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A.CHAL ha pasado buena parte de su vida convirtiendo el desarraigo en lenguaje propio. Nació en Perú, creció en Queens y aprendió temprano que la identidad, antes de convertirse en orgullo, puede sentirse como una zona de fricción: el acento, el idioma, la presión de encajar, la necesidad familiar de “agringarse” para sobrevivir y, al mismo tiempo, la atracción casi instintiva hacia los márgenes, hacia la gente que no pedía permiso para existir. 

En su historia, la dualidad no aparece como una postal migrante ni como una fórmula de mercado, sino como una herida trabajada durante años hasta volverse intuición creativa. Antes de entenderse como artista, A.CHAL tuvo que entenderse como alguien que venía de varios lugares a la vez, alguien que había aprendido a moverse entre códigos distintos, entre la exigencia del hogar inmigrante, la calle neoyorquina, la nostalgia peruana y una idea de éxito que nunca terminó de parecerle suficiente si no venía acompañada de sentido. Por eso, cuando habla de su música, también habla de supervivencia, de bullying, de mudanzas, de castigos, de espiritualidad, de ayahuasca, de ego, de familia y de esa búsqueda silenciosa por sentirse cómodo en la propia piel. Todo parece parte del mismo proceso: dejar de pelear con lo que uno es para empezar a usarlo como brújula.

Esa brújula lo ha llevado ahora hacia una etapa que se siente menos como un giro de carrera y más como una revelación. Después de años moviéndose entre el R&B, el trap, el hip hop alternativo y una sensibilidad bilingüe que siempre estuvo atravesada por sonidos psicodélicos y exóticos, A.CHAL encontró en la cumbia peruana, la chicha y la música popular de los barrios una forma de volver al origen sin caer en el disfraz.

Su encuentro con Los Mirlos, su obsesión reciente con Chacalón, su lectura de la palabra “cholo” como símbolo de orgullo y su deseo de llevar esta nueva música al escenario con una banda que cruce cumbia y rock hablan de un artista que ya no está buscando sonar correcto, sino sonar verdadero. En esta conversación con ROLLING STONE en Español, A.CHAL mira hacia atrás sin nostalgia complaciente y hacia adelante sin ansiedad por convertirse en el artista más grande del mundo. Lo suyo parece ir por otro lado: hacer música que ayude, que nombre algo, que devuelva dignidad a una palabra, que conecte con quienes también han tenido que aprender a vivir entre mundos. Y quizá por eso este momento se siente tan poderoso: porque después de más de diez años de ensayo, caída, industria, independencia y búsqueda espiritual, A.CHAL parece haber encontrado no solo una dirección musical, sino una razón más profunda para seguir cantando.

A.CHAL: el orgullo de vivir entre mundos
Carla Blanca Corminboeuf

Tu historia siempre ha estado atravesada por ese cruce de mundos. Haber nacido en Perú y luego crecer en Queens, obviamente, te cambió como persona. ¿En qué momento entendiste que esa dualidad no era una carga, sino una ventaja creativa? 

Es una buena pregunta, porque eso no fue algo de lo que me di cuenta de inmediato. Había mucha resistencia, mucho bullying, especialmente por el idioma. Y no solo en la escuela, también de la gente en general. Queens es un lugar muy particular. No eran solamente latinos, caribeños y negros. Había hindúes, chinos, coreanos, griegos. Entonces, siendo inmigrante ahí, todos eran inmigrantes en cierto sentido, y todos querían ser los más aceptados dentro de lo americano. Esa energía se sentía muchísimo.

Había quienes querían ‘agringarse’ y otros que se ponían más rebeldes. Yo me junté rápido con la gente más rebelde. Pero ahora, viéndolo con perspectiva, entiendo que mi papá quería agringarse porque quería que la vida fuera más fácil para nosotros. Entonces existía ese dilema en casa. Yo andaba con gente más de barrio, inmigrantes caribeños y demás, y eso a él le asustaba un poco porque quería que yo fuera amigo de los niños que veía en la televisión, los niños americanos.

Después, entrando en la adolescencia, como a los 14 o 15 años, ya había pasado por demasiado. Me mudaba constantemente, fui como a seis escuelas diferentes. Y cuando te mudas tanto, terminas viviendo lo mismo de muchas formas distintas. Ya llega un punto en el que has hecho de todo: te quedaste callado, hablaste, peleaste, te golpearon, golpeaste, te sacaron de la escuela, llamaron a tus padres, tus padres te castigaron, hasta te botaron de la casa. Mi papá me botó varias veces hasta los 15 años.

Entonces llega un momento en el que simplemente dejas de darle importancia. Dices: ‘Tengo que cambiar algo’. Y aprendí a amarme en ese sentido. A partir de ahí crecieron muchas cosas.

Y tampoco es algo que desaparece por completo. Yo creo que todos seguimos lidiando con sentirnos cómodos con quienes somos realmente. Y eso no pasa solo por el rostro o la identidad cultural. También hay gente blanca que va a otros países y se siente intimidada. O pasa con la edad, cuando tienes 30 o 40 y vas a un concierto lleno de jóvenes de 18. O pasa con el dinero, con la ropa, con cómo te ves.

Entonces yo no me veo como alguien que sufrió algo único. Pienso que cada quien tiene su propia versión de esa historia. La vida es ir aprendiendo a sentirte cómodo contigo mismo, y esa aceptación ayuda muchísimo. También me ayuda mucho en el arte.

A nivel musical, llevas ya casi una década de carrera. Empezaste trabajando más el hip hop, el R&B y el trap. ¿En qué momento dijiste: ‘Voy a tomar mis raíces y transformarlas en algo moderno, actual y universal’?

Tú hablas de la fase en la que estoy ahora.

Mira, yo siempre he dicho esto: desde que empecé a sacar música en 2015, siempre hubo un toque bilingüe y también sonidos exóticos. Mi primer álbum se llamaba Exótica. Si escuchas Welcome to Ghazi, el intro tiene guitarras psicodélicas y ahí habla el Chapo Guzmán sobre sobrevivir y sobre cómo alguien del campo pudo lograr todo lo que tiene.

Y eso me encantaba porque yo me identificaba con esa mentalidad. Muchos inmigrantes, especialmente padres como el mío, son muy exigentes y te hacen pensar siempre en el trabajo, la familia, el dinero. Cuando el Chapo hablaba de eso, yo conectaba con esa visión, más allá de todo lo demás. Y mientras tanto yo ya estaba usando guitarras psicodélicas. Siento que esa propuesta siempre estuvo ahí.

Ahora, trabajar directamente con ritmos de cumbia o música folclórica peruana era algo que siempre quise hacer, pero no lo hacía porque sentía que podía ser inauténtico. Y si algo es un poco inauténtico, entonces para mí ya es fake. Prefería no hacerlo.

Cuando terminé Espíritu, que fue mi primer álbum independiente después de Epic, sabía que quería cambiar. Pero yo ya sabía que no quería seguir haciendo trap porque el ritmo ya no me emocionaba. La voz seguía siendo la misma, pero el ritmo no me interesaba más. Nunca me consideré realmente un rapero.

Carla Blanca Corminboeuf

Entonces dije: ‘Voy a hacer música como la música que me gusta’. Y siempre me gustó la música experimental, aunque fuera un poco comercial también. Joy Division, música ambient, DJs electrónicos. Me fui por ahí.

Invertí muchísimo tiempo y dinero, pero sentía que todavía no era yo. Terminé una relación, estaba decepcionado y no sabía qué hacer. Entonces viajé a Perú para el cumpleaños de mi papá y decidí quedarme. No tenía necesidad de volver a Estados Unidos.

Y cuando me quedé, empecé a sumergirme muchísimo más en la música peruana. Ya la conocía, pero esto fue otro nivel. Me enamoré de verdad de esa música. No podía creer que existieran artistas tan increíbles y que la gente no los conociera a nivel global.

Después empecé a meterme en el circuito de shows, a conocer artistas, y entendí mucho mejor por qué pasaba eso. Tiene mucho que ver con cómo nos criamos en Perú. Y ahí es donde yo siento que tuve otra perspectiva gracias a haber vivido en Estados Unidos. Me tocó pasar cosas feas allá, pero también aprendí otra mentalidad. Tuve que aprender a sobrevivir como peruano en otro país, y eso es distinto a sobrevivir como peruano en Perú.

Entonces dije: ‘Voy a darle una oportunidad a esta música’. Y sabía que iba a tomar tiempo. Todo esto empezó hace poco más de un año, antes de la canción con Los Mirlos. Y honestamente, yo veo ‘Cholo Gang’ como mi primera canción real. Todo lo anterior, incluso ‘Pituco’, era todavía experimental.

En este proceso hice como 30 o 50 demos. Y ahora siento que estoy llegando al punto correcto. Estoy ensayando con una banda porque quiero que en vivo exista esta mezcla entre cumbia y rock. Y para mí, el show tiene que ser todavía mejor que el disco.

Siento que ahora sí estoy encontrando exactamente qué debo hacer y qué no debo hacer.

Y tomó su tiempo.

Claro. Más de diez años.

Hablando de esta colaboración con Los Mirlos, que son leyendas de la cumbia y la chicha peruana, ¿cómo surgió esa colaboración? ¿Y qué otros referentes tienes dentro de la chicha psicodélica peruana?

La percepción que tiene la gente de afuera sobre la chicha peruana es muy distinta de lo que realmente es. Y eso para mí es lo más gracioso.

Imagínate que todo el mundo fuera de Colombia creyera que el vallenato lo hace un grupo que en realidad toca otro género completamente distinto. Algo así pasa con Los Mirlos. Mucha gente extranjera cree que ellos representan toda la chicha, pero en Perú realmente eran un grupo más alternativo, más underground para su época. Afuera sí los entendieron mucho más: Argentina, Europa. Pero dentro de Perú era otra cosa.

La verdadera chicha nace más desde Lima popular, no desde el Lima turístico de Miraflores, Barranco o San Isidro. Nace de los barrios periféricos, de la gente que migra desde la sierra o la selva hacia la capital buscando oportunidades. Llegan a una vida urbana y empiezan a mezclar los sonidos de la ciudad, como la salsa y el rock, con la cumbia andina y el huayno. Ahí nace la chicha.

Y esas canciones no hablan tanto de mujeres o de la selva psicodélica. Hablan de sobrevivir, de tristeza, de trabajar, de tomar. La gente baila y llora al mismo tiempo.

Hoy hay artistas jóvenes que me gustan mucho dentro de eso, como Chochito, con quien ya trabajé, o Chorriano. Pero si escuchas eso, vas a notar que es muy distinto de la idea que la gente tiene de la chicha.

Y obviamente está Chacalón. Él es el verdadero ícono. El verdadero origen de todo esto.

Y este último álbum, ¿lo grabaste todo en Perú?

Sí, todo.

¿Cómo fue ese proceso?

Yo suelo irme a provincias para grabar e inspirarme. A veces son hoteles pequeños y feos, otras veces la hacienda de un primo o un Airbnb cualquiera. Me voy con mi ingeniero, que además es amigo mío, y vivimos muy sencillo. Comemos comida de mercado, caminamos, observamos.

Y eso me inspira muchísimo. Incluso fuera de la música, si no fuera artista habría buscado un trabajo que me permitiera viajar así, porque aprendo mucho en esos lugares. He vivido en Los Ángeles, Nueva York, pasé tiempo en París. Todo eso estuvo bien, pero ya no me inspira igual.

Carla Blanca Corminboeuf

¿Y cómo ha sido esta etapa como artista independiente? Especialmente con el impacto reciente de este nuevo trabajo.

Ha sido un paso a la vez. Espíritu también fue independiente, pero no pasó demasiado con ese disco. Creo que Rolling Stone hizo una nota, pero fuera de eso no hubo gran cosa. Las giras salieron bien, pero no se compara con lo que está pasando ahora con ‘Cholo Gang’.

Y también estoy agradecido porque sí tuve una etapa donde la industria invirtió mucho en mí. Gané bastante dinero, aprendí muchísimo y también fracasé en ciertos sentidos. Eso me enseñó qué hacer y qué no hacer.

Hubo un tiempo en el que yo pensaba: ‘¿Por qué Dios me sigue castigando?’. Pero ahora estoy en otro lugar emocionalmente. Este negocio es difícil porque tu trabajo nace desde la emoción, y aun así necesitas estabilidad emocional.

Hoy, por la edad y por la experiencia, tengo mucho más claro lo que quiero hacer.

Y hubo algo que me cambió mucho el año pasado. Tomé ayahuasca y al mismo tiempo estaba leyendo The Power of Now. Fue una experiencia muy fuerte. El libro habla de cómo muchas veces tenemos una visión exacta de cómo queremos que se vea nuestra vida: cómo será tu pareja, tu casa, tus hijos. Pero cuando todo eso llega, nunca se ve exactamente igual a como lo imaginaste.

Entonces sufrimos porque estamos demasiado apegados a la imagen de la meta. Y eso lo aprendí muchísimo con mi chamana. Ahora intento vivir más abierto a lo que realmente llega.

¿Qué más viene para ti este año?

Honestamente, parte de mí quisiera borrar mis discos anteriores. A veces siento que no tienen el mismo nivel de autenticidad o de alineación con lo que hago ahora. Pero también entiendo que tengo que aceptar ese proceso. Es parte de mi crecimiento espiritual.

No voy a ser ese artista que cambia de nombre o que finge ser otra persona ahora. Todo eso también soy yo.

Recuerdo una vez que estaba con un artista enorme, alguien que acababa de hacer un headline show en Coachella. Estábamos en su hotel y me preguntó cuál era mi meta. Yo le respondí: ‘Ayudar’. Porque así me crió mi mamá. Si entro a un cuarto y alguien está cargando algo, mi primer impulso es preguntar cómo puedo ayudar. Si hay una sola silla para diez personas, yo voy a ser el último en sentarme.

Y esa persona me respondió: ‘Mi meta es ser el artista más grande del mundo. Quiero ser como Beyoncé’. Y yo me sentí horrible después de escuchar eso. Pensé: ‘Quizás soy estúpido. Quizás escogí el camino equivocado’. Porque veía que esa persona estaba triunfando precisamente por tener esa ambición enorme y egoísta.

Entonces pensé muchas veces que quizá debía dedicarme a otra cosa. Ser maestro, vivir tranquilo, ganar poco dinero y ya. Hasta el año pasado seguía pensando eso.

Pero ahora, con ‘Cholo Gang’, me han enviado fotos de estudiantes universitarios analizando la canción en clases. Hablando de la palabra ‘cholo’, de cómo los hace sentir, de lo que representa culturalmente. Y eso para mí es impresionante. Lograr algo así con una canción, rescatar una palabra de nuestra identidad, significa muchísimo.

Poder hacer eso mientras disfruto lo que hago es algo increíble. Puedes tener estadios llenos o millones de dólares, pero si no sientes que estás conectando de verdad con la gente, entonces para mí no vale igual.

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Cuesta trabajo imaginar una vida sin tecnología. Sin el vértigo constante de sentir que nos estamos perdiendo de algo. Y es cierto: los avances tecnológicos han facilitado muchísimas cosas. El trabajo, la comunicación, el transporte, el entretenimiento. Las computadoras y los celulares han hecho la vida más práctica y nos han permitido estar más conectados los unos con los otros.

Las redes sociales, por ejemplo, son una invención increíble. Han impulsado relaciones a distancia, permitido compartir nuestras vidas con el mundo y, muchas veces, servido como puente para reencontrarnos con personas que creíamos perdidas en el tiempo. ¿Quién no le ha escrito a un viejo amigo después de años sin hablar solo porque apareció una notificación de cumpleaños?

La tecnología también ha eliminado algo que antes parecía inevitable: el aburrimiento. Basta con desbloquear el celular, abrir una aplicación y comenzar a scrollear para llenar cualquier espacio vacío.

Pero todo exceso tiene consecuencias.

Pensemos por un momento en la última vez que estuvimos realmente presentes en una reunión social. Sin pensar en qué íbamos a subir a redes, en cómo nos veríamos en las fotos o en qué estaba pasando fuera de esa mesa. Pensemos también en la última vez que salimos a caminar sin audífonos, sin podcast, sin música de fondo; simplemente escuchando el ambiente, observando las calles, sintiendo el ruido de la ciudad y estando presentes en nuestro propio entorno.

¿Cuándo fue la última vez que estuvimos verdaderamente aquí?

En LOVERBOY PARTE 1, Mario Bautista parece hacerse justamente esas preguntas. El resultado es un EP —el primero de cuatro capítulos— que, entre influencias de R&B, funk y jazz, explora lo liberador que puede ser desconectarse para volver a habitar el presente. En conversación con ROLLING STONE En Español, Mario nos habla de un proyecto que encuentra belleza en esos pequeños momentos donde las historias reales todavía alcanzan a existir.

Primero, felicidades por el nuevo EP…

Muchas gracias.

Estuve viendo el corto y escuchando el EP desde que salió y me llamó la atención el contexto porque hay una sensación de asfixia muy fuerte. Me abrumó darme cuenta de que realmente vivimos con el celular todo el tiempo. Y hay una frase que me pegó muchísimo: “Antes el internet era un escape de la realidad. Hoy la realidad es un escape del internet”. Es casi como despertar en la Matrix. ¿Cómo fue para ti ese despertar?

Así tal cual quise plasmarlo en el video. Literalmente sentí que despertar era darte cuenta de que ya estamos muy hipnotizados por el algoritmo y por el mundo digital. Entonces fue decir: “Nuestra vida no es digital, nuestra vida es análoga”. Soltar el celular y volver a la experiencia, al presente, a ver qué te depara la vida.

Ahí fue donde quise retratar esta búsqueda en el cortometraje: agarrar las llaves del coche, salir y reconectar, descubrir qué hay para ti allá afuera y regresar a las raíces, que en este caso se simbolizan con el puesto de tacos.

Sobre los detalles, me gusto que al inicio del video salieran los discos de vinilo y quería preguntarte algo muy específico: ¿te gusta Michael Jackson?

Lo amo. Es un tremendo ídolo y una inspiración en todos los aspectos. Siempre ha sido mi referencia número uno. Mi mamá es superfán de Michael Jackson y crecimos escuchándolo, bailando sus canciones y viendo sus videos musicales.

Michael Jackson fue un exponente en todos los sentidos.

Sobre los 80’s, ¿qué tienen de especial esta decada para ti?

Se me hace una década increíble porque los géneros predominantes eran el funk y el R&B, y por eso decidí meter toda esa influencia dentro del álbum. Era una época donde ya empezaba el tema digital con los VHS y los Discman, pero todavía no existía esta hiperconexión ni esta rapidez que tenemos hoy.

Siento que era un momento donde la gente estaba más dispuesta a explorar. La moda era explosiva, los colores eran intensos, los coches parecían dulces. Todo se sentía mucho más conectado al arte. Estaban artistas como Michael Jackson o Prince en el top, y por eso quise viajar a esa línea del tiempo.

“Nuestra vida no es digital”: Mario Bautista y el arte de volver al presente
Cortesía

El álbum viaje entre el R&B y el jazz, y antes de ver el corto yo escuchaba el álbum y pensaba: “Esto estaría increíble escucharlo caminando por la Condesa o la Roma”. Y luego veo que el corto retrata justo esas avenidas largas, esa vibra muy citadina. ¿Cómo fue para ti construir ese viaje entre la música y la narrativa visual?

Mi mayor fuente de inspiración siempre han sido las mujeres. Con algunas me he enamorado profundamente y siento que se me facilita muchísimo escribir desde ahí.

Lo que quería plasmar era este coqueteo constante a través de las letras porque el Loverboy es este personaje que vive desde el amor. El amor es el puente para conectarte con el presente, porque normalmente el ser humano vive en el pasado, en el futuro o distraído por el celular. Nunca estamos realmente aquí y ahora, y eso es lo único tangible que tenemos.

Entonces el Loverboy funciona como un puente para volver a sentir, para reconectarte con una conversación, unos buenos tacos o una cita sin dispositivos de por medio. Simplemente tú y la otra persona disfrutando su compañía.

Me gusta mucho cuando las ciudades funcionan casi como un personaje dentro de una historia, y siento que eso pasa aquí con la Ciudad de México. En esta etapa donde hablas de bajar el ritmo y disfrutar más el presente, ¿sientes que estamos dejando de habitar esos momentos simples sin darnos cuenta?

Sin duda. Siento que la tecnología nos está quitando el sentimiento de estar vivos. Ya preferimos estar escrolleando durante horas en lugar de salir a caminar, regalar flores o compartir tiempo con alguien.

Se nos están olvidando esos pequeños detalles que realmente le daban sabor a la vida. La gente ya prefiere quedarse en casa con sus aparatos y poco a poco estamos perdiendo el sentido de comunidad y de pertenencia. Todo lo que está pasando con la tecnología da un poco de pánico.

En “Girl” tienes una colaboración perfecta con Kalimba. Su presencia encaja increíble con este universo que construiste. ¿Cómo nació esa colaboración?

Cuando estaba creando la canción pensé inmediatamente en Kalimba. Sentía que su energía ya estaba dentro del tema desde que lo escribí. Entonces busqué quién tenía contacto con él y me di cuenta de que yo mismo tenía su número guardado desde hace años.

Le mandé mensaje, le envié el track y me respondió: “¿Qué es esta locura? Parece que la hice yo”. Le dije que me encantaría que formara parte de la canción y cuando nos vimos en el estudio le enseñé todo el álbum.Quedó fascinado. Me dijo que le parecía increíble volver a escuchar estos géneros sobre la mesa otra vez. Fue muy emocionante compartir con él y construir Girl juntos.

Cortesía

¿Qué tanto de Loverboy es un personaje y qué tanto existe fuera del estudio?

Cien por ciento existe. Siento que esta es la vez que más he alineado lo que soy, lo que siento y lo que quiero ofrecer como artista dentro de un mismo proyecto.

Desde el mensaje de soltar las pantallas hasta la música funk y R&B, todo forma parte de mí. Son los géneros que más escucho y honestamente siento que en la vida real sí soy un fucking loverboy.

¿Crees que hoy un artista puede permitirse bajar el ritmo sin desaparecer?

Está durísimo. Siento que tienes que ser un artista gigantesco para darte ese lujo porque hoy existe tanta saturación de contenido, tanta información y tanta inteligencia artificial, que la gente olvida las cosas en diez minutos.

Entonces claro que da miedo pensar que también puedan olvidarse de ti. Es una locura.

Cortesía

¿Cuándo fue la última vez que estuviste completamente presente, sin pensar en cómo se iba a ver desde afuera?

Ayer [risas]… he estado practicando muchísimo la presencia porque creo que es la única manera de soltar la ansiedad que genera esta hiperconexión.

Ayer vino a México Mike Bahía y nos vimos para cenar. Caminamos por Polanco, estuvimos escuchando música, platicando de la vida, completamente desconectados del teléfono.

Y siento que esos son los verdaderos momentos de la vida: una buena conversación, una buena comida y compartir el presente, que es lo único que realmente tenemos.

Finalmente, ¿qué significa amar bien en la actualidad?

Amar desde el corazón y no desde la mente. La mente tiene prejuicios, inseguridades y experiencias del pasado, y cuando juzgas un nuevo amor desde ahí, nunca va a funcionar.

Creo que el chiste es conectar desde el corazón, desde la libertad, la confianza y la plenitud. Entregarte desde un lugar genuino.

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Después de más de una década bajolos reflectores, Niall Horan atraviesa una etapa marcada por la claridad creativa y la confianza en sí mismo. En Dinner Party, su cuarto álbum como solista, el músico irlandés se aleja de la sobreproducción para apostar por un sonido más orgánico y directo, construido desde la energía de una banda tocando en vivo.

El disco nació inmediatamente después de la gira de The Show, una experiencia que —según cuenta— le recordó que todavía había gente interesada en escuchar lo que tenía que decir. Esa sensación terminó moldeando un álbum más espontáneo, vulnerable y honesto, donde Horan deja de sobrepensar sus canciones para simplemente escribir desde el momento que está viviendo.

En una conversación exclusiva, Horan habla sobre el proceso detrás de Dinner Party, la influencia que tuvo la experiencia en vivo sobre el álbum y el lugar emocional desde el que escribió canciones como ‘Dinner Party’ y ‘End of an Era’. Esta última, dedicada a Liam Payne, funciona como uno de los momentos más emotivos del disco. “Muchos de mis recuerdos con Liam son muy felices”, explica Horan. Lee la plática a continuación.

Felicidades por el álbum. Lo he estado escuchando y me gustó mucho. Saldrá en un par de semanas, ¿cómo te sientes? 

Estoy listo. Asustado. Pero si, listo.

¿Qué es lo que te asusta?

Bueno, me gusta toda la música y espero que al mundo también le guste. Esa es la parte más aterradora. Y la verdad es que esa sensación nunca cambia.

Normalmente te tomas un tiempo después de una gira, pero esta vez prácticamente regresaste directo al estudio. Dijiste que la gira y álbum anteriores te dieron mucha confianza. ¿Qué cambió creativamente para ti después de esa experiencia?

La emoción de volver al estudio. Me di cuenta ese año de que la gente todavía quería escuchar sobre mi, y eso me dio mucha confianza y emoción. Solo quería volver a entrar y hacer otro disco. Además, ya sabía cómo quería que sonara el álbum incluso antes de hacerlo. Sabía lo que quería decir. Y también pensé: mientras más rápido entre al estudio, más rápido puedo sacar el disco y más rápido puedo volver a salir de gira.

¿Y cuál era ese sonido que sabías que tenía que tener?

Definitivamente quería algo con una sensación mucho más en vivo. Toda mi música siempre ha estado basada en guitarras, pero hasta ahora nunca había sonado realmente tan live. Creo que esta vez quería batería, teclados, bajo, guitarra, guitarra acústica y algunos synths, pero nada más. No quería algo gigantesco ni sobreproducido; quería un sonido directo de banda. Y siento que eso sí se percibe en este disco. Desde el principio tenía claro cómo quería que sonara. No quería experimentar con mil estilos distintos; solo quería tocar como tocamos en los shows.

“Muchos de mis recuerdos con Liam son muy felices”: Niall Horan sobre ‘End of an Era’ 
Joseph Okpako/WireImage 

¿Entonces la experiencia en vivo influyó directamente en la manera de escribir el álbum?

Totalmente. Siempre había querido que fuera así. Lo que pasa es que el pop, durante mucho tiempo, dejó de inclinarse hacia un sonido más en vivo. Probablemente desde principios de los 2000. Entonces ha sido bonito volver a escuchar música así y me emociona mucho eso.

¿Qué tanto esa confianza que ganaste en la gira moldeó la manera en que abordaste este nuevo disco?

Muchísimo. Literalmente metí a mis dos productores y colaboradores conmigo a un cuarto y junto con una banda simplemente empezamos a improvisar. Venía saliendo de la gira, entonces mi último recuerdo musical era estar sobre el escenario. Quería continuar con esa energía: montar una banda completa, tener un micrófono enfrente y empezar a cantar. Y lo que fuera que saliera, lo que fuera que escribiéramos o dijera, se convertía en las canciones. En vez de sentarme a pensar demasiado, simplemente lo hice. Y creo que esa fue la mayor influencia en el álbum.

Sí, se siente mucho más genuino y divertido.

Exactamente.

Háblame del concepto y del título de la canción ‘Dinner Party’, que habla de cómo cambió tu vida desde que conociste a tu novia, ¿no?

Sí, totalmente. La canción ‘Dinner Party’ tuvo un impacto enorme en el álbum porque ahí me di cuenta de que estaba escribiendo un disco cronológico sobre lo que pasó después de ese momento. Esa canción era importante porque dice exactamente lo que pasó. Las demás son un poco más detalladas, pero necesitaba esa canción para lanzar el resto del álbum.

¿Y cómo recuerdas esa noche en la que organizaste esa dinner party (cena)? 

Siendo honestos, al final hubo más tragos que cena. Pero fue divertido, muy divertido. No era nada elaborado, solo unas cuantas personas. Tomé algunos tragos y fue una locura. Muy random, muy extraño pensar que algo tan pequeño terminara convirtiéndose en algo tan grande. La recuerdo perfectamente. Creo que fue el día más caluroso del año en Reino Unido o algo así. Recuerdo que estaba quemado por el sol.

Has dicho que estos últimos dos álbumes han sido mucho más románticos porque es el lugar emocional en el que estás actualmente. ¿Sientes que tu manera de escribir se ha vuelto más honesta o vulnerable conforme ha cambiado tu vida personal?

Sí, creo que sí. También tiene que ver con crecer un poco y perderle el miedo a decir ciertas cosas. Ahora simplemente me siento y escribo lo que está pasando. Creo que me he vuelto mejor en eso. Antes quizá pensaba: “Mejor no digo esto”, o algo así. Pero ahora ya no me importa tanto. Lo que se me viene a la cabeza, lo digo.

¿Sientes que tienes que equilibrar lo que esperan los fans más longevos sobre ti y el lugar creativo en el que estás hoy?

Sí, totalmente. Eso siempre está en mi cabeza. Pero también sé muy bien qué es lo que mis fans quieren de mí. Les gustan las guitarras, les gusta ese sonido entre rock pop e indie, y también les gustan las canciones acústicas más íntimas, casi como lullabies. Siento que tengo muy claro qué conecta con ellos porque he tocado muchísimos shows y estoy ahí enfrente viendo su reacción. Entonces, cuando entro al estudio, ya tengo una buena idea de qué les gusta y eso siempre está presente en mi mente. Nunca quiero asustarlos ni que reaccionen con un “¿qué está haciendo?”.

El álbum cierra con ‘End of an Era’, una canción sobre la pérdida y el amor. Es una canción triste y nostálgica por la ausencia de Liam Payne, pero me gusta que también mira hacia los buenos momentos. Has dicho que todos tus recuerdos con él son felices. ¿Cómo terminó tomando esta forma más celebratoria?

Creo que la canción va alternando constantemente entre la tristeza y los recuerdos felices. Para mí era importante incluir ambas emociones porque las dos son reales. Muchos de mis recuerdos con Liam son muy felices, pero también es una situación muy triste. Sentí que tenía que incluir las dos cosas. Porque sí, es muy doloroso, pero también vivimos momentos increíbles. Y creo que los fans van a sentirse identificados con eso, porque sus recuerdos de Liam también son felices.

Llevabas tiempo trabajando la canción, pero cuando entendiste que realmente era sobre Liam, todo fluyó mucho más rápido. ¿Qué cambió creativamente cuando te permitiste entrar de lleno a eso?

La canción siempre se llamó ‘End of an Era’, pero yo no sabía cuál era esa “era”. ¿El final de qué? Y de repente dijimos: “Claro, estamos hablando de Liam”. No sé exactamente qué cambió creativamente después de eso, pero sí me hizo entender algo: no sobrepienses tanto las cosas. Estás pensando demasiado. Solo di lo que ves. Y creo que eso me va a ayudar muchísimo de ahora en adelante cada vez que escriba. Es como: no lo sobrepienses, sólo sácalo. 

Admiro cómo has evolucionado como artista, especialmente  viniendo de una de las bandas más grandes del mundo y construyendo una carrera solista en un momento tan transformador para la industria. ¿Cómo te sientes en esta etapa de tu carrera y de tu identidad artística?

Estoy muy feliz. Me encanta la palabra “longevidad”. Me gustaría estar haciendo esto durante muchísimo tiempo. Y he disfrutado mucho estos últimos diez años, este crecimiento lento pero constante: cómo ha evolucionado la música, cómo los fans han seguido siendo leales, cómo también se ha ido sumando gente nueva, cómo los venues se hacen cada vez más grandes… que es exactamente lo que quiero; que cada vez más personas conecten con la música y eso me hace muy feliz. Y espero sentirme igual cuando llegue a México de gira. Quiero hacer esto durante mucho tiempo, tocar en venues grandes, y si el crecimiento toma tiempo, no me importa.

Siempre has tenido una relación muy fuerte con Latinoamérica, ¿no?

Sí, totalmente. Solo hay que ver las estadísticas en mis redes, en las plataformas digitales, en la venta de boletos… Latinoamérica es una locura, y especialmente México. Para mí es muy emocionante porque yo vengo de un país muy apasionado, entonces entiendo a la gente apasionada. Me encanta cuando vamos allá: lo intensos que son, lo ruidosos que son. Todavía no anuncio los shows, pero voy a volver a México muy pronto. Así que puedes decirle a los fans que ya voy en camino, que estén listos.

Sé que la evolución es importante para ti. Idealmente, ¿cuál sería el mejor escenario para el futuro de este proyecto? Después de lograr tantas cosas, ¿cuál es tu sueño? 

La verdad siento que ya estoy viviendo el sueño. Poder tocar en arenas y quizá algunos estadios alrededor del mundo durante todo el tiempo que sea posible. Y seguir haciendo música que me guste, eso es muy importante para mí. 

Pero también asegurarme de hacer música que le guste a mis fans. No quiero alejarlos; quiero hacer música que todos amemos. Si puedo seguir haciendo eso y tocar shows grandes por mucho tiempo, seré más que feliz.

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Sentarse a escuchar cantar a Las Áñez es darse cuenta de que todavía existen voces capaces de capturar los sentidos sin necesidad de efectos especiales o de un sinnúmero de instrumentos que terminan confundiendo. Escucharlas es encontrarse con un juego de voces que revive el recuerdo de grandes cantadoras y transporta los sentidos a universos mágicamente cotidianos, como el que gira alrededor de ‘Cebolla’, o a otros más complejos, como el de ‘Alma vieja’.

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Como ellas mismas explican: “La ambientación sonora hace parte fundamental del concierto de Las Áñez. En vivo suenan intermedios sonoros que no solo nos dan la tonalidad, sino que introducen la atmósfera de cada canción. El encargado, en los últimos cinco años, de la reproducción exacta y ecualización de estos sonidos ha sido el DJ Camilo Manchego, también productor de la canción ‘Devenir’, de Dualismo mágico”.

En exclusiva con ROLLING STONE en Español, Las Áñez compartieron su visión sobre la música y explicaron de dónde nace Dualismo mágico, un disco en el que cada canción es una obra de arte.

Hay algo que me gusta muchísimo de su proyecto, y es que no necesitan de mil sonidos para crear excelentes canciones con gran maestría. ¿Cómo definirían su sonido y cómo lo encontraron?

Definir el sonido es una tarea difícil. Son canciones a dos voces, con influencias de la música latinoamericana y sonidos modernos. Mucha gente escucha jazz en nuestros arreglos, y eso puede tener relación con lo que dices sobre no saturar las canciones, porque nosotras estudiamos jazz y pensamos los arreglos como si siempre se estuvieran tocando en vivo, de menos a más, y no de más a menos.

El minimalismo hace parte de nuestra estética desde el inicio, gracias al jazz y a esa idea de pensar qué podemos hacer en vivo para luego ir agregando pequeños detalles. Por eso nuestras canciones funcionan como una subida en la que, en cada paso, aparecen nuevos elementos. Algo que nos gusta mucho del minimalismo es agregar solo lo esencial, estando únicamente dos personas en la tarima. Los discos más recientes tienen muchas más capas porque nos hemos podido dar el lujo de trabajar con un equipo más grande y probar más cosas en el estudio.

¿De dónde nace el concepto de este nuevo disco, Dualismo mágico?

Tiene mucho que ver con las canciones que hemos compuesto durante los últimos tres años y que hacen parte de este disco, inspiradas en el realismo mágico de Cien años de soledad. Una obra de teatro en Uruguay nos encargó una canción, ‘Las aguas de Macondo’. También nos pidieron piezas originales inspiradas en los hombres y las mujeres de Macondo para los videos promocionales de la serie de Netflix, y una amiga nos dejó como recuerdo un ejemplar de Cien años de soledad con una dedicatoria muy personal.

Hubo una gran cantidad de coincidencias alrededor del realismo mágico. Además, nuestra música tiene mucho de cotidianidad, pero con magia, como cuando le cantamos al tomate o a la cebolla. Dualismo viene de que el lado A del vinilo es más caribeño y tropical, mientras que el lado B se acerca más a los Andes y a la ciudad montañosa.

Me encanta ‘Cebolla’. ¿Cómo se les ocurrió hacer esta canción y cómo fue trabajarla?

En 2017, en el disco Al aire, salió la canción ‘Don tomate’ y ahora ‘Cebolla’, ambas escritas por Valentina, a quien le encanta la comida [risas]. Hay un gran respeto por estos dos alimentos y todo lo que pueden evocar. ‘Cebolla’, además de hablar profundamente sobre un alimento, también implicó un trabajo vocal importante y la exploración de varias capas sonoras. Quisimos volver a nuestra esencia de trabajar únicamente con voces, y ‘Cebolla’ fue la canción adecuada para hacerlo.

“No somos capaces de abordar una canción desde lo superficial; normalmente parten de búsquedas personales. Cada canción es una obra de arte, entonces poner un ritmo con cualquier cosa encima no va con nosotras”.

‘Libéralo’, junto a La Muchacha, también es excelente y además transmite un mensaje de empoderamiento. ¿Por qué creen que la música, además de entretener, debe tener mensajes como ese?

Debe existir música de las dos formas, así como en el cine hay películas muy profundas y otras hechas simplemente para relajarse y pasar el rato. Y eso está bien.

Lo que sí nos ocurre a nosotras es que no somos capaces de abordar una canción desde lo superficial; normalmente parten de búsquedas personales. Cada canción es una obra de arte, entonces poner un ritmo con cualquier cosa encima no va con nosotras. Cada concepto y cada cosa que hacemos representa un reto: primero construimos el universo de cada canción y luego encontramos los puntos en común.

Yo no puedo hacer algo superficial en una canción, pero admiro a la gente que sí lo hace y disfrutamos también de esas letras más ligeras.

Es un gran honor cuando las canciones que hacemos, además de significar mucho para nosotras, también lo hacen para alguien más. Si una de nuestras canciones le sirve a otra persona para entender algo o mejorar algún aspecto de su vida, es una gran suerte.

¿Cómo describirían lo que es un ‘Alma vieja’?

Muy calmada, un poquito aburrida y sin excesos de energía [risas]. Es alguien que acepta las situaciones y que además tiene sentido del humor, porque en realidad no sabe si es vieja o joven. Es un alma con cierta certeza sobre la vida misma y sobre vidas pasadas; una persona que no es del común. Todo el mundo tiene un poco de ‘Alma vieja’.

“Cada canción es una obra de arte”: Las Áñez 
Cortesía

Una colaboración que llama mucho la atención en este disco es la de Alexis Play en ‘Fin’. Siento que es una mezcla bastante diferente. ¿Cómo llegaron a trabajar con él y por qué decidieron entrelazar el estilo de ustedes con el suyo?

Cada cierto tiempo nos gusta invitar voces opuestas a las nuestras, que tengan tonos más graves, que canten rápido o con mucha energía. Nos atraen mucho esos contrastes, como ocurre en esta canción o en colaboraciones con Edson Velandia, La Muchacha —que hace un rap que nosotras jamás podríamos hacer— o el mismo Cholo Valderrama.

Conocimos a Alexis Play en un Festival Cordillera y nos gusta mucho su manera de rapear. Creemos que es muy distinta a la forma más gringa de hacerlo, que es la que suele percibirse en la mayoría de canciones. Llevábamos más de cinco años queriendo trabajar juntos, pero no encontrábamos la canción adecuada. Entonces llegó ‘Fin’, que era una canción muy corta y sentíamos que necesitaba algo más. Ahí pensamos en Alexis Play, quien le dio un contraste que nos encantó porque abordó la canción desde otra perspectiva.

La canción está pensada como una bachata, un género que nos gusta mucho, aunque nosotras nunca hacemos los géneros de manera estricta. Aun así, sentimos que sí se percibe ese aire de bachata. Además, es una canción extraña porque está hecha con samples e inspirada en esos sonidos con los que normalmente terminan las canciones; eso la convierte en un experimento que disfrutamos muchísimo.

Hablando de colaboraciones, me encanta ‘Señal del viento’ junto al Cholo Valderrama, sobre todo por el juego de voces que hay en la canción. ¿Por qué decidieron incluirlo en ese tema de Paralelas?

Siempre nos gustó la música del Cholo Valderrama, aunque no pensábamos en colaborar con él. Fue Andrés Leal, uno de nuestros productores y además oriundo de Yopal, Casanare, quien escuchó ‘Señal del viento’ y propuso invitarlo a participar. A nosotras nos encantó la idea.

Teníamos un poco de miedo porque el Cholo es muy exigente con las letras, pero al final sí le gustó. Y para que se sintiera cómodo, grabó sobre una base de música llanera. Después, la producción de la canción se fue acercando un poco más a un universo urbano —y ahí llegó el segundo susto: saber si le iba a gustar la versión final—, pero sí le gustó. Esa canción fue un gran acierto y nos sentimos muy orgullosas de contar con él en Paralelas.

¿Con cuáles otras voces colombianas les gustaría trabajar?

Aunque se aleja un poco de los géneros que hacemos, nos gustaría trabajar con Elsa y Elmar. Nos gustan mucho su sonido y sus canciones.

¿Cuáles fueron sus referentes cuando estaban iniciando en la música?

Nosotras tenemos un cuarteto de jazz con contrabajo, batería y nuestras voces, que empezó incluso antes de Las Áñez, cuando todavía estábamos en la universidad. Una de las cantantes que más nos inspiraba era Lucía Pulido, una colombiana que canta jazz, pero también músicas tradicionales. También Lila Downs. Siento que, incluso con el cuarteto de jazz, seguimos inspirándonos en cantadoras que se arriesgan a probar cosas nuevas. Siempre nos han encantado las cantadoras latinoamericanas.

La conexión que existe entre ustedes dos es prácticamente palpable, pero ¿cómo hacen cuando no están de acuerdo en algo?

Una de las cosas que más nos ha diferenciado últimamente es que yo soy mamá y Juanita no —Valentina es mamá—. Más que la forma de pensar, lo que cambia es el estilo de vida, entonces a Juanita le ha tocado adaptarse más.

Dualismo mágico lo sacó adelante Juanita, porque yo estuve atravesando el embarazo, el nacimiento y el posparto. Seguimos teniendo los mismos objetivos, pero cada una los enfoca de manera distinta. Musicalmente casi siempre estamos de acuerdo.

¿Y podrían imaginar una vida artística separadas la una de la otra?

No. Lo que más nos gusta es el sonido que hemos construido como dúo. Este es un trabajo que no es fácil y siempre pensamos: “¿Cómo harán los solistas?”, porque siempre hay muchísimo por hacer.

El manejo de la voz en ustedes es fenomenal, y cada día eso parece ser menos importante dentro de la música más consumida. ¿Cuál es su percepción de que, dentro de la música más escuchada, lo menos importante termine siendo la música misma?

Sentimos que eso ocurre mucho en las grabaciones y dentro de las plataformas digitales, pero la experiencia en vivo sigue dependiendo de la interpretación. En vivo seguimos necesitando escuchar esas voces y ver a quienes las interpretan; así tengan un poco de autotune, no cualquiera puede dar un concierto. Eso todavía no se ha reemplazado.

En los 15 años que llevamos creando música, nuestras voces son cada vez más cuidadas y no están tan enfocadas en lucirse. Aunque la voz sea nuestro instrumento principal y nos importe muchísimo, no queremos que sea lo que más destaque, sino que funcione como una herramienta fundamental para fortalecer nuestro sonido.

“Sería muy bonito seguir en la música sin tanta exigencia externa; continuar disfrutándola sin importar la fama o el dinero. Que siga siendo algo muy desde el corazón”.

Ya para terminar, ¿cómo se ven artísticamente en unos 20 años?

Dejar de hacer música es algo muy difícil para personas como nosotras. Siempre existirán las ganas de crear algo. Tal vez en el futuro sea más difícil que los medios nos muestren, porque hoy las canciones sí o sí deben pasar por muchos filtros y computadores, pero quién sabe cómo será más adelante.

Tendremos la edad de nuestro papá, y sería muy bonito seguir en la música sin tanta exigencia externa; continuar disfrutándola sin importar la fama o el dinero. Que siga siendo algo muy desde el corazón.

Ahora que lo mencionan, siento que el gran objetivo de su música no es la fama ni el dinero. Entonces, ¿cuál es el objetivo de su música?

¿Para qué hacemos esto? ¿Para que más gente nos escuche? No, porque ya tenemos a nuestro público. No sé si tengamos una respuesta concreta. Muchas veces es el mismo público quien la da: “Esta canción despertó en mí un feminismo que necesitaba”, y ahí una se da cuenta del propósito que había detrás de lo que estaba haciendo. Otra persona puede decir: “Tal canción me ayudó a atravesar una enfermedad”. Creo que ahí radica realmente el objetivo. Se siente que se está haciendo algo valioso, algo que trasciende la música.

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Aunque la conocida “crisis de los 20” no es exclusiva de la generación Z, sí ha adquirido una nueva relevancia gracias a las redes sociales, donde miles de usuarios —mayormente entre los 18 y 25 años— comparten constantemente sus inquietudes sobre la adultez, la vida laboral, las relaciones interpersonales y la soledad. En medio de estas incertidumbres existenciales, la música se ha convertido en uno de los refugios más recurrentes para los jóvenes actuales, especialmente a través de propuestas que exploran la melancolía, el amor, el vacío emocional y las secuelas que dejan las frenéticas noches de fiesta.

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Así, desde la pandemia, han surgido en la escena hispana propuestas profundamente íntimas y sensibles que conectan con una juventud aturdida por sus propios dilemas. En España, especialmente desde el underground, han nacido iniciativas interesantes que combinan distintas influencias y las transforman en un sonido propio capaz de destacar dentro de una industria a veces saturada. Desde Mallorca aparece uno de esos proyectos especiales y con algo más que decir: Cora Yako

Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza, dos amigos oriundos de la isla balear pero establecidos en Madrid, son las cabezas detrás de Cora Yako, un dúo que ha sabido encontrar su lugar dentro de la nueva ola del indie español. Tras comenzar como un cuarteto y evolucionar hacia un formato más reducido e íntimo, el proyecto terminó reforzando una identidad sonora que se mueve entre el rock alternativo y la sensibilidad emocional del bedroom pop, todo bajo una filosofía completamente autoproducida que hoy los tiene girando por toda España gracias a Mil pequeños cortes, su trabajo más ambicioso hasta la fecha. 

En ROLLING STONE en Español hablamos con ambos integrantes sobre sus inicios en la música, la dinámica del dúo a la hora de crear canciones, el éxito de su último álbum y la inesperada admiración del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez

Cora Yako: el dúo mallorquín que ya conquista toda España
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La historia de Cora Yako comenzó mucho antes de sus primeros lanzamientos oficiales. Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza se conocen desde el colegio, en Mallorca, donde empezaron a compartir gustos musicales y la idea de formar una banda cuando apenas tenían 16 años. Años después, ya instalados en Madrid, el proyecto terminó tomando forma entre 2019 y 2020 con sus primeras canciones y una identidad influenciada por el revival rockero de los 2000. “La máxima [influencia] ha sido The Strokes”, cuenta Luis, quien también menciona nombres como Bloc Party, Franz Ferdinand, Weezer y The Smashing Pumpkins como parte fundamental del ADN sonoro del grupo.

Desde entonces, la banda ha atravesado una evolución evidente que alcanza uno de sus puntos más sólidos en Mil pequeños cortes. Sin embargo, para ellos, este crecimiento no responde necesariamente a una transformación planeada o conceptual, sino al paso natural del tiempo y la experiencia. “Simplemente hemos hecho lo mismo que hacíamos en el primer disco, pero mejor”, resume Luis.

Gran parte de esa identidad también se ha construido desde la autoproducción. Carlos explica que tanto él como Luis se encargan de grabar, producir y mezclar toda la música desde su propio estudio, un proceso que les ha permitido encontrar poco a poco el sonido que tenían en mente desde el inicio. “Ha sido un proceso muy largo llegar a ello y pensar ‘esto es lo que tenemos en la cabeza’”, comenta. Entre horas de experimentación, improvisación y ensayo-error, el dúo ha conseguido traducir sus referencias e inquietudes emocionales en una propuesta cada vez más definida dentro de la escena española.

Esta decisión también ha traído consigo múltiples retos. Más allá de escribir e interpretar canciones, Carlos y Luis han tenido que asumir el rol de productores, ingenieros y directores creativos de su propio proyecto, una dinámica que, aunque les ha permitido mantener un control absoluto sobre su sonido, también puede convertirse en un proceso agotador. “Tiene su parte buena y su parte mala”, revela Luis. “La mala es que te puedes volver loco y perder un poco la perspectiva sobre si lo que estás haciendo es bueno o malo. Puedes estar mucho tiempo dándole vueltas a algo que está perfectamente o puedes encapricharte con algo que es malo”.

Carlos añade que muchas veces los obstáculos aparecen desde lo técnico, especialmente al momento de intentar traducir exactamente lo que imaginan en sus cabezas. “Hay veces que nos encontramos en el estudio y no estamos siendo capaces de llegar a un sitio al que queremos llegar. O no conseguimos un tono de guitarra o de batería, o la voz no suena como queremos. Hay una parte muy técnica que puede convertirse en una piedra en el camino”, comenta. Sin embargo, para él, el mayor desafío termina siendo mental: “Estamos muy metidos en el proceso y no tenemos a nadie externo que lo vea desde fuera y pueda aconsejar o dar una visión más objetiva. A veces te encaprichas con algo y pierdes perspectiva”. Aun así, Luis asegura que precisamente ahí también reside una de las mayores satisfacciones del proyecto: “Al menos estás tranquilo sabiendo que si la has cagado has sido tú y no una opinión externa”.

Esa libertad creativa también se refleja directamente en la forma en que nacen las canciones del dúo. Lejos de seguir una metodología rígida, el proceso de composición cambia constantemente dependiendo de lo que cada tema necesite. Algunas canciones empiezan desde una guitarra acústica en casa, otras nacen en el estudio y unas pocas aparecen durante los ensayos. “No existe un modus operandi fijo”, explica Luis. “Las canciones más barrocas o más lentas son difíciles de hacer en un local de ensayo porque el directo favorece cosas más intensas y energéticas. También pasa al revés: una canción muy energética es difícil que te salga en casa, en la cama, mientras te comes unas palomitas”.

Carlos asegura que esa flexibilidad ha sido clave para el crecimiento creativo del grupo a lo largo de los años. “A veces Luis hace una canción prácticamente entera, otras veces al revés, algunas letras las escribimos juntos y otras no. Se dan todas las posibilidades”, comenta. Al final, el proceso termina guiándose más por la intuición que por cualquier regla establecida. “Si vemos que se puede pulir parte de lo que ha hecho el otro, se intenta”, añade Luis. “Pero el que trae la canción de primeras es el que tiene la última palabra”. Una dinámica que terminó consolidándose especialmente en Mil pequeños cortes, el álbum donde todas esas ideas, influencias y formas de trabajo parecen encontrar su versión más sólida hasta el momento.

Desde su portada, este disco deja claro que existe una intención estética mucho más amplia que únicamente la música. Para construir el universo visual del álbum, Cora Yako trabajó junto a Alberto de Santos y el fotógrafo Edu Montes incluso antes de terminar las canciones. Carlos recuerda que desde el principio tenían claro que querían involucrar a Alberto como director creativo del proyecto. “Empezamos a hablar con él muchísimo antes de acabar el disco porque queríamos que formara parte de todo el proceso visual”, explica. “Enseguida apareció la idea de los muñecos y nos enamoramos completamente de eso. A partir de ahí desarrollamos todo el universo del álbum alrededor de esa imagen”.

Aunque muchos oyentes han interpretado el álbum como un retrato generacional sobre la crisis emocional de los veinteañeros, la banda insiste en que nunca existió una intención explícita de convertirse en “la voz” de nadie. Para Luis, las canciones simplemente nacen de experiencias personales y emociones cotidianas que pueden repetirse en cualquier época. “No creo que sea algo generacional realmente”, comparte. “Estamos hablando del día a día bueno y malo de una persona de veintitantos años en una ciudad, y eso podía pasar en los 70, en los 90 o en el 2050. Nunca empezamos el disco pensando ‘vamos a hacer un álbum conceptual’. Simplemente, cuando ya estaba terminado, nos dimos cuenta de que había un hilo conductor”.

Carlos coincide con esa idea y asegura que muchas de las lecturas alrededor del disco han surgido más desde el público que desde la propia banda. “Nosotros escribimos sobre las cosas que nos pasan a nosotros. Si luego hay gente que se siente identificada, pues genial, pero no nace con esa pretensión”, afirma. De hecho, explica que el título del disco fue una de las últimas decisiones que tomaron durante el proceso creativo. “Teníamos las canciones, la portada y prácticamente todo cerrado, menos el nombre. Nos gustó porque ‘Mil pequeños cortes’ podía funcionar como una metáfora de muchas cosas que aparecen dentro del álbum sin señalar algo concreto”.

Uno de los temas más representativos de esa idea termina siendo justamente ‘Pesadillas’, la canción encargada de abrir el proyecto y que recientemente ganó notoriedad después de que el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, alabara públicamente el tema. Luis recuerda que la noticia los tomó completamente por sorpresa. “De repente vimos el móvil lleno de mensajes y no entendíamos qué estaba pasando”, cuenta entre risas. “Nos alegra muchísimo que nueva gente llegue al proyecto por cosas así”.

Más allá de la anécdota política, ‘Pesadillas’ representa perfectamente para la banda la esencia sonora del trabajo. Carlos explica que eligieron abrir el disco con esa canción porque sentían que resumía muchas de las búsquedas musicales y emocionales del álbum. “Queríamos que desde el segundo uno se notara el cambio respecto al disco anterior”, comenta. Parte de esa identidad también está ligada a una vieja idea musical que llevaban años arrastrando. “Esa intro instrumental es antiquísima”, añade Luis. “Debe tener ocho o nueve años”. Para Carlos, precisamente ahí reside parte del significado del tema: “Ese riff nos representa muchísimo y sentimos que la canción funciona como una especie de pintura de todo lo que viene después a nivel de producción y sonido”.

Aunque Cora Yako insiste constantemente en que Mil pequeños cortes no fue concebido como un álbum conceptual, el orden de las canciones sí responde a una intención muy concreta. Para la banda, el tracklist debía sentirse como un recorrido natural capaz de sostenerse de principio a fin. Carlos explica que, más allá de construir una narrativa cerrada, buscaban que el disco tuviera un flujo orgánico y dinámico. “Nos parecía la forma natural de escuchar el álbum”, comenta. “Queríamos que, si alguien se sentaba a escucharlo entero, el viaje tuviera sentido, que fuese pasando por distintos momentos y que fluyera de una manera muy guay”. Aunque probaron varias posibilidades antes de decidirse, el proceso fue mucho más intuitivo de lo que podría parecer. “No nos tiramos días pensándolo”, añade entre risas. “Lo hablamos, hicimos varias opciones y esa fue la que más nos gustó”. “Literal”, remata Luis.

Esa idea de recorrido termina alcanzando su punto final —y también su cierre simbólico— en ‘Mil pequeños cortes’, la canción que da nombre al álbum y que funciona como despedida del proyecto. Para Luis, gran parte de la decisión tuvo que ver con la sensación que deja el outro instrumental del tema. “Nos apetecía cerrar con esa porque el final va como sangrando poco a poco”, explica. “No termina con el típico acorde enorme que te puedes esperar de cualquiera, sino que se va apagando lentamente y eso nos parecía un final mucho más bonito y más original”. Además, asegura que la canción dialoga emocionalmente con el inicio del disco: “Habla un poco de lo mismo que ‘Pesadillas’: amor, desamor y todas esas cosas”.

Carlos, por su parte, reconoce que también existía algo casi circular en cerrar el álbum con la canción que le da nombre al proyecto completo. “Molaba que para llegar a ‘Mil pequeños cortes’ tuvieses que escuchar todo el disco”, comenta. “El título es lo primero que ves cuando entras al álbum, pero la canción aparece hasta el final. Era como cerrar el círculo. Quedaba redondito”.

Tras varios meses desde su lanzamiento, la mayor recompensa para la banda ha llegado lejos del estudio y mucho más cerca del escenario. Tanto Carlos como Luis coinciden en que los conciertos terminaron convirtiéndose en la verdadera confirmación del impacto que ha tenido el disco. “Ahí es donde ves realmente el fruto de haber hecho un buen trabajo”, asegura Luis. “Hasta ahora la gente no cantaba tanto las canciones en los conciertos. Hay temas de este disco que directamente sobrepasan a los altavoces”.

Para Carlos, esa conexión con el público termina justificando todo el largo proceso creativo detrás del álbum. “No hacemos música para que se quede en el ordenador”, revela. “Hacemos la música que queremos hacer, claro, pero también queremos compartirla y que la gente la escuche”. Aunque reconoce que terminar el disco ya había sido una satisfacción enorme después de tantos meses de trabajo, asegura que nada se compara con tocar las canciones en vivo y escuchar al público cantar cada palabra. “Ver a la gente coreando las canciones de principio a fin es una pasada”, concluye.

En medio del Mil pequeños cortes tour, el dúo asegura que la respuesta del público ha superado completamente sus expectativas, especialmente en ciudades como Valencia, Alicante, Barcelona y Madrid, donde varias fechas agotaron entradas con semanas de anticipación. “Está yendo mucho mejor de lo que pensábamos”, cuenta Luis. “Acabamos de volver de Valencia y Alicante y había salas llenas desde hacía dos semanas. Incluso nos arrepentimos de no haber cogido sitios más grandes”.

Más allá de los números, lo que más les ha impactado ha sido la intensidad con la que el público se ha apropiado de las canciones del nuevo álbum. Para ellos, esa energía termina confirmando que el disco logró conectar emocionalmente con la gente mucho más de lo que imaginaban durante el proceso de grabación. “Barcelona y Madrid fueron tremendos”, recuerda Luis. “Ahora quedan varios festivales y todo está yendo fantástico. Solo falta cruzar el charco e ir a Latinoamérica”.

Precisamente, la posibilidad de llevar el proyecto fuera de España aparece como uno de los grandes objetivos inmediatos. Aunque todavía no existe una fecha concreta, Luis asegura que tanto él como Carlos tienen enormes ganas de visitar la región lo antes posible. “Cuanto menos lejano esté, mejor”, comenta entre risas. “Espero que sea el año que viene. Depende mucho del agujero económico que pueda suponer porque mover todo hasta allá es tremendo, pero es de las cosas que más ilusión me haría en el mundo”. Como ocurre con muchas bandas de la nueva escena española, Ciudad de México aparece como una de las primeras posibilidades dentro de esa eventual expansión internacional, aunque Luis deja claro que su deseo sería recorrer la región completa: “Por mí, iría a toda Latinoamérica”.

Mientras ese momento llega, Cora Yako ya tiene claro que su más reciente lanzamiento todavía tiene mucho camino por delante. La gira continuará durante el verano europeo, después de verano e incluso durante buena parte del próximo año, acompañada posiblemente por nueva música. “Pueden esperar alguna canción más”, adelanta Luis con cautela. Carlos complementa la idea dejando claro que la etapa del disco aún está lejos de terminar: “Vamos a seguir girando muchísimo y seguramente a la vuelta del verano llegue alguna canción nueva”.

Cortesía

Para una generación acostumbrada a convertir la incertidumbre en canciones, Cora Yako parece haber encontrado el equilibrio perfecto entre ruido, vulnerabilidad y honestidad. Sin necesidad de discursos grandilocuentes ni de intentar representar artificialmente a toda una generación, Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza han construido un proyecto profundamente humano que conecta precisamente porque nace desde lo cotidiano, de las noches interminables, la ansiedad de crecer, las relaciones rotas, la nostalgia y el vacío que aparece cuando todo termina.

Con Mil pequeños cortes, el dúo mallorquín no solo consolidó una identidad sonora cada vez más definida dentro del nuevo indie español, sino que también confirmó que la autoproducción y la intuición todavía pueden abrirse camino dentro de una escena saturada de fórmulas repetidas. Mientras continúan llenando salas en España y sueñan con llevar sus canciones a Latinoamérica, Cora Yako parece estar viviendo apenas el comienzo de una etapa mucho más grande, una donde sus pequeños cortes emocionales siguen encontrando eco en miles de personas al otro lado de los altavoces.

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“Sin el público uno no es nada. Suena cliché, pero es la realidad: sin fanáticos, el artista no es nada”: Sech.

Después de un sinnúmero de éxitos lanzados entre 2019 y 2021, en discos como Sueños, The Academy —junto a Dalex, Feid, Lenny Tavárez, Justin Quiles y Rich Music—, 1 of 1 y 42, Carlos Isaías Morales Williams, mejor conocido como Sech, dejó un poco de lado las luces de la gran industria y la fama para centrarse en él y en su salud, una experiencia que cambió su mentalidad en muchos aspectos y lo llenó de madurez.

Desde México, el nacido en Río Abajo, Panamá, habló con ROLLING STONE en Español sobre los cambios de mentalidad que ha vivido durante su carrera, la madurez adquirida lejos de los reflectores y su nuevo disco: Secho Gang, un homenaje a quienes siempre han estado ahí, a su lado.

“La historia de la música urbana le debe mucho a Panamá, desde el reggae en español y El General. Nosotros mezclamos mucho con el dancehall y nuestra esencia es muy jamaiquina, entonces, a la hora de hacer reggaetón sonamos de manera única. Eso hace especial al reggaetón de Panamá”, empieza diciendo sobre eso tan especial que tiene el país del Canal y por qué el reggaetón panameño tiene un estilo que lo diferencia del resto.

Después de Esa noche terminó de día, el último disco lanzado en 2025, Sech regresa con Secho Gang: “Este disco es un llamado a todos mis fanáticos que me han apoyado durante mi carrera. Me perdí un tiempo por cuestiones que se salían de mis manos, pero hubo un público que siguió firme siempre conmigo. Después de dos años, pude volver a sacar música y nadie podía asegurar que me escucharían, pero la gente me siguió apoyando. Entonces, este disco es oficializar esa familia inmensa que tengo”. Y complementa: “Es un disco pa’ que la gente baile y la pase bien donde sea que se encuentre. Las canciones son del público y por eso estoy haciendo tantos meet & greet, para de verdad conectar”.

 “Cuando llegue a mi momento más alto, me voy a retirar”.

Jay Wheeler, Kris R., Lucho RK, Ryan Castro y Kybba fueron los invitados a participar en esta nueva producción, en la que, aunque no hubo mucho tiempo para grabar, Sech rescata la disposición de sus compañeros para sumarse al disco y el apoyo que recibió. “Cada colaboración fue especial por el apoyo y la disposición de cada uno de los artistas”.

Para un artista, muchas veces salir del radar de “los más pegados” o de los más escuchados suele ser una experiencia desastrosa a nivel artístico y personal, pero para Sech fue el momento justo para madurar. “Fue un momento en que me puse pa’ mí y pa’ mi salud. Bajar de peso y fortalecerme tanto física como mentalmente. Fue un break para estar con mi familia, fue un momento donde maduré y aprendí mucho”.

¿Cuál fue el mayor cambio entre ese Sech de antes y el de después del break? “Madurez en la presión con la que hacía las cosas. Antes solo me enfocaba en pegar las canciones, sin pensar si de verdad me encantaban. Ahora estoy haciendo cosas que en verdad me gustan y me apasionan, sin tanta presión”.

Y es que temas como ‘Priti’, junto a Danny Ocean, o ‘Novio No’, junto a Ryan Castro, demuestran a un Sech que sigue vigente, pero sin la gran presión de la industria.

Sech presenta Secho gang: madurez y un homenaje a quienes siempre han estado
Arturo Martínez.

Como él mismo lo explica —y como lo ha demostrado a lo largo de su carrera—, las versiones acústicas de sus canciones han jugado un papel fundamental en su obra. “Me encanta lo acústico, sobre todo por la conexión que se genera con el público. Yo lo veo en los comentarios de los videos. Son un regalo de mi parte”.

Como muchos artistas alrededor del mundo, grabar y compartir junto al canadiense Justin Bieber es uno de los mayores sueños del panameño, quien se entusiasma al mencionar que otros sueños, como grabar al lado de Daddy Yankee, Bad Bunny o Reik, ya los cumplió. Además, se refirió a nuevas generaciones que lo tienen “loco”: “Me fascina lo de Milo J y lo de Elena Rose. Tengo sus discos quemados de tanto escucharlos”.

“El futuro de la música urbana es infinito. Cada cierto tiempo nos vamos ligando a ciertas variaciones, pero es como un círculo: la tendencia del ayer vuelve a ser la del mañana. Urbano con tropical, después ligado al pop, damos vuelta con el trap y luego volvemos al reggaetón de la mata. Es algo cíclico”, reflexiona el artista sobre el futuro de los sonidos urbanos, un terreno en el que se siente cómodo desde cualquier ángulo.

Volviendo a temas de la gran industria musical, Sech siente que el mayor reto de estar en la cima es alejarse de su familia y de sus seres queridos. “El tiempo no vuelve. Los padres siguen creciendo”, dice con nostalgia.

Y al hablar del tiempo, en unos 20 años en el futuro se percibe como un ser humano tranquilo, aunque sin saber si seguirá envuelto en el universo de la música. “Cuando llegue a mi momento más alto, me voy a retirar. Yo amo la música, pero siempre he tenido en mente que cuando llegue a mi punto más alto, me voy a retirar, y sin regresos inesperados. Me retiro del todo”.

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Las primeras notas del acordeón en ‘Dime pajarito’ son el ejemplo perfecto del sentimiento propio del vallenato.

En tierra de acordeones nació Israel Romero Ospino, en Villanueva, La Guajira. Participó en el primer festival de su pueblo, que años más tarde se convertiría en el Festival Cuna de Acordeones, donde ocupó el segundo lugar. Tiempo después grabó, junto a Daniel Celedón —tío de Jorge Celedón, quien años más adelante haría parte del Binomio de Oro de América—, su primer disco. De esta primera etapa junto a Daniel Celedón resalta el éxito ‘Amanecemos parrandeando’.

En 1976 conoció y fundó, junto a Rafael Orozco, el Binomio de Oro… El resto es la historia de la agrupación vallenata más importante del país que, tras la muerte del nacido en Becerril, Rafael Orozco, se transformó en el Binomio de Oro de América. Y aunque el nombre se extendió, al igual que sus intérpretes, el acordeón de Israel Romero siguió marcando la pauta del género con un sentimiento cautivador y melancólico que, durante más de 50 años, ha enamorado y ayudado a aguantar las tusas de toda Colombia. El Binomio de Oro y, posteriormente, el Binomio de Oro de América, se convirtió sin duda en la Universidad del Vallenato.

Desde ese primer disco junto a Orozco, nombrado igual que la agrupación, se veía venir una creciente de éxitos que, con el paso de los años, se convertirían en clásicos. De ese primer álbum hace parte esa canción con la que todos los amantes del vallenato y un alto porcentaje de colombianos gritan: “Clara”, en ‘La creciente’.

Los éxitos convertidos en clásicos no cesaron: ‘Relicario de besos’, en el álbum Los elegidos; ‘Dime pajarito’, en Clase aparte; ‘Sombra perdida’ y ‘Muere una flor’, en De caché, un disco que ya empezaba a exaltar el nuevo estilo hacia el que giraba el vallenato, uno más elegante y estudiado. ‘Solo para ti’, ‘Lleno de ti’, ‘No sé pedir perdón’ y ‘Esa’ fueron algunas de las muchas canciones reconocidas de la agrupación. A esto se suma su presentación en el Madison Square Garden, donde dejaron claro por qué eran una de las agrupaciones más importantes de Colombia, plasmando en la memoria de muchos un popurrí de cumbias tradicionales.

Israel Romero: el acordeón poeta del Binomio de Oro
Cortesía.

Sin más preámbulo, los dejamos en una entrevista exclusiva para ROLLING STONE en Español de Israel Romero: 

¿Cuál diría que es la esencia vallenata?

Tanto la música como la letra tienen el mismo peso dentro de la esencia del vallenato. La música vallenata es demasiado nuestra; el acordeón vallenato es único de nuestra región y la forma en que lo tocamos es muy distinta a la de otros géneros musicales que utilizan este instrumento diatónico. Las letras son, en esencia, sucesos que hemos vivido los vallenatos, historias peculiares, y eso también es una parte vital del vallenato.

Con mi compadre Rafael Orozco modernizamos el género, pero sin perder la esencia, y eso fue algo que cuidamos mucho cada vez que innovamos. Es como en la gastronomía, hay comidas típicas que hoy se preparan de manera gourmet, pero no dejan de ser colombianas. Se puede modernizar todo lo que se quiera, sin quitarle la pureza al folclor.

¿Cómo conoció el acordeón y cómo aprendió a tocarlo?

Mi infancia estuvo llena de música. Mis dos abuelos fueron acordeonistas, mi papá fue acordeonista, mis tíos fueron acordeonistas, mis hermanos y hasta mis vecinos fueron acordeonistas. Yo nací rodeado de acordeones y desde pequeño aprendí a tocarlo. Siempre supe que a esto era a lo que me iba a dedicar.

El primer disco del Binomio de Oro, que lleva el mismo nombre de la agrupación, tuvo su primer gran éxito: ‘La creciente’. ¿Cómo fueron esos primeros trabajos y momentos junto a Rafael Orozco?

Juntarnos y formar el Binomio de Oro fue algo de mucha euforia y alegría. Ambos ya habíamos grabado y tenido uno que otro éxito, así que reunirnos fue una explosión de júbilo y esperanza.

La primera canción que grabamos en el estudio fue precisamente ‘La creciente’. Imagínate que la primera canción ya hubiera sido todo un éxito. Aunque, para serte sincero, desde el inicio supimos que esa canción iba a ser importante para nuestra música.

El Binomio de Oro se caracterizaba por tener un vallenato más melancólico y, al mismo tiempo, más elegante. ¿Por qué decidieron proyectar una imagen más sofisticada de lo que normalmente se veía en las agrupaciones vallenatas?

Desde el primer momento en que nos reunimos mi compadre Rafael y yo, decidimos forjar una institución muy organizada que mostrara una cara positiva del género vallenato en todos los aspectos, especialmente en las presentaciones en vivo.

Una vestimenta elegante y unas coreografías preparadas se mezclaban muy bien con los nuevos instrumentos que introdujimos al vallenato, sumado a las letras que interpretábamos: letras muy poéticas que pudieran permanecer en el tiempo y convertirse en clásicos, como finalmente sucedió.


“Música hay bastante. Creo que lo fundamental para la preservación del vallenato son las letras. También es importante que cada artista encuentre su propio estilo, porque hoy en día muchos se parecen entre sí”.


¿Cuál diría que fue el gran legado de ese primer Binomio de Oro?

Con mi compadre Rafael escogimos muy bien las canciones, sus letras y melodías. Dejamos un mensaje, una estela de positivismo en la gente. Sobre todo, elegimos canciones que no maltrataran al género femenino ni a la sociedad en general; nosotros queríamos dejar alegría en la gente.

Hay dos momentos muy fuertes dentro de su carrera como artista. ¿Cómo fue alejarse de los escenarios durante el cáncer y qué sintió en su regreso?

Fue un momento muy duro, porque uno no se prepara para eso. Yo no sabía lo que era estar enfermo; nunca en mi vida lo había estado. Recuerdo la noche en que me di cuenta de mi enfermedad. “La gente no valora lo que es la salud, uno no cree que le pueda pasar esto”, fue lo que pensé en ese momento.

Fue una época de mucha tristeza y, al mismo tiempo, de mucha reflexión. Hay muchos artistas que han muerto en accidentes siendo muy jóvenes. Recuerdo pensar en eso y creer que yo iba a ser parte de esos artistas que fallecieron a corta edad, aunque en mi caso por la enfermedad.

Tiempo después, cuando me sentí recuperado y pude volver a los escenarios, volví a ver la luz y te aseguro que veía todo más bonito. La primera vez que me presenté nuevamente fue en San Cristóbal, Venezuela, y fue inolvidable. Volví a sentirme fuerte al momento de tocar.


“Dejamos un mensaje, una estela de positivismo en la gente. Sobre todo, elegimos canciones que no maltrataran al género femenino ni a la sociedad en general”.


La muerte de Rafael Orozco fue durísima para toda Colombia. ¿Pensó en dejar la música, ya que Orozco no iba a estar a su lado?

La muerte de Rafael Orozco tuvo muchas aristas para mí. Lo primero que pensé fue en retirarme de la música. Perdí la motivación y sentía que ya había hecho lo que tenía que hacer dentro del folclor vallenato, que nuestro legado había llegado hasta ahí.

La tristeza fue muy profunda, un sentimiento que después se transformó un poco en rabia por tantos comentarios negativos y mentiras que se dijeron alrededor. Eso también me quitó toda motivación para continuar en la música.

Me fui para Venezuela a trabajar como comerciante por un tiempo. Con el pasar de los días, la gente empezó a preguntarme en la calle por qué no volvía a grabar. Me llamaron disqueras, empresarios y compositores, pero definitivamente yo había decidido no regresar.

Un día, en una bomba de gasolina, me encontré con una niña que vendía chicles. Se me acercó y me dijo: “¿Usted quiere hacerse famoso?”. Yo le respondí, molestando, que sí, y ella me contestó: “Hágase pasar por el del Binomio de Oro”. Que una niña me dijera eso me hizo reflexionar sobre el legado del Binomio de Oro y entender que una agrupación tan fructífera no podía desaparecer. Ahí fue cuando regresé.

¿Usted está de acuerdo con la denominación “vallenato chillón”?

Yo no estoy de acuerdo con ningún término que pueda sonar despectivo hacia la música. Todos los géneros tienen música buena y música mala.

El vallenato se ha distinguido por ser una música con expresión y contenido, que además se baila y se dedica; por ejemplo, el reggaetón no está hecho para dar serenatas. Entonces, todos esos ingredientes importantes que posee el vallenato hacen que términos como “vallenato chillón” o “vallenato llorón” terminen siendo acuñados por personas a las que simplemente no les gusta el género, porque en realidad son canciones excelentes con mensajes muy bonitos. No hay manera de taparle la boca a la gente [risas].

La época dorada junto a Jean Carlos Centeno y Jorge Celedón ya consolidó al Binomio de Oro de América. ¿Cómo fueron esos tiempos?

Específicamente ellos dos fueron quienes más grabaron éxitos rotundos. Fue muy bonito trabajar a su lado, pero, como todo, llegó el momento en que partieron. Los muchachos que vinieron después también tenían muchas ganas de hacer las cosas bien y de dejarse enseñar.

Todos los que han pasado por el Binomio de Oro han dejado su huella y han aprendido. Siento que la mayoría, al salir de la agrupación, brillaron con luz propia y terminaron haciendo parte de la Universidad del Vallenato. Duván Bayona, Alejandro Palacios… A todos los que han pasado les agradezco infinitamente y también a Dios por ponerlos en mi camino. Y gracias, además, porque tuve la sabiduría para saber dirigirlos, una sabiduría que viene de la dinastía de mi familia, porque mis hermanos siempre han estado a mi lado y al lado de la agrupación.

Ahora que mencionas la Universidad del Vallenato, ¿qué crees que es lo más valioso que se lleva cada persona que pasa por el Binomio de Oro?

Lo que le transmito a la gran mayoría de los cantantes es el sentimiento que debe estar presente en cada canción, que fue precisamente lo que hizo Rafael Orozco: convertir cada interpretación en algo profundamente sentido y, al mismo tiempo, muy profesional.

A todos les he puesto las canciones de Rafa para que vieran cómo se expresaba, y eso es lo más valioso que se llevan del Binomio de Oro: convertirse en grandes profesionales a nivel interpretativo.

Cortesía.

El disco 2.000 está repleto de éxitos: ‘Un osito dormilón’, ‘Olvídala’, ‘No puedo olvidarte’… ¿Por qué decidieron que la portada del álbum fuera de ustedes vestidos como astronautas?

El año 2000 se veía muy lejano, pero a medida que se acercaba, se me metió en la cabeza todo el tema de la tecnología, los viajes espaciales y toda esa vaina. La NASA siempre ha estado a la vanguardia, así que decidí que nos vistiéramos de esa manera y, sin duda, terminó siendo una portada memorable para Colombia.

Dentro de los artistas más escuchados en Spotify siempre van rotando los éxitos del momento, pero el Binomio de Oro de América siempre está presente. ¿A qué cree que se deba que músicas como el reguetón sean tan efímeras y, por ejemplo, sus canciones, pese al paso de los años, sigan siendo de las más escuchadas en nuestro país?

Por eso siempre les he aconsejado a las nuevas generaciones que graben canciones con contenido, con poesía y buenas expresiones, para que no pasen de manera ligera por el público.

La fuerza expresiva que tiene el vallenato ha sido lo que nos ha consagrado en Latinoamérica como uno de los géneros que más ha influenciado a otros estilos musicales. La salsa se surtió del vallenato: grandes intérpretes como Héctor Lavoe, El Gran Combo de Puerto Rico o Ismael Rivera grabaron vallenatos. ‘La verdad’, de Héctor Lavoe, producida por Willie Colón en el disco Comedia, fue un vallenato escrito por Freddy Molina. El Gran Combo de Puerto Rico versionó ‘Nido de amor’ y ‘Matilde Lina’, dos canciones fundamentales del folclor vallenato.

También el merengue dominicano, encabezado por Wilfrido Vargas, quien incluso cantó vallenatos con nosotros. En México y Argentina ni se diga, llevan muchos años versionando vallenatos. Incluso la bachata, en un altísimo porcentaje, se nutrió del vallenato.

¿Cómo pudimos influenciar a todos esos géneros? Por las letras y las expresiones, tanto así que hasta Julio Iglesias grabó ‘La gota fría’. Cada canción es una radiografía de nuestra idiosincrasia.


“El vallenato se ha distinguido por ser una música con expresión y contenido, que además se baila y se dedica; por ejemplo, el reggaetón no está hecho para dar serenatas”.


Hace no mucho murieron Omar Geles y Egidio Cuadrado… Los grandes maestros del vallenato ya están partiendo. ¿Cómo ve el futuro del vallenato?

Yo diría que los muchachos que están haciendo vallenato y que viven en Valledupar, quienes vienen proponiendo algo muy alegre, pueden hacer que el vallenato siga vivo por muchos años más, siempre y cuando escuchen los consejos de quienes fuimos sus antecesores.

Música hay bastante. Creo que lo fundamental para la preservación del vallenato son las letras. También es importante que cada artista encuentre su propio estilo, porque hoy en día muchos se parecen entre sí. El vallenato tiene una gran proyección; artistas como Los Gigantes del Vallenato o Hebert Vargas siguen vigentes y, con el tiempo, serán aún más grandes.

Para terminar, ¿cuál es el gran legado de Israel Romero y cuáles son sus canciones favoritas del Binomio de Oro y del Binomio de Oro de América?

El gran legado es todo lo que hemos hablado ahorita: la organización, la internacionalización del vallenato, toda la gama de éxitos que dejamos y esa estela de disciplina en los músicos. Mis canciones favoritas son las mismas de todos [risas]: ‘Dime pajarito’, ‘Olvídala’, ‘Relicario de besos’, ‘La creciente’, ‘Si tu amor no vuelve’ y ‘Un osito dormilón’.

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Wolf Alice:

La carrera de Wolf Alice está marcada por el cambio constante y por la inconformidad como pulso creativo. Por eso cada uno de sus discos suena a una búsqueda consciente de distanciarse, espiritual y musicalmente, del anterior. Si My Love Is Cool (2015) fue la explosión de una banda que estaba encontrando su identidad entre […]

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“Yo creo que lo más cool es que empiezo una historia desde cero, y eso es lo que más me emocionó de este proyecto”, comenta Álvaro Díaz a ROLLING STONE en Español sobre Omakase, su lanzamiento más reciente, durante su paso por Bogotá.

En medio de su visita al país, el puertorriqueño aprovechó la ocasión para compartir un momento especial con sus fanáticos desde una terraza en la conocida Zona T de la capital, donde —frente a una gran multitud de seguidores con pancartas, gorras y camisetas referentes a su trayectoria— presentó algunos adelantos del disco, el primero en dos años, rodeado de incógnitas, pistas, grandes sencillos y, sobre todo, un concepto simple pero poderoso: hacer lo que le dé la gana.

Como explica el mismo Álvaro, este nuevo trabajo llega después de dos arcos fundamentales dentro de su carrera: Felicilandia y SAYONARA —reconocido por ROLLING STONE en Español como el mejor lanzamiento hispano de 2024—, proyectos con los que alcanzó reconocimiento internacional gracias a una propuesta disruptiva que nunca se limitó a un solo género, abarcando desde reggaetón y sonidos más cercanos a lo urbano, hasta el R&B y corrientes alternativas, a la par que consolidaba un universo narrativo propio. “Siento que Felicilandia tenía una idea clara desde el principio, SAYONARA también, y estaban conectados de cierta manera. La misma historia de amor en la vida real es la que inspira ambos álbumes”, comparte Díaz.

De esa manera, mientras el primero exploraba un imaginario fantasioso, melancólico y emocional bajo la idea de un parque de diversiones donde “los niños tristes buscan ser felices”, el segundo funcionó como el cierre definitivo de esa historia: un adiós marcado por la despedida, el duelo y la necesidad de cerrar puertas. Es precisamente desde ese final donde nace Omakase, un disco construido desde la libertad absoluta.

Proveniente de la gastronomía japonesa, el concepto de omakase (おまかせ) consiste en dejar la experiencia culinaria en manos del chef, confiando plenamente en su criterio y visión. Díaz adapta esa idea en este nuevo proyecto, donde el oyente simplemente debe dejarse llevar por lo que el artista quiera servir.

“No solamente quería crear un álbum; quería crear una experiencia para todos ustedes”, reveló el cantante mediante un audio publicado en SoundCloud. “Me enamoré de poder contar una historia sobre el proceso de cómo cocinamos y compararlo con cómo cocinamos en el estudio”. De esa manera, Álvaro señala que “quería esa libertad de poder empezar de cero, de poder enamorarme de sonidos nuevos, enamorarme de todo de nuevo, y creo que eso me ayudó a no sentir que estaba limitado por algo”.

La relación de Álvaro con la cultura japonesa no es reciente. A lo largo de su carrera, el puertorriqueño ha dejado ver una fascinación constante por el cine, el anime, la moda y la estética nipona, referencias que atraviesan desde lo visual hasta lo conceptual dentro de su música. “Desde pequeño, viendo películas de Studio Ghibli, siempre me llamaba la atención la cultura japonesa”, explica el cantante. “Cuando vi Akira por primera vez me acuerdo que me voló la cabeza. Yo creo que por ahí empieza el amor”.

Más allá del entretenimiento, Díaz recuerda sentirse atraído desde niño por el estilo visual del país del sol naciente, incluso sin entender completamente su significado. Posters de películas con tipografías en japonés, portadas inspiradas en publicaciones japonesas y, eventualmente, un viaje a Tokio —ciudad que describe como “una de las que más te explota la cabeza”— terminaron consolidando una influencia que hoy atraviesa gran parte de su universo creativo.

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Más allá de la estética y las referencias culturales, Omakase adopta incluso la lógica de la cocina dentro de su estructura. El álbum está dividido en cuatro fases —cada una compuesta por cuatro temas— inspiradas en la preparación de un plato.

La primera, conformada por ‘SICHEF.’, ‘MDF.’, ‘SELEDA.’ y ‘BIMEL.’, representa la etapa cruda de la preparación: el momento en que todos los ingredientes están sobre la mesa, algunos incluso aún descongelándose y sin nada listo todavía. La segunda, integrada por ‘PIENSO EN TI.’, ‘PERDISTE EL EMMY. (ft. Tainy)’, ‘TREINEL. (ft. Rubí)’ y ‘EN LA MISMA CIUDAD. (ft. Jesse Baez)’, simboliza el instante en que el chef comienza a sazonar y condimentar cada elemento.

La tercera fase —compuesta por ‘KILO. (ft. Akriila)’, ‘BABYRECORDS.’, ‘SPACEXXX.’ y ‘MALASNOTICIAS. (ft. Latin Mafia)’— representa el momento en que la preparación finalmente pasa por el fuego y termina de cocinarse. Por último, la cuarta parte, constituida por ‘INAROW62.’, ‘NO PODEMOS SER AMIGOS.’, ‘OVELNAIT.’ y ‘LAULTIMACENA.’, refleja el momento del emplatado: “lo que queda cuando ya está todo cocinado”, llevando el recorrido desde lo más visceral hasta el instante final de servir la experiencia completa al oyente.

A partir de ese concepto, Díaz se permite explorar sonidos y emociones que, según él mismo afirma, difícilmente habrían tenido espacio dentro del universo de sus trabajos anteriores. “Hay canciones en este proyecto que quizás no se hubiesen sentido en SAYONARA o en Felicilandia. Temas como ‘SICHEF.’, ‘MDF.’, ‘OVELNAIT.’ o ‘LAULTIMACENA.’ tal vez no harían sentido ahí, pero aquí caen perfecto, y más porque todo está en las manos del chef”, comenta.

Esa libertad también se traduce en la manera en que el disco atraviesa distintos estados emocionales a lo largo de sus cuatro etapas, pasando de canciones más agresivas a otras marcadas por el agradecimiento, el deseo o una visión más pura del amor. Díaz compara ese recorrido con el mismo proceso de cocinar: “Puedes escuchar una canción súper ruda, una canción súper agradecida, una canción de amor un poco sexual y de momento una canción de amor más pura”, detalla el artista, quien además señala que el oyente puede incluso identificar momentos donde “se nota que aquí estaba crudo todavía”.

“Hoy Takashi es el fokin chef”: Álvaro Díaz presenta Omakase
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Esa misma intención de construir una experiencia cuidadosamente diseñada también se refleja en las colaboraciones del álbum. Más allá de reunir nombres por impacto o popularidad, Álvaro Díaz asegura que cada artista invitado fue pensado para ocupar un lugar específico dentro del proyecto. “A mí me gusta crear un momento para los artistas invitados”, cuenta el cantante, recordando colaboraciones pasadas como la de Nsqk en ‘MAMI 100PRE SABE (INTERLUDE)’. “Yo no tengo cien canciones y digo: ‘móntate en cualquiera’. No. Yo pienso ‘esto es lo que quiero hacer con este artista’”.

Uno de los featurings que mejor representa esa idea es ‘KILO.’ junto a Akriila, una de las artistas más relevantes de la escena alternativa hispana y con quien Díaz mantiene una relación cercana desde hace varios años. El puertorriqueño explica que descubrió su música gracias a Pablito —manager de Tainy—, quien le recomendó escuchar ‘MONA XINA.’. “Escuché esa canción y me explotó la cabeza”, cuenta. “Y de casualidad iba para Chile la otra semana y ahí la conocí”. También revela que originalmente estaba previsto que participara en Epistolares, el debut de la chilena, aunque finalmente no logró concretarlo debido a su agenda de conciertos.

Desde entonces, la relación entre ambos artistas fue creciendo hasta desembocar finalmente en este disco. Según comparte Díaz, mientras trabajaba en ‘KILO.’ entendió rápidamente que Akrii era la única artista capaz de llevar la canción al nivel que estaba buscando. “Teníamos unas voces de FKA twigs que íbamos a usar, pero al final terminamos usando un terminadito de ella y yo dije ‘la única artista que puede hacer algo aquí a este nivel es Akrii’”.

El resultado terminó convirtiéndose no solo en una de las colaboraciones más llamativas, sino también en un momento importante para la artista chilena, marcando su primera vez trabajando junto a nombres como Tainy o El Guincho. “Ellos estaban súper pompeados con ella y ella súper pompeada por eso”, añade Díaz. “Fue bien cool”.

Dentro del universo conceptual del proyecto, uno de los elementos más llamativos para el público fue el símbolo que representa el álbum (>|<). Aunque asegura que más adelante llegarán más detalles sobre su significado, Álvaro comenta que el logo nació gracias a Milkman, uno de sus grandes amigos y colaborador creativo, quien lamentablemente falleció en febrero de este año.

La idea surgió durante las primeras conversaciones alrededor de Omakase, cuando Milkman —a quien describe como “un fucking genio creativo”— insistió en que la cara del trabajo debía centrarse visualmente en la letra K y no en la O del título. “Cuando él vio el nombre me dijo ‘cabrón, no puedes usar la O, tienes que usar la K’”, recuerda Díaz. “Vino, escribió omakase, circuló la K y me dijo ‘tienes que hacer algo con esto’”.

A partir de ahí, el cantante comenzó a buscar un significado alrededor de la letra hasta encontrar inspiración en el símbolo utilizado para cerrar las puertas de los ascensores, una imagen que terminó conectando directamente con el concepto detrás del disco y el cierre emocional de SAYONARA. “Cuando decimos adiós, ¿qué hacemos? Cerramos puertas”, explica el puertorriqueño. “Y cuando tienes la oportunidad en tu vida de sentirte atado a algo y de momento ser libre, te das cuenta que puedes hacer lo que tú quieras”.

Esa idea de cerrar ciclos y encontrar libertad se convirtió rápidamente en una de las bases conceptuales del álbum. Para Díaz, el símbolo no solo representa las dos Ks escondidas dentro del nombre, sino también la posibilidad de abrir una nueva etapa creativa donde pudiera experimentar sin restricciones. “Con este proyecto siento que puedo hacer lo que me da la gana, que prácticamente es lo que es un omakase: lo que al chef le da la gana”.

Con el paso de los meses, el logo terminó convirtiéndose en uno de los elementos más reconocibles de esta nueva era. Gorras, esmaltes, anillos y distintas piezas de merch —muchas de ellas incluso no oficiales— comenzaron a circular entre sus seguidores, marcando distancia con la iconografía de Felicilandia y SAYONARA, representada anteriormente por personajes como Coco y Coca. “Vi como un reto cambiar eso y creo que lo logré con el logo”, asegura Díaz. “Todo el mundo empezó a hacer su propia versión, y eso vale también”.

La influencia de Milkman dentro de Omakase no se limitó únicamente al logo del proyecto. Según cuenta Álvaro, el artista también tenía una faceta como productor y acumulaba cientos de demos inéditos que despertaban la curiosidad de todo su círculo cercano, incluyendo nombres como C. Tangana o JHAYCO.

“El cabrón, cuando le pedíamos demos y le decíamos como ‘chico, dame esta pista, acho’, nos decía ‘este demo va para mi segundo álbum, este va para el cuarto’”, recuerda Díaz entre risas. “Casi nunca nos daba sus creaciones”. Sin embargo, y de manera completamente inesperada, Milkman terminó enviándole una de esas maquetas a Álvaro. “Un día, de la nada, me manda un mensaje con un demo y me dice ‘haz lo que quieras con esa’”, cuenta el cantante. A partir de esa idea nació ‘PIENSO EN TI.’, una de las canciones más personales dentro del trabajo.

Debido a ese momento —y especialmente tras la muerte de su amigo—, Díaz señala que el tema terminó adquiriendo un valor sentimental enorme dentro del proyecto, funcionando también como una especie de homenaje involuntario a una de las mentes creativas más importantes detrás de esta nueva etapa.

“Lo que quisiera es que se lo disfruten, que no le pongan caja”, comenta Alvarito sobre lo que espera que el público se lleve después de escuchar el disco. Para este punto de su carrera, el puertorriqueño asegura que su principal interés está en seguir sorprendiéndose a sí mismo, incluso si eso significa alejarse de fórmulas seguras o sonidos cómodos. “Creo que este álbum, si vienes de escuchar SAYONARA o Felicilandia, lo vas a sentir medio unexpected, como que ‘párate, Alvarito se fue pa’l carajo’”, comenta entre risas. “Y yo creo que ese es el tipo de artista que quiero ser”.

Esa necesidad de mantenerse en constante movimiento es precisamente lo que lo llevó a experimentar con sonidos poco habituales dentro de su catálogo, como la cumbia presente en ‘PIENSO EN TI.’, además de explorar estructuras y dinámicas que, según él mismo reconoce, difícilmente encajan con lo que actualmente domina la escena puertorriqueña. “Nadie de Puerto Rico está haciendo este tipo de música, y eso me emociona porque es un súper reto”, explica Díaz. “Este disco puede irle cabroncísimo y puede irle fatal, pero mientras yo sienta que estoy tomando riesgos, siento que estoy ganando”.

Más allá del sonido, el artista también asegura que gran parte de Omakase nació de querer construir experiencias memorables alrededor de la música: listening parties en restaurantes, adelantos exclusivos para fanáticos e incluso sesiones creativas realizadas en espacios gastronómicos junto a otros colaboradores. “Siempre pienso en Alvarito de 16 o 17 años”, comenta. “Pienso qué me hubiese gustado que mi artista favorito hiciera por nosotros y trato de convertirme en ese artista”.

Bajo esa filosofía, Díaz asegura sentirse cómodo ocupando un lugar difícil de clasificar dentro de la música latina actual. “La gente que me ama no me ve como oveja negra, pero la gente de otros lados sí”, afirma. “El corillo del reggaetón no me ve como reggaetón, el corillo de la música alternativa no me ve como música alternativa, el corillo del hip-hop no me ve como hip-hop. Es como su propio universo y eso me emociona mucho”.

Al final, quizás ahí está precisamente la esencia de Omakase: un proyecto que, como el concepto japonés del que toma su nombre, funciona mejor cuando simplemente se confía en la visión del chef; uno experimental, profundamente melancólico y dueño de una de las propuestas más singulares dentro del panorama latino actual. 

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En tiempos donde todo parece diseñado para medirse, optimizarse y consumirse rápidamente, Leo Rizzi decidió ir en la dirección contraria. Su segundo álbum, La Belleza de las Flores, nace como una respuesta a la velocidad de la comunicación, a la presión constante por convertir el arte en contenido y a la sensación de estar perdiendo aquello que vuelve significativa a la música.

Inspirado por las ideas del filósofo coreano Byung-Chul Han, Rizzi construyó un disco que reflexiona sobre la presión de las redes sociales, la obsesión por los números y la necesidad de recuperar una relación más honesta con la música. 

La Belleza de las Flores también parte de una búsqueda personal de crear desde un lugar genuino, lejos de las fórmulas de viralidad y de la exigencia constante de resultados inmediatos. Desde la idea de “habitar un limbo de lo bello”, el álbum se pregunta cómo seguir haciendo arte desde la autenticidad dentro de una industria que constantemente empuja hacia el rendimiento y la exposición. En conversación con ROLLING STONE en Español, Leo Rizzi habla sobre esa postura y el momento en que entendió que se estaba “convirtiendo en el empresario que prometió destruir”.

¿Cómo te sientes a tres días de lanzar el álbum? ¿Sientes incertidumbre, emoción…?

Pues la verdad es que para la incertidumbre aún queda lugar. Siento que cuando salga el disco y empiece a moverse voy a ver realmente qué pasa. Tengo ganas de eso. Creo que el viaje va a ser largo y, bueno, también están los nervios, ¿no? Porque al final hay una presentación, hay invitados, estoy enseñando el disco… Pero creo que me reservo esa incertidumbre y esos nervios para todo el año, porque siento que van a pasar muchas cosas.

Leo Rizzi encuentra refugio en La Belleza de las Flores
Cortesía 

Hablamos cuando sacaste Pájaro Azul, que es tu álbum debut. A veces el proceso después del debut es complicado, pero parece que para ti ha sido un periodo muy creativo, ¿cómo ha sido este proceso entre álbumes?

Justo después de terminar Pájaro Azul ya estaba componiendo cosas nuevas. Soy muy inquieto a la hora de componer, me encanta componer todo el rato y, de alguna forma, no se me hace difícil. Ya cuando se acerca el deadline es como que los deberes ya estaban hechos desde antes, cuando no había presión, así que eso me da un poco igual.

Lo que sí ha cambiado es cómo he producido y con quién me he juntado para hacer alianzas. Y de alguna forma miro para atrás y digo: vale, Pájaro Azul llevó muchísimo curro y en su momento me parecía un proceso loquísimo, pero ahora miro este disco y pienso: es que esto ha sido el doble de proceso. Y se nota. Se nota en la definición del sonido, en la coherencia, en las letras también. Siento que no me he quedado con lo primero que salía, sino que le he dado más vueltas para que todo fuera más simple y se entendiera mejor. Y creo que lo he conseguido. Estoy contento con eso, tío.

Tu nuevo disco parte de una idea de la profanación de lo sagrado y la velocidad de la comunicación, ¿en qué momento sentiste necesario hacer un álbum desde ese lugar?

En el momento en el que me doy cuenta de que me estoy convirtiendo en el empresario que prometí destruir. Empiezo a notar que estoy intentando viralizarme a mí mismo con estrategias y fórmulas y digo: esto no tiene sentido. Ahí es cuando me encuentro con Byung-Chul Han, que se convierte un poco en un maestro para mí, aunque él no lo sepa. Y me enseña muchísimas cosas que tienen que ver con valores, con una forma de vivir. Ya ni siquiera con la música, sino con cómo planteo mi existencia en este contexto y en este mundo. Y de alguna forma me doy cuenta de que me estaba intoxicando, casi como una droga, con todo el tema de las redes sociales, la exposición y obligarme a mostrarme de una forma bestia para conseguir resultados. Todo basado en el rendimiento. Entonces la idea del disco nace de entender el valor que tiene el arte por sí solo y de dejar de ser tan hostil conmigo mismo en ese sentido.

Citaste la frase “la belleza de las flores se debe a un lujo que está libre de toda economía”, pero ¿cómo sostienes esa postura en una industria que funciona al revés? 

Como cualquier utopía, creo que las utopías sirven para poner un punto en el horizonte y caminar hacia él. Yo ahora mismo sigo siendo una persona y un artista que todavía tiene mucho puesto en las redes sociales, claro, porque quiero vivir con la música, pero siento que el camino hay que construirlo, porque el que ya está hecho me parece poco honesto.

Igual paso baches, igual vienen momentos malos, igual mañana no me escucha tanta gente, pero creo que todo este viaje también me ha hecho más humilde. Entender la música no como un instrumento para ponerme encima de ella, sino como algo que me hace feliz. No quiero usar la música para hacerme rico económicamente. Me hago rico de otras formas con ella. Y es difícil aceptar eso porque la industria te vende muchos lujos cuando llegas a cierto lugar. Pero al final eres clase obrera de la música. Eres obrero de la música y está bien. Y esa narrativa me emociona muchísimo más que la idea de ser rico y tener cuatro Lamborghinis.

Cortesía 

Me gusta esa distinción que haces de no vivir de la música, sino vivir con la música, ¿cuál es la diferencia?

Lo que te decía: vivir de la música es intentar exprimirla para que cumpla todos tus deseos o para vivir una vida soñada. Vivir con la música es aceptar lo que la música te da cuando la compones y cuando la compartes. Y desde ahí siento que todo es más fácil. Le pones menos presión a las cosas y, cuando las presionas menos, salen con mucha más naturalidad.

Hablas también de que quieres habitar un “limbo de lo bello”, ¿cómo te imaginas ese limbo?

Creo que tiene muchísimo que ver con la autenticidad y con la genuinidad desde la que hacemos las cosas. Siento que lo bello está directamente relacionado con lo sagrado. Hay una frase muy buena de Byung-Chul Han que dice que durante mucho tiempo la palabra “fair”, o sea “justo”, también estaba relacionada con lo bello. Cuando algo era justo, también era bello. Y creo que ese es el camino. Entender la justicia como belleza y no la belleza como algo superficial. Porque muchas veces algo puede parecer bello por fuera, pero si del otro lado hay sufrimiento, entonces ya no es verdaderamente bello. Ahí está un poco el centro de todo esto.

¿Qué literatura recomiendas de Byung-Chul Han? A mí me recomendaron La sociedad del cansancio.

Ese es como su hit. Yo empecé por La desaparición de los rituales y me enamoré de Byung ahí. Ese libro habla mucho de recuperar ciertas narrativas y tradiciones para vivir. Critica cómo en Occidente reemplazamos esas narrativas por el consumo y la producción. Es como producir para consumir y consumir para seguir produciendo, y ya está. No hay otra narrativa. Y ese libro fue la primera semilla para entender muchas cosas. Luego La salvación de lo bello me parece brutal. Empieza preguntando qué tienen en común la depilación brasileña, el iPhone y Jeff Koons. Y todo tiene que ver con la superficie lisa, con la ausencia de fricción. Con cómo vivimos intentando evitar el conflicto y terminamos construyendo una sociedad homogénea.

Y luego La crisis de la narración, que habla de cómo el storytelling ha sustituido a la narración real. Ya no contamos historias de verdad; solo trasladamos información para vender cosas. Todos sus libros tienen algo muy potente. Para mí ya son casi un manifiesto de vida.

Claro. Y me imagino que también es interesante verlo desde hacer pop, ¿no? Porque la palabra pop hace referencia a lo popular, lo que se vende. ¿Qué significa para ti hacer pop hoy?

Para mí hacer pop es conectar con la gente. Conectar con algo que todos compartimos por dentro. Al final, cuando uno hace pop, quiere celebrar con la gente. Quiere cantar con la gente. Porque los que hacemos música no queremos cantar para nosotros mismos. Eso ya lo podemos hacer en casa todos los días. Hay un deseo de conexión muy grande detrás de todo eso.

En tu post de redes hablas de que no se debe datificar ni cuantificar lo invisible, me gustó esa frase, ¿es una reacción a cómo se consume música hoy?

Sí, totalmente. Byung habla mucho de la datificación y me parece un concepto muy interesante. Hoy todo se intenta medir con números. Tienes relojes inteligentes que miden tus pasos, tus variables físicas… todo tiene que convertirse en datos. Y claro, la música también, porque está dentro de una industria que necesita esos números para decidir qué vale y qué no. Pero siento que hay que escapar de eso. Intentar crear momentos honestos que no necesiten cuantificarse. Espacios donde simplemente sientas algo de verdad. Y este disco nace un poco desde ahí. Desde decir: yo hago esto porque me nace, porque me apetece, y ojalá quien esté al otro lado también entienda que puede hacer lo mismo. Y ojo, tampoco quiero quedar como alguien perfecto. Seguro que a veces me contradigo y me entra la neura de querer pegar una canción en TikTok. Todos intentamos ser nuestra mejor versión. Pero el mensaje que quiero dar, para mí y para un mundo mejor, es ese.

Cortesía 

Esto de vivir desde la verdad o evitar un limbo de lo bello, ¿cómo se traduce en decisiones concretas en el disco? ¿Cómo trabajaste la parte de letra, sonido, producción, silencios?

Fíjate que tiene mucho que ver con lo invisible. No te podría decir “hicimos esto” o “quitamos aquello”. Más bien era notar cuándo algo estaba en paz dentro de mí. Cuando conseguía callar todas esas voces y dejaba de pensar en referencias, en minutajes, en fórmulas o en si algo iba a funcionar, ahí era cuando decía: vale, esto ya resuena conmigo. Y ya está. Simplemente conectar conmigo y con el viaje del disco. Como una planta que hace una flor sin pensar en comercializarla. Pues un poco así. Hacer canciones simplemente por amor a hacerlas.

El disco empieza con ‘Puro’, una canción cuyo visual muestra a un caballero quitándose la armadura. Es ese gesto como de quitarse capas, ¿no? ¿Cómo se conecta con la idea del álbum? 

Justo. ‘Puro’ abre el disco porque habla de esa intención de encontrar la pureza. También de purificación y de nuevo comienzo. Quitarme esa armadura simbólicamente significa querer volver al origen, quitarme corazas que uno se pone para sobrevivir dentro de esta industria tan hostil. Muchas veces te venden la idea de que tienes que convertirte en ese caballero perfecto, lleno de armaduras y artificios, pero en el fondo, para ser feliz con lo que haces, tienes que abrazar tu verdad y tu origen. Ser honesto con eso.

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