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Escoger un oficio no resulta sencillo, incluso puede causar vértigo. Cada persona tiene su propio camino, sin embargo, la vida desemboca en un resultado, el cual puede estar influenciado por varios factores que definen una pasión, o bien, una vocación. Para Jacinto ha sido como estar manejando en Periférico —una vialidad confusa en Ciudad de México con muchas desviaciones—, donde en un inicio su destino era convertirse en un hombre de negocios exitoso, pero tomó una desviación que, de forma inesperada lo llevó a convertirse en artista. En el camino se perdió, la confusión y las emociones le provocaron varios dilemas, pero de una u otra forma, encontró su rumbo y con ello una paz que hoy le permite sentirse bien. Con la entrega de su nuevo proyecto musical, Hipersentimental, ha drenado un río de emociones y con su publicación explicó que “tiene un mensaje muy lindo”, pero sobre todo que hizo algo honesto “con mucho corazón y un trasfondo positivo”. Esta no es su primera entrega, de hecho, ya ha publicado tres LP, pero en esta ocasión, a diferencia de otros álbumes, su sentir es el estar “liberado”, porque saca en “crudo” mucho de lo que siente y, sobre todo, se atreve a ser él mismo. 

 “Estamos programados para hacer algo que no necesariamente queremos. Y es muy valiente decir que no, escucharte a ti primero y hacer lo que realmente te apasiona”.

Gonzalo Guerra Gómez es un chico tapatío (Jalisco) y desde joven tuvo la inquietud de acercarse a la música, se metió al coro de su escuela pero los comentarios de sus compañeros lo orillaron a desistir, al ser distinto al status quo en una escuela católica, se mostraba como alguien diferente, lo marginaban sin valorar lo que sentía. Muy contrario a su dinámica familiar, donde su conexión era íntima, profunda; afirma que su infancia fue feliz. 

Durante una temporada se fue a Estados Unidos, aquí pudo conectar con una realidad distinta a la que estaba acostumbrado, y consiguió externar su interés por la música. Expresarse y ser sensible no era mal visto, incluso llegó a tener una banda en ese país. Sin embargo, al regresar a México ese “gusto” que tenía lo veía más como un “hobby”, un “pasatiempo” que un estilo de vida. Creció con la mentalidad de ser proveedor, cumplir con sus obligaciones, convertirse en el modelo perfecto de lo que es ser un hombre de familia, aspirar a estándares seguros. Es así que estudió en el ITAM, y no cualquier carrera: Ingeniería en Negocios. Encontró una vacante en FEMSA, donde desarrolló proyectos de innovación y tecnológicos. Entrando a una etapa de vida más madura, donde más responsabilidades e independencia demandaban decisiones cruciales. Aún así existía una inquietud, una espina que le acompañaba, le acechaba: era su pasión. ¿Realmente estaba haciendo lo que le apasionaba? 

El proyecto de Gonzalo Guerra inició de una forma muy “orgánica”. Remontando a esa etapa, él lo contextualiza así: “Yo me gradué del ITAM, estudié ingeniería de negocios, cuando fue la pandemia, yo me veía súper chiquito, tenía 21 años, me gradué con 21”. Menciona que su forma de ser era “muy nerd” y que en ese entonces tenía muchas ofertas laborales y le iba bien en la vida corporativa. 

En la pandemia lo escuchó el presidente de Universal Music a través de una publicación que subió en sus redes. Alfredo Delgadillo le mandó un email y le dijo: “te quiero firmar”. Jacinto no sabía quién era él, ni cómo funcionaba la industria, solo hacía música porque le gustaba. Le dijo que estaba dispuesto, pero advirtió, “nomás quiero que sepas que yo no voy a renunciar”, aferrándose a su trabajo porque vivía en la Ciudad de México, tenía que pagar su renta, sus gastos y sus papás no le iban a dar “ni un centavo”. El presidente de la compañía lo entendió, y empezó a sacar música. En su momento solo escribía canciones, no era algo que estuviese fuera de su normalidad, componía y mandaba su música a un productor, aunque, en retrospectiva, comenta que le hubiera encantado producir su primer álbum: Duerme en paz. “Creo que eso es algo que eventualmente voy a hacer”, insinuó, siendo una posibilidad que intervenga las canciones de dicho álbum en un futuro. 

Conforme iba sacando música y se le producía, se le solicitó que invirtiera más tiempo en sus redes, que difundiera más su música, pero en ese momento su “enfoque” lo prioriza en otras obligaciones. Él ya anunciaba que no estaba seguro de dedicarse a la música, al menos “de tiempo completo”. Disfrutaba su presente, trabajaba, sacaba música y le empezó ir bien, aún cuando no la difundía. En una ocasión, un amigo le dijo: “Güey, eres un pendejo porque tu música es muy buena, no mames, hazle más promoción para dedicarte a esto”, pero en su momento no le interesaba convertirse en una figura pública y lo que implicaba: ser el “centro de atención”. Le causaba inquietud imaginarselo. Aún así cedió a la presión y empezó a subir contenido en redes. 

Jacinto impulsó proyectos como los de Spin, las terminales, a la par de que lanzaba Las cápsulas del tiempo son rosas (y unos demos). Su vida laboral se dividía en dos rubros: ser ingeniero y ser artista, este último más un hobby que un trabajo oficial. Mientras realizaba la promoción de este álbum, comenta que le dió apertura al concierto de Niall Horan, algo que “cambió” su vida “por completo” porque pasando de ser un artista “no tan conocido” consiguió conectar con el fan base del ex miembro de One Direction. Esto sucedió en septiembre de 2024, y allí fue cuando se dio cuenta que su proyecto musical se estaba empezando a poner “serio”. En enero de 2025 habló con su jefe de trabajo y le anunció su decisión final: “Tengo que renunciar”, le dijo. Ahora podría profundizar en la producción de sus proyectos, sus conceptos artísticos, dedicarse de tiempo completo y energía a la música, así como al mundo que le rodea.

Del Jacinto de ahora al de hace cinco años existe una gran evolución. Uno de sus sueños era irse a estudiar a Stanford para hacer su maestría en la prestigiosa universidad estadounidense. Dice haber tenido todo “super idealizado”desde que se graduó, sin embargo, nunca se imaginó componer música y ser un artista. Cuando dejó su trabajó sufrió por un momento, ya no tenía un salario, ni aguinaldo y ahora, ¿de qué iba a vivir? “Puta güey, voy a cambiar mi vida. Probablemente me va a costar más trabajo tener esta familia tradicional que te pintaron de chiquito. Ya soy figura pública. Este pedo va a seguir creciendo y cada vez va a ser más difícil tener esas cosas que me programaron a tener toda mi vida”, pensamientos como estos le empezaron a inundar. “Me entró la incertidumbre los primeros tres o cuatro meses desde que renuncié”, explica.

‘Qué raro es ser normal’ la escribe después de haber dejado su trabajo, en un proceso donde asimila su nueva realidad. 

“me dicen que soy raro/

que ya no quiero estar encerrado en una caja de un molde tradicional/

que soy un complicado y solo voy a acabar/

por que no tengo una oficina ni pareja formal/

no tengo horarios ni rutina u orden en general/

creen que no entiendo la vida y que me voy a arruinar/

soñando que estrellas me gritan/

que raro es ser normal”

Jacinto explica que esta canción la escribió pensando: “Güey, fuck, la cagué”, porque por fín decidió dedicarse a hacer lo que más ama hacer en el mundo. No veía en la música un estilo de vida, porque si bien le ha acompañado en varios momentos, de una forma u otra: “Yo siempre lo ví como una escapatoria muy personal, catártica, nunca fue para mí una forma de hacer negocio”. Era un mundo sagrado para él, su lugar seguro, y ahora podría vivir de esto, sin embargo, en el pasado se quería convencer de que necesitaba una maestría y ser exitoso en los negocios, ser un emprendedor, porque “así me programaron toda la vida”. Su sentir lo describe como haber regresado a la vida, “Regresé a ser chiquito”.

Se redescubrió, encontró en lo que ama una oportunidad y su familia lo ha podido constatar. Menciona que su hermana le dijo que hace un año estaba “gris”; ahora lo ven con color. “Yo no me sentía al 100, estaba conflictuado por mil cosas”, explica. 

Muchos jóvenes pueden sentir frustración porque se les orilla a estudiar o vivir de una carrera en la cual no desean desempeñarse. Jacinto pudo romper con varios moldes, uno que ha durado por varias generaciones. “Mi papá, mi abuelo, mi bisabuelo y no sé cuantas generaciones son ingenieros”, relata y admite que existe una cultura arraigada en la cual no se busca hacer lo que uno ama. “Y es muy valiente decir que no, escucharte a ti primero y hacer lo que realmente te apasiona”.  Él ve a sus padres y a sus hermanas felices por el estilo de vida que han escogido, reconoce en ellos su felicidad y la satisfacción por convertirse en profesionales y ser “personas excelentes”, sin embargo, no es un estilo de vida en el que se ve proyectado.

“Porque agarrarlo y confrontar esa pasión que tienes es de locos y de gente valiente. La vida premia a los valientes”.

La música siempre le ha acompañado y afirma que por más que quisiera, nunca pudo escapar de ella, ya que, de una u otra forma terminaba relacionado con este arte. De todos modos ha sido un proceso de continuo autodescubrimiento que ilustra empleando la siguiente metáfora:  “Imagínate que te programan para ser un bloque cuadrado, y para encontrarte, entenderte, es necesario picar esa piedra”. Continúa explicando que no es hasta que das con el núcleo de la estructura que te das cuenta de lo que hay adentro: “ahí eres tú”. Así lo visualiza él, probablemente estuvo influenciado por su entorno, su realidad, pero poco a poco ha picado su piedra hasta descubrir quién es de verdad. 

La confusión ha sido una etapa, una que ha trabajado y pulido. En un principio pudo dar con un resultado deforme, pero ha esculpido su verdadera esencia hasta encontrarse con una forma. En el 2020, cuando tenía 22 años, le firmaron para crear su primer disco. Por ese entonces, recuerda “no saber qué hacer” con su vida, por lo que tuvieron que pasar “tres o cuatro años” para ubicarse y entender qué decisiones iba a tener que tomar. 

“Creo que estar perdido es muy importante, es parte de quién eres. Necesitas estar perdido para encontrarte”. 

Tania Todd

Vulnerarse ante el mundo puede resultar complicado, sobre todo en un mundo digitalizado donde la opinión pública está homogeneizada en un mar de información y sesgos. Es por eso que abrir su corazón ante el mundo es exponerse al juicio de miles de perspectivas. Jacinto confiesa que “está raro” ya que parte de ser artista es “atreverse a ser vulnerable” y posiblemente exponerse ante miles de millones de personas, sin embargo, confiesa que en pasadas entregas “no lo había hecho realmente”, ya que en la mayoría de sus canciones emplean un lenguaje “encriptado, poético, metafórico y no necesariamente tan directo” respecto a lo que siente. Ahora que presenta su nuevo álbum pretende romper con este esquema y desnudar sus emociones, hablar de cada letra, explicarlas y ser más activo con su comunidad a través de sus redes sociales. De esta forma se puso un objetivo: no solo presentar sus canciones, sino hablar de ellas, profundizar en ellas y hablar de por qué las escribió. Es así que al presentar este proyecto enfrenta un desafío que no solo trasciende en lo creativo, sino que impacta en un nivel más íntimo, personal. “Si voy a hacer esto el resto de mi vida, quiero construir algo tan sólido que me sienta cómodo siempre haciéndolo”, apunta. 

Crear un podcast con sus amigos le ha permitido hablar de su música y de temas que no siempre se abordan entre hombres. Abre ante una audiencia la posibilidad de que exista un diálogo de tópicos que pueden resultar incómodos —como la fragilidad del ego masculino— pero no solo eso, de divertirse, “cotorrear” y ser simplemente él. 

Por lo general, la visión que se tiene de artistas como Liam Gallagher, Thom Yorke, Gustavo Cerati o el mismo Charly García es la de personajes que han transformado la música, trascendido en la industria como leyendas y son considerados como “seres místicos, misteriosos”. Aunque dentro del imaginario cultural y para grandes comunidades de fans sea así, Jacinto pretende romper con esa ideología para sí mismo. “No soy místico ni misterioso, soy intenso, abierto y no podría crear un personaje falso”, explica. “Ese no es el artista que quiero ser, aunque los admire”. Lo que busca es aceptarse por quien es él. Es así que la creación de este proyecto con sus amigos —el podcast— es una forma de mostrar su personalidad con más transparencia y aunque nunca se imaginó estarlo haciendo, ahora es un pilar de su vida. “La gente puede saber quién soy fuera del ‘poeta’ que escribe canciones bonitas”, dice, pues allí comparte sus experiencias de vida, platica sobre sus “crisis existenciales” y recuerda que es normal atravesar esas etapas. “Y también no está mal decir cómo te sientes, hablar de emociones, abrirse”, añade. Con esta intención presenta su nuevo álbum y lo refleja paralelamente a través de este podcast. 

El diseño del álbum presenta a Jacinto sentado, él recarga su brazo derecho en una bocina, con su brazo izquierdo sostiene una pintura. Del lado izquierdo hay otra bocina y atrás, un pato. El cuadro que sostiene es uno que pintó su hermana, el cual se inspira en artistas como Van Gogh, Dalí, Mondrian, Henri Matisse entre otros que “le gustan mucho”. La composición tiene la intención de expresar la forma en que ve la vida, su realidad y lo que le rodea. Cada elemento tiene un significado: la bocina representa la presencia de la música en su vida, el medio que le ha permitido “narrar mi perspectiva de la vida de una manera más elocuente y simple”. El cuadro es cómo percibe la realidad desde un ángulo puro y lo traspasa a su escritura, en la que se apoya para “pintar mejor” y expresar cómo se siente. El pato es una representación de que crear es como cuando eras niño y jugabas, donde la imaginación cuestiona lo que se percibe como realidad y pone en duda lo que se considera normal; así, también representa la espontaneidad y la diversión como elementos “fundamentales en mi manera de crear”.

‘Maniático’ es una de las primeras canciones que lanzó, en la cual canta: “a veces te pienso, pero luego no”/ “estabas en mis planes, pero eso me aburrió”/ “viernes 13, mesa para dos”/ “pero quédate el domingo por si estoy nostálgico”. Explica que la escribió en julio del año pasado, y se la dedica a una “morra” con la que estuvo saliendo. Ella le dijo: “Hubiéramos sido una gran pareja”, en el contexto de una “peda”. “Nos llevamos bien, éramos cuates, había conexión y hubo muchos queveres entre ella y yo”, dice, sin embargo, ella le aclaró que no estaba lo “suficientemente loca”. Tomándoselo con mucha ironía y risa, pensó que en realidad le valía “madres” que le digan que le gustan las locas. Describe que hay una teoría en la que “si ellas están locas”, él está “más loco”, entonces en realidad es un “maniático”. Ahora que no se encuentra en una relación “tóxica” le resulta extraño, porque de estar en una dinámica constante de “loca” y “loco”, le cuesta conectar con mujeres que poseen un mejor perfil, quizá más maduro, y eso es consecuencia de estar “mal acostumbrado” y de encontrar el amor en “lugares incorrectos”. 

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Si hubiera que describir a Joe Keery en una palabra, sería polifacético. En el fútbol, el término se usa para ese jugador capaz de rendir en distintas posiciones; en el entretenimiento no es muy distinto: define a quienes logran destacar en más de una disciplina artística. En el caso de Keery, para estas alturas ya es un actor consolidado, recordado por gran parte del público por su icónico papel de Steve Harrington en Stranger Things, pero que también ha participado en producciones independientes como Spree y en proyectos de tono más serio como Fargo, demostrando un rango actoral poco común estos días.

Con esa sólida carrera actoral a sus espaldas, en los últimos años ha desarrollado en paralelo un proyecto musical propio que ha crecido de forma progresiva y que, hasta hace poco, pasaba desapercibido para muchos. Su travesía musical comenzó como un simple hobby, pero con el paso del tiempo —y su evolución tanto como compositor como productor— han consolidado a Djo, su alias artístico, como una de las propuestas más refrescantes y propositivas del indie contemporáneo.

Cortesía

Joseph David Keery nació el 24 de abril de 1992 en Newburyport, Massachusetts (Estados Unidos). Es el segundo de cinco hermanos y, desde muy joven, mostró interés por las bellas artes. Tras concluir sus estudios básicos, ingresó a la Escuela de Teatro de la Universidad DePaul, donde pudo explorar a fondo su curiosidad por la actuación y la música, esta última de forma independiente.

“Fue probablemente en la universidad cuando comencé a sentir que la música podía ser algo más que un hobby, cuando empecé a hacer canciones y melodías por mi cuenta”, explica Joe. “Descargué una versión ilegal de Logic porque no tenía dinero para pagarlo, y simplemente comencé a anotar ideas y a experimentar, como cualquiera. Realmente me divertía creando canciones. Ahí fue cuando siento que empecé a tomármelo un poco más en serio, porque, en cuanto a tocar en bandas antes de eso, era algo que ya había hecho, pero por alguna razón la grabación tuvo ese efecto en mí”.

Antes de consolidar su proyecto en solitario, Keery pasó por una etapa clave tocando en Post Animal, una banda de rock psicodélico de la cual hizo parte entre 2014 y 2017, un proceso que describe como fundamental en su desarrollo creativo. “Fue un buen periodo de incubación: yo había estado en esa banda y aprendí muchísimo de mis amigos; ellos ampliaron mi gusto más allá de donde estaba y me enseñaron lo que se puede hacer con el grupo de personas correctas, incluso rompiendo las reglas”, recuerda.

Ese aprendizaje colectivo, marcado por la amistad y una constante apertura a nuevos sonidos, daría paso a una transición hacia un proceso más íntimo y personal. Mientras su carrera actoral comenzaba a despegar con Stranger Things, el cantautor empezó a trabajar por su cuenta, lejos del foco mediático. “Estaba trabajando en la serie, así que me enfocaba en eso, pero al mismo tiempo, en la sombra, seguía grabando y creando cosas. Con el tiempo, acumulé suficiente material como para trabajarlo y sacarlo”.

Esa etapa formativa no solo marcó el momento en el que comenzó a tomarse la música en serio, sino también la manera en la que la entiende hoy. Retomando la importancia de estar bien acompañado, Keery destaca el papel de las personas que lo rodearon durante ese proceso, especialmente aquellas con las que ha colaborado a lo largo de los años. “Junto a mi amigo Adam, con quien he trabajado durante mucho tiempo, siento que nos hemos moldeado mutuamente, especialmente en este proyecto, y nos hemos impulsado a ser mejores”, explica. Según cuenta, su influencia fue clave para elevar el nivel de su propuesta musical, particularmente desde su primer álbum, en el que ambos trabajaron de cerca en la mezcla.

Sin embargo, ese lanzamiento estuvo lejos de responder a una estrategia tradicional dentro de la industria. Keery asegura que, en ese momento, su relación con el circuito musical era prácticamente inexistente. “En cuanto a mi relación con la industria musical, realmente no tenía ninguna. Lo hacía todo por mi cuenta y, cuando finalmente publiqué este primer trabajo, fue a través de la distribuidora AWAL. No es que tuviera un plan claro de lanzar esto y empezar una carrera; simplemente sentía que no quería hacer la música y nunca sacarla. Así que pensé: ‘bueno, la publico y vemos qué pasa’”. Lo que siguió fue un crecimiento paulatino pero constante. “Poco a poco empezó a ganar algo de tracción. Ha sido un camino poco convencional y sorprendente, por el que me siento bastante agradecido”, concluye.

Pero su formación no se limita a ese círculo cercano. A lo largo del tiempo, Keery ha ido construyendo su identidad artística a partir de distintas obsesiones musicales que han marcado épocas específicas de su vida. Desde referentes como Bruce Springsteen, hasta periodos más introspectivos influenciados por Nick Drake, o incluso el redescubrimiento de Led Zeppelin, su sonido es el resultado de una exploración constante. 

Esa exploración encontró su punto máximo en su disco más reciente, The Crux, que ha sido interpretado por muchos como un álbum conceptual que gira en torno a la idea de un hotel habitado por personajes que atraviesan distintos momentos de quiebre en sus vidas. Sin embargo, es el propio Keery quien matiza esa lectura: al menos desde su concepción, no se trata de un álbum conceptual en el sentido tradicional.

“Ese concepto surgió después de que toda la música ya estaba escrita, así que técnicamente no es un álbum conceptual. Pero sentí que esa imagen era una forma muy interesante de resumirlo todo, así que terminó convirtiéndose en la iconografía del álbum, sobre todo en la portada. Queríamos crear algo que diera una sensación de continuidad entre los visualizers, el arte y la carátula. Entonces ese fue el universo en el que decidimos situarlo”, explica.

Más allá de la estética visual, hay un eje que atraviesa todo el proyecto: la honestidad emocional. Para Keery, este aspecto no es accesorio, sino central en su forma de hacer música. “Ser honesto a nivel de lo que siento es súper importante. Lo es todo prácticamente. Siento que ese era un gran objetivo: tratar de expulsar tus emociones y usarlo como una herramienta para lograr cierta catarsis sobre lo que pueda estar pasando en tu propia vida”.

Esa búsqueda emocional también define lo que espera provocar en quienes escuchan su música. “Supongo que es la conexión: sentir de alguna forma que una parte de la música te ve o te entiende. Eso es lo que más me gusta de la música. Me encanta escuchar algo que, musicalmente, me sorprenda, que me retuerza un poco la mente y me deje impactado, como pensando ‘no sabía que se podía hacer eso’”. 

En cuanto a las letras, comenta que “simplemente me gusta conectar con algo y tener esa sensación de ‘yo me siento así, esto me ha pasado’. He tenido grandes experiencias escuchando álbumes que parecen estar cantando sobre tu propia vida, y supongo que la idea es que, si como artista puedes ser realmente transparente, entonces quizá otras personas puedan verse reflejadas en eso, de la misma manera en que a mí me pasó con otra música”.

Ese universo se expande aún más con la edición deluxe del álbum, en la que Joe abre una ventana al proceso creativo detrás del trabajo original. Las canciones incluidas en esta versión corresponden, en su mayoría, a material que quedó por fuera del corte final del disco, pero que sigue formando parte de ese mismo momento creativo.

“Supongo que quería darle a la gente un poco más de contexto sobre lo que estaba pasando alrededor de la creación del álbum. Había muchas canciones que no llegaron a entrar en el disco. Entonces, para mí, como fan, pensé que era interesante mostrar un pequeño vistazo de todo lo que también estaba ocurriendo en ese periodo”, explica.

Más allá de complementar el proyecto, esta decisión también refleja un cambio en su forma de relacionarse con su propia música. “Siendo honesto, también es simplemente divertido sacarlo. Fue una buena lección, y además estoy intentando no ser tan perfeccionista con todo”.

Tras el lanzamiento de The Crux y su posterior edición deluxe, Joe Keery se embarcó en una de las etapas más exigentes —y a la vez más gratificantes— de su carrera musical: su gira por Sudamérica, un recorrido que no solo ha puesto a prueba su proyecto en vivo, sino que también le ha permitido conectar con nuevas audiencias en un contexto completamente distinto al que estaba acostumbrado.

“Los conciertos por acá están a otro nivel en cuanto a la participación de la gente. Siento una conexión emocional muy fuerte, y la gente parece estar realmente emocionada por la experiencia de estar en un show en vivo, de una forma que no creo que sea igual en Estados Unidos, por ejemplo. Así que ha sido muy divertido, y no había estado en muchos de estos lugares”, cuenta.

Para Keery, esta gira también representa una especie de primer encuentro real con el público latinoamericano desde su faceta musical. “No había tenido muchas oportunidades de tocar mi música aquí, así que ha sido una experiencia fantástica”. Sin embargo, más allá de la euforia del escenario, el proceso previo a cada presentación sigue siendo un reto constante. “Sigo aprendiendo cómo prepararme para los shows. Es bastante difícil. Me pongo muy nervioso. Siento bastante ansiedad y una sensación de angustia antes de salir a la tarima. No es por nada en particular, simplemente quieres hacer un buen trabajo, quieres que la gente conecte con lo que vas a hacer”.

Esa presión no recae únicamente sobre él, sino que forma parte de un engranaje más amplio que sostiene cada presentación. “La banda es solo una pequeña parte de todo esto. Tenemos un equipo increíble, así que creo que todos estamos muy enfocados en hacer un buen trabajo y, ojalá, ofrecer algo que realmente tenga valor para los fans. Tomo mucha agua” concluye entre risas.

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Tras un inicio de año marcado por el reconocimiento del público y una intensa gira por Latinoamérica —que terminó en su paso por el Tecate Pa’l Norte—, el siguiente paso para Djo parece, en esencia, el mismo que lo trajo hasta aquí: seguir haciendo música. Sin grandes planes rígidos ni fórmulas prefijadas, pero con una inquietud creativa constante. “Definitivamente estoy trabajando en música, en cosas nuevas. No estoy seguro de qué será exactamente, pero sí, tengo muchas ganas de seguir con eso”, comenta.

En el corto plazo, ese camino también lo llevará de vuelta a los escenarios, esta vez en una serie de presentaciones que marcan nuevos hitos en su carrera. “Vamos a tocar en algunos shows en verano; seremos teloneros de Tame Impala, lo cual es una locura, algo así como tachar un sueño de la lista, un logro increíble en la vida”. A esto se suma una serie de fechas junto a Pond, una banda con la que, más allá de la admiración musical, mantiene un vínculo personal. “Conocí a varios de mis amigos en un concierto de Pond en Chicago, así que eso también es una locura”.

Cortesía

Sin duda, Joe Keery ha construido un proyecto genuino en el que, más que perseguir reconocimiento o fama, lo que prima es la necesidad de expresar algo a través de su música y sus letras, buscando que quien escuche pueda sentirlo también. Esa forma de avanzar sin certezas absolutas, pero con una dirección clara, dibuja a un artista que, lejos de encasillarse, ha encontrado en el arte un espacio de exploración, honestidad y conexión. Es precisamente ahí, en esa búsqueda constante y sin artificios, donde Djo termina por consolidarse como una de las propuestas más importantes de la actualidad, dejando siempre la sensación de que aún hay más por descubrir.

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Han pasado dos años desde que Mateo Sujatovich, mejor conocido artísticamente como Conociendo Rusia, lanzó su cuarto álbum de estudio Jet Love. El material nace como un manifiesto de amor a la música, su compañera más fiel durante años de constante tránsito, cuando el cantante vivía entre un destino y otro. Fue en ese ir y venir —muchas veces desde las alturas— donde el génesis del disco encontró sentido y dirección: una narrativa en la que el amor, la distancia y los viajes se convierten en los ejes que dan vida al álbum.

Desde entonces, Sujatovich ha sido galardonado por la visión que plasmó en el material. Sin embargo, siempre queda la duda de terceras personas sobre el qué vendrá después en la trayectoria del músico argentino. Y si bien, la música sigue siendo su fiel compañera, también hay momentos en la carrera de Conociendo Rusia en los que los signos de interrogación quedan como personajes principales. Aquí la gran pregunta para todos es: ¿Qué viene después?

En entrevista exclusiva con ROLLING STONE en Español, Conociendo Rusia habla sobre el impacto que tuvo Jet Love en su carrera, reflexiona sobre el momento en el que se encuentra actualmente y mucho más. Lee aquí la entrevista completa: 

Mateo, ya han pasado dos años desde Jet Love, el cual te ha dejado grandes reconocimientos. ¿Crees que fue el álbum que cambió el rumbo de tu carrera?

Creo que todos mis discos son importantes y me van haciendo crecer. El músico que soy es distinto al que empezó a hacer las canciones de Conociendo Rusia, y eso es porque hay discos que me hicieron seguir apostando y seguir empujando a hacer canciones. Jet Love y los otros tres los valoro mucho. 

¿Cuáles son tus perspectivas del mundo y de tu arte después de este álbum?

Del mundo, pues que es muy complicado. Ahora, está lleno de quilombos en todos lados. Por el lado del arte, está ahí para hablar de muchas cosas, como el amor y cualquier cosa que uno necesite expresar para hacer de la vida un lugar mejor. 

Pasa mucho con los artistas que mencionan que ya no conectan tanto con el álbum o la lírica de un álbum por el tiempo que ha pasado desde su lanzamiento. ¿Qué tanto conectas con la lírica de Jet Love? ¿Crees que ya eres otro artista?

Hay muchas canciones de ese disco que sigo tocando en vivo, entonces me conecto mucho con él. Creo que el tiempo pasa, pero lo que uno hizo, es lo que uno hizo. Por suerte, uno mira para adelante para seguir haciendo cosas nuevas y diferentes, pero no creo que me quede tan lejos. Por suerte, ninguno de los cuatro discos que he hecho me queda tan lejos para decir que ya no soy yo. Sí que voy en búsqueda de algo nuevo y de escribir cosas distintas porque el tiempo pasa y uno está en momentos diferentes. 

Desde ese momento has colaborado con muchos artistas, Miranda!, Jorge Drexler, Nathy Peluso, Mon Laferte, entre otros. ¿Qué tanto has aprendido de estas colaboraciones? ¿Tienes alguna experiencia que te haya marcado?

Te puedo decir que todos son artistas con los que me encantó trabajar. Trabajaron conmigo con mucho compañerismo y humildad, además de sensibilidad. Con todos tengo muy buena relación. Podría decir que con todos tengo una buena amistad. De hecho, en una reciente presentación en Ciudad de México tuve la fortuna de contar con Mon en el escenario. Ella es una artista con una agenda importante y difícil, entonces que se haya tomado el tiempo de venir, hacerse el make up y gastar todo el día para cantar una sola canción conmigo fue un gesto hermoso. 

Ya es algo que trasciende la música. 

Tal cual. 

Jet Love es del 2024, y en un momento donde la inmediatez rige la industria musical, ¿sientes alguna presión por lanzar algún material?

A esta altura me pasa algo: después de dos años de haber sacado un disco, me dan ganas de sacar otro. Quizás los tiempos actuales hacen que se espere que los discos salgan cada dos o un año y medio, pero mi proceso natural es diferente. Yo, al menos, necesito entre dos o tres años para tener ganas de escribir. Este es mi tiempo. Esto no se negocia. 

Cortesía prensa

Sobre la nueva era de Conociendo Rusia: ¿ya hay algunos planes en mente para la próxima producción? Considero que tu nuevo sencillo, ‘Películas de acción’, tiene un pequeño guiño sonoro a tu álbum Cabildo y Juramento. ¿Es esta una nueva etapa?

No sé si sea una nueva era porque tengo mucho por componer y grabar un disco nuevo. Esta canción la saqué porque me gustó mucho cuando la compuse, pero no podría decir que es el puntapié de una nueva era, por el momento. Lo que estoy por sacar es más un signo de interrogación, más para ustedes que para mí, porque más o menos yo sé por dónde voy. Sin embargo, no he sacado nada en lo que pueda decir que es el camino. 

En planes a corto plano, no tenemos algo que nos adelante el futuro de Conociendo Rusia…

No lo sé, la verdad es que no sé. Por el momento no. Estoy trabajando, pero por el momento sin planes. 

También hemos escuchado a un Mateo más experimental, ¿qué otros géneros te gustaría meter en tu repertorio?

No pienso mucho en los géneros. Cuando compongo, no pienso mucho en los géneros que tengo por hacer. Solo hago canciones. Después, cuando voy a producir, veo por dónde las llevo. Para mí, el tema de los géneros, no es algo que me preocupe mucho. 

Es decir que tampoco piensas en el tema de colaboraciones…

Exacto. Cuando hago canciones, lo voy sintiendo. Pasa que naturalmente te vas encontrando con personas con las que te dan ganas de compartir, y directamente te juntas para componer, pero no es que yo piense con quiénes quiero hacer canciones. 

El año pasado realizaste un disco en vivo y una gira por toda Argentina. El material es de Buenos Aires y fusiona todas tus eras musicales, ¿crees que en este punto de tu carrera estás más cerca de tus raíces?

La verdad es que sí. Estoy muy conectado con mi ciudad y país. Estoy muy contento de vivir en Buenos Aires y de la música que se hace allá. Escucho mucha música de tango, de la cual estoy muy copado porque siempre me ha gustado, de hecho es lo que más escucho cuando voy en el auto. La verdad es que sí es un momento en el que estoy muy conectado con el lugar de donde vengo y de donde soy. 

He hablado contigo de la etapa antes de Jet Love, y ahora me contaste un poco sobre los dos años posteriores. Pero, ¿en qué etapa crees que estás ahora?

Estoy en un momento muy lindo. Tengo mucho trabajo. Hay muchos lugares del mundo en los que me están esperando para ir a cantar. Hay muchos teatros a los que puedo ir a cantar y llenarlos. Tengo mucha música nueva para componer. Es un muy buen momento para componer, disfrutar, hacer lo que más me gusta, vivir en mi ciudad y viajar por el mundo. La verdad es que tengo un buen pasar. 

Cortesía prensa 

¿Hay algo que estás priorizando ahora en tu trayectoria?

Creo que hay cosas en las que estoy más selectivo. Hay cosas que no volvería a hacer. También hay cosas que no he hecho. Pero la verdad es que me queda mucho trabajo por delante. Tengo 35 años, entonces tengo mucho por viajar y muchos discos por grabar. Hay muchas novedades que vienen. 

Me intrigó la parte de ‘cosas que no volvería a hacer’, ¿qué no volverías a hacer?

Ohhhh, me requemo si te digo que no volvería a hacer [Risas]. Quizás cuando empezás hay cosas que aceptas porque estás aprendiendo o porque todavía no entendés cuáles son los límites de algunas cosas. Creo que en este momento se delimitan mejor algunos límites.

Y algunos otros secretos…

Y algunos otros secretos… [Risas]. 

Para ir finalizando, ¿algo que nos quieras compartir sobre este signo de interrogación en el que te encuentras?

Sí, justo estoy en la hoja en blanco. Es para crear porque siempre hay cosas nuevas. Estoy en un muy lindo momento creativo y habrá cosas nuevas para mostrar pronto. Estoy descubriendo y conociendo, completando hojas en blanco.

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Apenas minutos antes de esta charla, el nombre de Randy Blythe aparece en las “noticias de hoy”. El apartado de contenido en tendencia que la red X cura para sus usuarios lo cita diciendo: “No te quedes como un vago apático que sólo se queja cuando todo se va a la mierda”. Estamos a principios de marzo en la sala de espera de una llamada vía Zoom con el cantante desde Richmond, Virginia, su ciudad de origen. Al ingresar, el eco de la frase sigue flotando en el aire, amplificado tras el exceso de decibeles de Into Oblivion, el duodécimo disco de Lamb of God, grupo de heavy metal que Blythe comanda hace treinta años.

El título (en español, Hacia el vacío) ofrece una mirada fatalista sobre una sociedad, un mundo y –en particular– un puñado de naciones en decadencia, desde un abordaje oblicuo en lo lírico, pero de un tono trágico evidente en la superficie. Es un colapso no muy diferente de lo que Blythe viene vociferando con LOG desde hace décadas. Pero, en la actual coyuntura, el mensaje aterriza de otra manera. Tomemos como ejemplo “Bully”, el tema que dice: “La venganza está en el aire./ Bailando con el diablo./ Ahora llega la cuenta./ Todo lo que conseguiste con engaños te va a volver”. Luego profundizaremos.

Con su leyenda personal y su feroz estampa en vivo y en estudio a cuestas, cualquiera pensaría que Blythe, de 55 años, es el peor de los ogros. Sin embargo, atiende a Rolling Stone de ostensible buen humor. Y eso que la entrevista es de las últimas entre una catarata de notas con medios de todo el planeta, y a horas de embarcarse en un tour que lo llevará por más de cincuenta ciudades. “Todavía tengo que pagar facturas, ir al médico, ir al dentista, hacer esto, hacer aquello. ¡No tuve ni tiempo de surfear!”, dice riendo.

“Para ser honesto, mi vida está bien. Tengo una buena carrera, un lugar donde vivir, dinero para pagar mis cuentas sin preocuparme, ¿sabés?”. Entonces, de a poco, corre la mirada hacia un lado y sus ojos celestes se afilan. “Pero el presente no es tan bueno. Hay mucha gente en el mundo sufriendo y, si quiero poder mirarme al espejo y considerarme un buen hombre, necesito salir de mi pequeña burbuja de comodidad, reconocer los problemas y la humanidad de las otras personas y dar lo mejor de mí para intentar hacer un cambio positivo”, dice y revolea una primera piña: “Al presidente Trump no le importa nada más que hacerse rico”.

Es otro descargo en una larga e incendiaria lista, típico del cantante; ya sea contra los premios a la música (“me importan tres carajos los Grammy”), la política (“Damas y caballeros, el Presidente de los Estados Unidos de América. ¡Saluden al Abusador Sexual en Jefe!”) o hasta amagues con postularse a ocupar la Oficina Oval (en 2012). Aunque esto último, aclara, “fue mayormente para hacer un punto sarcástico y satírico sobre el financiamiento de las campañas políticas”.

Ciertamente el peso de las palabras, sin diluir, traspasa la pantalla. Lo hace con el histrionismo de un heredero de Henry Rollins; adusto en sus gestos y al mismo tiempo hiperconsciente y encendido. También parece fluir en él la ética de autogestión punk y renacentista de Rollins: publicó dos muy populares memorias, está trabajando en una novela, compuso música para el Ballet de Richmond (¡!) y es también un surfer recurrente, y un muy celebrado fotógrafo.

OK, entonces, ¿en qué quedamos? ¿Es Lamb of God una banda de metal? “Sí, ya lo acepté”, mientras se le dibuja una sonrisa cómplice. “Pero yo soy el punk-rocker de la banda metalera, y te digo que hay mucho punk-rock en mis compañeros”.

Lamb of God: metal nivel Dios. (Foto: Gentileza Sony Music)

Para ser un punk que fundó una banda heavy en 1994, bastante bien le salió la jugada. Primero se llamaron Burn the Priest y grabaron un único disco que movió el avispero lo suficiente como para que Prosthetic, uno de los sellos más activos del nuevo metal de entonces (junto a Relapse o Southern Lord), les prestara atención. Siendo que Burn the Priest (quemar al sacerdote) les resultaba un nombre demasiado satánico aun para sus propios valores laicos, cambiaron a Lamb of God. Entre años de giras en camioneta, tugurios y tocar “por un plato de ramen y un colchón en el piso”, como describe Blythe, tanto él como el histórico guitarrista Mark Morton usaban los huecos entre shows para trabajar en restaurantes o reparando techos, mientras entraban y salían de la universidad.

Con su debut, A New American Gospel, lanzado en septiembre de 2000, Lamb of God reintrodujo el metal al nuevo milenio gracias a una mezcla de groove, tecnicismo y virulencia con carácter personal. Rompió la escena sonando como si miembros de Pantera se juntaran a hacer una ronda de shots con otros de Hatebreed e In Flames escuchando una playlist con Iron Maiden, Black Flag, Jesus Lizard y Discharge.

Y el contexto también ayudó. A principios de la década una corriente de nombres como Shadows Fall, As I Lay Dying, God Forbid o Killswitch Engage refrescaban la grilla de festivales de música pesada como Ozzfest, Wacken y Download. Se trataba de jóvenes con pasado hardcore que descubrieron que podían combinar esos ideales con el thrash yanqui y el metal quirúrgico de Suecia (diez años antes), para llevarlo todo hacia otras latitudes estéticas. En algunos círculos lo bautizaron metalcore, en otros Nueva Ola del Heavy Metal Americano. Lamb of God quedó desde entonces adosado a esa lista y también a un más expansivo Big Four junto a System of a Down, Slipknot y Avenged Sevenfold.

De ahí en más, por casi treinta años, no detuvieron la marcha. Desde 1999 cuentan con una formación estable entre Blythe, Morton, el bajista John Campbell y el otro guitarrista Willie Adler. El mayor movimiento tectónico se dio en 2019 con la partida del baterista Chris Adler, reemplazado por Art Cruz.

Millones de discos vendidos, estadios llenos, un legado sólido y, sí, varias nominaciones a los Grammy. Pero, increíblemente, lo que apenas desvió la trayectoria de la banda no fueron discusiones por el control creativo, divisiones de regalías o quiebres en las relaciones de sus miembros. De hecho, a día de hoy Blythe lleva quince años sobrio, Morton ocho, y si comparás la intimidad retratada en los múltiples documentales (hasta el más actual, Omens, de 2022), la dinámica parece cordial.

Un quiebre no menor se dio el 24 de mayo de 2010. Lamb of God daba un concierto en Praga. Durante un confuso y muy publicitado episodio, un fan intentó trepar al escenario y, luego de un empujón atribuido a Blythe, cayó de espalda al piso. Falleció un mes más tarde y el cantante fue detenido en República Checa por cinco semanas cuando regresó para tocar en 2012. Luego, un juicio por jurado lo declararía inocente. “Es una parte que me duele, que me tomo en serio y con la que tengo que convivir por el resto de mi vida”, comentó recientemente en el podcast Hardlore. Fue un delicado período de tres años que drenó por completo las finanzas del grupo y obligó a una pausa durante gran parte de 2013. La situación podría haberlos detonado, pero se exorcizó con la salida de la autobiografía Dark Days: Memories, y el séptimo disco de LOG, VII: Sturm und Drang en 2015.

A decir verdad, Into Oblivion no rompe con ninguna matriz previa. Es un disco consistente para los estándares del grupo. Morton hace poco confesó que concretar en 2024 la gira del vigésimo aniversario de Ashes of the Awake, el tercer disco, terminó informando gran parte de su nuevo arsenal de riffs. No tanto por emular la era formativa de la banda, sino más bien por capturar algo de las influencias de aquellos años (sobre todo el metal nórdico de At the Gates y The Haunted). El disco cuenta nuevamente con la presencia del productor Josh Wilbur, bautizado como el sexto Lamb of God por Blythe: “Constantemente está probando algo diferente. Con los años, creció tanto como productor como nosotros crecimos como artistas”.

Into Oblivion le permitió al cantante darle el gusto a su niño punk interior. Grabó las voces en el estudio Total Access, donde en los ochenta se incubaron discos punk icónicos de Hüsker Dü, Descendents y Minutemen, y también de los reyes del doom Saint Vitus. “No es un estudio particularmente lujoso, pero la historia se siente. A Steve, el dueño del estudio, y a su yerno los volví locos pidiendo que me contaran viejas anécdotas de punk-rock, de Black Flag y Descendents”, dice.

En el nuevo disco, “Blunt Force Blues” es Lamb of God clásico, de la era As the Palace Burns, mientras que “Parasocial Christ” se mueve hacia el crossover de Suicidal Tendencies, y tanto “A Thousand Years” como “Devise/Destroy” se revelan con tempos más progresivos donde Lamb of God se permite coquetear con el industrial. Y, claro, todos los sonidos están envueltos por el estado de ansiedad, enojo y confusión que gruñen las letras.

“Durante los últimos diez años, creo, ha habido una aceleración del egocentrismo y una idea mitológica de que Estados Unidos puede volver a algún tipo de estado aislacionista donde solo dependamos de nosotros mismos, lo cual es un disparate total”, explica. Acto seguido cuestiona el intervencionismo de Trump en Venezuela, Irán y también el respaldo financiero al gobierno de Javier Milei. “No puede ser que hayan girado 40.000 millones de dólares a Argentina y en Estados Unidos todavía no tengamos cobertura médica estatal”. Y se defiende: “Pero no tengo nada en contra del pueblo argentino en absoluto. Me encanta ir a tocar allí, amo su comida y amo a la gente. Es un lugar hermoso con mucha historia y cultura. ¡Y son el público que más fuerte canta en Sudamérica!”.

En términos políticos e ideológicos, y pese a que la voz de su líder es la que está al frente, no todos los que integran Lamb of God piensan igual. Hay un disenso equilibrado: funcionan de forma democrática, según Blythe. “Lamb of God no es un grupo monolítico con un solo pensamiento. Todos tenemos visiones diferentes sobre cosas diferentes”, explica. “Si bien somos una unidad familiar muy rara, hablamos. Aprendimos a funcionar como un grupo de seres humanos y amigos. No gritamos ni discutimos ni nada de esa mierda porque somos adultos, hombres maduros. Así es como salimos adelante”.

Curiosamente esta vez Blythe integró a sus letras guiños en español, como en “Sepsis”, donde explica que simplemente se inspiró en sus amigos chicanos, y “El Vacío”, una traducción de Cruz, en la que invoca a Hunter Thompson y a su fallecido amigo Dave Brockie, de los metaleros satíricos GWAR. “Sepsis” tiene referencias al esoterismo mexicano y el culto a la Santa Muerte, la deidad protectora de los desposeídos y aquellos en situación de vulnerabilidad. El existencialismo es un tema que ya había explorado en “Memento Mori” de 2020. “Creo que a medida que envejezco miro más y más mi propia mortalidad y pienso mucho en la muerte”, explica Blythe. Todo ocurre en simultáneo con el crecimiento exponencial de los raids de ICE contra los inmigrantes en territorio estadounidense y el impacto global de la música en español.

“Hay una oscuridad incómoda en profundizar y escribir sobre esos temas. Y me pasa factura emocionalmente a medida que envejezco porque quiero que las cosas mejoren. Realmente lo deseo”, me dice preocupado. Luego sonríe: “Igual espero vivir mucho tiempo. Quiero llegar a los cien años con Lamb of God, pero… nunca se sabe qué pasará”.

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Mac DeMarco

Hay músicos que construyen una obra y otros que simplemente la dejan suceder. Mac DeMarco pertenece a ese segundo grupo. Desde hace más de una década publica discos, demos, canciones sueltas y registros caseros con la misma naturalidad con la que habla o viaja: sin solemnidad y sin demasiada estrategia. En ese gesto continuo —más […]

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Países como Japón y Taiwán han sido testigos de la riqueza cultural colombo-venezolana que se comparte en las selvas y en las amplias llanuras cercanas al cauce del río Orinoco. Cimarrón, bajo la voz y dirección de Ana Veydó, ha sido una agrupación fiel a sus raíces, pero con una visión innovadora y respetuosa de su cultura, una propuesta que presentan con gran maestría y virtuosismo, sin caer en clichés y mostrando al mundo la riqueza artística que tiene por ofrecer esa inmensa región, conocida —o desconocida— llamada Llano.

Desde el baile hasta la estética visual de Cimarrón, pasando por la maestría sonora y la recia voz de Veydó, la puesta en escena de la agrupación les ha permitido presentarse en teatros míticos de distintos continentes y en festivales de renombre que promueven el intercambio cultural. Cimarrón va más allá: no se queda en el cliché llanero del vaquero con sombrero, sino que representa a su región desde una mirada más profunda de su idiosincrasia.

De esto y mucho más habló Ana Veydó para ROLLING STONE en Español a su llegada a Colombia después de dos años en gira alrededor del mundo. ““¿Qué sigue?”. Queremos mostrar algo nuevo y ‘Superba’ es la primera muestra de hacia dónde vamos: un proyecto siempre conectado a la raíz. Siempre estaremos nutriéndonos de esa tradición que proporciona cosas nuevas y conectándola con el mundo”, declara Ana Veydó sobre el nuevo capítulo que emprende Cimarrón.

¿Qué crees que le aportó a tu carácter el hecho de haber crecido en el campo?

Todo, diría yo. Vengo de una familia muy tradicional; mi padre era un hombre muy conservador. Somos siete mujeres y tres hombres. Para mí, haber crecido en una familia así fue determinante. Fue un hombre muy amado mi padre, pero también, hay que decirlo, muy machista. Me crié con una visión del hombre como la figura a seguir. Lo mismo ocurrió con mis hermanos mayores, y creo que eso fue fundamental.

El papel que nosotras teníamos como mujeres era el del hogar. Ahí empecé a escuchar joropo a través de las emisoras, un género que hablaba de las labores del día a día de los hombres, del ganado, del quehacer del hombre recio, del que monta a caballo, del que brega con la vida cotidiana y es nombrado en las canciones. Eso me resultaba muy llamativo, porque en esas canciones se exaltaba la valentía de los hombres, sus faenas y el canto recio. Creo que eso fue fundamental para mí, aprendí a emular esa voz recia masculina. Empecé a transitar por ese camino donde yo podía tener alguna relevancia. Para mí, el joropo significó la posibilidad de hacer.

Mi gran referente de la música llanera fue Ángel Custodio Loyola: una voz excepcional, recia y rica en contenido, que de verdad me conmovía. Lograba despertar un sinfín de emociones en mí. Me aprendí todo su repertorio; quería imitarlo. Infortunadamente, no tuve referentes femeninos, no había mujeres que cantaran con ese estilo recio.


“Esa fue la imagen que tuve de niña, ver la sangre correr, sin entender del todo por qué, pero sabiendo que era algo tristemente normal”.


Has contado que tu familia tuvo que salir del campo por la violencia, por el tema de los esmeralderos. ¿Qué lecciones te dejó esa situación? ¿Qué aprendiste del país en ese contexto?

Creo que esa región es uno de los ejemplos más claros del abandono del Estado, o al menos de lo permisivo que puede ser frente a fuerzas que adquieren poder en el territorio sin que nadie las regule.

¿Te refieres a la región de Otanche, Boyacá?

Sí. Recuerdo esa época, uno sentía que quienes lideraban no eran las instituciones, sino los esmeralderos. Quien tenía el poder y el dinero era quien mandaba. Uno veía a cinco militares, pero eran figuras casi simbólicas, sin capacidad real de control; lo mismo ocurría con el alcalde. Venirse a la capital parecía el único camino, además de caer en manos de un esmeraldero.

Mi papá siempre intentó alejarnos de ese mundo. Creo que por eso decidió salir de Otanche, era una región muy violenta. Vivimos de cerca esa realidad, en medio de la llamada guerra de las esmeraldas. Esa fue la imagen que tuve de niña, ver la sangre correr, sin entender del todo por qué, pero sabiendo que era algo tristemente normal.

¿Cómo definirías, en espíritu, la música llanera, la música de la Orinoquía?

El joropo, como única expresión de toda esa amplia región, se queda corto, aunque fue la primera música que se asumió como representativa de esa diversidad. Se convirtió en el símbolo sonoro y estético de la región, pero la Orinoquía va mucho más allá del cliché del hombre a caballo y la mujer a caballo. Desde Cimarrón, nuestro propósito ha sido mostrar esa diversidad desde lo artístico, lo sonoro y lo estético. Creemos que eso permite entender que el sonido de la Orinoquía no se limita al joropo.

La Orinoquía es diversa: integra múltiples expresiones y sonidos. Nos acostumbramos a pensar que el Llano suena a arpa, pero el verdadero secreto está en escuchar toda su riqueza. En Cimarrón buscamos que el público tenga una idea más amplia y completa de lo que suena en la región.

La Orinoquía suena a un viaje desde San Martín, Meta, hasta la desembocadura del Orinoco; suena a naturaleza y ancestralidad. Suena a agua, a grandes caudales, pero también a sequía. Nos interesa que el público perciba esos contrastes, mundos opuestos que conviven en una misma región, como ese blanco y negro que también tiene la vida.


“Yo no he tenido que “blanquear” mi voz para poder ser. Muchas mujeres en la región han tenido que renunciar a eso para poder ser aceptadas. El poder ser “blancas”, en el sentido de todo lo que representa, o por lo menos acercarse a esos cánones de lo que se espera de una cantante”.


Muchos nuevos artistas han dejado de cantarle a esa esencia de la música llanera. ¿Qué les dirías para que no se pierdan en los laberintos de la industria?

Es difícil, porque primero debe existir un interés genuino por conectarse con la región. Uno de los aspectos que más enriquece a un artista es conocer a profundidad qué constituye el sonido que hace. Debe haber esa inquietud.

También es fundamental la honestidad, entender quién es uno y qué hay de valioso en su propia historia. No necesariamente para narrarla, sino para expresarse desde ahí. En estos dos aspectos puede haber un gran vacío en algunos artistas. Yo estoy atravesada por una historia campesina, recia —no solo por mi tono de voz—, visceral. Busco conectar con el mundo desde lo que soy.

Desde un lugar como Bogotá tenemos una perspectiva muy limitada, con una serie de estereotipos y clichés de la cultura de la Orinoquía. Por eso, para mucha gente, la música llanera puede llegar a ser monótona, pero ustedes en Cimarrón se han encargado de mostrar la riqueza de la región.

Claro que sí. Yo creo que esos clichés han sido fundamentales en la construcción de esa identidad regional, pero también han sido una construcción desde lo institucional, ¿no? Es la imagen que se vende: esa única figura con sombrero alrededor de la ganadería, junto a la imagen de ese paisaje ideal, verde y maravilloso. Eso es un cliché y, en realidad, lo que ha hecho es, de alguna manera, excluir. Es una forma de exclusión de otras poblaciones, de otras economías, de otras maneras de vivir y de ver la vida. Entonces creo que, en cierta medida, es a través de la música como se ha llevado también esa exclusión.

Esa imagen del llanero ganadero con sombrero es efectiva estéticamente para el espectáculo y el comercio, y pienso que eso es un peligro, porque se excluyen otras expresiones artísticas y, como dices, para la gente foránea puede volverse monótona. Nosotros, por convicción, desde nuestro concepto estético y con conocimiento de nuestra materia prima, buscamos dar una imagen mucho más profunda y que abarque más aspectos de nuestra región.

Al inicio mencionabas esa voz recia, ¿qué significa para ti?

Es un término que ha estado más asociado a lo masculino. Ser recio es ser hombre. Pero el término “recio”, en el joropo, se fue dando a ese canto despellejado, o de grito.

Cuando empecé a cantar y a concursar, fui una de las primeras voces de joropo recio femenino, porque a mí me gustaba ese tipo de canto. Lo que sucedió es que, en esos concursos, me di cuenta de que no había mujeres cantando de esa manera. Me explico: Había voces femeninas, pero eran más asociadas con un canto cercano al bolero, voces más “blancas”, si se quiere. Pero en ese canto recio, de campesina, no había. Entonces, para mí eso fue como, “¿Cómo así? ¿Dónde están las voces recias?”. Y no existía esa modalidad en el concurso para mujeres. Cuando yo empiezo a cantar, empiezan a abrir esa modalidad de canto recio para mujeres —estoy hablando del caso colombiano—.

La voz recia para mí tiene esa connotación. Sin embargo, creo que lo recio en mí también es una búsqueda, desde mi visión, desde mi propia voz, desde la manera como quiero expresar mi forma de ser. ¿Cómo busco yo mi propia realidad? ¿Con qué me identifico? ¿Qué es lo que me hace a mí recia? ¿Es ese mismo término, que es acotado, o sencillamente aplicado a la visión masculina? Son preguntas que también me hago.


“El joropo tiene una técnica muy especial que nadie enseña. No hay escuelas para cantar joropo, no existen. Sencillamente uno adapta un estilo, va reconociendo su cuerpo, su voz, y sabe hasta dónde puede llegar”.


Esa voz recia para ti, como mujer, implica una forma de abrirte un espacio.

Yo creo que la voz recia ha sido encontrar mi propia voz. Creo que poder figurar como voz recia en Colombia, o ser una cantadora en este mundo tan masculino —que definitivamente sigue siendo un espacio hecho para hombres, apoyado desde la misma institución—, ha sido para mí un reto. La voz recia es lo que soy y lo que me ha ayudado a abrirme camino.

Por ejemplo, yo no he tenido que “blanquear” mi voz para poder ser. Muchas mujeres en la región han tenido que renunciar a eso para poder ser aceptadas. El poder ser “blancas”, en el sentido de todo lo que representa, o por lo menos acercarse a esos cánones de lo que se espera de una cantante.

Poder enfrentarme y buscar mi propio camino a través de lo que concibo como el papel de una mujer frente a un canto recio implica, sobre todo, desligarse de la manera en que se ve el joropo tradicionalmente. Eso es entrar en un conflicto, en el sentido de que uno tendría que revalorar o repensar sobre qué se ha construido esa identidad. Yo creo que tener esa capacidad implica tomar distancia y renunciar a esa construcción en la que no hemos sido incluidas. Y eso es difícil para una mujer, poder tener un espacio en la región.

Ahora usabas el verbo “blanquear”. ¿Ese “blanquear” lo puedo interpretar como convertir la voz en algo mucho más comercial?

Cuando empecé a escuchar joropo en la radio, lo que llegaba también eran los cantos de mujeres de Caracas, pero sus interpretaciones venían desde el bolero, cantaban otros géneros y, de pronto, en sus álbumes incluían dos o tres temas de joropo, y ya. Para mí, eso sería un blanqueamiento: una manera de estar en la región desde lo comercial.

¿La internacionalización de la cosa?

Sí, o incluso en la misma región. El joropo tiene un circuito muy grande, es muy comercial, pero para estar ahí hay que cantarles a determinadas cosas, ser de determinada manera. Siempre digo, “Para ser mujer en el Llano hay que reunir ciertas condiciones como artista”. Primero, si no se tiene una figura que sea aprobada para el gusto masculino… pero también poder moverse con facilidad como mujer, si no está acompañada del papá o del marido, tiene sus dificultades. Entonces, cuando digo “blanquear”, me refiero a que sí se ha necesitado, digamos, cantar con determinada voz para poder tener preponderancia en esos espacios.

Aceptación.

Sí. Una voz recia, una voz que suene, si se quiere, campesina en una mujer, ocupa un nicho muy pequeño. Los espacios que tienen ganados los hombres, las grandes figuras de la región, no se logran cantando joropo recio.

Esa voz recia, aparentemente, puede verse como algo muy silvestre, algo muy “campesino”, como tú lo dices. Pero evidentemente hay todo un trabajo y una exigencia técnica.

Sí y no. Los cantadores recios de verdad tenemos una técnica muy especial que se desarrolla de manera genuina, muy empírica, pero para eso se necesita trabajo y una forma de incomodar la voz para que pueda durar y ser efectiva. Es una voz que se busca, que casi siempre es aguda, tanto en el canto masculino como en el femenino.

Yo recuerdo que hace muchos años me encontré con una de las voces más importantes de Venezuela, y me dijo, “¿Usted qué hace?”. Yo le respondí, “Canto joropo”. Y me dijo, “Ah, para cantar joropo no se necesita técnica”. Eso para mí fue durísimo. Hoy lo veo más como una mirada soberbia o displicente hacia estos cantos.

Yo creo que el joropo tiene una técnica muy especial que nadie enseña. No hay escuelas para cantar joropo, no existen. Sencillamente uno adapta un estilo, va reconociendo su cuerpo, su voz, y sabe hasta dónde puede llegar. Es un trabajo que se va dando. Yo empecé imitando voces masculinas, y poco a poco fui desarrollando esa técnica para poder cantar esos joropos.

Llevas ya varios años estando al frente de Cimarrón. ¿Has encontrado todavía alguna resistencia machista, ya sea en el Llano o dentro de la industria?

Cuando murió Carlos, parecía el entierro de Cimarrón, porque decían, “¿Cómo Ana va a estar al frente de una banda, si es cantante? ¿Cómo va a poder liderar una banda, primero de llaneros, y segundo de músicos?”. Para muchos es difícil tener una mujer al frente liderando.

La música llanera se ha consolidado alrededor de la imagen masculina, de ese hombre a caballo con sombrero. A las mujeres nos ven junto a ese hombre; así nos han construido. Desligarse de esa imagen implica muchas cosas: primero, alejarse de ese estereotipo; segundo, mirarnos a nosotras mismas para entender de dónde viene esa fuerza que nos hace distintas de esa mirada masculina.

Ha sido un trabajo difícil, porque es una ruptura con toda una idiosincrasia, pero también es una gran oportunidad de encontrar nuestra propia fuerza, nuestro poder y nuestra expresividad de lo que significa ser llanero. Esa mirada es Cimarrón.

La agrupación es un espacio para crear desde lo visual y lo sonoro de una manera más liberada; un espacio donde la mujer se desliga de esa aprobación constante por parte de la figura masculina. Estamos en constante choque por no seguir esos estándares y mandatos. Siempre ha sido un gran reto superar esas resistencias, pero también nos han ayudado a crecer.

¿Qué tan difícil fue que Cimarrón empezara a tener cierta aceptación?

Creo que nunca la tuvimos [Risas]. Tal vez cuando participé en festivales, en la modalidad de voz recia, pero tampoco fue de mi total agrado, porque esos concursos se convertían en “darse espuela” entre mujeres. Y yo no quiero pararme en un escenario a decirle a otra mujer que es menos que yo, y menos bajo códigos que, al final, son masculinos.

Además, los concursos te llevan a sentirte siempre calificado, te estandarizan desde lo estético y la expresividad, y te quitan autonomía. Después eso pasaba a la grabación y a la discografía, uno seguía concursando, era un concurso interminable que desmotivaba.

No obstante, eso me permitió conectarme mucho más con esa población verdaderamente campesina. De ahí nace Mataguayabo, un disco que le habla a ese pueblo autóctono que está llano adentro, al lado de los ríos.

Cortesía.

¿Cómo definirías el legado del maestro Carlos “Cuco” Rojas?

Cuando nos encontramos, los dos estábamos en una crisis con la música. Cuando busqué a Carlos, más o menos en 1998, yo estaba pensando en un álbum. Estudiaba Historia en la Universidad Nacional, y quería retomar la música, pero no volver a los espacios donde solo se movía el joropo en Bogotá o en la región. Pensaba, “Quiero volver a la música, al joropo, pero quiero jugármela con una propuesta para otro lugar”.

Busqué a Carlos, que ya tenía un reconocimiento, y Cimarrón existía como nombre, o como ese grupo que acompañaba a artistas, no era una banda con una propuesta propia, por así decirlo. Me encontré con Carlos en el año 2000 con la intención de que me produjera un álbum, y ahí fue cuando terminamos los dos hablando de sueños.

Él también quería retomar la música, y yo quería seguir, volver al joropo y cantar de una manera mucho más decidida y profesional. Ahí empezamos los dos con ese sueño. Con el nombre de Cimarrón —que ya existía— comenzamos ese camino de ir más allá de lo local. Ninguno de los dos quería volver a la música en los mismos términos ni a los lugares en los que ya habíamos estado.

Creo que con Carlos armamos un buen equipo. Eso significó, desde luego, tomar distancia de lo que era la música en el formato tradicional de la región. A medida que buscábamos espacios y conocíamos el mundo, veíamos la necesidad de configurar un grupo que comunicara más allá, por lo menos, de la letra. Al inicio fuimos casi una muestra folclórica, pero después entendimos que ese no era el camino, que no llegaríamos a ser más que una muestra cultural, tal vez en alguna embajada, pero nada más.

Carlos, por supuesto, fue fundamental porque tenía en su cabeza otra idea de lo que se podía hacer con la música, con el joropo, lo conocía profundamente. Creo que eso ayudó a consolidar un sonido que se distanciara de lo que había en la región y a enriquecerlo de muchas maneras.

Me parece que lo más importante del trabajo fue pensar que la música de Cimarrón debía nutrirse de su propia raíz. Es decir, más que abandonar el sonido primario u original, se trataba de aferrarse a él, de ir hacia allá, y desde ahí buscar esa fuerza y esa particularidad que tiene esta música y que muchas veces no se alcanza a comprender.

El camino que recorrimos con Carlos fue muy importante. Ese es, en gran parte, su legado: creer en los ritmos propios del joropo y convertir estas piezas tradicionales en composiciones muy sofisticadas, muy elaboradas, poniéndolas al nivel de cualquier otro sonido del mundo.

Nuestra música, por ejemplo, ha estado en playlists de música clásica en el Reino Unido; hemos tocado en festivales de jazz y en festivales de flamenco, porque en nuestra propuesta ven una música de gran nivel.


“Ese es, en gran parte, su legado: creer en los ritmos propios del joropo y lograr convertir estas piezas tradicionales en composiciones muy sofisticadas, muy elaboradas, poniéndolas al nivel de cualquier otro sonido del mundo”. Dice Veydó sobre el legado del maestro Carlos “Cuco” Rojas


¿Llegaste a sentirte en algún momento opacada al ser “la mujer que canta en el grupo de Carlos Rojas”?

A medida que pasa el tiempo, una debe reconocerse como mujer. Muchas veces una ha tenido que esconderse para poder ser, y ahora, al mirar atrás, sé que fue así en muchas ocasiones. Tuve que hacerlo porque no había otra manera, dadas las circunstancias. Por ejemplo, creo que muchas ideas —lo escénico, la indumentaria, el trabajo con los músicos— fueron aspectos que desarrollé de manera casi clandestina, únicamente con Carlos, porque era inconcebible —sobre todo en la región e incluso para él mismo— que eso viniera de una mujer. Eso hacía que perdiera validez o credibilidad.

Ahora lo reconozco, muchas veces, cuando proponía algo, decía, “Carlos lo dijo”, para que los demás lo aceptaran. Ese fue uno de los aspectos que tuve que soportar, o al menos asumir, para que mis ideas fueran tenidas en cuenta.

También recuerdo que, al comienzo, íbamos un hombre y una mujer cantando. Un día el cantante masculino no pudo asistir a un show, y para Carlos eso fue terrible, no concebía la banda con una mujer sola al frente. Con el tiempo uno entiende que eso obedecía más a otras ideas, no a la necesidad de una voz masculina, sino a la imposibilidad de imaginar a una mujer liderando la banda.

Entonces sí, en muchos aspectos me he sentido así. Y, después de la muerte de Carlos, ese rechazo se hizo aún más evidente en algunas ocasiones.


“Decían: “¿Cómo Ana va a estar al frente de una banda, si es cantante? ¿Cómo va a poder liderar una banda, primero de llaneros, y segundo de músicos?”. Para muchos es difícil tener una mujer al frente liderando”.


Ahora hablabas de las músicas del mundo y de ese circuito. Dos preguntas en ese sentido: ¿qué perspectiva tienes de ese circuito y de ese concepto de “músicas del mundo”? Y, además, ¿qué opinas de los debates sobre la apropiación cultural? Creo que ambas cosas están muy relacionadas.

Es un término que ha sido muy criticado por todo lo que representa. Éramos “músicas del mundo” en la medida en que otros nos denominaron así, siguiendo una tradición. Pero también fue la única manera de encontrar un espacio por fuera del país. De no haber sido así, habríamos quedado como un grupo folclórico inamovible, casi como una pieza de museo.

Quienes a veces se rasgan las vestiduras con estos temas son, muchas veces, los mismos que realmente se apropian de los sonidos tradicionales. Si hablamos del caso colombiano o latinoamericano, sucede que nos dicen, “Ustedes hacen tradición, quédense allá, quietos, conservando la música para que no se dañe. Pero nosotros, los comerciales, los que tenemos el respaldo, sí podemos intervenirla, transformarla un poco”. Entonces cantan una tonada y luego le dicen al mundo que están salvando la música, que la están visibilizando. Y ahí es donde yo me pregunto, si realmente hay un interés por visibilizar esa música, ¿por qué no hacerlo con quienes la están creando? Si en verdad es “un favor”, ¿por qué no incluirnos?

Ese discurso también se ha repetido en otros lugares. En México, por ejemplo, se habla de “salvar” la música tradicional desde ciertas disqueras; en Colombia también hay grandes empresas que dicen estar visibilizándola.

Yo creo que el camino de las músicas del mundo, de alguna manera, nos permitió a quienes hacemos música tradicional transitar un espacio en el que pudiéramos mostrar lo que hacemos tal como lo concebimos y lo sentimos. Para nosotros, ese camino ha sido fundamental.


“La música llanera suena a agua, a grandes caudales, pero también a sequía. Nos interesa que el público perciba esos contrastes, mundos opuestos que conviven en una misma región, como ese blanco y negro que también tiene la vida”.


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Guazuncho

En la repetición habita una de las claves del aprendizaje. En la repetición radica lo hipnótico: sea que habite en un río que se aleja y se acerca al mismo tiempo o en el sonido de un grillo metronometrado en un campo infinito que deja ver cómo cielo y suelo se tocan. Es fácil disfrutar […]

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Hay una idea que atraviesa la historia de la música —y del arte en general—: a veces, para avanzar, hay que desaparecer. No como gesto dramático, sino como necesidad. Alejarse del ruido, de la exposición constante, incluso de la propia obra, para volver a un lugar más esencial. Es en esos momentos de pausa donde muchos artistas encuentran el punto de quiebre que termina definiendo sus trabajos más profundos y personales. La reflexión, más que un lujo, se vuelve una herramienta creativa.

No es un fenómeno nuevo. Tras la intensidad de The White Album, The Beatles se retiraron a la India en busca de distancia y claridad espiritual, una experiencia que marcó no solo su música sino su forma de entender la creación. Más recientemente, Frank Ocean optó por desaparecer del circuito mediático durante años antes de regresar con Blonde, una de las obras más importantes del siglo que nació desde la introspección y redefinió el R&B contemporáneo. En esos casos, el retiro no fue solo una pausa, sino un proceso de depuración donde se apagó el ruido externo y las preguntas internas se hicieron más fuertes. 

Bajo esa misma lógica, el recorrido reciente de Tom Misch puede leerse como parte de esa tradición. Antes de Full Circle, hubo silencio, distancia y una búsqueda personal que transformó no solo su sonido, sino su relación con la música misma. Y es precisamente en ese espacio —entre el colapso y la reconstrucción— donde empieza a tomar forma el disco más honesto de su carrera.

Arthur Comely

Antes de ese punto de quiebre, Tom ya se había consolidado como una de las figuras más versátiles de la escena británica contemporánea. Cantautor, productor y multiinstrumentista, su propuesta se caracteriza por una fusión natural entre el jazz, el hip hop, el soul y el funk, construida desde una lógica DIY (hazlo tú mismo) que lo acompañó desde sus inicios. “Creo que mis primeros recuerdos son tocando guitarra en la sala de la casa de mis papás y usando un loop pedal. Recuerdo pensar ‘soy muy bueno en esto’, pero nunca pensé que podría tener una carrera o hacerlo como trabajo. Es curioso”, explica.

Esa versatilidad en su propuesta no puede entenderse sin conocer la música con la que creció. “John Mayer ha sido una influencia enorme para mí, en mi historia, en mi pasado” cuenta el cantante. “Luego Robert Glasper—lo descubrí cuando tenía como 17, 18—y ahí fue cuando me metí en el hip hop, en J Dilla, Soulquarians, D’Angelo, Erykah Badu, Questlove, y siendo honesto, podría seguir y seguir. Descubrí todo un universo”. 

Luego empezó a introducirse en el funk, el soul, el disco, y todo eso lo llevó a la electrónica. “Me está gustando mucho el house clásico, ¿sabes? Kerri Chandler, Ron Trent, todo ese tipo de cosas. Básicamente, me gusta mucha música diferente y eso ha ido cambiando con el tiempo”, concluye.

De esa manera, formado en guitarra y con una sensibilidad marcada por el groove y la improvisación, Misch empezó a desarrollar su sonido desde casa, subiendo beats y demos a plataformas. “Luego, cuando tenía como 16 o 17, empecé a hacer música y a subirla a SoundCloud, a hacer beats, y ese fue otro momento de decir ‘wow, a la gente le gusta lo que estoy haciendo’”, recuerda, comenzando a crear desde sus primero años una comunidad propia lejos de los circuitos tradicionales.

Con el tiempo, esa exploración casera se transformó en un proyecto artístico sólido. Su debut, Geography (2018), no solo lo posicionó en las listas británicas, sino que confirmó su capacidad para traducir influencias diversas en un lenguaje accesible y personal. A esto se sumó su colaboración con Yussef Dayes en What Kinda Music (2020), un álbum que amplió su rango sonoro hacia territorios más experimentales. Así, entre colaboraciones, giras internacionales y una creciente base de seguidores, el londinense se convirtió en un artista capaz de moverse con soltura entre lo mainstream y lo indie, siempre bajo una identidad creativa clara.

Su ascenso fue tan orgánico como constante. Desde sus primeras producciones caseras en SoundCloud hasta el éxito en su primer LP y su colaboración con Dayes, el británico construyó una carrera marcada por la independencia y una identidad sonora reconocible, acumulando en el proceso millones de oyentes y reproducciones en todas plataformas digitales. Sin embargo, para 2022, ese crecimiento comenzó a pasar factura.

“Tuve un año de giras muy intenso y no me sentía bien, ya no lo estaba disfrutando. Mi salud mental estaba empeorando y tenía tanta ansiedad que tuve que cancelar la gira en Australia”, recordó. Lo que desde fuera parecía la consolidación definitiva, por dentro empezaba a desmoronarse. Sin un plan claro y enfrentado a un desgaste acumulado, Misch tomó una decisión radical: detenerse por completo.

El músico regresó a la casa de su familia en el sur de Londres, se alejó de las redes sociales y, quizás lo más significativo, dejó de hacer música. Fue un retiro total, un corte abrupto con la dinámica que había definido su vida durante años. En ese silencio comenzó a gestarse algo distinto, no un nuevo proyecto inmediato, sino la necesidad de reconstruirse fuera del escenario público.

Ese proceso lo llevó lejos de lo habitual. Durante meses, Misch se instaló en Cornwall para formarse como instructor de surf, en una rutina marcada por el contacto con el mar y una vida mucho más simple. “Estar en el agua todos los días realmente me devolvió a mi cuerpo”, explicó. A eso se sumaron trabajos ocasionales, tiempo con su familia y una desconexión consciente de la industria. En el fondo, lo que atravesaba era una crisis de identidad: “sentía que ya no sabía quién era”. 

Esa sensación se convirtió en el punto de partida de lo que vendría después. Lejos de buscar un regreso inmediato, Tom empezó a preguntarse por su lugar más allá de la música, naciendo así Full Circle, que en sus palabras, surgió de “querer descubrir quién era Tom Misch fuera de la música”. “Fue una búsqueda de esencia. Realmente este disco se dio en un proceso muy introspectivo, mirar hacia adentro y observar quién soy y en qué punto estoy”, explica. “También hubo un proceso de sanación durante este disco, ya sabes, estaba pasando por un momento difícil, de agotamiento, ansiedad, todo eso, entonces fue volver a mí mismo”.

Esa sensación íntima se sintió desde el primer adelanto del álbum, ‘Old Man’. En este tema Tom afronta uno de los temores más grandes de las personas desde que adquieren conciencia: la vejez, lo que se demuestra en versos como “Look in the mirror it’s hazy / Who is that figure before me / He looks a bit like my old man” (Miro al espejo y todo está borroso / ¿Quién es esa figura frente a mí? / Se parece un poco a mi viejo). Sin embargo, no se aborda la temática desde la tragedia, sino desde la aceptación: “And maybe / I’ll play this song when I’m 80 / I’ll have a son and a family / He looks a bit like his old man / My old man” (Y tal vez / Toque esta canción cuando tenga 80 / Tendré un hijo y una familia / Él se parecerá un poco a su viejo / Mi viejo), funcionando como un ejercicio de introspección donde el autor se observa a sí mismo y reconoce la inevitabilidad del paso del tiempo, abrazando la transformación con una mezcla de nostalgia y serenidad, en lugar de miedo.

Por otro lado, este proyecto es particular porque, más allá de su carácter introspectivo, se percibe como una especie de “Frankenstein” sonoro. Los sonidos no se sienten estáticos ni provenientes de un mismo lugar o inspiración. Esto se debe, en buena medida, a que el álbum fue grabado en cuatro lugares diferentes: Londres, Cornwall, Portugal y Nashville. Cada espacio aportó algo distinto a la atmósfera del trabajo, haciendo que el disco respire y evolucione de manera orgánica.

Misch explica cómo la geografía influyó directamente en la música: “durante mi estancia en Cornwall, mientras estaba aprendiendo a enseñar, sentí que había mucho espacio, mucha amplitud. Yo vengo de Londres y allí hay edificios por todas partes, concreto, y de repente estaba junto al mar y tenía todo este espacio”, comenta. “Creo que eso, de alguna manera, se metió en el disco. No es un álbum ‘cargado’, es muy expansivo, y al final siento que todo eso influye”. Además, la experiencia en Nashville aportó un matiz country gracias a su trabajo con Ian Fitchuk, mientras que su viaje en solitario a Lisboa inspiró la canción ‘Slow Tonight’, reflejo de un momento más relajado y contemplativo, lo que se demuestra en su letra relajada y romántica junto a una melodía pegajosa y que acompaña perfectamente ese espíritu viajero.

El corazón de Full Circle se centra en la intimidad y la conexión personal, y ningún tema lo ejemplifica mejor que ‘Goldie’, el foco del disco. En esta canción, Tom celebra a alguien que funciona como su guía y ancla emocional, capaz de sacarlo de la confusión y enseñarle a reconstruirse: “You lit me up, and you pulled me out / Out of some hell / I was lost, and you showed me how / How to make something out of nothing / How to live like I should when I’m sick of running” (Me iluminaste y me sacaste / De algún infierno / Estaba perdido y me mostraste cómo / Cómo hacer algo de la nada / Cómo vivir como debería cuando estoy cansado de huir). La letra refleja gratitud y transformación personal, donde la presencia de Goldie no sólo ofrece consuelo, sino que también inspira crecimiento y claridad en medio de la incertidumbre.

Además, la canción explora la admiración y la intimidad profunda con alguien que conoce al narrador mejor que él mismo: “Goldie, I’ll remember till the end of time / You know me better than I know myself / Goldie” (Goldie, lo recordaré hasta el final del tiempo / Me conoces mejor de lo que yo me conozco a mí mismo / Goldie). La repetición de su nombre enfatiza la cercanía y reverencia hacia esa persona, mientras que frases como “Goldie, when you smile, is like a world is mine” (Goldie, cuando sonríes, es como si el mundo fuera mío) muestran cómo su influencia transforma la percepción de Misch sobre la vida. Así, El focus track del álbum se convierte en un himno de confianza, reconocimiento y amor, encapsulando la vulnerabilidad y sinceridad que atraviesan todo este viaje.

El álbum cierra con ‘Days of Us’, una colaboración con Kaidi Akinnibi que, según Misch, no surgió de una estrategia comercial, sino del cariño y la historia compartida. “No fue algo intencional. Kaidi no es un artista súper conocido, y aunque podría haber intentado conseguir un featuring grande, este se sintió más humilde, simplemente tener a un amigo colaborando” comenta. “Es un disco personal y Kaidi es alguien con quien crecí, y amo la canción”. 

La letra refuerza esa sensación íntima y cercana, explorando la necesidad de tiempo y espacio para crecer juntos, a pesar de los conflictos o los cambios, lo que se ve en versos como “‘Cause we need our time to grow / No matter where we go / You’ll always feel like home” (Porque necesitamos nuestro tiempo para crecer / No importa a dónde vayamos / Siempre te sentirás como en casa). Partes como “You say / It’s not the same / Things have changed / You know it’s so hard for me to hear” (Tú dices / No es lo mismo / Las cosas han cambiado / Sabes que me cuesta escucharlo) muestran vulnerabilidad y honestidad emocional, un cierre perfecto para un disco construido sobre la introspección, la aceptación y la conexión humana. Al colocar este tema al final, Misch deja al oyente con la sensación de reconciliación y calidez, subrayando que, pese a los retos y la distancia, las relaciones y los vínculos afectivos permanecen como un hogar constante.

Después de completar este “círculo”, Tom parece más enfocado en vivir que en planear una hoja de ruta creativa estricta. Cuando se le pregunta hacia dónde se ve yendo artísticamente, su respuesta refleja esa misma búsqueda de sencillez y presencia. “La verdad es que no lo sé. Voy a sacar este álbum, voy a tocar dos shows, bueno, cuatro shows, que no es mucho, pero ya sabes. Voy a hacer muchos ensayos y todo eso, y luego simplemente me voy a mudar de casa y voy a enfocarme en la vida, a ver qué pasa. Para mí es más como volver a una rutina donde solo quiero ver a mis amigos, hacer ejercicio y ver qué pasa”.

En cuanto al efecto que espera generar con este proyecto, Misch lo describe con honestidad y emoción: “Espero que los mueva, y espero que les haga sentir algo. He tenido a muchas personas diciéndome que han llorado escuchando algunas canciones, lo cual es genial, me encanta. Me encantaría que la gente realmente atesore las canciones y que de alguna forma les sirvan como compañía mientras atraviesan cosas, que les ayuden a procesar lo que están viviendo. Creo que eso sería algo muy bonito”.

Arthur Comely

Así, Full Circle no es solo un álbum, sino el registro de un viaje personal y creativo que va más allá de la música. Un espacio de reflexión, reconexión y sanación, donde el tiempo, la distancia y la intimidad se convierten en aliados para un artista que, tras el ruido y la saturación, aprendió a escucharse a sí mismo y a su entorno. Es un disco que invita a quienes lo escuchan a acompañar a Misch en ese proceso de descubrimiento, a sentir, procesar y, finalmente, encontrar su propio lugar de calma en medio del caos.

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El karma suele entenderse como la energía que regresa a nosotros a partir de nuestras acciones. Si hacemos el bien, vuelve en forma de algo positivo; si no, también encuentra la manera de regresar. No siempre es inmediato ni evidente, pero hay una idea que persiste: todo lo que hacemos deja una huella.

Se crea o no en el karma, en las energías o en cualquier fuerza invisible, hay una verdad difícil de esquivar: nuestras decisiones nos definen. Somos el resultado de ellas, de los caminos que elegimos y de lo que construimos a partir de esos actos.

Kenia Os lo tiene claro. A lo largo de su carrera ha convertido cada paso en parte de una narrativa más grande, una que la ha llevado de visualizar un sueño a materializarlo frente a millones de personas. Hoy, en uno de los momentos más importantes de su trayectoria, la artista presenta su cuarto álbum de estudio, K de Karma, un proyecto que no solo toma su nombre de este concepto, sino que lo transforma en el eje de una nueva era.

Tras un año enfocada en el estudio y en la construcción de este universo —tanto sonoro como visual—, Os regresa en medio de una etapa que la encuentra entre la emoción y la exigencia personal. Con un tour en puerta, una comunidad de fans que no deja de crecer y proyectos que expanden su identidad más allá de la música —como su línea de fragancias—, la artista navega un momento de expansión que también exige una nueva forma de mostrarse.

“Esta etapa está siendo muy linda para mí”, dice. “El regresar otra vez a estar con todos mis fans es lo que más me emociona de toda la era, más que cualquier otra cosa. Me siento muy tranquila, muy estresada al mismo tiempo porque hay muchas cosas, pero feliz”.

Ese contraste —entre control y caos, entre seguridad y vulnerabilidad— atraviesa también el corazón de esta nueva era. Incluso cuando habla de su incursión en el mundo de las fragancias, la conversación se mantiene en un terreno sensorial que conecta directamente con su música. Si este nuevo capítulo tuviera un aroma, lo describe con precisión: “Yo creo que olería a cerezas, a cherry, a vainilla… un poco de almizcle o pachuli, ambroxan y rosas. Muy sexy”.

Alfredo Persan

Este detalle es parte de una construcción sensorial de un proceso creativo más amplio. Cada etapa en la carrera de Kenia Os responde a un universo propio, con reglas, estética y emociones particulares. En esta ocasión, el punto de partida es el karma, entendido no como castigo, sino como equilibrio.

“Para mí es justicia”, explica. “Es el ciclo de las cosas, de la vida. Siempre he sentido que el karma me ha devuelto muchas cosas… lo veo como una justicia divina”.

Esa idea se traduce en una narrativa donde también aparece una figura que históricamente ha sido malinterpretada: la femme fatale. En manos de Os, este arquetipo se aleja de su construcción tradicional para convertirse en una representación de autonomía.

“Creo que ese estereotipo está cambiando. Ya no es estar contra todos, sino estar en tu lugar, para ti”, dice. “Es un poder interno muy cabrón, un empoderamiento muy chido. Es una energía totalmente diferente que te lleva a sentirte fuerte y poderosa”.

Sin embargo, esa fuerza no elimina la fragilidad. Al contrario, ambas conviven en un mismo espacio. En una industria donde el pop suele exigir perfección constante, la artista apuesta por mostrarse desde un lugar que puede llegar a ser incomodo para algunos.

Alfredo Persan

“No tengo miedo de mostrarme vulnerable, no tengo miedo de fracasar. Soy humana, cometo errores y no soy perfecta”, afirma. “Lo más importante para mí es quién soy en este momento y con qué versión de mí me siento satisfecha”.

Esa claridad también se refleja en la manera en la que construye cada uno de sus proyectos. El proceso comienza desde lo visual, pero rápidamente se expande hacia lo sonoro, en un diálogo constante entre ambas dimensiones.

“Empiezo a armar paletas de colores, la energía que quiero transmitir. Después llego con directores creativos y compositores, y se empieza a construir no solo lo visual, sino también lo auditivo”, explica. “Quiero que no se le parezca a nada, que sea mi propio universo”.

En medio de esta construcción, hay una conciencia clara de lo que se muestra y lo que se guarda. Cuando imagina su carrera como una historia de ficción, la respuesta es inmediata: “Estoy en un capítulo de mucho drama”.

La frase encierra una realidad más compleja. “Hay mucho drama alrededor… pero también muchas cosas personales que vivo todos los días y que no decido compartir”, admite.

Al final, todo regresa al mismo punto de partida. A esa idea de ciclos, de consecuencias, de equilibrio. Cuando se le pide definir esta nueva etapa en una sola palabra, no hay duda.

“Karma”.

Una palabra que, en su caso, no habla de castigo, sino de una especie de justicia íntima. De entender el camino recorrido y aceptar lo que viene. De una artista que, en medio del ruido, parece cada vez más segura de su lugar en la historia que está escribiendo.

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