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Si hay algo para lo que las personas no estamos preparadas, es para la fama. Hoy, la distancia entre el anonimato y la exposición masiva puede medirse en horas. Basta con subir un video antes de dormir para que, al despertar, la vida haya cambiado por completo.

Pensemos, por ejemplo, en el caso de Macario Martínez. Días antes de que ‘Sueña lindo corazón’ comenzara a circular masivamente, Macario trabajaba en el sistema de limpieza de Ciudad de México. Poco después, su canción acumulaba cientos de miles de reproducciones y comenzaba a escucharse en distintos puntos de la capital. En cuestión de semanas, el video detonó su visibilidad superando el millón de vistas, mientras que sus oyentes mensuales en plataformas de streaming pasaron de unos pocos miles a rondar los dos millones.

Y con razón. Ahí se ubica el punto ciego del éxito abrupto: la ausencia de transición. No hay un proceso gradual de adaptación ni una curva que permita asimilar el cambio; el reconocimiento llega antes de que exista el tiempo para comprenderlo. De un momento a otro, la mirada pública se concentra sobre el artista y su proyecto, sin mediaciones ni pausas. La exposición es, en la mayoría de los casos, inmediata y total.

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En la industria musical es habitual escuchar historias de artistas que, aparentemente, se convierten en “estrellas de la noche a la mañana”: casos asociados a la llamada “fama instantánea” o, en su formulación anglosajona, al fenómeno del overnight success”. 

La narrativa resulta especialmente atractiva por su contundencia: tienes talento, te esfuerzas, te visualizas y, finalmente, llega tu fama. Sin embargo, la realidad suele ser menos lineal y, muchas veces, menos viral. Alcanzar ese nivel de visibilidad puede tomar años —incluso décadas— y, para la mayoría de los proyectos, simplemente no ocurre. En ese contexto, surge una pregunta inevitable: ¿por qué asistimos hoy a una proliferación de casos asociados al llamado “overnight success”?

El nuevo modelo de la industria fabrica estrellas

Durante décadas, la industria musical operó bajo una lógica progresiva: tocar en bares, firmar con una disquera, sonar en radio y, con el tiempo, construir una carrera. Hoy, ese modelo se ha transformado. Con la irrupción de plataformas sociales como TikTok, la música no solo se distribuye, sino que también se somete a dinámicas algorítmicas que incorporan la viralidad como un factor decisivo, capaz de impulsar —o no— canciones, artistas y estéticas en cuestión de horas. Es decir, aunque estas plataformas no sustituyen al streaming, sí lo potencian y, en muchos casos, orientan su consumo.

Estudios recientes indican que estas plataformas se han consolidado como motores centrales en la reconfiguración del descubrimiento musical al amplificar contenidos e incidir de forma directa en la demanda y el consumo de canciones dentro de servicios de streaming como Spotify, al mismo tiempo que reducen el peso que históricamente tuvieron la radio, la crítica especializada e incluso los propios sistemas de recomendación de estas plataformas.

En este contexto, el desarrollo de una audiencia deja de ser necesariamente gradual y pasa a depender de una lógica distinta, donde el algoritmo puede amplificar o ignorar un contenido en cuestión de horas.

Capitalizar la viralidad 

El ecosistema digital ha dado lugar a distintas formas de éxito acelerado. Ahí está el caso de Macario, pero también el de Latin Mafia, un trío que comenzó compartiendo contenido en redes y hoy acumula millones de reproducciones y presencia en escenarios internacionales como Coachella. En paralelo, artistas como Leo Rizzi han construido una identidad estética y emocional desde internet, donde la exposición impulsa, pero también demanda consistencia y profundidad.

Detrás de estos procesos hay años de trabajo, formación y búsqueda artística que suelen quedar fuera del relato inmediato. Al mismo tiempo, resulta innegable que ese desarrollo encuentra un punto de inflexión en la lógica digital que amplifica su alcance, aunque también introduce nuevas exigencias que forman parte de la misma dinámica.

El éxito repentino suele traer consigo una carga emocional inmediata, una exposición pública para la que no siempre existe preparación y una presión constante por sostener ese impulso inicial. En ese escenario, el segundo sencillo deja de ser una continuación natural y adquiere un peso determinante dentro de la trayectoria.

Cuando esa tensión desbalancea el proceso, emerge una figura conocida, aunque no siempre bien comprendida: la del ‘one hit wonder’. A lo largo de las décadas, muchos artistas han logrado instalarse en la conversación pública a partir de una sola canción, mientras el resto de su obra queda opacada por ese momento. Sin embargo, detrás de esa categoría hay trayectorias más complejas: proyectos sólidos que buscan sostenerse y evolucionar incluso cuando la atención mediática comienza a disiparse.

Ejemplos sobran y atraviesan generaciones. Desde Blue (Da Ba Dee) de Eiffel 65 hasta Somebody That I Used to Know de Gotye, canciones que dominaron su momento y definieron (al menos públicamente) la percepción de quienes las crearon. A partir de 2020, con la consolidación de plataformas como TikTok durante los confinamientos por COVID-19, esa dinámica encontró un nuevo punto de inflexión.

En este nuevo ecosistema, la viralidad conlleva así también una nueva exposición emocional masiva en la que la ansiedad, la presión y la sensación de pérdida de control forman parte del propio proceso. La producción constante de contenido puede abrir oportunidades, aunque también implica un desgaste sostenido.

También está en juego la identidad. El artista que alcanza visibilidad a partir de la viralidad puede quedar absorbido por la narrativa que lo posicionó, hasta el punto de confundirse con ella. Casos recientes como Chappell Roan o Lola Young lo evidencian. A pesar de años de desarrollo previo, el punto de viralidad reconfiguró de golpe su exposición y las posicionó en una narrativa muy definida. Tomar distancia, ya sea de redes o de los escenarios, respondió a la necesidad de recuperar control sobre su propio relato y volver a separar identidad personal de proyección pública.

En ese contexto, distinguir entre la persona y su proyección pública deja de ser un matiz y se vuelve una tarea urgente. No solo para preservar la salud mental y la autonomía del artista, sino también para evitar que la industria y la audiencia reduzcan trayectorias complejas a un momento viral.

A partir de ahí aparece otra dimensión clave: la del acompañamiento profesional. Management, asesoría legal y apoyo psicológico forman parte de una estructura que permite sostener el proceso. Sin ese respaldo, un crecimiento acelerado puede resultar tan inestable como inesperado.

La industria musical siempre ha sido exigente, pero pocas veces había operado con esta velocidad. Hoy, una canción puede transformar una trayectoria en cuestión de horas. Lo que permanece, e incluso se intensifica, es la dificultad de sostener esa transformación.

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La Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas actualizó sus reglas de elegibilidad para los Premios Oscar 2027, en un movimiento que responde a dos de las discusiones más persistentes dentro de la industria reciente: el avance de la inteligencia artificial y la necesidad de abrir el panorama a una comunidad cinematográfica cada vez más global marcan el eje de estos cambios.

Por primera vez, la Academia establece una postura oficial frente al uso de IA en el cine. Las nuevas reglas no prohíben su utilización, pero dejan claro que el criterio central seguirá siendo la autoría humana. Según el comunicado de prensa, el uso de herramientas de inteligencia artificial no beneficia ni perjudica directamente las posibilidades de una nominación, aunque cada rama evaluará el grado en que una persona estuvo al centro del proceso creativo. La organización también podrá solicitar información adicional sobre cómo se empleó esta tecnología en cada producción.

La presidenta de la Academia, Lynette Howell Taylor, señaló: ‘a medida que la IA siga evolucionando, nuestras conversaciones sobre la IA evolucionarán con ella. Pero para la Academia, siempre pondremos la autoría humana en el centro de nuestro proceso de elegibilidad para los premios’.

En el caso de las actuaciones, únicamente serán elegibles aquellas interpretaciones realizadas por personas con su consentimiento, mientras que en guion la regla es más estricta, los textos deben ser escritos por humanos.

En paralelo, la categoría de película internacional recibe una de sus reformas más significativas en años. A partir de ahora, filmes que obtengan premios principales en festivales como el Festival de Cannes, el Festival Internacional de Cine de Venecia o el Festival Internacional de Cine de Toronto podrán ser considerados elegibles aunque no hayan sido seleccionados por sus países de origen. La medida responde a críticas históricas sobre los procesos de selección nacionales, señalados por excluir a cineastas independientes o disidentes.

El cambio también redefine el reconocimiento. Las películas serán acreditadas como nominadas, dejando en segundo plano al país que las respalda, y el premio será recibido por el equipo creativo. El nombre del director aparecerá en la estatuilla, alineando esta categoría con el resto de los galardones.

Asimismo, la actualización incluye otros ajustes que afinan el sistema de votación. Los actores podrán competir más de una vez en la misma categoría por distintas interpretaciones dentro de un mismo año, una práctica ya habitual en otras áreas; y en música, se establecen criterios más precisos para las canciones originales que aparecen en los créditos finales, exigiendo su integración directa con la narrativa de la película.

La incorporación de nuevas tecnologías y la expansión del cine más allá de los centros tradicionales obligan a replantear qué se premia y bajo qué criterios. En ese contexto, la Academia se prepara para ingresar a una nueva etapa este próximo domingo 14 de marzo de 2027.

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Hay que ser sinceros: todos sabíamos que Sabrina Carpenter y Madonna iban a tener una canción juntas. Ya la habían presentado durante el espectáculo de Carpenter en Coachella, donde tuvo a la reina del pop —que además celebraba 20 años de carrera— como artista invitada. La única pregunta que quedaba para los fans y el público general era cuándo vería la luz de forma oficial esta esperada colaboración. El tema, que lleva por nombre ‘Bring Your Love’, llegó el 30 de abril, marcando así uno de los juntes más poderosos del pop contemporáneo y el primer vistazo del próximo álbum de Madonna.

En medio de sonidos disco y dance que evocan directamente al ambiente de los clubs de fiestas a principios de los 2000, Madonna abre diciendo “Ask yourself this / What are you doing it for? / Is it for you? Is it for them? / I got something I wanna talk about” (Pregúntate esto / ¿Para qué lo estás haciendo? / ¿Es para ti? ¿Es para ellos? / Tengo algo de lo que quiero hablar), mientras la pista, que comenzó contenida, va creciendo poco a poco hasta que explota con el primer verso, donde la artista suelta “Don’t comment on my ideas / I don’t want your judgment or your expectations” (No opines sobre mis ideas / No quiero tu juicio ni tus expectativas), mientras Sabrina contesta “Don’t wind me up like a toy / Your vision of me is a killer of joy” (No juegues conmigo como si fuera un juguete / Tu visión de mí mata la alegría).

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El single —que funciona también como el primer adelanto del próximo álbum de Madonna, Confessions II, que a su vez es la continuación directa de Confessions on a Dance Floor, su icónico proyecto de 2005— se plantea como una declaración sobre la autenticidad y el amor incondicional. En su letra, la repetición del estribillo funciona como un llamado a traer un amor genuino y sin reservas mientras se desarrolla una tensión constante entre la identidad propia y las expectativas externas. 

En ese diálogo, que también involucra a Carpenter, la canción defiende la idea de mantenerse fiel a uno mismo frente al juicio ajeno, reafirmando la independencia artística y emocional que ha marcado la trayectoria de Madonna. Al mismo tiempo, el tema sugiere que ese posicionamiento no es individual sino compartido, construyendo una especie de complicidad entre ambas artistas, donde el amor —entendido como motor, refugio y decisión— se presenta como una fuerza resistente, capaz de sostener incluso las decisiones más difíciles.

Volviendo con Confessions II, su lanzamiento está previsto para el 3 de julio de 2026, y  además de la participación de Sabrina, ya circulan rumores sobre posibles colaboraciones con otras titanes del pop como Dua Lipa y Kylie Minogue, lo que refuerza la idea de un proyecto pensado para dominar nuevamente las pistas de baile. El trabajo también marca su primer LP en siete años y su reencuentro con Stuart Price, responsable del sonido de Confessions on a Dance Floor, un guiño directo a una de las etapas más celebradas de su carrera y una señal de que Madonna vuelve a ese territorio con plena intención de reclamar su lugar en el pop contemporáneo.  

Lejos de ser un simple ejercicio de nostalgia o un cruce generacional oportuno, ‘Bring Your Love’ funciona como una declaración de intenciones. Madonna no solo revisita uno de los momentos más celebrados de su carrera, sino que lo actualiza al dialogar con una nueva generación representada por Sabrina Carpenter, construyendo un puente entre pasado y presente del pop. En ese encuentro, la canción deja claro que su capacidad de reinvención sigue intacta y que, incluso en un panorama musical cada vez más saturado, Madonna continúa encontrando formas de marcar la conversación y reclamar su lugar en el centro de la cultura pop. 

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Casi ningún aspecto de la vida moderna escapa ya a la inteligencia artificial. Desde la elaboración de reportes o resúmenes sobre grandes volúmenes de información hasta su uso como terapeuta o asistente emocional, estas tecnologías se han integrado con rapidez en la vida cotidiana y laboral de millones de personas, y el campo del arte no es la excepción, especialmente el de la música. 

En ese contexto, la plataforma francesa Deezer reveló recientemente que cerca del 44% de las canciones que se suben diariamente a su catálogo son generadas por IA, una cifra que confirma un cambio estructural en la forma en que hoy se produce música. El dato no solo da cuenta de un crecimiento acelerado de estas tecnologías, sino que abre una discusión más profunda sobre el sentido mismo de la creación musical en un entorno donde producir canciones puede ser un proceso automatizado, rápido y prácticamente ilimitado. 

El volumen es tan alto como revelador. Deezer recibe decenas de miles de canciones generadas por inteligencia artificial cada día, una avalancha que en términos cuantitativos ya compite directamente con la producción humana. Sin embargo, ese crecimiento no se traduce en escucha real: a pesar de representar casi la mitad de las nuevas subidas, este tipo de contenido apenas concentra entre el 1% y el 3% de las reproducciones dentro de la plataforma. La paradoja es evidente: nunca se ha producido tanta música, pero una porción considerable de ella prácticamente no tiene oyentes. Más que una expansión del ecosistema musical, lo que parece emerger es una sobreproducción sin demanda equivalente.

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A esto se suma un elemento que complejiza aún más el panorama: la dificultad para distinguir entre lo humano y lo artificial. Según datos compartidos por la propia compañía, el 97 % de los oyentes no logra identificar si una canción fue creada por una persona o por un sistema de inteligencia artificial en pruebas a ciegas. Este desdibujamiento de fronteras no solo habla del avance tecnológico, sino también de un cambio en la percepción cultural de la música, donde la autoría pierde centralidad frente al resultado final.

No obstante, el principal problema que ha identificado la plataforma no es estrictamente estético ni cultural, sino económico. Deezer ha detectado que una parte significativa de las reproducciones de música generada por IA proviene de actividad fraudulenta, es decir, de bots diseñados para inflar artificialmente los números de escucha. En este esquema, la música deja de ser un producto pensado para ser escuchado y pasa a convertirse en una herramienta para explotar los sistemas de monetización del streaming. Lo que está en juego no es solo la autenticidad, sino la sostenibilidad misma del modelo económico sobre el que se sostiene la industria.

Frente a este escenario, la compañía ha optado por una de las respuestas más contundentes dentro del sector. Ha desarrollado herramientas propias capaces de detectar contenido generado por IA y patrones de consumo sospechosos, y ha comenzado a aplicar medidas que limitan de manera directa la circulación de estas canciones. Entre ellas, la exclusión de este tipo de contenido de playlists algorítmicas y editoriales, así como la desmonetización de reproducciones consideradas fraudulentas. Con ello, Deezer busca no solo proteger a los artistas humanos, sino también preservar la integridad de su sistema de recomendación y de reparto de ingresos.

De esa manera, el caso refleja una tensión más amplia dentro de la industria musical contemporánea. Por un lado, la inteligencia artificial promete democratizar la creación y reducir las barreras de entrada, permitiendo que más personas —o sistemas— produzcan música. Por otro, facilita una producción masiva desvinculada de contextos culturales, tradiciones o intenciones expresivas, en la que las canciones pueden generarse en serie sin un público real al que interpelar. En ese sentido, más que una simple innovación tecnológica, la irrupción de la IA plantea una transformación profunda en la lógica de la música como práctica cultural.

Así, lo que está en juego no es únicamente la cantidad de canciones disponibles en una plataforma, sino la definición misma de qué significa hacer música en la era digital. Si casi la mitad del nuevo catálogo puede generarse sin intervención humana, la discusión deja de ser técnica y se vuelve inevitablemente cultural: si la música seguirá siendo una forma de expresión vinculada a experiencias humanas o si, por el contrario, tenderá a convertirse en un flujo inagotable de contenido diseñado, ante todo, para alimentar algoritmos.

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Hace poco más de dos décadas, el colombiano Juan Pablo Montoya se convirtió en un ícono no solo dentro del mundo automovilístico, sino también en todo el universo deportivo nacional. Hoy, su hijo, Sebastián Montoya, pisa el acelerador a fondo y construye una carrera digna de admirar, una que posiblemente iguale o incluso supere la de su padre. 

Desde los siete años, Sebastían mostró su interés en los carros y empezó a construir una carrera que hoy lo tiene compitiendo en la Fórmula 2, representando a todo un país en el Gran Premio de Miami. Pero más allá, habló con ROLLING STONE en Español del que en realidad es vivir dentro de ese universo que se mueve a toda velocidad.

¿Cómo fue crecer entre carros? ¿Cómo fue tu infancia?

Fue especial e increíble. Siento que a mucha gente tal vez no le habría gustado, pero a mí me encantó. Muchos viajes, muchas carreras y muchas reuniones con mi papá.

Muchas personas piensan que entré a este mundo por mi papá, pero en realidad ni él ni mi mamá me presionaron. Ellos me dijeron: “Si tú quieres esto, tienes que trabajarlo, y en todo lo que te esfuerces, nosotros te apoyamos”. Y ahora estoy acá, demostrando que de verdad quiero y amo mucho esto, este mundo envuelto en carreras.

“Creo que uno no puede manejar ni vivir con miedo porque, aunque no lo parezca, el miedo limita”. 

¿En qué momento te diste cuenta de que querías seguir los pasos de tu padre?

Muy temprano, pero fue entre los ocho y los once años cuando me enamoré de esto y decidí que quería dedicarme a las carreras. Empecé a ganar y me di cuenta de que realmente era muy bueno en este mundo de la velocidad, además de que me generaba mucha emoción.

Siento que es una decisión que se va reforzando con el paso del tiempo y el trabajo. Es importante tener hambre de querer ser mejor cada día, siempre querer más. Yo quiero llegar a ser campeón de Fórmula 1. Igual, es importante recalcar que esto siempre es un trabajo en equipo, desde mi familia, que ha sido un gran apoyo, hasta los patrocinadores.

Dentro de las carreras hay un alto riesgo de accidentalidad. ¿Piensas frecuentemente en eso?

No, yo no pienso en accidentes, porque siento que aquello en lo que uno piensa constantemente es lo que termina sucediendo. Yo solo pienso en ir rápido.

Creo que uno no puede manejar ni vivir con miedo porque, aunque no lo parezca, el miedo limita. Me pasó en una carrera, pensé que me estaba acercando demasiado a un muro, pero después otro piloto se acercó aún más e hizo un mejor tiempo. Ahí entendí que, incluso en cosas pequeñas, el miedo te limita.

La primera vez que manejé bajo la lluvia en Mónaco pensé que me iba a matar. En la primera curva frené y el volante se movía muchísimo en mis manos; hice mucho drifting en esa vuelta. El ingeniero me dijo que había sido el más rápido junto a un inglés, y recuerdo haber pensado: “Esto se puso emocionante”. Ahí descubrí que no hay que tener miedo si quieres ser el más veloz.

Mucha gente confunde el miedo con la emoción porque ambas cosas comparten síntomas como las manos sudadas o esos pequeños nervios por dentro. Pero todo es cuestión de cambiar la mentalidad: en lugar de sentir miedo, sentir emoción, disfrutar el momento. Así nunca quieres detenerte.

¿Cómo son los momentos previos a una carrera? ¿Qué tanta ansiedad hay?

Cuando uno trabaja mucho por algo, siempre existe un poco de ansiedad. Pero cuando me pongo el casco, cambio completamente de mentalidad y desaparecen los nervios.

Aunque, en realidad, siempre queda algo de ansiedad, y creo que eso es justamente lo que te hace humano. Al mismo tiempo, también ayuda a que todo salga bien, a que aquello por lo que has trabajado durante tanto tiempo se ejecute de la mejor manera.

Ya cuando estás literalmente en carrera, todo consiste en enfocarte y ejecutar el trabajo previo.

¿Cuál ha sido el reto u obstáculo más difícil que has superado en tu vida?

Probablemente manejar la presión fuera de la pista, las expectativas y la gente en redes sociales. A la gente le fascina opinar sin saber realmente qué ocurre en el entorno de uno.

La gente de mi generación creció con mucha tecnología y con acceso inmediato a todo, así que opinar —sobre todo negativamente— se volvió algo muy común. Ignorar todo eso es complicado.

Trabajo mucho este tema con mis papás, mi equipo y mi psicólogo. Al final del día, lo importante es saber quién eres realmente, sin importar lo que digan las personas externas sobre ti.

Sebastián Montoya: velocidad y madurez 
Cortesía

¿Cómo es tu estilo de vida fuera del universo de las carreras?

Uno siempre debe buscar la felicidad y disfrutar lo que hace. Uno le dedica tanto esfuerzo y tiempo a esto, que si realmente no lo disfrutas, termina convirtiéndose en una tortura.

Por ejemplo, están las filmaciones, empiezan a las diez de la mañana, terminan de noche, después toca tomar un vuelo, luego ir al simulador… De verdad es pesado, pero todo se aligera gracias al amor que uno siente por lo que hace.

El estilo de vida termina siendo una rutina en la que haces aquello que verdaderamente te apasiona. Claro que uno se cansa, pero es como un niño pequeño, si algo te apasiona, siempre quieres seguir haciéndolo.

¿Qué significa Juan Pablo Montoya —no como padre, sino como deportista— para ti?

Cada día entiendo más a mi papá: lo que hizo y la posición que asumió conmigo mientras crecía. Te digo esto porque, cuando era niño, para mí él era el papá cansón que te regañaba cuando no hacías las tareas bien. Una vez incluso le dije: “¿Tú qué sabes? Tú solo sabes manejar carros”. Si mi hijo me respondiera eso, creo que le habría dado una bofetada [risas].

La habilidad, el talento y, sobre todo, la dedicación que tuvo fueron impresionantes. Su amor por el deporte es algo muy especial. Yo lo admiro profundamente porque siempre ha estado a mi lado.

Además, esta vida es complicada, y no solo dentro de la pista. Como te decía, hay que manejar la presión de la gente, las redes sociales, los patrocinadores, el equipo… Sin la ayuda correcta, todo sería mil veces más difícil.

Por todo lo que él vivió —porque mucha gente tampoco lo apoyaba— y por lo que ha significado para mí, le tengo un respeto enorme. Llegó muy lejos porque siempre fue fiel a su esencia.

¿Cómo te ves dentro de 30 años?

Exitoso, feliz y mucho mejor jugando golf.

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