El pasado 31 de mayo en la noche, con casi el 99,5 % de las mesas informadas, gran parte de los colombianos se llevó una sorpresa al ver que Iván Cepeda, candidato del partido de gobierno, el Pacto Histórico, quedó segundo con cerca del 41 % de los votos (9.688.245), detrás del candidato de extrema derecha Abelardo de la Espriella, quien rozó el 44 % (10.361.413). Todo esto después de una campaña que, para algunos simpatizantes, resultó algo insípida y estuvo basada casi exclusivamente en la idea de “ganar en primera vuelta”.
Ante este panorama, Cepeda está obligado a buscar al menos tres millones de votos más, esperando que a los más de diez millones obtenidos por de la Espriella se sumen también el más de millón y medio de electores que escogieron a la candidata uribista Paloma Valencia. Fue así como desde el lunes comenzó una campaña completamente distinta, tanto desde la calle como desde las redes sociales.
Entre el 1 y 2 de junio, en Instagram y especialmente en X (antes Twitter), comenzaron a circular publicaciones en las que, para sorpresa de muchos, la comunidad del K-pop —las famosas kpopers— hizo público su apoyo a la candidatura de Cepeda. Esto ocurrió a través de múltiples perfiles que hasta entonces se limitaban a compartir rumores y noticias sobre grupos como BTS o NewJeans, pero que ahora parecen haberse convertido en cuentas de militancia digital, ensalzando las propuestas del Pacto Histórico, pero especialmente atacando a de la Espriella.
Algo cierto es que muchas cuentas y personas pertenecientes a la comunidad, aunque todavía sin tanta fuerza, ya venían mostrando su rechazo hacia Abelardo. Muchas de ellas citaban el famoso momento en el que el candidato habló sobre maltrato animal y matar gatos, declaraciones que desde hace meses circulan ampliamente en redes. Sin embargo, el inesperado segundo lugar de Cepeda en las votaciones hizo que muchas de estas cuentas tomaran un papel mucho más activo, compartiendo consignas como “Tenemos 21 días para ganar” o “No queremos que un asesino de gatitos nos gobierne”.
Aunque para muchos este apoyo puede parecer extraño o incluso anecdótico, la relación entre comunidades del K-pop y el activismo político no es nueva. Durante las protestas de 2021 en Colombia, varias cuentas de fans ya habían participado activamente en redes sociales, difundiendo información sobre movilizaciones y haciendo denuncias públicas sobre abusos de poder contra manifestantes.
La diferencia ahora es que el apoyo ya no se limita únicamente a causas sociales o coyunturales, sino que parece haberse convertido en una toma de posición electoral mucho más clara. En cuestión de horas, hashtags, imágenes editadas, videos y publicaciones comparando a ambos candidatos comenzaron a multiplicarse en X, replicando dinámicas que estas comunidades llevan años perfeccionando dentro de internet.
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Este movimiento también llega en un momento en el que el petrismo parece haber entendido que buena parte de la campaña presidencial se jugará en redes sociales. Durante los últimos días, figuras cercanas al gobierno y sectores afines al Pacto Histórico han intensificado su presencia digital, acercándose a streamers, creadores de contenido e influencers para intentar conectar con votantes jóvenes de cara a la segunda vuelta. Incluso el propio presidente Gustavo Petro se ha prestado para entrevistas, transmisiones y videos junto a distintos creadores de contenido en medio de las semanas más decisivas de la campaña.
Por ahora, el fenómeno de las kpopers apoyando a Iván Cepeda sigue creciendo entre publicaciones virales y discusiones políticas. Lo que comenzó como algo que muchos tomaron como una broma en redes sociales parece haberse convertido en otra muestra de cómo los fandoms digitales pueden transformarse rápidamente en maquinaria de movilización política.
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La primera vuelta presidencial dejó una fotografía clara del momento político que atraviesa Colombia que se disputa dos modelos muy distintos de país. Con una participación alta, con el 57,9% del censo electoral y equivalente a 23.978.053 votantes, la gente acudió masivamente a las urnas en una jornada que transcurrió en relativa tranquilidad y que confirmó los pronósticos de las últimas semanas. Como ya se sabe, la segunda vuelta presidencial del próximo 21 de junio será entre el candidato de ultraderecha, Abelardo de la Espriella, y el aspirante del progresismo de izquierda alineado con el partido que actualmente gobierna, Iván Cepeda.
De la Espriella obtuvo el primer lugar con más de 10.3 millones de votos, equivalentes al 43% de la votación total. Su victoria fue inicialmente sorpresiva, frente a lo que las últimas encuestas mostraban. Cepeda lo siguió de cerca con más de 9,6 millones de votos y un 40% de respaldo electoral. La diferencia entre ambos fue menor a la esperada por algunos sectores políticos y marcó una disputa que se definirá en menos de un mes.
A pocos días de la elección final, las campañas se están reacomodando, reforzando su estrategia en Internet y buscando nuevos apoyos sea directa o indirectamente. Por ejemplo, la gran derrotada de la jornada, Paloma Valencia, ahora hace parte de la campaña de Abelardo, como también lo está el expresidente Álvaro Uribe. Valencia que no solo quedó por fuera de la segunda vuelta, sino que obtuvo menos votos de los que había conseguido durante la consulta interpartidista de marzo (3,2 millones de votos y en esta ocasión apenas superó los 1,6 millones), ahora está buscando acercamientos que ayuden a la campaña de su previo contendor. El resultado del 7% obtenido por la que era la candidata del uribismo refleja el traslado de buena parte del electorado de derecha hacia la candidatura de De la Espriella durante las últimas semanas de campaña, algo que se esperaba en segunda vuelta, pero que fue evidente desde esta primera jornada y que se acerca al techo electoral de ese espectro político.
Como reveló el preconteo de la Registraduría, en cuarto lugar apareció Sergio Fajardo. Aunque logró superar la votación obtenida en 2022 y alcanzó cerca de 1,1 millones de votos, el resultado confirmó las dificultades del autodenominado “centro político” para consolidarse como una alternativa competitiva. Su porcentaje apenas superó el umbral electoral y más abajo quedó Claudia López, cuya candidatura terminó con apenas 223 mil votos, menos del 1% de la votación total. Juntos, sin embargo, ya son buscados directamente por los sectores que apoyan a Cepeda, e incluso Paloma Valencia volvió a intentar un acercamiento con Sergio Fajardo.
El resultado histórico para la izquierda
Aunque terminó en segundo lugar, Iván Cepeda alcanzó un resultado sin precedentes para la izquierda colombiana. Sus más de 9,5 millones de votos lo convierten en el candidato presidencial de izquierda más votado en la historia del país, superando incluso la votación obtenida por Gustavo Petro en la primera vuelta de 2022.
Más allá de la cifra absoluta, la elección confirma una transformación política de largo alcance en el país, pues por primera vez una fuerza de izquierda tiene una bancada robusta en el Congreso y además logra consolidar una identidad política reconocida abiertamente por millones de ciudadanos que durante décadas no podían asumir públicamente. En términos porcentuales, Cepeda obtuvo el 40,9% de los votos, un poco más del resultado alcanzado por Petro en la primera vuelta presidencial de hace cuatro años.
Sin embargo, los retos de Cepeda se hicieron evidentes al analizar que Bogotá, por ejemplo, aunque le dio la victoria, se esperaba que fuera más contundente en la diferencia con de La Espriella. Algo similar pasó con la costa Caribe, donde ganó el líder de izquierda, pero donde obtuvo menos votos que Petro en la elección anterior.
Las críticas a su estrategia comunicativa y de alianzas en la campaña han mostrado que el remezón de la primera vuelta, donde el mensaje se concentraba en ganar directamente en esa fecha, necesita una transformación para acercarse a los votantes dudosos. Las bases de su movimiento social también se han pronunciado en los días posteriores a la votación, organizadas en un intento de apoyo reforzado.
El alcance impulsado por la derecha
El crecimiento electoral de Abelardo fue significativo. El aumento de votantes se concentró especialmente en la Costa Caribe, Santanderes y en Antioquia, regiones donde De la Espriella construyó buena parte de su ventaja. Este comportamiento sugiere que el candidato de ultraderecha logró movilizar nuevos sectores del electorado y capitalizar el voto de rechazo al gobierno de Gustavo Petro. Además, los votos de colombianos en Estados Unidos fueron contundentes. De hecho, el presidente Donald Trump y representantes del partido Republicano ya formalizaron su respaldo a ese candidato, quien recibió con beneplácito la noticia, mientras el presidente Gustavo Petro rechazó la interferencia en política por parte de naciones extranjeras.
En todo caso, la baja votación de Paloma Valencia parece confirmar que una parte significativa del electorado uribista ya había migrado hacia la candidatura de De la Espriella antes de la elección. Además, sus ataques permanentes contra la candidata del Centro Democrático e intensificados durante la recta final de la campaña coincidieron con un proceso de concentración del voto de derecha alrededor de su figura que le dieron resultados esperados para más adelante, pero que consolidan el voto de derecha del país. Ahora la derecha unificada en torno a Abelardo espera mantener el ritmo de subida.
Denuncias de la izquierda por irregularidades en los E-14
Tras conocerse los resultados preliminares, sectores cercanos al gobierno como el mismo presidente Petro y a la campaña de Iván Cepeda expresaron dudas sobre el preconteo electoral. Tanto el candidato como dirigentes aliados señalaron inicialmente que esperarían los resultados definitivos del escrutinio antes de hacer una valoración final, algo que fue cuestionado por algunos analistas y periodistas como Daniel Coronell, quien presentó que las denuncias de fraude no han sido respaldadas con pruebas concluyentes más allá de una investigación poco clara de la Secretaría de Transparencia de la Presidencia de la República. Algunas versiones apuntan, según Coronell, a presuntas irregularidades detectadas en 251 mesas de votación ubicadas en Bogotá, Medellín y Orlando, Florida. Sin embargo, la información disponible no ha sido presentada de manera detallada ni ha permitido establecer el alcance real de las inconsistencias. Iván Cepeda posteriormente matizó sus declaraciones y dijo que sus equipos no han encontrado pruebas del posible fraude.
Los reportes de la Misión de Observación Electoral indicaron que el proceso transcurrió de manera general conforme a los procedimientos establecidos. Según los informes conocidos, más del 80% de los formularios E-14 fueron diligenciados sin tachaduras ni correcciones. Aunque persisten desafíos relacionados con la supervisión y el control de algunas etapas del proceso, los hallazgos disponibles apuntan a un funcionamiento adecuado de la jornada electoral.
El martes 2 de junio, la Registraduría Nacional informó que el escrutinio de las elecciones presidenciales alcanzó un avance del 99,98%, con apenas 33 mesas pendientes de revisar de las más de 122.000 instaladas en todo el país. Según la entidad, los retrasos obedecen a dificultades climáticas que han impedido el traslado de material electoral en algunas zonas. Además, destacó que el preconteo divulgado la noche de la elección registró una coincidencia del 99,94% con los resultados del escrutinio, lo que mostraría que las variaciones fueron mínimas.
Lo que viene para segunda vuelta
Concluida la primera vuelta, la atención se concentra ahora en los movimientos políticos de lado y lado. La campaña de Iván Cepeda y los sectores sociales que la respaldan ya extendieron invitaciones hacia los sectores de centro buscando a Sergio Fajardo, Claudia López y hasta a Juan Daniel Oviedo, que era fórmula de Paloma Valencia.
Desde el entorno de Cepeda buscan construir un “Gran Acuerdo Nacional” que incorpore sectores ajenos a la izquierda tradicional y amplíe la base de apoyos para enfrentar la segunda vuelta, así que se espera que al menos esas conversaciones tengan lugar. Tanto López como Fajardo y Oviedo han criticado abiertamente el opaco perfil y la ética del candidato de ultraderecha.
Por otro lado, Abelardo de la Espriella desde su discurso del domingo optó por profundizar el tono de confrontación. Tras conocerse los resultados lanzó duras críticas tanto contra Gustavo Petro como contra Iván Cepeda y mantuvo una narrativa centrada en la lucha contra los que llama “los de siempre”, que serían los partidos políticos tradicionales, versus “los de nunca” a los que se adscribe. Es esta narrativa la que le ha permitido consolidar una identidad política propia como “outsider”, un aparente ajeno a los cargos de poder. Aun así, es sabido que desde antes de conocerse los resultados, partidos como Cambio Radical y varios políticos desobedientes de su partido han dado su apoyo a la campaña.
Varios sectores políticos de derecha que habían acompañado a Paloma Valencia ya están con De la Espriella. Aunque el candidato ha tratado de posicionar la idea de ser un ajeno a la política, en sus filas ya estaban sectores tradicionales como los de Cambio Radical y varios políticos de otros partidos afines que ahora liberados tras la derrota de Valencia hacen campaña con tranquilidad con el objetivo declarado de combatir lo que la excandidata califica como “neocomunismo”. Lo que parece aglutinar a la base de esta campaña no es otra cosa que el rechazo al petrismo. Aunque la figura de Abelardo inevitablemente genera cuestionamientos éticos y hasta legales, apela a que esto sea más fuerte que los temores que genera él mismo.
Cepeda, por su parte, necesita convencer a un sector al que no le ha hablado lo suficiente. Centrado hasta ahora en las bases “naturales” de la izquierda, Iván Cepeda necesita alianzas y estrategias que lo acerquen a otros votantes. Desde esta orilla seguramente buscará posicionar los riesgos de un gobierno de ultraderecha al que ha llamado fascista por sus posturas radicales y militaristas. La apuesta entonces sigue la línea de un pensamiento protector de derechos de las poblaciones y territorios históricamente discriminados. Durante las próximas semanas, Colombia decidirá cuál de esas dos ideas de país se impondrá en las urnas.
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Lionel Messi se está preparando para vestir la camiseta de Argentina en la Copa Mundial de la FIFA 2026, pero la leyenda del fútbol también espera ganar en grande con su última colaboración con la marca de accesorios Stanley.
La estrella del fútbol anunció la semana pasada en Instagram el lanzamiento de la colección Messi x Stanley 1913 Gold Collection, con una foto en la que se lo ve parado detrás de la serie de botellas de agua y vasos térmicos como si estuviera posando junto a su colección de trofeos. “Hecha para brillar bajo las luces más intensas”, escribió en el epígrafe de la publicación.
Stanley denomina oficialmente a esta nueva tonalidad dorada como la línea “Messi Legacy” (El legado de Messi) y es fácil entender por qué: a sus 38 años, el astro es uno de los nombres más importantes del mundo del deporte, con ocho Balones de Oro en su haber y la consagratoria victoria en el Mundial de Argentina en 2022 (sin mencionar a sus amigos famosos de apellido Beckham, Brady y Kardashian).
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En época electoral, el centralismo colombiano suele imponer la idea de que lo que ocurre en las plazas públicas de Bogotá, Barranquilla, Medellín, o Cali representa las prioridades del país entero. Mientras las campañas presidenciales avanzan entre promesas grandilocuentes, estrategias digitales y discursos cada vez más incendiarios, en buena parte de las regiones afectadas por el conflicto armado y la desigualdad, las demandas continúan siendo mucho más básicas así como urgentes.
La seguridad para liderar procesos comunitarios, el acceso permanente al agua potable, oportunidades para jóvenes y presencia estatal más allá de la fuerza pública resurgen cada nuevo año electoral porque todavía no tienen una respuesta definitiva. En un país donde, según el DANE, cerca de 15 millones de personas viven bajo la línea de pobreza monetaria, las discusiones electorales parecen desarrollarse a dos velocidades distintas, la del debate en redes sociales y la de las necesidades urgentes de las zonas de Colombia que han sido relegadas a las periferias del poder.
Tumaco, Apartadó o Santander de Quilichao, son algunos de los lugares de donde recogimos voces de líderes sociales que dan cuenta del ambiente preelectoral. Con diferencias grandes entre regiones, pero algo en común, las elecciones están atravesadas en estos territorios menos por el entusiasmo que por el cansancio acumulado frente a promesas incumplidas, además de la persistencia en las demandas de un cambio basado en las necesidades tan amplias que allí se requieren.
Para Yensis Bolaños Aguirre, psicóloga, sanadora ancestral y lideresa afro de Tumaco, muchas campañas reflejan una profunda desconexión con los territorios. “Hablan de emprendimiento, pero no de que aquí no hay agua 24/7 para montar un negocio”, afirma. Bolaños, integrante de la Coordinación de Mujeres Afrocolombianas Desplazadas en Resistencia, La Comadre, y de la organización Lengua de Suegra, asegura que las preocupaciones cotidianas siguen siendo la seguridad, el acceso al agua y el empleo juvenil, en medio de amenazas constantes contra lideresas sociales y el control territorial de grupos armados. Su principal exigencia hacia quien llegue a la Casa de Nariño es simple, “Que conozca el territorio sin traductores, que no nos use solo como foto y que deje poder real y presupuesto en las organizaciones de base”. Bolaños hace énfasis también en que si bien reconoce las apuestas que han beneficiado a algunos sectores en los últimos años, no toda la población de su región coincide en este punto.
La sensación de distancia entre las campañas y la vida cotidiana también se percibe en el Urabá antioqueño. Mateo Santero, poeta y DJ de Apartadó, describe una campaña mucho más silenciosa y controlada que en años anteriores. “Antes había más debate público, más discusión. Ahora simplemente se pone la foto del candidato y eso no aporta a la conversación”, señala desde Apartadó. Para él, los discursos centrados en “salvar” el país desde el poder le resultan muy problemáticos porque reducen la complejidad territorial de Colombia, en vez de construir en colectivo. “Colombia no es solo Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla”, insiste. Santero asegura sentirse más cercano a propuestas que hablen del campesinado, de la biodiversidad y de una visión menos centralista ni racista del desarrollo. También valora los liderazgos abiertos al diálogo y a la construcción colectiva, en lugar de proyectos políticos sustentados únicamente en la confrontación con otros sectores.
En el Cauca, la preocupación principal sigue siendo la violencia. No en vano los últimos meses han mostrado al país el letal impacto de la criminalidad en la población civil. Aura María García, joven psicóloga y activista en prevención de violencias basadas en género en Santander de Quilichao, describe el periodo preelectoral como profundamente tenso e incierto.
Las amenazas recientes y la persistencia de actores armados ilegales mantienen a muchas comunidades en estado de alerta permanente. García cuestiona que la respuesta histórica del Estado frente al conflicto haya sido principalmente la militarización. “Mermar la violencia con más violencia solo perpetúa un ciclo que no termina”, afirma. Por eso observa con mayor afinidad las propuestas que hablan de cuidado, educación, salud, medio ambiente y fortalecimiento organizativo. Más que discursos de autoridad, dice valorar liderazgos capaces de reconocer la capacidad de resistencia de las comunidades y acompañar sus procesos sin imponer soluciones externas. “Me generan afinidad las propuestas que piensan al Gobierno no como una entidad externa que llega a salvar comunidades, que las percibe como carentes, sino como un actor que reconoce la agencia de las personas, los saberes, sus procesos organizativos y sus propias formas de construir bienestar”.
Las propuestas y las dudas que generan
En medio de ese panorama, las campañas presidenciales de 2026 intentan ofrecer respuestas distintas a las demandas territoriales. Desde la derecha, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia han centrado buena parte de sus propuestas en el fortalecimiento de la seguridad y el endurecimiento de la respuesta estatal frente al crimen. De la Espriella, ultraderechista, plantea una política de “mano dura” contra estructuras criminales y narcotráfico siguiendo modelos que en América Latina han sido acusados por violar los derechos humanos. Su política de “limpieza inmediata” de instituciones y negociación cero con grupos armados choca con el deseo de los territorios de soluciones sostenidas y la acción sin daño. A su vez, Valencia insiste en aumentar el pie de fuerza, heredado del partido que lidera el expresidente Álvaro Uribe, y retomar medidas como la fumigación aérea de cultivos ilícitos. En contraste, figuras como Sergio Fajardo y Claudia López han apostado por propuestas centradas en educación, descentralización y fortalecimiento regional, aunque con el foco en una idea de “gerencia regional” por el lado de Fajardo que parece ignorar la complejidad de los problemas sociales que no se resuelven como si fuera una empresa, o López que aunque tiene propuestas estructuradas, ha insistido en la mano dura que tan pocos resultados reales y respetuosos con los derechos humanos se han conseguido. Ademàs, ambos tienen las menores opciones según las encuestas, lo que debilita la viabilidad política de sus propuestas.
Desde la izquierda, Iván Cepeda plantea una “revolución de los territorios” enfocada en ampliar derechos sociales, fortalecer organizaciones comunitarias y priorizar el acceso al agua y la autonomía territorial de comunidades indígenas y afrodescendientes. Con un enfoque de continuismo del gobierno de Gustavo Petro, hay alineación en las políticas que son valoradas por amplios sectores sociales, pero no hay mucha claridad en cómo se aterrizarán esas propuestas, cómo superará las fallas de la administración saliente o qué decisión novedosa se tomará ante el avance de la criminalidad.
Más allá de las diferencias ideológicas entre campañas, la duda común en muchos territorios es cómo se harán viables estas propuestas, con qué presupuestos serán posibles, si habrá coherencia para implementarlas (por ejemplo entre quienes proponen reducir el Estado como De la Espriella), cómo se enfrentará el control armado ilegal y la ausencia estatal que históricamente se ha expresado con militarización, con resultados que en el pasado han producido más violencia. Informes recientes de la Misión de Observación Electoral y de la Defensoría del Pueblo han advertido sobre el impacto de la gobernanza criminal en amplias zonas del país y sobre las amenazas constantes contra líderes sociales y comunidades rurales.
Las demandas que emergen desde las distintas regiones no apuntan a soluciones milagrosas, sino a transformaciones concretas, asì sean paulatinas. Acceso permanente al agua potable, salud mental con enfoque étnico, educación pertinente, fortalecimiento de las comunidades, inversión económica ambientalmente responsable y garantías de seguridad para liderar procesos sociales aparecen como prioridades reiteradas. También existe un reclamo persistente frente al centralismo político, que las decisiones sobre los territorios no se tomen únicamente desde los escritorios en Bogotá, sino con participación efectiva de quienes viven las consecuencias de esas políticas.
Las elecciones de 2026 representan así una prueba para la democracia colombiana y para la capacidad del sistema político de responder a un país profundamente desigual. Mientras en redes sociales dominan los discursos agresivos, la inteligencia artificial y la desinformación, en muchos municipios las comunidades continúan reclamando derechos básicos y reconocimiento. Lejos del espectáculo electoral, la verdadera discusión sigue siendo cómo garantizar la vida, la dignidad y la permanencia de quienes han sostenido históricamente los territorios incluso en medio de la guerra.
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Este lunes 25 de mayo, el papa León XIV hizo pública su primera encíclica como Sumo Pontífice, titulada Magnifica Humanitas. El documento está centrado principalmente en la inteligencia artificial y en cómo esta, junto a otras nuevas tecnologías, puede eclipsar la dignidad humana. por medio de sus redes sociales, el Pontífice aseguró que todos tenemos el “deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor”.
En el documento de 110 páginas, el papa estadounidense advirtió que la inteligencia artificial “no puede considerarse moralmente neutra” y pidió “desarmarla” para “evitar que domine al ser humano”, en lo que muchos interpretaron como una crítica a que estas herramientas estén al servicio de los intereses de quienes las crean y controlan. “La palabra es fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento exige palabras capaces de captar la atención”, señaló el Pontífice.
Uno de los puntos más fuertes de Magnifica Humanitas gira alrededor de la concentración del poder tecnológico en manos de unas pocas empresas privadas. Según el Pontífice, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras y datos terminan definiendo “condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas”, algo que, a su juicio, amenaza la transparencia y el control público.
En ese sentido, León XIV insistió en que no basta con hablar de ética de manera abstracta, sino que se necesitan “marcos jurídicos sólidos”, supervisión independiente y usuarios informados. “Una IA más moral no es suficiente si esa moralidad es determinada por unos pocos”, señaló el Papa, quien también advirtió sobre el crecimiento de las desigualdades económicas en medio del auge tecnológico.
El documento también dedica varios apartados a los efectos de estas herramientas sobre menores y trabajadores. Sobre los jóvenes, alertó sobre fenómenos de manipulación, explotación y chantaje potenciados por perfiles falsos, algoritmos y sistemas capaces de alterar imágenes y videos. Frente a ello, pidió mayores controles y responsabilidad por parte de las plataformas digitales.
Respecto al trabajo, el Pontífice sostuvo que algunos enfoques tecnológicos actuales podrían “desespecializar” a los empleados, someterlos a vigilancia automatizada y relegarlos a tareas repetitivas. Por ello, pidió que cualquier proceso de automatización esté acompañado por medidas reales de protección laboral y programas de recualificación profesional.
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Otro de los apartados más comentados de la encíclica fue el relacionado con la guerra y el uso militar de la inteligencia artificial. León XIV aseguró que no es “moralmente permisible” delegar decisiones letales a sistemas automatizados y llamó a superar la teoría de la “guerra justa”, promoviendo en cambio el diálogo y el multilateralismo.
La publicación de Magnifica Humanitas también ha llamado la atención porque varios analistas la consideran una actualización moderna de Rerum Novarum, la histórica encíclica publicada por León XIII en 1891 como respuesta a los efectos de la Revolución Industrial. De hecho, León XIV firmó el documento exactamente 135 años después de aquel texto, estableciendo un paralelismo entre los desafíos industriales del siglo XIX y el impacto actual de la inteligencia artificial.
En el último capítulo de la encíclica, en un apartado titulado “Todos podemos dar nuestro aporte”, León XIV también sorprendió al recurrir a la literatura fantástica para reflexionar sobre la responsabilidad humana frente a la inteligencia artificial. Allí citó al escritor británico J. R. R. Tolkien y, específicamente, una frase pronunciada por Gandalf en El señor de los anillos: El retorno del rey.
“Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió así nuestra responsabilidad: ‘No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza’”, escribió el Pontífice en el párrafo 213 del documento.
Otro de los acontecimientos que llamó la atención fue que el papa León optó por presentar él mismo la encíclica en el Vaticano, acompañado por expertos en IA, entre ellos Christopher Olah, cofundador de Anthropic. Olah, canadiense de 33 años, es reconocido por su trabajo para comprender el funcionamiento interno de los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés), sistemas que sirven de base para herramientas como ChatGPT, Gemini, Claude, Copilot, Grok o DeepSeek.
Tras el evento, Olah advirtió que incluso quienes desarrollan estas tecnologías siguen encontrando comportamientos difíciles de interpretar. “Seguimos encontrando cosas misteriosas, incluso inquietantes. Detectamos estructuras que reflejan los hallazgos de la neurociencia humana. Encontramos evidencia de introspección. No sé qué significa eso, pero creo que requiere un discernimiento constante”, afirmó.
Ese nivel de incertidumbre, sumado al rápido avance de la inteligencia artificial y a su concentración en pocas compañías privadas, es precisamente uno de los temas que León XIV busca poner sobre la mesa con su primera encíclica, planteando que el futuro de estas herramientas no puede ser decidido únicamente por líderes tecnológicos o intereses empresariales.
Así, el papa acierta en hacer un llamado activo y directo no solo a quienes controlan estas tecnologías, sino también a los ciudadanos y personas del común. Más allá de advertir sobre los riesgos de la inteligencia artificial, León XIV plantea que el debate alrededor de estas herramientas no puede limitarse a laboratorios, gobiernos o gigantes tecnológicos, sino que debe involucrar a toda la sociedad.
Con Magnifica Humanitas, el Pontífice no se posiciona en contra del avance tecnológico, sino que invita a reflexionar sobre el tipo de humanidad que se quiere preservar en medio de una era cada vez más automatizada. En un momento en el que la IA avanza más rápido que las regulaciones y las discusiones éticas, la encíclica aparece como un intento de devolver al centro de la conversación conceptos como dignidad, responsabilidad y bien común.
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La mirada se pierde en el lente negro. Es adusta, con los músculos tensos. Pero el brillo de las pupilas deja ver cosas: cansancio, angustia, pensamientos dando vueltas. Mientras Nazareno Casero mira la cámara de Rolling Stone, detrás suyo la ciudad de Buenos Aires entra en modo oscuro: la noche se instala. Las torres de Puerto Madero se reflejan entre sí, se iluminan y se pierden en el horizonte con el río. Es un jueves de comienzos de abril y Nazareno Casero –pelo corto al ras, barba gris y áspera, postura de lucha– viene de ensayar cinco horas el unipersonal que está preparando hace más de dos meses y que estrenará un par de semanas después de este encuentro: Bebé reno.
Juan Ignacio Sánchez, el encargado de retratar este encuentro, dispara cerca de su cara, muy cerca de su cara, cada vez más cerca de su cara. Le dice que mire para un costado, que luego se enfoque en el lento oscuro. Le muestra las fotos. Nazareno dice que sí, que están buenas. No dice más. Hace semanas que está haciendo esto: ensayar cinco horas por día, seis veces a la semana, dar entrevistas y posar para fotos.
“¿Y si hacemos algo en la bañera?”, dice después, buscando más fotos. “Me puedo sentar adentro, apoyarme como si fuera una barra”. Entonces nos movemos del hall de la habitación que está en el piso 9 del Hotel Hilton y damos la vuelta por un pasillo, pasamos por el sector de la cama y llegamos al baño que tiene ducha e hidromasajes. Nazareno mira el espacio y se mete en el hidro. “Mirá que no me voy a sacar fotos en bolas”, dice mientras se acomoda y larga la carcajada.
“El humor está en todos lados”, dirá un rato más tarde. “Porque el humor es algo correcto en un lugar incorrecto. Y la obra –Bebé reno– tiene mucho de eso, algo que es muy inglés y me gusta”.
Después del jacuzzi, Nazareno ve colgadas unas batas de un blanco de hotel internacional. Se enfunda en una –siempre vestido– y se mete en un pequeño espacio del guardarropa. Nazareno es ancho –después de pelear en la edición 2024 de Parense de manos, hace boxeo y tiene un entrenamiento acorde al deporte– y apenas entra en ese hueco. Está apretado y oscuro metido ahí adentro. O dentro de sí mismo.

Nazareno Casero, que es actor desde los 7 años y que cumple 40 en junio que viene, está ante uno de los desafíos profesionales más importantes de su carrera. Y se le nota. Cuando habla de la obra, la voz se acelera, parece temblar y repite oraciones que hablan de la magnitud del proyecto. Después de este encuentro, se va a ir a su casa a leer el libro que tiene 75 páginas, va a tener un encuentro vía Meet para repasar y mañana a las 8 a.m. va a estar en el LUZU TV para seguir su rueda de prensa.
“Esto es pura adrenalina. El hecho de decir cuántos días faltan para un estreno en el cual voy a estar solo ahí arriba, diciendo más de una hora de texto, acordándome de todo”, dice. “Y también es salir de ese lugar de confort”.
Todo esto, que empezó hace dos meses y que hora a hora se pone más intenso, lo está viviendo en medio de la separación de la relación más larga de su vida –algo más de seis años–. “Este duelo, esta vulnerabilidad, trato de usarla para el personaje”, dice mezclando vida y obra. “Y también tengo la gran excusa de estar ocupado. Aunque cada tanto el duelo viene y golpea”.
No es la primera vez que Nazareno se va a plantar en un unipersonal. Hace más o menos una década hizo Al palo. Hora y pico hablando de sí mismo. Riéndose de sí mismo. Un monólogo de humor extremo. Una obra que escribió junto a Sebastián Irigo y que hoy, según el propio Nazareno, sería “entre cancelable y cuestionable”.
“Hacíamos chistes y hablábamos de cosas de mí, exponiéndome a mí y a mis cosas y cargándome, pero con momentos fuertes”, recuerda. “O, por lo menos, incómodos”.
A mediados del año pasado, mientras estaba en España haciendo el Camino de Santiago de Compostela junto a su perro Rulo, el productor Maxi Córdoba le propuso volver a hacer aquel show. A la par que tenían esa conversación sobre cómo adaptarlo a los tiempos de hoy, Córdoba le contó que estaba gestionando el libro de Bebé reno y quería que él fuera el protagonista. “Le digo ´bueno; si vos querés que la haga, la hago´. Y acá estamos”.
Entonces, Nazareno está cada vez más metido en la piel de Richard Gadd, el dramaturgo, actor y escritor que, luego de canalizar una experiencia oscura sobre acoso en una obra de teatro y una serie de Netflix saltó a la fama mundial.
“Es muy fuerte, porque nosotros estamos readaptando la obra original, esa que el mismo chabón hizo dos o tres veces en algunos festivales de teatro”, explica Nazareno. “Porque después escribió el libro y en base a eso se hicieron la obra de teatro conocida y la serie”.
No es, tampoco, la primera vez que se pone en las tripas de personajes complejos. Ya fue Maradona en la serie de Amazon Prime, Maradona, sueño bendito, en 2021. El del 82 al 86, el de la fama, el mejor jugador del mundo, el que se volvió millonario, se hizo amigo de la mafia italiana, conoció la cocaína. Cuando eso pasó fue un clic para él. “El papel de Diego era una responsabilidad. Es un ícono”, dice. “No es solo el personaje, sino lo que significa en cada persona que lo ve”.
La gente lo paraba por la calle, le pedía abrazos, fotos. Como si fuera Maradona. O su avatar.
“Con un personaje así no es solo Maradona, sino el momento en el que alguien vio el partido con el padre y hoy el padre no está y te lo cuentan y es esa responsabilidad”, reflexiona. “Y de golpe podés hacerlo mejor o peor, pero no podés guardarte nada para hacerlo. Y lo dije desde un primer momento: si me llega a salir mal, tengo que ir y poner mi cabeza en una guillotina”.
De nuevo: Maradona no fue la primera vez de un rol fuerte. En 2006, cuando tenía 20 años, fue parte de Crónica de una fuga, el film de Adrián Caetano que narra el escape de 4 secuestrados por la dictadura de Jorge Rafael Videla del centro de detención clandestino Mansión Seré. Y una década más tarde fue Maguila Puccio en Historia de un clan, la serie dirigida por Luis Ortega sobre Arquimedes Puccio y los secuestros, torturas y asesinatos que llevaba adelante en su casa. Ahí, además de tener un rol protagónico, compartió elenco con Alejandro Awada, Chino Darín, Cecilia Roth, Gustavo Garzón y Tristán.
¿Por qué creés que te eligen para esos papeles intensos?
No sé por qué me llaman a mí. Debe ser porque digo “dale, vamos”. Y aunque me dicen “pero mirá que tiene…”, digo que sí igual. Medio de inconsciente tal vez.
¿Qué te generan esas propuestas?
Debe ser esto de que me gusta la aventura. En un momento necesitás emociones más fuertes para decir “che, me siento vivo”.
¿Y cómo llevás el después de eso?
Soy medio abandónico en el sentido de que lo hago y listo, ya está hecho. Te gustó a vos que sos el productor, al director: listo, me voy a mi casa. No me quedo regodeando en “che, mirá lo que doy y mirá lo que puedo hacer”.
¿Creés que hubo un momento en el que empezaste a buscar tu voz como actor?
Creo que no. Tengo la suerte de hacer siempre cosas muy distintas. En algún momento me di cuenta que por ahí prefiero hacer drama porque la comedia es muy seria, hacer comedia es algo serio también. Y es insufrible alguien que se quiere hacer el gracioso. Entendiendo eso, sumado a que mi viejo es comediante y me ha disparado la pregunta sobre qué quiero hacer yo y desde dónde.
¿Hay algo de querer despegarse de él ahí?
No, no directamente. Pero me parece divertidísimo hacer un drama que estás llorando, que se te caen los mocos y de golpe estás así y decís: “Ya estamos, ¿no?”. Tal vez sea algo de desequilibrio mental, emocional, no lo sé, pero digamos esta cosa de entrar y salir de algo que puede darte llanto y de golpe estar riéndote me parece que es divertido.
Alos 7 años Nazareno Casero apareció por primera vez en la televisión. Fue en un sketch donde hacía de un pequeño Diego Capusotto, vestido de estudiante, y rendía una lección oral frente a un panel de profesores que eran Alfredo Casero, Fabio Alberti y el verdadero Capusotto. Sus respuestas ante las preguntas eran hilarantes, de un humor absurdo a tono de Cha cha cha, el programa que se volvería una cuestión de culto.
Así empezó todo, mientras iba a segundo grado de la escuela primaria. “Esa exposición tan temprana te hace ser un poco más cauteloso, tal vez”, dice, viendo todo en perspectiva. “Saber que cualquier cosa que puedas llegar a hacer o cualquier cosa que pueda llamar la atención que hagas fuera del medio, justamente, va a llamar la atención el doble”.
Hoy Nazareno dice que le gusta vivir tranquilo. Que ya la vida de por sí es caótica y estresante: los trabajos, el contexto, el tránsito. “Encima sumarte cosas, no está bueno estar nervioso porque dijiste algo en una nota y decís: ¡oh, qué boludo que soy, quién me mandó a no explicar bien esto!”.
Entre otras cosas que aprendió del pasado fue el impulso de seguir y superar. En su casa, dice, no lo dejaban tener ataques de pánico: si llegaba llorando de la escuela porque le habían pegado su mamá le decía que devolviera el golpe y después de eso lo cagaban a pedos por haberse peleado.
“Mis viejos, los dos, han tenido una vida bastante poco feliz, digamos, hasta que ellos pudieron hacer sus cosas”, dice. “Han sido muy generosos, me han dado mucha libertad, me han dejado hacer lo que quise. Al punto que a veces les digo: ¿cómo me mandaron a tocar el bombo, la concha de su madre? A los 8 años me tenías que mandar a inglés”.
Esos padres criaron un Nazareno libre pero con las cosas claras. En la casa no se miraban “pelotudeces”. La música que se escuchaba era Miles Davis, Serrat, Elton John y Charly García. Si quería algo material –un Sega y el Mortal Kombat, por ejemplo– se la tenía que comprar con el dinero de su trabajo. Si quería ir a un colegio que por proge excedía los gastos de la familia, se lo pagaba él.

“Tuve una infancia feliz, inclusive con los momentos de tristeza y de dolor que han servido para edificar algo y poder entenderlo”, dice. “Viste esta palabra que empezó a aparecer ahora, la resiliencia, que un poco es: dale, aguantátela.”
Cuando habla del pasado, de esa felicidad que pone en historias mínimas, la cara se le transforma: sonríe, se le pierde en la mirada, el tono de la voz es más suave. “Hice lo que quise de chico”, concluye. “Obvio que tuve mis quilombos, ¿no? Pero digo, si encima me quejo. Daaaale, soy un hijo de puta”.
Cuando esa infancia se volvió adolescencia y el trabajo ya tenía 8 años de pasado, Nazareno se preguntó si quería seguir actuando. Si eso que hacía lo hacía porque era lo que hacía su papá. Tenía 15 años.
“Había hecho varias cosas ya y de golpe empecé a tener otras inquietudes además de actuar”. Eso lo habló con Sebastian, su amigo –su todavía amigo–, que le dijo: “Mirá que está bueno lo que hacés”. Sebastián le aportó la mirada ajena y lejana. Esa que él, metido en sí mismo y en su mundo, no podía ver. “Es clave hablar con esas personas que pueden ver cosas que por ahí vos no estás pudiendo”.
Y así siguió. Incluso en momentos donde se lo señaló por ser el hijo de un famoso. “Bueno, eso técnicamente es cierto: soy un nepo baby”, dice y ríe. “Pero, ¿te tengo que explicar a vos que no sos del medio, que nadie te va a regalar plata porque sos el hijo de?”, sigue. “Si no tienen algún interés en que mi viejo venga a verme a la función o venga a participar en algo, ¿por qué me vas a llamar? Entonces, ya no siento que tenga que explicarlo”.
De ser hijo de famosos aprendió a ser cuidadoso. A valorar las opiniones que considera. Aprendió a buscar la perfección, dice, aunque sabiendo que es una utopía. Y al igual que cree que su carrera se construyó más allá de la oportunidad inicial que le dio su padre cuando tenía 7 años, también cree que su presente es más que el resultado de su infancia: “Después de los 30 años, ya si no sonreís es cosa tuya, ya no sos más el producto que hicieron en tu casa. Llega un momento en el que no podés seguir culpando a tu viejo ni a tu vieja”.
La primera vez que Nazareno Casero salió en estas páginas fue en el anuario 2011. En ese entonces estaba en un momento álgido porque la película Aballay –donde fue uno de los protagonistas– había sido elegida para competir por una nominación al Óscar. Ese año, había empezado del otro lado del mundo: en China. Había ido a buscar a su novia en ese momento; cuando llegó, las cosas ya no eran iguales y se separaron vía Skype. Entonces emprendió un viaje de un mes por el gigante asiático. Tomó trenes con recorridos de veinte horas, vio la llanura china como el infinito asomando por una ventanilla.
Esa historia de hace más de 15 años podría sintetizar dos pasiones de Nazareno: los viajes y el amor. Dos formas de entender la aventura.
“Me gusta eso de estar perdido. Al menos en lugares que no conozco y no tengo idea”, dice sobre los viajes. Y sobre el amor: “No saber qué hay para adelante, más o menos sé lo que hay para atrás, pero para adelante no tengo idea”.
Un breve recuento de datos mixeando lugares podría decir que Nazareno cruzó el río Amazonas en un barco, que fue a China, que pasó un verano en Ibiza, que estuvo en México y en Yakarta.
“Llegar a un lugar y buscar lo que sea para mí es toda una aventura. Un día descubrí que hay algo que se llama dromómano, que son como los que no pueden parar de moverse. De ir y buscar. Hay algo de eso que me gusta. Y me parece que la novedad constante es algo diferente”.
También, el raconto, además de viajes, puede hablar de la búsqueda del amor: en los últimos 20 años estuvo de novio al menos 14.
“Hay algo de esta cosa del lugar de confort de estar en pareja, de si estoy bien con ella, no hay nada que explicarnos. Nos vemos, nos entendemos y ya. Y creo que por ahí estar solo y conocer a alguien se asemeja a esta cosa de viajar sin saber hacia dónde”.
Ya son más de las 9 de la noche. Cuando terminamos de charlar, Nazareno corre por la habitación. Revisa que todo esté bien. La cama estirada, las toallas ordenadas. La bata bien doblada en su percha. Es como un niño en busca de cubrir los rastros de sus juegos.
Después nos subimos a su auto y vamos camino al centro. Cerca del Obelisco va a pasar a buscar un ceviche por su lugar favorito. “Un local de mala muerte”, aclara. Dice que ceviche porque pescado, fósforo, cabeza. Desde que empezó este encuentro Nazareno habla de lo que va a hacer esta noche. Lo repite: llegar a casa, comer, leer unas tres horas el guion, repasar letra, tener un ensayo más por Meet.
“Nunca fui a clases de teatro”, dice. “No me jacto de eso, me parece que me faltaron un montón de cosas que podría haber exprimido más”.
Dice esto mientras cuenta sobre sus ensayos con Indio Romero, el director de la obra, que está todos los martes en el Paseo La Plaza.
“Indio se da cuenta y me dice ´te tengo que explicar conceptos´. Y es: dale, explicamelos rápido porque estrenamos”, sigue. “Es fuerte todo esto. Pero te juro, tengo la suerte de haber aprendido haciendo durante toda mi carrera, incluso hoy”.
De trabajar con Indio aprendió, por ejemplo, que para decir la letra con más naturalidad, para incorporarla de forma orgánica, puede repetirla frente al espejo. Copiarse a sí mismo. “Porque hay neuronas que son neuronas a espejo, que laburan copiando”. Aunque no es tan fácil como suena. Porque después cuenta que mira la extensión del libro y su cabeza dispara: “No tengo esa cantidad de tiempo de atención”. Entonces tiene que parar. Tomarse un respiro y respirar. “Porque me empiezo a frustrar”.
Cuando estamos llegando a 9 de Julio, y mientras dice que Argentina es un país fantástico, que no tiene nada que envidiarle a ninguna parte del mundo, vuelve sobre la obra y su presente. No puede salir de ese mood. “Ya empezó la cuenta regresiva real”, dice. “Empieza doble y triple turno. Y se vuelve medio enloquecedor”.
El ritmo de hoy es de vértigo e incertidumbre para Nazareno. “Más cerca de la fecha empezás a disfrutar menos. Se te empiezan a cerrar las manos que te están ahorcando”, ejemplifica. “Pero en un momento, cuando podés vomitar esa letra y todo sale es placentero”.
Ahora lo dice calmo. Sintiendo ese momento. Lo está viviendo. Y lo desea. Aunque sabe, porque lo dijo hace unos minutos antes de empezar a manejar, con la noche abrazándolo: “Si no tenés este miedo ante algo nuevo: preocupate, porque tenés que tener ese miedo que te hace sentir vivo”.
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“El futuro ya llegó hace rato, pero está desfinanciado”. El cartel de Bruno Lazarte no pide permiso. Lo sostiene con las dos manos, plantado en el medio de una Plaza de Mayo que a las cuatro de la tarde es un hervidero de cuerpos y banderas. Bruno tiene 18 años, el pelo revuelto de quien durmió poco y viajó mucho, y estudia el profesorado de Educación Física en la Universidad Nacional de Luján. Llegó en caravana, apretado entre compañeros que mastican la misma bronca. Para el pibe, la cuarta Marcha Federal Universitaria no es un reclamo gremial más; es un momento muy punk. “Sin futuro estamos con este gobierno. Tenemos que estar juntos porque Milei nos está cortando las piernas antes de empezar a correr”, suelta urgente y se pierde entre las columnas. Esta tarde, Bruno pone el cuerpo para que su futuro no sea una subasta.
Buenos Aires, tensa, aguanta la respiración. Retumba en sus calles el zumbido del 12 de mayo: la respuesta de saberes frente a la prepotencia del relato libertario que solo sabe de superávit y recortes. Agustín Soplán, de 21 años, trae la vibración del tren Roca metida en los talones. Viene de La Plata con su hermana Antonella, una chica de rulos morochos y una mirada melancólica heredera de décadas de lucha estudiantil. Estudian en la UNLP. Se refugian detrás un cartel que es una barricada de cartón: “La libertad empieza por la educación”.
Los Soplán son primera generación de universitarios: su mamá es portera y su viejo, empleado. Cuentan que el título no es un privilegio de casta, sino un derecho ganado por prepotencia de laburo. Dicen a coro que, en los últimos tres años, la motosierra dejó de ser una metáfora de campaña para convertirse en la cuenta sin saldo de la SUBE y una beca Progresar que no paga ni las fotocopias. “El Gobierno da asco”, dicen, mientras sus docentes -doctorados que podrían habitar la estratósfera de la academia- subsisten con migajas que se evaporan en la primera quincena del mes.

La marea crece. Los chicos de la UBA agitan pancartas que resumen la épica del siglo XX argentino: “La conquista más grande, que la universidad se llenó de hijos de obreros”. Miran la Casa Rosada, convertida en una fortaleza sitiada. “Están aterrados a que pensemos, a que seamos críticos, a que nos eduquemos”, dice Gustavo Roldán, estudiante de Historia, y sigue marchando.
Pocas horas antes de la movilización, el Gobierno ensayó otro manotazo presupuestario: nuevo recorte de 3000 millones al Conicet y la poda de 5000 millones para infraestructura universitaria. Otro más. Las fuerzas del cielo quieren poner de rodillas a la educación; las fuerzas del aula salieron a luchar en todo el país. De Ushuaia a la Quiaca se sumaron un millón y medio de personas en decenas de plazas.
Cerca del Cabildo, los vendedores ofrecen pines y muñequitos de Mafalda con guardapolvo blanco y radiante. A unos pasitos, los efectivos de la Federal le sacan lustre al “palito de abollar ideologías”. El operativo antiprotesta es una vez más desmesurado, un gasto millonario que no llegará a las facultades. Frente a la Pirámide de Mayo, decenas de miles dan cátedra a cielo abierto. El tema del día lo resume otro cartel tatuado a mano: “La educación pública no se vende, se defiende”.
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Es el último lunes de marzo. Isabel Pérez sostiene un marcador gastado frente a una pizarra en la calle. Un arma cargada con verdades. La chica tiene la mirada eléctrica de quien ya no espera nada del futuro porque el presente es una cuenta que no cierra y, en las últimas semanas, caminar hasta la facultad es la única forma de llegar. Isabel estudia Ciencias de la Educación en Puan. Esta tarde en lugar de subrayar fotocopias en el patio de la vieja fábrica de cigarrillos, está en el cruce de Miró y Bonifacio haciendo la cuenta que el Gobierno no quiere auditar: “Un viaje de Adorni en jet privado equivale a 18 sueldos docentes”. Isabel es la voz de una generación que el Ejecutivo quiere domesticar a fuerza de frío presupuestario. “Nos quieren sumisos e ignorantes, porque un pibe que piensa es un problema para su orden de mercado”, explica mientras el sol se derrite sobre el asfalto de Caballito como una sopa de plomo, espesa y cargada de una estática que presagia el estallido. Nadie sabe cuándo, pero todos sienten el calor.
Este lunes no hay refugio en las paredes repletas de afiches de Filosofía y Letras. La bronca desbordó la trinchera académica para mudarse a las calles. El objetivo es un edificio coqueto, arquitectura gélida que irradia solvencia y buen pasar: el nuevo domicilio del jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Donde hace un rato circulaba el ruido gris de los autos, se arma un aula magna plantada frente al búnker del vocero que ensaya silencios violentos cada vez que le preguntan por las propiedades y los verdosos dólares que aparecen y desaparecen de sus declaraciones juradas como por arte de magia contable.
Adorni, el panelista que usa los números como granadas para justificar el desguace del Estado, se enfrenta a su propia gramática. La cuenta es fría pero el resultado arde: desde que Javier Milei llegó al poder, la brecha de recomposición salarial en las universidades nacionales es del 49%, una cifra que en la vida real condena a un ayudante de primera a sobrevivir con 228.095 pesos mensuales. Es el triunfo de la farsa: un funcionario que predica la austeridad con el bolsillo ajeno mientras sostiene un nivel de vida que choca de frente con la miseria del aula. La clase pública se dicta con una lección de Ética involuntaria, una materia que el jefe de Gabinete parece haber cursado en modo libre y sin rendir cuentas.
“Adorni debería estudiar Educación Cívica, para empezar. Y un poco de Ética para Amador(ni) no le vendría mal”, suelta Pablo Perazzi, secretario general del gremio Feduba, con la voz rebotando contra las ventanas blindadas del edificio. El paralelismo es sombrío, denuncia el antropólogo Perazzi: “Estamos en una nueva Noche de los Bastones Largos, nos están echando de la universidad”. Entre carteles que disparan verdades al paso y vecinos que se asoman a los balcones con la bronca del que teme perder su orden, el profesor Horacio Banega prepara su cátedra de Gnoseología sobre el pavimento. Hoy enseña sobre la universidad frente a la lógica del mercado. “Ni en el menemismo fuimos tan atacados”, reflexiona mientras acomoda un pizarrón que parece un palimpsesto de reivindicaciones justas y necesarias.
A 150 metros de la casa de altos estudios literarios, el reclamo batalla contra la impunidad, esa trama digna de los laberintos de Borges o la prosa cortada de Lamborghini: un país donde el lenguaje sirve para ocultar propiedades mientras se desmantelan los laboratorios universitarios. Los pibes de Puan pasan la voz: el Centro de Estudiantes confirmó clases públicas durante toda la semana. El reclamo incluye actualización de salarios por IPC, pago a los ad honorem y la posibilidad de tomar la facultad.
En la esquina, mientras la tarde cae pesada, la formación policial custodia el frente del edificio con una simetría maníaca. Es la pedagogía del escrache, la única forma en que el Ejecutivo parece aceptar educarse: a distancia, a regañadientes y bajo este sol tremendo.
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Si la calle es la épica, el escritorio es la morgue. La anatomía del desguace responde a una ingeniería del hambre con planos trazados en los despachos oficiales. La Ley de Financiamiento Universitario flota en el limbo de la burocracia judicial, mientras el Gobierno responde con una arquitectura de excusas: “no hay plata”, “están auditando”, “son privilegios”. El cínico juego del presupuesto.
La radiografía es cruel. Un ayudante de primera, el motor de la investigación, cobra un sueldo de indigencia. El resto de los docentes, algunas migajas más. La motosierra no recorta gastos; amputa tejido social. La lógica anarcocapitalista se muestra diáfana: la educación es un “gasto” prescindible, un error de cálculo que debe ser corregido para llegar al todopoderoso superávit. El conocimiento como un bien de lujo inalcanzable para la inmensa minoría.
Ricardo Gelpi, rector de la UBA, advierte hasta el cansancio sobre el colapso: gas, luz, ascensores, limpieza y salarios en rojo. Lecciones del despojo. Mientras tanto, el elefantiásico Ministerio de Capital Humano comandado por la licenciada en Ciencias de la Familia Sandra Pettovello pasó de la omisión a la ofensiva: exige informes, amenaza con retener fondos y subordina los recursos al control ideológico. Pretenden rectores-capataces, pero la universidad resiste en su columna vertebral: la comunidad.
Los números hablan, mejor dicho, sangran. El último informe del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia Tecnología e Innovación (CIICTI) informa que la planta total del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación cayó de 75.057 a 68.730 puestos de trabajo desde que asumió Milei: una destrucción de 7,7 puestos diarios. Entre diciembre de 2023 y abril de 2026, 438 investigadores de Ciencias Exactas dejaron sus cargos. Uno cada dos días. La foto trágica se repite en todas las facultades. “Para igualar el salario de diciembre de 2023, el aumento debería ser del 52%”, apunta el decano Guillermo Durán. Los salarios cayeron en abril por 18º mes consecutivo. Se ubicaron debajo de los valores de 2002. Mientras el sistema se desangra, cada peso recortado es un ladrillo menos en la soberanía científica y educativa.
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Viernes 11 de abril, media mañana. En la Plaza de Mayo la luz es cruda y el ajuste no da tregua. El centro porteño se transforma en una casa de altos estudios al aire libre. La historia, que a veces se repite como farsa, esta vez elige ser tragedia y cátedra a la vez. Desde temprano, la plaza muta en feria de ciencias, un despliegue de pizarrones, una respuesta de saberes frente a la oscuridad del relato oficial. Es la universidad de la calle dando lecciones de vida: una respuesta del pensamiento que se niega a ser recluido en un edificio en penumbras.
A pocos metros de la Pirámide, la doctora en Sociología Pilar Fiuza despliega su pizarrón portátil. Se le iluminan los ojos al hablar de su vocación, pero esa luz se vuelve opaca cuando mira el edificio mudo de la Casa Rosada. Dicta Historia del Conocimiento Sociológico frente a pibes que ya no son alumnos, sino protagonistas de la resistencia. A su lado, Laura Estrada, física de Exactas, abre una caja de herramientas de ciencia ficción: láseres y fibra óptica para explicar las cualidades de la luz. Ensaya una metáfora involuntaria en el presente oscurantista. La científica Estrada volvió al país en 2013 con el sueño de devolver lo que la universidad pública le dio; pero esta mañana, con una bronca que mezcla nostalgia y firmeza, denuncia la fuga de cerebros que ya es un éxodo silencioso.
Florencia, jefa de trabajos prácticos en Exactas, escribe “Análisis avanzado” con una fibra negra. El encuadre es violento: de un lado, funciones e integrales; del otro, los carros hidrantes y el uniforme azul de la Federal. La policía no demuestra interés. Mira con una extrañeza casi antropológica los diagramas matemáticos; no entienden que esas fórmulas son la gramática del universo, una lógica que trasciende cualquier decreto de necesidad y urgencia. La belleza del cálculo enfrentada a la fealdad de la macana.
El biólogo molecular Alberto Kornblihtt dicta una clase magistral que convoca a cientos. Recuerda a las Madres de Plaza de Mayo, que dieron cátedra de dignidad frente a esa misma Pirámide, y subraya que el ágora fue siempre el refugio de la inteligencia frente al sablazo presupuestario. Un estudiante levanta un cartel que resume la épica: “La universidad pública enseña, resiste y sueña”. Es una pedagogía de la visibilidad. Frente a un gobierno que quiere una educación sumisa y mercantilista, la plaza responde con la gratuidad de la palabra compartida.
Elián Zamora estudia Filosofía y está sentado bajo la sombra de una palmera flaca. Tiene el rostro curtido por la cuarta semana de una cursada frenada por el ajuste. “Al ministro de Economía le diría que lea mejor a Maquiavelo”, suelta el pibe. “Hablan de El Príncipe como si fuera un posteo de redes sociales, un ‘el fin justifica los medios’ vacío”. La angustia de Elián es más material que metafísica: cobra una beca Progresar de apenas 35 mil pesos. “No me alcanza ni para los apuntes. Tuve que comprar el Leviatán de Hobbes y me salió 40 lucas. La beca no llega a cubrir ni un libro”. El estudiante, como miles, está igual de precarizado que sus maestros. En la Argentina de Milei, leer a los clásicos es un lujo que se paga con el estómago vacío.
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El teléfono suena mientras Joan Manuel Pardo viaja hacia la sala de ensayo. Al otro lado de la línea, el ruido de la calle se mezcla con la urgencia del nuevo disco de Camionero, Pruebas de contacto, que presentarán el 23 de este mes. Pero esta mañana, la métrica que desvela a Joan no es solo la de sus canciones; es la de un país que ve cómo se desangra la educación pública, un goteo incesante que ningún torniquete retórico parece poder frenar. Joan es la voz y la guitarra de un dúo que suena a garaje sucio y desprolijo, una bestia de dos cabezas que completan la batería de Santiago Luis y una ética innegociable: la autogestión como hoja de ruta.
Joan es un converso del sistema. Pasó por la escolarización privada y un amague en Publicidad en la UP antes de patear el tablero. “Un día me pregunté: ‘¿Qué carajo estoy haciendo?’. Me metí en Letras en la UBA y ahí pasé del mundo privado a la educación pública. Descubrí que ahí se respira un compañerismo que en la privada directamente no existe”, suelta con la honestidad de quien ya no tiene que rendir cuentas a la herencia familiar.
La UBA fue su casa por varios años. Egresado de Puan, Joan recuerda que el nuevo edificio de la calle Bonifacio se levantó sobre el sacrificio de una toma histórica en 2010. Por eso, el ataque sistémico del gobierno de Milei le produce un cortocircuito. “Es absurdo que usen la palabra libertad, nadie compra ese verso. La matemática no da. Ver que hoy hay una especie de resignación me duele; nosotros conseguimos un edificio con lucha, pero ahora parece difícil imaginar algo de ese calibre”.
Hace un mes, Pardo dejó de dar clases en secundarias del Conurbano para dedicarse 100% a la banda. Sabe lo que es estar frente al aula donde la motosierra libertaria no es una metáfora, sino una realidad. “¿Cómo enseñar literatura a pibes que piensan primero en comer? Enseñar literatura es siempre inútil, en el mejor sentido: está desencajada de la utilidad. Mi mejor clase fue como en Karate Kid: pulir y limpiar. Los pibes ven la universidad como algo exterior a su historia familiar, pero en la escuela pública surgen lógicas anti-individualistas, anti-capitalistas, de solidaridad, que la hacen resistir”.
Esa resistencia tuvo su clímax el pasado 23 de abril, en el festival frente a la Facultad de Filosofía y Letras. Camionero sacó los parlantes a la calle para ponerle banda sonora al reclamo por la Ley de Financiamiento Universitario. “Fue raro”, confiesa Joan. “Ver a mis ex profesores y a los pibes pogueando me llena. Pero el aporte a la lucha es más espiritual que concreto; es una toma de posición, revalidar y visibilizar discursos. El compromiso del artista es su obra y la obra está comprometida con la sociedad”.
Para el Gobierno, la universidad pública es un “centro de adoctrinamiento” o un “curro”. Joan, que conoce el paño, desarma el discurso oficial: “Es una mentira flagrante. Los profesores trabajan por dos pesos con cincuenta y los pibes hacen un esfuerzo heroico para llegar, para cursar. Es cuestión de que se den una vuelta para ver lo que pasa realmente”.
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A una semana de la Marcha Federal Universitaria, el scroll infinito de las redes sociales escupe postales de una obscenidad simétrica. Mientras el patrimonio de Adorni florece en una chacra con pileta climatizada, cascadas y asadores pagados en el negro más absoluto, el presupuesto de los hospitales universitarios entra en estado de rigor mortis. En la UBA, el congelamiento de partidas es un jaque mate a la red asistencial que atiende a 700 mil pacientes al año. De los 80 mil millones previstos para salud en 2026, el gobierno de Milei no ejecutó un solo peso al cerrar el primer cuatrimestre. La motosierra, que se promocionó como herramienta quirúrgica contra los privilegios, terminó siendo un hacha que corta el suministro de oxígeno en los centros de salud.
“La administración está incumpliendo su propio Presupuesto. No es un conflicto administrativo; es una crisis sanitaria”, advierten las autoridades de la UBA en conferencia de prensa. El aire en los pasillos de Medicina huele a desinfectante barato y a una tensión que se corta con bisturí.
Llamo a Juan Martín Agosti. Tiene 26 años y los nervios curtidos por las guardias. Se recibió de médico el año pasado y, mientras estudia para ingresar a la residencia en cardiología, desanda el camino de su militancia. En 2020 fundó Somos Libres en la Facultad de Medicina. Agosti es un hijo dilecto de la clase media porteña, educado en colegios privados donde la política era un rumor lejano, casi una mala palabra. Quiso ser periodista, pero terminó buscando la verdad en la anatomía humana.

“Empecé a hacer política en 2015, con la asunción de Macri”, dice. Para Juan Martín, Cambiemos fue la oportunidad de “terminar” con el kirchnerismo. Pero en el medio pasaron cosas, y su fe se mudó al anarcocapitalismo.
Construir una orga liberal en el corazón de la educación estatal parece una misión suicida, pero Agosti tiene otros datos. “En Medicina o Derecho no somos minoría. Lo que pasa es que el militante kirchnerista sale a gritar y el nuestro no dice nada, parece que no existimos”, afirma. En 2022 plantaron su primera mesa física. Pagaron el derecho de piso de la vieja política universitaria: mesas rotas, mensajes agresivos, el hostigamiento de un reformismo que los mira como un virus exótico. En el presente ya son 100 voluntarios que creen que la libertad avanza, incluso entre cadáveres para disección y libros de fisiología.
Agosti es ayudante de primera en Histología e Inmunología. Cobra, como todos, el salario del miedo. No ignora que su sueldo es un insulto a la formación académica, pero su diagnóstico es dogmático: “El salario docente es bajo hace años. El Estado tuvo que aplicar un plan de ajuste porque veníamos de una inflación del 300 por ciento. Hay que analizar el porqué”.
Para Juan Martín, la bronca de sus colegas es una cuestión de etiquetas ideológicas. “Cuando estaba Macri había paros; con Alberto Fernández, con los mismos problemas y salarios bajos, no había quejas. Entra a jugar la ideología”, sostiene. Para el joven médico, la solución no es “pedir plata”, sino que la universidad aprenda a gestionar su propia escasez.
Cuando le pregunto por las becas que se evaporan y los estudiantes que empiezan a elegir entre el apunte o el almuerzo, Agosti se refugia en la esperanza del largo plazo. “El presidente dice que a largo plazo las políticas van a rendir sus frutos. En el medio, tenemos estos problemas”. Su lógica es una flecha lanzada al futuro: cree que la movilidad social ascendente de la UBA es un mito del siglo pasado y que las reformas de Milei son las que finalmente permitirán que los sectores bajos lleguen a la universidad.
Sobre la Marcha Federal, su postura es un equilibrio precario. Agosti dice que defiende la universidad pública y gratuita, pero se niega a caminar junto a lo que considera el “engaño” de la oposición. “Ver a Kicillof o a las Madres de Plaza de Mayo hablando de la UBA es ridículo. Esto no es un partido de fútbol. Nosotros no queremos cerrar la UBA, queremos auditorías”, sostiene mientras se prepara para faltar a la cita masiva del 12 de mayo. “Yo no voy a ir”.
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“No puedo faltar, soy un hijo de la universidad pública”, dice Federico Servini, docente de la Facultad de Ciencias Astronómicas. El profesor cuenta que es un sobreviviente del vaciamiento: graduado en Diseño Industrial, magíster en Marketing y doctor en Ciencia y Tecnología. Tantos pergaminos acumulados para terminar cobrando una miseria que lo obliga a hacer malabares. “No llego a fin de mes. Mis colegas andan haciendo Uber o changas para subsistir”, revela. Como docente de Gestión de Proyectos e Innovación, su diagnóstico sobre el Ejecutivo es lapidario: “El Gobierno hace todo lo que no hay que hacer; te destruyen. Pero acá estamos. Por ahí somos una gota de agua, pero la lluvia siempre moja el campo para la cosecha”.
La marea es total. Profesores, auxiliares, estudiantes, egresados y familias enteras que se niegan a ser un número en el Excel. Una piba pasa con una remera que lleva el sello histórico de la UBA: “Argentum virtus robur et studium”. El lema en latín es un conjuro: “La virtud argentina es la fuerza y el estudio”.

Cerca del escenario, Ricardo Paulín, de 76 años, levanta temperatura. Jubilado, tiene tres hijos estudiando en la pública y, por si fuera poco, cursa la carrera de Derecho. Es un estudiante crónico de la dignidad. “Nunca vivimos algo así, el Gobierno no para de ajustar y el pueblo está repodrido”. Para Paulín, la educación paga es el fin del sueño de sus hijos. “Pensar, ser libres, ser críticos… todo eso te lo da la universidad. Esta es una demostración de que el pueblo se junta para pelear por lo que es justo”. Le pregunto por Adorni, que quizás espía la plaza desde algún rincón de la Rosada. Ricardo niega con la cabeza: “No le diría nada. Esa gente no siente, son egoístas. Solo piensan en ellos y en los poderosos”.
“Sean eternos los laureles, que supimos conseguir…”. El Himno Nacional suena en una Plaza de Mayo que ya es un solo puño. Desde el escenario, la exigencia es clara: que la Corte Suprema deje de dormir la siesta y ordene al Ejecutivo que cumpla la Ley de Financiamiento. ¿Será justicia?
La noche empieza a irrumpir con su manto gris sobre Buenos Aires y la marea humana inicia una desconcentración lenta, en procesión laica. John Suárez, estudiante de Medicina, emprende el regreso a La Plata con el cansancio metido en los huesos. Pero antes, el futuro doctor se acerca a las vallas de la Casa Rosada y deja un cartel de cartón, un pliego de condiciones clavado en el hierro para que lo lea el poder sitiado por su propia ceguera: “La lucha es un poema colectivo”.
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6402 es una cifra que se convirtió en símbolo de uno de los hechos más deshumanizantes de la guerra y la injusticia en Colombia. Desde el año 2021, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) presentó el universo provisional de víctimas de asesinatos y desapariciones forzadas presentadas como bajas en combate por agentes del Estado, más conocidos como falsos positivos. De allí surgió la cifra de 6402 víctimas de este crimen que ahora cambia por una nueva más numerosa.
Contabilizar el horror de nuestra historia como país, con más de nueve millones de víctimas reconocidas de un interminable conflicto armado ha requerido de un trabajo de investigación y sistematización muy detallado que han recopilado las distintas entidades del Estado. La JEP ha sido clave en ese proceso. Recientemente, y tras haber anunciado que sus investigaciones continúan y por tanto los datos pueden modificarse, la JEP actualizó la cifra a 7.837 de víctimas de falsos positivos en Colombia.
Estas ejecuciones extrajudiciales se toman en consideración dentro del Macrocaso 3, que investiga asesinatos y desapariciones forzadas presentadas por militares como bajas en combate contra las guerrillas. El nuevo balance supera ampliamente las 6.402 reportadas previamente y es resultado de los avances del Grupo de Análisis de la Información (GRAI), como explicó el magistrado y presidente de la entidad, Alejandro Ramelli.
El incremento responde a la ampliación del periodo de análisis que hizo el GRAI. En un inicio se contemplaron hechos ocurridos entre 2002 y 2008, pero la revisión más reciente abarca un rango más amplio, desde 1990 hasta 2016. Este ajuste permitió identificar 1.435 víctimas adicionales, elevando el total nacional documentado hasta el momento.
La JEP subrayó que esta cifra corresponde exclusivamente al Caso 03, centrado en ejecuciones extrajudiciales cometidas por miembros de la fuerza pública. Por la naturaleza de las investigaciones en curso, el dato se considera dinámico y podría aumentar.
Los datos consolidados por la JEP provienen de diversas fuentes, entre ellas informes de víctimas recopilados desde 2018, así como el cruce de bases de datos de la Fiscalía General de la Nación, la Procuraduría y el Centro Nacional de Memoria Histórica.
Las disputas por la memoria y la verdad
Para colectivos de víctimas como la Madres de Falsos Positivos de Colombia (MAFAPO), la cifra de 6.402 casos ha sido una bandera para visibilizar ante el país la magnitud de las ejecuciones extrajudiciales con participación de agentes del Estado. Ahora acogen este nuevo número de 7.837. Sin embargo, a pesar de los avances de la justicia transicional tras el Acuerdo de paz de 2016 y de las investigaciones de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, persisten sectores que cuestionan tanto la veracidad de esta cifra, como el carácter sistemático de estos crímenes con responsabilidad de la fuerza pública.
En el ámbito político, figuras como el representante a la Cámara, Miguel Polo Polo, son ejemplo de estas disputas sobre la verdad y la memoria. En noviembre de 2024, el congresista intervino una obra conmemorativa dedicada a las víctimas al retirar y desechar las botas que simbolizaban a los jóvenes asesinados en Soacha y otras regiones para presentarlos como guerrilleros. No se trata de un caso aislado, pues dirigentes del Centro Democrático, partido del expresidente Álvaro Uribe, han insistido en narrativas que niegan o minimizan la gravedad de estos hechos.
Otro momento que sintetiza estos desencuentros públicos sobre la memoria lo representó la creación del mural “Las cuchas tienen razón” y los posteriores intentos de cubrirlo, lo que terminó multiplicándolo en varias ciudades del país. El mural, que hace alusión a la lucha de las buscadoras de familiares desaparecidos por ocasión del conflicto armado, interpeló a la sociedad que de un lado u otro decidió apoyar esta visibilización, o prefirió acallarla.
En todo caso, no es extraño que en procesos de justicia transicional como el que atraviesa Colombia con entidades como la JEP surjan disputas en torno a la verdad y la memoria del conflicto armado. Los investigadores sociales Gabriel Ruiz Romero y Marije Hristova señalan en su artículo Comisionar la verdad y la memoria en la sociedad, que quizás más allá de buscar una verdad oficial, estos procesos tienen un valor social y político que radica en su capacidad de crear nuevos marcos de comprensión de lo ocurrido. La ampliación de la cifra de víctimas de los falsos positivos es una oportunidad para ver precisamente más allá del número e indagar las razones que dieron origen a estos hechos violentos, abrir espacios de escucha y no perder de vista que hay una historia de exclusión donde la guerra ha afectado de manera desproporcionada a algunos sectores de la sociedad marginados que no han sido parte de ese relato oficial.
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Durante siglos, la sangre ha sido uno de los elementos más persistentes en la historia del arte: presente en escenas de guerra, martirios religiosos y cuerpos heridos convertidos en símbolos. Ha sido esculpida, pintada, dramatizada y celebrada, muchas veces sin censura. Pero hay una excepción: la sangre menstrual, que sigue siendo omitida o considerada inapropiada.
Esa ausencia es el punto de partida de Art’s Missing Period, la nueva campaña global de Kotex que busca reescribir una narrativa cultural profundamente arraigada en torno a la menstruación, enfrentando el estigma que ha perpetuado su censura.
Desarrollada junto a DAVID London y Ogilvy Singapore, la propuesta rescata obras de arte poco o nada visibilizadas que atraviesan distintas épocas (desde registros que se remontan al 35.000 a.C. hasta piezas contemporáneas rechazadas por galerías), todas ellas censuradas o consideradas “demasiado sensibles” por representar la menstruación.

“La visibilidad moldea la cultura, y nos propusimos cambiar ambas”, dijo Genevieve Gransden, directora creativa ejecutiva de DAVID London. “Esto no es solo una campaña. Es una restauración de voces, narrativa y arte que merecen ser vistos”, añadió Selma Ahmed, directora creativa ejecutiva de DAVID London.
Ahora, en lugar de permanecer ocultas, estas piezas regresan al espacio público, resignificadas y dotadas de un nuevo valor tanto artístico como simbólico, con propuestas que trascienden el discurso.
Además de las piezas, la campaña incluye un cortometraje documental dirigido por la cineasta ganadora del Emmy Kathryn Everett y narrado por la periodista Noor Tagouri, que cuestiona por qué la sociedad acepta la sangre asociada a la violencia, pero rechaza aquella vinculada a la vida y la creación. A través de testimonios de artistas y especialistas, la pieza explora el estigma que aún rodea a la menstruación en el ámbito cultural.
Además, a nivel urbano, la campaña irrumpe directamente en el territorio del arte institucional. Carteles móviles y wild postings se han instalado frente a museos como el Guggenheim, el MET, el Whitney y el MoMA, convirtiendo las calles en una galería imposible de ignorar. Cada intervención incluye códigos QR que dirigen a una galería virtual (disponible durante un año a partir del 6 de abril de 2026) donde se exhiben más de 40 obras centradas en la menstruación.
Así, en un ecosistema donde la visibilidad sigue siendo sinónimo de validación, Art’s Missing Period, más que cuestionar el tabú, lo expone. Porque si el arte ha sido históricamente un reflejo de lo humano, la pregunta ya no es por qué esta sangre no estaba, sino por qué tardó tanto en aparecer.
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A cinco semanas de las elecciones presidenciales, la funcionaria Angie Rodríguez, quien previamente se desempeñó como directora del Departamento Administrativo de la Presidencia (DAPRE), se movió en los últimos días por varios medios de comunicación. Rodríguez aseguró que es víctima de una persecución, además de hablar de presiones, intimidaciones y hasta exigencias económicas en su contra.
Angie Rodríguez explica que intentó manejar la situación por canales institucionales, pero decidió hacerla pública para protegerse ante las supuestas amenazas recibidas. Para ella, que hasta hace pocos meses pertenecía al círculo más cercano al presidente Gustavo Petro, sus denuncias sobre las irregularidades en la documentación académica de Juliana Guerrero habrían desencadenado esta situación. Guerrero es una persona también cercana a presidencia y quien aspiraba a ser viceministra de juventudes, pero el escándalo por sus títulos la alejó del cargo.
Para Rodríguez, la persecución e incluso la extorsión de la que habría sido víctima, fue ejercida por una persona de su círculo cercano, a quien ella misma llevó del DAPRE al Fondo Adaptación, una entidad estatal encargada de proyectos de infraestructura y mitigación de riesgos. La funcionaria afirmó que llegó a pagar 20 millones de pesos por temor a las amenazas, pero que las exigencias continuaron, lo que la llevó a denunciar públicamente el caso. Además, indicó que ha presentado denuncias adicionales ante la Fiscalía General de la Nación, entre ellas por una presunta incursión ilegal en la vivienda de sus padres, inicialmente reportada como hurto, pero que podría tener un trasfondo más turbio.
Las declaraciones de Angie Rodríguez reactivaron una antigua disputa entre funcionarios, entre quienes, aparte de Juliana Guerrero, están Carlos Carrillo, director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), y Raúl Moreno, jefe del gabinete presidencial. A pesar del gran revuelo mediático, el presidente Petro solo se pronunció en su cuenta de X para contradecir al medio El Tiempo, por la información falsa que vinculaba a Moreno con un elevado patrimonio que no corresponde con la realidad. Posteriormente, el medio reconoció su error.
Por su parte, el director de la UNGRD, Carlos Carrillo, negó los señalamientos y afirmó que Rodríguez estaría promoviendo una polémica con fines políticos, en un momento cercano a las elecciones. Además, sostuvo que radicó una denuncia ante la Fiscalía por un presunto entramado de extorsión y corrupción dentro del Fondo Adaptación. Por su parte, Raúl Moreno también rechazó las acusaciones y, en declaraciones a medios, sostuvo que la funcionaria habría intentado apartarlo de su cargo.
En el marco de la investigación, la Fiscalía General de la Nación citó a la directora del Fondo Adaptación para que amplíe su testimonio, entregue pruebas y detalle otros episodios en los que asegura haber sido víctima. Rodríguez además incluyó en sus declaraciones los intentos de varios funcionarios por apropiarse de recursos públicos. El caso, que involucra tensiones en el círculo más cercano a Petro, ya empezó a tener repercusiones en el escenario electoral, con pronunciamientos de varios candidatos presidenciales que han pedido claridad frente a las denuncias y garantías en el manejo de los recursos del Estado.
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