats —María Paula Giraldo— le tradujo científicamente qué es un páramo. Y él comprendió que, por primera vez, ese ecosistema podría recibir un homenaje desde la cocina. La destreza y todo lo demás vinieron después. Ingredientes de los que nadie hablaba se convirtieron en bocados de asombro, más no necesariamente de novedad: los muiscas ya los usaban. La innovación que de él surgió fue, más bien, darles un lugar en la alta cocina contemporánea.

A nivel nacional, ni siquiera una parte significativa de la población colombiana comprende plenamente la función de los páramos como ecosistemas reguladores —capaces de captar humedad, almacenar agua y liberarla de manera gradual— ni la relevancia de que el país concentre entre el 50 % y el 60 % de estos sistemas a nivel mundial. Es un milagro que aún no está tan popularizado.
Por ello, Jef reunió a Tats, Olga, Luis, Fabio, Gonzalo y Joaquín en torno a una idea que trascendiera el concepto de crear un restaurante tradicional y, en su lugar, crear un centro de investigación artesanal que abarca desde la recolección y la identificación de ingredientes, hasta la experimentación constante y la búsqueda por extraer un sabor auténtico, natural y profundamente colombiano.
Cuando se propuso Afluente, la idea evocaba un restaurante sin agenda de reservas… pero en Dinamarca. Y esto es Cundinamarca. Proponerle al comensal bogotano pagar por un cubio, una leche asada, carambolo u otros ingredientes poco convencionales implicaba un riesgo evidente —quizá el mismo del que habla BlackRock, pero en versión criolla—
Sin embargo, el impacto inicial fue limitado. Contra todo pronóstico —y también frente a múltiples realidades sociales del país—, ese restaurante que prescindía de carnes, pastas italianas o hamburguesas comenzó a atraer a comensales curiosos en una casa típica de Chapinero, en una cuadra elegida más por intuición que por estrategia.

Llegaron los intrigados por lo distinto en boca; el estudiante que ahorró para sorprender a su pareja; el empresario que buscaba un lugar pequeño para recibir a un socio extranjero; la familia que celebraba y también el visitante europeo, fascinado por la singularidad de los Andes suramericanos y dispuesto a pagar por la experiencia.
Afluente, entonces, dista de las ideas preconcebidas que suelen rodearlo. En alguna ocasión, alguien preguntó: “¿voy a comer matas?”. La respuesta es no. Afluente es, ante todo, trabajo honesto, una presión constante por lograr que cada detalle funcione con precisión, sin recurrir a espectáculos innecesarios. Es un espacio concebido para poner a prueba el gusto, comer sin afán, acompañar la experiencia con vino o un cóctel de feijoa, y concluir con un café de especialidad.
Hoy, el proyecto se sostiene en un equipo que opera bajo una premisa clara: pensar la cocina como un relato conectado por el agua que recorre Colombia. Como diría Alejo: “me hace feliz ver a la gente comer comida rica”. Y cuando eso ocurre, es reflejo del trabajo colectivo de Andrea, los Sebas, Esthef, Alejandra, Julián, Vanessa, Gus, Aida, Natalia, Sleidy, Marce, Marcelino, las Majito en formación, así como de quienes han pasado por la cocina y de quienes aún están por llegar.
Primero había que hablar de ellos, porque fueron quienes recibieron la placa, la reseña, el titular, el video viral y, finalmente, el aplauso del comensal en la mesa.
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“¿Y cómo no me van a dejar entrar una cámara?”, le dice Rocambole, a Oscar Jalil, benemérito colaborador de Rolling Stone y pilar periodístico de El camino de Rocambole, el documental sobre el artista plástico que se transformó en una celebridad a partir de la gráfica de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, dirigido por Marcia Paradiso y Matías González. Están viendo fragmentos de Olor a tigre, el mediometraje sobre los Redondos que el Mono Cohen junto a Alejandra Ceriani y que muestra imágenes del backstage de un concierto del grupo en el Polideportivo de La Plata, y esa pregunta retórica funciona como toda respuesta a lo que le (se) preguntaba Jalil: siendo el grupo tan celoso de su intimidad, habiendo construido un mito tan grande a partir de cierto misterio, que alguien filme eso que resguardaban (y resguardaron por tanto tiempo) parecía insólito. Rocambole, con una sonrisa y en una frase, deja dicho todo.
El film revisita el universo simbólico de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota a través de la mirada del protagonista, el artista detrás de una iconografía que marcó a generaciones, y tiene verdaderas revelaciones, como la historia por detrás de una de las imagenes más icónicas del rock argentino: el esclavo que forma parte del arte de tapa de Oktubre (1986).
Sin perder el pulso ricotero, el film va más allá, porque limitar a Rocambole a los Redondos sería de un reduccionismo absurdo. “Entre sus grandes epopeyas siempre me gustó la dimensión faraónica de las 30 Horas de Rock en el club Atenas, un Woodstock platense fechado en 1970 y bajo techo que la historia oficial casi ni recuerda, una vez más lo impensado tomaba forma sin perder la esencia independiente, el espíritu comunitario y una tremenda impronta fundacional”, dice Oscar Jalil. “En esa misma línea y casi al mismo tiempo que transcurrían las 30 horas de rock, un jovencísimo e irreverente Mono Cohen conducía un ciclo radial titulado ‘Cultura Rock’, mucho antes que el Indio Solari viralizara el término. En Radio Universidad el joven calvo difundía rock en castellano y leía a los beatniks. De esas medallas, Cohen atesora una colección invaluable, todas son ciertas y las pude comprobar con un entusiasmo detectivesco”.

El film hizo público un placer privado. “Sentarme a charlar con Cohen es una práctica habitual, esta vez con cámaras para llevar adelante un ‘documental de observación’, según palabras de los directores del film. Contra viento y todas las mareas de vaciamiento cultural del gobierno de Milei, los realizadores finalmente pudieron concluir un trabajo de años. Las mil vidas de Rocambole juegan como excusa para conocer al artista que es mucho más que el tipo que se sentó en la mesa chica de Los Redondos mientras duró el tiempo de Patricio Rey”, concluye.
El camino de Rocambole se estrena el sábado 25 de abril a las 20 en el Cine Gaumont, Av. Rivadavia 1635. Hay otra función el martes 28 de abril, también a las 20.
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En la vida hay momentos llenos de euforia y momentos en los que simplemente hay que sentarse a reflexionar sobre el pasado. Por alguna extraña razón, las fiestas funcionan en una estructura similar, o al menos eso plantea Lykke Li en The Afterparty, su más reciente material discográfico.
Después de casi dos décadas de carrera, la artista sueca se sienta a reflexionar sobre cómo ha cambiado su percepción sobre la vida y la industria musical en estos años. En tan solo nueve temas, Lykke Li presenta una narrativa completa que gira alrededor de una lucha interna que todos hemos experimentado alguna vez: enfrentarse a la peor versión de uno mismo. Pero esto no viene de la culpa, sino desde la esperanza, lo que resulta en un proyecto catártico y sanador.
A tan solo días de que el álbum salga a la luz, Lykke Li se reunió con ROLLING STONE en Español para conversar sobre el proceso creativo detrás del álbum, la profundidad de su concepto y los pequeños detalles que lo convierten en uno de los proyectos más distintos de su catálogo.
Felicidades por The Afterparty, tu nuevo álbum. Me parece muy interesante cómo, en cierto modo, es completamente opuesto a tu disco anterior, no solo en su sonido, sino también en su producción y en el lugar de grabación. ¿Por qué quisiste que fuera tan diferente a tu última entrega?
Creo que siempre he sido así. Con cada álbum que hago, intento ir súper a la derecha y luego pienso, “Oh, la próxima vez quiero ir completamente a la izquierda”, así que es como si estuviera en un viaje como artista y quisiera explorar todas estas cosas diferentes.
Cuéntame sobre la grabación de este nuevo álbum en tu país natal, Suecia, ¿qué diferencias supuso en comparación con la grabación de tu anterior álbum, que fue en Los Ángeles?
En su mayoría, todos mis primeros álbumes los hice en Suecia también. Siempre vuelvo al estudio de Ingrid. También hice el último álbum en la pandemia, así que no pude viajar mucho. Por eso también se convirtió en una especie de álbum claustrofóbico y esta vez quería que fuera súper maximalista; mucha gente, muchas voces, en vivo, todo en vivo, y toda mi gente está en Suecia, así que fui allí.
Pero escribiste The Afterparty en Los Ángeles. ¿Encontraste algún contraste entre la idea que tenías al escribir el disco y la que tenías al grabarlo?
Son completamente diferentes y la forma en que llamo a Los Ángeles es “el ashram”. Escribo principalmente en Los Ángeles porque te obliga a pasar mucho tiempo solo en tu coche y el coche se convierte en una especie de burbuja espacial y luego miras el mundo. No sé si es así en México, pero especialmente en Los Ángeles hay tanta destrucción, sufrimiento y decadencia, así que básicamente es un mundo en llamas.
Sí, aquí también pasa. Es crear o morir, ¿no?
Sí, es exactamente así.

Uno de los aspectos clave de este nuevo álbum, al menos en lo que respecta a su sonido, es el papel protagónico de las cuerdas. Tuviste una orquesta de 17 músicos para la grabación, ¿por qué quisiste que las cuerdas fueran una parte tan importante de The Afterparty?
También las tuve cuando toqué cuatro conciertos con la orquesta sinfónica en Suecia, que era una orquesta de 60 músicos, y fue tan hermoso. Cuando hice eso, pensé, “¡Dios mío! Definitivamente necesito usar cuerdas en este álbum”. Creo que las cuerdas también representan el drama y la emoción; es tan hermoso que como humano puedes tocar cuerdas y pintar el mundo entero en emoción. Son instrumentos muy poderosos.
Otro aspecto clave del sonido de este disco son los “bongos apocalíptico”s, que podemos escuchar desde la primera canción, ‘Not Gon Cry’. ¿Cómo fue el proceso de experimentar con ese instrumento hasta encontrar el sonido específico que buscabas?
Para mí, eso también es un elemento tan humano porque realmente tienes que tocar el bongó, y también me inspiraron mucho los álbumes de Marvin Gaye y los Rolling Stones que también siento que tenían los mismos temas, como que el mundo también estaba lidiando con la guerra, y realmente muestra el caos del mundo, como la sangre y el sudor de ser humano también.
Ese instrumento también es muy importante en la música latinoamericana, ya sea cumbia o salsa…
Me encanta la cumbia. Estoy obsesionada.
Y me preguntaba si esos géneros fueron de alguna manera una fuente de inspiración para este disco.
No directamente, pero sí indirectamente. He pasado mucho tiempo en México y me encanta ese tipo de música.
Contrastan un poco porque los bongos son muy alegres y le dan un ritmo animado a muchas canciones. Pero el concepto principal de The Afterparty es lidiar con tu peor versión. ¿Por qué quisiste que tuviera este contraste entre un concepto tan profundo y potente con sonidos alegres?
Porque creo que la naturaleza humana siempre está en la delgada línea entre la oscuridad y la luz. Y siempre tiene que existir esa yuxtaposición en todo. Así que si vas a ir muy oscuro, tienes que compensarlo con mucha luz.

Y háblame del concepto del álbum en sí. ¿Por qué quisiste que se abandonara un tema tan profundo y desafiante para muchas personas como lo es lidiar con la versión más oscura de uno mismo?
Eso es lo que hago como artista. Tomo todas esas emociones que son difíciles de manejar, las transformo y compongo canciones. Así que, básicamente, tomo aquello que no entiendo y con lo que no puedo vivir, e intento comprenderlo.
Te diste cuenta de que querías grabar un álbum completo después de grabar ‘Famous Last Words’ en una sola toma. Es una canción muy potente y emotiva, y eso se nota no solo en los instrumentos, sino también en tu voz. ¿Qué recuerdas del proceso de grabación? ¿Fue emocionalmente exigente de alguna manera?
No realmente. Cuando tienes una canción así, es como un hermoso misterio y piensas, “¡Guau!”, como si fuera una descarga celestial. Entonces, cuando tienes algo así, te das cuenta de que has descubierto algo importante. Y la verdad es que, sobre todo con la letra, ese chico malo, ese chico rebelde, esa criatura de la noche, me interesaba mucho ese personaje.
¿Fue esa la primera canción que grabaste del álbum?
Sí, creo que esa es la primera que tengo grabada como es debido.
¿Y esa canción dio pie a todo el concepto que hay detrás de The Afterparty?
No, eso fue solo un capítulo. A veces uno no sabe. Te preguntas, “¿Estoy haciendo solo unas pocas canciones o estoy haciendo un álbum?”. Ahí es cuando me doy cuenta, “Bueno, estoy haciendo un álbum”. Me di cuenta de que ‘Famous Last Words’ es solo un capítulo. Ahora, necesito encontrar todos los demás capítulos y descubrir la trama completa de la historia.
¿Por qué quisiste construir esta narrativa en la que comenzamos con una especie de euforia y avanzamos hacia un punto emocional apagado en el que no hay nada más que hacer que reflexionar sobre lo que acaba de suceder en esta fiesta, que es una metáfora de la vida misma?
Para mí, eso es lo que significa hacer un álbum: construir este mundo que es casi como una obra de teatro, una película o un libro, donde hay todo un arco argumental, narrativa y personajes. Me gusta construir realmente todo el mundo. Eso es lo que lo hace divertido.
¿Y qué imágenes te llegaban a la mente mientras escribías y grababas el álbum?
Cuando imagino cosas, nunca hay limitaciones de presupuesto. En mi mente soy Stanley Kubrick, pero luego llega la realidad y aparece mi compañero, Theo Lindqvist, que es casi como mi Björn en la música. Es mi compañero visual. Entonces, empezamos a reflexionar sobre los tiempos que vivimos, ya sea que todo esté en TikTok o en Instagram. Son pequeños fragmentos de realidad, ya sea ver una guerra, un meme o una sesión de fotos de moda. Son trozos fragmentados de realidad. Pensamos, “Creo que tenemos que crear una especie de regla fundamental donde todos los vídeos sean reales”. Está sucediendo todo. Es un iPhone o una cámara de video. No hay nada de ilusión. No hay filtros añadidos. Es la realidad y los seres humanos intentando superar sus circunstancias.

Quiero hablar de la canción ‘Knife In The Heart’ porque siento que es el clímax de toda la historia que nos estás contando. Así que quiero preguntarte cómo fue el proceso de creación de esa canción. ¿Fue tan catártico como parece?
Sí, lo fue. Creo que esa fue la última canción que escribí para el álbum, y también me salió en una sola toma. Y te das cuenta cuando estás escribiendo algo y dices, “Oh, esto es lo que he estado buscando durante meses”. Y es una canción bastante sencilla, casi como una canción de cuna. En realidad trata sobre aceptar la condición humana. Esa canción es bastante emotiva y se puede sentir desde la perspectiva del público o del oyente.
¿Y cómo se vive desde la perspectiva del artista? ¿Cómo fue escribirla?
Al escribir, simplemente estás explorando. Intentas encontrar las palabras adecuadas para expresar un sentimiento. Así que, cuando escribo, estoy totalmente inmersa. Solo tengo curiosidad. Solo estoy viendo hacia dónde va. Y luego creo que la producción fue realmente interesante porque mi amigo vino y le dije que quería esta introducción súper cara y luego él estaba tocando Ebo y esos primeros acordes. Yo pienso, “¡Dios mío, sí!”, como si estuviéramos lanzando un apocalipsis total en la producción.
Increíble. Y algunas de las letras de The Afterparty son muy reflexivas, pero te divertiste mucho escribiéndolas. ¿Por qué te resulta gracioso escribir ese tipo de letras?
Por ejemplo, estaba obsesionada con la palabra “payaso”. Entonces, pensé, “¿Cómo puedo usar esa palabra?”, o buscaba palabras que, para mí, evocaban una imagen irónica o humorística. Me preguntaba cómo incorporarlas a la canción. Era simplemente curiosidad por las palabras y las imágenes, y sí, a veces me hacía reír, por ese estilo un tanto absurdo.
Corrígeme si estoy mal, pero durante el proceso creativo de este nuevo álbum encontraste una nueva pasión en el pro-wrestling o la lucha libre profesional. ¿Qué fue lo que te interesó tanto de este mundo?
Me parece que es muy parecido a lo que significa ser humano, como ver esos combates de lucha libre donde tienes que competir por tu lugar a pesar de sentirte derrotado y con todas esas lesiones. En la lucha libre, tienen todas esas historias y arcos argumentales increíbles. Se trata mucho de venganza y traición. Me pareció completamente fascinante.
En una entrevista que te hicieron hace más de 15 años, mencionaste que sentías que la música te llegaba como un regalo de Dios. ¿Sigues pensando lo mismo?
Sí. Bueno, no hay una respuesta a por qué algunas personas escriben canciones y otras no. Simplemente, puedes ir a ese lugar. Y es tan hermoso. Sigue siendo un misterio. Y es un regalo tan grande para mí que realmente no sé cómo viviría sin él.

Finalmente, The Afterparty se siente como una especie de despedida. Sé que has insinuado que este podría ser tu último álbum. ¿Intentabas dar un cierre a tu carrera, al menos a la Lykke Li que conocemos?
Sí, creo que sí. Y creo que también es que esta industria se basa en ser joven. Y cuando ya no lo eres, tienes que reajustarte y te das cuenta de que la industria está bastante podrida. Entonces, a medida que te vuelves más sabia y espiritual, empiezas a cuestionar toda esta industria. Es como una despedida a la niña que empezó tan joven. Estoy haciendo esto para mi yo de 18 años, que ni siquiera podía imaginar quién sería a estas alturas. Es casi como honrar esa parte de mí misma.
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Actualmente, no sería descabellado afirmar que la escena musical latina está dominada por el género urbano. En Chile, particularmente, esta escena ha tenido un segundo aire gracias a artistas como Akriila, Easykid o Sinaka, rescatando sonidos e influencias del pasado y mezclándolos con otras corrientes como el hyperpop o el neoperreo.
Sin embargo, en el país austral, a pesar de esta gran carga sobre lo urbano, en paralelo se han ido construyendo proyectos más cercanos al rock indie, como es el caso de agrupaciones como Niños del Cerro o Asia Menor. En ese contexto, en 2023 aparece una banda que ha ido creciendo poco a poco, con una propuesta que para muchos jóvenes resulta nueva ya que retoma sonidos clásicos del rock chileno y los cruza con influencias modernas, sobresaliendo y convirtiéndose en un referente dentro de la escena independiente: Candelabro.

Candelabro, integrada por Matías Ávila, Franco Arriagada, Carlos Muñoz, Javiera Donoso, Luis Ayala, Nahuel Alavia y María Lobos, lleva varios años construyendo un proyecto sumamente profundo e interesante, algo que la ha hecho destacar dentro del mundo indie chileno. Sin embargo, fue en 2025 cuando su propuesta entró en el radar de gran parte del público con su álbum Deseo, carne y voluntad, amado por los melómanos latinos y aclamado por la crítica, demostrando que su sonido, estética y mensaje no podían permanecer ocultos por más tiempo.
En conversación con ROLLING STONE en Español, Matías Ávila, fundador y líder del grupo, habla sobre los inicios de la banda, sus dos álbumes de estudio hasta ahora, la importancia de tomar una postura política y su gira por España.
La verdad, me emociona mucho hablar contigo. Candelabro es una de las bandas que más he escuchado desde el año pasado y, antes de entrar de lleno en Deseo, carne y voluntad y su gira por España, me gustaría ir al inicio. ¿Cómo nace Candelabro y qué intención había detrás desde el comienzo?
Candelabro como tal nace en 2023, cuando Franco, Nahuel, Luis, Carlos, Javi y yo —éramos seis en un inicio— estábamos tocando canciones que yo había compuesto para mi carrera solista. Antes teníamos una banda que se llamaba “La Sonora Matías Ávila”, porque éramos muchos. En Chile existe toda esta tradición de “sonoras”, como La Sonora de Tommy Rey o La Sonora Palacio, bandas grandes que tocan cumbias y animan fiestas, especialmente en fechas como Año Nuevo. Jugábamos con esa idea.
Después empezó a tener más sentido convertirnos en banda, porque el trabajo colectivo era fundamental para que existiera un proyecto así. También era raro tener una agrupación tan numerosa bajo mi nombre. A mí no me acomodaba, y era más lógico bautizar el proyecto. Ahí, después de muchas conversaciones, decidimos llamarnos “Candelabro”.
El nombre tiene una historia personal. Mi abuela tenía una lámpara que simulaba ser un candelabro, y como mi mamá trabajaba mucho cuando yo era niño, pasaba bastante tiempo con mis abuelas. Uno de mis pasatiempos era hablarle a ese objeto por horas. El candelabro, además, es algo ostentoso, pero también presente en espacios cotidianos como universidades o edificios antiguos. Tiene esa dualidad: es extravagante, pero accesible.
Creo que la banda también tiene algo de eso: somos un grupo grande, con pasajes a veces raros o extensos, pero que no pierde la fuerza de la música popular ni del canto que conecta con la gente, que hace que griten, lloren o celebren con nosotros.


Son varios integrantes, muchas miradas distintas. ¿Cómo conviven esas visiones dentro de la banda? ¿Cómo funciona el proceso de composición, especialmente entre Ahora o nunca y Deseo, carne y voluntad?
Aunque Candelabro nace en 2023, con Franco llevamos casi diez años tocando juntos. Con Carlos, el bajista, unos siete u ocho. Con la Javi también hay una historia larga —nos conocemos hace unos cinco años y fuimos pareja dos—. Hay vínculos muy fuertes entre todos, y además cada uno escucha cosas muy distintas. Nos encontramos en ciertos puntos, sobre todo en la música chilena: 31 Minutos, Congreso, Los Prisioneros, Los Jaivas, pero venimos de lugares bien distintos.
En el primer disco, Ahora o nunca, muchas canciones las compuse en pandemia. Eran ideas que tenía dando vueltas y que después se transformaron en canciones de banda. Yo llegaba con algo armado y sobre eso improvisábamos hasta construirlas.
En Deseo, carne y voluntad el proceso fue parecido, pero mucho más colectivo. Ya no estaba la pandemia encima, nos encontrábamos más en la sala de ensayo y empezamos a hablar un lenguaje común. A veces yo llevaba una idea muy pequeña, o por ejemplo Lucho llegaba con un riff, y desde ahí armábamos todo. Muchas canciones nacieron directamente en ese espacio.
Eso terminó definiendo el sonido del disco y también el de la banda hacia adelante. Lo que estamos trabajando ahora sigue esa lógica: todos aportan, todos proponen, y muchas ideas que surgen en el ensayo cambian completamente la dirección de una canción.
Entrando en este segundo álbum, lo primero que llama la atención es la portada. ¿Qué significado tiene y por qué decidieron apostar por esa imagen?
La responsable —y genia— detrás de la portada es Javiera Donoso, que es cantante, percusionista, arreglista, ocupa sintetizadores en el grupo y además se encarga de toda el área visual. Ella venía trabajando este concepto de tensión entre lo blanco y lo oscuro, lo divino y lo terrenal. A partir de ahí desarrolló múltiples bocetos del cordero con la estrella y la corona de espinas. Fue un proceso largo, de diálogo constante —incluso se consideró dejar solo la estrella—, que tomó varios meses, pero que sin duda valió la pena.
El impacto ha sido tal que muchas personas incluso se han tatuado la imagen. Su significado, según lo que hemos conversado, se articula en torno a los conceptos del disco: el deseo, la carne y la voluntad. El deseo aparece como algo puro, representado en el cordero; la carne, en la corona, como límite o atadura a lo terrenal; y la voluntad, en la estrella, como aquello que ilumina y permite avanzar. Así, ese deseo se transforma en una convicción que atraviesa tanto las canciones como el universo visual de la banda.
Hay un claro componente religioso que atraviesa todo el álbum y, aunque algunos lo han leído como un proyecto netamente “cristiano”, también hay una crítica a la religión y un comentario político que dialoga con la situación actual no solo en Chile, sino en América Latina. ¿Cómo nace este concepto? ¿Qué querían explorar o tensionar con este proyecto?
Me acuerdo perfecto de una noche en la que veníamos saliendo de la sala de ensayo con los chiquillos y les dije que quería que el disco se tratara precisamente de religión, de Chile y de las tensiones políticas. Creo que América Latina es una región profundamente atravesada por el catolicismo, eso es evidente. Somos un continente con mucho que ofrecer y con una historia muy potente, pero es cierto que, desde la llegada del catolicismo como institución, nuestra historia cambia y marca un antes y un después. Es muy distinto, por ejemplo, a lo que sucede en Europa, donde el vínculo está mucho más enraizado; no sé si es menos complejo, pero sí diferente. Acá nuestras raíces eran otras, y lo que ocurre es un quiebre: la colonización.
Sin embargo, la Iglesia católica en Latinoamérica —y en específico en Chile— ha jugado un rol transversal, sobre todo en los momentos más oscuros del país, como la dictadura militar. Están el Comité Pro Paz, la Vicaría de la Solidaridad, figuras como Mariano Puga o Raúl Silva Henríquez, que fueron férreos opositores a la dictadura de Augusto Pinochet. Y hay muchos otros ejemplos de esa entrega por el otro, que es algo con lo que, de alguna forma, todos hemos sido educados. Es algo que excede las creencias individuales: una persona puede ser agnóstica o atea, pero igual cargar con cierta culpa cristiana propia de esta sociedad.
Lo mismo pasa en las instituciones. Uno puede decir que el Estado es laico, pero, al final, en la toma de decisiones políticas de muchos países latinoamericanos hay factores que adhieren a órdenes más conservadoras del catolicismo o, por el contrario, a una línea más social dentro del cristianismo. Ambas cosas conviven. Entonces, esas tensiones son parte de la idiosincrasia latinoamericana, y particularmente de la chilena: están a la vista. Y al mismo tiempo, la Iglesia Católica también representa, en distintos países, episodios de atrocidades tremendas. Así como hubo personas que se enfrentaron a la injusticia, también hubo otras que se aprovecharon de ella, como en el caso de Karadima en Chile, un cura que abusó de menores. Es algo que sucede.
Frente a eso, hacer un disco de alabanzas nos parecía tremendamente irresponsable e inconsecuente, porque no era lo que queríamos hacer. Al contrario, buscábamos una revisión, una reflexión, una crítica y, sobre todo, instalar preguntas. Por ejemplo: ¿qué significa hoy ser chileno? Y eso se puede extender a ¿qué significa ser latinoamericano?, en un contexto en el que nuestra identidad está siendo cada vez más mercantilizada por la cultura pop estadounidense, manoseada, incluso pervertida. Es complejo. Son tiempos complejos para hablar de identidad.
Cuando hablamos de lo que es ser chileno, en realidad hablamos de una mezcolanza. Hoy, ser chileno es, en gran medida, la incertidumbre misma. Y creo que eso se puede trasladar a cualquier país de Latinoamérica. Es incertidumbre, pero también la capacidad de levantarse frente a ella. Somos un continente tremendamente fluctuante, con altos niveles de migración, lo que nos complejiza y nos enriquece, pero también nos plantea desafíos que nos obligan a estar en diálogo constante, tratando de entender qué está pasando.
Yo te lo digo también como profesor: es algo que veo. Al enseñar historia de Chile a estudiantes que muchas veces no son de origen chileno, surgen preguntas y dificultades que obligan a replantear cómo abordar esos contenidos. Son tensiones que terminan permeando otros espacios culturales. Es el mundo, el país y el continente que nos toca habitar, y hay que tratar de sacarle el mayor provecho posible, de hacerlo un mejor lugar para vivir para todos.
Y en medio de todas esas reflexiones aparece también algo muy personal: la enfermedad de mi padre, a quien le detectaron cáncer de estómago en 2024. Ese fue un momento clave. Yo tuve una formación católica en el colegio, no porque venga de una familia particularmente religiosa —más bien lo contrario—, pero igual es algo que marca la forma en que uno ve el mundo. Conceptos como la bondad, la empatía, toda esa estructura valórica que transmiten esas instituciones, de alguna forma quedan. Y ahí entro en un conflicto profundo. Creo, incluso, que los colegios católicos son más una fábrica de agnósticos y ateos que otra cosa [Risas]. Nadie sale muy convencido después de pasar por ahí.
Pero cuando pasa lo de mi padre, entro en una tensión muy fuerte: ¿a quién recurre uno cuando todo se va al carajo? Sobre todo en momentos así. Y ahí encontré otra forma de conexión espiritual, distinta. No tenía que ver con ir a misa o repetir rituales, sino con encontrar mi tiempo, mi espacio, cuidar a mi familia, estar presente, ir a templos vacíos, leer, pensar, hacer pausas. En un mundo que va cada vez más rápido, hiperaccesible, donde todo es inmediato, también existen formas de ir más lento, de respirar, de reconocerse con límites, errores, fracasos, y construir algo desde ahí. Edificarse desde las propias derrotas y los propios perdones. Para mí, eso también es una forma de espiritualidad sana.
No todo tiene que estar ligado a una doctrina rígida. Uno puede creer en un país mejor, en un mundo mejor, en ser mejor persona. Y también se puede creer en Dios sin necesariamente endiosarlo tanto. Puede ser incluso una figura más humana, más abierta a interpretaciones. Creo que, al final, lo importante para nosotros era abrir esa conversación, poner sobre la mesa todas estas preguntas y tensiones.
También me pareció muy interesante cómo, como banda, no les da miedo tomar una posición política. Lo demostraron en el álbum y también en sus presentaciones en Lollapalooza, por ejemplo. En ese sentido, ¿qué lugar creen que debe ocupar la música frente a la política? ¿Sienten, como grupo y a nivel personal, una responsabilidad en ese sentido?
Nosotros creemos que la música tiene que hablar, principalmente, del mundo en el que vivimos. Y es evidente que este contexto —tremendamente agitado a nivel socioeconómico, cultural y político— nos tiene que interpelar sí o sí, y llevarnos a conversar sobre lo que está pasando antes de que esas cosas nos pasen por encima. Hay que entender que, si no hablamos de lo que sucede en este mundo que se nos dio, si lo rechazamos y hacemos como que no existe, esas cosas van a seguir ocurriendo. No dependen de nuestra interpretación: el mundo es lo que es, pero también puede —y debe— ser mejorado de alguna forma. Me rehúso a creer que las cosas van a seguir así por el resto de nuestras vidas, como si fuera simplemente “lo que es” y ya. No.
Siento que, al menos, podemos encontrarnos en la diferencia y conversar en torno a las cosas que nos afectan, a las que nos tiran para atrás. En Chile son varias. Están pasando muchas cosas a nivel político. Tenemos un gobierno de una línea ultraconservadora que acaba de asumir, y vemos cómo su aprobación se cae a pedazos. Pero no es cierto que Chile sea un país de ultraderecha. No es cierto que sea un país hipermega conservador. Tampoco lo es Argentina, ni Perú. Lo que hay es un momento de tremenda desilusión política, una crisis profunda de confianza en las instituciones. Son tiempos en los que el continente empieza a cuestionarse incluso la palabra “libertad”: hasta qué punto cedemos nuestras libertades individuales y cuál es su verdadero alcance.
Vemos, por ejemplo, cómo en Argentina se posiciona Javier Milei como presidente electo, haciendo gárgaras de este lema de “viva la libertad, carajo”. Y uno se pregunta: ¿qué es la libertad?, ¿cuáles son sus límites? Si la libertad a la que aspiramos como continente es la de Estados Unidos, sinceramente yo no estoy de acuerdo, no me parece. Y, a partir de eso, de lo que vemos y de lo que nos toca vivir, hacemos arte.
Con Candelabro siempre hemos hecho canciones en torno a eso. El primer disco tiene temas más adolescentes, más joviales, más inocentes, incluso más juguetones, pero también otros más oscuros, porque ese era el momento que estábamos viviendo como país y a nivel individual. Este último disco, en cambio, es más denso —y más raro— porque los tiempos en los que vivimos también lo son. Obviamente, también hay espacio para gritar, para llorar y para bailar. No todo es terrible, no todo puede ser malas noticias. Hay muchos motivos para seguir creyendo, para querernos, para aspirar a ser felices. Pero frente a la situación que estamos atravesando como país, ¿cómo no hacer canciones sobre eso, si está tan al alcance, tan a la vista?
Yo vivo a una cuadra del Palacio Presidencial, La Moneda. Literalmente a una cuadra. Vivo en el centro de Santiago y me ha tocado ver de todo. Después de haber vivido años en Peñalolén, que es una comuna más periférica, he visto el tránsito de la ciudad, el deterioro en algunos casos, pero también el crecimiento y el auge de otros espacios. En mi caso, y en el de los chiquillos de Candelabro, muchos somos primera generación universitaria. Venimos de familias de clase media baja, de mucho esfuerzo, familias que lograron tener casa propia gracias a subsidios estatales. Yo estudié con gratuidad, es decir, no pagué mi educación superior.
Entonces, ¿cómo no hablar de política? Creo que esa es la verdadera pregunta: ¿cómo no hacer canciones sobre política? Tendríamos que vivir en otro mundo, en otro Chile, en otro continente. Pero este es el mundo en el que vivimos, este es el país en el que vivo, y soy profundamente agradecido de ser chileno y de ser parte de Latinoamérica. En eso no me pierdo.
No sueño con hacer música de vanguardia en Europa, no me interesa. No sueño con tocar en un club de jazz en Nueva York, tampoco. Lo que me importa es que mi música haga sentido aquí, donde vivo, para la gente que conozco y para la que no, en mi país y en el continente. Y si se abren puertas para tocar afuera, obviamente no voy a decir que no, pero mi intención primaria —y la de todos nosotros— es hacer eco del país en el que nos gusta vivir y que también elegimos vivir.

Es un mensaje potente, sobre todo al pensar en su proyección fuera de Chile. Ahora, con su próxima gira por España, ¿cómo se sienten al llevar su música a nuevos públicos? ¿Qué esperan de esta experiencia y qué les gustaría dejar en el público español?
Para seis de los siete, será la primera vez en Europa. Muchos de nosotros también salimos por primera vez del país gracias a Candelabro: fuimos a Argentina, después a México y ahora nos toca España. Antes de eso, eso sí, vamos a pasar por Perú.
Sumar España a la ecuación es algo que no teníamos previsto. Es una emoción muy grande, pero también un desafío importante. Queremos —como en cada lugar donde tocamos— dar lo mejor de nosotros y ofrecer un show a un nivel excelente: que suene bien, que la gente se vaya contenta y nosotros también volver a Chile con la sensación de haberlo dado todo en unas fechas que sabemos que van a ser intensas.
Es la primera vez que Candelabro tiene una gira como tal, con varias fechas seguidas, y tenemos muchas ganas de disfrutar la experiencia. En lo personal, también me entusiasma mucho la comida [Risas]. La gastronomía argentina me encantó, la mexicana es una locura, y ahora estoy muy emocionado por lo que será Perú y, por supuesto, España. También por conocer gente, hacer amigos y generar vínculos que den ganas de volver.
Ahora que mencionas esa primera experiencia de salir de Chile con Candelabro, es inevitable hablar de Lollapalooza y todo lo que generó para ustedes. ¿Cómo vivieron la experiencia de presentarse en un escenario tan grande y con una recepción tan positiva del público?
Es nuestro segundo año yendo. Fuimos el año pasado con nuestro primer disco, después pasamos por Fauna Primavera y ahora nos tocó volver a Lollapalooza. La verdad, fue una experiencia increíble: tocamos para mucha gente, fue muy emocionante y quedamos súper contentos.
La invitación llegó porque se había bajado una banda gringa —no recuerdo cuál—, y obviamente no dudamos en aceptar. Fue un show en el que dimos todo. Además, trabajamos con un equipo muy profesional: María José Tapia en las visuales, Chalo González en el audio, Emanuel Irarrázabal en los retornos, junto a todo un equipo humano tremendo como Isidora Blanco y Carla Arias de Armónica, entre otros, todos muy comprometidos con el proyecto.
También fue muy especial que se transmitiera vía streaming y que quedara registro en YouTube. Hubo familiares, amigos y gente de otros países viéndolo en vivo, algo que nunca nos había pasado y que lo hizo aún más significativo.

Tras este recorrido, queda claro que Candelabro, aún en sus primeros pasos, ya es uno de los proyectos más relevantes del rock latinoamericano actual. Su forma de abordar temas como la religión y la política resuena con especial fuerza en el presente, donde las coyunturas en ambos ámbitos interpelan tanto a adultos como a jóvenes. Así, la banda logra conectar con distintas generaciones a la vez y, más importante aún, abrir espacios para la reflexión y la memoria.
En ese sentido, Candelabro no aparece como una excepción, sino como una señal: el rock en español no está mirando hacia atrás, sino buscando nuevas formas de existir en el presente. Y en ese proceso, su música ya no solo acompaña el momento, sino que empieza a definirlo.
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Mestiza está de regreso con su segundo álbum de estudio, Spanish Chica, un trabajo que reafirma la identidad artística y la visión global del dúo electrónico español. En este material, la protagonista es la mujer española: empoderada, fuerte y ambiciosa.
Más que un simple proyecto de Pitty Bernad y Belah como Mestiza, este álbum representa una actitud que se transforma en sonido y trasciende fronteras. Aunque parte de una figura femenina de origen español —inspirada en las propias artistas—, su mensaje es universal: puede ser cualquier mujer que se atreva a perseguir sus sueños, salir adelante con los recursos que tenga y alcanzar el éxito en los caminos y metas que se proponga. “Son todas aquellas que quieren cumplir sus sueños y tener todo el éxito que deseen, porque podemos con todo”, afirma Pitty Bernad a ROLLING STONE en Español.
El disco llega en un momento clave en la trayectoria de Mestiza, consolidándose como uno de los proyectos más destacados de la escena electrónica internacional. Su presencia en escenarios de gran relevancia, como Coachella, presentaciones en la Torre Eiffel en París y una residencia de temporada completa en la sala principal de Hï Ibiza, confirma la solidez de una propuesta artística definida y ambiciosa. En ella conviven de forma orgánica su herencia cultural española y la electrónica contemporánea, dando lugar a un proyecto con identidad propia y proyección global.
En esta entrevista exclusiva con ROLLING STONE en Español, el dúo habla sobre su nuevo álbum Spanish Chica, la relevancia de mantener vivas sus raíces en el proyecto y mucho más. Lee aquí la conversación completa:
Acaban de publicar su segundo álbum de estudio, Spanish Chica. Cuéntenme la historia detrás de este nuevo material.
Belah: Como bien has dicho, es nuestro segundo disco. Se trata de un proyecto inspirado a la mujer y cultura española, que llevamos por todo el mundo, con nuestra fusión de la electrónica. Surge hace dos años, cuando nos vamos haciendo más internacionales. Cuando salíamos fuera de España, nos empezaron a reconocer como ‘Las spanish chicas’, entonces nos surgió la idea de hacer un futuro álbum con ese título. Como decía, es un homenaje a esa cultura que es tan increíble y rica en sonidos e historia. Es una fusión con la música electrónica y los sonidos tradicionales españoles, inspirados en nuestros orígenes.
Este material nos plantea a la mujer española empoderada, ¿cómo definen a esta mujer? ¿Cómo es su visión de esta persona ante el mundo o cómo desean que los demás la vean?
Pitty Bernad: Esa mujer, que queremos representar, sería como nosotras mismas: han peleado por lo que quieren, han seguido sus sueños, han sido valientes han tomado sus propias decisiones y han salido a la calle a conseguir lo que han estado buscando toda su vida, aunque no ha sido fácil. Esta mujer es empoderada, valiente y muy fuerte.
Son un dueto en un proyecto muy diverso en este panorama de la electrónica contemporánea. ¿Quién se encarga de qué en el proyecto? ¿Cómo han asignado las tareas dentro del proyecto?
Belah: Nosotras nos unimos hace cinco años, entonces venimos de un background que está relacionado en diversas áreas. Pitty tiene experiencia en el periodismo o con las redes sociales; ella siempre se ha dedicado a producción musical. Yo hice Bellas Artes y me dediqué al mundo de la moda. En ese sentido, sí nos hemos desarrollado en otros roles, aunque obviamente las dos nos involucramos en todo, pero quizás sí llevo la parte de estética, y Pitty la parte de comunicación. La música la hacemos las dos por igual.

La cultura tradicional española es muy importante para ustedes, y ahora están expuestas a un público internacional, ¿qué les gustaría que sus oyentes y el mundo entendieran de su cultura y tradición a través de su música?
Pitty Bernad: En España tenemos un background multicultural muy amplio, a nivel tradicional y musical. El flamenco es una joya, tenemos auténticos tesoros en nuestra cultura. Por supuesto nos encantaría que se recordará y viera la reinterpretación que todos los días intentamos hacer, además de que quede para la posterioridad. También nos gustaría que emocionara como lo hace el flamenco, pero llevado al club, que es lo que hacemos nosotras.
¿Cuál creen que es la mayor diferencia de Spanish Chica a comparación de su álbum debut?
Belah: Podemos ver diferencias en los sonidos. Este es un álbum más electrónico, aunque hay una presencia muy importante del flamenco, tanto a nivel vocal como a nivel instrumental. Sobre todo, en la parte de la producción electrónica, hemos incorporado un sonido más oscuro, más de pista, es decir, más cercano a una música más fuerte. También hemos incorporado sonidos de India y otros países que en el primer álbum no estaban tan presentes.

¿Cuál creen que es el área que más han evolucionado como Mestiza?
Pitty Bernad: En los últimos cinco años que hemos estado juntas, hemos crecido mucho. Es una evolución constante, tanto artísticamente como personalmente, hasta emocionalmente. Hemos hecho un proyecto que tiene una relevancia internacional, y que va creciendo cada día más. Esto te cambia la vida. La evolución que tenemos es continúa. Lo hacemos de manera conjunta, y es bonito compartirlo con una compañera, porque te hace ver las cosas. Es mucho más bello cuando lo haces con alguien.
En estos años de trayectoria como dueto, ¿qué es lo que más las tiene orgullosas de lo que han logrado juntas?
Belah: Creo que es haber construido un proyecto de manera independiente, con nuestros propios medios, sobre todo haber llegado tan lejos y a un panorama internacional. Estar actuando en festivales como Coachella también es increíble. También tendremos un show en la Torre Eiffel, en París. Es algo que hemos conseguido nosotras mismas, con nuestros medios y recursos, trabajando mucho. Al final, es lo que más esfuerzo nos ha costado, pero lo que estamos recogiendo y disfrutando ahora.
¿Qué es lo que más les emociona de su proyecto?
Belah: Llevar nuestra cultura por el mundo. Hacer que los sonidos de nuestro país se escuchen en un contexto tan diferente, como el club, y para un público tan diverso y joven. Nos emocionan muchas cosas de nuestro proyecto.
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A cinco semanas de las elecciones presidenciales, la funcionaria Angie Rodríguez, quien previamente se desempeñó como directora del Departamento Administrativo de la Presidencia (DAPRE), se movió en los últimos días por varios medios de comunicación. Rodríguez aseguró que es víctima de una persecución, además de hablar de presiones, intimidaciones y hasta exigencias económicas en su contra.
Angie Rodríguez explica que intentó manejar la situación por canales institucionales, pero decidió hacerla pública para protegerse ante las supuestas amenazas recibidas. Para ella, que hasta hace pocos meses pertenecía al círculo más cercano al presidente Gustavo Petro, sus denuncias sobre las irregularidades en la documentación académica de Juliana Guerrero habrían desencadenado esta situación. Guerrero es una persona también cercana a presidencia y quien aspiraba a ser viceministra de juventudes, pero el escándalo por sus títulos la alejó del cargo.
Para Rodríguez, la persecución e incluso la extorsión de la que habría sido víctima, fue ejercida por una persona de su círculo cercano, a quien ella misma llevó del DAPRE al Fondo Adaptación, una entidad estatal encargada de proyectos de infraestructura y mitigación de riesgos. La funcionaria afirmó que llegó a pagar 20 millones de pesos por temor a las amenazas, pero que las exigencias continuaron, lo que la llevó a denunciar públicamente el caso. Además, indicó que ha presentado denuncias adicionales ante la Fiscalía General de la Nación, entre ellas por una presunta incursión ilegal en la vivienda de sus padres, inicialmente reportada como hurto, pero que podría tener un trasfondo más turbio.
Las declaraciones de Angie Rodríguez reactivaron una antigua disputa entre funcionarios, entre quienes, aparte de Juliana Guerrero, están Carlos Carrillo, director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), y Raúl Moreno, jefe del gabinete presidencial. A pesar del gran revuelo mediático, el presidente Petro solo se pronunció en su cuenta de X para contradecir al medio El Tiempo, por la información falsa que vinculaba a Moreno con un elevado patrimonio que no corresponde con la realidad. Posteriormente, el medio reconoció su error.
Por su parte, el director de la UNGRD, Carlos Carrillo, negó los señalamientos y afirmó que Rodríguez estaría promoviendo una polémica con fines políticos, en un momento cercano a las elecciones. Además, sostuvo que radicó una denuncia ante la Fiscalía por un presunto entramado de extorsión y corrupción dentro del Fondo Adaptación. Por su parte, Raúl Moreno también rechazó las acusaciones y, en declaraciones a medios, sostuvo que la funcionaria habría intentado apartarlo de su cargo.
En el marco de la investigación, la Fiscalía General de la Nación citó a la directora del Fondo Adaptación para que amplíe su testimonio, entregue pruebas y detalle otros episodios en los que asegura haber sido víctima. Rodríguez además incluyó en sus declaraciones los intentos de varios funcionarios por apropiarse de recursos públicos. El caso, que involucra tensiones en el círculo más cercano a Petro, ya empezó a tener repercusiones en el escenario electoral, con pronunciamientos de varios candidatos presidenciales que han pedido claridad frente a las denuncias y garantías en el manejo de los recursos del Estado.
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