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A días de uno de los hitos más significativos de su trayectoria, Andrés Obregón está eufórico. Entre el anuncio de su primera presentación en el Auditorio Nacional, prevista para octubre de 2026, y la inminente llegada de ‘Todo pasa’, su nuevo álbum, el cantautor mexicano transita una etapa que sintetiza años de trabajo, aprendizajes y crecimiento personal.

En conversación con ROLLING STONE en Español, Andrés reflexiona sobre el paso del tiempo, el diálogo con su niño interior, la nostalgia como lenguaje y el inevitable proceso de aprender a soltar.

A continuación, extractos editados de la conversación que tuvimos con él el pasado martes 28 de abril de 2026.

Acabas de anunciar tu primer show en el Auditorio Nacional. ¿Qué está pasando por tu cabeza en este momento?

Es una locura… de verdad. Son muchos sentimientos juntos. Me cuesta hasta ponerlos en palabras porque es algo que soñé desde muy chiquito. Hay sueños que son más abstractos, como decir ‘quiero tocar en lugares grandes’, pero este no. Este tenía nombre, tenía lugar. Y hoy está pasando. 

Creo que lo hace aún más especial todo el camino para llegar aquí. Hubo momentos difíciles, momentos en los que no sabía si lo iba a lograr. Y ahora, verlo así, tan claro… es muy fuerte. Mi niño interior está feliz, muy feliz.

El próximo 14 de mayo lanzas tu nuevo álbum, ‘Todo pasa’, un proyecto que llega tras casi una década desde ‘Sentimiento extraño’. ¿Por qué decidiste tomar tanto tiempo entre un disco y otro?

Creo que fue una etapa previa. Estaba entendiendo cómo funcionaba la música, pero también escribía mucho desde lo inmediato: me pasaba algo, escribía la canción y la sacaba. Entonces me fui mucho por sencillos y EPs que agrupaban pequeños momentos, cotidianidades o etapas de mi vida.

Pero ya me hacía falta algo con un concepto, un mensaje más unificado. Y ahí llega el nuevo álbum. No fue algo planeado como tal, pero este proyecto terminó alineándose mucho con la etapa en la que estoy ahora, y sobre todo con mis memorias y cotidianidades.

‘Todo pasa’ suena a una especie de calma después de la tormenta. ¿Por qué elegiste ese título?

Sí, creo que lo bonito del título es que no apunta necesariamente a lo negativo o a lo positivo, sino a una realidad: la de aprovechar el presente, valorar lo que está ocurriendo ahora, disfrutar los buenos momentos y también aligerar un poco cuando las cosas se ponen difíciles, sabiendo que tarde o temprano, eso también va a pasar.Entonces, siento que el álbum va por esa narrativa de estar avanzando todo el tiempo. Lo malo pasa, pero lo bueno también, y hay que saber disfrutarlo porque, si no, se nos va y si no lo apreciamos, pasa, y queda nomás en los recuerdos.

Andrés Obregón y el arte de soltar en ‘Todo pasa’
Cortesía

Cuéntame sobre el proceso de creación del álbum. ¿Lo escribiste y grabaste aquí en México?

Sí, la mayoría de las canciones fueron en Ciudad de México. Hay una que escribí en Quito durante una gira, y puede que alguna otra en León, porque también paso tiempo allá y compongo mucho ahí. Pero en general sí, casi todo nació aquí.

En el setlist presentas el sencillo ‘Lugar seguro’. ¿Quién o qué es tu lugar seguro?

Principalmente mi familia. Es ese lugar donde puedo ser completamente yo, decir cualquier cosa, ser vulnerable, desde mi parte más oscura hasta la más alegre. Es a donde puedo acudir cuando las cosas se ponen difíciles, pero también cuando todo es bonito. Un lugar que siempre está ahí.

Al ver el video de este sencillo, noté que hay una estética que remite a una nostalgia muy particular. En esa línea, ¿cuál es la propuesta estética que articula este nuevo proyecto?

Pues fíjate que nunca le había dedicado tanto empeño a la propuesta estética. Esta vez, además, empezamos a trabajar con un equipo más amplio y creo que eso nos permitió llegar a un lugar en el que realmente me siento yo mismo, a un universo en el que puedo habitar con naturalidad. 

Hay, sin duda, una inclinación hacia lo vintage. Siempre he sido muy fan de esa nostalgia, de la magia de otras épocas, de lo artesanal, de lo análogo, de todo eso que tiene una belleza muy particular. Y quisimos llevarlo hacia ahí porque, al final, también refleja mucho de mi personalidad.

Además, la narrativa es muy particular, porque el disco va dejando pistas de mi trayectoria, como una especie de cronología. Hay muchas referencias del pasado, incluso de canciones que no son tan conocidas mías, pero que para mí representan mucho.

En la portada del álbum apareces con una pintura que remite a elementos como las fases de la luna. ¿Tiene algún simbolismo dentro del universo conceptual de ‘Todo pasa’?

Sí, fíjate que de muy chiquito fui muy fan del espacio. De hecho, antes de querer ser cantante, quería ser astronauta. Siempre me ha fascinado el tema de la luna, de las estrellas, de la física. Y pues esta simbología surge porque considero que uno de los relojes naturales más bonitos que tenemos para entender el paso del tiempo es la luna. 

Además, si lo miras como metáfora, es muy bonito, porque la luna tiene sus fases y todas son bellas. Algunas son más oscuras que otras, pero sabes que siempre va a llegar la luna llena y también la luna nueva. Es como un recordatorio de que hay momentos de luz, momentos de sombra, momentos intermedios, mitad derecha, mitad izquierda. Y luego está uno, pintando y observando esas fases.

El disco está compuesto por 11 canciones, con títulos que parecen sacados de un cuento, Cuéntame, ¿de dónde nacen esas historias?

De cosas muy personales. Por ejemplo, ‘Pay de Limón’ es una conversación con mi niño interior. Creo que es de mis canciones favoritas del disco y, probablemente, una de las más personales. Mi abuela hacía pay de limón y era algo muy especial para mí. Cuando ella murió, eso desapareció por un tiempo, pero después ese recuerdo volvió cuando mi mamá empezó a hacerlo. Entonces es ese símbolo de lo que se va, pero también de lo que permanece.

En varias canciones hay momentos donde se aborda esta idea de soltar la niñez. De reconocer que hay partes de mi niño interior que estarían muy orgullosas de lo que soy hoy, y otras que tal vez no entenderían quién soy ahora. Hay cosas que extraño, cosas que no extraño, cosas que han cambiado, pero sobre todo una sensación de gratitud por todo lo que ha sido ese proceso.

Tu niñez es un elemento recurrente en el diálogo del disco. ¿Qué emociones sientes que estás descubriendo en este proceso?

Creo que el álbum tiene un poco de todo. Tristeza, nostalgia, felicidad. Justo ‘Todo pasa’, la última canción, siento que representa bien eso.

Y todo el disco gira en torno a la idea de soltar, pero desde distintas fases. Desde cuando uno empieza a soltar algo y duele, hasta cuando finalmente lo suelta, y luego cuando llega la gratitud. Por eso es un álbum con muchos matices.

Y de estas canciones, ¿tendrás algunas colaboraciones o todo fue totalmente por ti?

Sí, hay dos: ‘Algoritmo’, con Andrés Koi, y ‘Contratiempo’, con Susana Cala. Las demás son completamente mías, tanto en la composición como en la interpretación.

Cortesía 

Antes del lanzamiento, ¿qué te gustaría decirle a tus fans que han esperado tanto este proyecto?

Que se tomen el tiempo de escucharlo. Creo que es un álbum que vale la pena poner completo, escuchar cada canción, irla sintiendo un poco, ir entrando en las emociones y en la atmósfera. Que lo hagan suyo. Que se den el tiempo de escucharlo, de encontrarle su significado, de llevarlo a su propia vida. Y que lo disfruten, que lo disfruten mucho.

Y si pudieras hablar con ese Andrés que empezó a componer a los 10 años, ¿qué le dirías hoy?

Creo que le diría simplemente ‘gracias’. Le diría gracias porque él fue uno de los primeros que sembró la idea de querer dedicarme a esto. Entonces, no tendría mucho más que decirle, porque podría darle algún consejo, pero he pensado que, si volviera al pasado, él tendría que vivir todo eso que vivió y aprenderlo por sí mismo. 

Gracias por tu tiempo, Andrés. Hoy brillas más de lo que imaginas. 

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Hay algo extrañamente lógico en ver a James Cameron trabajando con Billie Eilish. El director lleva décadas obsesionado con empujar el cine hacia adelante y convertir la tecnología en un espectáculo total. Ella, en cambio, parece hacer lo contrario: reducir el pop a un susurro, una respiración y una confesión dicha casi en secreto. Y, sin embargo, ambos comparten una misma intuición que es la de entender cómo funciona el vínculo emocional con las masas.

Billie Eilish puede pensarse como una mini Adele criada en internet o como una hija perdida de Tori Amos o Alanis Morissette. Tiene la vulnerabilidad confesional de una cantautora noventera, pero también la precisión estética de una estrella pop millennial diseñada para la era del algoritmo como Taylor Swift, Dua Lipa o Charlie XCX. Esa mezcla es precisamente lo que atraviesa Billie Eilish: Hit Me Hard and Soft – The Tour (Live in 3D).

El concierto ya llega precedido por una historia cinematográfica propia. Antes estuvieron el documental Billie Eilish: The World’s a Little Blurry y la elegante Happier Than Ever: A Love Letter to Los Angeles. Sin embargo, esta nueva película tiene otro objetivo y es el de transformar una gira en una experiencia inmersiva cinematográfica mediante el 3D de Cameron.

Y técnicamente lo consigue. Los saltos temporales cumplen con su cometido. La profundidad de campo es impresionante. Las luces, las pantallas, los cuerpos comprimidos contra la barricada y los celulares apuntando al escenario como si fueran antorchas digitales, todo tiene una nitidez casi absurda en su hiperrealismo y en la excesiva mediación de lo digital entre las personas. Cameron graba el concierto como si quisiera meter al espectador dentro de la masa humana. A veces funciona de manera espectacular. Pero lo interesante no está realmente ahí.

Porque Billie Eilish sigue siendo una artista construida desde la contención. Incluso dentro de un estadio gigantesco, canta como alguien encerrado en su habitación. Esa contradicción domina toda la película. El espectáculo masivo versus la intimidad extrema.

Ahí aparece algo más complejo, que define tanto a la cantante como a la generación que la sigue. La película oscila constantemente entre el impulso dance ligero (las explosiones de euforia colectiva, los saltos, los coros) y una introspección profundamente melancólica. La audiencia quiere desahogarse, pero también quiere refugiarse.

Además, está la relación con el cuerpo. Billie Eilish lleva años rechazando la sexualización tradicional del pop femenino. Sus ropas holgadas funcionan como protección y declaración artística: dejar que la música hable antes que la sensualidad. Sin embargo, la película también deja ver la tensión detrás de esa decisión. Hay una incomodidad visible con la exposición física, una necesidad de ocultarse incluso mientras miles de personas la observan gigantesca en tres dimensiones.

Eso vuelve más interesante la presencia de Cameron. El director de Terminator, Titanic y Avatar, probablemente el gran arquitecto del cine espectacular contemporáneo, termina grabando a una estrella que parece resistirse constantemente al espectáculo. El resultado es curioso. Estamos ante una película visualmente enorme donde lo grandilocuente nunca termina de imponerse.

Las secuencias detrás del escenario ayudan a entender mejor esa dualidad. Billie haciéndose el maquillaje sola, calentando la voz, observando a sus fans desde una ventana mientras estos reaccionan como hordas hipnotizadas. Hay momentos donde el documental roza algo inquietante y que tiene que ver con la relación entre celebridad y devoción que empieza a parecer una forma extraña de simbiosis y vigilancia mutua.

Aun así, la película evita convertir a Billie en un mito intocable. Su vínculo con el público se siente genuino, incluso cuando el dispositivo cinematográfico alrededor es gigantesco. Y ahí aparece otra contradicción central. Mientras Cameron intenta expandirlo todo, Billie sigue empeñada en reducir la experiencia a algo íntimo.

Por eso Hit Me Hard and Soft – The Tour (Live in 3D) funciona menos como revolución tecnológica y más como un retrato involuntario de una generación emocionalmente agotada. Una generación que quiere bailar sin dejar de sentirse triste. Que necesita conexión, pero teme exponerse demasiado y que convierte el dolor en comunidad. Y Billie Eilish entiende perfectamente ese lenguaje porque, en el fondo, ella también parece atrapada dentro de él.

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Truffaut alguna vez dijo que solo le interesaban las películas capaces de hacerlo vibrar. Nouvelle Vague no solo vibra. También sacude. Es una experiencia que se mueve en una escala sísmica alta, una réplica constante de entusiasmo, inteligencia y amor por el cine entendido como una práctica vital antes que como una institución respetable. Desde su primer minuto deja claro que no está aquí para explicar la historia, sino para hacerla palpitar otra vez.

Nouvelle Vague es, sin exagerar, una casa de citas cinematográficas. Pero no de esas que presumen erudición como ornamento, sino un burdel feliz donde cada plano, línea de diálogo y decisión formal está teniendo sexo con la historia del cine. Lo extraordinario es que esta sea probablemente la primera película en la que enumerar las referencias y los guiños sería, en sí mismo, un spoiler. Decirlos en voz alta quitaría la sorpresa, el placer del reconocimiento súbito, ese instante en el que uno sonríe en la oscuridad de la sala sintiéndose parte de una conversación secreta.

Nouvelle Vague es porno para cinéfilos. Si usted ama el cine, no querrá verla una vez. Querrá verla cinco, seis, tal vez más. Cada visionado revela nuevas capas. Un gesto heredado, una cadencia en el montaje, una broma lanzada al paso, una puesta en escena que replica no tanto la forma de Godard o Truffaut, sino su manera de estar en el mundo. Linklater entiende que la Nueva ola francesa no fue un estilo, fue una actitud.

Este año, el director firma un doble triunfo excepcional. Con Blue Moon entrega una descarga emocional para los amantes de Broadway, con una película que entiende al teatro como un espacio de obsesión romántica. Con Nouvelle vague se lanza de lleno a la complacencia cinéfila, sin pedir disculpas ni explicaciones. Esta es, irónicamente, la película que Quentin Tarantino debió haber hecho hace tiempo, en lugar de diluir su amor por el cine en podcasts decadentes hablando sandeces sobre Paul Dano o Matthew Lillard. Aquí hay cine pensado, sentido y filmado, no solo citado de memoria.

La ironía final es que este homenaje, que también funciona como un testamento vital al cine como acto colectivo, termine en Netflix y no en salas, que es donde debería vivirse, rodeado de otros espectadores, de risas cómplices y silencios compartidos. Nouvelle Vague pide comunidad; verla a solas se siente casi como leer una carta de amor ajena.

La película se centra en la filmación de Sin aliento, pero es demasiado inteligente para quedarse en la cronología de los hechos. No los enumera, los reencarna. Los actores no solo se parecen de forma casi milagrosa a las figuras reales; son una bendición interpretativa porque no cargan con el peso del homenaje solemne. Guillaume Marbeck compone un Godard joven, insolente, ligero, veloz, aficionado a las frases tan pretenciosas como robadas y más energía que estatua. Zoey Deutch como la descreída Jean Seberg, Aubry Dullin como el jovial Jean Paul Belmondo y Matthieu Penchinat, magistral como el fotógrafo Raoul Coutard, se mueven como una banda aparte, una pandilla enamorada del cine, antes que personajes atrapados en un museo.

Lo que Linklater reproduce no es solo el contexto histórico, sino el aspecto formal del cine de Godard y Truffaut con toda la urgencia, el error y la sensación de que filmar es una necesidad inmediata. El blanco y negro, el formato 1:37:1, el sonido y el montaje no funcionan como imitación, sino como contagio. La película no parece que fuera sobre la Nouvelle Vague; parece hecha por alguien que acaba de descubrirla y que ahora quiere salir corriendo a rodar.

Lo mejor de todo es el humor. Nouvelle vague es divertida de principio a fin. Se ríe de los dogmas, los egos, la verborrea teórica y del aura de genio. No desacraliza con cinismo, sino con alegría. Por eso está mucho más cerca de Slacker, School of Rock y Dazed and Confused que de los ejercicios más serios de la filmografía de Linklater. Es una hangout movie disfrazada de película histórica, una reunión de jóvenes brillantes creyendo, por un momento, que el cine puede cambiarlo todo.

Nouvelle vague no construye un templo ni pide reverencia. Hace vibrar. Y en esa vibración, poderosa, juguetona y casi infantil, nos recuerda que el amor por el cine no se explica. Se experimenta. Y cuando eso ocurre, como decía Truffaut, uno lo sabe en el cuerpo.

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Desde la ganadora del Óscar, la estremecedora El hijo de Saúl, el cine de László Nemes parece obsesionado con personajes atrapados dentro de sistemas históricos que los exceden. Individuos que avanzan entre ruinas morales mientras intentan conservar algo parecido a una identidad. Huérfano continúa esa línea, aunque desde un lugar más íntimo y autobiográfico: la infancia de su propio padre en la Hungría posterior a la Segunda Guerra Mundial.

La película transcurre en 1957, después del levantamiento fallido contra el dominio soviético. Budapest aparece como una ciudad suspendida entre miedo, resentimiento y agotamiento. Ahí vive Andor (Bojtorján Barabas), un niño judío criado por su madre, Klára (Andrea Waskovics), mientras fantasea con la figura de un padre ausente que ha convertido casi en un mito.

Ese detalle es central. La cinta de Nemes no trata realmente sobre un huérfano literal, trata sobre alguien huérfano de certezas. Andor construye la imagen de su padre desde relatos incompletos, recuerdos inventados y conversaciones imaginarias. El hombre desaparecido representa dignidad, nobleza e incluso una idea pura de masculinidad perdida tras la guerra. Sin embargo, todo cambia cuando aparece Mihály Berend (Grégory Gadebois), un carnicero tosco y violento que empieza a reclamar un lugar dentro de la familia.

Gadebois interpreta a Berend como una presencia imponente que suda, invade espacios, habla poco y ocupa la pantalla como una amenaza física constante. Pero Nemes evita convertirlo en monstruo unidimensional. Hay brutalidad en él, aunque también una necesidad genuina de pertenecer y de construir algo parecido a una familia después del desastre histórico.

Es ahí donde la película encuentra su conflicto real. Andor no solo rechaza a Berend porque sea agresivo o desagradable; lo rechaza porque destruye la ficción que sostenía su vida. El muchacho empieza a sospechar que ese hombre vulgar y brutal podría estar mucho más ligado a su origen de lo que quisiera aceptar. Y Nemes convierte ese descubrimiento en algo profundamente político.

Porque Huérfano habla de hijos enfrentados a padres, pero también de un país obligado a aceptar una nueva autoridad después de la derrota. Hungría, tras la represión soviética, aparece como una nación humillada, obligada a tragarse el resentimiento mientras aprende a sobrevivir bajo un nuevo orden. Andor funciona entonces como extensión emocional de esa herida colectiva.

Visualmente, Nemes vuelve a trabajar con el director de fotografía Mátyás Erdély y retoma parte de la estética de El hijo de Saúl con formato de 35 mm, colores desaturados, formato cerrado y encuadres que limitan constantemente la percepción. La cámara permanece cerca del niño, atrapada en su mirada parcial del mundo. Todo se siente pesado, denso y casi sofocante. A veces demasiado.

Ese es probablemente el gran problema de la película. Nemes filma el trauma como si cada escena tuviera que cargar el peso completo de la historia europea del siglo XX. El resultado tiene fuerza, pero también monotonía. Como sucedió con aquella sobrevalorada cinta de Bille August también protagonizada por un niño y conocida como Pelle el conquistador, en Huérfano hay momentos donde la gravedad emocional aplasta el ritmo y la narración parece avanzar con dificultad, exasperando al espectador.

Además, Bojtorján Barabás construye a Andor desde una rabia tan permanente que el personaje por momentos pierde matices. Su resentimiento constante termina volviéndose repetitivo. Curiosamente, el personaje más complejo termina siendo Berend, precisamente porque nunca es fácil clasificarlo.

Sin embargo, cuando la película logra equilibrar esa densidad con emoción concreta, alcanza momentos muy poderosos. Especialmente en el tramo final, donde Andor debe decidir si acepta la verdad sobre sí mismo o continúa refugiado dentro de una fantasía construida desde el dolor. Y ahí aparece una de las ideas más duras de Nemes. Crecer implica descubrir que nuestros padres no eran héroes, sino sobrevivientes. Personas rotas intentando sostener algo, muchas veces después de catástrofes.

Huérfano no tiene el impacto devastador de El hijo de Saúl ni la radicalidad formal de aquella película. Incluso se siente más irregular. Pero sigue siendo una obra valiosa precisamente porque Nemes filma la posguerra no como reconstrucción, sino como una herencia emocional contaminada, un mundo donde nadie sale realmente intacto.

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La confirmación de un show propio de Gorillaz en Córdoba volvió a encender los rumores alrededor del line-up de Primavera Sound Buenos Aires 2026. La banda encabezada por Damon Albarn se presentará el próximo 26 de noviembre en el Playón M. A. Kempes, apenas días antes de la nueva edición del festival porteño, que se realizará el 28 y 29 de noviembre y revelará su grilla oficial este lunes 11 de mayo.

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El anuncio del debut cordobés del grupo apareció en medio de la creciente expectativa por Primavera Sound Buenos Aires, que el miércoles confirmó la fecha de revelación de su line-up con un teaser publicado en redes sociales: “Anunciar el anuncio del lineup es muy Primavera. Guarda la fecha. Anuncio line up: 11/05”.

Aunque todavía no hay confirmación oficial por parte del festival, la aparición de una fecha argentina de Gorillaz en el mismo tramo de su gira latinoamericana funciona como una fuerte pista sobre su posible participación como uno de los headliners de la edición 2026.

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La edición 2026 de Primavera Sound Buenos Aires marcará el regreso local del festival tras dos años de ausencia. El evento ya confirmó sus fechas para fines de noviembre y promete continuar el legado de sus históricas ediciones argentinas: la primera, en 2022, con nombres como Arctic Monkeys, Björk, Lorde y Travis Scott; y la segunda, en 2023, encabezada por The Cure, Blur, Beck y Pet Shop Boys.

Además, Gorillaz aparece entre los artistas destacados de la edición 2026 del Primavera Sound de Barcelona, otro elemento que alimenta las especulaciones sobre su desembarco en Buenos Aires. En redes sociales se habla también de The Cure, The Strokes, My Bloody Valentine, Massive Attack, The xx, Lorde, Lana del Rey y más. La verdad llegará el próximo lunes.

El show en Córdoba formará parte de la gira presentación de The Mountain, el más reciente álbum de Gorillaz, editado este año, que incluye colaboraciones con los argentinos Trueno y Bizarrap.

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Critically acclaimed duo The War and Treaty have signed with Atlantic Outpost and will release their first album for the label, The Story of Michael and Tanya, on June 19.

The set, which features Whoopi Goldberg, Valerie June and Wynonna, is preceded by first single “Don’t Say Goodbye,” which drops Thursday (May 7).

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The new album, which is available for pre-order, explores the “tension between sacred sounds and secular desires,” according to the label. Among the writers on the project are Babyface, who co-wrote the track “You Can’t Hurt Me Anymore.”

“Evoking hard, honest emotions first required me to find those parts in myself,” Tanya Trotter said in a statement. “Once you find them, there’s a strength to the urgency that feels like you’ll be at your wits’ end if you don’t express that emotion.”

Michael Trotter added, “For The War and Treaty, feeling every aspect of what we’re writing and singing has grown from representing routine emotions to now demanding that people connect with our spirit.”

The married couple was named duo/group of the year by the Americana Music Honors & Awards in 2022 and 2023 after winning emerging artist of the year in 2019.

The two-time Grammy nominees were previously on Universal Music Group Nashville’s Mercury Nashville imprint. They parted ways with the label following the release of their most recent album, 2025’s Plus One.

The War and Treaty reached No. 14 on the Billboard Hot 100 in 2023 with “Hey Driver,” their collaboration with Zach Bryan

Billboard honored The War and Treaty with its Groundbreaker Award at the 2024 Country Power Players event for their boundary-busting musical appeal, which makes them equally at home on the CMA Awards stage, at the Newport Jazz Festival or performing as part of a tribute to Jon Bon Jovi at MusiCares.

The duo will headline Nashville’s Ryman Auditorium on Sept. 13. Tickets go on sale to the general public on May 15 through AXS.com.

The Story of Michael and Tanya track list

1. Litty (featuring Whoopi Goldberg)
2. Don’t Say Goodbye
3. You Can’t Hurt Me Anymore
4. Shouldn’t Have
5. Forgive Me
6. Darlene & Gene
7. Reclaim All of Your Time (featuring Valerie June and Wynonna)
8. Lay This Bottle Down
9. Don’t Give Up Now
10. Holy Ghost Fire


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Any of the touchstones you might associate with No Doubt — their Orange County upbringing, their Tragic Kingdom breakthrough, their skater-influenced style, their intraband-romance-fueled lyrics, their Jamaica-inspired recordings — were put on supersize display during the first show of their Las Vegas Sphere residency on Wednesday night (May 6). And at the front of it all was Gwen Stefani, who is officially the first female headliner of the state-of-the-art venue, following a string of classic rockers, dance producers, country stars and boy banders taking the stage since Sphere’s September 2023 opening.

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With her powerful live vocals and command of the stage, Stefani — along with longtime bandmates bassist Tony Kanal, drummer Adrian Young and guitarist Tom Dumont — succeeded in remaining a focal point of the night, despite stiff competition from the floor-to-ceiling screens. But when you have generational hits like “Just a Girl” and “Don’t Speak” at the ready, you can always hold your own.

No Doubt leaned into that Tragic Kingdom era in the setlist — performing 10 of the 1995 album’s 14 tracks, which accounted for nearly half of the two-hour, 21-song concert — but they also deployed four songs apiece from their turn-of-the-millennium albums Return of Saturn (2000) and Rock Steady (2001). The setlist featured an unexpected string of ballads as well, starting with Tragic Kingdom‘s “The Climb” — which the band played for the first time since 1997 — bringing the tempo back a couple of songs later with their hit 2003 Talk Talk cover “It’s My Life.”

As the “ANAHEIM CALIFORNIA 1987” sign that greets concertgoers once they get inside the Sphere promises, this is a band nearly 40 years in the making that has an arsenal of hits — and now they have the mind-blowing visuals to match. Below, find Billboard‘s seven favorite moments from night 1 of No Doubt’s Sphere residency.

French independent music giant Believe has teamed with former 300 exec Az Cohen for a new joint venture, called AZTEC, that will mark Believe’s first U.S.-based record label, the company announced Thursday (May 7). Cohen, the son of industry legend and current YouTube global head of music Lyor Cohen, will spearhead the new venture as its president and founder.

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Significantly, AZTEC marks Believe’s first frontline foray into the United States, after spending the past 20 years building a local-music empire in more than 50 territories around the globe. It also solidifies the company’s intentions in the world’s biggest music market, following last week’s announcement of a new label and artist solutions division in the U.S., headed by Thomas Maxwell. Together, the new initiatives — Maxwell overseeing label distribution and services, and Cohen overseeing the new frontline label — as well as TuneCore, the DIY distributor that Believe acquired in 2015, encompass a full stack of services in the U.S. for Believe.

“Our joint venture with AZTEC reflects Believe’s continued commitment to building artist-first partnerships and supporting entrepreneurs who deeply understand the creative and cultural landscape,” Believe’s global head of music, Romain Vivien, said in a statement. “Az brings an exceptional ability to spot talent and build sustainable careers, and together we are creating an ecosystem designed for the next generation of artists.”

Cohen has spent 13 years at 300, the company his father co-founded in 2013 as an indie record label alongside Kevin Liles, Todd Moscowitz and Roger Gold. He served in various A&R capacities as the company — which shepherded the careers of Migos, Megan Thee Stallion, Young Thug, Fetty Wap and more — grew and was ultimately acquired by the Warner Music Group in 2021 for $400 million. During his time at 300, Cohen also launched Sparta, 300’s indie distribution wing, which has racked up more than 8 billion streams across its catalog, according to a press release.

With AZTEC, Cohen hopes to build out lasting careers for the artists he signs, eschewing the quick-hit nature of parts of the business in the social media era. “In an industry that’s become increasingly about quick wins and short-term virality, we are artists, engineers, planners and warriors with a singular focus: building empires with our artists and partners,” Cohen said in a statement. “AZTEC is about patience, commitment and shaping careers that stand the test of time.”

Cohen, who also managed Post Malone early in his career, will be based in New York, with initial signings to be announced in the coming weeks and months. He’ll leverage his own network of sources and contacts, as well as TuneCore’s distribution base and Believe’s global footprint, to help develop those acts. “The success of artists today often starts with hyper-local stories, and it is our job to champion those around the world,” Cohen added. “Believe’s unique position as a truly global company with massive local expertise, via boots on the ground, allows AZTEC artists to be certain that their stories will be shared with new fans, no matter where that fan lives.”


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