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A días de uno de los hitos más significativos de su trayectoria, Andrés Obregón está eufórico. Entre el anuncio de su primera presentación en el Auditorio Nacional, prevista para octubre de 2026, y la inminente llegada de ‘Todo pasa’, su nuevo álbum, el cantautor mexicano transita una etapa que sintetiza años de trabajo, aprendizajes y crecimiento personal.
En conversación con ROLLING STONE en Español, Andrés reflexiona sobre el paso del tiempo, el diálogo con su niño interior, la nostalgia como lenguaje y el inevitable proceso de aprender a soltar.
A continuación, extractos editados de la conversación que tuvimos con él el pasado martes 28 de abril de 2026.
Acabas de anunciar tu primer show en el Auditorio Nacional. ¿Qué está pasando por tu cabeza en este momento?
Es una locura… de verdad. Son muchos sentimientos juntos. Me cuesta hasta ponerlos en palabras porque es algo que soñé desde muy chiquito. Hay sueños que son más abstractos, como decir ‘quiero tocar en lugares grandes’, pero este no. Este tenía nombre, tenía lugar. Y hoy está pasando.
Creo que lo hace aún más especial todo el camino para llegar aquí. Hubo momentos difíciles, momentos en los que no sabía si lo iba a lograr. Y ahora, verlo así, tan claro… es muy fuerte. Mi niño interior está feliz, muy feliz.
El próximo 14 de mayo lanzas tu nuevo álbum, ‘Todo pasa’, un proyecto que llega tras casi una década desde ‘Sentimiento extraño’. ¿Por qué decidiste tomar tanto tiempo entre un disco y otro?
Creo que fue una etapa previa. Estaba entendiendo cómo funcionaba la música, pero también escribía mucho desde lo inmediato: me pasaba algo, escribía la canción y la sacaba. Entonces me fui mucho por sencillos y EPs que agrupaban pequeños momentos, cotidianidades o etapas de mi vida.
Pero ya me hacía falta algo con un concepto, un mensaje más unificado. Y ahí llega el nuevo álbum. No fue algo planeado como tal, pero este proyecto terminó alineándose mucho con la etapa en la que estoy ahora, y sobre todo con mis memorias y cotidianidades.
‘Todo pasa’ suena a una especie de calma después de la tormenta. ¿Por qué elegiste ese título?
Sí, creo que lo bonito del título es que no apunta necesariamente a lo negativo o a lo positivo, sino a una realidad: la de aprovechar el presente, valorar lo que está ocurriendo ahora, disfrutar los buenos momentos y también aligerar un poco cuando las cosas se ponen difíciles, sabiendo que tarde o temprano, eso también va a pasar.Entonces, siento que el álbum va por esa narrativa de estar avanzando todo el tiempo. Lo malo pasa, pero lo bueno también, y hay que saber disfrutarlo porque, si no, se nos va y si no lo apreciamos, pasa, y queda nomás en los recuerdos.

Cuéntame sobre el proceso de creación del álbum. ¿Lo escribiste y grabaste aquí en México?
Sí, la mayoría de las canciones fueron en Ciudad de México. Hay una que escribí en Quito durante una gira, y puede que alguna otra en León, porque también paso tiempo allá y compongo mucho ahí. Pero en general sí, casi todo nació aquí.
En el setlist presentas el sencillo ‘Lugar seguro’. ¿Quién o qué es tu lugar seguro?
Principalmente mi familia. Es ese lugar donde puedo ser completamente yo, decir cualquier cosa, ser vulnerable, desde mi parte más oscura hasta la más alegre. Es a donde puedo acudir cuando las cosas se ponen difíciles, pero también cuando todo es bonito. Un lugar que siempre está ahí.
Al ver el video de este sencillo, noté que hay una estética que remite a una nostalgia muy particular. En esa línea, ¿cuál es la propuesta estética que articula este nuevo proyecto?
Pues fíjate que nunca le había dedicado tanto empeño a la propuesta estética. Esta vez, además, empezamos a trabajar con un equipo más amplio y creo que eso nos permitió llegar a un lugar en el que realmente me siento yo mismo, a un universo en el que puedo habitar con naturalidad.
Hay, sin duda, una inclinación hacia lo vintage. Siempre he sido muy fan de esa nostalgia, de la magia de otras épocas, de lo artesanal, de lo análogo, de todo eso que tiene una belleza muy particular. Y quisimos llevarlo hacia ahí porque, al final, también refleja mucho de mi personalidad.
Además, la narrativa es muy particular, porque el disco va dejando pistas de mi trayectoria, como una especie de cronología. Hay muchas referencias del pasado, incluso de canciones que no son tan conocidas mías, pero que para mí representan mucho.
En la portada del álbum apareces con una pintura que remite a elementos como las fases de la luna. ¿Tiene algún simbolismo dentro del universo conceptual de ‘Todo pasa’?
Sí, fíjate que de muy chiquito fui muy fan del espacio. De hecho, antes de querer ser cantante, quería ser astronauta. Siempre me ha fascinado el tema de la luna, de las estrellas, de la física. Y pues esta simbología surge porque considero que uno de los relojes naturales más bonitos que tenemos para entender el paso del tiempo es la luna.
Además, si lo miras como metáfora, es muy bonito, porque la luna tiene sus fases y todas son bellas. Algunas son más oscuras que otras, pero sabes que siempre va a llegar la luna llena y también la luna nueva. Es como un recordatorio de que hay momentos de luz, momentos de sombra, momentos intermedios, mitad derecha, mitad izquierda. Y luego está uno, pintando y observando esas fases.
El disco está compuesto por 11 canciones, con títulos que parecen sacados de un cuento, Cuéntame, ¿de dónde nacen esas historias?
De cosas muy personales. Por ejemplo, ‘Pay de Limón’ es una conversación con mi niño interior. Creo que es de mis canciones favoritas del disco y, probablemente, una de las más personales. Mi abuela hacía pay de limón y era algo muy especial para mí. Cuando ella murió, eso desapareció por un tiempo, pero después ese recuerdo volvió cuando mi mamá empezó a hacerlo. Entonces es ese símbolo de lo que se va, pero también de lo que permanece.
En varias canciones hay momentos donde se aborda esta idea de soltar la niñez. De reconocer que hay partes de mi niño interior que estarían muy orgullosas de lo que soy hoy, y otras que tal vez no entenderían quién soy ahora. Hay cosas que extraño, cosas que no extraño, cosas que han cambiado, pero sobre todo una sensación de gratitud por todo lo que ha sido ese proceso.
Tu niñez es un elemento recurrente en el diálogo del disco. ¿Qué emociones sientes que estás descubriendo en este proceso?
Creo que el álbum tiene un poco de todo. Tristeza, nostalgia, felicidad. Justo ‘Todo pasa’, la última canción, siento que representa bien eso.
Y todo el disco gira en torno a la idea de soltar, pero desde distintas fases. Desde cuando uno empieza a soltar algo y duele, hasta cuando finalmente lo suelta, y luego cuando llega la gratitud. Por eso es un álbum con muchos matices.
Y de estas canciones, ¿tendrás algunas colaboraciones o todo fue totalmente por ti?
Sí, hay dos: ‘Algoritmo’, con Andrés Koi, y ‘Contratiempo’, con Susana Cala. Las demás son completamente mías, tanto en la composición como en la interpretación.

Antes del lanzamiento, ¿qué te gustaría decirle a tus fans que han esperado tanto este proyecto?
Que se tomen el tiempo de escucharlo. Creo que es un álbum que vale la pena poner completo, escuchar cada canción, irla sintiendo un poco, ir entrando en las emociones y en la atmósfera. Que lo hagan suyo. Que se den el tiempo de escucharlo, de encontrarle su significado, de llevarlo a su propia vida. Y que lo disfruten, que lo disfruten mucho.
Y si pudieras hablar con ese Andrés que empezó a componer a los 10 años, ¿qué le dirías hoy?
Creo que le diría simplemente ‘gracias’. Le diría gracias porque él fue uno de los primeros que sembró la idea de querer dedicarme a esto. Entonces, no tendría mucho más que decirle, porque podría darle algún consejo, pero he pensado que, si volviera al pasado, él tendría que vivir todo eso que vivió y aprenderlo por sí mismo.
Gracias por tu tiempo, Andrés. Hoy brillas más de lo que imaginas.
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Hay algo extrañamente lógico en ver a James Cameron trabajando con Billie Eilish. El director lleva décadas obsesionado con empujar el cine hacia adelante y convertir la tecnología en un espectáculo total. Ella, en cambio, parece hacer lo contrario: reducir el pop a un susurro, una respiración y una confesión dicha casi en secreto. Y, sin embargo, ambos comparten una misma intuición que es la de entender cómo funciona el vínculo emocional con las masas.
Billie Eilish puede pensarse como una mini Adele criada en internet o como una hija perdida de Tori Amos o Alanis Morissette. Tiene la vulnerabilidad confesional de una cantautora noventera, pero también la precisión estética de una estrella pop millennial diseñada para la era del algoritmo como Taylor Swift, Dua Lipa o Charlie XCX. Esa mezcla es precisamente lo que atraviesa Billie Eilish: Hit Me Hard and Soft – The Tour (Live in 3D).
El concierto ya llega precedido por una historia cinematográfica propia. Antes estuvieron el documental Billie Eilish: The World’s a Little Blurry y la elegante Happier Than Ever: A Love Letter to Los Angeles. Sin embargo, esta nueva película tiene otro objetivo y es el de transformar una gira en una experiencia inmersiva cinematográfica mediante el 3D de Cameron.
Y técnicamente lo consigue. Los saltos temporales cumplen con su cometido. La profundidad de campo es impresionante. Las luces, las pantallas, los cuerpos comprimidos contra la barricada y los celulares apuntando al escenario como si fueran antorchas digitales, todo tiene una nitidez casi absurda en su hiperrealismo y en la excesiva mediación de lo digital entre las personas. Cameron graba el concierto como si quisiera meter al espectador dentro de la masa humana. A veces funciona de manera espectacular. Pero lo interesante no está realmente ahí.
Porque Billie Eilish sigue siendo una artista construida desde la contención. Incluso dentro de un estadio gigantesco, canta como alguien encerrado en su habitación. Esa contradicción domina toda la película. El espectáculo masivo versus la intimidad extrema.
Ahí aparece algo más complejo, que define tanto a la cantante como a la generación que la sigue. La película oscila constantemente entre el impulso dance ligero (las explosiones de euforia colectiva, los saltos, los coros) y una introspección profundamente melancólica. La audiencia quiere desahogarse, pero también quiere refugiarse.
Además, está la relación con el cuerpo. Billie Eilish lleva años rechazando la sexualización tradicional del pop femenino. Sus ropas holgadas funcionan como protección y declaración artística: dejar que la música hable antes que la sensualidad. Sin embargo, la película también deja ver la tensión detrás de esa decisión. Hay una incomodidad visible con la exposición física, una necesidad de ocultarse incluso mientras miles de personas la observan gigantesca en tres dimensiones.
Eso vuelve más interesante la presencia de Cameron. El director de Terminator, Titanic y Avatar, probablemente el gran arquitecto del cine espectacular contemporáneo, termina grabando a una estrella que parece resistirse constantemente al espectáculo. El resultado es curioso. Estamos ante una película visualmente enorme donde lo grandilocuente nunca termina de imponerse.
Las secuencias detrás del escenario ayudan a entender mejor esa dualidad. Billie haciéndose el maquillaje sola, calentando la voz, observando a sus fans desde una ventana mientras estos reaccionan como hordas hipnotizadas. Hay momentos donde el documental roza algo inquietante y que tiene que ver con la relación entre celebridad y devoción que empieza a parecer una forma extraña de simbiosis y vigilancia mutua.
Aun así, la película evita convertir a Billie en un mito intocable. Su vínculo con el público se siente genuino, incluso cuando el dispositivo cinematográfico alrededor es gigantesco. Y ahí aparece otra contradicción central. Mientras Cameron intenta expandirlo todo, Billie sigue empeñada en reducir la experiencia a algo íntimo.
Por eso Hit Me Hard and Soft – The Tour (Live in 3D) funciona menos como revolución tecnológica y más como un retrato involuntario de una generación emocionalmente agotada. Una generación que quiere bailar sin dejar de sentirse triste. Que necesita conexión, pero teme exponerse demasiado y que convierte el dolor en comunidad. Y Billie Eilish entiende perfectamente ese lenguaje porque, en el fondo, ella también parece atrapada dentro de él.
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Truffaut alguna vez dijo que solo le interesaban las películas capaces de hacerlo vibrar. Nouvelle Vague no solo vibra. También sacude. Es una experiencia que se mueve en una escala sísmica alta, una réplica constante de entusiasmo, inteligencia y amor por el cine entendido como una práctica vital antes que como una institución respetable. Desde su primer minuto deja claro que no está aquí para explicar la historia, sino para hacerla palpitar otra vez.
Nouvelle Vague es, sin exagerar, una casa de citas cinematográficas. Pero no de esas que presumen erudición como ornamento, sino un burdel feliz donde cada plano, línea de diálogo y decisión formal está teniendo sexo con la historia del cine. Lo extraordinario es que esta sea probablemente la primera película en la que enumerar las referencias y los guiños sería, en sí mismo, un spoiler. Decirlos en voz alta quitaría la sorpresa, el placer del reconocimiento súbito, ese instante en el que uno sonríe en la oscuridad de la sala sintiéndose parte de una conversación secreta.
Nouvelle Vague es porno para cinéfilos. Si usted ama el cine, no querrá verla una vez. Querrá verla cinco, seis, tal vez más. Cada visionado revela nuevas capas. Un gesto heredado, una cadencia en el montaje, una broma lanzada al paso, una puesta en escena que replica no tanto la forma de Godard o Truffaut, sino su manera de estar en el mundo. Linklater entiende que la Nueva ola francesa no fue un estilo, fue una actitud.
Este año, el director firma un doble triunfo excepcional. Con Blue Moon entrega una descarga emocional para los amantes de Broadway, con una película que entiende al teatro como un espacio de obsesión romántica. Con Nouvelle vague se lanza de lleno a la complacencia cinéfila, sin pedir disculpas ni explicaciones. Esta es, irónicamente, la película que Quentin Tarantino debió haber hecho hace tiempo, en lugar de diluir su amor por el cine en podcasts decadentes hablando sandeces sobre Paul Dano o Matthew Lillard. Aquí hay cine pensado, sentido y filmado, no solo citado de memoria.
La ironía final es que este homenaje, que también funciona como un testamento vital al cine como acto colectivo, termine en Netflix y no en salas, que es donde debería vivirse, rodeado de otros espectadores, de risas cómplices y silencios compartidos. Nouvelle Vague pide comunidad; verla a solas se siente casi como leer una carta de amor ajena.
La película se centra en la filmación de Sin aliento, pero es demasiado inteligente para quedarse en la cronología de los hechos. No los enumera, los reencarna. Los actores no solo se parecen de forma casi milagrosa a las figuras reales; son una bendición interpretativa porque no cargan con el peso del homenaje solemne. Guillaume Marbeck compone un Godard joven, insolente, ligero, veloz, aficionado a las frases tan pretenciosas como robadas y más energía que estatua. Zoey Deutch como la descreída Jean Seberg, Aubry Dullin como el jovial Jean Paul Belmondo y Matthieu Penchinat, magistral como el fotógrafo Raoul Coutard, se mueven como una banda aparte, una pandilla enamorada del cine, antes que personajes atrapados en un museo.
Lo que Linklater reproduce no es solo el contexto histórico, sino el aspecto formal del cine de Godard y Truffaut con toda la urgencia, el error y la sensación de que filmar es una necesidad inmediata. El blanco y negro, el formato 1:37:1, el sonido y el montaje no funcionan como imitación, sino como contagio. La película no parece que fuera sobre la Nouvelle Vague; parece hecha por alguien que acaba de descubrirla y que ahora quiere salir corriendo a rodar.
Lo mejor de todo es el humor. Nouvelle vague es divertida de principio a fin. Se ríe de los dogmas, los egos, la verborrea teórica y del aura de genio. No desacraliza con cinismo, sino con alegría. Por eso está mucho más cerca de Slacker, School of Rock y Dazed and Confused que de los ejercicios más serios de la filmografía de Linklater. Es una hangout movie disfrazada de película histórica, una reunión de jóvenes brillantes creyendo, por un momento, que el cine puede cambiarlo todo.
Nouvelle vague no construye un templo ni pide reverencia. Hace vibrar. Y en esa vibración, poderosa, juguetona y casi infantil, nos recuerda que el amor por el cine no se explica. Se experimenta. Y cuando eso ocurre, como decía Truffaut, uno lo sabe en el cuerpo.
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